24
October
2014

CÓMO USAR TUS PENSAMIENTOS

 

 

Gabriel Sandler

 

¿Cómo estás usando tus preciosos, poderosos pensamientos? ¿Los estás dedicando a las cosas que deseas o a las que detestas?

 

¿Gastarías tu dinero comprando cosas que no deseas? Desperdiciar tus pensamientos en aquellas cosas que no deseas tiene tan poco sentido como aquello.

 

Tu vida se desarrolla en concordancia con tus más intensos pensamientos. Tus acciones, y los resultados que generan, fluyen directamente de aquello que piensas momento a momento.

 

¿Puedes crear y nutrir una rica y detallada visión de ti mismo viviendo la vida que deseas vivir? Si, por supuesto que puedes.

 

Date la posibilidad de forjar esa visión, de nutrirla, de expandirte sobre ella con tus pensamientos y, haciéndolo, de vivirla de verdad. Cuanto más concentres tus pensamientos en aquello que sí deseas, con mayor certeza darás vida a esos deseos.

 

Aprovecha al máximo el sorprendente poder de tus pensamientos. Allí donde tus pensamientos vayan con más frecuencia, puedes tener la plena certeza de que tu vida rápidamente los seguirá.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

23
October
2014

ROPA SUCIA

 

 

Hernan Casciari

 

Ya de entrada caí mal parado. Vine al mundo justo el año en que todos éramos más pobres que de costumbre, cuando hasta los ricos y los catinga estaban también con hambre. A esa época después la iban a bautizar como el tiempo del quita y pon. Nací justo el año que el Gobierno mantuvo a la gente ocupada con el azadón para evitar los alborotos. Todos hacían trabajo inútil: los cabeza de familia, sus mujeres, y los hijos de ocho en adelante. Yo no hacía esos trabajos porque estaba recién nacido.

 

Mi papá y mis hermanos grandes, junto con otra mucha gente, salían por la mañana a poner baldosones de pasto en la plaza: le pagaban a cada uno cien sanmartines la media jornada. Cien sanmartines era el pan del día, o quince bambú sin filtro. Por la tarde, las mujeres y los críos estaban empleados para quitar de la plaza el pasto que habían puesto los hombres; debían echarlos en los canastos, a cincuenta sanmartines por tarde. Eran los mismos terrones manoseados que la otra mitad del pueblo colocaría de nuevo desde el día siguiente. Así una y otra vez.

 

El hermano que venía antes que yo iba a llamarse Gracián Galíndez, porque ya estaba planeado que llegase un 12 de agosto, que es san Gracián; pero nació muerto. Entonces me pusieron a mí el nombre, aunque nací el 3 de noviembre del otro año, y debí de haberme llamado Galindo Galíndez, que es mucho más sonoro. De todas maneras, Gracián o Galindo, el destino ya quería que todos me conocieran como el Rengo, por el problema que tengo en el talón.

 

Esa época de los terrones de pasto duró un año largo. El Gobierno no quería dar subsidios ni entregar los puros alimentos básicos porque temía que los más pobres, sin trabajo fijo ni actividad del cuerpo, se dieran al vino o a la insurrección. Por eso se crearon aquellos oficios de quita y pon, que así se llamaron, y que dieron que hablar mucho en la época que nací.

 

Mi mamá quiso que al menos dos de sus muchos hijos supieran leer y escribir, y ni el toto sabe los esfuerzos que hizo para mandarnos a clases, a la Eugenia y a mí. Su sacrificio no fue de dinero, puesto que la educación todavía era liberada, sino porque nosotros nos escondíamos para escaparle a la milonga de la escuela. Yo no sé por qué mi hermana fue tan retobada para ir a clases; mi desapego era a causa de las bromas de los otros. Eso de Rengo Galíndez me lo pusieron allí, y tuvieron que pasar muchos años, y una peste, para que me sonara afectuoso.

 

A la Eugenia le llevé siempre un año de vida, pero en cambio nunca la alcancé de camino a la escuela. Un poco por mi tranco cachuzo, pero más que nada porque ella apuraba el trote para que no la vieran llegar conmigo de lastre. Era murraca, como todos nosotros, pero había salido bonita, de los ojos sobre todo. Mamá la mandaba a clases con aguanube en las trenzas, para que se levantaran las puntas. Para esas épocas nos llegaban del puerto las historietas extranjeras, y había unos dibujos de mujer que me hacían recordar lo larga y lo ligera que era la Eugenia, por lo menos hasta que se le formó el cuerpo y le maduraron las perubas; ahí fue cuando empezaron todas nuestras desgracias.

 

Pero antes de eso se nos vino encima el tifus. Como éramos muy cachorros y no respetábamos nada, al mal le empezamos a decir morir del barco, porque habíamos oído que la enfermedad había llegado desde la bodega de un carguero. No hubo clases durante muchos meses, ni agua limpia, ni sitio donde poner tantos muertos.

 

Un día se temió que pudiéramos contagiar a otros pueblos con los vahos de los cadáveres que esperaban su entierro, y vino en tren un obispo con mascarilla a convencernos de que no era pecado, en esos casos, incinerar los cuerpos en lugar de darles sepultura cristiana; y donde había sido la plaza del quita y pon se construyeron las piras, que todavía están. Por eso es que a muchos nos queda el ademán de santiguarnos cuando pasamos frente al humo de las fábricas.

 

Lo del tifus fue largo y malo, pero no hubo escuela por mucho tiempo. El mal del barco menguó nuestra familia en poco más de un mes y cuando se fue el olor a cueco muerto éramos la mitad. Perdimos dos hermanos mayores, dos pequeños, la estufa a leña y al papá de todos nosotros. Cuando acabó la peste, casi que tuvimos un catre para cada quién, en casa. No sabíamos qué hacer con tanto espacio.

 

A esas alturas yo quedé el mayor, al cuidado del Ulises y del Jesús. Mamá salió sana del cuerpo pero desvariando de dolor, y también hubo que asistirla. Lo hacíamos entre la Eugenia y yo, por lo menos hasta que el diablo se nos metió en el cuerpo y ya ni siquiera pensamos en nuestra madre. Pero lo del diablo fue más luego.

 

Después de que se fuera el mal del barco ocurrió también otra desgracia: abrieron la escuela. Intentábamos recuperar el ritmo del abecedario, pero en los ojos de todos todavía campeaba la muerte, y las piras de la plaza seguían echando humo. En el aula nos encontramos con mucho sitio de más y ya no me importaba ser el Rengo Galíndez, ni la Eugenia corría para despegarse de mí. El mal del barco nos había disminuido de número y de fuerzas, y los pocos que quedábamos en el pueblo nos fuimos acocochando como zarugos alrededor de un fuego.

 

Muchos hijos acabaron solos y huérfanos, y los que aún conservaban techo y algo que comer decidieron quedarse cristianamente con algunos. Mamá fue una, y entonces vinieron a la casa dos muchachos de las edades del Ulises, que eran hijos de una familia que había muerto entera. Cuando llegaron los huérfanos, yo debí volver a compartir la manta con Eugenia para dejarles sitio a los adoptivos.

 

La primera noche supimos que el mal del barco y todas las muertes nos habían alterado la sangre, y anduvimos un mes como marmotas; nos dormíamos sentados, no prestábamos atención al maestro, y todo porque las madrugadas las pasábamos en vela, tocando el cuerpo del otro, sorbiendo el aire por la boca y moviéndonos de a cachito, para no despertar a mamá ni revolver la conciencia de estar pecando.

 

Por temor a las secuelas del tifus nadie nos quiso comprar la cosecha, y comimos papalla hasta reventar. Los básicos, como el pan y la leche, fueron lujos que debimos dejar para el sustento de los más pequeños. Sabíamos que con el verano llegaría la desgracia anual de la inundación, pero esta vez las aguas traerían suerte. Nos habían dicho que la fuerza del río se llevaría los posibles rastros vivos de la peste, y que otra vez los pueblos cercanos nos comprarían la papalla. Y entonces nos sentamos a esperar la tragedia del agua con ilusión.

 

Era broma frecuente en los pobladíos decir que era tanta nuestra mala estrella que, por única vez en setenta años, la inundación nos pasaría por al lado sin mojarnos. Pero el agua llegó, y recibimos la primera tormenta del verano como si fuera el Gobernador. Fue en enero, como siempre, y aprendimos a asar pringones venenosos y culebras. Todos los años nos preparábamos para la crecida pero esta vez, por culpa del mal del barco, no teníamos nada en las despensas. El Gobierno contrató unas capiraguas azules con altavoces para indicarnos cómo hervir y cocer lo que un año atrás nos enseñaban a fumigar y repeler. Daba un poco de risa, porque a las alimañas del río las llamaban alimentos emergentes. Fue el mes más duro de todos, en el pueblo, pero una mañana bajaron las aguas y volvimos a habitar la casa.

 

Durante el temporal que precedió a la bajante habíamos perdido al Jesús y a uno de los huérfanos adoptados. Los cuerpos de las dos criaturas fueron encontrados en la cúpula de la parroquia. Después se supo que el Jesús, con sus seis años cumplidos, se había lanzado a la corriente para socorrer a su hermanastro. Nos lo dijo Venancio, que lo vio todo. Jesús pudo alcanzar al huérfano cerca del campanario y los dos quedaron trabados en las agujas del reloj, que se habían parado en las siete y diez. Entonces el agua subió todavía más y se ahogaron sin poder salir a la superficie. Cuando el río bajó, encontramos los dos cuerpos colgando de las agujas: mi hermano marcaba la hora y el huérfano los minutos. Como no había mucha madera seca, los enterramos a los dos juntos.

 

Cuando pudimos secarnos el agua y enterramos otra vez a nuestros muertos, en la casa ya sólo fuimos cinco, ahora sí con un catre para cada quién por primera vez en la vida. Pero la Eugenia y yo éramos dos imanes por las noches y seguíamos durmiendo juntos, conteniendo la respiración, calientes como dos caranchos y con el remordimiento en la piel.

 

Por eso, porque no se nos enfriaba la sangre, una semana después visité la parroquia. Ya había pasado el peligro en el pueblo y me habitaban otra vez los malos pensamientos con mi hermana. Fui directo a hablar con el padre Suárez. Pensé que confesarme de todos mis actos impuros, aunque Dios no me los pudiera perdonar, sería suficiente para no caer la noche siguiente en la tentación de la carne.

 

Cuando llegué al templo supe que la inundación había sido buena sólo con algunas familias. Muchísima gente lo había perdido todo, incluida la casa, y un puñado no tenía dónde caerse muerto. Las personas con mejor fortuna estaban en una campaña para darle a los sin techo parte de lo que el agua y la peste les había quitado.

 

Vi a muchas mujeres como mi madre, y a muchos hijos como mi hermanito el Jesús, llorar abrazados y mirar el cielo, con miedo de que Dios les mandara otra vez la muerte o la crecida. Y entonces supe que mis penas eran nada al lado de las suyas, y en lugar de buscar al padre Suárez para limpiar mi espíritu, volví a la casa, cargué con mi colchón al hombro y se lo di a la parroquia. Si yo iba a seguir metiéndome de noche entre las cobijas de la Eugenia, que por lo menos mi pecado mortal le sirviese de bueno a alguno.

 

Desde entonces ya no nos importaba tocarnos cerca de mamá. Para ella los golpes habían sido muchos. La pobrecita había quedado viuda y con cinco hijos menos, aunque la muerte del Jesús fue lo que le provocó el desvarío más fuerte. Igual que el reloj de la iglesia, ella se detuvo en un tiempo fijo y sus días dejaron de pasar. De pronto empezó a andar por la casa con el pelo desbandado y nos obligaba a cocinar y a poner la mesa para nueve, como en los tiempos en que todos estábamos vivos.

 

La siguiente cosecha fue la mejor en veinte años. Pero en el fondo del corazón seguíamos tristes. En esa época cumplí los dieciséis y el trabajo en la tierra, que me demandaba el esfuerzo de tres hombres, había moldeado mi cuerpo y parecía mayor. Pero seguía con un pie más corto que el otro, y eso muchas veces no me dejaba en paz.

 

Dejé la escuela para poder sembrar y cosechar papalla jornada completa, pero Eugenia me enseñaba lo fundamental de los libros cuando podía. Sin toda la carga de mis compañeros y sus burlas, aprendí más rápido que ellos y supe que no me faltaba el entendimiento. De noche mi hermana y yo dormíamos juntos como un matrimonio, amparados en el delirio de mi madre y en la inocencia de los más pequeños.

 

Eugenia nunca sintió culpa por lo que hacíamos, y yo debí cargar con los remordimientos de los dos. Ella también había crecido de golpe. Si antes su mejor rasgo eran los ojos, ahora en el pueblo nadie se los miraba. Ni yo tampoco. Con un año menos que yo, se había convertido en una mujer alta como mi padre, y bien formada como mamá en sus tiempos. Ya no usaba trenzas: una tarde llegó del río y se había cortado el pelo hasta los hombros. A mí aquello me gustó poco.

 

Fue una época feliz, pero corta. Tres meses antes del desastre final mamá dejó los desvaríos. Una tarde que llegué del campo, cansado como cualquier día, me encontré con que ella y la Eugenia estaban conversando cerca del yuco seco; me esperaban.

 

Mi hermana corrió hasta mí y me dijo que mamá había vuelto, que ya no decía cosas huecas, y que el milagro había sido gracias al Jesús, nuestro hermanito ahogado, que se le había aparecido en cuerpo y alma. Todo el pueblo conoció la noticia en pocas horas: el niño de seis años que se había sacrificado durante la inundación para salvar a otro, se había corporizado frente a los ojos de su madre enferma, devolviéndole la salud.

 

Mamá se cansó de contar la historia, y las mujeres llegaron a casa para rezar un rosario por el Jesús que duró toda esa noche. Al día siguiente hubo otro acontecimiento que terminó por convertir a mi hermano en santo: a alguien se le ocurrió trasladar su cuerpo a la parroquia, y cuando forzaron el cajón donde estaban sus restos juntos a los del otro niño ahogado, todos notamos que el Jesús estaba treinta veces mejor conservado que su hermanastro.

 

Tenían ya seis meses de muertos, y mientras que el más pequeño había sido invadido por gusanos y sólo quedaban sus huesos, la osamenta del Jesús parecía no tener más que dos horas de enterrada. A mí, que lo pude ver con estos ojos, me llamó la atención que solamente hubiera larvas en el costado del cajón donde descansaba el crío adoptado, como si el bichambre hubiese temido arrastrarse cerca del otro cuerpo. La luz del día nos trajo el aire fétido de la otra carne, pero nosotros estábamos viendo el milagro y nos arrodillamos frente a la grandeza de Dios.

 

Entonces hubo nuevas cartas al obispo de la mascarilla para que los italianos convirtieran en santo a mi hermanito de seis años, y hasta un viaje personal del padre Suárez a la capital, pero nunca nadie nos trajo noticias. Igual, la voz se corrió y empezó a llegar al pueblo gente de todas partes para tocar los restos.

 

Al principio vinieron grupos a pie, desde los pueblos vecinos, y después también aparecieron camiones con fieles mejor vestidos y más elegantes. Vimos por primera vez gente huicha, con la piel tan pálida como la del cerdo, con zapatos caros y máquinas para sacar fotografías. Ellos tomaban fotos del reloj, que seguía detenido en las siete y diez; del cajoncito con el Jesús adentro, que habíamos puesto en el sagrario de la parroquia; y también fotos de mi madre, de la Eugenia y de mí, porque éramos los parientes del santo.

 

Entre tantos coches y buses, todas esas fotos y aquella gente extraña, nos empezamos a olvidar del Jesús como hermano nuestro que era, y les vendíamos a los turistas las ropas que quedaban de él en la casa por billetes recién salidos del banco. Cuando se acabaron los trapos del Jesús, vendimos también los del Ulises y los de los otros huerfanitos, incluso del que murió.

 

Para entonces, mamá vivía en la parroquia, rezando, y no se enteraba de nada durante el día. La Eugenia y yo, desde la casa, comenzábamos a respirar el olor de los billetes. Una mañana le vendí a un matrimonio huicha, por mil sanmartines, la única fotografía que teníamos del Jesús.

 

Desde que vimos el cuerpo de nuestro hermano intacto, Eugenia ya no quiso dormir conmigo y mi culpa se fue apagando. Una de sus razones era que mamá ya tenía otra vez los sentidos despiertos y la hubiéramos matado si nos descubría. Y el otro motivo era su temor a que el Jesús, desde el cielo, ya hubiera visto lo que hacíamos por la noche y no nos quisiera a su lado cuando nos llegara la hora.

 

Yo pensaba igual que ella, y compartía sus miedos, pero después de una semana de dormir en catres distintos supe que era tan grande el sosiego que Eugenia me había dado cada noche, desde hacía más de un año, que no tenerla me provocaba dolores del cuerpo y ganas de llorar. Pasaba las noches en vela, y me iba cerca del yuco seco a calmarme solo, pero no era lo mismo. Las noches eran frías sin la Eugenia, por eso de día le rogaba que volviera conmigo, y ella me decía que tampoco era fácil para su cuerpo, pero que debíamos ser fuertes y pedirle a Dios la voluntad.

 

Ella había dejado de momento la escuela para ayudarme a atender a los turistas huicha, que ya empezaban a ser diez veces más rentables que la papalla, y los dos pasábamos las tardes juntos, en la casa, vendiendo las cosas del Jesús con gotero, a cien sanmartines la gota.

 

Volvía el calor; mi hermana se había convertido en una mujer de las que quitan el alma y a mí se me iba la mitad del tiempo mirándola con deseo, y la otra mitad viendo que los huicha, con sus zapatos blancos y sus ademanes, no se le pusieran muy cerca ni le quisieran tentar la sangre.

 

Mamá se internaba durante el día en la parroquia, rezando junto a los fieles que llegaban para ver al Jesús, y sólo volvía a la casa para dormir. Ya no le quedaban rastros de la demencia que había soportado hasta hacía un mes, pero de a poco comenzó a redoblar sus oraciones, al punto de no hacer otra cosa más que rezar. No respondía preguntas ni las hacía. No entablaba charla con nadie. Tanto estuviera sentada o caminando, llevaba en las manos un rosario para no perder el orden de sus plegarias.

 

Una noche se quedó dormida cerca del sagrario de su hijo, a la mitad de un Ave María, y cuando se despertó en la mañana siguió rezándolo justo por donde lo había suspendido. Desde entonces ya no volvió a la casa. El padre Suárez vino a darnos la noticia, pero nosotros no hicimos nada para convencerla. Mi hermana prefería que mamá se quedara en la parroquia para vender las cosas del Jesús sin que nos viera, y yo supuse que sin ella en la casa Eugenia no tendría temor de volver conmigo de noche.

 

Cuando el último grupo de fieles se retiraba, volvíamos a la casa y cenábamos sin privarnos de nada. Después hacíamos dormir a los hermanos pequeños y entonces contábamos los billetes del día. Una vez acabada la tarea, Eugenia ponía el fajo enrollado y las monedas junto a los demás billetes, y contábamos el total.

 

En la casa había cada noche más dinero, pero también menos cosas. Después de vender la ropa de todos los críos, comenzamos a despachar platos y utensilios, diciéndoles a los turistas que cada cosa la había tocado el Jesús alguna vez. La mayor parte de las vasijas las habíamos comprado después de la muerte del santo, porque las que él usó en vida se las llevó la inundación, pero a nadie le importaba.

 

Como no teníamos tiempo de ir al pueblo más que para traer los alimentos, la casa se fue desmantelando de objetos. Una tarde a la Eugenia se le ocurrió vender, de a pedacitos, el colchón donde dormía Jesús, y cuando nos quisimos acordar habíamos despedazado tres catres con todo y el relleno de pluma. Pero cuando otra vez estuvimos escasos de camas, ella prefirió dormir con alguno de los pequeños antes que caer de nuevo en pecado mortal conmigo.

 

Una noche, cuando acabábamos de contar los sanmartines, y desparramamos sobre la mesa todos los billetes de un mes de trabajo, Eugenia me miró a los ojos: ya no somos pobres, Gracián, me dijo sonriendo, y se levantó y me besó en la boca, como hacía más de un mes que no pasaba.

 

Durante la madrugada de esa noche me levanté de la cama y fui hasta el yuco seco. No podía dejar de pensar en ella, y me costaba dormir sabiendo que la Eugenia estaba echada a cinco pasos de mí. Sin darme cuenta, como cada vez, comencé a desahogar mis deseos, de espaldas a la casa, con una mano apoyada sobre la queracina. Mi hermana llegó sin ruido y se quedó detrás de mí, con mucha pena. No dijo una palabra, nada más recostó su cara contra mi espalda y lloró conmigo.

 

Después me rodeó con sus brazos, apretándose fuerte de mí, y con una de sus manos apartó la mía de donde estaba. Me tomó con cuidado, sintiendo cada vena hinchada de sangre, y comenzó a darme sosiego como si fuese mi mano, y no otra, la que estuviese trabajando; como si fuésemos una persona y no dos.

 

Ella sabía cuándo ir despacio y dónde aumentar el ritmo. Cuándo detenerse y en qué parte presionar. No me soltó hasta exprimirme por completo, y luego me dijo al oído: esto es menos pecado que acurrucarse, y se encerró otra vez en la casa.

 

Al otro día fue cuando vendí en mil sanmartines la única foto que le habíamos sacado al Jesús cuando vivía. Y yo no sé si fue por esto o por aquello, pero el santo nos crucificó.

 

El día de la desgracia cayó un domingo, y hubo que levantarse temprano porque llegaban al pueblo más fieles que en día corriente. Desde que el Jesús era un santo, el padre Suárez llegaba a nuestra casa enseguida que cantaba el gallo y hacía sonar la bocina del Ford. Nos traía el cajoncito de vidrio y madera con el cuerpo conservado de mi hermano, para que los turistas huicha lo vieran al aire libre. El padre decía que en la parroquia no había suficiente sitio en domingo, pero nosotros sabíamos que estaba un poco celoso de nuestro Jesús, y que en el fondo prefería seguir adorando al suyo.

 

Esta vez, junto al cuerpo, llegó también mamá, que se bajó del coche rezando y ni tuvo tiempo para saludar. Hicimos un altar pobre frente a la casa, y le prendimos velas. Pusimos una silla al lado, para que mamá rezara sin cansarse. Un rato después de las ocho vimos por el monte la polvareda del primer contingente, y antes de las diez ya había otros seis.

 

Cada uno de los autobuses traía más de cuarenta cristianos de distintas partes del mapa. Por suerte nos quedaba bastante colchón, y un mantel entero para repartir en cincuenta pedazos, a cien sanmartines cada pieza. También había cordones de zapatos, dos ajenfos sucios y un dibujo genuino del Jesús que la Eugenia había encontrado por casualidad, y que pensábamos cotizar tanto como la foto.

 

Todo el comercio lo hacíamos en los propios ojos de mamá, pero eso ya no nos importaba, porque la vimos tan retraída en sus rezos que era difícil pensar que pudiera volver al mundo real y reprendernos. El Ulises y su hermanito adoptivo estaban tan contentos de ver otra vez a su madre que se le pegaron a la güiraina y no se movieron de su lado. El día era claro y ventoso, porque el verano estaba a punto de llegar y el río nos avisaba.

 

Frente a la casa se llenó de huichas muy perfumados y blancos. Como cada domingo, pero aún más. Se formaba una larga fila de fieles detrás del altar del Jesús. Uno a uno, esperaban su turno para tocarlo, para pedirle cosas o para presentar ante él sus enfermedades. A la vez, otros grupos le sacaban fotos a la casa y a nosotros, y dejaban que la Eugenia o yo les ofreciéramos las pertenencias del santo.

 

Los que ya habían visto lo que había para ver, hacían su día de campo alrededor de la casa o caminaban por el monte sin alejarse mucho de los buses. Casi todas las caras que veíamos eran nuevas, menos las de los guías y los choferes. Uno de ellos, que conducía un bus de larga distancia, al ver a la Eugenia la saludó de lejos como dos conocidos del pueblo, y le hizo una seña.

 

Yo dejé de hacer una venta y me detuve a espiarlos. Ella se acercó y le habló sin vergüenza. El chofer, que era un zambuco rubio y muy blanco, asintió y se metió en el coche. Estuve a punto de salir corriendo para detenerla, pero ella lo esperó fuera. Cuando el hombre salió, le entregó un paquete envuelto en papel madera y le dijo algo que a mi hermana debió agradarle, porque ella se puso en puntas de pie y lo besó en la mejilla. No pasó más que eso, pero yo no podía respirar de todo el asco que tenía dentro.

 

Esperé el momento, y cuando la tuve sola a la Eugenia la aparté hasta la casa con mucho enfado. Cuando le pregunté sobre el paquete ella no pareció sorprendida, sino más bien triste. Me dijo que era un regalo para mí, y me trajo aquello que había recibido del rubio. Lo abrí a los tirones, y entre envoltorios de periódico encontré los zapatos. Entonces le pedí que me disculpara.

 

Mientras ella seguía vigilando a los fieles yo me quedé dentro inspeccionando mi obsequio. Desde pequeño, ni bien me enteré que existían, los había querido. Pero solamente los vendían en la capital, y eran tan caros como hacer el viaje hasta allí. Nunca tuvimos con qué comprarlos, y lo más parecido que yo tuve fue un engendro que una vez me hizo mi padre, con un pedazo de cedro en la suela de las alpargatas. Pero me resultaba incómodo, y también me hacía renquear.

 

Estos, en cambio, eran de una ortopedia, y sacaban brillo. Tenían cordones negros, y eran de cuero, como los zapatos de los huichas que venían los domingos. El izquierdo era normal, y el otro llevaba el tacón más alto y de hierro. Pero lo bueno era que los dos pesaban lo mismo, y de lejos parecían iguales.

 

Tuve miedo de ponérmelos con los pies tan sucios, y entonces antes me lavé en el yuco. Después me calcé ahí mismo, sentado al borde de la queracina, y me até los cordones con dos vueltas. Cuando regresé a la casa lo hice un poco llorando, porque ahora yo caminaba igual que todo el mundo y nadie iba a decirme el Rengo nunca más.

 

Al mediodía era la hora en que el santo descansaba y los turistas tomaban su almuerzo alrededor de la casa. A mamá y a los pequeños les llevamos lonchas de cabú y ellos, entre padrenuestros, se las iban comiendo. La Eugenia y yo nos pasamos la hora libre jugando carreras desde la casa hasta el yuco.

 

Ella me seguía ganando, pero ahora por poco. Yo pensaba que me faltaba acostumbrarme al peso del calzado, y que cuando lo lograra ya nadie me ganaría a hacer carreras. Los dos estábamos contentos con mi nueva forma de caminar, y a mí me habría gustado que mi papá no se hubiera muerto, y que mi mamá estuviera sana, así me hubieran podido ver.

 

Tan alegre estaba que cuando la Eugenia desapareció de mi vista a media tarde yo no me di cuenta. Supe que me faltaba cuando empecé a buscar al huicha rubio y tampoco lo encontré. Había llegado la hora de mostrar el dibujo genuino del Jesús, y en eso estaba cuando descubrí que mi hermana y el rubio habían desaparecido. Cuatro turistas me lo querían comprar, y todos ofrecían cada vez más plata. Yo no les hacía caso y miraba entre los grupos de gente, para ver si la veía a la Eugenia.

 

Los turistas me ponían los billetes delante de los ojos, y entonces me aturdí. Despedacé el dibujo del Jesús y les pringué a todos la madre. Después tiré los papeles al suelo y corrí para el lado del monte. Los fieles no se preocuparon por mí, y se lanzaron al pasto para disputarse la pertenencia del santo. Los cuatro que iban a comprarlo empezaron la riña, pero también participaban los que no tenían más dinero, porque creyeron que si hacían fuerza se podrían llevar una parte del dibujo gratis.

 

Los zapatos ya no me pesaban cuando corté campo hacia el monte. Me adentré porque la Eugenia y el rubio no podían estar más que allí. Los otros alrededores de la casa no eran más que llano hasta el río, y el pueblo quedaba lejos.

 

Entré al monte jadeando, y cuando dejé de jadear los jadeos seguían. Me desesperé y cerré los ojos para escuchar mejor de dónde venía el sofoco. Me guié como cuando crío, que entraba al monte de noche y me sorprendía conocerlo tan bien en lo oscuro. Sin la vista pude acercarme mejor, y cuando abrí los ojos los tenía a los dos muy cerca, como a un tiro de piedra de mí.

 

El rubio le estaba haciendo a la Eugenia lo que ella ya no quería que le hiciera yo. Me temblaron las manos y me abracé a un tronco de maura. Los podía ver muy bien; ella estaba boca al cielo y tenía los ojos cerrados. Las piernas y los brazos los había abierto de par en par, y con los dedos de las manos arrancaba el pasto de la tierra floja.

 

El rubio estaba montado encima, y llevaba los pantalones hasta las rodillas. No se tocaban ni se besaban. El rubio parecía que estaba haciendo flexión, y eso me enfureció más que todo. Me acerqué pinchado por la rabia hasta que estuve tan cerca que podía patearle la cabeza. Entonces elegí el zapato derecho, porque me lo había traido él de la capital y era pesado y de hierro. Levanté la rodilla y le hundí el talón en el cráneo. La fuerza de la patada me hizo caer contra el pasto.

 

El rubio no hizo ningún ruido, solamente se desplomó sobre la Eugenia. Ella abrió los ojos y me vio a mí a su lado, que lloraba y la insultaba. No dijo nada, pero después, cuando le vio la sangre al rubio, me dijo que era un cabro bruto.

 

La ayudé a levantarse pero no la quise mirar cuando se acomodaba el vestido. Me preguntó que hacíamos con el cuerpo y yo le hice un gesto. No me importaba. Ella se quitó el pasto de la espalda y entre los dos lo arrastramos hasta el corazón del monte. Después veríamos qué hacer. Ahora lo que importaba era volver a la casa, porque sabíamos que no había sido bueno dejar a los turistas solos con el Jesús.

 

Antes de salir del monte los gritos de los fieles nos enteraron de que las cosas no estaban bien. La tarde caía, y después de la loma pudimos ver la silueta de la casa recortada sobre el fondo del cielo. Nos quedamos quietos ante el cuadro. Había gente dentro de la casa y también arriba. Todos estaban fuera de sí, y se peleaban por la mesa, por la ropa de los pequeños y por el cajoncito del santo.

 

Habían encendido antorchas, y algunos camiones y buses ya estaban en marcha. Otros se habían ido. Todavía quedaban muchos hombres sobre la casa, despedazando las vigas y llevándose de recuerdo pedazos de madera. Trabajaban con rapidez y a los gritos. Cuando uno conseguía algo, después tenía que defenderlo de los demás. De lejos, parecían la langosta.

 

Mi hermana y yo no nos movimos hasta que se fue el último cristiano. Cuando ya no escuchamos motores ni gritos empezamos a correr. Más nos acercábamos y mejor veíamos el detalle de la ruina. La casa se había convertido en un esqueleto de machimbre, y adentro no quedaba nada. Se habían llevado hasta la silla que le pusimos a mamá para que rezara en paz. Ella estaba en el suelo, con la ropa hecha jirones, y se aferraba al rosario. No se había dado cuenta de nada.

 

A los pequeños les habían quitado la ropa, y estaban desnudos y rasguñados, abrazados a las piernas de mamá. Eugenia gritaba que los billetes había desaparecido, y solamente eso le preocupaba. Yo buscaba por todas partes, con la esperanza de encontrar el cuerpo conservado de mi hermanito el Jesús. Pero no nos habían dejado ni eso.

 

La noche se nos cayó encima de golpe. Lo primero que hice cuando supe que lo habíamos perdido todo, fue lavar en el yuco la sangre del rubio que tenía pegoteada en el zapato. Eugenia se había quedado en la casa y había prendido un fuego triste para que mi mamá y los hijos no pasaran frío. Desde la queracina me los quedé mirando a los cuatro, alrededor de la luz amarilla, como animales asustados.

 

También me quedé viendo, de fondo, las vigas de madera que alguna vez había puesto mi padre para empezar a construir la casa, y que ahora parecían una osamenta. Aquella casa había estado allí antes de que yo naciera, antes de los oficios del quita y pon, de la peste del barco y de la crecida que nos mató al Jesús. De eso había pasado mucho tiempo, y ahora la vida estaba otra vez como al principio.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

 

22
October
2014

EL ESTUPENDO MATRIMONIO DE ZABALITA

 

 

Alejandro Carrión

 

Hacía unos diez o doce años que no veía a Zabalita. En ese largo tiempo, justo es decirlo, no habían acudido a mi memoria ni su nombre ni su figura. Pero cuando lo vi ese día, al otro lado de la Calle del Correo, lo reconocí enseguida. Ahí está Zabalita: no ha cambiado un ápice: está tal cual, sin que le pase un día. Su cara chata, que parece pegada a un cristal, con la nariz aplastada por la presión; su ropa negra sempiterna; sus pómulos salientes; su piel maquísima con redondas chapas en los carrillos; su cabello ensortijado…

 

en fin, todo su ser, chiquito, ancho, tendiendo a cuadrilátero. ¿Cuántos años tendrá Zabalita? Posiblemente los mismo que yo, o sea unos dos o tres más allá del meridiano de la cincuentena. Me vio, y cruzó la calle, recto como una flecha.

 

-¡Cholito! ¡A los años te veo! ¿Qué es de tu vida?

 

-Hombre… pasando… pasando… Conforme Dios ayuda. ¿Y vos?

 

-Yo… pues… verás… ¡Muerto de gana de encontrar un amigo, un buen amigo, como vos, para contarle lo que me pasa! ¿Estás apurado? ¿No te vendrías a tomar un tinto conmigo en el Madrilón? Aquí, a un pasito… ¡Caramba, si es una suerte que te haya encontrado! ¡Un milagro! Y no te aprensiones, que no te voy a pedir plata, por estos tiempos ando en fondos… aun cuando parece que no durarán mucho. Ven, ven.

 

¿Cómo defenderme? Zabalita había sido mi compañero en el colegio, hace ya tanto tiempo. Un pillo de consulta el tal Zabalita. Vamos, vamos.

 

Ya en el café, con las tazas de tinto dobles delante, echando humo, Zabalita me suelta:

 

-¿Sabías que me casé? ¿Sabías?

 

No, yo no lo sabía. Para mí, Zabalita era incasable. Justo el tipo del que no se casa nunca; del que no conviene, ¡Dios mío!, que se case.

 

- ¿Tú? ¡No me digas! ¿Quién fue la víctima?

 

-Yo.

 

-¿Tú? ¿Tú, la víctima? ¡Zabalita! ¡Ni que no te conociera!

 

-Pues… aun cuando te parezca increíble, yo fui la víctima. Y tal lo fui, que he presentado ya demanda de divorcio. Soy el cónyuge ofendido. ¡Duramente ofendido! Y fíjate que sólo hemos estado casados… espérate hacer la cuenta… ¡veintidós días! Mejor te lo cuento todo, con método.

 

Yo, lo sabes tú bien, he tenido muy mala suerte. Cuando quería trabajar por mi cuenta, me iba mal. Cuando trabajaba por cuenta ajena, peor. De los empleos fiscales o municipales me botaban, y a veces hasta causa criminal me ponían. Si algo se perdía, todos estaban de acuerdo: ¡fue Zabalita! Por eso, resolví que la voluntad de Dios era la de que yo viviese sin trabajar. Y como trabajar es indispensable para comer, y como yo no quería morir de hambre, resolví lo único que era posible: vine a Quito y me constituí de parásito de mi cuñado Medina. ¿Qué más podía hacer? Si tal era la voluntad de Dios, ¡a cumplirla! Para algo es uno cristiano.

 

De parásito de mi cuñado Medina he venido viviendo. Cada semana una batalla campal hasta sacarle cien o doscientos sucres. Al principio, Maurita, mi hermana, la víctima de ese monstruo de Medina, me ayudaba. Después, se cansó. La batalla era ya con Medina y con ella. La vida, tú lo sabes, es una lucha constante. ¿Cómo dicen los gringos? Sí, es algo así como di estrugle for láif. En ese estrugle he estado metido:

 

venciendo cada semana a Medina y señora. Hasta que un día la Maura, que anda avispadísima, me dijo:

 

-¿Por qué no buscas con quién casarte?

 

-Y… ¿quién va a querer casarse conmigo? La bandida ya lo había tenido pensado.

 

-¿Te acuerdas de la Fidedigna Santos, la hermana del Árbol Florido?

 

-¡Semejante adefesio!

 

-Pues mira: si no es un adefesio, ¿Quién va a querer casarte contigo? ¿Por qué no te miras alguna mañana en el espejo?

 

-Gracias, nanita.

 

-No hay de qué. El deseo de encontrarte un algo, para que dejes de pesar sobre nosotros, chupándonos la sangre como chinche. Verás: la Fidedigna es, realmente, un adefesio. Está, además, vejanca ya. Pero según mis cálculos, por lo menos tiene medio millón en el Banco o al chuleo. Vale la pena, pues.

 

Ándate a Loja y enamórala. Total, lo que dirá la gente será la pura y neta verdad: Dios los cría y ellos se juntan.

 

Así, con esta amabilidad, me envió mi hermanita a manos de la que había de victimarme. Tú pensarás que soy una navaja, y que a una navaja no hay quién le corte el lomo. Pues no. Yo resulté un humilde queso y la navaja fue la Fidedigna. ¡No sabes lo que es ponerse en roanos de una vieja de éstas! ¡Cristo!

Como en las amables palabras de mi hermanita estaba implícita la resolución de cortarme los víveres si no la obedecía, hube de recabarle un regalillo de trescientos sucres y salir para Loja en un bus de la Flota Panamericana, de esos nocturnos, que hacen el viaje de un tirón en veintidós horas, expresos.

 

En Loja, aterricé donde mi mamá, que me recibió como esa dama de May fer léidi recibió a su hijo el filólogo, diciéndome:

 

-¡Hijito! ¡Qué sorpresa tan desagradable!

 

La tranquilicé y le di la carta en que la Maurita le describía el propósito de mi viaje. Mamá se puso encantada.

 

-Esta Maurita es una maravilla. ¡Por fin encontró qué hacer contigo!

 

Al otro día, yo, muy bien planchado, esperaba a la Fidedigna, que había sido invitada por mamá a tomar el té. ¡Figúrate, mamá tomando el té con la Fidedigna! Juájuájuá! Y yo, de yapa. La cosa fue como una seda. La Fidedigna, remilgadísima. Yo, un don Juan Tenorio a todo meter. La Fidedigna me dijo que solamente tenía cuarenta años, aún no cumplidos. Yo tenía mis dudas, pero no quise ahondar la cuestión. La miré con cuidado: indudablemente tenía la costumbre de bañarse. No olía mal. Estaba limpia. Se peinaba con esmero. Pelo negro muy crespo, tú sabes. Chiquita, me da en el hombro. Cuadrada, como yo. Las piernas robustas, pantorrillas de pata de mesa de billar. Glándulas mamarias muy desarrolladas. Un poco de guata. Cuello cortísimo. Blanquísima, coloradota. Elegantísima. Un pequeño zurrón con patas, ni sombra de cintura. La boca pintada color púrpura.

 

-Me la pinto como Elizabeth Téilor.

 

Coqueteó como un diablo. Yo me resolví. ¡Ahora o nunca! ¡Ese medio millón es mío! Le mandé un S.O.S. a mi cuñado, explicándole que si ponía capital en la empresa se libraba de su parásito. Medina entendió bien la cosa y me giró mil sucres para fondear la empresa. A mamá le extraje quinientos. A mi cuñado Flores, otros quinientos, con amenaza de consolidármele como su huésped si no me ayudaba. Después, la blitzkrieg. Fiestas, invitaciones, cine, la “Cabaña de los Mangos”, cuyes en El Valle también: lo moderno, a gógó, y lo folklórico. Serenatas con pasillos y música de los Bitles. La individua se sentía como Julieta con Romeo. Me dejaba darle besitos, se me estrechaba en los automóviles, me trenzaba la pata de billar entre mis piernas. ¡Y unos apretones de manos!… Ni para qué te voy a contar todos estos adefesios.

 

La gente de Loja asistía al cortejo como si se tratara de una función de variedades gratis. Se divertían como puercos chiquitos. Solamente los dos hermanos de la Fidedigna se pusieron orejanos. Los malditos habían planeado heredarla. Su oposición me pareció muy alentadora, por ser síntoma claro de que la purrunga tenía plata. Pero como a veces hay errores de apreciación a simple vista, hice una investigación cuidadosa. En la Jefatura de Recaudaciones me mostraron que había registrado letras de cambio por sobre doscientos mil sucres ese año: poniendo que percibiese sólo un diez por ciento, tendríamos allí una renta de cerca de dos mil sucres mensuales, pero como es imposible que sea tan bruta para prestar al diez, siquiera hay que pensar que prestó al veinte, con lo cual, te fijas, hay casi cuatro mil mensuales. En el Registro de la Propiedad quedó claro que tiene una casa de por ahí por los ciento cincuenta mil sucres de avalúo, lo que significa que vale trescientos mil. Sí, estamos ya por el medio millón que calculó la Maurita.

 

Claro que yo tenía, como todo cristiano de buena familia, mis prejuicios no digamos nobiliarios, pero de todos modos… tú me comprendes. Pobre soy como un hijo del Poverello de Asís, pero mi sangre viene directamente de hidalgos españoles y no tiene mezcla indígena. Estos Santos, en cambio, me parecen poco santos, y yo conocí al padre, que era talabartero y estoy seguro de que la mamá era hija de un matancero. Por ahí deslicé algo al respecto y la Fidedigna, ni tonta ni perezosa, me explicó inmediatamente que, si por la mamita eran de origen humilde pero honrado, en cambio por el papacito eran nietos naturales, naturalísimos, ilegítimos, desde luego, bastardos, si se quiere, pero nietos al fin de los Mendizábal, que son la gente de mayor calado, en cuanto a alcurnia, en nuestra colonial y noble y muy leal ciudad de la Concepción de Loja. Lo dijo con toda seriedad y mi mamá me lo confirmó. De manera que ya tienes- en claro que, aún con su barra de bastardía, yo podía ufanarme de haber empatado el limpio linaje hijodalgo de los Zabala con el coronado linaje de los Condes de Mendizábal. Y… de todos modos, si esto te parece un adefesio, el medio millón no lo era.

 

Aún vive la madre de la Fidedigna, de modo que para allá adelantó mi mamá, muy empingorotada, acompañada de mi cuñado Flores, socio de la galante empresa, vestido de temo con corbata a rayas y sombrero de ala arriscada. ¡Hubieras visto a la gente! Se arremolinaba en la puerta de la casa de los Santos, y se oían comentarios nada cristianos y carcajadas de lo más hirientes. Una chacota universal. Posiblemente lo que ocurría era chistosísimo y la Fidedigna y yo formábamos la pareja más ridícula de los últimos cincuenta años, no lo discuto, pero el medio millón no era ni chistoso ni ridículo, era completamente en serio.

 

Allá adentro, los dos hermanos de la Fidedigna se habían portado displicentes y se habían permitido sostener que si el matrimonio se hacía, debía de ser bajo el régimen de separación de bienes. ¡Nada de sociedad conyugal! Ellos querían precautelar, de todos modos, los bienes de la hermanita. ¡Sapos viejos! lo que deseaban era, de todos modos, llevarse la plata y ya te darás cuenta del por qué. Y bien: la señora Ignacia, la indígena madre de mi nobilísima fiancée, sorda la pobre ya por los años, a duras penas parece que comprendió de lo que se trataba. Lo cierto es que cuando llegó a comprenderlo, dijo que le parecía un enorme disparate, que la Fidedigna ya era vieja y que un matrimonio así solamente serviría para que la gente se riera. Entonces la Fidedigna se llevó a la anciana para adentro, y mirando a sus hermanos burlonamente, ella, haciendo de jefe de la casa y de padre y madre de sí misma, aceptó la petición de su propia mano y se auto-concedió, brindando a continuación nada menos que una copa de champaña. Entonces hice yo mi entrada, me porté cultísimo, atosigué a los cuñados a tabacos y a ella a bombones y terminamos la Fidedigna, sus ñaños, mi cuñado Flores y yo amarrándonos una borrachera formidable, con coñac chileno, desde luego. A mamá la mandamos a casa en un taxi. Fue una gran jornada. A la hora del amanecer, la Fide, como ya la llamaba, que me había lamido la cara toda la noche, se fue a dormir y yo terminé en El Valle, comiendo cuyes con aguacates en compañía de mis “hermanos”, los Santos, y Flores, “mi cuña”.

 

¡Fíjate a lo que uno se rebaja sólo por ganarse la vida! ¡Qué terrible es la tiranía de los porotos! Lo peor de todo es vivir de parásito donde los parientes. Se vive en un clima de fratricidio constante. Para evitar uno de esos crímenes que, de tan justificables y explicables casi ni deberían considerarse crímenes, pero que la gente, siempre ligera en sus apreciaciones, considera nefandos y espantosos, fue que me resolví a conquistar a la Fidedigna y apechugar con su achaparrado ser. Y te confieso que en El Valle fraternicé con sus hermanos y les pagué una juerga con los fondos de la empresa matrimonial. Tú recordarás que al hermano mayor le llaman el Árbol Florido. Un gaznápiro. Al segundo le dicen Caballo en Páramo, porque su desolado espectáculo da la idea que su apodo sugiere. El Arbol Florido se llama así tanto por lo que se adorna, ¡más que un pavo real!, como por su modo de hablar. Es de los gerundianos: si golpean una puerta, dice:

 

“Voy a ver quién maltrata ese inocente cedro”. ¡Si es como para patearlo! Estos vivos planearon mi catástrofe, pero es justo reconocer que la viva de la Fidedigna estuvo todo el tiempo de acuerdo con ellos. Quería tener quien le calentara la cama… y no dar un centavo en cambio. ¡Qué monstruo!

 

Bueno: te canso con tanto detalle. Tomémonos mejor un fuerte, ¿Quieres? Caray: si estás con la presión alta, síguele dando al cafecito, pero permíteme tomar un fuerte. La verdad es que nos casamos. Fue algo horroroso, porque ella insistió en hacer fiesta. “Solo una vez se casa uno en la vida”, dijo… y no hubo manera de cometer el disparate en privado, como aconsejaba la sana razón. Ni para qué te voy a contar el lamentable acontecimiento, en el que todo Loja fue invitado, bebió y comió a nuestra costa, es decir, a costa de la Fidedigna, y se burló de nosotros, riéndose a mandíbula batiente de nuestra achaparrada y vejancona pareja. ¡Todo sea por el medio millón, me decía yo entonces! Pensando en el medio millón encontraba fuerzas para afrontar el terrible ridículo. Es hermoso tener un noble aliciente en la vida. Con el medio millón como aliciente de la mía, yo era capaz de las más arduas acciones y de los mayores sacrificios. Y bien: el árbol Florido fue mi padrino, mamá la madrina. Nos casó el cura… Bueno eso no te importa. Lo que importa es lo que pasó cuando, al fin, nos quedamos solos.

 

Para contarte esta parte, tan íntima, preciso otro trago. ¿Me lo permites? ¡Aun cuando no me lo permitas! Venga otro trago, joven. Y verás: nos fuimos a Malacates, a ese calorcito, a casa de un amigo. Todo lindo y romántico, yo no más fregado con esa vieja pegajosa al lado mío. Ninguna ilusión, aparte del medio millón, claro está. Al fin, ya yendo a tocante lo tocante, le digo que lo que más ansia el hombre es tener hijos, y que yo tenía el sueño de un varoncito. Lo dije más que nada para tener algo que decir en semejante trance, y tal vez porque es posible que lo sintiera sinceramente. Y… ¿sabes con qué sale ella? Pues… se pone compungida, suelta unas lágrimas de cocodrilo, se retuerce de vergüenza, hace uno pucheros que más parecían cacerolas, se suena como si estuviese tronando para llover y hablando para adentro me dice que tiene que confiarme un espantoso secreto y pedirme perdón. Yo supuse que me iba a decir que no era virgen y eso, en una dama de más de cuarenta años, ¿qué podía importarme ni sorprenderme? A mí lo que me importaba era el medio millón y, gracias a Dios, su existencia no admitía duda. La animé a que abriera el buche.

 

Y entonces, entre ¡jipidos, hundiendo la cabeza en las manos, me confiesa que no tiene esos cuarenta años aún no cumplidos de que me habló, cosa que yo también sospechaba. Me dice que en realidad tiene cincuenta y cinco redondos, pues es la primera de los hijos de taita Santos. Y… ¡que ya hacía tres años que terminó de pasar por completo la menopausia, de modo que el plan de tener hijos era una tontera! Caramba… ¡qué cosa más ridícula! La vieja impía se había casado conmigo para una especie de jarana post-mórtem. Estaba completamente sobregirada. Yo, mejor no dije nada. Le hice uno cariños en la espalda, distraído, y me puse a hablar de lo bien que nos íbamos a instalar en Quito, y de cómo en la capital hay tantos medios de hacer producir el dinero. ¡Mucho más que en provincias! Ella, respiró. Parece que la infeliz, aun pensando que yo tenía algún interés en su persona, temía que todo se desbaratara al saberse su “gran secreto”. Y… ¡ya puedes figurarte qué luna de miel tan indecente!

 

Pero, eso sí, seré honrado: la encontré enterita. Tan enterita, que me fue imposible penetrar. Con el tiempo, las seguridades de esa puerta se habían triplicado. Para que fuese posible hacer algo, hubo que recurrir a la comadrona del pueblo, que trajo tijeras y con un poquito de éter y unas gasas, dejó expedito el cafio de la chimenea. Pero… ¡todo humo! Y… ¿a quién le provoca comer pescado ahumado hace años? Solamente el medio millón me dio fuerzas. Bueno, te lo diré: un medio millón es algo tan alentador, que no deja que el desaliento se le infiltre a uno en el corazón.

 

Ya en Quito, nos instalamos en un departamentito más o menos cómodo, entre El Tejar y la Plaza de La Merced. Dos viejitos cuadrados, eso es lo que éramos. La gente habrá pensado que ya teníamos nietos. Yo la soportaba. Ella me soportaba. Tal como te lo cuento, esto parece que hubiese durado sesenta años: duró veintidós días. Un lunes, yo llegué muy contento a decirle que cada vez que se venciera una letra de esas que tenía registradas en Loja, y cada vez que le mandaran el mensual del arriendo de la casa, tenía que darme la plata para ponerla en una cuenta que había yo abierto en el Banco Popular. Se sorprendió.

 

¿Qué te pasa? me dijo-.

 

- Nada, que el marido es el que debe manejar la plata.

 

Yo lo que creo es que vos estás loco.

 

-¿Loco? Loco estaría si pensara dejarte a vos que manejes la plata.

 

Bueno: las cosas quedaron clarísimas: ella no me daría un centavo. Toda la plata la manejaría ella. Además, ya había palabreado al Notario, para labrar la escritura de separación de bienes. Y aun cuando no se la hiciera. Las cuentas bancarias y las letras, estaban todas a su nombre. Y había otras letras y documentos de años anteriores: el total era mucho más de medio millón.

 

-Lo que haré es darte un mensual para tus gastos. Pero no te ilusiones, que no será abundante. Yo no soy derrochadora, gracias a eso es que tengo algo.

 

Ella no sería derrochadora, pero yo no soy fácil de convencer. Me había casado por la plata, la plata tendría. Resolví que eso se tendría que aclarar definitivamente esa misma noche. De modo que la agarré por los cabellos, resuelto a darle la gran paliza. Y… ¿sabes qué pasó? ¡Que ella era mucho más fuerte que yo! No tienes idea de la fuerza que había sabido tener esa purrunga. Te ahorro los detalles: después de media hora de sacudones, me había dado la paliza más grande de mi vida. Quedé inconsciente, rota la cabeza, hinchados los ojos, con tres dientes menos ¿ves? Este de aquí… y este… y éste que me lo quebró no más- y unas patadas fenomenales en el trasero, cosa de no poder ni sentarme. Con decirte que al fin, loco ya de aguantar tanto, Me arrodillé, le pedí perdón y le juré que nunca más le volvería a hablar de plata, que haría lo que ella quisiera y que nunca más le jalaría del pelo.

 

Y ve: por todo este cúmulo de horrores, por la menopausia y por la separación de bienes, por todo ello habían consentido en el matrimonio del Arbol Florido y el Caballo en Páramo. Total, al fin de cuentas, casi toda la plata iría a parar a manos de ellos, cuando la Fidedigna estirase las robustas patas. Quizá a mí me dejaría algo en el testamento… si es que yo no moría primero, que era lo más probable.

 

Cuando desaparecieron los moretones me fui por casa de mi hermano, de nuevo en calidad de huésped permanente, no sin romper antes un cofrecito de la Fidedigna, en el que encontré veinte mil sucres. Me los apropié en calidad de indemnización por todos los horrores que yo había sufrido. Ella presentó contra mí una denuncia por robo en una Comisaría, y se la rechazaron, porque la mujer no puede acusar a su marido. ¡Qué sabias y justas son nuestras leyes! Uno se enorgullece de haber nacido en un país donde las leyes son de tan alta calidad. Me fui donde un abogado paisano nuestro y ya está planteado el divorcio. El abogado asegura que va a conseguir en la sentencia una pensión mayor que la que pensaba la vieja malvada darme para tabacos. Tal vez me consiga mil quinientos mensuales, pues tiene que darme para mi “congrua sustentación”, ése es mi derecho y como soy persona fina y principal, pues… han de ser siquiera mil quinientos sucres. ¿Y ella? ¡Ya se volvió a Loja! Y que no se queje: conoció al fin lo que es la miel de la vida y además le limpiaron a la perfección el caño de la chimenea.

 

Al despedirme, dejé en Zabalita un hombre relativamente feliz: se estaba comiendo los veinte mil del cofre de la Fidedigna y no temía al futuro, porque ya tendría la base firme de la “congrua sustentación” que iba a pagarle su “cónyuge sobreviviente” por mandato judicial.

 

Fuente: http://www.alejandrocarrion.org/