20
October
2014

UNOS AUDÍFONOS Y OTROS GIROS DE LA VIDA

 

 

Eli Bravo

 

Hace veintidós años tuve unos audífonos anaranjados. Eran de plástico, desvencijados y con un diseño pasado de moda. Solía apodarlos “los coquitos”. Me los entregó Miguel Sogbi, gran amigo y productor del programa matutino con el que a comienzos de los noventa despertábamos a Caracas entre risas, música y concursos. No recuerdo de dónde sacó Miguel esos audífonos, solo sé que desde el momento en que me los ajusté en las orejas les tomé especial cariño. Gracias a esos audífonos que reproducían un sonido distorsionado pude escuchar las voces de los miles de oyentes que llamaron a la estación. Aquel programa se llamó “Cualquier Cosa” y se convirtió en todo un fenómeno mediático. Allí nació la radio participativa.

 

El programa duró apenas dos años y medio. En los meses finales, María Alecia Izturriaga, oficial de comunicaciones de Unicef para la época, organizó una subasta de “objetos donados por celebridades”. El objetivo era recaudar fondos para niños sin hogar. María Alecia me invitó y yo subasté los coquitos. Pensé que nadie se interesaría en esos viejos audífonos, pero alguien pagó por ellos. Fue María Teresa Febreiro, una fiel oyente del programa quien trabajaba con mucho éxito en el área de finanzas. La compra me pareció un tierno gesto de su parte, pues si bien el valor real de aquellos coquitos era ínfimo, el propósito de la transacción encerraba un gran valor.

 

Giros, todo da vueltas como una gran pelota, dice Fito Páez.

 

Saltemos unos años. Digamos quince. Para ese entonces María Alecia ya no trabajaba en Unicef. Al igual que yo emigró a Miami y además de convertirse en una gran amiga se anota como productora de mi programa de radio. Así, durante años, parimos tres horas diarias de la mejor radio posible hasta que decido darle un giro a mi trabajo y me lanzo con Inspirulina. ¿Y quién fue cómplice en la aventura? María Alecia, por supuesto.

 

Gracias a su apoyo y el de muchísimas otras personas Inspirulina alzó vuelo. Hasta que el año pasado, como una progresión natural en mi trabajo como comunicador, me animé a ser conferencista. Con María Alecia y Coco Mata, su socia y mi compañera de promoción en la UCAB, organizamos la primera conferencia en Miami. Una noche nos acordamos de la historia de los audífonos.

 

Días más tarde me escribió María Teresa, quien ya no trabaja en finanzas y ahora vive en Panamá, donde es una excelente coach certificada y publica en Inspirulina. Me comenta que le gustaría organizar una de mis conferencias en Panamá. “No tengo experiencia en esto” me confiesa, pero le sobraban las ganas, las mismas que la impulsaron a dejar una carrera insatisfactoria para dedicarse a lo que realmente le inspira: ayudar a las personas.

 

Siguen los giros. Hace apenas unos días María Teresa me presentó ante el público panameño. En la sala había gente de todas partes, incluyendo a Jesús Sierraalta, un caraqueño quien tras vivir en varios países, el día anterior había llegado a Panamá con intenciones de inmigrar. Aparte del interés en la charla, lo motivó a asistir una peculiar sincronía: en su equipaje llevaba un viejo papel arrugado, la entrada a la fiesta del primer aniversario de Cualquier Cosa. Aquello había sido en 1993, el año de los audífonos.

 

Al escuchar su historia no pude sino sonreír. Allí estaba María Teresa, feliz y trabajando en su propósito de vida. Por otro lado, y en pocos días, sabía que estaría con María Alecia celebrando sus cincuenta años. Y para rematar, Jesús, quien trabaja en la organización de eventos, me invitó a explorar la posibilidad de organizar algo juntos en Perú.

 

¿Y los audífonos? Están guardados en alguna de las cajas que María Teresa dejó en el camino. Pero la verdad, ya no importa el paradero. Lo maravilloso ha sido la misión cumplida.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

19
October
2014

UN GRAVE ERROR

 

 

Stephen Crane

“Historias de Nueva York”

 

Un italiano tenía un puesto de frutas en una esquina desde donde podía atraer a aquellos que bajaban de la estación elevada y a aquellos que pasaban por dos calles atestadas. El tendero se sentaba la mayor parte del día en un taburete que tenía colocado de manera estratégica.

Había un chiquillo que vivía cerca, cinco plantas por encima, y que consideraba a aquel italiano como un ser tremendo. El niño había investigado el puesto de frutas. Lo había impresionado como pocas cosas que hubiese visto antes en sus viajes. Allí, dispuestos en asombrosas hileras, se encontraban todos los manjares del mundo en lujuriosos montones. Cuando observaba al italiano sentado en medio de tesoro tan espléndido, el labio inferior se le descolgaba y alzaba los ojos, llenos de un profundo respeto, hacia el rostro del vendedor. Lo adoraba como si estuviese contemplando la omnipotencia.

El niño iba a menudo a la esquina, merodeaba el puesto y observaba cada detalle del negocio. Estaba fascinado por la tranquilidad del vendedor, su majestad de poder y posesión. A veces, estaba tan absorto en la contemplación del puesto, que la gente, a toda prisa, tenía que tener cuidado para no atropellarlo.

Nunca se había atrevido a acercarse demasiado. Tenía el hábito de acechar cautelosamente desde el bordillo. Incluso allí parecía un niño que contemplase, sin estar invitado, un banquete de dioses.

Un día, sin embargo, mientras el niño estaba absorto, el vendedor se alzó y pasando por la parte delantera del puesto, comenzó a dar brillo a las naranjas con un pañuelo rojo. El espectador, sin aliento, avanzó por la acera hasta que su rostro casi tocó la manga del vendedor. Con los dedos retorcía un pliegue de su traje.

Por fin, el italiano acabó con las naranjas y volvió a su taburete, de detrás de un racimo de plátanos sacó un periódico escrito en su idioma, se removió hasta conseguir una postura cómoda y clavó los ojos con fiereza en el periódico. El niño se quedó frente a frente con los innumerables dones del mundo.

Durante un rato fue un simple idólatra de aquel santuario dorado. Después se apoderaron de él unos deseos tumultuosos. Tenía sueños de conquista. Sus labios temblaron. Entonces se formó en su cabeza un pequeño plan.

Se acercó sigilosamente lanzando furtivas miradas al italiano. Luchó por mantener una actitud convencional, pero la conspiración estaba escrita en sus facciones.

Por fin se había acercado lo suficiente como para tocar la fruta. De debajo del andrajoso faldón sacó una manita sucia. Aún tenía los ojos clavados en el vendedor con el gesto totalmente rígido, excepto por el labio inferior, que mostraba un ligero aleteo. Extendió la mano.

Los trenes elevados atronaban de camino a la estación y la escalera derramaba gente sobre las aceras. Se podía oír un profundo rugido marino procedente de los pies y de las ruedas que pasaban sin cesar. Nadie parecía ver a aquel chico sumido en tan magnífica aventura.

El italiano dio la vuelta al periódico. De repente el pánico golpeó al niño. Bajó la mano y dejó escapar un suspiro de desesperanza. Durante un instante siguió mirando al vendedor. Era evidente que en su cabeza se producía un gran debate. Su intelecto infantil había definido al italiano. Sin duda era un hombre capaz de comerse a los niños que lo provocaran, y la alarma que le había producido el vendedor al girar el periódico le hizo ver con nitidez las consecuencias que acarrearía el ser detectado.

 

Pero en aquel momento, el vendedor emitió un gruñido de placer e inclinando el taburete contra la pared, cerró los ojos. El periódico cayó ignorado.

El niño dejó el escrutinio y de nuevo alzó la mano. Se movía con suprema precaución hacia la fruta, con los dedos doblados, como una garra, dominados por una codicia arrebatadora.

En un momento se detuvo y los dientes le castañearon convulsivamente pues el vendedor se movió en sueños. El chiquillo, con la mirada aún fija en el italiano, volvió a extender la mano y los rapaces dedos se cerraron sobre un fruto redondo.

Y estaba escrito que el italiano abriría en aquel instante los ojos. Atravesó al pequeño con una mirada inquisitiva y el niño, con una expresión en el rostro de profunda culpa, puso inmediatamente el fruto redondo en su espalda y comenzó a realizar una serie de enloquecidos y elaborados gestos declarando su inocencia.

El italiano aulló, se puso de pie de un salto, y en tres pasos alcanzó al niño. Lo zarandeó fieramente y de sus deditos arrancó un limón.

 

Fuente: http://leereluniverso.blogspot.com/

18
October
2014

EL HOMBRE MUERTO

 

 

Horacio Quiroga

 

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.

Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía.

El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano. Apreció mentalmente la extensión y la trayectoria del machete dentro de su vientre, y adquirió fría, matemática e inexorable, la seguridad de que acababa de llegar al término de su existencia.

La muerte. En el transcurso de la vida se piensa muchas veces en que un día, tras años, meses, semanas y días preparatorios, llegaremos a nuestro turno al umbral de la muerte. Es la ley fatal, aceptada y prevista; tanto, que solemos dejarnos llevar placenteramente por la imaginación a ese momento, supremo entre todos, en que lanzamos el último suspiro.

Pero entre el instante actual y esa postrera expiración, ¡qué de sueños, trastornos, esperanzas y dramas presumimos en nuestra vida! ¡Qué nos reserva aún esta existencia llena de vigor, antes de su eliminación del escenario humano!

Es éste el consuelo, el placer y la razón de nuestras divagaciones mortuorias: ¡Tan lejos está la muerte, y tan imprevisto lo que debemos vivir aún!

¿Aún…? No han pasado dos segundos: el sol está exactamente a la misma altura; las sombras no han avanzado un milímetro. Bruscamente, acaban de resolverse para el hombre tendido las divagaciones a largo plazo: Se está muriendo.

Muerto. Puede considerarse muerto en su cómoda postura.

Pero el hombre abre los ojos y mira. ¿Qué tiempo ha pasado? ¿Qué cataclismo ha sobrevivido en el mundo? ¿Qué trastorno de la naturaleza trasuda el horrible acontecimiento?

Va a morir. Fría, fatal e ineludiblemente, va a morir.

El hambre resiste —¡es tan imprevisto ese horror! y piensa: Es una pesadilla; ¡esto es! ¿Qué ha cambiado? Nada. Y mira: ¿No es acaso ese bananal? ¿No viene todas las mañanas a limpiarlo? ¿Quién lo conoce como él? Ve perfectamente el bananal, muy raleado, y las anchas hojas desnudas al sol. Allí están, muy cerca, deshilachadas por el viento. Pero ahora no se mueven… Es la calma del mediodía; pero deben ser las doce.

Por entre los bananos, allá arriba, el hombre ve desde el duro suelo el techo rojo de su casa. A la izquierda entrevé el monte y la capuera de canelas. No alcanza a ver más, pero sabe muy bien que a sus espaldas está el camino al puerto nuevo; y que en la dirección de su cabeza, allá abajo, yace en el fondo del valle el Paraná dormido como un lago. Todo, todo exactamente como siempre; el sol de fuego, el aire vibrante y solitario, los bananos inmóviles, el alambrado de postes muy gruesos y altos que pronto tendrá que cambiar…

¡Muerto! ¿Pero es posible? ¿No es éste uno de los tantos días en que ha salido al amanecer de su casa con el machete en la mano? ¿No está allí mismo con el machete en la mano? ¿No está allí mismo, a cuatro metros de él, su caballo, su malacara, oliendo parsimoniosamente el alambre de púa?

¡Pero sí! Alguien silba. No puede ver, porque está de espaldas al camino; mas siente resonar en el puentecito los pasos del caballo… Es el muchacho que pasa todas las mañanas hacia el puerto nuevo, a las once y media. Y siempre silbando.. Desde el poste descascarado que toca casi con las botas, hasta el cerco vivo de monte que separa el bananal del camino, hay quince metros largos. Lo sabe perfectamente bien, porque él mismo, al levantar el alambrado, midió la distancia.

¿Qué pasa, entonces? ¿Es ése o no un natural mediodía de los tantos en Misiones, en su monte, en su potrero, en el bananal ralo? ¡Sin dada! Gramilla corta, conos de hormigas, silencio, sol a plomo…

Nada, nada ha cambiado. Sólo él es distinto. Desde hace dos minutos su persona, su personalidad viviente, nada tiene ya que ver ni con el potrero, que formó él mismo a azada, durante cinco meses consecutivos, ni con el bananal, obras de sus solas manos. Ni con su familia. Ha sido arrancado bruscamente, naturalmente, por obra de una cáscara lustrosa y un machete en el vientre. Hace dos minutos: Se muere.

El hombre muy fatigado y tendido en la gramilla sobre el costado derecho, se resiste siempre a admitir un fenómeno de esa trascendencia, ante el aspecto normal y monótono de cuanto mira. Sabe bien la hora: las once y media… El muchacho de todos los días acaba de pasar el puente.

¡Pero no es posible que haya resbalado..! El mango de su machote (pronto deberá cambiarlo por otro; tiene ya poco vuelo) estaba perfectamente oprimido entre su mano izquierda y el alambre de púa. Tras diez años de bosque, él sabe muy bien cómo se maneja un machete de monte. Está solamente muy fatigado del trabajo de esa mañana, y descansa un rato como de costumbre.

¿La prueba..? ¡Pero esa gramilla que entra ahora por la comisura de su boca la plantó él mismo en panes de tierra distantes un metro uno de otro! ¡Ya ése es su bananal; y ése es su malacara, resoplando cauteloso ante las púas del alambre! Lo ve perfectamente; sabe que no se atreve a doblar la esquina del alambrado, porque él está echado casi al pie del poste. Lo distingue muy bien; y ve los hilos oscuros de sudor que arrancan de la cruz y del anca. El sol cae a plomo, y la calma es muy grande, pues ni un fleco de los bananos se mueve. Todos los días, como ése, ha visto las mismas cosas.

…Muy fatigado, pero descansa solo. Deben de haber pasado ya varios minutos… Y a las doce menos cuarto, desde allá arriba, desde el chalet de techo rojo, se desprenderán hacia el bananal su mujer y sus dos hijos, a buscarlo para almorzar. Oye siempre, antes que las demás, la voz de su chico menor que quiere soltarse de la mano de su madre: ¡Piapiá! ¡ Piapiá!

¿No es eso… ? ¡Claro, oye! Ya es la hora. Oye efectivamente la voz de su hijo…

¡Qué pesadilla…! ¡Pero es uno de los tantos días, trivial como todos, claro está! Luz excesiva, sombras amarillentas, calor silencioso de horno sobre la carne, que hace sudar al malacara inmóvil ante el bananal prohibido.

…Muy cansado, mucho, pero nada más. ¡Cuántas veces, a mediodía como ahora, ha cruzado volviendo a casa ese potrero, que era capuera cuando él llegó, y antes había sido monte virgen! Volvía entonces, muy fatigado también, con su machete pendiente de la mano izquierda, a lentos pasos.

Puede aún alejarse con la mente, si quiere; puede si quiere abandonar un instante su cuerpo y ver desde el tejamar por él construido, el trivial paisaje de siempre: el pedregullo volcánico con gramas rígidas; el bananal y su arena roja: el alambrado empequeñecido en la pendiente, que se acoda hacia el camino. Y más lejos aún ver el potrero, obra sola de sus manos. Y al pie de un poste descascarado, echado sobre el costado derecho y las piernas recogidas, exactamente como todos los días, puede verse a él mismo, como un pequeño bulto asoleado sobre la gramilla —descansando, porque está muy cansado.

Pero el caballo rayado de sudor, e inmóvil de cautela ante el esquinado del alambrado, ve también al hombre en el suelo y no se atreve a costear el bananal como desearía. Ante las voces que ya están próximas —¡Piapiá!— vuelve un largo, largo rato las orejas inmóviles al bulto: y tranquilizado al fin, se decide a pasar entre el poste y el hombre tendido que ya ha descansado.

 

Fuente: http://www.cuentosinfin.com/