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HISTORIAS



PUREZAS

 

 

Luis Miguel Campos

 

Recuerdo que siendo niño tenía dos vecinos que eran conocidos en todo el barrio por celebrar con euforia las fiestas patrias. El uno era blanco y barbado y el otro moreno y lampiño, y aunque ambos se detestaban y evitaban el saludo, se parecían en que cada Doce de Octubre engalanaban las fachadas de sus casas con alegóricas leyendas. El barbado lo hacía con símbolos alusivos a España, como la bandera, la cruz y un letrero enorme que decía: “España dio a América civilización y cultura”, mientras que el lampiño, coleccionista de trajes indígenas, decoraba la acera con monigotes que representaban las vestimentas típicas de varios grupos indígenas ecuatorianos, a los que coronaba con un cartel que decía: “España destruyó todo, se llevó el oro y nos dejó la miseria”.
Un Seis de Diciembre que se conmemoraba la fundación española de la ciudad, el barbado rompió el silencio del barrio sacando un tocadiscos a la acera en el que puso cuanto disco de pasodobles tuvo a mano, a lo cual el lampiño irrumpió con su propio equipo de sonido y contrarrestó el pegajoso ritmo con un sin fin de sanjuanitos, albazos, y otros lamentos andinos. Al mediodía el barbado brindó sangría de frutas a los transeúntes y el lampiño, para no quedarse atrás, obsequió a los vecinos sendos vasos de chicha de jora que había preparado con antelación. A eso de las tres de la tarde, el barbado instaló una pequeña mesa junto al tocadiscos y obsequió pedazos de tortilla española a los vecinos, mientras que el lampiño, para vencer la competencia, prendió una parrilla y comenzó a asar olorosos pedazos de tripa mishqui. Hacia la noche, el barbudo engalanó a hijos y sobrinos y les obligó a formar un tablao con cante jondo y castañuelas, mientras que el lampiño abrió sus baúles repletos de ropa folclórica y armó su propia procesión de danzantes y vacas locas alrededor de la manzana.
A pesar de que ambos se odiaban y se juraban la muerte, eran la alegría del barrio. Un día de junio, que por un lado era San Juan y por otro el Inti Raymi, se dieron bala por lo que tuvo que intervenir la policía que pidió la intermediación del cura de la iglesia y del vecino más viejo del barrio.
El cura y el anciano congregaron a ambos enemigos frente a todos los vecinos y comenzaron a deliberar:
-Esta tortilla española que usted ha preparado –le dijo el cura al barbado- ¿no contiene acaso papa americana sin la cual sería imposible de realizar?
-¿Y esta tripa mishqui? –opinó el anciano frente al lampiño- ¿no es hecha con las vísceras de la vaca, cuadrúpedo traído a América por los conquistadores?
-Estos cantos flamencos –siguió el cura- que los jóvenes interpretan tan bonito ¿acaso les exime de arrastrar las erres por más que imiten la zeta ibérica?
-Y estos sanjuanitos y albazos, -añadió el anciano- ¿acaso no son interpretados con guitarras españolas?
Se dieron modos para ilustrar que tanto el barbado como el lampiño perdían el tiempo en hablar de pureza en una tierra en la que todo se había mezclado durante más de cuatrocientos años de concubinato.
Ni el barbado ni el lampiño cedieron a sus luchas y más bien los alegatos del cura y el anciano sirvieron para avivar el fuego y hacer que el barrio se dividiera en dos bandos. Cuando los protagonistas de esta lucha necia murieron, sus descendientes quisieron seguir con la costumbre hasta que el cura, en el sermón de la misa del domingo, habló de unos árboles genealógicos que había encontrado. En ellos se demostraba que el barbado descendía por línea materna de una indígena oriunda de Cicalpito, y el lampiño, ¡quién lo iba a creer! del mismo conquistador Sebastián de Benalcázar.
Dos generaciones más tarde los descendientes de ambos hombres cambiaron el leiv motiv de sus luchas. Ahora los nietos del barbado reclamaban unas tierras de su insigne tatarabuelo, cacique de Cicalpito, mientras que la prole del lampiño pretendía entablar un juicio al municipio, para que por lo menos le legara el parque El Ejido, que alguna vez fue lote del conquistador del que orgullosamente aseguraban descender.

 

Publicado con la autorización expresa de su autor.

 

Fuente: www.solocrecer.com

7 DATOS QUE DEMUESTRAN QUE LOS NATIVOS NO SOPORTABAN EL OLOR DE LOS ESPAÑOLES

 

Lo que sigue es un resumen del ensayo “Los europeos ante una estética olfativa indoamericana”, de Josué Sánchez (The Westminster Schools, Atlanta), que describe muy bien las prácticas higiénicas de las poblaciones nativas, en contraste con las traídas por los europeos.

1.

“La invasión de América se vio cubierta de unos raros seres pálidos y barbudos a caballo, asombrando grandemente a los indoamericanos (…) Entre las novedades de los invasores caras pálidas, notaron sus cuerpos cabelludos, sus armas de fuego, su armadura, sus caballos y sus perros (..) Al acercarse aún más a ellos percibieron ciertos olores desconocidos que solo contribuyeron al misterio de los recién llegados”.

2.

El choque de olores fue un problema para los americanos, porque tuvieron que soportar en silencio una fealdad olfativa nada agradable para ellos. Por ejemplo, cuando uno de los clérigos de la Compañía de Jesús llegó a México, “no trajo otro vestido de remuda más del que traía vestido y, para conservar su pobre sotana, la vistió al revés…y sirvió así más de un año…”.

3.

El americano amaba la naturaleza y el baño diario. Para el europeo, la situación parecía ser un tanto diferente, ya que notaron con sorpresa extrema que los indoamericanos “se limpiaban demasiado”. En el sur de México, por ejemplo, los cronistas relatan que los pobladores nativos “se bañaban mucho” y que “eran amigos de buenos olores, por lo que usaban ramilletes de flores y yerbas olorosas… y usaban cierto ladrillo como de jabón con el que se untaban los pechos, los brazos y la espalda”.

4.

Los indoamericanos se lavaban las manos y la boca después de comer, costumbre que asombró enormemente a los recién llegados. No era sólo el baño en sí lo que resaltaba, sino el buscar activamente oler bien, lavándose la boca después de comer y limpiándose las manos del roce de la comida que tocaban, ya que no usaban utensilios para comer.

5.

La marcada observación de estos europeos sobre el baño de los americanos parece indicar un contraste de costumbres. Las premisas estéticas parecían contraponerse: La ética europea parecía ser de cubrirse, aunque olieran mal y, para los indoamericanos, era estar limpios y oler bien, aunque desnudos. Resaltando su desnudez y limpieza, Vespucio registró que “no tienen nada defectuoso en sus cuerpos, hermosos y limpios…”.

6.

Por otro lado, la versión de los extranjeros sobre la higiene personal era un poco más difícil de defender. No puede ignorarse el hecho de que los extranjeros después de tanto viajar, matar gente y quemar pueblos no desarrollaron costumbre de estar limpios y bien olorosos como lo hacían los indoamericanos estando en casa, ni de lavarse las manos y la boca. Después de todo, la mayoría no venía a impresionar a nadie ni eran cortesanos tampoco, sino gente ordinaria. El olor no parecía ser un factor importante para los europeos, cuando consideramos que en su papel de invasores eran ellos los que imponían las reglas.

7.

El problema con este cambio cultural era que muchos indoamericanos tuvieron que abandonar el baño diario donde había lagos y ríos en un intento de mímesis a sus nuevos amos, o “por disposición real” de la misma Reina Isabel, quien ordenó que los indoamericanos “no deberán bañarse con tanta frecuencia como hasta aquí lo han hecho porque, según nuestros informes, les causa mucho daño”.

 

Colaboración de Luis Miguel Campos

 

Fuente: https://tuul.tv/

LEONARDO DA VINCI: GASTRÓNOMO

 

 

Mariquita Noboa

 

¿Se imagina usted a Da Vinci disponiendo los platos en la mesa para atender a sus comensales? ¿Lo imagina con escoba en mano limpiando o fregando los pisos de la cocina? ¿El gran maestro habrá metido las manos en los calderos donde se cocinaba con leña?

 

Si el destino existe, este estaba marcado para Leonardo, quien a la edad de 16 entró a trabajar a Los Tres Caracoles, una taberna donde el jovencito debía lavar platos, atender a los parroquianos y dejar limpio el lugar, para recibir a cambio unas cuantas monedas que lo ayudarían a sufragar sus gastos en el taller de arte donde su padre lo había llevado para que obtuviera cultura.

 

Piero da Vinci, un prestigioso notario de esa localidad, no podía aceptar que su hijo Leonardo tomara las malas costumbres de un repostero, que si bien era bonachón, no sería el mejor referente para el jovencito que había quedado al cuidado de su madre, Caterina, una joven mujer que no podía establecerse con Piero por ser un señorito de estirpe y ella, solamente la hija de una aldeana.

 

Así las cosas, Caterina une su vida sentimental con Accatabriga di Piero del Vacca, el pastelero que marca la vida gastronómica de Leonardo, a quien constantemente lo halagaba con dulces y golosinas de todo tipo y de quien el niño aprende la confección de mazapán, lo que le permite trabajar aun en su vida adulta.

 

La vida del joven Leonardo decurre entre la opulenta casa paterna y las necesidades del hogar materno. Es cuando el padre decide marcar un cambio en la formación del joven, sin imaginar que estaba contribuyendo a un giro en la historia del arte. Lo lleva al taller de Andrea Verrocchio, en la primavera de 1469, y es ahí donde se encuentra como compañero de clases con Sandro Boticcelli, otro espíritu especial, con quien compartiría los dulces y pasteles que su padrastro le proporcionaba constantemente.

 

Los dos chicuelos, Da Vinci y Boticcelli, comienzan a engordar de tanto comer a escondidas, durante las clases, hasta que los descubre el maestro Verrocchio y castiga a Leonardo imponiéndole que pinte un ángel.  Ese ángel, impuesto como castigo, es el que consta en el lado izquierdo del cuadro El Bautismo de Cristo, obra solicitada por la iglesia de San Salvi  y que en la actualidad se exhibe en Florencia, en la galería de los Uffizi.

 

Leonardo ha comenzado a bajar de peso.  Su trabajo, lo que hoy se conoce como mesero, lavador de platos y commisse de cousine, o sea, el que hace de todo, ya no le permite seguir guardando tantas calorías que se van en la ajetreada vida en Los Tres Caracoles, el primer escalón en su ascendente escalera gastronómica. Es cuando “atrevidamente” comienza a presentar unas láminas de zanahoria, coronadas con una anchoa, como queriendo emular una rosa. La idea parecía descabellada en un tiempo donde comer abundantemente marcaba la época y el buen nivel del lugar.

 

¿Innovador?, ¿revolucionario?

No hay duda, su espíritu creativo comenzaba a marcar un camino que cinco siglos después llega a tomar el nombre de cocina gourmet.

 

El joven cocinero se había enfrentado a una situación desafortunada: un envenenamiento masivo deja sin vida a todo el personal de la cocina y es cuando Leonardo, en su ensoñación, comienza a vislumbrar las posibilidades que tendría de ejecutar sus ilusiones.

 

Enamorado con la idea de innovar, presentaba platos considerados extraños y mal vistos, en especial por la clase obrera. Pero ante un público desilusionado, Leonardo no tuvo otra cosa que hacer sino regresar al taller de Verrocchio y cambiar los rudimentarios utensilios de cocina por los pinceles.

 

Entregado totalmente a su otra pasión, los colores, se entera de que en medio de una riña callejera el local de Los Tres Caracoles ha sufrido un incendio. Entristecido por la noticia, llega a comprobar que el lugar donde tanto trabajó estaba quemado.  Se llena de decisión y emprende su nueva etapa de cocinero, esta vez no solo con pasión, sino con la ayuda de Sandro Boticcelli, quien decide caminar con el amigo artista y juntos pintan lienzos, diseñan paredes y crean ilustraciones para presentar los platos que antes fueron motivo de censura. De esta manera nace en el verano de 1478 La Enseña de las Tres Ranas, de Sandro y Leonardo.

 

Es ahí cuando la historia ubica a Leonardo como el primer vegetariano, por su indeclinable posición de “comer bien”. No hay que ser “devorador de cadáveres”, decía, al tiempo que insistía en la preparación del puré de nabos y remarcaba en la importancia de no cocinar demasiado las legumbres para mantenerlas crujientes, sin perder su textura y propiedades.

 

Da Vinci se caracterizaba por escribir a diario sus experiencias, descubrimientos en la cocina y todo lo relacionado con preparaciones. Así deja constancia, por ejemplo, de que “el comino deja la tez pálida, se puede agregarlo a la polenta o pueden tomarlo por sí solo las  viudas que deseen fingir aflicción en los meses posteriores a la muerte de sus maridos”. También hace alusión a los beneficios del eneldo “para desaparecer las ventosidades” y rescata la importancia del rábano “para purgar los intestinos, aunque tiene efectos negativos sobre el sexo”.  Pero para eso hizo sus investigaciones con la menta, hierba a la que le atribuye el aumento por el interés sexual: “Despierta la potencia sexual a cualquier edad”.

 

Tenía una predilección especial por la polenta –preparación a base de harina de maíz, generalizada en toda Italia, aún en estos días–, aunque aceptaba que su apariencia es “aburrida”; por las aceitunas, por las ancas de rana, el pastel de riñones, los intestinos ahumados de cerdo y las ubres de la vaca, con lo cual la idea de que era vegetariano queda atrás.

 

Destaca el buen sabor de la carne del puercoespín, igual que la del erizo, al afirmar que “es útil contra la sarna y la lepra, además regula el flujo de orina, ayudando a los que tienen incontinencia nocturna”.

 

Solía preparar lomo de serpiente para Ambrogio Varese da Rosate, el astrólogo de la Corte de Ludovico, a quien no le otorgaba  ningún crédito en sus predicciones, y aunque nunca supo de dónde traía Ambrogio las serpientes, aceptaba que “el lomo de serpiente tiene el sabor del mejor pescado, pero si la misma bestia se cocina en un puchero y se sirve con puerros, se parece a la carne del jabalí”.

 

Los medallones de anguila, preparación que realzaba con laurel luego de vaciar las entrañas y acompañaba con polenta; el pudín de mosquito blanco, a base de almendras, pechuga de palomo y rociada con agua de rosas; el puré de nabos; los intestinos hervidos, a los cuales les confería un crédito de afrodisiaco, y los renacuajos, capturados en los estanques hasta su quinta semana, cocinados vivos solo con sal y pimienta y luego rociados con limón; las crestas de gallo, que debían de ser de gallos mayores de doce años, las orejas de cerdo horadas y los  testículos de cordero con miel se destacan entre sus preparaciones favoritas.  Pero no deja de citar el plato nudillos mezclados, que no es otra cosa que las patas asadas de cerdo, vaca y oveja, aderezadas con el jugo de limones, aceite de oliva, sal y pimienta durante dos noches. “Este es un simple plato, pero uno de los favoritos de mi señor Ludovico”.

 

Se refiere al gobernador de Milán, conocido como El Moro, Ludovico Sforza, protector de Leonardo entre 1481 y 1499.

 

A Leonardo da Vinci se le atribuye la invención de la gelatina, quien la describe como “una mezcla de agua, vinagre de vino y pezuñas de vaca”; se lo considera el precursor del sacacorchos de botellas de vino, igual que del molino de pimienta, realizado en madera de uva y basado en el Gran Faro de Spezia.

 

Inventos

Entre sus múltiples inventos están el prensador de ajos, que aún en la actualidad se lo conoce como “el Leonardo”; el rebanador de huevos, la mandolina, para conseguir finas láminas de los vegetales; los  “cordeles comestibles”, como llamó al espagueti luego de obtenerlo a partir de la pasta de lasaña; el asador manual, la barbacoa cilíndrica, que diseñó para la cocina de la Corte de Ludovico; lo que hoy se conoce como estación para hacer parrillada, que originalmente tenía a los costados recipientes para vino y jugo de naranja; las tapas de las ollas.

 

También una serie de máquinas entre las que se cuentan “la  voladora”, que hoy se conoce como el helicóptero, y otras para tallar espejos cóncavos. Hizo estudios para el aprovechamiento de la energía solar, estudios anatómicos sobre los globos oculares, sobre las proporciones del rostro, sobre el vuelo de los pájaros en relación con las corrientes de aire, una maqueta para grúa giratoria, una cortadora de berros, morteros con mecanismos para regular el disparo.

 

Incursionó en estudios astronómicos con explicaciones de la “luz cenicienta”, en 1508, es decir, cien años antes de Galileo, prototipos de palancas para muelles, estudio para embarcación sumergible y una picadora de vacas. Leonardo sostenía que “de un caballo pueden comer 200 personas”.

 

Pero la vida del más grande genio del Renacimiento no podría estar completa si no se mencionan La Gioconda (1504) y La Última Cena, (1495-1498) conocido también como Santa Cena, el cuadro de mayor nivel de reproducciones en el planeta, para lo cual se “internó” en el convento de Santa María de la Gracia, cuando tenía 45 años, siempre bajo los auspicios del gobernador de Milán.

Dos años y siete meses transcurrieron entre preparaciones culinarias  que el artista desarrollaba para poner “en vivo y en directo” junto con el vino en las copas y a sus amigos que servían de modelos.

 

Cumplidos los 67 años, Leonardo da Vinci muere en Amboise, Francia, sin saber que el movimiento de sus manos, con los pinceles, en la cocina, dibujos o creaciones, cambiaría el curso de la historia.

 

LOMO DE SERPIENTE

 

“Tomad un lomo de serpiente, quitadle el hueso y rellenad el orificio así producido con aceitunas y frutas frescas. Cosedlo y dejadlo en un zumo de ciruelas que lo cubra por completo durante dos noches.  Después, ponedlo en el asador y dadle vueltas hasta que toda la parte externa quede negra, señal de que está dispuesto para ser servido, hacedlo con zanahorias y cebollas, pero hervidas en un caldo de serpiente”.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

¡PAREN LAS MÁQUINAS…!

 

 

Jorge Barraza

 

El célebre grito periodístico, pronunciado muy de tanto en tanto en la vida de las redacciones, se dio en el caso de Emilio Lafferranderie el Veco, figura del periodismo deportivo en Uruguay, Argentina y Perú. Aquel “¡Paren las máquinas! generó su alejamiento de El Gráfico. Veco era un destacado especialista de boxeo y, como tal, asistió a infinidad de peleas. Fue enviado a Nueva York a cubrir el sensacional choque entre Joe Frazier y Muhammad Alí (hasta 1964 Cassius Clay). Lo que fue verdaderamente “El combate del siglo”, el primero, del 8 de marzo de 1971.

Es difícil que cualquier otro acontecimiento deportivo alcance la expectativa que despertó aquel fabuloso duelo entre estos dos colosos del ring. Se habló de él y se lo esperó durante meses. Se habla hasta hoy. Es preciso explicar que Alí fue declarado el más grandioso deportista de la historia y Smokin Joe era su temible rival, el que de verdad podía vencerlo. Frazier era campeón del mundo y debió pedir al presidente Richard Nixon un indulto para Alí, que cumplía pena por negarse a ir a la guerra de Vietnam, a fin de que pudiera realizarse el combate.

La pelea era un lunes muy, muy tarde, finalizaba en las primeras horas de la madrugada del martes, día en que aparecía la revista. Por ello El Gráfico decidió atrasar un día su salida y dispuso una gran cobertura. Todo el operativo se cumplió a la perfección y el Veco envió una larguísima nota en la que desconocía el triunfo de Frazier ya desde el título, que fue contundente: “TRES JURADOS DERRIBARON UNA ESTATUA”. En cristiano significaba que le habían robado la pelea.

El resultado abrió un largo debate en todas partes. Al cabo de los 15 asaltos, como era de rigor antiguamente por campeonato del mundo, la victoria de Joe resultó unánime en las tarjetas. Fue una máquina de lanzar golpes durante tres cuartos de hora, y embocó muchos, aunque también recibió manos muy justas de Alí, cuya precisión y arte lo hacían siempre peligroso.

Como era de ley entre los periodistas, la opinión del enviado especial fue respetada.

Al llegar a la redacción a media mañana del martes, el director editorial Carlos Fontanarrosa, un gentleman que no había estado en el cierre, pidió a su secretaria un ejemplar de la revista, que estaba en plena impresión. Su primer acto fue leer la nota de la pelea, que él había visto por televisión. Apenas leyó el título se le erizaron los cabellos, frunció el ceño y protestó en voz alta:

-¿Pero qué pelea vio este…? ¿Qué a Clay le robaron…? ¡Si Frazier lo molió a palos…!

En la misma proporción que ganaba adeptos con su arte, Clay generaba detractores con su fanfarronería. Millones estaban esperando verlo caer. Y esta vez había caído. Veco definía en su artículo al enfrentamiento como el del cerebro (Clay) frente al instinto (Frazier), la técnica versus la fuerza. La realidad es que uno era un genio y el otro un luchador, pero este había conectado muchos más golpes, aún cuando también falló centenares. Veco privilegió el talento en su nota. Fontanarrosa pidió urgente con el taller y preguntó cuántos ejemplares se llevaban impresos; 12.000, le respondieron. Ipso facto, casi como una imprecación, pronunció tres palabras célebres del periodismo gráfico:

-¡Paren las máquinas…!

Se llamó a otro periodista a la casa (estaban todos de franco porque habían terminado el cierre tarde la noche anterior).

-¿Viste la pelea? -preguntó el director.

-Sí.

-Para vos ¿quién ganó?

-Frazier.

-Perfecto, venite rápido a la redacción que tenés que escribir un comentario.

El Veco estuvo enojado muchos años con ese compañero por aceptar tan incómoda misión. Al cronista (que era de fútbol, no de boxeo), se le ordenó reescribir la nota en las partes en que se veía ganador a Clay, había que borrar lo de los jurados y resaltar la épica de Frazier, su emocionante entrega durante el combate, la cantidad de golpes que asestó, etcétera. Efectivamente, la nota se rehízo y se reemplazó. El encabezado fue cambiado a “SE CAYÓ UNA ESTATUA”. Es el único número en casi cien años de historia de El Gráfico en que se vendieron dos versiones de una misma edición. Los 12.000 ejemplares salieron para Córdoba, adonde la revista llegaba en camión y demoraba más. Hasta un mes después, por lo bajo, los muchachos de la redacción bromeaban sobre el tema (sin el Veco presente):

-En Córdoba todavía están pensando que ganó Clay…

A su retorno a Buenos Aires, ignorante de lo sucedido, el Veco bajó del avión en Ezeiza y en su ansiedad compró El Gráfico en el quiosco del aeropuerto. Quedó perplejo, dolorido. “Pero esto no es lo que yo escribí…”. Consideró el suceso una ofensa grave porque, además, la nota de reemplazo, que adulteraba su visión del combate, también llevaba su firma. Afrentado, enfurecido, tomó un taxi, fue directo a la redacción y tuvo un cruce de palabras muy agrio con Fontanarrosa. La relación quedó dañada y la dirección designó otro especialista en boxeo. Fontanarrosa era el uno, Veco el dos. Poco después, ya sin retorno en el entuerto, el Veco aceptó ser transferido a Canal TV, una de las publicaciones que editaba Atlántida, como BillikenSomosPara TiChacraGente.

Ernesto Cherquis Bialo, concuñado del Veco y posteriormente director también de la célebre publicación, entendió a las dos partes.

-El Veco estaba muy ofendido y es comprensible, para los periodistas de antes la modificación de un concepto modificaba la relación, por eso el enojo. Fontanarrosa era muy respetuoso y no cambiaba nunca una nota, pero entendió que el juicio definitivamente estaba errado y pensó en el prestigio de El Gráfico, que hablar de pelea robada tal vez era un papelón. Cincuenta años atrás, la gente veía el deporte a través de los ojos de la revista. Esto hoy no pasaría porque el Veco hubiese estado comunicado por WhatsApp directamente desde el ring side con la redacción y se hubiese debatido, habría escrito una nota más consensuada. Antes no existía una comunicación tan directa.

Tal cual, el Veco fue a la cabina de télex, mandó su nota, le dieron el OK de recibida y se fue a cenar cerca del Madison Square Garden. No supo nada más hasta volver a Buenos Aires. Sucede en todas las actividades. El Real Madrid culpó a Di Stéfano de la derrota con el Inter en la final de la Copa de Europa de 1964, Alfredo discutió feo con Bernabéu y se tuvo que ir al Espanyol. Y era –lo es hasta hoy–, el emblema supremo del club merengue.

 

Fuente: http://www.eluniverso.com

LOS PUMAS SON PUMAS

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Unos 20 minutos después de las seis de la tarde del domingo 21 de septiembre de 1997 un puma se llevó a Ignacio, el hijo de año y medio del guardaparques que vivía en una casa cercana a los circuitos turísticos de las cataratas del Iguazú. Una hora después encontraron el cuerpo de Ignacio en la selva, no muy lejos de la casa. Estaba destrozado por las garras y los dientes del puma. El martes los guardaparques mataron a una hembra vieja que no tenía nada que ver con el episodio y el intendente del parque tuvo que parar la cacería porque los pumas no tienen la culpa de ser pumas.

Era evidente que los responsables de la muerte de Ignacio eran sus padres, que ya tenían suficiente penitencia: la muerte de un hijo agravada con la propia responsabilidad. Pero en los días que duró viva la noticia en la agenda informativa, la televisión de Buenos Aires mandaba puma asesino en sus títulos. No se les ocurría que es imposible que un animal asesine a nadie porque no es sujeto de derecho y no tiene responsabilidad ni libertad para serlo. Además no había que preguntarse qué hacía el puma cerca de la casa del guardaparques sino qué hacemos los humanos en la selva. Unos días después me enteré de que el puma aparecía seguido a buscar la comida que el guardaparques le dejaba con la idea de hacerse amigo del animal…

En marzo apareció otro puma en las cataratas. Debe ser nieto o bisnieto del que atacó a Ignacio. Y durante una semana entera se escandalizaron los medios de Buenos Aires porque conocieron la orden del jefe de guardaparques de reducirlo vivo o muerto. Las instrucciones para encontrar al puma autorizaban a los funcionarios a dispararle para proteger su propia vida o la de los visitantes del parque, un caso evidente de defensa propia… solo que, como decía, el puma no tiene la culpa de ser puma.

No estaría de más decirles a los turistas que no pensamos matar al puma porque ellos quieran ver cómo caen millones de litros de agua en los saltos del Iguazú. Y lo que estaría genial –y seguro que atraería a muchos más– es la ruleta rusa del puma. Bastaría con poner carteles que lo adviertan: “Usted puede ser atacado por un puma”. Sería una acción de marketing sensacional y de paso les explicamos a los paseantes que somos nosotros los que molestamos al puma y no el puma el que nos estropea la visita a las cataratas.

Quizá algún científico haya estudiado por estos días la nueva conducta de los animales silvestres, que se aplica a todas las especies y sobre todo a los pájaros de las ciudades, cada día más atrevidos. Mientras, me aventuro a lanzar una hipótesis esperanzadora: los animales se nos acercan porque nos hemos vuelto más humanos. Pero no hay que olvidar que si nosotros somos más humanos, los pumas nunca dejarán de ser pumas.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

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