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UNA CARTA PARA HUGO LAURENCENA
Hernán Casciari Vamos a ver. Dejame que haga memoria. Esto que te voy a contar pasó hace casi quince años, en Buenos Aires. El kiosco estaba en Santa Fé casi esquina Cerrito. Un drugstore, toda la noche abierto. Vos venías de Alexis, haciendo zigzag y hablando solo. Un borracho más a las dos de la mañana, pensamos nosotros. Los ojos colorados, media sonrisa. No me acuerdo qué nos pediste: cigarrillos, lo más probable. A esa hora no es difícil que se te pongan a hablar los borrachos. Estábamos acostumbrados. Chiri hacía los viernes horario nocturno en el drugstore, y yo le hacía al aguante. No tenía por…
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EL PUCHERO MISTERIOSO
Gino Winter Una mala racha impresionante me había dejado otra vez al borde del desalojo y de la inanición, obligándome a aceptar trabajos no muy confiables. No es que yo sea antisemita ni neonazi —es más, en mi país algunos pensaban que yo era del pueblo elegido—, sólo sucede que mi relación con los judíos siempre ha sido un tema cinemático, de velocidades variables: me cobran demasiado rápido y demoran una eternidad para pagarme. El problema es que, a diferencia de las veces anteriores en que me topé con rabinos y jacoibos duros de codo, pero honrados —a uno le decían el Canguro, porque las manos no…
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CANARIO VIEJO
Juan José Morosoli Cuando Toledo embarcó en «Las Palmas» traía «lo puesto». -Llevás poco, le dijo el padre. Y él contestó: -Con menos me van a enterrar. Lo puesto y en el bolsillo del saco unas pesetas y un trozo de lino «sin pecar’ que guardaba un poco de levadura. -De esta levadura han comido todos los Toledos, le dijo la madre. -Sí, dijo el padre, llevás con ella tierra y sudor del primer Toledo. Bien sabía él esto. Cuando un hijo se casaba los padres le entregaban un poco de aquella masa. La novia traía luego una porción igual.…
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EL VIEJO EN EL PUENTE
Ernest Hemingway Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar. Mi misión era cruzar el puente, explorar…
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LA EXCAVACIÓN
Augusto Roa Bastos El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días…