LA VIEJA QUE LLEVO ADENTRO

 

 

Hernán Casciari

 

A veces me quedo un rato, en la calle, esperando que un albañil se caiga de su andamio. Y si no se cae, me voy puteando al pobre diablo, como si me hubiese fallado, como si el inocente empleado de la construcción me hubiese prometido algo y no lo hubiera cumplido. Es la vieja que llevo dentro la que espera en vano esa caída. No soy yo.

Como es de público conocimiento, adentro de todos nosotros vive una vieja. Es ella la que nos hace mirar lo que no queremos o no debemos ver: los pedazos de gente en la ruta cuando hay un accidente, o la hendija abierta de las ventanas cuando hay vecinos cogiendo, o los gusanos que le comen el estómago a los perros muertos en las zanjas, o el pito a los señores en los vestuarios.

Pensaba en esto anoche, durante la final Portugal—Grecia. Yo hinchaba, como es lógico, para los portugueses, porque siempre hay que estar en contra cualquier equipo que se cuelga del travesaño, como los griegos; pero la vieja que vive dentro mío quería que Portugal perdiese en su casa. Para ver sufrir a la gente.

La vieja deseaba el dolor portugués más que nada en este mundo. Quería que a esos seis millones de almas eufóricas se les atragantara la felicidad como un hueso de pollo en la garganta, y los asfixiara lentamente, y que se les pusiera el cogote primero verde y después rojo, como sus camisetas.

No sé por qué razón a la vieja que llevo dentro le gusta ver llorar a los locales, verlos irse a sus casas cabizbajos y sin fiesta, masticando la serpentina, sin ganas ni de arrastrar los pies. A ella le gusta más la tristeza del fútbol que su euforia. Y salvo que juegue Argentina (ahí la vieja es una fanática más) al deporte lo mira para ver sufrir a los pueblos. ¡Y cómo goza!

No sé cómo será la vieja interna del resto de la gente, pero la mía es una sexagenaria chota que no tiene nada que hacer y se la pasa esperando que acontezca la desgracia ajena o el morbo. Usa mis ojos como celosía de verano, y por esas persianas lo escudriña todo: busca entretenimiento allí donde yo debería compadecerme, e intenta mirar justo lo que mis ojos no tendrían que haber visto nunca.

Se agarra unas calenturas marca cañón, por ejemplo, cuando los noticieros editan y ocultan las imágenes de la gente decapitada por Al-Qaeda.

“¡Muestren al japonesito; muestren, cobardes!” —grita como una posesa desde la orilla del televisor, y para disimular postula la teoría de la libertad de prensa.

Y cuando se patina alguien por la calle, le da semejante atracón de risa que yo —por atender sus carcajadas— no puedo ni ayudar a incorporarse al peatón caído en desgracia. Y no es capaz de mirar un avión en el cielo sin desear, profundamente, que se caiga (si es posible en un lugar poblado de gente rubia). Ni puede librarse de la tentación de buscar la edad de los muertos en las necrológicas, esperando encontrar chicos. Y si los encuentra, lee con detenimiento, conteniendo la respiración, el mensaje doloroso de los deudos.

En mi adolescencia la pasé muy mal en los velorios de los abuelos de mis amigos. No podía ni entrar, porque a la vieja que llevo dentro le daban ganas de pensar cosas desopilantes. Una vez, en medio de un entierro, me contó el chiste de la monja que se compra una bondiola y me tuvieron que echar a patadas.

A veces no sé qué hacer con esta señora, porque me quita puntos fundamentales en mi paulatino ascenso a los cielos. Por eso, cada vez que rezo, le explico a Dios que si no fuera por la vieja que llevo adentro, yo sería un santo.

Pero es probable que también Él tenga una vieja metida adentro —una Super Vieja Celestial— que se ríe de todos los terremotos y las guerras y los sidas de este mundo.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

RECUERDOS DE DON CHICHO EN CHILE

 

 

Mempo Giardinelli

 

A principios de septiembre de 1970, el hoy mundialmente reconocido fotógrafo Carlos Bosch y yo éramos pibes, principiantes en el periodismo. Trabajábamos en una revista que se llamaba Semana Gráfica, que era una de las tres publicaciones de actualidad de la Editorial Abril, por entonces una de las dos empresas periodísticas más importantes de la Argentina (la otra era Atlántida).

Quizá porque éramos los más jóvenes de aquella redacción, nos tocaba cubrir notas juntos, y también viajar, a diferentes puntos del país y el continente. Y a veces nuestras notas se publicaban también en otras revistas de la casa, 7 Días Ilustrados y Panorama, entre ellas. La Editorial Abril, entonces, era una extraordinaria cantera de fotógrafos, periodistas y escritores. Entre éstos, Juan Gelman, Olga Orozco, Tomás Eloy Martínez, Osvaldo Soriano y tantos y tantas más.

La semana del 4 de septiembre de 1970, cuando Salvador Allende ganó las elecciones presidenciales en Chile, nos tocó volar a Santiago y lo entrevistamos por primera vez. Por ahí ha de andar el texto que escribí para la revista, pero ahora me importa más evocar aquello como lo recuerdo.

Nos veo en una casa solariega de Providencia junto a Don Chicho, como todos llamaban confianzudamente a aquel médico cirujano socialista, quien hablaba con rigor y vehemencia, movía las manos acompañando sus explicaciones y miraba trabajar a Carlos con mirada tierna y paciente, mientras nos explicaba sus planes de gobierno. Era notable su serenidad, pero también su preocupación por la existencia en la Argentina de una dictadura que sabía hostil. Pero lo mejor era su optimismo, que nos pareció fenomenal.

Es curioso que lo que me impresiona ahora, más de cuarenta años después, es la vigencia empecinada de algunos detalles: un garaje y jardín colmado de buganvillas; los sucesivos cafés en tazas de té que servía su diligente esposa, Doña Hortensia Bussi; y hasta las andanzas de dos de sus sobrinas, a las que reencontré décadas después en Italia.

No diré que nos hicimos amigos, pero seguramente la audacia juvenil con que lo asediamos hizo que Don Chicho –llegamos a llamarlo así– nos reconociera con una sonrisa bonachona cuando varias semanas después volvimos a entrevistarlo para el pool de revistas de la Editorial Abril. Fue a comienzos de noviembre de ese 1970, cuando la asunción presidencial. Y fue para nosotros una aventura desopilante.

Así lo contó Carlos hace poco a la revista Le Monde Diplomatique: “Fue un caos porque el director de Semana Gráfica se negó a mandarnos a la asunción, en noviembre, porque el tipo no era de izquierdas. Entonces nos miramos con Mempo y dijimos: ‘¡Nos vamos a Ezeiza!’. Había un avión oficial que venía de París con los cubanos, donde venían Cortázar, Nicolás Guillén…, pero estaba lleno y no nos dejaron subir”.

Ahora no sé cómo, pero ahí mismo conseguimos, a pura insistencia, pasajes para el siguiente vuelo. Carlos, con sus tres Nikon y cargado de negativos; y yo con un grabador a pilas y mi vieja Lettera 22 portátil, llegamos a Santiago y escuchamos el traspaso de mando en un taxi que nos llevó hasta La Moneda. Corrimos hasta el Patio de los Naranjos, donde enseguida apareció Salvador Allende por una escalera. Carlos, que era liviano y agilísimo, se metió entre cientos de reporteros y emergió en posición perfecta para tomar las mejores fotografías de Don Chicho presidente. Hay una, memorable, en la que Allende camina hacia Carlos, reconociéndolo. Tengo entendido que los negativos de esas fotos fueron destruidos por la dictadura, pero existen en la tira de contactos.

En 1971 regresamos a Chile para cubrir la visita de Fidel Castro a Santiago. Don Chicho ya era presidente, y en aquel momento y lugar todo trabajo periodístico era caótico. Miles de colegas de todo el mundo atestaban calles y embajadas, plazas y conferencias de prensa, y hoy me parece que éramos demasiados los que creíamos ser testigos de un hito irreversible de la Historia.

Después lo volvimos a ver en Buenos Aires en 1973, el día en que asumió la presidencia argentina otro hombre que venía del campo de la salud, el odontólogo Héctor J. Cámpora, natural de San Andrés de Giles y a cuya asunción en la Casa Rosada asistió Allende junto con su colega cubano Osvaldo Dorticós. Entonces, Carlos volvió a fotografiarlo en la explanada de la Casa Rosada, y yo vi la escena desde más lejos. Carlos me contó que Don Chicho le sonrió, reconociéndolo, y a mí se me hizo, de ahí para siempre, que acaso esa sonrisa era para los dos.

Tiempo después, en ese septiembre negro del que ahora se cumplen 40 años, Don Chicho moría bajo una lluvia de balas en el Palacio de La Moneda.

 

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/

LAS FORMAS SUTILES DE LA ACCIÓN

 

 

Eli Bravo

 

Es fácil pensar que actuar significa hacer algo. Pero como enseña el Tao, no actuar también es una forma de actuar. Hay un gran poder en la acción de la no acción, que lejos de ser pasividad o indulgencia, significa moverse con el fluir de las cosas y obrar de formas sutiles. Los taoístas llaman a esto wu-wei, un concepto esquivo y fascinante que puede traducirse como “acción sin acción”.

La idea de la no acción es moverse desde una armonía interna para fluir con la energía del momento. En mi libro “Una ola tras otra” el personaje de Andrés, quien navega solitario a bordo de un velero por el Caribe, descubre rápidamente que para llegar a puerto seguro debe aprender a moverse con las energías del mar y el viento. Esto significa ajustar el timón y las velas acorde a como éstas se presenten, pero además, a aceptar que son energías mucho más grandes y determinantes que él y su barco. Tras práctica y esfuerzo Andrés aprende a fluir con el presente sin convertirse en una veleta, a fin de cuentas, no es lo mismo navegar que ir al garete. Lo primero es mantener un rumbo en el fluir de los elementos. Lo segundo es estar completamente a la deriva, es decir, sin dirección y a merced de los elementos.

Esto lo explica mucho mejor Lao-Tsé en el Tao Te Ching:

“El sabio se ocupa de lo no dicho,
y actúa sin esfuerzo.
Al enseñar sin verbosidad,
producir sin poseer,
crear sin tener en cuenta el resultado,
y afirmar nada,
el sabio no tiene nada que perder”.

Una excelente imagen para entender el poder del wu-wei es imaginarse un río. El agua, en apariencia débil y delicada, puede erosionar cualquier roca. Para hacerlo solo requiere fluir en el tiempo. Otra forma de explicarlo sería como la sincronicidad entre una persona y su entorno: si saltaras al río podrías bracear sobre el agua, dejarte llevar por el agua o luchar contra el agua. Pero si eres capaz de ir “en el agua”, siendo parte de ella y la vez manteniendo tus intenciones más altas, podrás sincronizar lo que ocurre adentro y afuera. Moviendo las energías de forma correcta estas se alinearán.

¿Estoy sonando como Yoda a estas alturas? En días recientes vi de nuevo “El imperio contraataca” junto a mis hijas y la influencia del Tao en las enseñanzas Jedi son evidentes. May the force be with you.

Hay momentos de la vida cuando la mejor acción es la no acción. Momentos cuando el wu-wei puede acercarte a lo que deseas alcanzar, especialmente bienestar, felicidad y paz. No por sutil una fuerza es débil, y como habrás experimentado en algún momento, botar energía por usarla en exceso, sin conciencia y de manera errada, es una terca forma de perder el tiempo.

Todas estas vueltas son para contarte que a partir de hoy esta columna seguirá escribiéndose sin escribir, es decir, entra en un receso que no significa abandono o silencio absoluto. Las próximas semanas serán de viajes, experiencias, entrenamientos y aprendizajes. Y cuando ese periodo haya concluido volverán estas líneas, espero yo, para seguir fluyendo contigo al otro lado del monitor o la página.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

LA LEYENDA DE LAS DOS CALLES

 

 

Alejandro Dolina

 

Hay en el barrio del ángel gris dos calles —nadie sabe cuáles— que son las calles de la vida y de la muerte.

Son aparentemente paralelas y no deberían cruzarse jamás.

Pero un día cada siete años, un día que nadie conoce, las dos calles se entrevistan en secreto y forman una esquina mágica.

En esa esquina hay un buzón rojo carmín.

En el buzón hay mil cartas. Dentro de uno de los sobres hay un papel azul y en el papel hay una palabra, una sola, escrita con tinta sutil.

En esa sola palabra se condensa todo el saber del universo.

Dentro de los otros sobres hay otras palabras, pero son palabras falsas, que solo sirven para engañar y confundir a los hombres.

Hay que acertar la calle y reconocer el día exacto y la hora precisa para llegar a la esquina secreta.

Hay que abrir el buzón y adivinar cuál de las mil cartas es la verdadera.

Es difícil.

Los hombres sensibles de nuestro barrio lo saben.

Saben también que aun teniendo la inmensa suerte de encontrar la esquina y la carta, no podrían leer la palabra, pues la tinta se borra con la luz.

Saben también que es probable que la palabra no signifique nada para ellos.

Pero día tras día, noche tras noche, la muchachada camina y recamina las calles del barrio buscando la esquina secreta.

 

Fuente: http://leerporquesi-1007.blogspot.com/

CONCIENCIA BREVE

 

 

Iván Égüez

 

Esta mañana Claudia y yo salimos, como siempre, rumbo a nuestros empleos en el cochecito que mis padres nos regalaron hace diez años por nuestra boda. A poco sentí un cuerpo extraño junto a los pedales. ¿Una cartera? ¿Un …? De golpe recordé que anoche fui a dejar a María a casa y el besito candoroso de siempre en las mejillas se nos corrió, sin pensarlo, a la comisura de los labios, al cuello, a los hombros, a la palanca de cambios, al corset, al asiento reclinable, en fin. Estás distraído, me dijo Claudia cuando casi me paso el semáforo. Después siguió mascullando algo pero yo ya no la atendía. Me sudaban las manos y sentí que el pie, desesperadamente, quería transmitir el don del tacto a la suela de mi zapato para saber exactamente qué era aquello, para aprehenderlo sin que ella notara nada. Finalmente logré pasar el objeto desde el lado del acelerador hasta el lado del embrague. Lo empujé hacia la puerta con el ánimo de abrirla en forma sincronizada para botar eso a la calle. Pese a las maromas que hice, me fue imposible. Decidí entonces distraer a Claudia y tomar aquello con la mano para lanzarlo por la ventana. Pero Claudia estaba arrimada a su puerta, prácticamente virada hacia mí. Comencé a desesperar. Aumenté la velocidad y a poco vi por el retrovisor un carro de la policía. Creí conveniente acelerar para separarme de la patrulla policial pues si veían que eso salía por la ventanilla podían imaginarse cualquier cosa. -¿Por qué corres? Me inquirió Claudia, al tiempo que se acomodaba de frente como quien empieza a presentir un choque. Vi que la policía quedaba atrás por lo menos con una cuadra. Entonces aprovechando que entrábamos al redondel le dije a Claudia saca la mano que voy a virar a la derecha. Mientras lo hizo, tomé el cuerpo extraño: era un zapato leve, de tirillas azules y alto cambrión. Sin pensar dos veces lo tiré por la ventanilla. Bordeé ufano el redondel, sentí ganas de gritar, de bajarme para aplaudirme, para festejar mi hazaña, pero me quedé helado viendo en el retrovisor nuevamente a la policía. Me pareció que se detenían, que recogían el zapato, que me hacían señas. -¿Qué te pasa? me preguntó Claudia con su voz ingenua. -No sé, le dije, esos chapas son capaces de todo. Pero el patrullero curvó y yo seguí recto hacia el estacionamiento de la empresa donde trabaja Claudia. Atrás de nosotros frenó un taxi haciendo chirriar los neumáticos. Era otra atrasada, una de esas que se terminan de maquillar en el taxi. -Chao amor, me dijo Claudia, mientras con su piecito juguetón buscaba inútilmente su zapato de tirillas azules.

 

Fuente: http://www.trinity.edu/

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