DOS VALIJAS

 

 

Claudia Piñeiro

 

Dos valijas. Eso dijo Mauro. Volví a preguntar: “¿Estás seguro?”. “Sí, estoy seguro”, respondió con paciencia. Todos me tenían paciencia en aquellos días. “No pueden ser dos”, insistí. Pero Mauro ya no dijo nada porque ahí estaban las dos, en el recibidor del departamento. Apenas se atrevió a señalarlas con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, mientras vacilaba en el marco de la puerta dudando de si entrar o irse. “Pasá y tomamos un café”, le dije. “¿Estás de ánimo? Mirá que no hace falta. Si querés descansar, o estar sola…”. “No, tomemos un café, que me va a hacer bien”, dije sin estar segura de qué cosa me podía hacer bien. Mauro me había hecho el favor de ir a retirar las valijas de Fabián del aeropuerto y no me parecía bien dejar que se fuera sin siquiera ofrecerle un café. El cuerpo de Fabián lo había retirado mi hermano una semana antes. Y se había ocupado de todo: reconocer ese cuerpo, organizar el velorio, disponer el entierro. Yo no habría podido. Un infarto en pleno vuelo. Fabián había subido vivo en Chile y bajado muerto en Argentina. Un médico que viajaba en el avión le hizo masajes cardíacos y otras maniobras. Pero no fue suficiente. Mi marido murió diez minutos antes de aterrizar en el aeropuerto de Ezeiza.

 

Los primeros días después del entierro sólo podía pensar en ese preciso momento, el de su muerte, cuando el médico miró a alguien, la azafata tal vez, y dijo: “Ya no hay nada que hacer”. Pensaba también en los otros pasajeros, en el resto de la tripulación. Qué habrá pensado cada uno de ellos, qué habrán hecho, cuál habrá sido la última cara que Fabián vio antes de morir, cuáles los últimos ojos con los que hizo contacto, quién le tomó la mano si es que alguien se la tomó, quién le habló hasta que se fue. Quizá me concentraba en esos detalles para seguir pensándolo vivo, para tenerlo conmigo en ese instante anterior a la muerte en el que yo no pude estar a su lado. Hasta que llegaron las valijas y las preguntas cambiaron.

 

Mauro me esperaba sentado en el living cuando aparecí con la bandeja y los cafés. “Estaba segura de que había viajado sólo con una valija”, dije otra vez mientras le alcanzaba su taza. “A mí también me sorprendió, no fueron tantos días. Pero pregunté y me mostraron que las dos etiquetas están a su nombre, de hecho todavía las tienen puestas”, dijo Mauro, y se acercó a una de las valijas, tomó la etiqueta que colgaba de la manija y leyó, “Fabián Tarditti”. Luego hizo exactamente lo mismo con la otra: “Fabián Tarditti”. Levantó la vista y me miró como con resignación. “Quizá compró cosas allá y no le alcanzó el espacio, o traía folletería de la empresa. Ya verás cuando las abras, pero quedate tranquila que las dos son de Fabián.” “Sí, ya veré”, le dije, y se me llenaron los ojos de lágrimas. “Perdoname, estoy harta de llorar”, me disculpé. “Es lógico”, me consoló, y preguntó: “¿Cómo está Martina?”. “Supongo que mal, se le fue su padre, tan de repente. Pero hace un esfuerzo por sostenerme a mí, así que me demuestra poco. Espero que se descargue con sus amigas o con su novio”. “Seguro que sí”, dijo Mauro. Yo asentí, me tomé mi café y ya casi no hablamos más. “¿Querés que te ayude a llevar las valijas al cuarto?”, me ofreció Mauro antes de irse. Pero le dije que no, todavía no estaba preparada para abrirlas y encontrarme con las cosas de Fabián. Tampoco quería dormir con ellas en nuestra habitación. Así que se quedaron allí.

 

Recién me ocupé de las valijas tres días después; pasaba junto a ellas, salía y entraba, pero no las movía de donde Mauro las había dejado. La noche en que terminé abriéndolas, venían a comer a casa Martina y Pedro, su novio, y no me pareció prudente que mi hija se encontrara con ellas así, señalando la presencia de un padre que ya no estaba. Por eso antes de terminar de poner la mesa las empujé a mi cuarto y ahí las dejé. Comimos, charlamos, lloramos un poco. Pedro puso música, nos preparó café, cada tanto le tomaba la mano a Martina o le susurraba algo al oído.

 

Cuando se fueron por fin me decidí. Tenía que abrir esas valijas aunque me espantara encontrarme con las cosas de Fabián, aunque las prendas que sacara olieran a él. ¿Se guardan las prendas de un muerto en los mismos estantes donde se las guardaba cuando estaba vivo? ¿Por cuánto tiempo? Me acerqué a las valijas. Las dos tenían candado numérico pero eso no presentaba ninguna dificultad porque desde que nos vinimos a vivir a este departamento pusimos siempre en todo candado, locker o cerradura que tuviéramos que compartir los cuatro números de la dirección de nuestra casa: 1563. Veintiocho años vivimos juntos en Salta 1563, quinto piso, departamento A. Subí una de las valijas sobre la cama, puse los números del candado en la posición 1563 y el candado se abrió. Deslicé el cierre. Allí estaban sus cosas, todo ordenado tan meticulosamente como siempre. No conocí nunca a nadie que hiciera las valijas con la perfección con que las hacía Fabián. El traje gris que llevaba por si tenía reuniones de trabajo más formales. Su camisa blanca. La corbata azul con pintas rojas. Un pantalón sport. Su suéter azul. Dos remeras. Los zapatos de vestir y un cinturón del mismo cuero en otro compartimento. El jean lo traía puesto, lo mismo que su camisa celeste de mangas cortas, sus mocasines y su campera de lluvia. Todo perfectamente doblado, la ropa interior sucia dentro de una bolsa, las camisas abotonadas. El perfume, la pasta dentífrica, el cepillo y los artículos para afeitarse en el neceser de cuero que le regalé para su último cumpleaños. Cada cosa que sacaba olía a él. Lloré. Dejé para últimomomento el cierre interior, allí solía guardar los regalos que nos traía de sus viajes. Fabián siempre viajó por trabajo, dentro del país cuando recién se recibió de arquitecto y durante los años que ejerció la profesión en forma independiente, y a Chile, Uruguay y Brasil desde que trabajaba como gerente regional para una empresa de equipamiento de oficinas. De cada viaje nos traía algo, aunque fuera una pavada, algo que nos hiciera sentir que estando lejos había pensado en nosotras. Cuando Martina se fue a vivir con Pedro, ya no le trajo regalos en cada viaje sino de tanto en tanto, pero a mí, sí. Deslicé el cierre y metí la mano: saqué un sobre de papel, era de una casa de ropa de mujer de Las Condes. Lo abrí, dentro había un pañuelo de seda, color fucsia, con flores celestes, amarillas y blancas. Me lo llevé al pecho y lloré otra vez.

 

Decidí que por un tiempo, hasta que supiera qué hacer con sus cosas, mantendría el placard de Fabián tal cual estaba. Así que guardé cada prenda en su sitio. Cerré la valija y la subí al estante de donde mi marido la había bajado el día antes de viajar por última vez. Luego puse la otra valija sobre la cama. Coloqué los números de siempre en el candado: 1563. Pero esta vez el candado no abrió. Miré los números, dudé de si ese seis era un seis o un ocho, me calcé los anteojos y volví a chequear los números: 1563. Probé abrir otra vez y nada. ¿Y si finalmente yo tenía razón y ésa no era una valija de Fabián? Leí yo misma la tarjeta personalizada que aún colgaba de ella: Fabián Tarditti. Giré los números en el candado y volví a dejarlos en la posición 1563. Tampoco. Pensé un instante. Probé con su fecha de cumpleaños, con la de Martina, con la mía. No funcionaron. Finalmente volví a la etiqueta y fue entonces cuando empecé a comprender. Debajo de su nombre estaban la dirección y el teléfono. El teléfono era el que conocía, el celular que tuvo siempre, ése al que yo lo llamaba. Pero la dirección era otra: Jonás 764, Pinamar. ¿Jonás 764, Pinamar? ¿Qué dirección podía ser esa? Volví al candado. La cerradura tenía cuatro posiciones. Hice lo mismo que hicimos tantas veces que nos enfrentamos a candados con más dígitos que nuestra dirección: agregar nueves a la izquierda. Puse un nueve en la primera posición, luego un siete, luego un seis y por último un cuatro: 9764. El candado se abrió. Deslicé el cierre, levanté la tapa y me quedé sin aire. Lo que vi dentro era una copia exacta de lo que traía en la otra valija: el traje gris, la camisa blanca, la corbata azul con pintas rojas, el suéter, las remeras, los zapatos y el cinturón en otro compartimento, la ropa sucia en una bolsa, un neceser de cuero. No podía pensar, no terminaba de entender. O no podía entender aún. Entonces abrí el compartimento donde Fabián guardaba los regalos y allí estaba el sobre de papel del negocio de Las Condes. Pero había algo más, otra bolsa pequeña. La abrí y saqué lo que contenía: ropa de bebé, un enterito de algodón celeste con ositos marrones, un babero y un par de zoquetes. Me recosté en la cama. La cabeza me latía como si fuera a explotar. ¿Dos valijas idénticas significaban lo que se cruzaba por mi mente? Idénticas no, en una había ropa para un bebé. ¿Y si no qué? ¿Por qué alguien llevaba valijas duplicadas? ¿Una mujer y un bebé de Fabián en Pinamar? ¿Qué habría hecho Fabián con la otra valija si no hubiera tenido un infarto en el avión? ¿La habría dejado en la oficina, en el baúl del auto? No podía ser, tenía que haber otra explicación. Pero si la había yo no la encontraba.

 

Anduve por la casa de un lado a otro, elegí y descarté amigas con quien compartir lo que me estaba pasando. Tampoco quería decírselo a mi hermano. Pensé en Martina, en cómo se lo diría, en si se lo diría. También pensé en llamar a Mauro, el amigo más cercano que tenía Fabián. Al menos el más cercano que yo conocía. Pero desestimé la idea, era imposible que Mauro supiera, si hubiera sabido no me habría entregado la valija. Habría protegido a su amigo hasta las últimas consecuencias. La habría entregado allí donde esta valija debía estar. Y cuando pensé eso, que Mauro habría llevado la valija allí donde debía estar, fue que supe qué era lo que yo iba a hacer: viajar a Pinamar a entregársela a una mujer que tal vez ni siquiera sabía que Fabián ya no regresaría.

 

Tomé algo para dormir y dejé que mi cuerpo decidiera qué hora era buena para despertarse. Amanecí como a las diez de la mañana. Cargué en el auto la otra valija, esa que traía una dirección en Pinamar hacia donde me dirigía. Nunca había manejado sola en ruta. Nunca incluso había ido a Pinamar desde nuestro casamiento. Sí antes, de solteros, cuando Fabián tenía un par de obras allí y lo acompañé a verlas. Pero a mí nunca me gustó la playa. Así que nuestros destinos siempre fueron otros: Villa La Angostura, Mendoza, Córdoba. Busqué la ruta más apropiada en Google Maps. Sabía que tenía que tomar la 2 y luego desviar en Dolores. Allí pregunté, en una estación de servicio. Me indicaron un camino más corto, un poco desolado, pero que me ahorraría más de cincuenta kilómetros. Y eso hice. Quería llegar cuanto  antes. Conocer de una vez a esa mujer y al hijo de Fabián, para luego volver y olvidarme de ellos. Si podía. Me pregunté desde hacía cuánto estaría ella en su vida. Yo nunca había notado nada. Fabián había estado un poco distante el último tiempo. Y tal vez los dos estábamos menos cariñosos, o con menos interés sexual. Pero hacía veintiocho años que estábamos juntos y el hecho de que decayera su libido o la mía no me pareció alarmante ni mucho menos. Ahora me daba cuenta de que su libido no había decaído sino que estaba puesta en otro sitio. ¿Una mujer de qué edad? ¿Treinta y cinco, cuarenta? Tenía que ser bastante joven para tener un bebé, pero también una edad adecuada como para estar con un hombre de cincuenta y cinco años. Miré a un lado de la ruta y vi un Cristo gigante que invitaba a un Vía Crucis en Madariaga, así que supe que estaba muy cerca, que pronto estaría frente a la mujer a la que le entregaría una valija que no me pertenecía.

 

¿Qué le diría? ¿Me enojaría con ella? ¿La insultaría? ¿Le daría el pésame? En la rotonda de entrada a Pinamar me detuve y puse la dirección en el GPS del teléfono: Jonás 764. El GPS buscó y luego me indicó el camino. Fui despacio, temía llegar y hacer un escándalo. O desmayarme. O no atreverme y volver a mi casa sin dejar la valija. Ir despacio me permitía tomar coraje. Un rato  después me detuve frente a la dirección con la que había abierto el candado. Era una casa sencilla, con un jardín cuidado delante. Bajé y toqué el timbre. No salió nadie. Insistí. Y luego otra vez. Un hombre que entraba a la casa vecina me dijo: “Están en el bar”. “¿Cuál bar?”, le pregunté. “El del centro”, me dijo, “el de la playa en esta época del año lo tienen cerrado”. “Ah, claro, dije”, como si supiera de qué me estaba hablando. Y antes de irme agregué: “¿Me indica el camino? Hace años que no vengo de visita y tengo miedo de perderme”. El hombre se puso junto a mí y dibujó en el aire un mapa que traté de aprender de memoria. “A Mi Modo, se llama”, dijo. Lo miré sin entender. “El bar. Ahora se llama A Mi Modo, le cambiaron el nombre hace un tiempo. Le digo para que no se confunda, por si no sabía”. “Sí, claro, sabía, pero le agradezco”, mentí. Y me subí al coche.

 

Hice el camino que me había indicado el hombre sin dificultad y ahí estaba el bar: A Mi Modo. Entré y me senté en una mesa. Enseguida vino una mujer a atenderme, una mujer embarazada, que no podía tener más años que Martina. No había un bebé, sino una mujer embarazada. Sentí pena por ella, pero también enojo, bronca. ¿Cómo Fabián había podido tener una relación con una mujer de la edad de nuestra hija? ¿Quién era ese hombre con el que compartí veintiocho años y recién ahora empezaba a conocer? ¿Cómo se puede tener un hijo de una chica de veintipico a los cincuenta y cinco años? ¿Cuándo pensaba decírmelo? ¿Pensaba decírmelo alguna vez? “Perdón, señora, ¿qué le sirvo?”, dijo la mujer en voz alta, seguramente porque ya lo había dicho antes y no la había escuchado. “Un café, por favor, un café”. Ella desapareció detrás del mostrador. Tuve que contenerme para no ponerme a llorar. La mujer salió de la cocina a buscar algo pero alguien la llamó desde adentro: “Martina…”, y la chica volvió a irse. Se me nubló la vista. Mi marido tenía una amante de la edad de nuestra hija que se llamaba como nuestra hija. Sentí asco. Me lo imaginé diciéndole cosas en la cama y nombrándola con el mismo nombre que eligió, él mismo, para Martina. Yo quería llamarla Carolina, pero él insistió y yo acepté. La chica salió de la cocina con el café, caminó hacia mi mesa y lo dejó frente a mí. Luego me acercó un servilletero y los sobres de azúcar. “¿De cuánto tiempo estás?”, pregunté con la voz ronca, casi sin pensarlo. “De seis meses. Va a nacer para fin de año”. “Qué bien…”, dije, “¿es un varón?”. “Sí, es un varón”, respondió ella, “si no se equivocó el médico que me hizo la ecografía”. “Sos muy joven para tener un hijo”. “No tanto, tengo veintiséis”. “Veintiséis”, repetí, “uno más que mi hija”. Ella sonrió, acomodó una de las sillas de otra mesa y volvió al mostrador. ¿Cómo decirle a esa mujer, a pesar del rencor que sentía, que su hijo no tendría padre porque había muerto de un infarto en el avión que lo traía de Chile? ¿Desde hacía cuánto tiempo estaban juntos? Ella era tan joven. ¿Qué necesidad había tenido Fabián de llevar con esa chica una vida igual a la que llevaba conmigo? Dos valijas. Me sentía demasiado incómoda, quería irme ya, pero antes debía completar lo que me había llevado hasta allí. Dejé el café sin tomar y fui al auto. Bajé la valija y volví al bar arrastrándola conmigo. Cuando entré no había nadie. La llamé por su nombre y el de mi hija: “¡Martina!”. Entonces ella salió de la cocina y me vio allí, parada junto a la valija. “Te traje la valija de Fabián”, dije. Parecía asustada, miró hacia la cocina y gritó: “¡Mamá!”. Una mujer muy parecida a ella salió de inmediato, se detuvo junto a la chica y se quedó mirándome. Por fin, entendí. En sus ojos vi que ella, esa otra mujer, sabía quién era yo, sabía que Fabián había muerto y por qué estaba allí. Se acercó tomó la valija y dijo: “Gracias por traérmela”. Yo en cambio no pude decir nada. Sonreí, no sé a cuenta de qué; me quedé mirándola un tiempo incalculable, muerto. Luego me di media vuelta y me fui.

 

En esa corta distancia que recorrí hasta el auto, pasaron por mi cabeza imágenes de la vida duplicada de Fabián: las dos valijas, las dos casas, los dos suéteres azules, los dos trajes, las dos hijas con el mismo nombre, sus dos mujeres. Veintiocho años conmigo. ¿Cuántos con ella?  Veintinueve, treinta. Subí al auto y encendí el motor. Tardé en irme; me llevó un tiempo encontrar el coraje para dejar, por fin, lo que no era mío. Miré una vez más hacia el bar. En la puerta estaba la otra mujer de Fabián; un paso más atrás, su otra hija. La mujer sostenía en la mano un pañuelo de seda, color fucsia, con flores celestes, amarillas y blancas.

 

Fuente: https://www.infobae.com

PATRIMONIO

 

 

Ida Vitale

Premio Cervantes 2018

 

Sólo tendremos lo que hayamos dado.

¿Y qué con lo ofrecido y no aceptado,

qué con aquello que el desdén reduce

a vana voz, sin más,

ardiente ántrax que crece,

desatendido, adentro?

 

La villanía del tiempo,

el hábito sinuoso

del tolerar paciente,

difiere frágiles derechos,

ofrece minas, socavones, grutas:

oscuridad apenas para apartar

vagos errores-

 

El clamor, letra a letra,

del discurso agorero

no disipa ninguna duda;

hace mucho que sabes:

ninguna duda te protege.

 

Fuente: http://amediavoz.com

LA FALSA MONEDA  

 

 

Charles Baudelaire

 

Mientras nos alejábamos de la tienda de tabaco, mi amigo hizo una cuidadosa clasificación de su dinero; en el bolsillo izquierdo de su tapado deslizó unas moneditas de oro; en el derecho, unas moneditas de plata; en el bolsillo izquierdo de su pantalón, muchas de bronce, y finalmente, en el derecho, una moneda de plata de dos francos que examinó con especial atención.

“¡Qué singular y minuciosa repartición!” me dije a mí mismo.

Nos encontramos con un pobre que nos tendió su gorra temblando. No conozco nada más inquietante que la elocuencia muda de esos ojos suplicantes, que contienen a la vez, para el hombre sensible que sabe leerlos, tanta humildad, tantos reproches. El encuentra algo que se aproxima a esta profundidad de complicado sentimiento en los ojos lacrimosos de los perros cuando se los azota.

La ofrenda de mi amigo fue mucho más generosa que la mía, y le dije: “Tiene usted razón; el único placer más grande que el de asombrarse es el de causar una sorpresa. “Era la moneda falsa”, me respondió tranquilamente, como para justificarse por su prodigalidad.

Pero mi miserable cerebro, siempre ocupado en buscarle la quinta pata al gato (¡qué facultad fatigosa me obsequió la naturaleza!), se hizo la idea de que la conducta de mi amigo solo era perdonable por la intención de crear un acontecimiento en la vida de aquel pobre diablo, o quizás incluso de conocer las distintas consecuencias, funestas u otras, que puede engendrar una moneda falsa en la mano de un mendigo. ¿No podía multiplicarse en monedas verdaderas? ¿No podía también hacerlo caer en prisión? El dueño de un cabaret, o un panadero, por ejemplo, podrían tal vez hacerlo arrestar por falsificador de monedas o por distribuidor de monedas falsas. Pero aunque todo esto fuera así, la moneda falsa significaría quizás, para un pobre especulador, su fuente de riqueza por algunos días. Y así mi fantasía seguía su curso, dándole alas al espíritu de mi amigo y sacando todas las deducciones posibles a partir de todas las hipótesis posibles.

Pero éste interrumpió bruscamente mi divagación retomando mis propias palabras: “Sí, usted tiene razón; no existe ningún placer más dulce que el de sorprender a un hombre dándole más de lo que espera.”

Lo miré directo a las pupilas, y me espanté al ver que sus ojos brillaban con un indiscutible candor. Entonces me di cuenta de que había querido hacer a la vez caridad y un buen negocio; ganarse cuarenta monedas de cobre y el corazón de Dios; alcanzar el paraíso económico; y finalmente, obtener gratis un certificado de hombre caritativo. Lo podía haber prácticamente perdonado por el deseo del goce criminal del que hace un instante lo creía capaz; me habría parecido curioso, peculiar, que se divirtiera comprometiendo a los pobres; pero nunca le perdonaré la ineptitud de su cálculo. No hay excusas para ser malo, pero hay cierto mérito en saber que se lo es; y el más irreparable de los vicios es hacer el mal de puro bestia.

 

Fuente: http://poemasenprosa.blogspot.com

DESPUÉS DE LA CARRERA

 

 

James Joyce

 

Los carros venían volando hacia Dublín, deslizándose como balines por la curva del camino de Naas. En lo alto de la loma, en Inchicore, los espectadores se aglomeraban para presenciar la carrera de vuelta, y por entre este canal de pobreza y de inercia, el Continente hacía desfilar su riqueza y su industria acelerada. De vez en cuando los racimos de personas lanzaban al aire unos vítores de esclavos agradecidos. No obstante, simpatizaban más con los carros azules -los carros de sus amigos los franceses.

Los franceses, además, eran los supuestos ganadores. El equipo francés llegó entero a los finales en los segundos y terceros puestos, y el chofer del carro ganador alemán se decía que era belga. Cada carro azul, por tanto, recibía doble dosis de vítores al alcanzar la cima, y las bienvenidas fueron acogidas con sonrisas y venias por sus tripulantes. En uno de aquellos autos de construcción compacta venía un grupo de cuatro jóvenes, cuya animación parecía por momentos sobrepasar con mucho los límites del galicismo triunfante: es más, dichos jóvenes se veían alborotados. Eran Charles Ségouin, dueño del carro; André Riviére, joven electricista nacido en Canadá; un húngaro grande llamado Villona y un joven muy bien cuidado que se llamaba Doyle. Ségouin estaba de buen humor porque inesperadamente había recibido algunas órdenes por adelantado (estaba a punto de establecerse en el negocio de automóviles en París) y Riviére estaba de buen humor porque había sido nombrado gerente de dicho establecimiento; estos dos jóvenes (que eran primos) también estaban de buen humor por el éxito de los carros franceses. Villona estaba de buen humor porque había comido un almuerzo muy bueno; y, además, porque era optimista por naturaleza. El cuarto miembro del grupo, sin embargo, estaba demasiado excitado para estar verdaderamente contento.

Tenía unos veintiséis años de edad, con un suave bigote castaño claro y ojos grises un tanto inocentes. Su padre, que comenzó en la vida como nacionalista avanzado, había modificado sus puntos de vista bien pronto. Había hecho su dinero como carnicero en Kingstown y al abrir carnicería en Dublín y en los suburbios logró multiplicar su fortuna varias veces. Tuvo, además, la buena fortuna de asegurar contratos con la policía y, al final, se había hecho tan rico como para ser aludido en la prensa de Dublín como príncipe de mercaderes. Envió a su hijo a educarse en un gran colegio católico de Inglaterra y después lo mandó a la universidad de Dublín a estudiar derecho. Jimmy no anduvo muy derecho como estudiante y durante cierto tiempo sacó malas notas. Tenía dinero y era popular; y dividía su tiempo, curiosamente, entre los círculos musicales y los automovilísticos. Luego, lo enviaron por un trimestre a Cambridge a que viera lo que es la vida. Su padre, amonestante pero en secreto orgulloso de sus excesos, pagó sus cuentas y lo mandó llamar. Fue en Cambridge que conoció a Ségouin. No eran más que conocidos entonces, pero Jimmy halló sumo placer en la compañía de alguien que había visto tanto mundo y que tenía reputación de ser dueño de uno de los mayores hoteles de Francia. Valía la pena (como convino su padre) conocer a una persona así, aun si no fuera la compañía grata que era. Villona también era divertido -un pianista brillante-, pero, desgraciadamente, pobre.

El carro corría con su carga de jacarandosa juventud. Los dos primos iban en el asiento delantero; Jimmy y su amigo húngaro se sentaban detrás. Decididamente, Villona estaba en gran forma; por el camino mantuvo su tarareo de bajo profundo durante kilómetros. Los franceses soltaban carcajadas y palabras fáciles por encima del hombro y más de una vez Jimmy tuvo que estirarse hacia delante para coger una frase al vuelo. No le gustaba mucho, ya que tenía que acertar con lo que querían decir y dar su respuesta a gritos y contra la ventolera. Además que el tarareo de Villona los confundía a todos; y el ruido del carro también.

Recorrer rápido el espacio, alboroza; también la notoriedad; lo mismo la posesión de riquezas. He aquí tres buenas razones para la excitación de Jimmy. Ese día muchos de sus conocidos lo vieron en compañía de aquellos continentales. En el puesto de control, Ségouin lo presentó a uno de los competidores franceses y, en respuesta a su confuso murmullo de cumplido, la cara curtida del automovilista se abrió para revelar una fila de relucientes dientes blancos. Después de tamaño honor era grato regresar al mundo profano de los espectadores entre codazos y miradas significativas. Tocante al dinero: tenía de veras acceso a grandes sumas. Ségouin tal vez no pensaría que eran grandes sumas, pero Jimmy, quien a pesar de sus errores pasajeros era en su fuero interno heredero de sólidos instintos, sabía bien con cuánta dificultad se había amasado esa fortuna. Este conocimiento mantuvo antaño sus cuentas dentro de los límites de un derroche razonable, y si estuvo consciente del trabajo que hay detrás del dinero cuando se trataba nada más del engendro de una inteligencia superior, ¡cuánto no más ahora, que estaba a punto de poner en juego una mayor parte de su sustancia! Para él esto era cosa seria.

Claro que la inversión era buena y Ségouin se las arregló para dar la impresión de que era como favor de amigo que esa pizca de dinero irlandés se incluiría en el capital de la firma. Jimmy respetaba la viveza de su padre en asuntos de negocios y en este caso fue su padre quien primero sugirió la inversión; mucho dinero en el negocio de automóviles, a montones. Todavía más, Ségouin tenía una inconfundible aura de riqueza. Jimmy se dedicó a traducir en términos de horas de trabajo ese auto señorial en que iba sentado. ¡Con qué suavidad avanzaba! ¡Con qué estilo corrieron por caminos y carreteras! El viaje puso su dedo mágico sobre el genuino pulso de la vida y, esforzado, el mecanismo nervioso humano intentaba quedar a la altura de aquel veloz animal azul.

Bajaron por la Calle Dame. La calle bullía con un tránsito desusado, resonante de bocinas de autos y de campanillazos de tranvías. Ségouin arrimó cerca del banco y Jimmy y su amigo descendieron. Un pequeño núcleo de personas se reunió para rendir homenaje al carro ronroneante. Los cuatro comerían juntos en el hotel de Ségouin esa noche y, mientras tanto, Jimmy y su amigo, que paraba en su casa, regresarían a vestirse. El auto dobló lentamente por la Calle Grafton mientras los dos jóvenes se desataban del nudo de espectadores. Caminaron rumbo al norte curiosamente decepcionados por el ejercicio, mientras que arriba la ciudad colgaba pálidos globos de luz en el halo de la noche estival.

En casa de Jimmy se declaró la comida ocasión solemne. Un cierto orgullo se mezcló a la agitación paterna y una decidida disposición, también, de tirar la casa por la ventana, pues los nombres de las grandes ciudades extranjeras tienen por lo menos esa virtud. Jimmy, él también, lucía muy bien una vez vestido, y al pararse en el corredor, dando aprobación final al lazo de su smoking, su padre debió de haberse sentido satisfecho, aun comercialmente hablando, por haber asegurado para su hijo cualidades que a menudo no se pueden adquirir. Su padre, por lo mismo, fue desusadamente cortés con Villona y en sus maneras expresaba verdadero respeto por los logros foráneos; pero la sutileza del anfitrión probablemente se malgastó en el húngaro, quien comenzaba a sentir unas grandes ganas de comer.

La comida fue excelente, exquisita. Ségouin, decidió Jimmy, tenía un gusto refinadísimo. El grupo se aumentó con un joven irlandés llamado Routh a quien Jimmy había visto con Ségouin en Cambridge. Los cinco cenaron en un cuarto coquetón iluminado por lámparas incandescentes. Hablaron con ligereza y sin ambages. Jimmy, con imaginación exaltada, concibió la ágil juventud de los franceses enlazada con elegancia al firme marco de modales del inglés. Grácil imagen ésta, pensó, y tan justa. Admiraba la destreza con que su anfitrión manejaba la conversación. Los cinco jóvenes tenían gustos diferentes y se les había soltado la lengua. Villona, con infinito respeto, comenzó a describirle al amablemente sorprendido inglesito las bellezas del madrigal inglés, deplorando la pérdida de los instrumentos antiguos. Riviére, no del todo sin ingenio, se tomó el trabajo de explicarle a Jimmy el porqué del triunfo de los mecánicos franceses. La resonante voz del húngaro estaba a punto de poner en ridículo los espurios laúdes de los pintores románticos, cuando Ségouin pastoreó al grupo hacia la política. He aquí un terreno que congeniaba con todos. Jimmy, bajo influencias generosas, sintió que el celo patriótico, ya bajo tierra, de su padre, le resucitaba dentro: por fin logró avivar al soporífero Routh. El cuarto se caldeó por partida doble y la tarea de Ségouin se hizo más ardua por momentos: hasta se corrió peligro de un pique personal. En una oportunidad, el anfitrión, alerta, levantó su copa para brindar por la Humanidad y cuando terminó el brindis abrió las ventanas significativamente.

Esa noche la ciudad se puso su máscara de gran capital. Los cinco jóvenes pasearon por Stephen’s Green en una vaga nube de humos aromáticos. Hablaban alto y alegre, las capas colgándoles de los hombros. La gente se apartaba para dejarlos pasar. En la esquina de la Calle Grafton un hombre rechoncho embarcaba a dos mujeres en un auto manejado por otro gordo. El auto se alejó y el hombre rechoncho atisbó al grupo.

-André.

-¡Pero si es Farley!

Siguió un torrente de conversación. Farley era americano. Nadie sabía a ciencia cierta de qué hablaban. Villona y Riviére eran los más ruidosos, pero todos estaban excitados. Se montaron a un auto, apretándose unos contra otros en medio de grandes risas. Viajaban por entre la multitud, fundida ahora a colores suaves y a música de alegres campanitas de cristal. Cogieron el tren en Westland Row y en unos segundos, según pareció a Jimmy, estaban saliendo ya de la estación de Kingstown. El colector saludó a Jimmy; era un viejo:

-¡Linda noche, señor!

Era una serena noche de verano; la bahía se extendía como espejo oscuro a sus pies. Se encaminaron hacia allá cogidos de brazos, cantando Cadet Roussel a coro, dando patadas a cada:

-¡Ho! ¡Ho! ¡Hohé, vraiment!

Abordaron un bote en el espigón y remaron hasta el yate del americano. Habría cena, música y cartas. Villona dijo, con convicción:

-¡Es una belleza!

Había un piano de mar en el camarote. Villona tocó un vals para Farley y para Riviére, Farley haciendo de caballero y Riviére de dama. Luego vino una Square dance de improviso, todos inventando las figuras originales. ¡Qué contento! Jimmy participó de lleno; esto era vivir la vida por fin. Fue entonces que a Farley le faltó aire y gritó: ¡Alto! Un camarero trajo una cena ligera y los jóvenes se sentaron a comerla por pura fórmula. Sin embargo, bebían: vino bohemio. Brindaron por Irlanda, Inglaterra, Francia, Hungría, los Estados Unidos. Jimmy hizo un discurso, un discurso largo, con Villona diciendo ¡Vamos! ¡Vamos! a cada pausa. Hubo grandes aplausos cuando se sentó. Debe de haber sido un buen discurso. Farley le palmeó la espalda y rieron a rienda suelta. ¡Qué joviales! ¡Qué buena compañía eran!

¡Cartas! ¡Cartas! Se despejó la mesa. Villona regresó quedo a su piano y tocó a petición. Los otros jugaron juego tras juego, entrando audazmente en la aventura. Bebieron a la salud de la Reina de Corazones y de la Reina de Espadas. Oscuramente Jimmy sintió la ausencia de espectadores: qué golpes de ingenio. Jugaron por lo alto y las notas pasaban de mano en mano. Jimmy no sabía a ciencia cierta quién estaba ganando, pero sí sabía quién estaba perdiendo. Pero la culpa era suya, ya que a menudo confundía las cartas y los otros tenían que calcularle sus pagarés. Eran unos tipos del diablo, pero le hubiera gustado que hicieran un alto: se hacía tarde. Alguien brindó por el yate La Beldad de Newport y luego alguien más propuso jugar un último juego de los grandes.

El piano se había callado; Villona debió de haber subido a cubierta. Era un juego pésimo. Hicieron un alto antes de acabar para brindar por la buena suerte. Jimmy se dio cuenta de que el juego estaba entre Routh y Ségouin. ¡Qué excitante! Jimmy también estaba excitado; claro que él perdió. ¿Cuántos pagarés había firmado? Los hombres se pusieron en pie para jugar los últimos quites, hablando y gesticulando. Ganó Routh. El camarote tembló con los vivas de los jóvenes y se recogieron las cartas. Luego empezaron a colectar lo ganado. Farley y Jimmy eran buenos perdedores.

Sabía que lo lamentaría a la mañana siguiente, pero por el momento se alegró del receso, alegre con ese oscuro estupor que echaba un manto sobre sus locuras. Recostó los codos a la mesa y descansó la cabeza entre las manos, contando los latidos de sus sienes. La puerta del camarote se abrió y vio al húngaro de pie en medio de una luceta gris:

-¡Señores, amanece!

 

Fuente: http://invencionaria.blogspot.com

LOS ESCRIBIDORES

 

 

Pedro Gil

 

a los distinguidos y tozudos

poetas de una ciudad anónima

 

así que bebieron purgantes de neologismos para gramaticar el verbo

así que con el diccionario en el bolsillo

circulan las calles,

sufren, asisten a los concurso del engaño,

hablan de la artritis de la vecina y de sus libros que no leyeron.

sueñan que metaformosean el mundo,

sueñan con la verga de la eternidad

y que son inmortales.

 

y están convencidos, están bárbaramente convencidos,

nacieron con los nombres más perfectos de un poeta.

 

lo desastroso es que no saben que cada uno es una

circunscripción del olvido y que la inteligencia

de sus versitos

reposa en la imaginación de las moscas

y les tengo lástima.

no sé, tengo tanta lástima, al verlos triviales, invidentes,

tan pequeñitos, gorjeando en todas

las mesas

redondas de la acidia,

creando metáforas de purísimas ganas.

 

y huyen de mí,

temen mi presencia, lo saben bien estos enanos

locuaces.

soy un tímido universo.

y sinceramente soy grande.

indeleblemente grande,

irreductible, indestructiblemente

grande.

 

y les preocupa y lo niegan,

lo cual es cotidiano.

 

pero míralos como gesticulan,

míralos como decretan irrisorias leyes,

pregúntales todo lo que quieras,

sólo ellos pueden meterse la luna al corazón.

 

Y piensa bien esto:

en un sitio cronométrico de mi ciudad anónima, de todas las ciudades

anónimas,

encontrarás siempre a filósofos que se

masturban

metafísicos del alcohol,insolentes micropoetas badulaques.

 

y cuando literalmente machaco la lógica de la palabra:

pienso, imagino, creo, deduzco:

los legalizados inolvidables poetas,

mis gigantes poetas,

en sus tumbas cabreados se asustan de tanto desperdicio

de poemas.

 

en la tierra me cabreo yo.

 

yo soy esos poetas.

 

Colaboración de Roberto Ponce Cordero

 

Fuente: https://elaranazo.wordpress.com

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