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VaterEin



LOW COST

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Estoy seguro de que este negocio se nos ocurrió a todos cada vez que nos subimos a un avión: una línea aérea que abarate los pasajes a fuerza de concentrarse en LLEVARNOS DE UN LUGAR A OTRO, que es lo que realmente les importa a los pasajeros… ¿qué necesidad hay de darles de comer porquerías?, ¿para qué necesitamos tantas azafatas, comisarios y auxiliares a bordo?, ¿a quién se le ocurre pagar el doble o el triple para sentarse media hora en un asiento solo un poco más cómodo?, ¿cuánto les cuesta el miserable sanguchito que a mí me lo cobran a 400 dólares?, ¿hace falta imprimir tarjetas de embarque?, ¿hay que editar revistas para contar lo que ya se ve en las fotos?, ¿hay que entretener a los pasajeros con películas estúpidas?, ¿tiene que pagar lo mismo el que lleva tres maletas inmensas que el que viaja solo con un morral al hombro?

Los que viajan en avión son más o menos el 7% de los habitantes del mundo y son siempre los mismos. Como es lógico, este porcentaje aumenta en los países más avanzados y disminuye en China o India. Aferrada a ese porcentaje, la industria pensaba que el único modo de estirar las ganancias era cobrar cada día más caros los pasajes a fuerza de dar servicios que los pasajeros no necesitan; pero mientras unos exprimían el negocio, a un genio se le ocurrió que hay un mercado del 93 % de la población todavía sin aprovechar.

La primera línea que explotó la idea es de 1949, pero recién en los 90, con la desregulación del mercado aeronáutico en Estados Unidos y Europa, aparecieron las empresas que revolucionaron el transporte aéreo de pasajeros.

En Argentina se está desregulando recién ahora el mercado aerocomercial, así que ya hay una línea de bajo costo y en octubre entrarán dos más. No es la primera vez que uso una de estas líneas, pero sí fue la primera vez en la Argentina y confieso que nunca había visto lo que vi cuando la utilicé hace unos días. No encontré a ninguno de los pasajeros habituales que son clásicos en los vuelos de las otras compañías: todas eran caras nuevas, tipos humanos que jamás veía en estas situaciones, insultántemente jóvenes para más datos, igual que las tripulaciones desenfadadas de todas la líneas low-cost. Y el pasaje cuesta lo que suele costar un buen ómnibus.

Las low-cost permiten viajar a gente que no viajaba, dan nuevas experiencias, amplían el mercado… Seguramente habrá alguna competencia con las líneas aéreas de servicio completo (así las llaman) y también con quienes viajan en los servicios premium de autobuses, y no me cabe duda de que van a tener que cambiar sus estrategias. Con el tiempo los autobuses servirán para trayectos cortos, a donde no tiene sentido viajar en avión; pero serán muchísimos más los viajes gracias al incremento de la cantidad de gente que viaja.

Todavía las low-cost son la Cenicienta de los aeropuertos. En Buenos Aires operan en una base militar mal comunicada y en Europa hay que tomarlos en la última puerta de la última terminal. Pero el precio vale la pena eso y mucho más.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

VEINTE SEGUNDOS NO ES NADA

 

 

Virginia Feinmann

 

Cuando mamá me dijo que la tía Claudia venía de México me puse nerviosa. El último terremoto la había afectado y necesitaba ver a su familia. Comí de más esa noche. Casi toda la pizza. Mamá no se dio cuenta, ni tampoco de los millones de veces que fui y vine del baño, así que al final le dije: “Me imagino que no van a dormir acá, ¿no?”

—No… —me dijo ella como acordándose de algo— O sea, sí, ella sola… El tío no viene.

Me calmé, porque después de todo a la tía la quería, y me daba pena que le afectaran tanto los terremotos, y quizás también porque, aunque ya habían pasado más de treinta años, en el fondo siempre esperaba una disculpa, o algo, y esta era una nueva oportunidad.

Se iba a quedar una semana. Entonces le dije a mamá que no se preocupara, que yo iba a pensar una merienda de bienvenida, algo rico, bien de acá, cañoncitos de dulce de leche y pastelera, facturas, que allá no hay. Mamá asintió.

—Linda —me dijo.

La tía estaba igual que siempre. Con el pelo rubio largo, a pesar de que ya era una persona grande.

—Andreíta —me dijo, a pesar de que yo también era una persona grande. Y me palmeó un poco la cabeza—, vos siempre acá.

Nos sentamos. Puse el mantel de coco y las servilletas que había bordado de chica en el colegio. Mamá me dijo que no iban con el mantel.

—Lo pensé —le dije—, pero me dieron ganas de ponerlas.

Me miró un rato, pero las dejó. Se fue a la cocina.

La tía tocaba el relieve de las florecitas bordadas, azules y naranjas, y miraba por el ventanal.

—Andreíta —volvió hacia mí, enfocándome— ¿nunca quisiste mudarte sola?

—Sí, pero no pude —empecé a poner los cañoncitos de dulce de leche en un plato, me chupé el resto de dulce de un dedo—. Me daba miedo.

—Claro —dijo ella y movió la cabeza de arriba hacia abajo varias veces—, es comprensible.

—Sí, ¿no? Yo quería. Me enamoré una vez y todo. Pero después me daban como unos ataques de pánico. Y así era difícil.

—Claro —dijo la tía.

—Quizás ahora tendría una familia, hijos, pero bueno, estoy tranquila.

—Sí, querida —asentía, sonreía, me miraba.

Vino mamá.

Sirvió el té para las tres y le preguntamos a la tía cómo estaba. Estaba muy mal. Las alarmas antisismos no habían sonado porque el terremoto no venía del mar, sino de una falla en la tierra. Ella sintió el temblor y empezó a bajar por la escalera. Resulta que el constructor era corrupto y la escalera no estaba amurada sino apoyada. Fue lo primero que se derrumbó. Por suerte ella ya había salido a la calle.

—El que la pasó peor fue el tío.

La miré a mamá.

—El tío —siguió ella con la mirada medio perdida— se quedó solo arriba. La escalera ya se había caído, y no sabía por dónde bajar. Los ascensores no te los dejan usar. Y volvió a temblar, veinte segundos más, y el tío seguía arriba. Después tuvo que esperar hasta que llegaron los brigadistas porque bajar solo era peligroso y además no te dejan porque…

—Veinte segundos —dije yo.

—Sí, pobre tío.

—Veinte segundos no es nada.

Mamá me miró. Yo resoplé como una risa.

—¿Pobre tío por veinte segundos?

—Sí —me decía la tía con los ojos vidriosos— ¿viste? Pobre…

Levanté los platos rápido. Le pasé a cada uno un pedazo de papel con fuerza antes de lavarlos. Abrí el agua bien caliente, los froté mucho con la esponja enjabonada. Vino mamá.

—La llevé a dormir la siesta, tendríamos que bajar una frazada, vos que llegás…

—Mamá, ¿vos no hablaste con ella?

—Sí, pero está muy cansada.

—No ahora. Antes.

—¿Antes del terremoto?

—No, cuando te conté. Cuando te conté lo del tío.

Mamá abrió los ojos como huevos duros y cerró la puerta que separaba la cocina del living.

—Yo…—había quedado con la boca un poco abierta, después miró la canilla— …cerrá si ya terminaste.

—Me dijiste que le habías dicho, que lloró. Me dijiste que la llevaste a un bar y le contaste, y que lloró.

—Se lo sugerí.

—Cómo.

—Que habíamos confiado en él, que te dejábamos con él para que te cuidara.

—¿Y nada más?

Mamá se secó las manos, que no se las había mojado, en un repasador y salió. Dijo algo del tiempo, que ya había pasado tiempo.

—¡Te lo conté cuando me acordé! —le dije yo, pero había cerrado la puerta de la cocina al salir. Dejé correr el agua. Después cerré con bronca.

La tía estaba sentada en el sillón mirando por el ventanal. Se había puesto un deshabillé de mamá, celeste. El pelo largo y rubio le caía por los hombros. Fumaba, muy despacio, el humo se quedaba cerca de ella.

—Hola, buen día —le dije— ¿querés un matecito?

—Sí, mi amor, buen día.

Llevé la yerba y empecé a armarlo.

—Qué lindas tenés las uñas, tía.

—Sí —estiró la mano libre y la alejó un poco— allá las saben hacer muy bien.

—Sabés, ayer, cuando nombraste al tío.

—Sí.

—Yo pensé que mamá había hablado con vos. Hace mucho. Antes de que se fueran.

La tía sonreía con su cara rodeada de humo. Me hacía que sí con la cabeza.

—Bueno, entonces ella te lo dijo. Lo que pasó cuando yo era chica.

—Sí, eras tan linda.

—Cuando el tío me cuidaba.

La tía me agarró una mano y me la sostuvo. Tenía la mano tibia y blanda y me dieron ganas de llorar.

—No sabés lo que me costó decirle, tía…

—¿Te gustaría hacerte las uñas como las mías? Acá hay una manicura que se vino de México. Me dejó la tarjeta para cuando estuviera en Buenos Aires. Es una genia.

—No… —le fui sacando la mano.

—Te quedarían preciosas.

Me concentré en el mate, pero se me había nublado un poco la vista. Me sequé los ojos. La tía siguió fumando y mirando por el ventanal.

Fui a la cocina y abrí el paquete de facturas que había quedado de ayer. Me comí los cañoncitos de dulce de leche, dos bombas con pastelera, churros rellenos. Dejé una factura cuadrada mitad pastelera y mitad membrillo. Quería dejar algo. Comí sólo la parte de la pastelera. Después la parte del membrillo. Dejé el pedacito del medio. Lo envolví. Abrí el paquete de vuelta y comí el pedacito también. Tiré el papel a la basura. Me encerré en el baño.

—Este es Astor —decía la tía—, un mimoso. En el criadero le habían puesto Waldorf Astoria, ¿a vos te parece? Los nombres del criadero nosotros se los cambiamos. A ver, esperá que busco la que te quería mostrar…

Estaba sentada frente a la compu de mamá y movía el mouse con dificultad sobre el mantel de coco.

—Es que se arruga —le dijo mamá—. Te traigo algo.

Empezó a buscar mientras la tía decía: “Acá, acá. Esta es Deli”.

Mamá caminaba con las manos extendidas y miraba para abajo y para los costados. Me quedé quieta y casi me choca.

—Mamá.

—Ah, ¿no sabés dónde puede haber algo para apoyar el mouse, que no se trabe con el mantel? Una tablita, una…

—No, no sé —me fui a tirar al sillón.

La tía decía:

—En el criadero le habían puesto Delirio. Nosotros se lo cambiamos. Al tío se le ocurrió Deli, así respondía igual. Delirio-Deli, no es tan distinto.

—Tía, ¿no sabés que no hay que comprar animales, que es mejor adoptar los que están en la calle? —dije desde el sillón.

Mamá volvió de la cocina con una tabla de picar y se la puso a la tía abajo del mouse. Dijo que todos los animales eran buenos y que todos merecían cariño. Que cada uno hacía como le parecía. Yo me fui al baño otra vez.

 

La tía se quedó varios días con el batón celeste puesto. Fumaba mucho, y decía que de noche la cama se le movía abajo del cuerpo, igual que cuando empezó el terremoto. Que el tío y ella no habían podido dormir en paz desde ese momento. Estaban con pastillas. Astor y Deli también estaban mal. El tío les daba flores de Bach para tranquilizarlos. Los subían a la cama con ellos, pero si afuera se movía una ramita empezaban a llorar.

Esa noche la tía cortaba verduras en la cocina.

—Me entretengo. Lo mismo que las novelas. Vos que estás tanto en casa, te gustarían. ¿De Florencia Bonelli no leíste nada? Mezcla el amor con los signos del zodíaco, con pasión, con romance.

—No, no me gustan esas cosas.

Ella cortaba una zanahoria en rodajas bien finitas. Terminó y agarró otra y la empezó a cortar igual.

—Una vez me enamoré, tía. ¿Viste que te dije? —yo la miraba, pero ella miraba la zanahoria— ¿Viste que te dije cuando me preguntaste? ¿Que una vez me enamoré? Era un chico que atendía un kiosco, acá a dos cuadras, que lo veía cuando iba a hacer las compras.

—Sí.

—Empezamos a hablar. A veces me quedaba en el kiosco a ayudarlo o escuchando la radio con él.

La tía cortaba la zanahoria en rodajitas perfectas. Tenía una cara como de oír música clásica.

—Qué lindo, Andreíta —me dijo y empujó las rodajas con el cuchillo sobre una fuente aceitada.

—Un día me dio un beso.

—Qué lindo, mi amor —y buscó más zanahorias para cortar.

—Me empezó a temblar todo el cuerpo. Se me cerró la garganta. Se me puso todo negro.

—Sí, es por la pasión. Es lo que te digo de las novelas, que te gustarían.

—No podía respirar, parecía que me iba a dar un infarto. Me ahogaba.

La tía acercó una mano al plato de zanahorias, pero yo las agarré antes. Las agarré todas.

—Son para el guiso… —me dijo ella.

—Creí que me moría. No podía respirar.

—Dame, así cocino.

—Yo quería darle un beso, pero no podía…

La tía se quedó con el cuchillo colgando de la mano, mirando las zanahorias que yo apretaba.

—Le dije si me podía esperar un poco… Que de chica había tenido un problema.

—¿Me das las zanahorias?

—Le dije que de chica había tenido un problema.

Se acercó.

—¿Me las das, Andreíta?

Se las di.

No quise comer nada de guiso. Esperé a que se fueran a dormir y tiré lo que había quedado. Me hice una mezcla de leche en polvo con agua y mermelada y comí de la lata. Después comí varios panes con queso y después abrí otra lata de leche en polvo. Le puse quacker y agua y azúcar y comí la mezcla. Después fui al baño.

 

La tía empezó a mejorarse. Ya se vestía con su ropa y dormía toda la noche. Un día armó la valija y dijo que estaba lista, que se volvía a México. Sacó un pañuelo de seda rosa y lila y me lo enroscó alrededor del cuello.

—Te queda hermoso.

—Le queda hermoso —dijo mamá—, y le viene bien algo más femenino.

Agarramos una valija cada una, la acompañamos abajo hasta que viniera el remise. Ella empezó a agradecernos. Si no hubiera tenido el apoyo de su familia no lo habría podido superar. Nosotras éramos su refugio, su fuente de afecto, su cable a tierra. Mamá se acordó del dulce de leche Chimbote que le quería regalar. Se ve que lo tenía escondido de mí. Pidió dos segunditos para subir a buscarlo. Cuando cerró el ascensor me apuré.

—Tía, te tengo que decir algo.

—Sí, mi amor, vos no sabés cómo me afectó el terremoto. Todavía me retumba en la cabeza. Quedé como mareada, perdida.

—Cuando yo era chica, ustedes se iban a trabajar…

Un señor golpeaba el vidrio de la puerta del edificio. La tía fue corriendo. Se dio vuelta y me dijo que era el remise. Llevé las dos valijas hasta la puerta. El señor las cargó y las revoleó una sobre otra en el baúl del auto.

—Escuchame —la quise agarrar.

 

Ella se subió al auto y cerró la puerta. Mamá llegó con el tarro de dulce de leche y se lo pasó rápido por la ventanilla. La aparté. Metí la cabeza por la ventanilla.

—Linda —dijo la tía—, desde el terremoto que estoy perdida, me cuesta concentrarme.

El señor del remise cerró el baúl de un golpe. Yo la agarré fuerte de las manos.

—El tío me decía que yo era su novia.

—Pobre el tío… está como yo. Si casi no nos hablamos.

Cuando el auto arrancaba me dijo que le iba a mandar mis saludos.

 

Colaboración de Diana Marina Gamarnik

 

Fuente: https://elcoloquiodelosperros.weebly.com

EL CUENTO DEL SILLÓN DE MIMBRE

 

 

Hermann Hesse

 

Un joven estaba sentado en su solitaria buhardilla. Le hubiese gustado llegar a ser pintor; pero para ello debía superar algunas cosas bastante difíciles, y para empezar vivía tranquilamente en su buhardilla, se iba haciendo -algo mayor y había adquirido la costumbre de pasarse horas ante un pequeño espejo y dibujar bocetos de autorretratos. Estos dibujos llenaban ya todo un cuaderno, y algunos le habían complacido mucho.

 

-Considerando que aún no poseo ninguna preparación en absoluto -decía para sus adentros-, esta hoja me ha salido francamente bien. Y qué arruga más interesante allí, junto a la nariz. Se nota que tengo algo de pensador o cosa por el estilo. únicamente me falta bajar un poquito más las comisuras de la boca, eso crea una impresión singular, claramente melancólica.

 

Sólo que al volver a contemplar los dibujos al cabo de cierto tiempo, en general ya no le gustaban nada. Eso le incomodaba, pero dedujo que se debía a que estaba progresando y cada vez se exigía más.

 

La relación del joven con su buhardilla y con las cosas que allí tenía no era de las más deseables e íntimas, pero no obstante tampoco era mala. No les hacía más ni menos injusticia de lo habitual entre la mayoría de la gente, a duras penas las veía y las conocía poco.

 

En ocasiones, cuando no acababa, una vez más, de lograr un autorretrato, leía libros en los que trababa conocimiento con las experiencias de otros hombres que, al igual que él, habían comenzado siendo jóvenes modestos y totalmente desconocidos, y después habían llegado a ser muy famosos. Le gustaba leer esos libros, y en ellos leía su futuro.

 

Un día estaba sentado en casa, malhumorado otra vez y deprimido, leyendo el relato de la vida de un pintor holandés muy famoso. Leyó que ese pintor sufría una verdadera pasión, incluso un delirio, que estaba absolutamente dominado por una urgencia de llegar a ser un buen pintor. El joven pensó que ese pintor holandés se le parecía bastante. Al proseguir la lectura fue descubriendo muchos detalles que muy poco tenían en común con su propia experiencia. Entre otras cosas leyó que cuando hacía mal tiempo y no era posible pintar al aire libre, ese holandés pintaba, con tenacidad y lleno de pasión, todos los objetos sobre los que se posaba su mirada, incluso los más insignificantes. Así, una vez había pintado un viejo taburete desvencijado, un basto, burdo taburete de cocina campesina hecho de madera ordinaria, con un asiento de paja trenzada bastante gastado. Con tanto amor y tanta fe, con tanta pasión y tanta entrega había pintado el artista ese taburete, el cual con toda certeza nunca hubiese merecido la atenci

ón de nadie de no mediar esa circunstancia que había llegado a constituir uno de sus cuadros más bellos. El escritor empleaba muchas palabras hermosas, incluso conmovedoras, para describir ese taburete pintado.

 

Llegado a ese punto, el lector se detuvo y reflexionó. Había descubierto algo nuevo y debía intentarlo. Inmediatamente -pues era un joven de determinaciones extraordinariamente rápidas- decidió imitar el ejemplo de ese gran maestro y probar también ese camino hacia la fama.

 

Echó un vistazo a su buhardilla y advirtió que, de hecho, hasta entonces se había fijado realmente muy poco en las cosas entre las cuales vivía. No logró encontrar ningún taburete desvencijado con un asiento de paja trenzada, tampoco había ningún par de zuecos; ello le afligió y le desanimo un instante y estuvo a punto de sucederle lo de tantas otras veces, cuando la lectura del Mato de la vida de los grandes hombres le había hecho desfallecer: entonces comprendió que le faltaban y buscaba en vano precisamente todas esas menudencias e inspiraciones y maravillosas providencias que de modo tan agradable intervenían en la vida de aquellos otros. Pero pronto se recompuso y se hizo cargo de que en ese momento era totalmente cosa suya emprender con tesón el duro camino hacia la fama. Examinó todos los objetos de su cuartito y descubrió un sillón de mimbre, que muy bien podría servirle de modelo.

 

Acercó un poco el sillón con el pie, afiló su lápiz de dibujante, apoyó el cuaderno de bocetos sobre la rodilla y comenzó a dibujar. Consideró que la forma ya quedaba bastante bien indicada con un par de ligeros trazos iniciales y, con rapidez y energía, pasó a delinear el contorno con un par de trazos gruesos. Le cautivó una profunda sombra triangular en un rincón, vigorosamente la reprodujo, y así fue tirando adelante hasta que algo comenzó a estorbarle.

 

Continuó aún un rato más, luego levantó el cuaderno a cierta distancia y contempló su dibujo con ojo critico. Entonces advirtió que el sillón de mimbre quedaba muy desfigurado.

 

Encolerizado, añadió una línea, y después fijó una mirada furibunda sobre el sillón. Algo fallaba. Eso le enfadó:

 

-¡Maldito sillón de mimbre! -gritó con vehemencia- ¡en mi vida había visto un bicho tan caprichoso!

 

El sillón crujió un poco y replicó serenamente:

 

-¡Vamos, mírame! Soy como soy y ya no cambiaré.

 

El pintor le dio un puntapié. Entonces el sillón retrocedió y volvió a adquirir un aspecto totalmente distinto.

 

-¡Estúpido sillón -gritó el jovenzuelo-, todo lo tienes torcido e inclinado!

 

El sillón sonrió un poco y dijo con dulzura:

 

-Eso es la perspectiva, jovencito.

 

Al oírlo, el joven gritó:

 

-¡Perspectiva! -gritó airado-. ¡Ahora este zafio sillón quiere dárselas de maestro! ¡La perspectiva es asunto mío, no tuyo, no lo olvides!

 

Con eso, el sillón no volvió a hablar. El pintor se puso a recorrer enérgicamente el cuarto, hasta que abajo alguien golpeó enfurecido. el techo con un palo. Ahí abajo vivía un anciano, un estudioso, que no soportaba ningún ruido.

 

El joven se sentó y volvió a ocuparse de su último autorretrato. Pero no le gustó. Pensó que en realidad su aspecto era más atractivo e interesante, y era cierto.

 

Entonces quiso proseguir la lectura de su libro. Pero seguía hablando de ese taburete de paja holandés y eso le molestó. Le parecía que verdaderamente armaban demasiado alboroto por ese taburete y que en realidad…

 

El joven sacó su sombrero de artista y decidió ir a dar una vuelta. Recordó que en otra ocasión, mucho tiempo atrás, ya le había llamado la atención cuán insatisfactoria resultaba la pintura. Sólo deparaba molestias y desengaños y, por último, incluso el mejor pintor del mundo sólo podía representar la simple superficie de las cosas. A fin de cuentas ésa no era profesión adecuada para una persona amante de lo profundo. Y, de nuevo, como ya tantas otras veces, consideró seriamente la idea de seguir una vocación aún más temprana: mejor ser escritor. El sillón de mimbre quedó olvidado en la buhardilla. Le dolió que su joven amo se hubiese marchado ya. Había abrigado la esperanza de que por fin llegaría a entablarse entre ellos la debida relación. Le hubiese gustado muchísimo decir una palabra de vez en cuando, y sabía que podía enseñar bastantes cosas útiles a un joven. Pero, desgraciadamente, todo se malogró.

 

Fuente: http://cuentos-7.blogspot.com/

LAS VENTAJAS DE LAS GALLINAS DE VIENTO

 

 

Gunter Grass

 

Porque apenas ocupan sitio
en sus perchas de corrientes de aire
y no picotean mis domésticas sillas.
Porque no desprecian las duras mondas de los sueños,
ni corren tras las letras
que el cartero pierde cada mañana ante mi puerta.
Porque se quedan quietas
de la pechuga al penacho,
paciente superficie, escrita en letra pequeña,
sin olvidar plumas ni apóstrofos…
Porque dejan la puerta abierta
y la clave sigue siendo la alegoría
que canta de vez en cuando.
Porque sus huevos son tan ligeros
y digeribles, traslúcidos.
Quién vio ese instante
en que el amarillo se harta, agacha las orejas y calla.
Porque su silencio es tan suave,
la carne del mentón de una Venus,
las alimento…

A menudo con viento del Este,
cuando pasan las hojas de tabiques intermedios,
se abre un nuevo capítulo
y me apoyo feliz en la valla,
sin tener que contar las gallinas…
porque son innumerables y se multiplican sin pausa.

 

Fuente: http://diceelwalter.blogspot.com

LA UTOPÍA

 

 

Eduardo Galeano

 

Qué tal si deliramos por un ratito

qué tal si clavamos los ojos más allá de la infamia

para  adivinar otro mundo posible

 

El aire estará limpio de todo veneno que no provenga

de los miedos humanos y de las humanas pasiones

 

En las calles los automóviles serán aplastados por los perros

la gente no sera manejada por el automóvil

ni será programada por el ordenador

ni será comprada por el supermercado

ni será tampoco mirada por el televisor

 

El televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia

y será tratado como la plancha o el lavarropas

 

Se incorporará a los códigos penales el delito de estupidez

que cometen quienes viven por tener o por ganar

en vez de vivir por vivir no más

como canta el pájaro sin saber que canta

y como juega el niño sin saber que juega

 

En ningún país irán presos los muchachos

que se nieguen a cumplir el servicio

sino los que quieran cumplirlo

Nadie vivirá para trabajar

pero todos trabajemos para vivir

Los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo

ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas

Los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas

Los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos

Los políticos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas

 

La solemnidad se dejará de creer que es una virtud

y nadie nadie

tomará en serio a nadie

que no sea capaz

de tomarse el pelo

 

La muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes

y ni por defunción ni por fortuna

se convertirá el canalla en virtuoso caballero

 

La comida no será una mercancía

ni la comunicación un negocio

porque la comida y la comunicación son derechos humanos

 

Nadie morirá de hambre

porque nadie morirá de indigestion

 

Los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura

porque no habrá niños de la calle

Los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero

porque no habrá niños ricos

La educación no será el privilegio de quienes puedan pagarla

y la policía no será la maldición de quienes no puedan comprarla

 

La justicia y la libertd, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas

volverán a juntarse bien pegaditas espalda contra espalda

 

En Argentina las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental

porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria

 

La santa madre iglesia corregirá algunas erratas de las tablas de Moisés

y el 6to mandamiento ordenará festejar el cuerpo

 

La iglesia dictará también otro mandamiento que se le había olvidado a Dios:

amarás a la naturaleza de la que formas parte

 

Serán reforestados los desiertos del mundo

y los desiertos del alma

Los desesperados serán esperados

y los perdidos serán encontrados

porque ellos se desesperaron de tanto esperar

y ellos se perdieron por tanto buscar

 

Seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan

voluntad de belleza y voluntad de justicia

hayan nacido cuando hayan nacido

y hayan vivido donde hayan vivido

sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa ni del tiempo

 

Seremos imperfectos

Porque la perfección seguirá siendo

el aburrido privilegio de los dioses

pero en este mundo

en este mundo chambón y jodido

seremos capaces de vivir cada día

como si fuera el primero

y cada noche

como si fuera la última

 

Fuente: https://www.poeticous.com

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