28
January
2015

UN PENSAMIENTO MÁS ALLÁ

 

 

Gabriel Sandler

 

Estás a un pensamiento de distancia de sentirte auténtica y absolutamente confiado. Estás a un paso de distancia de avanzar con fuerza, efectividad y decisión en dirección a tus sueños.

 

Con tan sólo un pensamiento positivo, alentador, puedes dar un giro hacia el éxito, la excelencia, la disciplina y el compromiso. A partir de tan sólo un pensamiento que resuene con tu verdadero propósito, puedes transformar tu percepción del mundo entero.

 

Busca en tu espacio interior, donde se nutre tu visión respecto de la mejor de las vidas que puedes llegar a imaginar. Con todo lo que tienes, con todo lo que eres, siente la hermosa realidad de esa visión.

 

Y comprende que todo aquello que puedes imaginar, todo aquello que puedes sentir, lo puedes crear. De hecho, ya existe dentro de ti.

 

Siente dentro de ti la realidad de la vida tal como tú sabes que puede ser. Luego, con tus palabras, tus acciones, tus prioridades, tus compromisos, con tu concentración y disciplina, expresa ese hermoso valor, pleno de sentido.

 

En cada instante, en cada circunstancia, a través de cada desafío, deja que ese inmenso valor fluya desde ti. Nunca estará a más de tan sólo un pensamiento de distancia.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

28
January
2015

EL PASEO DE ANDRÉS LÓPEZ

 

 

Mempo Giardinelli

 

A causa de la velocidad a la que descendía el ascensor neumático, Andrés López sintió que un intenso frío le subía desde los pies; le pareció tener el estómago en el cuello, las manos en la cabeza y la cabeza mucho más arriba, como si hubiera quedado suspendida en el piso veintiuno mientras su cuerpo caía.

 

En la vereda se encontró con un atardecer nacarado, que le recordó a los Campos Elíseos en otoño. Los edificios altos se asomaban por sobre los árboles de la avenida, dibujándose en el crepúsculo de sangre ardiente que iba oscureciendo al mundo, mientras unos pocos peatones caminaban presurosos, tiritando, por los cincuentenarios adoquines. Aspiró el aire puro, rápidamente familiarizado con la tarde (como siempre a esa misma hora, cuando se retiraba de la clínica) y se dirigió a su automóvil, casi presuntuosamente, tarareando una vieja canción.

 

Abrió la puerta, se sentó y al girar la llave de contacto observó por el espejo retrovisor que de un edificio vecino salían, veloces, tres sujetos cuyas caras reconoció; también vio, en la cuadra anterior, un Falcon verde, correctamente estacionado, con cuatro hombres a bordo. Sintió un escalofrío, comprobó que se apagaba la luz roja (lo que indicaba que el motor estaba caliente) y en ese momento descubrió el orificio negro, al final de un caño angosto y medianamente largo, junto a su ojo izquierdo.

 

–Correte –le ordenó una voz. Andrés López, torpe, mecánicamente, se pasó a la butaca derecha–. Ahora destrancá las puertas traseras.

 

Lo hizo. Subieron dos individuos de aspecto infantil: uno era moreno, bajo, insignificante y tan nervioso que su cara, de tantos tics, parecía un letrero luminoso; el otro, un rubio huesudo, grandote como un camión Mack, tenía una expresión como de estudiado asombro permanente y se movía con dificultad. Ambos le sonrieron mientras el coche se ponía en movimiento, conducido por el primer individuo. Lentamente avanzaron hacia la esquina; allí doblaron hacia el este.

 

El de los tics lo apuntaba con una pistola 45 negra, brillante, que parecía recién comprada.

 

–Quedate tranquilo, tordo –dijo el rubio, con voz suave–. Hoy vas a llegar un rato más tarde a tu casa, pero resulta que no ando bien. Me duele mucho y los muchachos opinan que la herida se está pudriendo. Quiero que me cures, me des de alta y no nos veamos más.

 

Andrés López apenas podía controlar sus nervios. Observó al que manejaba, un individuo de cara vulgar, neutra, que con un traje negro y un poco de talco en las mejillas hubiera pasado por director de un cortejo fúnebre, y sintió que su piel se erizaba. Haciendo un esfuerzo, logró serenarse, resignado, y dijo:

 

–Está bien –se dio vuelta para mirar hacia atrás, lentamente, sin movimientos sospechosos–, muéstreme la herida…

 

El rubio se quitó el saco, se levantó el suéter y desabrochó todos los botones de la camisa, lo que permitió ver su enorme pecho velludo atravesado por un grueso vendaje, manchado de sangre desde las tetillas hasta la cintura.

 

–Permítame –dijo Andrés López después de sacar, cauta, insospechablemente, una tijerita de su maletín.

 

Mientras limpiaba la herida, echándole un polvito blanco primero y luego una considerable cantidad de tintura de Merthiolate, recordó que, ocho días antes, los mismos tres sujetos lo habían abordado. Incómodamente instalado en el asiento posterior, en aquella oportunidad había tenido que extraer una bala calibre 38 de entre las costillas del Mack (quien sólo transpiró, sin emitir una mínima queja), en pésimas condiciones de asepsia, en medio del mutismo tenso de los otros dos y con la amenazante urgencia que significaba la 45 del mequetrefe de los tics, cuya cabeza parecía patinarle sobre el cuello en pequeños movimientos convulsivos. Al cabo de una interminable, extenuante, hora de labor, le habían advertido que lo verían nuevamente para que finalizara la curación y, mientras tanto, si quería a su familia, debía mantenerse en absoluto silencio, comportarse como lo hacía habitualmente, llevar siempre el maletín en el coche y, obviamente, no avisar a la policía. Después se apearon en la Costanera Norte, detrás del Aeroparque, ascendieron a un Torino azul, sin patente, que parecía esperarlos, y se alejaron velozmente.

 

Mientras terminaba la curación, se dijo que había realizado un buen trabajo, ciertamente, ya que la herida, aunque inflamada y violácea, no presentaba infección. Al concluir el nuevo vendaje, más liviano y flojo, sintió que le dolía la espalda. Se acomodó en su asiento y observó que marchaban despaciosamente por Pampa, rumbo a la costanera.

 

–Tiene que seguir cuidándose –afirmó–, pero no es necesario que vea a un médico. Dentro de una semana, más o menos, sáquese la venda, píntese con Merthiolate y cúbrase la herida con un par de gasas y tela adhesiva. Y tome los antibióticos que le receté el otro día durante una semana más. Eso es todo.

 

El Mack lo miró con una sonrisa.

 

–Te portaste, tordo –le dijo, y después se dirigió al que conducía–. Seguí derecho y da la vuelta por Salguero. Parece temprano todavía…

 

Andrés López suspiró profundamente, se pasó una mano por los cabellos y miró a través de la ventanilla. Por el rabillo del ojo observó al grandote, a quien el crepúsculo le partía la cara en dos pedazos, uno de los cuales estaba sorprendentemente dorado. Este se dio cuenta y amplió su sonrisa.

 

–¿Cuánto levantás por mes?

 

–Bastante, pero menos de lo que ustedes se imaginan.

 

–Los médicos ganan mucha guita. ¿A vos no te alcanza?

 

–No. Tengo a mi madre enferma. Cáncer. Y además, mujer y cuatro hijos. Con mi vieja llevo gastada una millonada de pesos. Y encima estoy pagando la casa y el coche. Un médico gana bien, sí, pero yo tengo demasiados compromisos.

 

–¿Y tus hijos?

 

–Van al colegio. Son chicos.

 

–¿Y tu mujer?

 

–Está con mi madre.

 

No hicieron más preguntas. Andrés López se propuso no hablar si no lo interrogaban. Mediría sus respuestas; ni una palabra más que las necesarias.

 

Llegaron a Salguero y giraron en redondo, lentamente, enfilando luego hacia la Ciudad Universitaria; el viento helado se filtraba por las rendijas de las ventanillas y Andrés López sentía que una parte de su cara se congelaba y perdía la sensibilidad. Su corazón latía veloz, vigorosamente, como cada vez que se ejecutaba un penal favorable a Racing. Como si hubieran advertido su ansiedad, lo convidaron con un cigarrillo, que aceptó, y los cuatro empezaron a fumar. Enseguida comprobó que se relajaba y pensó que, al fin y al cabo, no tenía por qué preocuparse; se trataba de un paseo placentero, era otro quien conducía y él podía mirar los resplandores de la costanera esparcidos sobre el ancho río, o, del lado de la ciudad, los árboles que se iban confundiendo con las sombras de la noche que caía.

 

–Así que tu vieja se está muriendo –comentó el del volante–. Si hubiéramos sabido no te tocábamos. La verdad que te portaste.

 

El tono de disculpa le resultó chocante.

 

–Y decí que la vez pasada te quedaste piola –sonrió el de la 45, negando enfáticamente.

 

–Cierto –afirmó el Mack–. La gente no entiende que si se resisten es peor: uno se pone nervioso y se escapan los tiros. Matar no es lindo.

 

Quedaron nuevamente en silencio. En Núñez volvieron a girar, cuando ya casi era de noche y en el cielo se dibujaba un arco blancuzco, como una gran aureola de santo que cubría toda la ciudad. El Mack añadió:

 

–Por cualquier cosa, decile a tu familia que si alguna vez los enciman, no se resistan. La cana y nosotros, todos, estamos medio nerviosos y en una de ésas… Uno nunca sabe.

 

Andrés López, perplejo, se preguntó cómo era posible ese trato, esa charla absurda con esos tres individuos que no tenían, precisamente, caras de perdonavidas y que lo hacían pasar del estupor y el sobresalto a la curiosidad.

 

–¿Por qué me “encimaron” a mí?

 

–Casualidad –dijo el Mack–, pero te darás cuenta de que nosotros no estamos en el escruche; necesitábamos un médico y buscamos uno bien debute. Te tocó a vos.

 

El de la 45 comentó algo en voz baja. Mack asintió.

 

–Che, tordo –dijo el de los tics, sonriendo–, te vamos a pagar por lo que hiciste, ¿eh? Doscientas lucas y mi bobo, ¿te parece bien? No tenemos más efectivo encima, ¿sabés?

 

–Pero… –se oyó a sí mismo Andrés López, pasmado, negándose a reconocer que alguna vez las reglas del juego podían dejar de cumplirse, incapaz de admitir que existieran reglas diferentes de las suyas.

 

–Sí, quedátelos –confirmó el Mack, pasándole por sobre su hombro un pequeño fajo de billetes de diez mil y, envuelto en un dudoso pañuelo, un pesado reloj de oro.

 

Después apartó con un dedo la pistola de su compañero, quien la guardó bajo el cinturón mientras guiñaba como si se hubiera encontrado con Susana Giménez en el baño de hombres del Luna Park.

 

–Tenés la vieja enferma y familia numerosa –agregó–. Además parecés buen tipo, te portaste y seguro que andás seco. Es lo que yo siempre digo: éste es un país de mierda.

 

Andrés López reprimió, severamente, una sonrisa. El otro seguía:

 

–Claro, acá todos quieren laburar tranquilos y tomar mate los domingos en la casita de las afueras. Pero nadie puede, salvo los bacanes o los mafiosos, que al fin y al cabo son la misma cosa. Entonces todo es cuestión de huevos: el que se da cuenta de que no vale la pena deslomarse por un sueldo de mierda tiene dos caminos: o se resigna o se pasa a nuestro lado.

 

–Cuál.

 

–Negocios, tordo, negocios.

 

Se cruzaron con dos patrulleros, que hacían sonar sus sirenas, estridentemente.

 

–Hijos de puta –sentenció el Mack.

 

–Nos andan buscando –explicó el que manejaba–. Nos vendió un botón.

 

–¿Quién?

 

–Un comisario, un botón. Hay muchos taqueros que laburan para nosotros. Por la plata baila el mono, tordo. Pero este cornudo nos vendió.

 

Los patrulleros entraron a la zona portuaria.

 

–¿Y ahora qué harán? –se atrevió a preguntar.

 

–Enseguida terminamos el paseíto, quedate tranquilo.

 

Andrés López tuvo la sensación de que se le anudaban algunas tripas.

 

–¿Necesitás más guita? –le preguntó el Mack.

 

–¿Eh..? No, no –sintió unas irresistibles, súbitas ganas de vomitar.

 

–Dale, no te hagás el estrecho, tordo. Medio palo. Es un préstamo. Te lo podemos hacer llegar mañana. Te portaste, viejo.

 

–No, por favor, yo…

 

–Bueno, como quieras –dijo el que conducía, apretando el pedal del freno–. Acá nos bajamos y vos te quedás chito, ¿eh?

 

El automóvil se detuvo frente al carrito 56, sobre la vereda de los murallones que dan al río. El olor de las primeras achuras comenzaba a embriagar el aire de la noche, que había caído pesadamente sobre Buenos Aires, cuando los tres individuos descendieron rápidamente, dejando el coche en marcha.

 

–Chau, tordo, y gracias por todo –le dijeron, dirigiéndose apresuradamente hacia el Torino azul, que estaba estacionado diez metros más adelante.

 

En ese momento se encendió un buscahuellas, al costado de una camioneta detenida junto al restaurante, e iluminó al trío. Varias ráfagas de ametralladora los barrieron, mientras una decena de policías de civil corría hacia ellos.

 

–¡El tordo no! –alcanzó a gritar una voz, que Andrés López reconoció era la del Mack, antes de que la silenciara un último balazo.

 

Los policías llegaron junto a los cuerpos de los tres desgraciados. De un Falcon verde descendió un hombre gordo, bajo y moreno, con una pistola en la mano; se acercó al Mack, lo miró unos segundos, le apuntó a la cabeza y disparó. Después guardó el arma en su cintura, impartió algunas órdenes y caminó lentamente, complacido, fatuo, hacia el automóvil de Andrés López.

 

–Buen trabajo, doctor –lo saludó, extendiéndole la mano.

 

Andrés López no respondió. Con la vista clavada en los tres cuerpos extendidos desprolijamente sobre el pavimento, empezó a vomitar.

 

Fuente: http://m.pagina12.com.ar/

26
January
2015

ZAMUDIO

 

 

Gino Winter

 

Conocí a Zamudio una mañana en la que fui a la oficina principal del Banco Sabadell como ayudante de Mario -un ingeniero nicaragüense- a darle mantenimiento a los equipos de aire acondicionado.

Cuando estábamos esperando a que cerraran las puertas para empezar con nuestras labores técnicas, una rubia alta de escote profundo se acercó a su ventanilla y le preguntó -con voz de telefonista de hot line- dónde quedaba la ventanilla para adquirir cheques de viajero; Zamudio, con la mirada fija en los atributos de la chica, estiró su mano con el dedo índice señalando hacia la derecha, sin percatarse de que en el camino le apuntaba amenazante un ventilador, de esos antiguos de metal, que casi le destrozó el dedo…

 

Me acerqué preocupado a socorrerlo, pero ya sus compañeros lo estaban atendiendo y me llamó la atención la actitud tranquila de Mario, quien vio el accidente como quien ve llover. Luego me contó que no era la primera vez que a Zamudio le ocurría un accidente de lo más idiota, que más bien era una costumbre en su vida cotidiana.

 

Durante los pocos días que estuve trabajando en el banco, pude percatarme de que, al margen de su actitud distraída y de su vida accidentada, Zamudio era una persona extremadamente amable y de modales muy finos. Zamudio, de mediana edad y mediana estatura, lucía una figura espigada y cara de intelectual; vestía como asistente de profesor universitario, con corbata michi y anteojos a lo Sartre, y regularmente llevaba un libro bajo el brazo.

 

Siempre que pasaba por su ventanilla me saludaba, a lo militar, con su dedo enyesado y algunas veces coincidíamos en el Starbucks y en restaurantes de comida rápida, pues el local de Mario, donde yo tenía trabajos eventuales, quedaba cerca del banco. Descubrí que teníamos pasatiempos en común, como la lectura, el diseño y la pintura y tuvimos conversaciones muy amenas, donde Zamudio hizo gala de poseer una vasta cultura.

 

Se me estaba haciendo costumbre ver a Zamudio siempre con un parche, una venda, un lente roto o aunque sea un curita, cuando no estaba con el bolsillo de la camisa manchado por la tinta escapada de su pluma fuente. A veces se parecía a uno de esos simpáticos personajes trágicos de Woody Allen o al Arthur Newton, del libro de lecturas del Instituto Británico.

 

Una tarde en que unos técnicos cortaron momentáneamente la electricidad, Zamudio subía distraído leyendo una carta de reclamo, al segundo piso del banco, por una escalera que estaba medio en penumbras. Delante de él, Kórac -un amanuense gigantón, refugiado croata que sufría de males de la guerra-, subía también, portando un paquete de libros en la mano. Zamudio, sin darse cuenta, tocó la espalda de Kórac, justo cuando llegaban a los últimos escalones, activando el delirio de persecución del croata, quien, asustado, solo atinó a soltar los libros y propinarle a Zamudio un sófero cachetadón con el revés de la mano, que lo regresó de golpe al primer piso, luego de un artístico volantín con caída de payaso.

 

Cuando llegué a la sala de recuperación del Baptist Hospital, pregunté por Zamudio y me dijeron que busque al paciente que tenía más yeso. Lo encontré justo cuando lo trasladaban a su cuarto y le pregunté qué le pasó y me contó que solo recordaba que subía por la escalera leyendo una carta, chocó con algo pesado y cuando levantó la vista para ver qué ocurría, se le apagó la luz y despertó enyesado en el hospital. Tuve que darle en la boca los bombones Ferrero Rocher, y sostenerle el sorbete (straw) de su Coca-Cola, y luego leerle un par de artículos de la revista SUBURBANO, de una edición en papel que encontré en Books & Books.

 

Cada vez que lo visitaba en el hospital, me contaba de algún pequeño accidente que había sufrido: le dieron sobredosis de medicamentos, le pusieron una inyección equivocada, le afeitaron el pubis confundiéndolo con un paciente de fimosis y por poco lo operan de la próstata.

Él estaba feliz en el hospital, pues era el niño mimado de las bellas enfermeras, que cada vez que pasaban por su lado lo saludaban con una ternura infinita (una veterana me confió: ”me da tanta pena este muchacho…”)

 

Varios meses después, a mi regreso de Tampa, encontré a Zamudio, recuperado, en la puerta de una compañía de seguros, en el centro de Miami, en plena esquina, mirando hacia todos lados, como si se le hubiera perdido algo. Luego de saludarnos me contó que estaba buscando a un vendedor pirata de películas clásicas -ilegales- que solía pararse en esa esquina a vender su mercadería prohibida ”de muy buena calidad” a módicos precios. <<¿No será el tipo ese de la gorrita peruana y la mochila militar?>> le dije, señalando a un tipo sospechoso que fumaba un cigarrillo a unos pasos de nosotros, <<¡Ese es!>> dijo Zamudio, tomándome del brazo y caminando conmigo hacia él, justo en el momento en que un ómnibus de turismo se estrellaba contra las puertas de la compañía de seguros, chocado previamente por un camión blindado, en la misma esquina en la que estábamos parados Zamudio y yo, segundos antes.

<<Es la segunda vez que me pasa>> dijo Zamudio, pálido, temblando como un perro chino.

<<Mejor me voy a descansar a mi casa, visítame cuando gustes>> me dijo, extendiéndome una tarjeta con su dirección en un bello suburbio del North West.

 

Acompañé a Zamudio por dos cuadras, ayudándole a esquivar un buzón sin tapa y un poste. Luego de despedirnos, caminé de regreso hacia la South Miami Avenue, para rescatar a mi viejo Volvo de las cocheras del Mary Brickell Village, volteando de vez en cuando la cabeza, melancólicamente, hasta que pude ver a Zamudio en el paradero, subiendo al ómnibus equivocado, camino hacia el sur…

 

Fuente: http://suburbano.net/