LA OTRA TORRE DE BABEL

 

 

Ismael Cala

 

Cuenta la Biblia que cuando todos los hombres hablaban una misma lengua sobre la Tierra, decidieron edificar una torre cuya cúspide llegara hasta el cielo.

 

Aprendieron a quemar el barro y sustituyeron las piedras por ladrillos. Para pegarlos, utilizaron brea en lugar de argamasa. Dios (Jehová, Yahveh) bajó preocupado y comprendió que nada impediría a aquellos hombres llevar adelante sus propósitos de llegar al cielo.
Para evitarlo, hizo que cada uno comenzara a hablar una lengua diferente.

 

Nadie entendía al otro, la confusión fue total y los hombres, sin poder comunicarse entre sí, decidieron suspender la obra y dispersarse por todo el mundo, dando lugar a los diferentes idiomas. Esa es, en síntesis, la famosa leyenda de la Torre de Babel, una historia capaz de demostrarnos la negatividad de la incomunicación.
Pero no solo los idiomas provocan problemas de comunicación. En ocasiones, las actitudes humanas son las que tienden ese manto, con todas sus secuelas negativas. Si nos dejamos llevar por el enojo o el odio, creamos barreras infranqueables con los demás. Son emociones fuertes que nublan los sentidos y diluye el razonamiento.
Los seres humanos soberbios e intransigentes nunca mantendrán una comunicación correcta y constructiva con sus semejantes. La soberbia y el fanatismo elevan muros, tienden a imponer ideas y hacen prevalecer puntos de vista no compartidos -y a veces hasta rechazados- por otros.
En otro sentido, si no estamos dispuestos a escuchar, también abrimos el paso a la senda de la incomunicación humana.
Otros factores también entorpecen la comunicación plena. Por ejemplo, cuando no decimos las cosas de la mejor manera o en el momento o lugar adecuados. O cuando reprochamos, acusamos y exigimos sin motivos o somos incoherentes, indecisos en el mensaje y utilizamos términos poco puntuales.
Lamentablemente, hoy en día nuestro mundo es víctima de una incomunicación feroz. Vivimos en una Torre de Babel, pero no separados por lenguas distintas, sino por sentimientos encontrados, puntos de vista insalvables, intereses espurios, fanatismo y sed de violencia.
Vivo con la esperanza de que nosotros, los que habitamos la Tierra, seamos capaces de resolver estos problemas con nuestro propio esfuerzo y no tengamos que esperar por otra intervención divina.

 

Fuente: http://lahora.com.ec/

UN TAL LUCAS

 

 

Julio Cortázar

 

En vista de que la Tota le ha pedido que baje a comprar una caja de fósforos, Lucas sale en piyama porque la canícula impera en la metrópoli, y se constituye en el café del gordo Muzzio donde antes de comprar los fósforos decide mandarse un aperital con soda. Va por la mitad de este noble digestivo cuando su amigo Juárez entra también en piyama y al verlo prorrumpe que tiene a su hermana con la otitis aguda y el boticario no quiere venderle las gotas calmantes porque la receta non aparece y las gotas son una especie de alucinógeno que ya ha electrocutado a más de cuatro hippies del barrio. A vos te conoce bien y te las venderá, vení en seguida, la Rosita se retuerce que no la puedo mirar.
Lucas paga, se olvida de comprar los fósforos y va con Juárez a la farmacia donde el viejo Olivetti dice que no es cosa, que nada, que se vayan a otro lado, y en ese momento su señora sale de la trastienda con una Kodak en la mano y usted, señor Lucas, seguro que sabe còmo se la carga, estamos de cumpleaños de la nena y dese cuenta justo se nos acaba el rollo, se nos acaba. Es que tengo que llevarle fósforos a la Tota, dice Lucas antes que Juárez le pise un pie y Lucas se comida a cargar la Kodak al comprender que el viejo Olivetti le va a retribuir con las gotas ominosas, Juárez se deshace en gratitud y sale echando putas mientras la señora agarra a Lucas y lo mete toda contenta en el cumpleaños, no se va a ir sin probar la torta de manteca que hizo doña Luisa, que los cumplas muy felices dice Lucas a la nena que le contesta con un borborigmo a través de la quinta tajada de torta. Todos cantan el apio verde tuyú y otro brindis con naranjada, pero la señora tiene una cervecita bien helada para el señor Lucas que además va a sacar las fotos porque ahì no tienen mucha cancha, y Lucas atenti al pajarito, ésta con flash y ésta en el patio porque la nena quiere que también salga el jilguero, quiere.
– Bueno – dice Lucas – yo voy a tener que irme porque resulta que la Tota.
Frase eternamente inconclusa puesto que en la farmacia cunden alaridos y toda clase de instrucciones y contraórdenes, Lucas corre a ver y de paso a rajar, y se encuentra con el sector masculino de la familia Salinsky y en el medio el viejo Salinsky que se ha caído de la silla y lo traen porque viven al lado y no es cosa de molestar al doctor si no tiene fractura de coxis o algo peor. El petiso Salinsky que es como fierro con Lucas se le agarra del piyama y le dice que el viejo es duro pero que el pórlan del patio es peor, razón por la cual no sería de excluir una fractura fatal máxime cuando el viejo se ha puesto verde y ni siquiera atina a frotarse el culo como es su costumbre habitual. Este detalle contradictorio no se le ha escapado al viejo Olivetti que pone a su señora al teléfono y en menos de cuatro minutos hay una ambulancia y dos camilleros, Lucas ayuda a subir al viejo que vaya a saber por qué le ha pasado los brazos por el pescuezo ignorando por completo a sus hijos, y cuando Lucas va a bajarse de la ambulancia los camilleros se la cierran en la cara porque están discutiendo lo de Boca versus River el domingo y no es cosa de distraerse con parentescos, total que Lucas va a parar al suelo con el arranque supersónico y el viejo Salinsky desde la camilla jódete, pibe, ahora vas a saber cómo duele.
En el hospital que queda en la otra punta del ovillo, Lucas tiene que explicar el fato, pero eso es algo que lleva su tiempo en un nosocomio y usted es de la familia, no, en realidad yo, pero entonces qué, espere que le voy a explicar lo que pasó, está bien pero muestre sus documentos, es que estoy en piyama, doctor, su piyama tiene dos bolsillos, de acuerdo pero resulta que la Tota, no me va a decir que este viejo se llama Tota, quiero decir que yo tenía que comprarle una caja de fósforos a la Tota y en eso viene Juárez y. Está bien, suspira el médico, bajale los calzoncillos al viejo, Morgada, usted se puede ir. Me quedo hasta que llegue la familia y me dan plata para un taxi, dice Lucas, así no voy a tomar el colectivo. Depende, dice el médico, ahora se usan indumentos de alta fantasía, la moda es tan versátil, hacele una radio de cúbito, Morgada.
Cuando los Salinsky desembocan de un taxi Lucas les da las noticias y el petiso le larga la guita justa pero eso sí le agradece cinco minutos la solidaridad y el compañerismo, de golpe no hay taxis por ninguna parte y Lucas que ya no puede más se larga calle abajo pero es raro andar en piyama fuera del barrio, nunca se le había ocurrido que es propio como estar en pelotas, para peor ni siquiera un colectivo rasposo hasta que el final el 128 y Lucas parado entre dos chicas que lo miran estupefactas, después una vieja que desde su asiento le va subiendo los ojos por las rayas del piyama como para apreciar el grado de decencia de esa vestimenta que poco disimula las protuberancias, Santa Fe y Canning no llegan nunca y con razón porque Lucas ha tomado el colectivo que va a Saavedra, entonces bajarse y esperar en una especie de potrero con dos arbolitos y un peine roto, la Tota debe estar como una pantera en un lavarropas, una hora y media madre querida y cuándo carajo va a venir el colectivo.
A lo mejor ya no viene nunca se dice Lucas con una especie de siniestra iluminación, a lo mejor esto es algo asì como el alejamiento de Almotàsim, piensa Lucas culto. Casi no ve llegar a la viejita desdentada que se le arrima de a poco para preguntarle si por casualidad no tiene un fósforo.

 

Fuente: http://carmenlobo.blogcindario.com/

EL HOMBRE QUE RÍE

 

 

J. D. Salinger

 

Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos, generalmente, un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús –a puñetazos o gritos estridentes– por los asientos más cercanos al jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda había tres asientos adicionales –los mejores de todos– que llegaban hasta la altura del conductor.) El jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con voz de tenor atiplada pero melodiosa, nos contaba un nuevo episodio de “El hombre que ríe”. Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. “El hombre que ríe” era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él, mientras estaba sentado por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo.

Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el “hombre que ríe” fue raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con la cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con la cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el “hombre que ríe” respiraba, la abominable, siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo lo veía así) como una monstruosa ventosa. (El jefe no explicaba el sistema de respiración del “hombre que ríe”, sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general, siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapolas. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio.

 

Fuente: https://lacanciondelasirena.wordpress.com

EL CHISTOSO ES UNA LACRA SOCIAL

 

 

Hernán Casciari

 

Hay una clase de gente que sabe chistes. Saber chistes es fácil; te sentás una tarde con un casette y, si le ponés voluntad, te aprendés noventa. Pero ‘saber’ contar chistes es otra historia. Yo le tengo un miedo espantoso a esa gente que, en las fiestas, te empieza a contar chistes. Le tengo más miedo a eso que al cáncer de próstata.

—Hernán Hernán, vení —se viene riendo de entrada el chistoso, y te agarra del hombro para que no te escapes— ¿Sabés el del tipo que va a la tintorería porque tiene una mancha de semen en el pantalón?

—No.

Yo soy de los que dicen “no”, como casi todo el mundo. Quisiera ser de los que dicen “sí” y se quedan tan contentos. O de los que dicen “no sé, pero no quisiera verte hacer el ridículo, Ricardo”.

Pero mi timidez, o mi falta de reflejos, provocan que mi respuesta sea “no”. Y entonces me quedo en pausa, intimidado, como las liebres en la ruta cuando viene un camión de frente con las luces altas. Digo “no” y me preparo a vivir un momento incómodo. ¿Por qué es incómodo que te cuenten un chiste? Principalmente, porque hay que hacer demasiados esfuerzos para fingir que te estás divirtiendo.

Como primera medida tengo que poner la mandíbula en piloto automático. Esto es, sonreír de entrada, mientras el otro empieza con su relato. Siempre el contador amateur quiere ser gracioso desde el vamos: mueve las manos, cambia la voz si hay más de un personaje, etcétera. Y esto, supuestamente, ‘ya es’gracioso. Entonces tenso el músculo abductor, mostrando los dientes, cosa que cansa muchísimo.

El esfuerzo mayor, sin embargo, es dividir el cerebro en tres compartimientos: el que escucha el argumento del chiste, el que se pregunta por qué mierda no me quedé en mi casa, y el que critica minuciosamente la performance.

Mientras el chistoso cuenta, yo pienso cuánto hay de natural en su exposición. Cuánto es de él, y cuánto está copiando. Reconozco los fallos de tiempo y suspense. Le busco los hilos a la marioneta. No sé por qué, pero dedico mucha energía a hacer una crítica despiadada del pobre aficionado; me convierto en una especie de borjamari del chascarrillo.

Y sufro mucho. Sobre todo cuando el chistoso va llegando al final, y desde lejos se nota que la trama va perdiendo fuerza. Que no se sostiene, que las voces de los personajes no son las mismas que al principio, que el remate se ve venir, se sospecha… Y entonces empiezo a preparar la carcajada falsa. No sé reírme de mentira. Me sale como un catarro. Pero mentalmente voy practicando.

—¡Aja jaaaa jaa jaja! —exploto cuando el chiste termina, tratando de no quedar del todo satisfecho, por las dudas que el contador sea uno de esos que saben más chistes.

Pero hay algo peor que el que te arrincona en soledad: y es el que cuenta chistes verdes en la mesa, y en vez de decir culo, pito, coger o concha, hace gestos, ruiditos o movimientos de cejas:

—Había una pareja en un auto, a la noche, y estaban a punto de… ya saben —y cierra el puño, pone cara ‘graciosa’ y mueve la mano para atrás y para adelante—. Entonces ella le agarra al tipo la … ¿no? —y mira a las mujeres presentes—, bueno, y era enorme.

¡Si vas a contar algo en donde la poronga es protagonista, decí “Poronga”! Y si pensás que decir porongaes amoral, o es una falta de educación, o constituye delito o pecado, ¡entonces no cuentes algo donde la poronga es la protagonista!

Yo transpiro mucho en esas reuniones de gente grande que cuenta chistes. Me hago mucha mala sangre, me saca úlcera. Incluso me estoy poniendo de muy mal humor mientras escribo esto.

Odio mucho, por ejemplo, a los que cuentan chistes de gallegos metiendo la zeta en todas partes, a los que después del primer chiste te cuentan otro porque fingiste mucha risa, a los que tartamudean al final porque se ponen nerviosos, a los que cuentan chistes de Verdaguer poniendo la voz de Verdaguer, a los que se ríen mientras narran como si los ganara la tentación, a los que cuentan chistes de caballos que entran a un bar y piden un vino, a los que imitan la voz de los maricones usando la misma zeta de los gallegos pero poniendo la mano como si llevaran una bandeja invisible, a los que te explican el final, a los que se equivocan y empiezan de nuevo, a los que creen que para hablar como un judío solamente es necesario decir ‘noive’ en lugar de nueve, a los que repiten el remate porque no te causó gracia y creen que no entendiste, a los que sospechan que los chistes en donde aparece Marx o Freud son chistes inteligentes, a los que cuentan chistes largos donde hay un amante adentro de un ropero, a los que incluyen el final en la introducción y no se dan cuenta, a los que preguntan si no hay gente con cáncer en la mesa antes de contar un chiste negro, a ustedes, a todos ustedes que son legión y que compran los casettes de José Luis Gioia en las góndolas de liquidación y después se encierran un día entero a aprenderse de memoria cada palabra, a ustedes les tengo miedo, les tengo lástima y los odio.

No son graciosos y lo saben, pero insisten. La única virtud que tienen es haber aprendido algo de memoria. Saben las palabras, las pueden repetir una atrás de la otra, pero no tienen la menor idea de cómo decirlas. No les entra en la cabeza que el humor es un arte, como pintar cuadros o tocar el violín.

Yo, por ejemplo, me sé de memoria muchos poemas, pero eso no me habilita a ir por las reuniones recitándoselos a la gente por la espalda y a traición. Aunque no estaría mal que, una noche de estas, para vengarme de todos los hijos de puta que se creen graciosos, empezara a llevármelos uno por uno a un rincón y les dijera:

-¿Sabés ése del tipo que no es nada, que nunca será nada, que no puede querer ser nada, pero aparte de eso tiene en él todos los sueños del mundo?

A ver cuánta poesía portuguesa son capaces de aguantar.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

A PESAR DE USTED

 

 

Chico Buarque

 

 

Hoy es usted el que manda

Lo dijo, está dicho

Es sin discusión, no?

 

Toda mi gente hoy anda

Hablando bajito

Mirando el rincón, vió?

 

Usted que inventó ese estado

E inventó el inventar

Toda la oscuridad

 

Usted que inventó el pecado

Olvidóse de inventar

El perdón

 

A pesar de usted

Mañana ha de ser

Otro día

 

Yo quisiera saber

Dónde se va a esconder

De esa enorme alegría

 

Cómo le va prohibir

A ese gallo insistir

En cantar

 

Agua nueva brotando

Y la gente amándose

Sin parar

 

Cuando llegue ese momento

Todo el sufrimiento

Cobraré seguro, juro

 

Todo ese amor reprimido

Ese grito mordido

Esta samba en lo oscuro

 

Usted que inventó la tristeza

Tenga hoy la fineza

De desinventar

 

Usted va a pagar

Y bien pagada

Cada lágrima brotada

Desde mi penar

 

A pesar de usted

Mañana ha de ser

Otro día

 

Daría tanto por ver

El jardín florecer

Como usted no quería

 

Cuánto se va a amargar

Viendo al día asomar

Sin pedirle licencia

 

Cómo voy a reír

Que el día ha de venir

Antes de lo que usted piensa

 

A pesar de usted

Mañana ha de ser

Otro día

 

Tendrá entonces que ver

Al día renacer

Derramando poesía

 

Cómo se va a explicar

Ver al cielo clarear

De repente, impunemente

 

Cómo va a silenciar

Nuestro coro al cantarle

Bien de frente

 

A pesar de usted

Mañana ha de ser

Otro día

 

Fuente: https://www.letras.com

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