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EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO

 

 

Ana María Matute

 

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

 

-El amigo se murió.

-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

 

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

 

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

 

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

 

Fuente: http://ellaberintodenoe.blogspot.com

AARÓN

 

 

Diana Marina Gamarnik

 

Aarón vivió negado desde su nacimiento. Dory había llegado a la sala de guardia del hospital zonal quejándose de un dolor de estómago insoportable. Sus padres ya no sabían qué darle a la adolescente de 16 años para que se calmara. Cuando el médico que la revisó les dijo que estaba embarazada y que los dolores eran las contracciones de parto, ellos lo negaron escandalizados. Que no podía ser, que Dory era virgen, que no, mamá, te lo juro, no hice nada, usted está equivocado, te lo juro, papá, no hice nada con el chico de la panadería.
El bebé llegó sin avisar, sin que lo esperara ningún ajuar de ropa, sin ningún beso ni ninguna caricia. Solo un coro de llantos que se mezclaba con el de él, tapándolo. El nombre se lo eligió su madre de una lista que le dieron, era el primero. Ella no quería ni tomarse el trabajo de leer los que seguían.
En cuanto pudo recuperarse, Dory les dejó el bebé a sus padres y desapareció. Algunos dijeron que su partida coincidió con la del chico de la panadería, a pesar de que nadie pudo comprobarlo.

Aarón creció buscando que sus abuelos lo miraran alguna vez a los ojos, pero ellos no podían. Cumplían con lo indispensable para que siguiera respirando, nada más. El nene eligió hacerse gris y perder sus contornos en el espacio, así nadie repararía en él. Su única afición era jugar con insectos, sus preferidos eran los saltamontes que encontraba en el patio de su casa, le gustaban porque era fácil arrancarles las patas y mirar cómo intentaban volver a saltar hasta que se morían.
Así llegó a la adolescencia, con la vista siempre en el piso y jugando con insectos, hasta que apareció en el barrio Carmen, con la juventud estallándole en la blusa y en la pollera, y él levantó la mirada para verla pasar, deslumbrado por la luz que ella despedía. Con tal de que le prestase atención, Aarón empezó a bañarse más seguido y a dejarle regalos en la puerta de su casa, flores silvestres, piedritas, frascos vacíos, lo que él podía conseguir. A ella no se le ocurría de quién podían ser. Nunca había visto a nadie dejarlos.
Cuando él sintió que después de tantos regalos ya era el momento de recibir el agradecimiento de Carmen, seguro de que le dedicaría una de esas sonrisas que él le había visto alguna mañana a escondidas, decidió seguirla desde la parada del colectivo hasta el lugar donde ella bajaba todas las tardes. Caminó unos pasos detrás de Carmen y tímidamente le tocó el brazo. Ella saltó como si le hubiera dado electricidad y le preguntó qué quería, yo soy el que te hace los regalos, qué regalos, las flores y…, eso no son regalos, es basura, yo te quiero, quién sos, salí de acá, nunca te vi, no me toques, yo te quiero… Y así sin darse cuenta fue arrastrándola hasta una obra en construcción abandonada. Ella empezó a gritar con todas sus fuerzas y él le tapó la boca para que no gritara, yo te quiero, no me tengas miedo, no grites más… hasta que Carmen ya no pudo moverse ni resistir. Aarón se quedó temblando, te lo merecías por no creerme, yo te quiero, y la tapó con unos trapos que había tirados, mientras le tocaba las piernas, y sus manos se le iban por debajo de la pollera sin que él pudiera detenerlas.

Por el crimen fue detenido un vagabundo que dormía en la obra en construcción donde encontraron a Carmen, los trapos eran su cama, y él no pudo justificar dónde había estado durante la tarde de ese día. Aarón les dijo a sus abuelos que él había matado a esa chica, pero ellos se rieron, este chico ya no sabe qué inventar para llamar la atención, qué barbaridad.

 

Publicado con la autorización de la autora.

 

Fuente: www.solocrecer.com

JAMÁS TE ACERQUES A LAS OLLAS

 

 

Giovanna Rivero

 

Me llamo Diana, como las princesas. Esta respuesta complace a mi madre, nos reconcilia con las secretas herencias que hemos recibido de mi abuela, de mi tía Medea, de mi prima Lilith y de Eva, a quien nunca conocí, pero cuya leyenda va lamiendo mis talones, ensalivándolos.

 

Si doy más explicaciones, mamá se pone nerviosa, las uñas le crecen en punta y ligeramente curvadas, gata en celo. Las amas de casa tienen esas cosas, retuercen sus uñas sobre la masa del pan y sonríen, ya sin furia.

 

En este país, las amas de casa no tienen conciencia de clase, mas conocen secretamente su poder. Mamá dice que jamás me acerque a las ollas que hierven, y no porque sus brebajes tengan mal sabor, sino porque podría quemarme con agua, que jamás, jamás de los jamases es lo mismo que la caricia del fuego. Sin embargo, estos son mis dominios.

 

Abro latas de atún y preparo sándwiches que mis amantes devoran sin decir amén. ¡Qué buena cocinera!, piensan, y recogen con la lengua las migas desperdigadas sobre la corbata. Por lo demás, nunca, nunca, me aproximo al hervor de las ollas.

 

Aun hoy, mamá suele mezclar el tallarín con las medias nylon, y a mí me produce cierto asco. Hemos compartido algunas recetas, es cierto, una pizca de pimienta y dos lágrimas de limón, azúcar impalpable y colorante artificial, nada extraordinario.

 

La última vez preparamos una tarta de manzanas mordidas y tocamos, sonrientes, las puertas anaranjadas de la cuadra. Las vecinas, malagradecidas, vomitaron sobre nuestra gentileza con tanta profusión que cualquiera hubiese pensado en un baño chantilly, malditas bulímicas.

 

Pues bien, ahora he alistado un banquete.

 

Mamá está orgullosa. Me ha prestado los trinches de plata para darle clase a la mesa. Y el vino, Diana, el vino debe tener la densidad de la sangre antes de coagularse. He seguido todos los pasos: el mantel rosa, la jarra con agua, los panes con sus cuernitos a medio chamuscar y la bandeja sobre la que pondré la comida caliente.

 

Me llamo Diana digo, al abrir la puerta, donde se recorta mi nuevo amante. Me muero por hacerle probar mi receta; al fin y al cabo, a mí también me tenían harta los sándwiches de atún.

 

Yo soy Raúl dice, sacudiendo una melenita afeminada que amargamente me recuerda al marica de Sansón.

 

Por eso, cuando le corto el pescuezo para meter su cabeza al horno, compruebo, una vez más, que los melenudos son un problema: tienes que rasurarles el cráneo para sentir el sabor.

 

Colaboración de Yanna Hadatty Mora

 

Fuente: http://ellaberintodenoe.blogspot.com

EL MIEDO Y EL AMOR

 

 

Ana María Shua

 

Se llevaban muy mal, incluso después de la separación. Vivir juntos había sido pura desdicha. A ella la tintura le dejaba en el pelo un aroma intenso, vegetal, durante varios días. El odiaba ese olor: tener que compartirlo en la cama se convirtió en un resumen físico de sus agravios. Él usaba lentes de contacto. La repisa del botiquín era solo para los estuches de sus lentes, el líquido en que los guardaba y el colirio. Ella se había visto obligada a ceder ese espacio que consideraba imprescindible. Él se enfurecía si encontraba en el estante un objeto de ella: suciedad, contaminación. Ella lo acusaba de tacaño. Él usaba medicamentos vencidos. En uno de los peores momentos, hacia el final, ella echó unas gotas de limón en el colirio y se rió de sus gritos de dolor, le echó la culpa: por miserable.

 

Él soñaba con caldos espesos y cálidos. Ella no reconocía vínculos entre la comida y el amor. Tuvieron una hija. Al principo los sostuvo la pasión y después el recuerdo de la pasión. Pero cuando Lucila fue adolescente, la relación ya era pura venganza. Querían a su hija con locura, se peleaban también por ella. Aun después del divorcio, una guerra pequeña, cotidiana, les transformaba la vida en vinagre.

 

Moira estaba en casa, disfrutando de su buen aire acondicionado, cuando entró el llamado. ¿Con la señora de Noval? Ex, dijo Moira. Señora, habla el oficial Acosta, desde el Hospital Fernández. La voz sonaba gruesa y clara, con autoridad. Tenemos aquí una persona joven que acaba de ingresar, está inconsciente. Alcanzó a dar su apellido y el teléfono. Hay que realizarle una intervención de urgencia, necesitamos la autorización de algún familiar directo.

 

Una oscuridad espesa le nubló la vista por un momento. Consiguió contestar con la lengua torpe. Mi hija, dijo. Qué pasó.

 

Entró una parejita, contestó el oficial Acosta. Pero la que está mal es ella. Un robo de billetera. Por favor, antes que nada deme su teléfono, rogó Moira. En su terror temía perder la comunicación, como si la voz del oficial Acosta fuera el débil hilo que le permitía sostener a su hija con vida. El hombre perdió la calma. Señora, le gritó, su hija corre peligro de vida, no me haga perder tiempo. Furioso, el oficial Acosta. Cortó con violencia.

 

Moira marcó el número de celular de su hija. Apagado o fuera del área de cobertura.

 

Noval estaba en un café cuando entró el llamado. Salgo para el hospital, dijo Moira. Le temblaba la voz.

 

No sintió el golpe de calor, Moira. No sentía nada, no veía nada. Le dijo al taxiste adónde iba y siguió hablando en voz alta, sin parar, repasando todas las posibilidades. Lucila va a sobrevivir. Es luchadora. Practica karate. Le habrán querido robar la billetera, se resistió, le pegaron. Eran varios. Quedó tirada en el suelo, lastimada. O quizás un ladrón le robó la billetera: ella lo corrió. Lucila está entrenada, tiene aire. Cruzó sin mirar, la atropellaron. Tirada en el suelo. O le pegaron el tirón a la cartera, un motochorro, la hicieron caer. En mitad de la calle. Tirada en el suelo. Los autos. Es fuerte, mi hija: peleadora. Se va a salvar.

 

A Noval, en el café, se le aflojaron las tripas. La veía muerta. No le importaba cómo ni por qué. Veía a su hija blanca, con ojeras de muerta, el pelo rubio lleno de sangre, la boca abierta, los ojos de pescado. Llamó a Moira para pedirle detalles. Lo alivió escuchar su voz firme. Voy para allá, le dijo.

 

En la puerta del hospital, Noval se tiró del auto con un movimiento convulsivo. Estaba curiosamente alerta, atento a todos los detalles. Vio las nervaduras de una hoja color verde verano, vio que la sala de guardia se llamaba Emergentología, vio a Moira subiendo las escaleras el paso elegante de siempre. Corrió hacia ella y la abrazó torpemente. Con la misma torpeza, ella le devolvió el apretón. Llegaron a Terapia Intensiva agarrados de la mano, sosteniéndose el uno al otro, tratando de traspasarse esperanza a través de la piel transpirada.

 

Prohibido pasar, decía un cartel, y Moira se detuvo mirando desconcertada alrededor. De un tirón Noval la hizo cruzar las puertas de vaivén. Moira lo admiró, a ella era tan fácil detenerla con palabras escritas. Un médico se estaba quitando los guantes de látex. No ven que estoy trabajando, no entiendo una palabra de lo que están diciendo, fuera de aquí, dijo el médico.

 

A Moira se le llenaron los ojos de lágrimas. Retrocedieron. Noval respiraba agitado. Una enfermera se les acercó compasiva, los escuchó, de la confusión desesperada dedujo el sentido de sus palabras. No, les aseguró. Aquí nada. Ninguna chica. Ni accidentes. Ni oficial Acosta.

 

Vamos a la guardia, dijo Moira. Por qué no me quiso dar su teléfono, el oficial. Y si no era el Fernández, si entendí mal, si se equivocó. Ahora se llama Emergentología, dijo él, yo sé dónde queda, vamos. Y no se soltaban, eran dos, eran más fuertes así.

 

Corrieron por pasillos eternos. Moira sacó su teléfono. Lucila, dijo. Lucila, Lucila, Lucila. Marcá, querés, dijo Noval. Lo irritaba la manía de Moira de utilizar todas las posibilidades de la tecnología. Le resultaba intolerable la voz de Moira repitiendo el nombre de su hija. Dejate de gritar y marcá. Pero en ese momento el celular ya obedecía a la voz de su dueña y atendía Lucila del otro lado. ¿Estás bien? Sí, apagué porque estaba en una clase. Moira la insultó con violencia mientras la voz se le deshilachaba en sollozos convulsos. Noval le sacó el teléfono y le explicó a Lucila, estaba mareado.Se sentaron en un banco del hospital. Estás blanco, bajá la cabeza, así, hacé fuerza para arriba, le decía Moira, mientras le empujaba la nuca hacia abajo sin brusquedad, precisa y efectiva.

 

El mundo, desencajado, había vuelto a su lugar, los colores brillaban. Pero no se sentían felices, sino débiles y vacíos.

 

Caminaron por la calle. El mundo, desencajado, había vuelto a su lugar, los colores brillaban. Pero no se sentían felices, sino débiles y vacíos. Él le apoyaba el brazo en el hombro, en parte la abrazaba, en parte se sostenía. El hospital era amenazador, ahora. Se alejaron varias cuadras antes de entrar en un café. Ella pidió un cognac, él pidió una coca. Trataron de entender por qué, para qué. Qué beneficio podían obtener, se preguntaba él, por qué a nosotros, se preguntaba ella, quién nos odia tanto.

 

Entendieron de a poco, Moira y Noval. Lo habían escuchado, lo habían leído en los diarios, y sin embargo no habían podido reconocerlo cuando les sucedió. Un secuestro virtual. La historia del hospital debía ser sólo para sacarles datos. Sin quererlo, por puro terror, Moira había desbaratado el plan al pedir el teléfono. Fueron a hacer la denuncia.

 

La comisaría era una casa vieja, con un patio grande, donde esperaron sentados en un banco. Una hora y media después el aburrimiento había atemperado la bronca. Los recibió el oficial de guardia, los escuchó atentamente. Qué barbaridad, les dijo. Pasa todos los días, los ablandan con la historia del hospital para sacarles información. Después les hubieran dicho que a la piba la tienen ellos y ahí les pedían la plata. ¡Claro que pueden y deben hacer la denuncia! Pero en este momento se nos cayó el sistema. Lo estamos arreglando, calculen unas cuatro horas .

 

La bronca se había convertido en un charquito sucio en el patio de la comisaría. Ya no los sostenía, no los llenaba. No los unía. Salieron sin tocarse, sin mirarse. Se despidieron con un beso social. La tregua había terminado.

 

Fuente: https://www.clarin.com

GRACIAS

 

 

Yasunari Kawabata

 

Sería un buen año para los caquis. El otoño en las montañas era hermoso.

 

La ciudad portuaria estaba en la punta meridional de la península. El chofer del ómnibus bajó del primer piso de la terminal a la sala de espera, donde se sucedían humildes puestos de venta de golosinas. Su uniforme amarillo tenía un cuello púrpura. Ahí adelante estaba estacionado el gran ómnibus rojo con una bandera púrpura.

 

La madre de la niña se puso de pie, apretando el papel de una bolsa con caramelos, y se dirigió al chofer que se arreglaba los cordones de los zapatos.

 

-¿Así que hoy es su turno? Si es usted quien la lle­va hasta allá, hay que agradecerlo, seguramente va a tener suerte. Es una señal de que algo bueno va a suceder.

 

El chofer miró a la muchacha que estaba al lado de la mujer y guardó silencio.

 

-No podemos seguir aplazando esto para siempre… Además, el invierno está casi sobre nosotros. Sería una pena enviarla con el frío. Si de todos modos debemos hacerlo, me parece que es conveniente hacerlo con este tiempo todavía agradable. Y he decidido acompañarla hasta allí.

 

El chofer asintió sin decir palabra, caminó con el aplomo de un soldado hasta el ómnibus, para acomodar el almohadón del asiento.

 

-Por favor, tome asiento aquí adelante, señora. No hay tanto traqueteo. Tienen un largo viaje por delante.

 

La mujer iba a una aldea por donde pasaba el ferrocarril, y que quedaba a sesenta kilómetros al norte, para vender a su hija.

 

Sacudida a lo largo del camino de montaña, la jovencita clavaba los ojos en la espalda del chofer que estaba justo delante de ella. El amarillo del uniforme colmaba su visión como si fuera un mundo en sí mismo. Las montañas que iban apareciendo se partían y pasaban de un hombro a otro del hombre. El ómnibus atravesó dos pasos muy elevados…

 

Se cruzó con un carro tirado por caballos, y éste se hizo a un costado.

 

-Gracias.

 

La voz del chofer era clara cuando saludaba con una agradable inclinación de cabeza, como un pájaro carpintero.

 

El ómnibus se encontró con una carreta llena de trastos que también se corrió con sus caballos y le cedió el paso.

 

-Gracias.

 

Un carretón.

 

-Gracias.

 

Un rickshaw.

 

-Gracias.

 

Un caballo.

 

-Gracias.

 

Si bien el chofer ya se había cruzado con treinta vehículos en diez minutos, nunca dejaba de ser cortés. Y aunque tuviera que manejar durante cientos de kilómetros, nunca descuidaba su conducta y era como un cedro bien erguido, simple y natural.

 

Habían partido a eso de las tres. El chofer había tenido que encender las luces a mitad de camino. Pero cada vez que se encontraba con un caballo, las apagaba.

 

-Gracias.

 

-Gracias.

 

-Gracias.

 

Durante todo el trayecto, fue el chofer con mejor reputación entre los conductores de carretas, carretones y los jinetes.

 

Cuando el ómnibus llegó a la plaza de la aldea en medio de la oscuridad, la muchachita empezó a temblar y se sintió mareada, como si le flotaran las piernas. Se aferró a su madre.

 

-Un momento -le dijo ésta a su hija y corrió tras el chofer para implorarle-. Mi hija dice que lo quiere. Se lo pido, se lo ruego con mis dos manos en oración. Mañana ella será juguete de un hombre cualquiera, por eso… Si hasta una muchacha de buena posición de la ciudad… con sólo viajar unos kilómetros con usted…

 

A la mañana siguiente, al amanecer, el chofer dejó la modesta pensión y cruzó la plaza con apostura de soldado. La madre y la hija corrieron tras él. El ómnibus rojo, con su bandera púrpura, salió del garaje y quedó a la espera del primer tren.

 

La jovencita subió primero y acarició el asiento de cuero negro del chofer mientras se mordía los labios. La madre se defendía del frío cerrando el cuello de su kimono.

 

-Y ahora debo llevarla de nuevo a casa. Esta mañana ella lloró, usted me increpó… Compadecerme de ella ha sido un error. Voy a llevarla a casa, ¿bien? Pero sólo hasta la primavera. Sería una pena enviarla ahora que va a iniciarse la temporada de frío. Puedo arreglarme. Pero cuando el tiempo mejore, ya no podré tenerla en casa.

 

El primer tren le lanzó tres pasajeros al ómnibus.

 

El chofer acomodó su almohadón. Los ojos de la muchachita se fijaron en la cálida espalda que tenían ante sí. La brisa matinal del otoño se deslizaba sobre esos hombros.

 

El ómnibus quedó enfrentado a un carro tirado por caballos. Y éste se hizo a un lado.

 

-Gracias.

 

Un carretón.

 

-Gracias.

 

Un caballo.

 

-Gracias.

 

-Gracias.

 

-Gracias.

 

-Gracias.

 

El chofer regresaba, lleno de gratitud, cruzando los sesenta kilómetros de montañas y campos hasta la ciudad portuaria en el extremo meridional de la península.

 

Era un buen año para los caquis. El otoño en la montaña era bello.

 

Fuente: https://ciudadseva.com/

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