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VaterEin



TWILIGHT ZONE

Gino Winter

Tomaba un rico capuccino en un pequeño Starbucks, cerca de la 5ta. avenida, en un frío New York, cuando se me cruzó una belleza africana de metro ochenta, más negra que mi teléfono celular, con un cuerpo divino, un cabello de mil colores y unos labios que ya los quisiera Angelina Jolie; la siguió una Sofía Loren moderna, más delgada, pero igual de irresistible, con una latina que bien podría ser hija de Raquel Welch, y una japonesita, una nórdica, una francesa… en fin, un desfile de Victoria’s Secret tomando café a mi lado. 

Empecé a mirar a mi alrededor y vi con extrañeza y envidia, que las mesas estaban llenas de guapísimos jóvenes de metro noventa, elegantemente vestidos, en parejas o haciéndo compañía a las muchachas. 

Nunca me sentí más feo en mi vida: un enano de metro setentaicinco, con cuerpo de estibador, mal vestido y con anteojos pasados de moda, un dedo gordo con uñero, la última payaya chancada del cajón, un lapicero desechable con la tapa mordida.

Asolapadamente, trataba de encontrar las cámaras escondidas, pues podría ser uno de esos programas de bromas de la Tv y hasta pensé que había tropezado con un gusano quántico que me metió a la dimensión desconocida de algún multiverso espacio-temporal donde toda la gente era perfecta, menos yo.

Una amable barista me devolvió el alma al cuerpo cuando me informó que en el piso décimo del mismo edificio, quedaba una famosa agencia de modelos y todos esos muchachos estaban haciendo tiempo mientras los llamaban para confeccionar sus books de fotografías curriculares…

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

EL VENDEDOR DE ESTATUAS

Silvina Ocampo

Para llegar hasta el comedor, había que atravesar hileras de puertas que daban sobre un corredor estrechísimo y frío, con paredes recubiertas de algunas plantas verdes que encuadraban la puerta del excusado.

En el comedor había manteles muy manchados y sillas de Viena donde se habían sentado muchas mujeres y profesores gordos.

Mme. Renard, la dueña de la pensión, recorría el corredor golpeando las manos y contemplaba a los pensionistas a la hora de las comidas. Había un profesor de griego que miraba fijamente, con miedo de caerse, el centro de la mesa; había un jugador de ajedrez; un ciclista; había también un vendedor de estatuas y una comisionista de puntillas, acariciando siempre con manos de ciega las puntas del mantel. Un chico de siete años corría de mesa en mesa, hasta que se detuvo en la del vendedor de estatuas. No era un chico travieso, y sin embargo una secreta enemistad los unía. Para el vendedor de estatuas aun el beso de un chico era una travesura peligrosa; les tenía el mismo miedo que se les tiene a los payasos y a las mascaritas.

En un corralón de al lado el vendedor de estatuas tenía su taller. Grandes letras anunciaban sobre la puerta de entrada: “Octaviano Crivellini. Copias de estatuas de jardines europeos, de cementerios y de salones”; y ahí estaba un batallón de estatuas temibles para los compradores que no sabían elegir. Había mandado construir una pequeña habitación para poder vivir confortablemente. Mientras tanto vivía en la casa de pensión de al lado y antes de dormirse les decía disimuladamente buenas noches a las estatuas.

Sentado en la mesa del comedor Octaviano Crivellini era un hombre devorado de angustias. Estaba delante de los fiambres desganado y triste, repitiendo: “No tengo que preocuparme por estas cosas”, “No tengo que preocuparme por estas cosas”.

El chico de siete años se alojaba detrás de la silla y con perversidad malabarista le daba pequeñas patadas invisibles, y esta escena se repetía diariamente; pero eso no era todo. Las patadas invisibles a la hora de las comidas, las hubiera podido soportar como picaduras de mosquitos de otoño, terribles y tolerables porque existe el descanso del mosquitero por la noche, las piezas sin luz y el alambre tejido en las ventanas, pero las diversas molestias que ocasionaba Tirso, el chico de siete años, eran constantes y sin descanso. No había adónde acudir para librarse de él. Debía de tener una madre anónima, un padre aterrorizado que nadie se atrevía a interpelar.

Hacía ya una semana de aquella noche en que se había escapado de la casa detrás de él. Sin duda lo había visto repartir besos con un movimiento habitual de limpieza sobre las cabezas de yeso que se movían en la noche con frialdad de estrella. Tirso se rió destempladamente y cabalgó sobre un león con melena suelta y abultada. La luna hacía de la tierra un lago relleno de sombras donde lloraban ángeles de cementerio, alguna Venus de ojos vacíos, alguna Diana Cazadora corriendo contra el viento, algún busto de Sócrates. Octaviano, al ver a Tirso cabalgando sobre uno de sus leones preferidos, abrevió rápidamente su despedida nocturna y se fue abrumado de vergüenza y terror.

Tirso, creyendo que el vendedor inmóvil de estatuas no lo había visto, sintió que tenía un poder prodigioso de invisibilidad, y volvió a acostarse en puntas de pie con la sensación de haber presenciado un milagro. Desde ese día todas las noches lo había seguido hasta el corralón, se había familiarizado con las estatuas, con las manos y los pies de yeso guardados en los armarios, con los perros blancos. Octaviano en cambio se había distanciado de sus estatuas, las limpiaba ahora con escasas caricias delante del chico.

Tirso empezó a cansarse de ese don de invisibilidad del que gozaba desde hacía poco tiempo. El jugador de ajedrez le había hablado dos o tres veces. El ciclista le había dado un caramelo. La comisionista le había probado un cuello de puntillas, confundiéndolo con una chica, un día que llevaba un delantal, pero el vendedor de estatuas no le hablaba.

Cuando terminaron de comer, Octaviano se levantó como un chico en penitencia, sin postre -él, que hubiera deseado que Tirso se quedara sin postre.

Se ató un pañuelo alrededor del pescuezo y salió como de costumbre. Tirso lo siguió. Empezaba a grabar su nombre con tiza colorada en las estatuas y Octaviano creía enloquecer de pena. Tirso lo desalojaba, le robaba su tranquilidad, lo asesinaba subterráneamente, y Tirso era inconmovible e independiente como lo son raras veces los grandes criminales. Cuando volvió a acostarse, al querer cerrar la puerta de su cuarto sintió una fuerza gigante que la retenía; hizo tentativas inútiles por cerrarla, hasta que de pronto, inesperadamente, se le vino encima, aplastándole casi el brazo. Pocos minutos después la puerta volvió a abrirse. No era necesario ver quién abría la puerta con esa fuerza, no podía ser sino Tirso; y esta escena, como las otras, se repitió todas las noches.

Las primeras veces trató de juntar toda su fuerza en los ojos al clavarlos sobre Tirso, pero los ojos de Tirso eran duros como paredes metálicas. Tenía unos ojos que nunca debían de haber llorado, y solamente matándolo se lo podía quizás lastimar un poco.

En el fondo del corralón había un gran armario donde el hombre desesperado se refugió una noche. Tirso, al ver que no estaba allí el vendedor de estatuas, se fue decepcionado. Pero persistió en sus cabalgatas nocturnas. Empezó a notar que sus actos eran tan invisibles como su cuerpo: los nombres que había grabado en las estatuas, no los encontraba nunca la noche siguiente; por eso sacó su cortaplumas para grabarlos, como en los árboles, de una manera más segura.

Una noche llena de perros que ladraban a la luna, el vendedor de estatuas se retiró más temprano que de costumbre en el refugio del armario. Tirso no se resolvía a bajarse de encima del león, pero al fin empezó a trotar en círculos y semicírculos enloquecidos, arrastrando un ruido de fierros oxidados por el suelo. El vendedor de estatuas después de un rato no oyó más nada; el silencio y el bienestar habían entrado de nuevo en la noche circundante. Iba a salirse del armario cuando oyó dar a la llave dos vueltas que lo encerraban.

Quedaba poco aire respirable, quizás alcanzaría para unas horas de vida; sintió desfilar todas las estatuas que había vendido y que no había vendido a lo largo de su existencia. Un ángel de cementerio estaba cerca de él y le indicaba el camino al cielo. Llevaba un nombre grabado sobre la frente. Tuvo miedo: sacó el pañuelo y borró largamente el nombre en la obscuridad del armario donde se acababan las últimas gotas de aire y de luz que todavía le permitían vivir.

Fuente: https://ciudadseva.com

ROMANCE DE LA NIÑA MALA

Pedro Luis Ferrer

Un vecino del ingenio

Dice que Dorita es mala

Para probarlo me cuenta

Que es arisca y malcriada

Y que cien veces al día

Todo el batey la regaña.

Que a la hija de un colono

Le dio ayer una pedrada

Y que a la del mayoral

Le puso roja la cara

Quien sabe por qué razones

Por nosotros ignoradas.

Que si la visten de limpio

Al poco rato su bata

O está sucia o está rota,

Que anda siempre despeinada

Que no estudia la lección

Y nunca sabe la tabla.

Que el sábado y el domingo

Se pierde en las guardarrayas

Persiguiendo tomeguines

O recogiendo guayabas.

Y yo pregunto, vecino

Vecino de mala entraña

¿Quién puede decir que sea

por esto mi niña mala?

Si hubieras visto lo íntimo

De su vida y de su alma

Como lo ha visto el maestro

Qué diferente pensaras.

Verdad que siempre está ausente

Pero si viene no falta

Entre sus manitas breves

Un ramo de rosas blancas

Para poner al Martí

Que tengo en mitad del aula.

Con quien no tenga merienda

Parte a gusto su naranja,

Si cantamos al salir

Se oye su voz la más alta

Su voz que es limpia y alegre

Como arpegio de guitarra.

Y cuando explico aritmética

Le parece tan abstracta

Que de flores y banderas

Me llena toda la página.

Y prefiere en los recreos

Cuando juegan a las casas

Jugar con Luisa, la única

Niña negra de mi aula.

A veces le llama Luisa,

A veces le dice hermana.

Y cuentan los que la vieron

Que en aquella tarde amarga

En que no vino el maestro

Era la que más lloraba.

Cuando se premie el cariño

Y lo rebelde del alma

Cuando se entienda la risa

Y se le cante a la gracia

Cuando la injusticia rompa

Entre mi pueblo su marcha

Y el tierno botón de un niño

Sea una flor en la esperanza

Habrá que ponerle al pecho

De mi niña una medalla

Aunque el batey malicioso

Me le dé tan mala fama

Y tú, mi pobre vecino,

No entiendas una palabra.

Fuente: http://lahabanatodocolor.blogspot.com

DOS VALIJAS

 

 

Claudia Piñeiro

 

Dos valijas. Eso dijo Mauro. Volví a preguntar: “¿Estás seguro?”. “Sí, estoy seguro”, respondió con paciencia. Todos me tenían paciencia en aquellos días. “No pueden ser dos”, insistí. Pero Mauro ya no dijo nada porque ahí estaban las dos, en el recibidor del departamento. Apenas se atrevió a señalarlas con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, mientras vacilaba en el marco de la puerta dudando de si entrar o irse. “Pasá y tomamos un café”, le dije. “¿Estás de ánimo? Mirá que no hace falta. Si querés descansar, o estar sola…”. “No, tomemos un café, que me va a hacer bien”, dije sin estar segura de qué cosa me podía hacer bien. Mauro me había hecho el favor de ir a retirar las valijas de Fabián del aeropuerto y no me parecía bien dejar que se fuera sin siquiera ofrecerle un café. El cuerpo de Fabián lo había retirado mi hermano una semana antes. Y se había ocupado de todo: reconocer ese cuerpo, organizar el velorio, disponer el entierro. Yo no habría podido. Un infarto en pleno vuelo. Fabián había subido vivo en Chile y bajado muerto en Argentina. Un médico que viajaba en el avión le hizo masajes cardíacos y otras maniobras. Pero no fue suficiente. Mi marido murió diez minutos antes de aterrizar en el aeropuerto de Ezeiza.

 

Los primeros días después del entierro sólo podía pensar en ese preciso momento, el de su muerte, cuando el médico miró a alguien, la azafata tal vez, y dijo: “Ya no hay nada que hacer”. Pensaba también en los otros pasajeros, en el resto de la tripulación. Qué habrá pensado cada uno de ellos, qué habrán hecho, cuál habrá sido la última cara que Fabián vio antes de morir, cuáles los últimos ojos con los que hizo contacto, quién le tomó la mano si es que alguien se la tomó, quién le habló hasta que se fue. Quizá me concentraba en esos detalles para seguir pensándolo vivo, para tenerlo conmigo en ese instante anterior a la muerte en el que yo no pude estar a su lado. Hasta que llegaron las valijas y las preguntas cambiaron.

 

Mauro me esperaba sentado en el living cuando aparecí con la bandeja y los cafés. “Estaba segura de que había viajado sólo con una valija”, dije otra vez mientras le alcanzaba su taza. “A mí también me sorprendió, no fueron tantos días. Pero pregunté y me mostraron que las dos etiquetas están a su nombre, de hecho todavía las tienen puestas”, dijo Mauro, y se acercó a una de las valijas, tomó la etiqueta que colgaba de la manija y leyó, “Fabián Tarditti”. Luego hizo exactamente lo mismo con la otra: “Fabián Tarditti”. Levantó la vista y me miró como con resignación. “Quizá compró cosas allá y no le alcanzó el espacio, o traía folletería de la empresa. Ya verás cuando las abras, pero quedate tranquila que las dos son de Fabián.” “Sí, ya veré”, le dije, y se me llenaron los ojos de lágrimas. “Perdoname, estoy harta de llorar”, me disculpé. “Es lógico”, me consoló, y preguntó: “¿Cómo está Martina?”. “Supongo que mal, se le fue su padre, tan de repente. Pero hace un esfuerzo por sostenerme a mí, así que me demuestra poco. Espero que se descargue con sus amigas o con su novio”. “Seguro que sí”, dijo Mauro. Yo asentí, me tomé mi café y ya casi no hablamos más. “¿Querés que te ayude a llevar las valijas al cuarto?”, me ofreció Mauro antes de irse. Pero le dije que no, todavía no estaba preparada para abrirlas y encontrarme con las cosas de Fabián. Tampoco quería dormir con ellas en nuestra habitación. Así que se quedaron allí.

 

Recién me ocupé de las valijas tres días después; pasaba junto a ellas, salía y entraba, pero no las movía de donde Mauro las había dejado. La noche en que terminé abriéndolas, venían a comer a casa Martina y Pedro, su novio, y no me pareció prudente que mi hija se encontrara con ellas así, señalando la presencia de un padre que ya no estaba. Por eso antes de terminar de poner la mesa las empujé a mi cuarto y ahí las dejé. Comimos, charlamos, lloramos un poco. Pedro puso música, nos preparó café, cada tanto le tomaba la mano a Martina o le susurraba algo al oído.

 

Cuando se fueron por fin me decidí. Tenía que abrir esas valijas aunque me espantara encontrarme con las cosas de Fabián, aunque las prendas que sacara olieran a él. ¿Se guardan las prendas de un muerto en los mismos estantes donde se las guardaba cuando estaba vivo? ¿Por cuánto tiempo? Me acerqué a las valijas. Las dos tenían candado numérico pero eso no presentaba ninguna dificultad porque desde que nos vinimos a vivir a este departamento pusimos siempre en todo candado, locker o cerradura que tuviéramos que compartir los cuatro números de la dirección de nuestra casa: 1563. Veintiocho años vivimos juntos en Salta 1563, quinto piso, departamento A. Subí una de las valijas sobre la cama, puse los números del candado en la posición 1563 y el candado se abrió. Deslicé el cierre. Allí estaban sus cosas, todo ordenado tan meticulosamente como siempre. No conocí nunca a nadie que hiciera las valijas con la perfección con que las hacía Fabián. El traje gris que llevaba por si tenía reuniones de trabajo más formales. Su camisa blanca. La corbata azul con pintas rojas. Un pantalón sport. Su suéter azul. Dos remeras. Los zapatos de vestir y un cinturón del mismo cuero en otro compartimento. El jean lo traía puesto, lo mismo que su camisa celeste de mangas cortas, sus mocasines y su campera de lluvia. Todo perfectamente doblado, la ropa interior sucia dentro de una bolsa, las camisas abotonadas. El perfume, la pasta dentífrica, el cepillo y los artículos para afeitarse en el neceser de cuero que le regalé para su último cumpleaños. Cada cosa que sacaba olía a él. Lloré. Dejé para últimomomento el cierre interior, allí solía guardar los regalos que nos traía de sus viajes. Fabián siempre viajó por trabajo, dentro del país cuando recién se recibió de arquitecto y durante los años que ejerció la profesión en forma independiente, y a Chile, Uruguay y Brasil desde que trabajaba como gerente regional para una empresa de equipamiento de oficinas. De cada viaje nos traía algo, aunque fuera una pavada, algo que nos hiciera sentir que estando lejos había pensado en nosotras. Cuando Martina se fue a vivir con Pedro, ya no le trajo regalos en cada viaje sino de tanto en tanto, pero a mí, sí. Deslicé el cierre y metí la mano: saqué un sobre de papel, era de una casa de ropa de mujer de Las Condes. Lo abrí, dentro había un pañuelo de seda, color fucsia, con flores celestes, amarillas y blancas. Me lo llevé al pecho y lloré otra vez.

 

Decidí que por un tiempo, hasta que supiera qué hacer con sus cosas, mantendría el placard de Fabián tal cual estaba. Así que guardé cada prenda en su sitio. Cerré la valija y la subí al estante de donde mi marido la había bajado el día antes de viajar por última vez. Luego puse la otra valija sobre la cama. Coloqué los números de siempre en el candado: 1563. Pero esta vez el candado no abrió. Miré los números, dudé de si ese seis era un seis o un ocho, me calcé los anteojos y volví a chequear los números: 1563. Probé abrir otra vez y nada. ¿Y si finalmente yo tenía razón y ésa no era una valija de Fabián? Leí yo misma la tarjeta personalizada que aún colgaba de ella: Fabián Tarditti. Giré los números en el candado y volví a dejarlos en la posición 1563. Tampoco. Pensé un instante. Probé con su fecha de cumpleaños, con la de Martina, con la mía. No funcionaron. Finalmente volví a la etiqueta y fue entonces cuando empecé a comprender. Debajo de su nombre estaban la dirección y el teléfono. El teléfono era el que conocía, el celular que tuvo siempre, ése al que yo lo llamaba. Pero la dirección era otra: Jonás 764, Pinamar. ¿Jonás 764, Pinamar? ¿Qué dirección podía ser esa? Volví al candado. La cerradura tenía cuatro posiciones. Hice lo mismo que hicimos tantas veces que nos enfrentamos a candados con más dígitos que nuestra dirección: agregar nueves a la izquierda. Puse un nueve en la primera posición, luego un siete, luego un seis y por último un cuatro: 9764. El candado se abrió. Deslicé el cierre, levanté la tapa y me quedé sin aire. Lo que vi dentro era una copia exacta de lo que traía en la otra valija: el traje gris, la camisa blanca, la corbata azul con pintas rojas, el suéter, las remeras, los zapatos y el cinturón en otro compartimento, la ropa sucia en una bolsa, un neceser de cuero. No podía pensar, no terminaba de entender. O no podía entender aún. Entonces abrí el compartimento donde Fabián guardaba los regalos y allí estaba el sobre de papel del negocio de Las Condes. Pero había algo más, otra bolsa pequeña. La abrí y saqué lo que contenía: ropa de bebé, un enterito de algodón celeste con ositos marrones, un babero y un par de zoquetes. Me recosté en la cama. La cabeza me latía como si fuera a explotar. ¿Dos valijas idénticas significaban lo que se cruzaba por mi mente? Idénticas no, en una había ropa para un bebé. ¿Y si no qué? ¿Por qué alguien llevaba valijas duplicadas? ¿Una mujer y un bebé de Fabián en Pinamar? ¿Qué habría hecho Fabián con la otra valija si no hubiera tenido un infarto en el avión? ¿La habría dejado en la oficina, en el baúl del auto? No podía ser, tenía que haber otra explicación. Pero si la había yo no la encontraba.

 

Anduve por la casa de un lado a otro, elegí y descarté amigas con quien compartir lo que me estaba pasando. Tampoco quería decírselo a mi hermano. Pensé en Martina, en cómo se lo diría, en si se lo diría. También pensé en llamar a Mauro, el amigo más cercano que tenía Fabián. Al menos el más cercano que yo conocía. Pero desestimé la idea, era imposible que Mauro supiera, si hubiera sabido no me habría entregado la valija. Habría protegido a su amigo hasta las últimas consecuencias. La habría entregado allí donde esta valija debía estar. Y cuando pensé eso, que Mauro habría llevado la valija allí donde debía estar, fue que supe qué era lo que yo iba a hacer: viajar a Pinamar a entregársela a una mujer que tal vez ni siquiera sabía que Fabián ya no regresaría.

 

Tomé algo para dormir y dejé que mi cuerpo decidiera qué hora era buena para despertarse. Amanecí como a las diez de la mañana. Cargué en el auto la otra valija, esa que traía una dirección en Pinamar hacia donde me dirigía. Nunca había manejado sola en ruta. Nunca incluso había ido a Pinamar desde nuestro casamiento. Sí antes, de solteros, cuando Fabián tenía un par de obras allí y lo acompañé a verlas. Pero a mí nunca me gustó la playa. Así que nuestros destinos siempre fueron otros: Villa La Angostura, Mendoza, Córdoba. Busqué la ruta más apropiada en Google Maps. Sabía que tenía que tomar la 2 y luego desviar en Dolores. Allí pregunté, en una estación de servicio. Me indicaron un camino más corto, un poco desolado, pero que me ahorraría más de cincuenta kilómetros. Y eso hice. Quería llegar cuanto  antes. Conocer de una vez a esa mujer y al hijo de Fabián, para luego volver y olvidarme de ellos. Si podía. Me pregunté desde hacía cuánto estaría ella en su vida. Yo nunca había notado nada. Fabián había estado un poco distante el último tiempo. Y tal vez los dos estábamos menos cariñosos, o con menos interés sexual. Pero hacía veintiocho años que estábamos juntos y el hecho de que decayera su libido o la mía no me pareció alarmante ni mucho menos. Ahora me daba cuenta de que su libido no había decaído sino que estaba puesta en otro sitio. ¿Una mujer de qué edad? ¿Treinta y cinco, cuarenta? Tenía que ser bastante joven para tener un bebé, pero también una edad adecuada como para estar con un hombre de cincuenta y cinco años. Miré a un lado de la ruta y vi un Cristo gigante que invitaba a un Vía Crucis en Madariaga, así que supe que estaba muy cerca, que pronto estaría frente a la mujer a la que le entregaría una valija que no me pertenecía.

 

¿Qué le diría? ¿Me enojaría con ella? ¿La insultaría? ¿Le daría el pésame? En la rotonda de entrada a Pinamar me detuve y puse la dirección en el GPS del teléfono: Jonás 764. El GPS buscó y luego me indicó el camino. Fui despacio, temía llegar y hacer un escándalo. O desmayarme. O no atreverme y volver a mi casa sin dejar la valija. Ir despacio me permitía tomar coraje. Un rato  después me detuve frente a la dirección con la que había abierto el candado. Era una casa sencilla, con un jardín cuidado delante. Bajé y toqué el timbre. No salió nadie. Insistí. Y luego otra vez. Un hombre que entraba a la casa vecina me dijo: “Están en el bar”. “¿Cuál bar?”, le pregunté. “El del centro”, me dijo, “el de la playa en esta época del año lo tienen cerrado”. “Ah, claro, dije”, como si supiera de qué me estaba hablando. Y antes de irme agregué: “¿Me indica el camino? Hace años que no vengo de visita y tengo miedo de perderme”. El hombre se puso junto a mí y dibujó en el aire un mapa que traté de aprender de memoria. “A Mi Modo, se llama”, dijo. Lo miré sin entender. “El bar. Ahora se llama A Mi Modo, le cambiaron el nombre hace un tiempo. Le digo para que no se confunda, por si no sabía”. “Sí, claro, sabía, pero le agradezco”, mentí. Y me subí al coche.

 

Hice el camino que me había indicado el hombre sin dificultad y ahí estaba el bar: A Mi Modo. Entré y me senté en una mesa. Enseguida vino una mujer a atenderme, una mujer embarazada, que no podía tener más años que Martina. No había un bebé, sino una mujer embarazada. Sentí pena por ella, pero también enojo, bronca. ¿Cómo Fabián había podido tener una relación con una mujer de la edad de nuestra hija? ¿Quién era ese hombre con el que compartí veintiocho años y recién ahora empezaba a conocer? ¿Cómo se puede tener un hijo de una chica de veintipico a los cincuenta y cinco años? ¿Cuándo pensaba decírmelo? ¿Pensaba decírmelo alguna vez? “Perdón, señora, ¿qué le sirvo?”, dijo la mujer en voz alta, seguramente porque ya lo había dicho antes y no la había escuchado. “Un café, por favor, un café”. Ella desapareció detrás del mostrador. Tuve que contenerme para no ponerme a llorar. La mujer salió de la cocina a buscar algo pero alguien la llamó desde adentro: “Martina…”, y la chica volvió a irse. Se me nubló la vista. Mi marido tenía una amante de la edad de nuestra hija que se llamaba como nuestra hija. Sentí asco. Me lo imaginé diciéndole cosas en la cama y nombrándola con el mismo nombre que eligió, él mismo, para Martina. Yo quería llamarla Carolina, pero él insistió y yo acepté. La chica salió de la cocina con el café, caminó hacia mi mesa y lo dejó frente a mí. Luego me acercó un servilletero y los sobres de azúcar. “¿De cuánto tiempo estás?”, pregunté con la voz ronca, casi sin pensarlo. “De seis meses. Va a nacer para fin de año”. “Qué bien…”, dije, “¿es un varón?”. “Sí, es un varón”, respondió ella, “si no se equivocó el médico que me hizo la ecografía”. “Sos muy joven para tener un hijo”. “No tanto, tengo veintiséis”. “Veintiséis”, repetí, “uno más que mi hija”. Ella sonrió, acomodó una de las sillas de otra mesa y volvió al mostrador. ¿Cómo decirle a esa mujer, a pesar del rencor que sentía, que su hijo no tendría padre porque había muerto de un infarto en el avión que lo traía de Chile? ¿Desde hacía cuánto tiempo estaban juntos? Ella era tan joven. ¿Qué necesidad había tenido Fabián de llevar con esa chica una vida igual a la que llevaba conmigo? Dos valijas. Me sentía demasiado incómoda, quería irme ya, pero antes debía completar lo que me había llevado hasta allí. Dejé el café sin tomar y fui al auto. Bajé la valija y volví al bar arrastrándola conmigo. Cuando entré no había nadie. La llamé por su nombre y el de mi hija: “¡Martina!”. Entonces ella salió de la cocina y me vio allí, parada junto a la valija. “Te traje la valija de Fabián”, dije. Parecía asustada, miró hacia la cocina y gritó: “¡Mamá!”. Una mujer muy parecida a ella salió de inmediato, se detuvo junto a la chica y se quedó mirándome. Por fin, entendí. En sus ojos vi que ella, esa otra mujer, sabía quién era yo, sabía que Fabián había muerto y por qué estaba allí. Se acercó tomó la valija y dijo: “Gracias por traérmela”. Yo en cambio no pude decir nada. Sonreí, no sé a cuenta de qué; me quedé mirándola un tiempo incalculable, muerto. Luego me di media vuelta y me fui.

 

En esa corta distancia que recorrí hasta el auto, pasaron por mi cabeza imágenes de la vida duplicada de Fabián: las dos valijas, las dos casas, los dos suéteres azules, los dos trajes, las dos hijas con el mismo nombre, sus dos mujeres. Veintiocho años conmigo. ¿Cuántos con ella?  Veintinueve, treinta. Subí al auto y encendí el motor. Tardé en irme; me llevó un tiempo encontrar el coraje para dejar, por fin, lo que no era mío. Miré una vez más hacia el bar. En la puerta estaba la otra mujer de Fabián; un paso más atrás, su otra hija. La mujer sostenía en la mano un pañuelo de seda, color fucsia, con flores celestes, amarillas y blancas.

 

Fuente: https://www.infobae.com

PATRIMONIO

 

 

Ida Vitale

Premio Cervantes 2018

 

Sólo tendremos lo que hayamos dado.

¿Y qué con lo ofrecido y no aceptado,

qué con aquello que el desdén reduce

a vana voz, sin más,

ardiente ántrax que crece,

desatendido, adentro?

 

La villanía del tiempo,

el hábito sinuoso

del tolerar paciente,

difiere frágiles derechos,

ofrece minas, socavones, grutas:

oscuridad apenas para apartar

vagos errores-

 

El clamor, letra a letra,

del discurso agorero

no disipa ninguna duda;

hace mucho que sabes:

ninguna duda te protege.

 

Fuente: http://amediavoz.com

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