PERUVIAN BARTENDER EN MIAMI

 

 

Gino Winter

 

Estaba trabajando como «pionono» (peón) hindú (indu-cumentado) armando escenografías en un hotel de cuatro estrellas en Doral City, Miami, cuando se me acercó un manager nicaragüense preguntándome si hablaba inglés porque necesitaban un bartender bilingüe. Le dije que sí pero que yo no era bartender, ni siquiera tomaba alcohol, hace más de treinta años que no me emborrachaba, desde las épocas del Gran Chaparral en San Marci University y el bar «La Vida No Vale Nada» en los Barrios Altos…

Con su mejor sonrisa me ofreció doscientos dólares más tips por cuatro horas de trabajo y me explicó que sólo iban a servir seis tragos preparados y lo demás sería vino, cerveza y whisky. En media hora me enseñó a prepararlos y servirlos, también a cortar limón y a poner los sorbetes, removedores y servilletas. Aún no había terminado su clase cuando se abrió la puerta del salón y en menos de lo que se persigna un cura loco, una manada de gringos arremetió contra la barra, como los toros en la feria de San Fermín, inquiriendo por todo tipo de tragos, a lo que yo respondía azorado: «Only Screwdriver, Seven & seven, Ron & Coke, Madras, Vodka Cran and Gin Tonic». Luego de los nervios iniciales, las copas rotas y los vestidos salpicados, la cosa se puso interesante cuando vi el jarrón de vidrio de los tips repleto de billetes y dos modelos borrachas recostadas en la barra y hablándome con un cariño inusual para mi costumbre desde que entré en quiebra financiera. El Presidente del Hotel quedó impresionado y me pidió que el fin de semana atendiera el bar de su lujosa mansión en un almuerzo de gala que daba a sus familiares recién llegados del extranjero. Le dije que era la primera vez que hacía de bartender y que sólo sabía hacer seis tragos. Respondió inexorable que si en media hora aprendí seis tragos, en el día y medio que me quedaba podría aprender diez veces más… Allá él…

Entré a la internet y revisé la lista de los cien tragos más populares, me aprendí de memoria los treinta primeros y me fui al ágape con las recetas en la cabeza sin haber preparado ninguno. Encontré la barra llena y la primera opción se la dejaron a una dulce ancianita octogenaria que me pidió un Martini. Procedí a preparar el primer Martini de mi vida y, al probarlo, la vieja de mierda (le decían «filo de sartén» porque sólo servía para romper los huevos) dijo que era el trago más asqueroso que había probado en su vida. Felizmente su hijo lo probó y me dijo que no me preocupara, que era la primera vez que su madre, que lo parió, probaba un Martini y que ella se lo imaginaba dulce. Se lo convertí en Cosmopolitan y a la gárgola le gustó. Me pasé la noche preparando tragos a pesar de que las recetas se me confundían u olvidaban, verbi gratia el sacerdote que me pidió un Kamikase (Vodka, Triple Sec y limón) y, como yo del nombrecito de marras solo recordaba que aludía a un piloto suicida japonés, le metí cuanto licor encontré en la barra y el cura terminó flotando en la piscina, con sotana y todo. Felizmente la mayoría de personas no sabían lo que estaban pidiendo… Y yo menos.

Una señora tapizada en piel en pleno verano me pedía su vino «cabaret-sabañón» o sino nada. Solo le pude conseguir un Cabernet-Sauvignon, pero quedó contenta… Un cubano-gallego se mataba pidiéndome «un Echevarría»… Luego de dos horas de prepararle cada menjunje que para qué les cuento, me dijeron que lo que el tipo quería era un whisky «Chivas Regal»… A pesar de todo salí de la fiesta con los bolsillos llenos de billetes y la camisa manchada de lápiz labial y rímel. Hace más de un año que sigo en este plan y hasta conseguí trabajo fijo en una discoteca de Coral Gables… No sé a cuanta gente habré envenenado hasta ahora, (dicen que para esto hay que tener licencia, no sé) pero me queda la satisfacción de que todos mis clientes, mayormente guapas señoras menopáusicas, se divierten en mi barra.

Espero que no me suceda nada parecido al cuento ese donde un caballo llega a un bar y pide una cerveza:

—¿Qué me mira cantinero?

—¡Disculpe, es que nunca antes había venido un caballo a mi bar!

—¡Y qué cosa quieres, con los precios que estás cobrando, desgraciado!…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

UN INVIERNO HOSPITALARIO

 

 

Marco García Falcón

 

Había tecleado el punto final en la máquina de escribir cuando perdí el conocimiento. Trabajaba como traductor en la Agencia France Presse y, como cada vez que me sobrecargaba de trabajo (llevaba cuatro días seguidos sin dormir, fumando como un murciélago), mi cuerpo se desconectaba en el momento exacto de terminarlo. Mis compañeros de oficina sabían de mis abusos físicos, pero también de lo difícil que es para cualquier estudiante extranjero mantenerse en París, de manera que tuvieron la buena idea de llevarme al hospital de la rue Réve para que me hicieran un chequeo completo.

Desperté como a las cuatro de la tarde, en una sala inmensa, rodeado de numerosos enfermos y conectado a una botella de suero. Por los ventanales se veía caer la nieve sobre los árboles desgreñados. La doctora que me atendía – una mujer madura, pelirroja, entrada en carnes pero muy guapa- llenó con mis vagas respuestas la historia clínica y luego ordenó a un par de enfermeras que me efectuaran los análisis de rutina. Al cabo de tres horas de auscultaciones, radiografías y seis pinchazos en el brazo izquierdo, la doctora llamó a un lado a un muchacho alto de porte atlético y sonrisa seráfica – un internista, deduje, por el excesivo empeño que ponía en cada cosa que hacía- y le comentó: “Este paciente tiene todos los síntomas que buscabas. Creo que será un caso bonito”.

Con ese curioso calificativo me trasladaron del tópico de emergencia al noveno piso de ese edificio enorme y sombrío: el pabellón de Medicina General. Jean-Luc, tal era el nombre del internista, resultó ser un tipo simpático, de frases optimistas y ademanes elocuentes, aunque de una impulsividad algo candorosa. “Tienes un virus extraño”, me dijo sin rodeos mientras empujaba mi silla de ruedas por un largo corredor. “Pero no te preocupes, te pasará en un mes o dos. La doctora Rosay me ha encargado tu caso porque es justo el tema de mi tesis”.

Eché un vistazo al cuarto. Al lado de la entrada dormía otro paciente: un viejito apacible, de piel oscura y cabellera canosa. En la penumbra amarilla parecía un pajarito asustado. “Es peruano como tú”, sonrió Jean-Luc. “No hay muchos por aquí. Te hará buena compañía”. No sé si lo dijo en serio, pero la verdad es que esa noche no pude dormir bien. Cada media hora el viejito convulsionaba o entraba en un acceso de tos que resonaba terriblemente en todo el hospital. Al otro día varios pacientes del pabellón se acercaron hasta mi cama para darme la bienvenida y compadecerse de que me hubiera tocado ese cuarto. “Debe pedir que lo cambien cuanto antes”, me aconsejó preocupada una señora gorda a la que iban a operar de una apendicitis. “¡Ese viejo es el diable!”

El viejito se despertó bastante tarde, poco antes del mediodía. Tenía los ojos hundidos, la cabellera despeinada, y la lentitud de sus movimientos revelaba los efectos secundarios de algún somnífero. “Buenos días”, me saludó con un tono militar mezclado con el inconfundible dejo andino. “Mi nombre es Ernesto Palomino Pancorvo, para servirlo”. Iba a responderle el saludo, pero no me dejó hablar. “Soy panadero, de la Marina de Guerra del Perú, treinta y cinco años de servicio, señor”. “Ah”, le dije, “qué coincidencia: mi padre también fue marino”. Incomprensiblemente no siguió el hilo de la conversación sino que volvió a repetirme lo mismo, como si no me hubiera escuchado: “Soy Ernesto Palomino Pancorvo, panadero, de la Marina de Guerra del Perú, treinta y cinco años de servicio, señor”. Y se quedó observando el extremo de su cama.

Comprendí por su mirada extraviada y el automatismo de su voz que el viejito no estaba bien de la cabeza, y que el temor de mis vecinos no era totalmente infundado. Con todo, preferí no hacerme problemas. El virus raro que yo padecía, según las didácticas explicaciones de Jean-Luc, no pasaba de manifestarse a través de mareos o migrañas e, internamente, de una hinchazón del bazo, pero para que mi sistema inmunológico lo asimilara debía soslayar cualquier preocupación. Así que, después de los análisis matinales, y de que una veintena de estudiantes de medicina palpara a diario mi bazo inflamado, me dedicaba a hacer lo que más me gusta: leer, leer buena literatura. Por las tardes recibía algunas visitas; en realidad se trataba de Berenice, la dependienta del hotel donde me hospedaba, y de unos cuantos compañeros de la Agencia, quienes más o menos a la tercera o cuarta semana, debido a una acumulación de ocupaciones, dejaron de venir (solo el “turco” García se presentó una tarde de domingo, en lo más crudo del invierno, trayéndome un cuento suyo sobre su anterior centro de trabajo). El viejito empezaba su rutina a las once de la mañana, cuando dos enfermeras poco agraciadas llegaban al cuarto para bañarlo, afeitarle la barba y peinarlo. Durante el resto del día se mantenía tranquilo, en silencio, hojeando revistas antiguas o mirando las calles nevadas a través de la ventana. De noche, sin embargo, yo tenía que soportar no solo sus accesos de tos sino sus imprevisibles arranques de cleptomanía: más de una vez lo descubrí guardando con gesto sonámbulo mi tenedor o hasta mi cepillo de dientes debajo de su colchón.

Una noche de esas, en que el viejito trataba infructuosamente de esconder mi televisor portátil en la taza del baño, me harté y decidí despertarlo. “¡Deje eso!”, rezongué. Al contrario de lo que yo esperaba, no se alteró, me devolvió calmadamente mi televisor y se fue a acostar a su cama. Al poco rato, me preguntó muy educado cuál era mi nombre. Yo estaba bastante cansado y quería dormir, de modo que le contesté lo primero que se me vino a la mente: “Mi nombre es Jorge Luis Borges, soy escritor”. Enarcó las cejas y se quedó en silencio, pensativo, como si esa respuesta le aclarara las cosas.

Durante casi una semana el viejito no volvió a darme problemas; y en ese tiempo improvisé una solución muy sencilla para no escuchar su tos: dormir con los audífonos del walkman puestos. Vivaldi o Mozart en el entresueño resultaban reconfortantes. La convivencia pacífica sí es posible, pensé. Sin embargo, una mañana particularmente fría, me quise poner unas medias gruesas de lana que guardaba en el armario, pero no las encontré por ninguna parte. Debía de habérselas puesto ese viejo desconsiderado. Me dirigía a descorrerle violentamente la frazada para ver si las tenía, cuando el viejito me las señaló con rostro arrepentido a un lado de mi cama: allí las había arrojado unos segundos antes, tibias y percudidas, y con un inmenso hueco en uno de los talones. No le dije nada (se había puesto a mirar al techo, en estado de catatonia), pero por primera vez consideré seriamente la posibilidad de pedir un cambio de cuarto.

Por esa época yo alimentaba una sospecha: la de que Jean-Luc y la doctora Rosay eran amantes. Cada vez que los veía juntos, notaba que cruzaban miraditas cómplices, se rozaban innecesariamente o conversaban con un arrobamiento embobado. Lo de la tesis no podía ser más que un pretexto para verse en cualquier momento. No tardé en confirmar esa sospecha: una noche, al despedirse, se tomaron de las manos y se dieron un beso breve en la boca. Mi deliberado distraimiento hizo que continuaran y que, con el tiempo, me tuvieran confianza. Más aun, la ubicación estratégica de mi cuarto, el descanso de la escalera que daba al tópico del piso, me llevó a formar parte sin quererlo del circuito cerrado de sus amoríos clandestinos, a tal punto de que me dejaban recados o se citaban en mi habitación para después perderse en cualquier ambiente desocupado. Ese papel de celestino me resultaba altamente estimulante, considerando que se llevaban por lo menos unos veinticinco años de diferencia, y que la sombra del marido de la doctora Rosay andaba muy cerca, pues era jefe del pabellón de al lado.

Fueron ellos mismos, Jean-Luc y la doctora Rosay, los que me informaron acerca de los innumerables males de mi compañero de cuarto. Era todo un caso: a sus sesenta y pico años padecía de epilepsia, de tuberculosis leve y, para colmo de males, de síndrome de Korsakov, un tipo de demencia senil provocada por el alcoholismo. Había sido, en efecto, panadero de la Marina de Guerra del Perú, y había dado en sus barcos varias veces la vuelta al mundo, pero su afición al vodka y al vino grueso lo había hundido en la locura. Llevaba seis meses y un poco más en París, pasando de un hospital a otro en calidad de menesteroso, y la única persona verdaderamente interesada en su restablecimiento era una asistenta social de la embajada peruana que se negaba a repatriarlo en semejantes condiciones.

Tal vez fue por eso, o porque se trataba de una persona mayor, o porque finalmente éramos dos peruanos solitarios compartiendo el mismo cuarto en un hospital de París, que empecé a tratarlo de otra manera. Lo primero que hice fue dejar que escondiera mis cosas: nada me costaba ubicarlas al otro día en una habitación que, al fin y al cabo, no era muy grande, y además los escamoteos se producían cada vez con menor frecuencia. También dejé que se volviera a poner (previa zurcida) las medias gruesas de lana que yo ya no pensaba utilizar y que, por lo visto, le hacían falta. Por último, condescendí en colocar mi televisor sobre la mesa metálica que había al pie de nuestras camas, para que así pudiéramos verlo los dos. Yo cambiaba de canales tratando de captar su atención hasta que encontraba algún programa que nos gustara a ambos; por lo general, dibujos animados o series cómicas. Esa fue nuestra primera forma de establecer contacto; la otra fue a través de la literatura.

Una noche de fuerte aguacero en que ninguno de los dos podía dormir, encendí la luz del velador y me puse a leer. “Don Jorge Luis”, murmuró el viejito en la semioscuridad, “me gustaría que me leyera alguna de sus obras”. Yo estaba justamente releyendo el cuento “El aleph” y, más allá de lo gracioso que resultaba que me llamara con ese nombre, pensé que no sería mala idea leérselo en voz alta. En medio del rumor de la lluvia (el agua tamborileaba afuera, sobre el pavimento y las ramas de los árboles), le leí el pasaje de las enumeraciones, esas largas y hermosas enumeraciones visionarias. El viejito me escuchaba con ojos maravillados, trémulo, la cabeza apoyada entre las manos, perdido el pensamiento en la música y las imágenes. Por momentos subía y bajaba alternadamente la cabeza siguiendo el ritmo de las frases. “Hermoso”, susurró al final, “muy hermoso”. Luego se volvió de lado, se arropó con el cobertor hasta el cuello y se quedó dormido repitiendo para sí mismo esas dos palabras agradecidas.

Esa noche tuvo un sueño tranquilo, sin la crisis de tos. Sin embargo, antes de rayar el alba, lo vi manotear el aire en tinieblas, como si quisiera capturar mariposas, y lo escuché hablar dormido. En realidad no eran palabras, sino una especie de canción, una melodía infantil y repetitiva que iba componiendo con balbuceos y gorgoritos y que interrumpía de tanto en tanto al mencionar nombres de personas, expresiones en quechua. Quizá revivía algún momento agradable de su vida porque su voz era cálida y por momentos hasta sonreía.

No estoy seguro de que llegáramos a conversar, ni tampoco que estuviera en condiciones de hacerlo. A la hora del desayuno, cuando para entablar diálogo le pregunté por los lugares del mundo que conocía, me habló de manera inconexa del contrabando de vinos, de un estuario color turquesa que había visto en las costas de Singapur y de lo difícil que era conservar cualquier tipo de harina cuando se tenía muchos meses en alta mar. Recordó con lágrimas y suspiros una lluviosa mañana de invierno en que, jugando con un lamparín, prendió en llamas el caserío en el que vivía de niño con su madre, en la provincia cuzqueña de Sicuani. Se lamentó de lo cara que estaba la vida y de los malos manejos en que incurría la Junta Militar (creía que estábamos en el Perú, en los años cincuenta, bajo el gobierno de Odría). Sin embargo, en el momento menos pensado de su deshilvanado monólogo, era capaz de decirme cosas como esta: “Pero todo lo que vemos se olvida, don Jorge Luis; lo único que queda aquí (y se tocaba con el índice el corazón) es el sentimiento, como el de las poesías que usted hace”.

Lo decía con gesto visiblemente sincero, sin el menor ánimo de impresionarme. Desde luego, hubo otras oportunidades en que le leí otros relatos y poemas bajo el sortilegio de que yo era Borges (le leía, por ejemplo, “El fin”, “El otro poema de los dones”, los dos “Poemas ingleses” y todos aquellos textos cuya comprensión no fuera tan difícil). Y en cada lectura que compartíamos, en la noche, antes de dormir, al compás de la lluvia y el viento frío que golpeaba los ventanales, advertía su cara de aprobación, me sorprendían sus comentarios emotivos y me preguntaba si de veras importaba que estuviera loco. Porque siempre he pensado que las personas sensibles al arte son las más confiables del mundo o, para decirlo en términos prácticos, las únicas con las que realmente se puede llegar a intimar. De cualquier modo, esas sesiones de lectura nocturna eran tomadas con simpatía por médicos y enfermeras (Jean-Luc y la doctora Rosay me exigían entre risas un recital de poesía erótica), y con sorpresa y hasta con molestia por los vecinos del pabellón, quienes poco a poco se dejaron de interesar por si me sentía incómodo o no en ese cuarto y, en muchos casos, optaron por ignorarme o mirarme con mala cara las raras veces en que por casualidad debían cruzarse conmigo. “¡Tal para cual, métèques de mierda!”, tronó finalmente la señora de la apendicitis el día en que, no bien recuperada de su operación, la pillamos husmeando desde el vano de la puerta.

Mi virus, a esas alturas, había resultado más complejo de lo que se me pronosticaba. “Es un microorganismo proteico, de composición cambiante”, me explicaba con tono doctoral Jean-Luc, convencido del poder de sus artes suasorias. “Se trasmite por el aire y se incuba en la sangre; tú has debido contraerlo en un lugar cerrado. Si estoy en lo cierto, el anticuerpo se encuentra en el colágeno, que también es un compuesto de la sangre”. Por si no le creía, me traía libros, apuntes, estadísticas de los últimos congresos de medicina. Y si confundido le preguntaba por algún término o punto oscuro, me miraba con una sonrisa beatífica y luego de trazar unos esquemas y dibujos sobre su cuaderno de notas, se entregaba a una larga y entretenida disertación. En todo caso, yo era su conejillo de indias y estaba allí para ayudarlo a demostrar su teoría. No hubo prueba que no me aplicara con esa idea: me sometió a ecografías, me sometió a tomografías, me sometió a la increíble “pancreotografía digestiva retrógrada múltiple”, nombrecito mucho menos complicado que los procedimientos y los aparatos que el examen implicaba (ayuno, enemas, inoculación de un líquido febril en una recóndita venita del pie izquierdo y cinco horas de exposición ante una enorme máquina de rayos infrarrojos). Lo curioso es que, de tantas pruebas que Jean-Luc me hacía, me había acostumbrado a los pinchazos al inicio de cada mañana y me parecía inconcebible disfrutar del desayuno jugo de papaya y tostadas con mermelada si antes no me inyectaban suero o me extraían un poco de sangre. El viejito, para bien o para mal, estaba exceptuado de todas esas pruebas y se limitaba a observar el ritual desde su cama. No había nada que lo inmutara, ni siquiera el frío de estepa que hacía. Fuera de sus breves exaltaciones literarias, vivía así, de modo contemplativo, en una suerte de limbo intemporal, creado sin duda por las fuertes dosis de sedantes que le suministraban las enfermeras dos o tres veces al día.

Solo una vez lo vi salir de ese letargo. Habíamos terminado de almorzar y nos disponíamos a comer el postre, que para ese día era higos enteros. “Mire, don Jorge Luis”, me llamó de pronto, y cuando reparé en él, comenzó a restregarse los higos contra la cara con una algarabía desenfrenada. Estaba tan alegre, y se le veía tan vivo con el rostro y el cabello erizados de pepitas rosadas, que no dudé en cederle los míos. El resultado fue una explosión de higos reventados que salpicó el piso, las paredes y parte del mobiliario. La habitación quedó como encostrada por las deyecciones de una turba de pájaros al ataque. Se lo comenté divertido, y el viejito se levantó y empezó a danzar y a dar vueltas frenéticamente alrededor de mi cama, aleteando y graznando como un verdadero pájaro. El estruendo de sus chillidos fue tan fuerte que alcanzó la sala del tópico. La enfermera de turno entró alarmada y, al encontrar el cuarto en tal desorden, no tuvo más remedio que llamar a los paramédicos para que la ayudaran a limpiarlo. Estos no solo trapearon el piso y cambiaron las sábanas sucias, sino que bañaron al viejito con agua helada, lo envolvieron en una bata quirúrgica (el piyama y la ropa interior que llevaba puestos era lo único que tenía) y para neutralizarlo lo sedaron con una dosis dos veces más fuerte que la normal.

El viejito despertó veintisiete horas después, cuando nos trajeron la comida del día siguiente, y en ese largo lapso confieso que me fue difícil conciliar el sueño, temeroso de que los paramédicos se hubieran excedido con el somnífero y no fuera a despertar. Amaneció, sin embargo, rozagante, con buena cara, más animoso que de costumbre. Parecía que, en lugar de narcóticos, le hubieran inyectado un tónico reconstituyente. Comió toda su dieta e incluso alabó las buenas artes de la cocina. “No hay nada como la comida”, suspiró. Para ser sincero, me alegró verlo de tan buen ánimo y, de paso, me sentí liberado de un vago sentimiento de culpa. A los diez minutos, cuando yo empezaba a releer “El Sur”, le oí decir algo sobre la conveniencia de dar una vuelta para digerir mejor la comida. “Ya lo creo”, le dije, sin prestarle mucha atención. Al poco rato volví la mirada a su cama y me di cuenta de que ya no estaba. Se había ido a pasear sin permiso, descalzo, con la bata de yute mal cerrada que apenas si le cubría el magro cuerpo desnudo. Ningún paciente en su sano juicio hubiera abandonado así el contacto con una frazada, y menos aún con esos trancazos de viento helado que amenazaban con romper los cristales de las ventanas. Por inverosímil que parezca, ni los guardias ni las enfermeras lo vieron salir del edificio. Los paramédicos que fueron a traerlo de vuelta me contaron que lo encontraron al cabo de media hora a cinco cuadras del hospital, completamente desnudo, bajo una polvorienta mata de siemprevivas, jugando feliz con unos montículos de nieve.

Después de ese episodio, en las dos semanas siguientes que permanecí en el hospital, algunas cosas cambiaron. El proyecto de tesis de Jean-Luc fue rechazado por partir de un supuesto equivocado: mi virus no tenía nada que ver con el colágeno. El deprimido Jean-Luc no tuvo cara para decírmelo, pero me envió el informe del decano y una notita de disculpas con la doctora Rosay. Mi caso, en tales circunstancias, perdió interés y, ”por mi propia comodidad”, fui trasladado a otro pabellón, a un cuarto individual. Sé que el viejito misteriosamente restablecido de la tos se quedó en el mismo, aunque por un plazo perentorio, pues la dirección consideraba que debía ser derivado a una casa de salud mental.

La mañana en que finalmente me dieron de alta, había terminado el invierno. Me costó trabajo reincorporarme a la realidad. Las calles sin nieve de París, vistas desde el apacible pórtico del hospital, me parecían demasiado bulliciosas. Pero nadie que pasara por ahí iba a reparar en eso, ni en eso ni en nada, porque el cielo estaba más azul que nunca y el sol brillaba ya en lo alto anunciando un día maravilloso.

Fuente: http://elbuenlibrero.com/

DESCUBRE TU PASIÓN DE VIDA

 

 

Eli Bravo

 

Tanto se ha utilizado la expresión pasión de vida que a veces no queda muy claro de qué estamos hablando. ¿Sabes cuál es la tuya? Para algunas personas esa pasión es tan clara como el cristal. Saben lo que le apasiona y se entregan a ello. Pero para otras es un asunto complejo, a veces confuso, bien sea porque creen no sentir pasión por algo específico, o porque sencillamente creen que el tren de la pasión les pasó de largo y solo queda resignarse a una existencia monótona o poco excitante.

Quizás porque la relacionamos con el romance y la sensualidad, la pasión pareciera ser un arrebato que diluye el aburrimiento y nos pone a volar en una especia de frenesí. Claro que hay algo de esto, a fin de cuentas, la pasión es una emoción intensa que puede hacernos perder la cabeza. Pero cuando hablamos de pasión de vida, en realidad hablamos de otra cosa, de algo más conectado con el entusiasmo y el cultivo de nuestros propósitos más elevados. Todos tenemos la capacidad de cultivar una pasión de vida. El detalle está en identificarla y alinearnos con ella.

Hace poco leí una buena definición sobre la pasión: no se trata solamente sentirte bien, se trata de sentir todo lo que te hace humano. Me gustó porque aterriza la palabra en una experiencia inmediata y que se puede sentir, en lugar de elevarla a un ámbito inalcanzable.

Para descubrir esa pasión de vida hay que ser honestos con nosotros mismos y conocer nuestros valores y lo que realmente nos importa. Recuerda, se trata de activar tu pasión de vida, no la de otra gente. Y es que a veces vivimos para complacer a otras personas o asumimos como nuestros los valores y expectativas que nos inculcaron. Puede que sean buenos, valiosos o sólidos, pero ¿tienen que ver contigo? ¿Sabes qué es lo que realmente te apasiona?

Una buena práctica para responder estas preguntas es tomarse unos minutos en silencio, respirar conscientemente y pensar en alguna actividad u objeto que te ayude a llevar una vida plena. Deja que el ojo de tu mente visualice libremente, permitiéndote sentir en todo el cuerpo esas imágenes. Préstale atención a las historias que aparecen en tu mente y déjalas correr, sin juzgarlas. Siente las emociones que surjan. ¿Puedes ver un camino donde la pasión está presente? Escucha profundamente, y si nada sucede, no te desanimes. Repite la práctica en otro momento. Sigue preguntando y sigue escuchando. Ten paciencia. En este ámbito las respuestas no llegan como si las buscaras en Google. Es una exploración más profunda.

Es común que en esta búsqueda se asomen los obstáculos. Pero ¿son reales? Nuestra mente tiende a inflar las adversidades y magnificar los obstáculos para dejarnos paralizados. Posiblemente estos obstáculos no sean reales, y si lo son en alguna medida, seguramente no estarán allí para siempre. Recuerda: tú tienes el poder de adquirir habilidades para superarlos. Así que activa tu capacidad de aprender y crecer. Si no tienes lo que necesitas “ahora” puedes tomar la decisión de salir a buscarlo y tenerlo “después”. Es cuestión de avanzar, porque en el presente construimos nuestro futuro.

Y nunca olvides tus fortalezas y capacidades. Son tuyas y si las ejercitas se harán más fuertes. Serán tus grandes aliadas para hacer realidad esa pasión de vida. Esa que quizás aún no ves, o te da miedo ver, o crees no ver porque es muy distinta a lo que te han dicho que debe ser la vida. ¿Te atreves a explorar honestamente y descubrir lo que realmente llena tu corazón?

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

TU BUENA VIDA

 

 

Gabriel Sandler

 

Vive la buena vida que tienes, tal como viene. No estés demasiado preocupado por perderla, ni obsesionado por hacer de ella algo que en realidad no es.

 

Disfruta de todo lo bueno de tu existencia en un universo repleto de abundancia. Siente la sagrada singularidad de cada instante y siente la alegría de aprovechar las mejores oportunidades.

 

Planificar y recordar es bueno. Sin embargo, estás vivo en este momento, para vivir la belleza especial de este momento.

 

Tu buena vida no está en algún momento pasado que recuerdes con cariño ni en algún futuro fuertemente anhelado. Está aquí y ahora.

 

Valora la buena vida que tienes ahora. Es verdaderamente hermosa, y el milagro está en el hecho de que puedas vivirla.

 

Tu buena vida está hoy aquí, fluyendo suavemente a través de tu experiencia. Este es tu momento para vivirla a pleno.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

¿EN QUÉ LUGAR DEL CEREBRO ESTÁN TU MOTIVACIÓN, METAS Y ÉXITO?

 

 

Daniel Colombo

 

Cuando hayas terminado de leer este artículo posiblemente te preguntes: ¿de qué forma puedo hacerme amigo de esta zona de mi cerebro? Se trata de la corteza prefrontal, que se encarga de gran parte de las funciones ejecutivas del cuerpo humano.

 

Vayamos desde el principio con algo de información de contexto para aproximarnos al tema que nos ocupa: en los seres humanos, el cerebro pesa entre 1,3 y 1,6 kilos. La corteza cerebral (es decir, la superficie del cerebro) alberga unos 22.000 millones de neuronas, de acuerdo a lo expresado en los estudios médicos más reconocidos (los cálculos pueden variar según los estudios que se analicen; las cifras son a modo de referencia general). El metabolismo celular genera la energía bioquímica que utiliza el cerebro para desencadenar las reacciones neuronales. La energía es recibida por las dendritas y emitida en los axones en forma de moléculas de sustancias químicas que reciben el nombre de neurotransmisores.

 

El cerebro es el órgano encargado de controlar y coordinar todos los movimientos que realizamos y de procesar la información sensorial. Por otra parte, se dedica a regular las funciones homeostáticas, como la presión sanguínea, la temperatura corporal y los latidos del corazón. En definitiva, el cerebro es el responsable del aprendizaje, la cognición, la memoria y las emociones. Su funcionamiento se realiza a través de la interacción entre sus distintas áreas.

 

El cerebro está dividido por una fisura longitudinal que permite distinguir entre dos hemisferios cerebrales: el derecho y el izquierdo. A su vez, cada hemisferio presenta otras fisuras, pero no tan profundas, que dividen la corteza cerebral en distintos lóbulos.

 

Pese a que ambos hemisferios son opuestos, desde un aspecto morfológico no son simétricos. Por otra parte, cabe destacar que solo el humano parece mostrar diferencia de competencias entre los dos hemisferios. A continuación, se detallan las funciones y características de cada uno.

 

El hemisferio izquierdo se encarga del reconocimiento de la escritura y la coherencia entre los distintos vocablos que forman una oración, así como de la comprensión del habla, de los números y las operaciones matemáticas y lógicas, e incluso de la abstracción necesaria para expresar ideas de forma oral o gestual. Esta región de nuestro cerebro es considerada como el origen de nuestra capacidad expresiva, y una lesión que la afecte puede generar terribles trastornos en sus funciones, como el habla y la movilidad de la mitad derecha de nuestro cuerpo, aunque la gravedad de las consecuencias depende directamente del tipo de daño sufrido.

 

El hemisferio derecho tiene en su poder la integración de información visual y sonora, para colaborar con la orientación en el espacio y entender el mundo a través de los sentimientos y de las sensaciones; trabaja de una forma casi opuesta al izquierdo, intentando aunar los conceptos en un todo, en lugar de dividirlos en pequeñas porciones. Este hemisferio se considera el más activo en personas con habilidades para el arte en general. Un ejemplo muy interesante explica que si nos encontramos inesperadamente con alguien conocido, es precisamente esta región la que realiza el pertinente reconocimiento facial, aunque necesita del posterior trabajo del hemisferio izquierdo para hallar en nuestra memoria su nombre y otros datos personales.

 

El lugar donde se gesta el éxito, las metas y la motivación

El córtex prefrontal constituye aproximadamente el 30 % de la corteza cerebral; posee conexiones con los distintos lóbulos y regiones cerebrales.

 

Los neurocientíficos afirman que el hombre no reacciona pasivamente a la información que recibe, sino que crea intenciones, forma planes y programas de sus acciones, inspecciona su ejecución y regula su conducta para que esté de acuerdo con estos planes y programas. Finalmente, verifica su actividad consciente, comparando los efectos de sus acciones con las intenciones originales corrigiendo cualquier error que haya cometido.

 

Un punto sumamente importante: las funciones ejecutivas comprenden las capacidades mentales necesarias para formular metas, planificar la manera de lograrlas y llevar adelante ese plan de manera eficaz, y así permitir el funcionamiento independiente, con propósito, creatividad y de manera que este sea socialmente aceptable.

 

Así, el córtex prefrontal determina:

 

  1. Las capacidades necesarias para formular metas, diseño de planes.
  2. Las facultades implicadas en la planificación de los procesos y las estrategias para lograr los objetivos.
  3. Las habilidades implicadas en la ejecución de los planes.
  4. El reconocimiento del logro/no logro y de la necesidad de alterar la actividad, detenerla y generar nuevos planes de acción.
  5. La inhibición de respuestas inadecuadas.
  6. Una adecuada selección de conductas y su organización en el espacio y en el tiempo.
  7. La flexibilidad cognitiva en la monitorización de estrategias.
  8. Promueve la supervisión de las conductas en función de estados motivacionales y afectivos.
  9. Interviene en forma determinante en la toma de decisiones.

¿Por qué estas son funciones ejecutivas?

Los expertos Sholberg y Mateer (en 1989) definieron las funciones ejecutivas como un conjunto de procesos cognitivos entre los que se encuentran la anticipación, la elección de objetivos, la planificación, la selección de la conducta, la autorregulación, el autocontrol y el uso de realimentación. Así, describen entre sus componentes la dirección de la atención, el reconocimiento de los patrones de prioridad, la formulación de la intención, el plan de consecución, la ejecución del plan y el reconocimiento del logro.

 

Por su parte, Fuster, en su teoría general sobre la corteza prefrontal, consideró fundamental la estructuración temporal de la conducta. Así, propone tres funciones subordinadas que deben coordinarse: tenemos una función retrospectiva de memoria a corto plazo provisional, una función prospectiva de planificación de la conducta y una función consistente en el control y supresión de las influencias internas y externas que interfieren en la conducta. Ya en el 2000, Pineda definió las funciones ejecutivas como un conjunto de habilidades cognitivas que permiten la anticipación y el establecimiento de metas, el diseño de planes y programas, el inicio de las actividades y de las operaciones mentales, la autorregulación y la monitorización de las tareas, la selección precisa de los comportamientos y las conductas, la flexibilidad en el trabajo cognitivo y su organización en el tiempo y en el espacio para obtener resultados eficaces en la resolución de problemas.

 

En línea con lo anterior, Tirapu, Muñoz-Céspedes y Pelegrín (2002) y Tirapu y Muñoz-Céspedes (2005) definen el funcionamiento o control ejecutivo como el resultado de una serie de mecanismos implicados en la optimización de los procesos cognitivos para orientarlos hacia la resolución de situaciones complejas.

 

Así, asumen diferentes componentes como la memoria de trabajo, la orientación de la atención, la inhibición de respuestas automáticas y la monitorización de la conducta en función de sistemas de feedback.

 

Cómo estimular la corteza prefrontal

Aquí van algunas sugerencias sencillas para entrenar el córtex prefrontal, y así, estimular las funciones cerebrales vitales para estar más motivados, optimistas, con metas, entusiasmo y en camino al éxito que anhelamos. Los expertos afirman que si aumentamos una hora al día esta práctica, podemos volvernos más listos, más energéticos, más creativos, más sociales y más abiertos a nuevas experiencias y formas de pensar.

 

  1. Usar la mano no dominante para tareas rutinarias como cepillarse, peinarse, comer, escribir y mover el mouse. Así se estimularán las neuronas del hemisferio no dominante y por tanto, la otra mitad del cerebro.
  2. Al menos una vez en la semana divertir al cerebro pensando con juegos de lógica como rompecabezas, ajedrez, sudoku o crucigramas para que se estimulen las neuronas.
  3. Si se es muy lógico y racional, es decir, se maneja mucho el hemisferio izquierdo, entonces estimular al artista que se lleva dentro de sí, cantar, pintar, hacer algo creativo para estimular las conexiones del lado derecho.
  4. Cerrar los ojos y sentir que se puede hacer actividades cotidianas como bañarse o comer, así se estimularán los otros sentidos.
  5. Guardar la calculadora y regresar al lápiz y al papel para hacer ejercicios matemáticos simples.
  6. El cerebro tiene piloto automático y utiliza las mismas neuronas, así que, si se quiere mantener un cerebro joven, fuerte e inteligente, cambiar y buscar nuevas rutas, vestirse diferente, cambiar los muebles o lo que se quiera.
  7. Recordar que cuando se está triste, deprimido o con emociones negativas se libera cortisol en la sangre, lo que disminuye la circulación de sangre al cerebro, se cansa más fácil y no se tiene la misma agilidad.
  8. Utilizar la memoria: grabar caras, nombres, teléfonos, direcciones y hasta tareas.
  9. Hacer ejercicio, alimentarse bien y dormir lo suficiente. Por ejemplo, subir y bajar escaleras, caminar a un ritmo que nos resulte agradable, respirar profundamente en la naturaleza, tomar caminos diferentes mientras nos ejercitamos son estímulos que nos ayudarán.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

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