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HISTORIAS



EN MEMORIA DE LA ROSA BLANCA

 

 

Richard Hurowitz

 

El 22 de febrero se cumplieron 75 años de que un grupo de jóvenes idealistas alemanes, estudiantes que se habían atrevido a pronunciarse en contra de los nazis, fueron ejecutados por el régimen al que desafiaron. Como una llama titubeante en la oscuridad, la Rosa Blanca, como se llamaban sus miembros, es un grupo inspirador que nunca perdió la valentía, así como un atemorizante recordatorio de lo inusuales que son tales héroes.

 

El fundador del grupo, Hans Scholl, y su hermana, Sophie, crecieron fuera de Múnich. Su padre les infundió una fuerte moral rectora y una cosmovisión religiosa. Como muchos de su edad, Hans se unió a las Juventudes Hitlerianas. Sin embargo, comenzó a tener dudas casi de inmediato: los nazis no le permitían cantar ciertas canciones, ondear ciertas banderas ni leer a Stefan Zweig, su autor favorito. Ganó un puesto de abanderado en uno de los congresos anuales de Núremberg y regresó sintiéndose perturbado por lo que había visto.

 

Orígenes

Hans quería convertirse en doctor y cuando lo reclutaron lo apostaron como paramédico en Francia. Después de un viaje de servicio, regresó a la Universidad de Múnich para continuar con sus estudios médicos. Pronto Sophie se unió a él como estudiante de la universidad. Hans leía mucho —a Platón, Sócrates, San Agustín y Pascal— y decoró su habitación en la casa estudiantil con arte modernista francés. Atrajo a un círculo de estudiantes afines: Alexander Schmorell, el hijo de un doctor; Christoph Probst, el joven padre de dos niños que apenas comenzaban a caminar, y Willi Graf, un introvertido meditabundo. Pronto encontraron un mentor intelectual en Kurt Huber, un profesor de Filosofía y apasionado creyente de la democracia liberal.

 

En el verano de 1942, Hans y sus amigos —inspirados por los sermones del obispo de Münster, que se oponía al nazismo— comenzaron a distribuir panfletos hechos a máquina de escribir que denunciaban al régimen. Sus palabras eran incendiarias. “Cualquier alemán honesto se avergüenza de su gobierno actual”, escribió Hans; un gobierno que cometía “los crímenes más horribles, crímenes que sobrepasan ilimitadamente cualquier medida humana”. Los miembros de la Rosa Blanca declararon que cualquiera que no hiciera nada era cómplice e imploraban a todos los ciudadanos que participaran en una “resistencia pasiva” ante el Estado nazi.

 

Projudíos

La Rosa Blanca también denunciaba las atrocidades cometidas contra los judíos. Schmorell y Hans escribieron en el segundo panfleto del grupo: “Aquí vemos el más espantoso crimen en contra de la dignidad humana, un crimen que no tiene paralelo en toda la historia puesto que los judíos también son seres humanos”. No se mordían la lengua ni siquiera respecto al Führer: “Todas las palabras que salen de la boca de Hitler son mentiras”. Salpicados con referencias eruditas a Goethe, Aristóteles, Schiller, el libro del Eclesiastés, Lao-Tse y otros, los panfletos concluían con un ruego para apoyar a la Rosa Blanca haciéndolos circular. “No guardaremos silencio”, terminaba el cuarto. “Somos su conciencia. La Rosa Blanca no los dejará en paz”.

 

Los panfletos aparecieron en los buzones y las casetas telefónicas entre finales de junio y mediados de julio de 1942 y se propagaron entre estudiantes afines en Fráncfort, Hamburgo, Berlín y Viena. Se detuvieron cuando Hans, Schmorell, Graf y Probst fueron enviados al este, después de ser notificados solo un día antes, al frente ruso, donde los alemanes estaban empantanados. Aun así, Hans se rebeló contra los nazis con actos de simple humanidad incluso mientras se dirigía al frente. En el tren hacia Rusia, vio a una pequeña niña judía que hacía un trabajo rudo y traía la Estrella de David color amarillo que los nazis obligaban a los judíos a portar. Bajó corriendo y le dio una barra de chocolate de su propia ración —y una margarita para que se la pusiera en el cabello—.

 

Después de regresar del frente, Hans y los demás emitieron dos panfletos más, en los que advertían que tras ser vencidos en Stalingrado la derrota alemana era inevitable. En una declaración de lo preciados que son los derechos individuales, los panfletos preguntaban: “¿Tendremos que ser por siempre una nación odiada y rechazada por toda la humanidad?”. Hans, Schmorell y Graf salían a hurtadillas por la noche y pintaban letreros que decían “Abajo Hitler”, “Libertad” y otros lemas en la avenida principal de Múnich.

 

La rosa se marchitó

Luego, el 18 de febrero de 1943, Hans y Sophie decidieron distribuir panfletos en la universidad y dejaron pilas de ellos en los corredores. Cuando estaban por irse, Sophie notó que había más copias en su maleta y se dirigió a lo alto de la escalera, que daba a un atrio. Lanzó los panfletos restantes al aire y miró cómo caían por el pozo de la escalera.

 

El encargado de mantenimiento, Jakob Schmid, un ferviente simpatizante de los nazis, estaba mirando. De inmediato cerró las puertas y notificó a las autoridades. Los hermanos fueron arrastrados al palacio de Wittelsbach, cuartel general de la Gestapo. Poco después también arrestaron a Probst, cuya esposa había tenido a su tercer hijo semanas antes. Fueron interrogados durante varios días, pero se rehusaron a implicar a alguien más.

 

Los tres fueron declarados culpables de alta traición y sentenciados a muerte. A las pocas horas, los ejecutaron en la guillotina. Antes de poner su cabeza en el bloque, las últimas palabras de Hans hicieron eco a través de la prisión: “Que viva la libertad”. En las semanas siguientes, los demás miembros principales de la Rosa Blanca fueron aprehendidos y ejecutados.

 

La historia de La Rosa Blanca llegó al frente, donde inspiró a los soldados que se oponían al régimen. Sin embargo, la esperanza que tenían sus miembros de motivar a sus compatriotas no se cumplió. Su llamado fue ignorado.

 

“No buscaban el martirio en nombre de ningún ideal extraordinario”, recuerda Inge Scholl en sus memorias sobre sus hermanos y los camaradas de la Rosa Blanca. “Querían que la gente como tú y yo pudiéramos vivir en una sociedad compasiva”. Estamos lejos de la oscuridad del fascismo, pero nos beneficia recordar la noble aunque triste historia de estas almas hermosas en el aniversario de su trágico sacrificio. Richard Hurowitz es inversionista, escritor y editor de The Octavian Report, una revista filosófica trimestral.

 

Fuente: http://www.larevista.ec/

DOS ESPAÑAS, LA MISMA SANGRE

 

 

Javier Rodríguez Marcos

 

El día 5 de diciembre de 1936 Félix Fallarás, de 35 años, casado y con dos hijos, tramoyista del Teatro Argensola, fue fusilado en el cementerio de Torrero, en Zaragoza. No se le conocía militancia política. Su familia siempre pensó que ocupó por error el lugar de su padre, dirigente de la UGT. Se llevaban mal, se llamaban igual. Por aquellas fechas, uno de los encargados de los pelotones de fusilamiento era Pablo Sánchez, un alférez de dos metros y rasgos indios. Bisnieto del presidente mexicano Benito Juárez, colaboró con la Gestapo y terminó alcanzando el grado de coronel en el ejército de Franco. Pasado el tiempo, un día de 1957, acudió a la sucursal de su banco acompañado de su hija María Jesús. Les presentaron a un nuevo empleado. Era el hijo pequeño de Félix Fallarás, tenía tres años cuando mataron a su padre y se llamaba como él. Diez años después de aquel encuentro se casó con María Jesús. Al año de la boda nació su hija Cristina.

Durante años, la escritora y periodista Cristina Fallarás (Zaragoza, 1968), que se ha decidido a contar la historia de su familia en Honrarás a tu padre y a tu madre (Anagrama), no supo nada de su abuelo paterno. Su abuela Presentación, una “mula de carga” que trabajaba desde niña fregando suelos, “se quedó sin marido” y ya está. En su casa no se hablaba de la guerra. “En la de mis otros abuelos, sí”, cuenta la autora en la cafetería de la librería La Central de Madrid. “Mi abuelo Pablo, franquista de arriba abajo, era oficial de caballería y las espuelas colgaban en las paredes. A veces sacaba un sable y decía: ‘Entonces se lo clavé a un rojo…’ No preguntábamos nada. Era lo que tenía que ser. A veces venía mi otra abuela y nunca hubo un roce”.

Cristina Fallarás, que vive en Madrid desde hace cuatro años, estudió periodismo en Barcelona. Allí conoció a Vázquez Montalbán, a quien contó la peripecia de la parte mexicana de su familia, la que ella conocía, las vueltas que los Sánchez Juárez dieron para terminar en España. “Escríbela ya”, le dijo el creador de Carvalho. “Fue en 1992 y mira cuánto tiempo ha pasado”, se lamenta ella. “Un día me puse a escribir un novelón sobre los Juárez y no funcionaba”. Y empezó a preguntarse por su otro abuelo. En 2014 dio con una pista en un libro de Julián Casanova sobre los fusilados en Zaragoza. El historiador recuerda la consulta de Fallarás. Mientras habla por teléfono, consulta una base de datos “con 9.000 fusilados” y confirma los datos: “Aquí está. Carpintero, 35 años. Causa de la muerte: fractura de cráneo. El eufemismo habitual”. Sus restos fueron a parar a una fosa común, pero su nombre aparece en el memorial construido en el cementerio para recordar a los asesinados allí.

Julián Casanova recuerda que, en los años noventa, las familias de los fusilados “lloraban y agradecían” que les diesen señales de sus muertos pero nunca reivindicaron nada. “A muchas viudas se las condenó a la muerte civil y los hijos eran gente sin estudios, descendientes de obreros y jornaleros. Tenían interiorizado el silencio. Son los nietos los que han tenido acceso a la educación. Ellos sí preguntan”. Cristina Fallarás es nieta por partida doble y preguntó. “Que cercenen una parte de tu memoria, te modifica; recuperarla te modifica dos veces”, dice. Su libro, mezcla magistral de contención y brutalidad, arranca: “Me llamó Cristina Fallarás y he salido a buscar a mis muertos”. Y termina: “Ya no tengo miedo. Apártense los vivos”. ¿Lo leyeron sus padres? “Sí, porque los utilizo. No lo habría publicado sin su consentimiento. Mi madre me dijo, como es ella: ‘Cariñico, es mi familia, pero también es la tuya”, recuerda. Y añade: “He conseguido no juzgarlos. Como mucho me juzgo a mí misma. Y no a mí cuando era una niña de 12 años que asistía es casa de mi familia franquista a escenas humillantes para mi abuela Presen, me juzgo a mí de adulta. He tenido que cumplir casi 50 años para preguntarme de dónde vengo y quién soy: si soy una intensa, una payasa, una hija de puta o una escritora”.

Fallarás no juzga “lo íntimo” pero sí “lo público”. ¿Habría que juzgar el franquismo? “Por supuesto” ¿Aunque afecte a su abuelo materno y, por ende, a su madre? “¡Y a mí misma! ¿De quién había sido antes de la guerra la casa gigantesca en la que yo viví si ninguno de mis abuelos era de Zaragoza? Hay que juzgar los delitos de lesa humanidad, pero también a las empresas del Ibex que se enriquecieron durante el franquismo y lo siguen haciendo ahora. No seremos un país culto si no devolvemos a la sociedad lo que le robó un país de patanes que no leía un libro. Yo he escrito este para mis hijos, para que podamos mirarnos a la cara”.

LA ‘VIDA JABALÍ’ QUE SIGUIÓ AL DESAHUCIO

Cristina Fallarás reconoce que no habría tenido fuerzas para contar la historia de su familia a sangre y fuego si en 2012 no la hubieran desahuciado de su casa de Barcelona. Embarazada de ocho meses, la despidieron del diario ADN y no pudo pagar la hipoteca. Lo contó en el libro-crónica A la puta calle (Bronce, 2013). Lo que no contó es que terminó viviendo dos años en una cabaña de La Floresta, en la sierra de Collserola. “Las paredes eran así”, dice enmarcando entre el pulgar y el índice un pedazo de aire de unos cuatro centímetros. Allí mismo, tras aquel proceso de “empobrecimiento radical”, empezó a escribir Honrarás a tu padre y a tu madre. “Algo tiene que sacarte muy violentamente de la comodidad para que cuestiones tu propia comodidad pasada y futura”. La cabaña tenía una sola habitación. Sus hijos, 10 y 4 años. “A veces dicen que les gustaría volver. ‘Volverás tú’, les respondo yo. Es duro decirlo, pero su apego a La Floresta y a aquella vida jabalí está ligada a la coherencia con la que yo les digo que tienen que vivir. Ahora nuestra incomodidad es la diferencia entre lo que les enseño y la vida que llevamos allí”.

Fuente: https://elpais.com

LOS AMIGOS DE LOS MUERTOS

 

 

Gonzalo Peltzer

 

En América, los muertos están vivos. Les cantamos, les damos de comer y seguimos hablando con ellos, a veces cuando los visitamos en el cementerio y otras desde los periódicos. Sin ninguna vergüenza publicamos en los diarios mensajes que harían sonrojar a una ballena. Animitas les dicen en Chile a las crucecitas que se plantan a la vera de las carreteras para recordar un muerto accidentado en ese lugar de la ruta. Son estrictos cenotafios –tumbas sin muerto– que se repiten en todo el continente con distintos nombres y estilos. En Argentina tienen forma de capillas en miniatura; las de Paraguay son bastante más grandes y algunas son verdaderos santuarios.

Los españoles que vinieron a América durante la conquista eran en su mayoría andaluces y extremeños, a quienes solo hablar de los muertos les parece de pésimo gusto. Los gallegos, en cambio, hablan de los muertos como si estuvieran vivos. Pero los gallegos vinieron a América a fines del siglo XIX y principios del XX, así que lo más probable es que hayamos heredado la cercanía con los muertos de los mismos americanos.

Nuestros duelos son interminables y no le digo nada si la persona fallecida es algo conocida. En la Argentina cuando muere alguien famoso se multiplican sus amigos. Aparecen por lo menos diez veces más de los que realmente tenía, total el muerto o la muerta no piensan resucitar para desmentirlo. Todos cuentan anécdotas entrañables con el que se fue y ensayan unas lágrimas que son enfocadas con maestría por las cámaras de la televisión. Pero lo que cuentan los amigos de los muertos es su propia historia y no la del muerto: ya sabe todo el mundo que hablar de uno mismo es el deporte nacional.

Alguien me explicaba que la culpa de tanto muerto en los medios es del algoritmo: un modo de decir en la industria para explicar el efecto de las audiencias sobre los contenidos. Pasa que sabemos en tiempo real qué les está interesando a las audiencias, y si vemos que ponen interés en una noticia, la exprimimos para que dé hasta la última gota de sus posibilidades. Bueno, el algoritmo me da la razón: es inagotable la necrofilia argentina.

Tan inagotable, tan pesadamente insoportable, que necesitamos un psicoanálisis colectivo para superarla. A nuestros próceres les dedicamos con feriados el día de su muerte, como si fueran santos en el día que se fueron al cielo. Una cosa es rezar por los muertos para ayudarlos, o rezarles a los muertos para que nos ayuden y otra muy distinta es sufrir a los muertos, disfrutar de los muertos, celebrar a los muertos, castigar a los muertos, exaltar a los muertos, enamorarnos de los muertos…

La vida ya pasó para ellos y por más que lo intentemos no cambiaremos ni un solo segundo de su existencia pasada. Lo que espanta es que toda esa parafernalia mortuoria sea para aprovechamiento de los vivos, porque es un negocio o porque es una ocasión de oro para hablar de nosotros mismos.

 

Fuente: http://www.larevista.ec/

PATRULLA ETERNA DE SAN JUAN

 

Gonzalo Peltzer

 

Dicen que da mala suerte cambiarle el nombre a una embarcación y la superstición vale tanto para un inmenso transatlántico como para un chinchorro de Salango. Ya digo que es una superstición marinera en la que no creo, pero tampoco fue el caso del submarino San Juan, que desapareció el 30 de noviembre del año pasado en el Atlántico sur. Pero resulta que el nombre del submarino tiene una larga historia que me propongo contarle desde su bautismo como ARA San Juan el día de su botadura, el 20 de junio de 1983 en Emden, Alemania, aunque recién se incorporó a la flota argentina en noviembre de 1985. ARA es la sigla de los buques de la Armada de la República Argentina como BAE es el de los Buques de la Armada del Ecuador.

Por una ordenanza bastante peregrina, desde 1981 los submarinos argentinos deben llevar nombre de provincias que empiezan con S. La cuenta da cinco posibles: Santa Cruz, Santa Fe, San Luis, Salta y San Juan. Antes del submarino y de esa ordenanza hubo tres buques llamados San Juan en la flota: un destructor (1911), un hidrográfico (de 1929 a 1937) y un torpedero (de 1937 a 1971). El hidrográfico pasó a llamarse Comodoro Rivadavia en 1937 y en 1942 le volvieron a cambiar el nombre por Madryn.

El caso más curioso es el del destructor San Juan de 1911 que nunca se incorporó a la flota porque fue devuelto a los astilleros franceses junto con el Catamarca, el La Rioja y el Mendoza debido a sus notables defectos de construcción, especialmente en las maquinarias. Pero hubo un segundo destructor San Juan, esta vez construido por el astillero alemán Krupp en Kiel y completado en 1915, pero cuando estaba listo para su entrega fue confiscado por el imperio alemán para la Primera Guerra Mundial junto con otros tres iguales que iban a llamarse Santiago del Estero, Santa Fe y Tucumán. Los cuatro integraron la armada alemana y fueron hundidos por sus tripulaciones en Scapa Flow el 21 de junio de 1919, junto con gran parte de la flota apresada por los británicos al firmarse el armisticio.

Ya se ve que los hombres de la armada no son supersticiosos y cambian los nombres de los buques, sobre todo cuando son usados, como el General Belgrano, que sobrevivió a Pearl Harbor cuando se llamaba Phoenix y se incorporó a la flota argentina como 17 de Octubre (cosas de los incorregibles peronistas). Pero así como los cambian, también los repiten: cuando uno es dado de baja queda libre su nombre y otro lo puede heredar, como el caso de Hércules o Santísima Trinidad, que se repiten hace 200 años.

Pero hay nombres que no se repitan nunca más porque no se los da de baja. Son los nombres de los buques hundidos en cumplimento de sus misiones. El submarino San Juan –igual que el crucero General Belgrano hundido durante la guerra de las Malvinas– continuará ocupando su nombre en la flota de la Armada y la razón es lógica y emocionante: esos hombres y esos buques están de patrulla para la eternidad.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

HISTORIAS QUE MATAN

 

 

Jorge Martillo Monserrate

 

“Caminando por la ciudad uno imagina o encuentra historias y personajes. Por eso te vuelvo a declarar:

Guayaquil, me matas; la vida y la muerte están en tus calles”.

 

Leyenda de amor.

 

Aquella noche en que los españoles incendian la aldea, el cacique Guayas descansa junto a Quil. La salvación es huir a la isla Santay. Lo hace Quil  acompañada de dos remeros. El cacique ve el fuego que cada vez está más cerca. Intenta abordar la nave, lucha pero es sometido. Mientras los remeros bogan por el río Guayas con Quil de tripulante, los españoles interrogan a Guayas interesados por los tesoros, este promete entregárselos, pero que lo dejen libre junto a Quil.  Los españoles la atrapan a orillas de la Santay y exigen: “Venga el tesoro o Quil muere, nos vas a dar, ella pesa en oro”. Un soldado la levanta y dice: “Pesa ciento diez libras”.

 

Guayas informa al jefe español que el tesoro está bajo una roca y presta un puñal para levantar esa piedra. Cuando le entregan el arma, se lanza sobre la desmayada Quil y le hunde el puñal en el corazón. Luego hiere su pecho y antes de desplomarse dice que él tenía dos tesoros: su cabaña que acaban de incendiar y a Quil, que ha matado para llevarla a la Mansión del Sol.

 

Los españoles con el oro en su poder abandonan los cuerpos. Horas más tarde, un huancavilca encuentra los cuerpos de los amantes. Cava dos fosas al pie de la colina Santa Ana y cuando va a enterrar al cacique Guayas, descubre que está vivo y se lo lleva consigo.

 

Al mando del capitán Daza, los españoles se establecen en las márgenes del río Guayas. Dos meses después, 16 cabañas están habitadas por 75 invasores españoles. Pero los huancavilcas no olvidan aquella afrenta mientras su cacique Guayas recupera sus fuerzas.

 

Ocho meses después, 2.000 huancavilcas rodean e incendian la población que en instantes queda en cenizas. 70 españoles mueren, 5 logran escapar. El caserío llamado Guayaquil queda en escombros.

 

El cacique Guayas, satisfecho de su venganza, visita el sitio donde estaba enterrada Quil y llora hasta la aurora. A primeras horas del siguiente día, sube a la cima del cerro Santa Ana, ve las mansas aguas del río Guayas y se lanza al abismo. Nuestra legendaria fundación fue una trágica historia de amor.

 

Espera a son de blues.

 

La noche es negra como pelaje de loba. A bajo volumen suena  All blues  y es como si Miles Davis marcara los compases de Justine, que espera fumando su séptimo cigarrillo. El humo dibuja formas extrañas y expande su olor. Ella desde lo alto de la ventana fija su mirada en una calle vacía de Guayaquil.

 

Una lámpara ilumina al cenicero convertido en cementerio de puchos abatidos como amantes desolados. Al lado reposa una botella con cinco dedos de vino y dos copas, una llena y otra ya vacía.

 

La noche y los cigarrillos se consumen. Ella observa la nada y siente la desolación de su lecho. En las últimas chupadas, el tabaco le sabe a mierda de vaca. Justine observa la camisa que descansa sobre el respaldar de la silla. Sus pies descalzos sienten las baldosas frías de muerte y derrota. Y     All blues   le suena a un homenaje mortuorio al cuerpo amado pero ausente.

 

Al terminar    All blues,  Justine apaga el cigarrillo que le sabía a mierda de vaca, ella como otras noches debería apagar la luz y ponerse aquella camisa para dormir y sentirse abrazada por el perfume de su amante ausente.

 

Pero esa noche negra como pelaje de loba, Justine no decide si aullar de soledad o lanzarse a volar por la ventana.

 

Viviendo en el mall.

 

Guayaquil deja de existir cuando entra al mall. Sabe que se encontrará con sus amigos. Jubilados, viudos o desempleados que ya nadie emplea por viejos. Antes se reunían en bares y cafeterías, mentideros para hablar de política, fútbol y mujeres. Pero Guayaquil se volvió peligrosa. Se sienta, abre el periódico y mientras espera, observa a las mujeres bonitas. Mirar no hace daño, tampoco leer el periódico de cabo a rabo. Cuando en los obituarios encuentra a un conocido que emprendió el último viaje, agradece a Dios por amanecer vivo.

 

Muy cerca, una mujer de anteojos y bolso inmenso se sienta bajo una palmera ornamental y discretamente desaloja los pies de sus zapatos. Aliviada respira hondo. Más allá descubre al señor que ve todos los días. Desde que se jubiló vive en casa de su hija y se siente como diabla en botella. Pero Guayaquil y su gente han cambiado. Se siente más segura en el mall y prefiere el aire acondicionado al calor infernal de las calles. Cuando llegue su comadre tomarán un café y conversarán. Mientras tanto, de reojo, ve que el señor del bastón sigue leyendo el periódico.

 

Todos los días, al final de la tarde, el señor del bastón y la jubilada retornan solos a casa. Todas las noches, cuando los centros comerciales se cierran, sus visitantes abandonan esa cápsula de vidrio con aire acondicionado. Caminan por aquellas aceras y calles marcadas por cicatrices y encantos urbanos. Es cuando Guayaquil les abre los brazos de asfalto y los acoge en su vientre oloroso a río y estero. Guayaquil, me matas.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

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