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VaterEin



LOS ESCRIBIDORES

 

 

Pedro Gil

 

a los distinguidos y tozudos

poetas de una ciudad anónima

 

así que bebieron purgantes de neologismos para gramaticar el verbo

así que con el diccionario en el bolsillo

circulan las calles,

sufren, asisten a los concurso del engaño,

hablan de la artritis de la vecina y de sus libros que no leyeron.

sueñan que metaformosean el mundo,

sueñan con la verga de la eternidad

y que son inmortales.

 

y están convencidos, están bárbaramente convencidos,

nacieron con los nombres más perfectos de un poeta.

 

lo desastroso es que no saben que cada uno es una

circunscripción del olvido y que la inteligencia

de sus versitos

reposa en la imaginación de las moscas

y les tengo lástima.

no sé, tengo tanta lástima, al verlos triviales, invidentes,

tan pequeñitos, gorjeando en todas

las mesas

redondas de la acidia,

creando metáforas de purísimas ganas.

 

y huyen de mí,

temen mi presencia, lo saben bien estos enanos

locuaces.

soy un tímido universo.

y sinceramente soy grande.

indeleblemente grande,

irreductible, indestructiblemente

grande.

 

y les preocupa y lo niegan,

lo cual es cotidiano.

 

pero míralos como gesticulan,

míralos como decretan irrisorias leyes,

pregúntales todo lo que quieras,

sólo ellos pueden meterse la luna al corazón.

 

Y piensa bien esto:

en un sitio cronométrico de mi ciudad anónima, de todas las ciudades

anónimas,

encontrarás siempre a filósofos que se

masturban

metafísicos del alcohol,insolentes micropoetas badulaques.

 

y cuando literalmente machaco la lógica de la palabra:

pienso, imagino, creo, deduzco:

los legalizados inolvidables poetas,

mis gigantes poetas,

en sus tumbas cabreados se asustan de tanto desperdicio

de poemas.

 

en la tierra me cabreo yo.

 

yo soy esos poetas.

 

Colaboración de Roberto Ponce Cordero

 

Fuente: https://elaranazo.wordpress.com

AGUJEROS NEGROS

 

 

Samanta Schweblin

 

El doctor Ottone se detiene en el pasillo y, muy despacio al principio, comienza a balancearse sobre las plantas de sus pies, con la mirada fija en alguno de los azulejos blancos y negros que cubren todos los pasillos del hospital, así que el doctor Ottone está pensando. Después toma una decisión, vuelve a entrar al consultorio, prende las luces, deja sobre el sillón sus cosas y busca, entre todo lo que hay en su escritorio, la carpeta de la señora Fritchs, así que Ottone está ocupado con algún tema y se propone encontrar una solución, una repuesta al menos, o derivar ese tema a otro doctor, por ejemplo al doctor Messina. Abre la carpeta, busca una página determinada que encuentra y lee: “…Agujeros negros, ¿me entiende? Usted está acá, por ejemplo, y de pronto está en su casa, en su cama, con el piyama ya puesto, y sabe perfectamente que no ha cerrado el consultorio, ni apagado las luces, ni recorrido lo que tenga que recorrer para llegar a su casa, es más, ni siquiera se ha despedido de mí. ¿Entonces? ¿Cómo puede ser que usted esté en su cama con el piyama puesto? Bueno, eso es un espacio vacío, un agujero negro como le digo, un tiempo cero, como lo quiera llamar, ¿qué más si no?…”

El doctor Ottone guarda la carpeta, recoge sus cosas, apaga las luces, cierra con llave y se dirige hacia el consultorio del doctor Messina, a quien está seguro de encontrar a esa hora. Ottone efectivamente encuentra a Messina pero dormido sobre el escritorio y con una estatuilla en la mano. Lo despierta y le entrega la carpeta de la señora Fritchs. Messina, un poco dormido aún, se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué se ha despertado con una estatuilla en la mano. Con un gesto, Ottone responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone, galleta que Ottone acepta. Messina abre la carpeta.

–Lea la página quince –dice Ottone.

Messina busca, encuentra y lee, todo cuidadosamente, la página quince. Ottone espera atento. Cuando termina su lectura, Ottone le pide una opinión.

–¿Y usted cree en esto, Ottone?

–¿En agujeros negros?

–¿De qué estamos hablando?

Así que Ottone recuerda el vicio de Messina de responder sólo con preguntas y eso lo pone nervioso.

–Hablamos de agujeros negros, Messina…

–¿Y usted cree en eso, Ottone?

–No, ¿Y usted?

Messina abre otra vez su cajón.

–¿Quiere otra galleta, Ottone?

Ottone agarra la galleta que Messina le ofrece.

–¿Cree o no cree? –insiste Ottone.

–¿Yo conozco a esta señora…?

–…Fritchs, la señora Fritchs. No, no creo que la conozca, sólo vino a verme dos veces y es su primer tratamiento.

Alguien toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone reconoce al portero y pregunta:

–¿Qué necesita, Sánchez?

El portero explica con sorpresa que la señora Fritchs espera al doctor Ottone en la sala de ese piso. Messina recuerda al portero que son las diez de la noche y el portero explica que la señora Fritchs se niega a irse.

–No quiere irse, está en piyama, sentada en la sala y dice que no se va si no habla con el doctor Ottone, qué quiere que le haga yo…

–¿Por qué  no la trajo, entonces? –pregunta Messina mientras mira la estatuilla.

–¿La traigo acá? ¿A su consultorio? ¿O al del doctor Ottone?

–¿Que le pregunté yo a usted?

–Que por qué  no la traje.

–¿No la trajo a dónde, Sánchez?

–Acá.

–¿Dónde es acá?

–A su consultorio, doctor.

–¿Entiende ahora, Sánchez? ¿A dónde tiene que traerla entonces?

–A su consultorio, doctor.

Sánchez se inclina levemente, saluda y se retira. Ottone mira a Messina, la mandíbula de Messina que oprime la fila de dientes superior con la inferior, así que Ottone está nervioso y aún espera una respuesta de Messina, doctor que comienza a guardar sus cosas y a acomodar papeles del escritorio. Ottone pregunta.

–¿Se va?

–¿Me necesita para algo?

–Dígame al menos qué opina, qué cree que conviene hacer. ¿Por qué no la ve usted?

Messina, ya desde la puerta del consultorio, se detiene y mira a Ottone con una leve, apenas marcada, sonrisa.

–¿Qué diferencia hay entre la Señora Fritchs y el resto de sus pacientes?

Ottone piensa en contestar, así que su dedo índice empieza a subir desde donde reposa hacia la altura de su cabeza, pero se arrepiente y no lo hace. Queda entonces el dedo índice de Ottone suspendido a la altura de su cintura, sin señalar ni indicar nada preciso.

–¿A que le tiene miedo, Ottone? –pregunta Messina y se retira cerrando la puerta, dejando a Ottone solo y con su dedo índice que baja lentamente hasta quedar colgado del brazo. En ese momento entra la Señora Fritchs. La señora Fritchs lleva un piyama, celeste, con detalles y puntillas blancas en cuello, mangas, cinto y otros extremos. Ottone deduce que esta señora está en un estado nervioso considerable, y deduce esto por sus manos, que ella no deja de mover, por su mirada y por otras cosas que, aunque comprueban esos estados, Ottone considera que no necesitan ser enumeradas.

–Señora Fritchs, usted está muy nerviosa, va a ser mejor si se calma.

–Si usted no me soluciona este problema yo lo denuncio doctor, esto ya es un abuso.

–Señora Fritchs, tiene que entender que usted está haciendo un tratamiento, los problemas que tenga no se van a solucionar de un día para el otro.

La Señora Fritchs mira indignada a Ottone, rasca el brazo derecho con la mano izquierda y habla.

–¿Me toma por estúpida? Me está diciendo que tengo que seguir dando vueltas por la ciudad en piyama, piyama en el mejor de los casos, hasta que usted decida que el tratamiento está terminado. ¿Para qué pago yo ese seguro médico, a ver?

Ottone piensa en el doctor Messina bajando las escaleras principales del hospital y esto le provoca diversas sensaciones, sensaciones en las que no va a profundizar ahora.

–Mire –dice Ottone con paciencia, empezando a balancearse, lentamente al principio, sobre las plantas de sus pies–, cálmese, entienda que usted está con problemas psicológicos, usted inventa cosas para ocultar otras cosas más importantes. Todos sabemos que usted no pasea en piyama por el hospital.

La señora Fritchs desenrosca pliegues de las puntillas de su camisón, así que Ottone entiende que la charla será larga.

–Siéntese por favor, relájese, vamos a hablar un rato –dice Ottone.

–No, no puedo. Va a llegar mi marido a casa y yo no voy a estar, tengo que volver, doctor, ayúdeme.

Ottone desarrolla rápidamente la primera de las sensaciones postergadas de Messina bajando las escaleras. Aire entrando por las costuras del abrigo, entonces frío, un poco de frío.

–¿Tiene dinero para regresar?

–No, no llevo plata cuando ando en camisón por casa…

–Bueno, yo le presto para que vuelva a su casa y pasado mañana, en el horario que a usted le corresponde, hablamos de estos problemas que tanto le preocupan…

–Doctor, yo le acepto el dinero si quiere, y vuelvo a casa, perfecto. Pero ya le expliqué, sabe, dentro de un rato estoy acá de nuevo, y cada vez es peor. Antes pasaba cada tanto, pero ahora, cada dos o tres horas, zas, agujero negro.

–Señora…

–No, escuche, escúcheme. Me recupero, o sea, vuelvo a donde estaba ¿Cómo le explico? A ver, desaparezco de casa y aparezco en casa de mi hermano, entonces me desespero, imagínese, tres de la mañana y aparezco en piyama, piyama en el mejor de los casos, en el cuarto matrimonial de mi hermano. Entonces trato de volver, ¿Sabe  doctor qué sufrimiento? Hay que salir del cuarto, de la casa, todo sin que nadie se de cuenta, tomar un taxi, todo en piyama, doctor, y sin plata, imagínese, convencer al taxista de que le pago al llegar. Y cuando estoy por llegar, zas, fin del agujero y aparezco en casa otra vez.

Ottone aprovecha este tiempo para analizar la segunda sensación de Messina escaleras abajo. Entrada a un auto, ambiente más agradable, alivio al dejar el peso del portafolio en el asiento del acompañante.

–Aparte imagínese, andaba por casa siempre con dinero y un abrigo atado a la cintura del camisón, no sea cosa. Pero ahora no, basta, cuando caigo en agujeros ya no vuelvo. Si igual nunca llego, tomo taxis que casi nunca alcanzan a dejarme donde les pido. No, basta, ahora me quedo donde esté hasta que pase el agujero y listo.

–¿Y cuánto tiempo tardan en pasar estos agujeros negros?

–Y, vea, yo no puedo decirle con exactitud, una vez fui y volví en el momento, sin problema. Y otra estuve en casa de mi madre unas cuántas horas, diga que ahí sé donde están las cosas, preparé unos mates y paciencia, tardó tres horas, doctor, una vergüenza.

Ottone piensa en cuántos minutos ya  ha estado  la señora Fritchs en el hospital y no obtiene un número definido, quizás cinco, quizás diez, no sabe.

Sánchez toca la puerta del consultorio y se asoma. Ottone pregunta:

–¿Qué pasa, Sánchez?

–Lo busca el doctor Messina.

–Cómo ¿No se fue?

–Sí, se fue, pero al rato estaba acá de vuelta, me parece que el doctor está un poco angustiado, anda a medio desvestir, o vestir, no sé decirle, doctor, y pregunta por usted.

–¿Qué pregunta, Sánchez?

–Si usted está, si puede usted hacerle el favor de ir a verlo. Me parece que está enojado, doctor…

El doctor Ottone mira a la señora Fritchs, señora que rasca con la mano derecha su brazo izquierdo y contesta la mirada de Ottone con un gesto recriminatorio.

–Va a tener que disculparme.

–No, lo acompaño.

–No, hágame el favor, señora, quédese acá. El doctor Messina enojado es ya de por sí todo un problema.

Sánchez acompaña la opinión de Ottone con un movimiento de cabeza y se retira caminando por el pasillo, pasillo que Ottone recorre ahora, unos metros detrás.

Se asoma Messina, minutos después, no sabe bien Messina después de qué, tras el biombo de su consultorio, para descubrir a la señora Fritchs sentada en un sillón. Messina mira su propia mano y se pregunta por qué tiene, otra vez, esa estatuilla. Mira desconcertado el escritorio, el lugar vacío donde la había dejado un rato atrás. Luego mira a la Señora Fritchs y la señora Fritchs, con las manos aferradas a los brazos del sillón, como si fuese a caer hacia o desde algún lado, mira al doctor Messina.

–¿Y usted quién es? ¿Qué hace en mi consultorio?

–El doctor Ottone dijo…

–¿Por qué está en piyama?

–El portero y el doctor Ottone fueron a buscarlo al…

–¿Usted es la señora Fritchs?

–Usted también está en piyama –dice la señora Fritchs mientras observa asustada la estatuilla en la mano del doctor.

Messina verifica su apariencia, plantea mentalmente distintas hipótesis sobre las razones de su propio paradero actual, deja la estatuilla en su lugar y acomoda el cuello de su camiseta hasta que éste queda centrado con respecto al eje del cuello, posición de camiseta que hace de Messina un hombre más seguro.

–¿Usted es la señora Fritchs?

–El doctor Ottone dijo que lo esperara acá.

–¿Yo le pregunté algo sobre Ottone, señora?

–Sí, soy la señora Fritchs, espero al doctor Ottone.

–¿Le parece que éste puede ser el consultorio de un doctor como el doctor Ottone?

–No sé, me parece que no, yo solamente lo espero.

Compara Messina mentalmente la figura de esa señora con la de su mujer y no obtiene ningún beneficio.

–¿Usted es la  señora que tiene problemas con los agujeros negros?

–¿Usted no los tiene?

En ese momento Messina comprende algunas cosas, cosas de las que sólo rescata dos como planteos pertinentes. Primero, lo que puede estar pasándole; segundo, que tras la señora Fritchs se esconde una persona de suma inteligencia. Piensa una pregunta para comprobar el segundo planteo:

–¿Por qué espera al doctor Ottone?

–Ottone y el portero fueron a buscarlo a usted al hall ¿Usted es el doctor…?

–¿Messina?

–Eso, Messina, necesito que alguien me ayude.

Messina busca y encuentra sobre su escritorio la carpeta de la señora Fritchs y, de espaldas a  esta señora, revisa el contenido, a la vez que relaciona ideas de agujeros negros, gente en piyamas y estatuillas. Pregunta:

–¿Qué cree usted que nos esté pasando?

–A usted no sé doctor, pero a mí nada –responde Sánchez que entra por la puerta y le alcanza un juego de llaves. Messina mira rápidamente el sillón vacío donde un segundo antes estaba la señora Fritchs.

–¿Qué hace acá, Sánchez? ¿No tiene nada mejor que hacer?

Sánchez, brazo extendido hacia Messina con llaves enganchadas al extremo del dedo índice, habla:

–Acá tiene las llaves doctor. Yo me voy.

–¿A dónde se va usted? ¿Dónde está la Señora Fritchs?

–Mi horario termina a las diez, ya son diez y media, yo me voy.

–¿Dónde está la señora Fritchs?

–No sé, doctor, por favor tome las llaves.

–¿Y Ottone? ¿Donde está Ottone?

–Lo está buscando a usted, doctor, yo me voy.

Messina sale de su consultorio sin tomar las llaves y recorre el pasillo de azulejos blancos y negros hasta el hall, donde encuentra a Ottone. Pliega Ottone los dedos de su mano derecha hasta obtener un puño cerrado, sin aire en el interior, para luego forzar estos dedos con la mano izquierda, lo que produce una serie de crujidos en los nudillos, así que Ottone ha visto a Messina, está sumamente angustiado, y le desagrada ver a este doctor, el doctor Messina, a medio vestir, o desvestir, Sánchez no ha sabido decirle y él no alcanza ahora  a elaborar una definición correcta.

Messina va a preguntarle algo pero descubre en su propia mano la estatuilla, así que se pregunta, o le pregunta a Ottone, por qué tiene esa estatuilla en la mano. Ottone, con un gesto, responde que no sabe. Messina abre el cajón de su escritorio y le ofrece una galleta a Ottone. Galleta que Ottone acepta sin preguntarse por qué ambos, Ottone y Messina, ya no se encuentran en el hall, sino en el consultorio del segundo de los doctores mencionados.

Y aunque Messina piensa en decirle algo a Ottone, decide que será mejor no hacerlo y simplemente deja la estatuilla sobre una mesada del hall, porque, en efecto, ya están otra vez en el hall y no en el consultorio del doctor Messina.

–¿Está usted bien? –pregunta Ottone.

–¿Usted cree que yo puedo estar bien en el estado en que me encuentro?

Observa Ottone la camiseta desarreglada de Messina.

–¿Que opina ahora de esto, Messina?

–¿De qué?

–De los agujeros negros.

–¿Dónde está la señora Fritchs?

–Está en su consultorio.

–¿Me está cargando, Ottone? ¿No se da cuenta de que yo vengo de ahí?

Piensa Ottone en algo que no explica, y cuando ve a la señora Fritchs, corriendo, lejos, de un pasillo a otro, propone a Messina ir a buscar a esta señora. Abre grandes los ojos Messina y se acerca a Ottone como quien piensa en contar un secreto. Ottone escucha:

–¿No se da cuenta de que ella sabe?

–¿Que sabe qué cosa?

–¿Por qué cree usted que corre así la señora?

Amaga Ottone un nuevo crujimiento de sus dedos, pero Messina reacciona rápido, toma fuerte su muñeca, y dice:

–¿No se dio cuenta?

–¿De qué?

–¿No se dio cuenta de lo que pasó la última vez que usted crujió sus dedos?

–¿Estuvimos ahí?

–¿En un agujero negro?

–¿Sí?

–¿Hace falta que le responda?

Interrumpe la conversación el sonido de las llaves de la puerta, colgadas del dedo de Sánchez a la altura de la frente de ambos médicos. Sánchez:

–Las llaves, yo me voy.

Propone Messina a Sánchez:

–¿Por qué antes de irse no nos va a buscar a la señora?

A lo que asiente Ottone, contento, y agrega:

–Sí, traiga a la señora  y le aceptamos las llaves.

Messina le señala a Sánchez los pasillos por donde, salteadamente, cruza la señora Fritchs, a veces caminando preocupada, a veces con paso presuroso. Da Messina unas palmaditas en la espalda de este Sánchez a quien Ottone sonríe y dice alegre:

–Vaya, Sánchez, vaya y traiga a la señora.

Mira Sánchez hacia los pasillos y ve un par de veces a la señora Fritchs cruzar de una puerta a otra. Luego mira al doctor Messina, al doctor Ottone, deja las llaves sobre la mesada del hall y explica a estos doctores:

–Yo soy el portero, mi turno terminó a las diez. Veo que tienen algunos problemas, pero yo no tengo nada que ver, no sé si me interpretan… –y se retira.

Messina mira las llaves que han quedado al lado de la estatuilla y luego, desesperanzado, mira a Ottone, doctor que a la vez mira a Messina, aunque sus percepciones tienen que ver ahora con otras cosas, cosas como Sánchez bajando las escaleras, Sánchez sintiendo el aire frío de la calle en la cara, Sánchez pensando en que siempre está más desabrigado de lo que debería, y que todo es culpa de su madre que, a diferencia de otras madres, nunca le recuerda las cosas. Piensa entonces Messina en Sánchez subiendo al colectivo ciento treinta y cuatro, ramal dos, o tres, los dos van, y cuando está a punto de pensar en Sánchez abriendo la puerta de su casa, casa lógicamente de este mismo Sánchez, lo que ve es a la señora Fritchs, o mejor dicho, no la ve, o más bien la ve desaparecer ante sus ojos. Entonces dice Messina al doctor Ottone:

–¿Vio eso, Ottone?

–¿Ver qué?

–¿No vio eso?

Ottone está a punto de responder,  y este inminente momento se deduce por su dedo índice que, lentamente, comienza a ascender hacia la altura de su cabeza, pero cuando lo hace, cuando este dedo llega a la altura citada y Ottone enuncia sus primeras palabras, entonces este Doctor, el doctor Ottone, se encuentra no con el doctor Messina, sino con Clara, es decir su esposa, en su casa, los dos en piyama.

En un pasillo del hospital, ahora aún más lejos de su consultorio, Messina se pregunta, una vez más, qué hace ahí a esas horas de la noche, a medio vestir, o desvestir, con una estatuilla en la mano y, cuando va a preguntarse eso pero en voz alta, lo que queda ahora es, simplemente, el pasillo del hospital, vacío.

 

Fuente: https://www.sopitas.com/

REFLEXIONES

 

 

Rodolfo Fogwill

 

Cuando un imbécil se ha vuelto prescindible para sí, íntimamente se sabe prescindible para los otros. Esto se aprende en las salas de terapia intensiva, los tiroteos, los naufragios y en ningún otro lugar del mundo, creo. Hace tanto tiempo me supe prescindible que ni lo recordaba y esta reflexión sobre la memoria me ayuda a prescindir de vos y de tus efectos sobre mí, que siempre imaginábamos no eran sino los efectos que producía sobre vos el reconocimiento de que «algo hubo». Ya ves, estoy muy viejo y continúo escribiendo cartitas de amor, pero desde que me supe prescindible sólo escribo cartitas de amor a prostitutas de la peor especie, como vos. «Putita discou», escribiría si no temiese lastimarte ahora que has aprendido que ciertos géneros musicales hay que ignorarlos desde el comienzo porque importan menos que el amor y se parecen al amor sólo por su carácter obvio, ficticio, seriado, imitativo, invasor, viscoso. Y pegajoso. Pero no volveré a representar mi antigua revulsión hacia las cosas que pringan —bastante la he vivido contigo— ni quiero que pienses que te supongo una «putita discou»: sos una puta de foyer, una puta de soirée, una cazadora de fortunas emocionales, una «play-girl» sin auto, una desgracia de mujer. Pronto envejecerás y cada vez será menos probable que alguien sorprenda determinado efecto que sus efectos sobre vos le provocan y se ate a eso, pero siempre habrá imbéciles y la vida transcurre trayendo nuevas preocupaciones, nuevos ejercicios que sustituyen a las personas cuando comienzan a congelarse los mohínes y los tics deliciosos de la carne graban su negativo en las pieles de plata de las putitas que envejecen. No escribiré sobre esto en mi carta de amor, en mi cartita de amor de despedida… Efecto de un efecto elaborado sobre un efecto imaginado: ¡maravilla de espejos! «Pero esto de los espejos es muy viejo…», pensarás rimando, y yo sé que el juego de los espejos comenzó hace dos mil trescientos años, pero también sé que vos nunca sabrás que los primeros en jugar al espejo tuvieron permiso de sus mayores, porque siempre los primeros tienen mayores: notables atenienses, profesores spencerianos, capitanes de ejércitos coimeros que mueren en batallas atorrantas en medio de guerras tongadas. Cuando se juega con permiso de un grande es fácil. ¡Quién no lo sabe! Aquello es el espejo, ésta es la realidad, éste es mi lado. ¡Así cualquiera juega! Pero yo estaba solo y había prescindido de vos y de mis mayores, y mi juego era otro. Me ocurrió antes: verme «al» espejo, ver al otro vidrioso, especular, virtual, y saber que el de este lado es «yo», que nunca se conocerá al otro y que jamás se encontrará al especular, virtual y vidrioso que es. A eso jugaba, hasta el momento de destrozar el cristal de un culatazo. (Por entonces yo amaba posar frente al espejo con el saco desprendido insinuando las cachas de nogal de mi 38 Colt Police Special Service empavonado con reflejos azules). No lo hice aquel día: me cité para la tarde siguiente. Antes de ejecutarlo tomé el té, fumé un cigarro holandés muy aromático y bajé a contemplarme por última vez en el espejo del vestíbulo. Me encontré como siempre: eso era yo. Desabroché la sobaquera, ordené mi cuello y mi corbata y me observé durante un rato. Reproduje cada uno de mis gestos, reencontré una a una todas mis caras. Todo iba bien: la máquina seguía ajustada.

 

El Colt. El Colt me esperaba sobre el aplique de mármol rosa del vestíbulo. Vi su imagen reflejada en el ángulo inferior izquierdo del espejo, sus cachas de madera de nogal claro humanizaban el azul oscuro —casi negro— del pavonado del tambor. Volví a mirar el marco del espejo. Fue de mamá, era verde, con una guarda de oro Luis XVI. Después volví a mirar mis ojos mientras calculaba dónde golpear para que toda la pieza de cristal estallase a la vez: al centro, un poco abajo, en ángulo de treinta grados para no dañar las cachas de madera tan tibias y blandas del Colt. Resolví contener la respiración durante el acto. Resolví hacerlo con la izquierda, para ver al otro golpeando con naturalidad con su derecha armada de un Colt idéntico, pero virtual: inofensivo. Protegí mi mano y el antebrazo con un pañuelo: era de Osvaldo. Lo olvidó tiempo atrás en mi cuarto. De seda blanca, lo había bordado su madre en azul y colorado. Su guarda bordó de macramé contrastaba con una imagen en el centro: una figura de mujer. Mamá lo encontró entre mis sábanas y obviando comentarios, lo lavó, lo planchó con amor, y lo dejó junto a mi almohada donde lo descubrimos envuelto en un sobre de celofán azul aromado con capullos de lavanda secos. En ese pañuelo que tanto amor de madre guardaba entre sus pliegues enfundé mi mano y mi muñeca izquierdas para evitar herirme. ¿Cómo negar que mi mano, mi muñeca, su piel, sus fibras y sus venas eran un fruto de mi ser, como Osvaldo y yo fuimos para nuestras amorosas y murientes madres…? Eso pensé y tomé aire. Detuve mi respiración. Ya ni una idea de madre ni sombra alguna de conciencia que distinguiese mi reflexión de mis deseos de odio y golpear parasitaban mi voluntad. Medí el impacto con precisión y martillé. Fue un instante: vi mi brazo derecho alzándose, vi mi mano derecha que empuñaba con firmeza el Colt, vi mis ojos clavados en el punto donde debía golpear y sentí un perfume de lavanda expandiéndose tras el vuelo de mi antebrazo: un látigo cortando el aire. Y ya no pude ver. Ya no estaba yo más. Tampoco el cristal para delatar si alguna de sus astillas hirió mi cara. Mi mano izquierda relajada depositó el arma sobre el aplique de mármol gris. La otra temblaba aún por el esfuerzo del golpe. Quité el pañuelo que envolvía la muñeca derecha y lo sentí mojado de sudor y manchado por la película de aceite que protegía el revólver. Tras el espejo vi un hueco que alguna vez fue biblioteca o placard. Aquellas ratas cuyo origen intrigó a los mucamos y a mis padres durante tantos años tenían su nido allí, ahora lo sabía. El marco del espejo se montaba sobre una cruz que distribuía su peso y su armazón se estaba derrumbando hacia mi lado y arrastraba con él escombros, polvo y media docena de ratas pequeñas, recién nacidas. Las ratas grandes habían huido antes. De las seis o siete que cayeron entre las astillas de cristal sólo una corrió a refugiarse bajo el bargueño. Algunas respiraban agitadamente y movían sus cabecitas: vi latir sus cuerpitos translúcidos. Las otras tres estaban muertas por el impacto contra el piso de mármol. Entonces supe que quienes comenzaron las paradojas del espejo y los que las siguieron narrando y transmutando no hacían sino jugar, porque ellos confiaban en la sustancia de su lado y la llamaron realidad —tierra materna— y allí los sostenían notables atenienses, cretenses, siracusanos, coroneles federales, tenientes unitarios, padres spencerianos. Pero a mí no: yo estaba solo y no era un juego. Era un mareo el espejo. Eso: mareaba.

 

Mareaba como ahora. Para eso sirve prescindir de una mujer, para marear, para escribir sobre cierto mareo mareando sin apelar a sofismas ni hipótesis históricas sobre la certeza del poder patriarcal sosteniendo la posibilidad de un ejercicio confiado de la letra. Y sirve para descubrir al cabo de tanto pensar y marear a uno y a otro lado que ni el texto y sus ratas, ni sus imágenes de personas reales o virtuales se hubiesen desgranado sin prescindir de la mujer. Porque si yo no hubiese prescindido de vos en lugar de este texto flotaría en el frasco de la memoria sólo un magma confuso de frases sobre imágenes reales, efectos virtuales, virtudes personales, efectos de ciertas desubicaciones sociales y mujeres y mujeriles males: fibromas, voces agudas («¿Viste?», gritan) y la presencia de ese algo oscuro que ojalá fuese muerte, porque ahora sé, y cada vez lo sé con más certeza cuanto menos miedo de morir queda entre mis reservas, que es algo peor que la muerte y se parece a lo que comentamos la tarde de la vernissage de los Varela Núñez: «La imbecilidad sobreviene tan pronto uno comienza y otro sigue el feo juego del regodeo en la lucidez…». Eso que siempre creemos se parece a vivir, manera atolondrada de vivir oteando lo otro. Ya ves, yo siempre el mismo pero mejor: ¡Si hasta he sido capaz de escribir cuatro páginas sin repetir esa palabra que tanto te golpea («puta»)! La escribo ahora puta-puta-puta-puta-puta y sigo escribiéndola y gritándola, hasta que adentro me inunde el ruido «puta» y ya no pueda diferenciar el sonido de afuera de aquel ruido de adentro y tome el 38, lo apunte a la membrana temblorosa que separa los ruidos de uno y otro lado y dispare su gran ruido de acero, azufre y nogal claro y me deje caer en mis astillas, y esta vez no para llorar por una rata muerta como antes, aunque si alguien me encontrase entre los escombros de mi pantalla de escuchar creerá que lloré sobre el cadáver de una rata y piense que siempre hubo una rata royendo dentro de mí y diga a los agentes o a la familia que esa rata eras vos y nadie sepa que sólo eras la pantalla lustrosa que tuve para proyectar todas las ratas asesinadas por mi impericia mientras buscaba imágenes virtuales para llamarlas «realidad», aunque sabía que de este lado del cristal lo único verificable es el gran ruido que interrumpe la luz cuando alguien procura eliminar cierto reflejo que enceguece.

 

Fuente: https://bibliotecaignoria.blogspot.com

BORGES Y YO

 

 

Jorge Luis Borges

 

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y solo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras
cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.

 

Fuente: http://ciudadseva.com

OJOS AFRICANOS

 

 

Medardo Ángel Silva

 

Ayer miré unos ojos africanos

en una linda empleada de una tienda

Eran ojos de noche y de leyenda

eran ojos de trágicos arcanos…

 

Eran ojos tan negros, tan gitanos,

vagabundos y enfermos, ojos serios

que encierran cierto encanto de misterios

y cierta caridad con los hermanos…

 

Ayer miré unos ojos de leyenda

en una linda empleada de una tienda

ojos de huríes, débiles, huraños.

 

Quiero que me devuelva la mirada

que tiene su pupila apasionada

con el lazo sutil de sus pestañas.

 

Fuente: http://reyeskeyko.blogspot.com

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