NO TE ENAMORES DE UNA MUJER QUE LEE

 

 

Martha Rivera Garrido

 

No te enamores de una mujer que lee, de una mujer que siente demasiado, de una mujer que escribe… No te enamores de una mujer culta, maga, delirante, loca. No te enamores de una mujer que piensa, que sabe lo que sabe y además sabe volar; una mujer segura de sí misma. No te enamores de una mujer que se ríe o llora haciendo el amor, que sabe convertir en espíritu su carne; y mucho menos de una que ame la poesía (esas son las más peligrosas), o que se quede media hora contemplando una pintura y no sepa vivir sin la música. No te enamores de una mujer a la que le interese la política y que sea rebelde y que sienta un inmenso horror por las injusticias. Una a la que le gusten los juegos de fútbol y de pelota y no le guste para nada ver televisión. Ni de una mujer que es bella sin importar las características de su cara y de su cuerpo. No te enamores de una mujer intensa, lúdica y lúcida e irreverente. No quieras enamorarte de una mujer así. Porque cuando te enamoras de una mujer como esa, se quede ella contigo o no, te ame ella o no, de ella, de una mujer así, JAMAS se regresa.

 

Colaboración de Gino Winter

 

Fuente: http://biblio-letras.blogspot.com/

EL ALFILER

 

 

Ventura García Calderón

 

La bestia cayó de bruces, agonizante, rezumando sudor y sangre, mientras el jinete, en un santiamén, saltaba a tierra al pie de la escalera monumental de la hacienda de Tilcabamba. Por el obeso balcón de cedro, asomó la cabeza fosca del hacendado, don Timoteo Mondaraz, interpelando al recién venido, que temblaba.

 

Era burlona la voz de sochantre del viejo tremendo:

 

-¿Qué te pasa, Borradito? Te están repiqueteando las choquezuelas… ¡Si no nos comemos aquí a la gente! Habla no más.

 

El borradito, llamado así en el valle por el rostro picado de viruelas, asía con desesperada mano el sombrero de jipijapa y quiso explicar tantas cosas a la vez -la desgracia súbita, su galope nocturno de veinte leguas, la orden de llegar en pocas horas aunque reventara la bestia en el camino- que enmudeció por un minuto. De repente, sin respirar, exhaló su ingenua retahíla.

 

-Pues, le diré a mi amito que me dijo el niño Conrado que le dijera que anoche mismito agarró y se murió la niña Grimanesa.

Si don Timoteo no sacó el revólver como siempre que se hallaba conmovido, fue sin duda, por mandato de la Providencia; pero estrujó el brazo del criado queriéndole extirpar mil detalles.

 

-¿Anoche?…¿Está muerta?…¿Grimanesa?… Algo advirtió quizá en las obscuras explicaciones del Borradito, pues sin decir palabra, rogando que no despertaran a su hija, “la niña Ana María”, bajó él mismo a ensillar su mejor caballo de paso.

 

Momentos después galopaba a la hacienda de su yerno, Conrado Basadre, que el año último se casara con Grimanesa, la linda y amazona, el mejor partido de todo el valle. Fueron aquellos desposorios, una fiesta sin par, con fuegos de Bengala, sus indias danzantes de camisón morado, sus indias, que todavía lloran la muerte de los incas, ocurrida en siglos remotos, pero revivisciente en la endecha de la raza humillada, como los cantos de Sión en la terquedad sublime de la Biblia. Luego, por los mejores caminos de sementeras, había divagado la procesión de santos antiquísimos, que ostentaban en el ruedo de velludo carmesí cabezas disecadas de salvajes. Y el matrimonio tan feliz de una linda moza con el simpático y arrogante Conrado Basadre terminaba así…¡Badajo!…

 

Hincando las espuelas nazarenas, don Timoteo pensaba, aterrado, en aquel festejo trágico. Quería llegar en cuatro horas a Sincavilca, el antiguo feudo de los Basadre.

 

En la tarde, ya vencida se escuchó otro galope resonante y premioso, sobre los cantos rodados de la montaña. Por prudencia, el anciano disparó al aire, gritando:

 

-¿Quién vive?

 

Refrenó su carrera el jinete próximo, y, con voz que disimulaba mal su angustia, gritó a su vez:

 

-¡Amigo! Soy yo, ¿no me conoce?, el administrador de Sincavilca. Voy a buscar al cura para el entierro.

Estaba tan turbado el hacendado, que no preguntó por qué corría tan prisa en llamar al cura si Grimanesa estaba muerta, y por qué razón no se hallaba en la hacienda el capellán. Dijo adiós con la mano y estimuló a su cabalgadura, que arrancó a galope con el flanco lleno de sangre.

 

Al besar don Timoteo la santa imagen, quedó entreabierto el hábito de la muerta, y algo advirtió, aterrado, pues se le secaron las lágrimas de repente y se alejó del cadáver como enloquecido, con repulsión extraña. Entonces, miró por todos los lados, escondió un objeto en el poncho y, sin despedirse de nadie, volvió a montar, regresando a Ticabamba, en la noche cerrada.

 

Durante siete meses nadie fue de una hacienda a otra ni pudo explicarse este silencio. ¡Ni siquiera había asistido al entierro! Don Timoteo vivía enclaustrado en su alcoba, olorosa a estoraque, sin hablar días enteros, sordo a las súplicas de Ana María, tan hermosa como su hermana Grimanesa que vivía adorando y temiendo a su padre terco. Nunca pudo saber la causa del extraño desvío ni por qué no venía Conrado Basadre.

 

Pero un día domingo claro de junio se levantó don Timoteo de buen humor, y propuso a Ana María que fueran juntos a Sincavilca, después de misa. Era tan inesperada aquella resolución, que la chiquilla transitó por la casa durante la mañana entera como enajenada, probándose al espejo las largas faldas de amazona y el sombrero de jipijapa, que fue preciso fijas en las oleosas crenchas con un largo estilete de oro. Cuando el padre la miró así, dijo turbado, mirando el alfiler.

 

-Vas a quitarte ese adefesio…

 

Ana María obedeció suspirando, resuelta, como siempre, a no adivinar el misterio de aquel padre violento. Cuando llegaron a Sincavilca, Conrado estaba domando a un potro nuevo, con la cabeza descubierta a todo sol, hermoso y arrogante en la silla negra con clavos y remaches de plata. Desmontó de un salto y al ver a Ana María tan parecida a su hermana en gracia zalamera, la estuvo mirando largo rato, embebecido.

 

Nadie habló de la desgracia ocurrida, ni mentó a Grimanesa, pero Conrado cortó sus espléndidos y carnales jazmines del Cabo para obserquiarlos a Ana María. Ni siquiera fueron a visitar la tumba de la muerte, y hubo un silencio enojoso cuando la nodriza vieja vino a abrazar a “la niña” llorando.

 

-¡José, María y José! ¡Tan linda como mi amita! ¡Un capulí!

 

Desde entonces, cada domingo se repetía la visita a Sincavilca. Conrado y Ana María pasaban el día mirándose a los ojos y oprimiéndose dulcemente las manos cuando el viejo volvía el rostro para contemplar un nuevo corte de caña madura. Y un lunes de fiesta, después del domingo encendido en que se besaron por primera vez, llego Conrado a Ticabamba, ostentando la elegancia vistosa de los días de feria, terciado el poncho violeta sobre el pellón de carnero, bien peinada y luciente la crin del caballo, que “braceaba” con escorzo elegante y clavaba el espumante belfo en el pecho, como los palafrenes de los Libertadores.

 

Con la solemnidad de las grandes horas, preguntó por el hacendado, y no le llamó con el respeto de siempre “don Timoteo”, sino que murmuró, como en el tiempo antiguo, cuando era novio de Grimanesa:

 

-Quiero hablarle, mi padre.

 

Se encerraron en el salón colonial, donde estaba todavía el retrato de la hija muerta. El viejo, silencioso, espero que Conrado, turbadísimo, le fuera explicando, con indecisa y vergonzante voz, su deseo de casarse con Ana María. Midió una pausa tan larga que don Timoteo, con los ojos entrecerrados, parecía dormir. De súbito, ágilmente, como si los años no pesaran en aquella férrea constitución de hacendado peruano, fue a abrir una caja de hierro de antiguo estilo y complicada llavería, que era menester solicitar con mil ardides y un ” santo y seña” escrito en un candado. Entonces, siempre silencioso, cogió allí un alfiler de oro. Era uno de esos topos que cierran el manto de las indias y terminan en hoja de coca, pero más largo, agudísimo y manchado de sangre negra.

 

Al verlo, Conrado cayó de rodillas, gimoteando como un reo confuso.

 

-¡Grimanesa, mi pobre Grimanesa!

 

Más el viejo advirtió, con un violento ademán, que no era el momento de llorar. Disimulando con un esfuerzo sobrehumano su turbación, murmuró en voz tan sorda que se le comprendía apenas:

 

-Si se lo saqué yo del pecho cuando estaba muerta… Tú le habías clavado este alfiler en el corazón… ¿No es cierto? Ella te faltó, quizá…

-Sí, mi padre.

-¿Se arrepintió al morir?

-Sí, mi padre.

-¿Nadie lo sabe?

-No mi padre.

-¿Por qué no lo mataste también?

-¡Huyó como un cobarde!

-¿Juras matarlo si regresa?

-Sí, mi padre.

 

El viejo carraspeó sonoramente, estrujó la mano de Conrado, y dijo, ya sin aliento:

 

-¡Si ésta también te engaña, haz lo mismo!… ¡Toma!

 

Entregó el alfiler de oro solemnemente, como otorgaba los abuelos la espada al nuevo caballero, y con brutal repulsa, apretándose el corazón desfalleciente, indicó al yerno que se marchara enseguida, porque no era bueno que alguien viera sollozando al tremendo y justiciero don Timoteo Mondaraz.

 

Fuente: http://elbuenlibrero.com

LA PLUMA, EL CHIMBOTE Y LA PALABRA

 

 

Hernán Casciari

 

Cuando Cristina no me ve, cuando se descuida, cuando baja la guardia o se duerme, unto el chupete de Nina en un tarro de dulce de leche Chimbote, y se lo pongo en la boca con gesto conspirativo. Entonces espero que mi hija deguste el manjar, que se le dilaten las pupilas, que haga una especie de sonrisa triunfal y que se llene de genuina argentinidad.

—¡El pediatra ha dicho que solamente leche! —se queja la madre cada vez que descubre a su hija con la trompa marrón— ¡Que le van a salir parásitos, gilipollas!

—Pero son parásitos argentinos —le discuto—, que no le hacen mal a nadie.

Ella, la madre, juega con ventaja: tiene el contexto de su lado y casi no debe hacer esfuerzos para que su hija se empape de cultura catalana. Prende la tele y salen los Teletubbies diciendo “una abaçaaada“, por ejemplo. Vienen los abuelos y le dicen cosas con equis. Sale a la calle y los carteles están en ese idioma tan raro.

—Nos tendríamos que ir a vivir a un país neutral —le dije un día a la madre—. Viviendo acá ganás vos seguro. Nos tendríamos que ir a Chipre. A ver quién gana.

—Esto no es un partido de fútbol —me discute ella—. Además la niña ‘es‘ catalana, viva donde viva.

—¡Una mierda! —me retobo— Es argentina, haya nacido donde haya nacido. Si fuera catalana no sería tan linda.

Aunque lucho a brazo partido, sé que tengo todas las de perder. Me cago en el contexto. Yo tengo que hacer malabares para darle el otro cincuenta por ciento de sangre a la criatura. Ya probé también de darle mate frío, para que empiece a descubrir los placeres de la vida, pero parece que los bebés de cuatro meses no entienden el tema de chupar cosas metálicas. El sistema del dulce de leche, en cambio, funcionaba muy bien.

Yo hubiera seguido con la Estrategia Chimbote, pero Cristina me amenazó: si yo continuaba en esa tesitura de ganarme la nacionalidad de Nina a través de los sabores, ella iba a empezar a ponerle crema catalana en la mamadera, y que al final no íbamos a tener ni una hija autóctona ni una hija argentina, sinó más bien una nena obesa. Entonces firmamos la primera tregua y, de mutuo acuerdo, desde el seis de agosto dejamos de sobornarla con gastronomía regional.

La batalla, en cambio, sigue viva. Ahora, que empezaron los Juegos Olímpicos, la guerra fría ha pasado al terreno de los símbolos patrios:

—Mirá, Nina —le digo—, esos chicos tan lindos que le están haciendo seis goles a Serbia somos nosotros: los argentinos —y me pego fuerte en el pecho, para que le quede claro.

—¿Ese es bonito? —ironiza Cristina, señalando a Tévez.

—Ese no es argentino, Nina. Ese es de Boca. Caca. Feo.

Nina mira la pantalla, y luego a nosotros. Procesa datos.

—¿Ves hija? —vuelvo a la carga yo, señalándole la tele— Ésos de rojo y amarillo son los únicos de Europa que no ganaron ninguna medalla. Gallegos. Caca. Feo.

—Ésos son españoles, Nina —le dice la madre, mostrándole fotos de Barcelona ’92—: y nosotras somos catalanas. No te preocupes.

Entonces yo arremeto:

—¿Ves, mi amor? Esos que no aparecen por ningún lado, porque la Comisión Olímpica dice que ni siquiera son un país, tampoco ganaron ninguna medalla. Catalanes. Caca. Feo.

Y así podemos estar toda la tarde, mientras Nina nos mira seriecita, sopesando todas las posibilidades de nacionalización.

Pero desde que leímos en un libro sobre bebés que en cualquier momento la criatura se larga a hablar, el epicentro de la contienda bélica tiene una nueva baza, un flamante botín que no estamos dispuestos a perder: la primera palabra de nuestra hija.

Cuando la Nina abra la boca y diga su primer sustantivo, estará eligiendo el idioma que más le gusta. Y ambos padres sabemos que si empieza en nuestra lengua, tendremos la mitad de la batalla ganada. Por eso estamos permanentemente diciéndole cosas, para seducirla:

—Hi havia una vegada, una serp que es deia Mixi —le dice Cris, poniendo voz seductora—. Mixi era tant petita, però tant petita, que semblava un cuquet.

—¿Cómo le vas a contar cosas de serpientes, mala madre?—la interrumpo, y se la arranco de los brazos—. Las serpientes son malas, Nina. Caca. Feo —le digo a la criatura, que me mira con los ojos enormes—; las buenas son las tortugas. Sobre todo una que se llamaba Manuelita y que vivía en Pehuajó.

Pero Cristina no se rinde:

—¡Mixi estava molt contenta de ser com era! —grita, intentando tapar mi cuento— ¡Tot i ser diferent de les altres serps!

—¡¡Nadie sabe bien por qué —me desgañito yo—, a París ella se fue!!

—¡¡Era molt feliç al bosc, excepte els dies que plovia, gilipolles!!

—¡¡Un poquito caminando y otro poquitito a pie, pelotuda!!

Cuando Nina empieza a asustarse con nuestros gritos y llora, nos quedamos los dos padres frente a frente, en el comedor, con la garganta reseca, mirándonos con odio, y entonces pactamos una nueva tregua de no agresión.

Pero los dos sabemos que la guerra no termina nunca, que el enemigo está en todas partes, que hay que dormir con un ojo abierto. Nuestra casa, de un tiempo a esta parte, se ha convertido en tierra iraquí. Y nuestra hija es el pozo petrolero.

—Jo solament vull que creixi amb salut— me dice Cris, llena de rabia, tomando litros de café para no claudicar.

—Es lo que yo digo —asiento, con los ojos muertos de cansancio y las manos temblorosas—: lo importante es que sea sanita.

Hace días que no dormimos, temiendo que —si nos gana el sueño— el otro aproveche para lavarle el cerebro a la criatura.

Ser una familia, muchas veces, nos resulta terriblemente desgastante.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

ONDAS QUE DEJAMOS AL PASAR

 

 

Eli Bravo

 

Imagina que dejas caer una piedra sobre la superficie del agua. ¿Puedes ver las ondas expandiéndose hasta suavizarse en la lejanía? Esa es pura energía en movimiento. Y cuando parecieran haberse extinguido, en realidad, esas ondas siguen interactuando con los elementos a un nano nivel que tu imaginación no puede concebir (y evidentemente tampoco la piedra).

 

Así como esas ondas son las huellas que dejamos con nuestras palabras y acciones, viajando cargadas con la energía que les imprimimos y tocando a todas las personas que se cruzan en su camino. Una vez que las dejamos ir ya no nos pertenecen, y muchas veces, quienes las reciben no saben de dónde salieron.

 

Esto es lo que el psiquiatra Irvin Yalom llama ondulación (rippling) o “el hecho de que cada uno de nosotros crea –a veces sin intensión consciente o conocimiento- círculos concéntricos de influencia que afectan a otros por años, incluso por generaciones”. Esta imagen no deja de ser caprichosa: las huellas que dejamos son ondas sobre el agua. Y aunque desaparecen, siguen vibrando en otros cuerpos.

 

En su libro “Mirando fijamente el sol”, Irvin Yalom sugiere que ante la fugacidad del presente, o la angustia que produce el sinsentido de los días, no existe mejor antídoto que reconocer estas ondulaciones que nos permiten “ir dejando atrás algo de nuestra experiencia de vida, algún rasgo, una pieza de sabiduría, guía, virtud o confort que pase a otros, conocidos o desconocidos”.

 

Con esta idea en mente es más sencillo, e inspirador, entender el poder real que tenemos en este mundo. La ondulación es una suerte de clave para trascender los límites de lo temporal. ¿No has leído alguna vez que vivimos mientras haya alguien que nos recuerde? Sin caer en las ilusiones de la inmortalidad, en esas ondas que dejamos al pasar hay una manera de trascender sin tener que dejar nuestro nombre en letras de neón o tallado en piedra.

 

Piénsalo bien. Cada uno de nosotros es capaz de detectar esas ondulaciones. Las que enviamos y las que recibimos. En mi caso, pienso en las personas que se me han acercado para decirme “tú eres la razón por la que estudié Comunicación Social”, y también, en tantos maestros que he tenido en mi paseo por los medios. Igualmente, en quienes me comentan que un par de líneas que escribí les llegaron en el momento justo, así como en los libros que atesoro y en las páginas que me han dejado sin aliento.

 

Pero sobre todo pienso en los ojos amorosos de mis padres y en las miradas de horizonte abierto de mis hijas. Allí, como de ninguna otra manera, puedo sentir el paso de la onda más fuerte y sagrada que existe: la energía vital que mueve este universo.

 

Si además pensamos que esas ondulaciones van expandiéndose en el espacio de la ciudad, entonces podemos imaginar sus efectos positivos en un día cualquiera. Sea con unas palabras amables, una sonrisa o unos minutos que entregamos para realmente conectar con la gente que nos rodea, desde el gesto en apariencia más banal hasta nuestro mayor esfuerzo puede tener consecuencias poderosas en otras personas.

 

Y sin que quizás jamás lo sepamos, esa es la belleza del asunto.

 

Lo paradójico es que Irvin Yalom le habla de ondulaciones a sus pacientes cuando sufren de ansiedad ante la muerte: para quien tiene miedo de enfrentar lo inevitable, una dosis de realidad igualmente segura. Porque lo queramos o no, por el simple hecho de vivir vamos dejando huellas.

 

¿Cuáles son las ondas que expandes cada día a tu alrededor? Si te fijas, en ellas están las razones que llenan de sentido a la vida. La tuya y la de tantas personas que puedes tocar, incluso sin proponértelo.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

UN DEDO EN LA SOPA…

 

 

Gino Winter

 

Jaime llegó justo cuando estábamos “haciendo cola”, en la tediosa fila —pegada a la pared perimetral del Jardín Botánico— para ingresar al comedor universitario de San Marcos, mirando siempre hacia arriba, porque sobre nosotros colgaban amenazantes los frutos de la Kynngeylli pinnata, famosa planta piurana, conocida como “matacojudos” porque sus frutos duros y pesados, —parecidos a un nabo, pero más grandes— solían desprenderse sin aviso y caer sobre algún cojudo que estaba desprevenido y/o leyendo un libro, y noquearlo o al menos causarle un doloroso chichón.

Jaime comenzó a bromear con su nuevo llavero de plástico que simulaba un dedo sangrante, chancado y cortado, el cual le pidieron que guardase porque no era un buen aperitivo para recordar en el almuerzo.

 

(A veces nos tocaba sentarnos —en las largas mesas comunales— junto a estudiantes que no guardaban los mínimos modales, comiendo sin cubiertos, masticando con la boca abierta y haciendo ruidos francamente asquerosos, por lo cual nos veíamos obligados a fingir que éramos estudiantes de medicina y conversar en voz alta sobre nuestras operaciones más sangrientas y purulentas, casi siempre a viejitas muy deterioradas, con el fin de que a los maleducados les diera asco y se cambiaran de mesa y así pudiéramos comer dignamente. Nunca fallaba).

 

Esa tarde se sentó con nosotros Monche, un compañero provinciano especialmente neurótico, quien no soportaba ni el vuelo de un mosquito y menos la cercanía de una mosca; todo le molestaba y todo le daba asco, así que empezó su charla amenazándonos con denunciarnos al CDLDLC (Comité de Lucha de los Comensales) si seguíamos con nuestra práctica de narrar nuestras sucias operaciones desde nuestro anfiteatro imaginario.

Jaime, molesto por la agresividad de Monche, empezó a decirme —por joderlo— que a él también le molestaba tocar esos temas  y que además le daba miedo seguir comiendo allí, porque habían rumores de que cuando faltaba carne, los cocineros iban a la Morgue vecina a ver qué encontraban para completar el menú.

Monche miró a Jaime con desprecio y amenazó con llamar a su amigo Ceroni (presidente del CDLDLC) y hacerlo botar del comedor por intrigante y cochino.

 

A los pocos minutos entraba Ceroni, con un grupo de estudiantes comunistas de las más gordas y feas, y Monche, bromista, volteó para gritarles “¡SE SALIÓ EL MAR…!

Justo en ese momento de descuido y aprovechando la carcajada general, Jaime desconectó el dedo plástico de su llavero y lo metió subrepticiamente entre los fideos de la sopa de Monche.

 

Los que estábamos frente a ellos y nos dimos cuenta de la maniobra, hacíamos esfuerzos para lucir serenos y aguantar la risa cada vez que Monche sacaba de su tazón una cucharada de sopa, tratando de adivinar en qué momento saldría el dedo…

 

Fue a la cuarta cucharada —que Monche se iba a meter a la boca— cuando se dio cuenta de que la cuchara llevaba una presa extraña. Apartó los fideos con el cuchillo y luego, pálido como teta de monja, respiró profundo, con cierta dificultad, soltó la cuchara y lanzó —en medio de arcadas— un alarido frenético que dejó mudo al comedor:

—¡AAAAAAHHHG, UN DEDO… PUTA MADRE, UN DEDO… EN MI SOPA, COCHINOS DE MIERDA, UN DEDO HUMANO, BESTIAS, MALDITOS COCINEROS, MATARIFES HIJOS DE PUTA Y LA…!

 

Monche no paraba, tomaba aire y retomaba la gritadera, cada vez más procaz. Ceroni se acercó a nosotros, vio el dedo sangriento en la sopa, medio tapado por los fideos, y, de inmediato, se subió a la mesa y empezó una arenga en contra del rector, del gobierno y del sistema educativo peruano… «¡Compañeros… esto es inaudito, compañeros… unámonos en la lucha, compañeros… unidos venceremos, llamemos a los medios, compañeros,  compañeros, compañeros, etc, etc, etc. , compañeros…!»

 

Los compañeros, todos, dejaron de comer y alejaron la bandeja del almuerzo. Algunos la tiraban al piso, otros más avezados, se las arrojaban a los pobres cocineros. La cosa se puso tan brava, que ninguno de nosotros, los de la mesa de Monche, nos atrevimos a decir que solo era un juguete de plástico, que todo fue una broma; más bien nos levantamos en silencio y, apenas llegamos a la puerta de salida, arrancamos a correr hacia la avenida Grau y nos subimos al primer ómnibus que llegó al paradero.

Queríamos reírnos, pero no pudimos…

 

Fuente: https://ensayossinlogicos.blogspot.com

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