DISFRUTA DE LOS ESFUERZOS

 

 

Gabriel Sandler

 

Si es mucho el trabajo por hacer, entonces es mucha la vida la vida que está esperando ser vivida, y mucho el valor por ser generado. Las tareas difíciles y complicadas son las más deseables, porque son las únicas que hacen que la vida sea rica.

 

Si el trabajo es duro, si la tarea es demandante, tómala como una oportunidad de oro para elevar tu desempeño a un nivel más alto aún. Tienes lo necesario para recorrer el camino diligentemente, y si lo haces las recompensas pueden ser enormes.

 

Disfruta de los esfuerzos, porque esos esfuerzos brindarán muchísima sustancia a tu vida. Acepta los desafíos con los brazos abiertos, y esos desafíos te aportarán fortaleza, confianza, perseverancia y satisfacción.

 

Sabes cómo se siente marcar una diferencia. Se siente maravillosamente bien así que hazlo, una y otra vez.

 

En lugar de sentirte agobiado por el arrepentimiento, date la posibilidad de sentirte empujado por tus propios logros. Acepta los esfuerzos, disfruta de ellos y siente el poder de tu propio propósito, mientras va quedando en evidencia a través de tus acciones.

 

Ofréndale a la vida tus mejores y más entusiastas esfuerzos. Y estarás dándote enorme plenitud a ti mismo.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

150 DE MORTADELA (PARTE I)

 

 

Hernán Casciari

 

En estas diez historias breves hay un payaso depresivo, dos jóvenes amantes previsores, una lagartija prodigiosa, una niña australiana que viaja hacia el filicidio, un portugués con problemas gástricos y morales, un gordito que calca mapas por placer, tres parejas de heterosexuales aburridos, un perro descaderado y roto, un pelirrojo vengativo y una almacenera desilusionada.

I.

Jorge Golondrina era un payaso alcohólico y depresivo que trabajaba desde hacía años en el mismo circo roñoso. Una noche, después de una resaca, decidió matarse en medio de la función del sábado. La idea del suicidio lo sedujo por dos razones: un poco porque siempre había fantaseado con convertirse en mito, y otro poco para vengarse de su jefe Mendizábal, que había decidido despedirlo al acabar la temporada porque el circo se iba a pique. Cuando le tocó el turno de salir a escena, Jorge Golondrina hizo las piruetas de siempre, se cayó y se levantó, recitó los mismos cuatro chistes gastados y al final, inesperadamente, se colgó en público. Murió enseguida. A la platea juvenil le provocó tanta risa el pataleo final del suicida, el estertor del payaso, que Mendizábal incorporó la rutina del ahorcado en la siguiente función (claro que con otro payaso) y se hizo rico.

II.

Los dos tendrían que morirse tarde o temprano. Primero uno y después el otro, o a la vez (por ejemplo en un accidente de avión). Los dos tenían un pasado que contarse y que comprender sin imágenes, sólo a través de palabras y de sobreentendidos. Ambos deberían construir un futuro ingobernable. Y presentarse a sus mundos. Y quedar con amigos a cenar. Y hablarse por teléfono desde el trabajo, para combinar en qué esquina, a qué hora, y qué película. Uno de los dos se cansaría primero, uno de los dos mentiría primero, uno de los dos caería en la tentación antes que el otro. Alguien sería el primero en levantar la voz. Alguno se enojaría por primera vez y alguien, antes o después, encontraría más defectos que virtudes en su pareja. Fue por esto, y no por incompatibilidad de caracteres, que no se llamaron después del fin de semana.

III.

Una lagartija ibérica que, por un extraño capricho de la naturaleza, había nacido con entendimiento humano, vivió mucho tiempo a la vera de un río. A los dos años comprendió que la tierra giraba sobre su propio eje y supo diferenciar la noche del día, el verano del invierno y los insectos dípteros de los homópteros. A los tres años ya sabía reflexionar, multiplicar enteros y cazar invertebrados con la lengua. A los cuatro años comprendía el idioma latín, y dejó de llamarse a sí misma lagartija; se refería a ella como lacerta hispanica. Promediando su edad, ya casi anciana, descubrió por fin a un pescador a la vera del río y, fascinada por el hallazgo, comenzó a escribirle un mensaje con la cola sobre la arena mojada. Cuando el hombre le cortó la cabeza con la pala, la lagartija había escrito solamente dos palabras y parte de una tercera.

IV.

Cuando cumplí ocho años, mamá y papá me llevaron a Brisbane, en Queensland, para matarme. El viaje duró toda una noche y parte del día. Papá hizo un descanso en Gold Coast, creo, o en Byron Bay, para desayunar. Bajaron ellos; a mí me dejaron en el coche. Llegamos a Brisbane a media mañana, pero no entramos a la ciudad. Papá tomó un desvío, una calle de tierra rojiza cercana al oleoducto de Moonie. A mamá se le escapó un sollozo cuando el coche se detuvo, y papá la miró brutalmente. “No quiero un melodrama “, le dijo. Yo no conocía esa palabra, pero intuí que significaba baño de sangre, como si en esa frase le dijera que, en vez de acuchillarme, lo mejor sería asfixiarme con una manta. Todavía me recorre un temblor en todo el cuerpo cuando escucho por la radio, o por la televisión, la palabra melodrama.

V.

Cada vez que Nuno Gonzáles se tiraba pedos nocturnos, a la mañana siguiente moría una jovencita virgen del pueblo. Como Vinhais eran veinte casas, y muy pocas las mozas casaderas, el alcalde le tenía prohibidísimo a Nuno cenar picante, con legumbre, con alubia roja, o beber agua con bicarbonato. Y aunque a Nuno Gonzales le preocupaba mucho mantener equilibrada la demografía de Vinhais, tenía debilidad por los huevos rellenos de atún y mayonesa. Los compraba clandestinos en una aldea vecina, los llevaba a su casa escondidos en las botas, los devoraba de a seis, con culpa, a la madrugada se tiraba unos pedos estridentes en la cama y después metía la cabeza debajo de la cobija para olerlos. Por la mañana se vestía de negro riguroso y era el primero en llegar al funeral de la jovencita muerta del día. Lo hacía silbando un foxtrot, para despistar a las autoridades.

VI.

Cuando llegaba el verano calcaba mapas toda la tarde. Compraba hojas transparentes y dos plumines. Me gustaba el sur de Chile, Israel, los países nórdicos y las islas del Japón. Pero había un país imposible, alucinante, que era mi preferido: el Mediterráneo. Me gustaba calcarlo al revés: en vez de pintarlo de azul por dentro, lo pintaba de azul por fuera, como si en realidad se tratara una isla, y España y Francia y África fuesen mares que lo bañaran. El Mediterráneo era un país habitado por los mediterreños, con leyes propias y sus provincias. España era su mar del norte, y África su océano del sur. Su flor nacional era el marisco y el himno se parecía a la sirena de los barcos. Después empezaban las clases y otra vez me aplazaban en geografía. Pero eso no es lo malo. Lo malo es que los demás chicos me manoseaban.

VII.

Para jugar al Progree son necesarias al menos tres parejas heterosexuales, un living con alfombra y licores. El objetivo del juego consiste en seducir a la mayor cantidad de personas del sexo opuesto utilizando la crítica de discos, el roce intelectual, la complicidad referente a datos bizarros de la infancia o cualquier recurso que no implique contacto físico directo. En el Progree se denomina «cornudo» al jugador cuya pareja resulte más enamoradiza, y «calientapija» a la participante con mayor capacidad de seducción. El jugador que tenga un «cornudo» sentado a su derecha puede pedirle a cualquiera que toque la guitarra. Sólo tiene la posibilidad de negarse una «calientapija» o un jugador pelirrojo (como las reglas son irlandesas, en Hispanoamérica también vale rubiecito). La pareja que, sumados sus puntos, menor seducción provoque, debe bajar a comprar helado Hagen-Daaz. Gana el juego el primer jugador que ponga un disco de bossa nova.

VIII.

Un perro puede estar rengo, ronco, ciego, hambriento, descaderado, sordo, encandilado, roto, puede sacar la lengua porque está cansado e inventarse otra para lamerse; puede ser un hotel lleno de parásitos, puede llorar, aullar, desconsolarse, saberse animal y doméstico, puede no tener dios a su perruna imagen y semejanza, ni virgen maría; ni saber la hora, ni saber el año, ni saber si el frío está afuera o en sus huesos, ni saber si aquello que lo pateó es el diablo; puede entender catorce palabras de hombre, y entender que un año para él son siete años y que la muerte llega así más pronto; un perro puede estar mal, horriblemente mal, a punto de morirse, pero igual —si lo llamás con ganas— agarra y viene y te arma fiesta y te mueve la cola y se te queda al lado, por las dudas de que vos estés más triste.

IX.

Amada mía: soy Panizza, el pelirrojo que vive a la vuelta de tu casa, el hijo del que arregla televisores. Soy el que ayer, a las dieciocho, te preguntó por la calle si no querrías ser mi novia. Vos ibas con la rubia a la que llaman Condorito y con una gorda que desconozco. Se rieron de mí, me señalaron con mofa, me hicieron fuckyou con los dedos y siguieron camino. No me molestó la burla de tus escoltas, pero sí la tuya. Inmediatamente nació en mí la sed de venganza: primero sopesé la idea de estudiar frenéticamente, triunfar, hacerme rico y famoso para que, al verme alguna vez en los diarios, te arrepintieras de haberme rechazado, pero enseguida comprendí que es mucho más práctico, más fácil y más contundente arrojarse de cabeza desde el puente de Luján. Ahora, que estoy muerto, a ver quién se ríe último, amada mía.

X.

Era un muy buen muchacho, rubio, calladito, que venía siempre a comprar a la noche. Mi marido y yo no somos mucho de dar conversación a esa hora, porque el almacén está que revienta: la gente se acuerda de que le falta algo siempre a última hora. Pero él siempre tenía una palabra amable, nunca parecía apurado. Compraba solamente mortadela, eso sí: ciento cincuenta de mortadela, pedía, y se quedaba mirando la máquina de cortar fiambre. A lo último ni siquiera pedía. ¿Lo de siempre, rubio?, le preguntaba yo. Y él me hacía que sí con la cabeza. Decir que yo no tengo hija, agente, que sinó los emparejaba. Mire qué error hubiera cometido… Pero pasa que era el típico chico que una quiere para yerno. Educadito, buenmozo, con don de gente. Yo no me hubiera imaginado nunca que pudiera ser un violador ese muchacho. ¡Si tenía las uñas impecables!

 

Cada uno de estos cuentos (y los que vendrán) caben en ciento cincuenta palabras.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

LA ESCLAVITUD DE LA DESHONESTIDAD

 

 

David Fischman

 

Imagine que usted es ejecutivo de ventas de una empresa. Cada día debe visitar a cinco clientes. Ha visitado cuatro y está cansado. Quisiera ir a descansar con su esposa e hijos. Finalmente, decide reprogramar su última cita, con el cliente A y se va a su casa.

Al día siguiente tiene dos alternativas: entrega su reporte donde figura que visitó sólo a cuatro clientes y ofrece una explicación honesta, o declara que visitó a cinco clientes e inventa los datos de A. Para su jefe es vital que los ejecutivos de ventas cumplan su plan del día. ¿Qué decisión tomaría?

Usted decide inventar los datos, total es sólo un informe. A los dos días lo llama su jefe y le dice que ha escuchado que el cliente A hará una compra importante y le pide que le cuente cómo fue su entrevista ¿Qué haría? ¿Le dice la verdad o inventa el episodio?

Usted decide inventar una conversación inexistente sobre las posibles compras de A. Termina la reunión un poco asustado, pero pensando que ya pasó lo peor. Al día siguiente su jefe decide ir a A con usted para profundizar las conversaciones iniciadas en su cita inicial.  ¿Le dice la verdad?

El caso anterior revela cómo a medida que respondemos ante situaciones cotidianas de forma deshonesta, vamos limitando nuestra propia libertad. El profesor Jonathan Golergant, señala que cada vez que faltamos a la verdad, es más difícil dar marcha atrás y rectificarnos. Creamos las paredes de nuestra propia cárcel, mentira a mentira y terminamos esclavizados por nuestras propias palabras.

Por otro lado, el mundo de los negocios ya es lo suficientemente complejo y demanda tener nuestra memoria sobrecargada de cifras, datos y hechos. ¿Por qué cargarla adicionalmente con hechos inventados que no hemos vivido para justificar nuestras mentiras?

Un alpinista que escalaba una montaña tenía dos caminos para llegar a la cima. Uno largo, lento, seguro, con poca pendiente, y otro inmediato, más empinado y con mucha nieve. Decide tomar el corto, para llegar antes. Pero como la nieve no estaba firme, resbaló al precipicio. Eso mismo le ocurre a los ejecutivos a cada minuto. Enfrentan decisiones para escalar la cima de su desarrollo profesional.

Sin embargo, el terreno de la vida poco íntegra es como la nieve y, en el largo plazo, se derrumba al precipicio.

Además de los robos y sobornos, la deshonestidad se presenta en la empresa de otras formas sutiles: manipular la información mostrando sólo lo bueno o lo malo de un proyecto por conveniencia; hablar mal y generar rechazo hacia alguien que consideramos rival en la empresa, modificar cifras de proyectos; apropiarse de ideas de colegas, u omitir una verdad que por responsabilidad debemos comunicar.

Un jefe de personal llama a un nuevo empleado y le dice: Tú, ¿qué creíste, que te saldrías con la tuya? He confirmado tus referencias y no has trabajado en ninguna empresa mencionada en tu curriculum. ¿Creíste que me podías engañar? De ninguna manera, respondió el empleado con seguridad: “Sólo estaba mostrando mis verdaderas capacidades. En el aviso que publicó  solicitando personal decía que ustedes buscaban personas con excelente imaginación”. (The manager’s intelligent report)

Usemos nuestra creatividad e ingenio para encontrar nuevos caminos, no para justificar aquellos que tomamos desviados de nuestros valores.

 

Fuente: https://www.effectusfischman.com

EL BAILE DE LOS QUE SOBRAN…

 

 

Gino Winter

 

Llegué por enésima vez al Aeropuerto Internacional de Miami, pero esta vez un inesperado comité de recepción, compuesto por policías de migraciones de origen latino, me esperaba. Tenían una lista con mi nombre y el de otros muchos galifardos que, como yo, somos habitués, consuetudinarios, «caseritos» de los aeropuertos de este país.

Nos separaron como en La Lista de Schindler, y nos condujeron a una salita que tenía tres ventanillas de atención con sus respectivos agentes malcriados y teatreros, jugando al policía malo, con poses de interrogador psicológico de las películas clase B de los años veinte… En fin, diría que estaban haciendo el más completo ridículo si no fuera porque la mayoría de latinos que me acompañaban confesaron, en menos de lo que se persigna un cura loco, que sus intenciones eran trabajar aquí unos meses y hasta quedarse para siempre en este nuevo valley of tears…

 

Me tocó el turno y fui inmediatamente conminado por una pareja de policías que trabajaban en estéreo: uno era blanco con aspecto de balsero cubano y el otro un african-american (un negro, ¡tanta vaina!) que más parecía merenguero dominicano en inglés. Me preguntaban, ambos a la vez, subiendo el volumen, sobre qué hacía allí, a qué había ido, etc. Si a uno le respondía en forma afirmativa, el otro recogía mi respuesta para su pregunta que aún no había contestado y empezaba a achacarme una serie de acusaciones contra las leyes de inmigración, la constitución USA, la tuta enmienda no sé qué número, la muerte de Kennedy y la fellatio de Clinton… Yo los miraba con los mismos ojos que puse cuando mi secretaria me dijo que estaba embarazada y luego entré en el mismo nivel de ondas gamma que cuando recordé que ya me había hecho antes la vasectomía, es decir, mientras estos pobres agentes de aduana sudaban y se agitaban como strippers rengos, yo estaba en una especie de Nirvana, más sereno que Michael Corleone cuando le dijo a su mujer que él no era El Padrino…

 

Les pregunté por qué me trataban tan mal o más bien «intentaban» tratarme tan mal y me respondieron que todos los culpables se quejaban de lo mismo… Y así durante más de media hora fui contestando estupidez y media acerca de mi origen, mi vocación de escritor, mi nueva novela (y la única), mi retiro del mundo financiero, mi familia poderosa perseguida por el nuevo gobierno, mi abuelo bombero y mi tía paracaidista, en fin, hasta les aposté que mis antepasados tenían más años en los Estados Unidos (ver registros del Mayflower) que los Pedreros y que los Ortega, que es así como se apellidaban los huachafos estos, que se juraban anglosajones sin mirarse antes al espejo. Parece que les dolió en su torcido amor propio, pues me retaron a que les enseñe todo lo que traía en mi billetera. Les dije que no tenía por qué hacerlo sin un fiscal al lado, pero que igual se la daba para que vieran que estaban perdiendo su «valioso» tiempo conmigo.

 

Encontraron unos cuantos dólares y mis tres tarjetas platinum de diferentes bancos y mi vieja licencia de manejo de Florida. Me dijeron que esos eran síntomas de que tenía cuentas en USA, por lo tanto estaba residiendo y trabajando ahí (es todo lo que pudieron colegir con su IQ de policía uniformado: hace poco un postulante a policía enjuició a la institución por haberlo rechazado «por ser demasiado inteligente para la profesión»)…

Felices, sudorosos y con mirada de «ya te jodí» me escoltaron hasta otro salón más grande y más custodiado, en donde casi cien extranjeros de las más remotas nacionalidades (no sé qué hacían hasta británicos allí) se mataban demostrando que sólo eran turistas de paso. Me tuvieron detenido varias horas, interrogándome cada cierto tiempo diferentes agentes con los mismos resultados, inclusive les dije que si encontraban alguna cuenta a mi nombre en cualquier lugar de USA, les regalaba el saldo o lo donaba a la Escuela de Agentes de Migraciones. Me entretuve examinando rostros extraños y practicando mi esforzado inglés con australianos, escoceses y algunos asiáticos, e intercambié algunas frases en italiano con dos lindas napolitanas de media tonelada cada una.
Cuando pedí ir al baño, me facilitaron uno que tenía un cepo y argollas para los grilletes; no sé si sólo sería escenografía, pero a los que entraron conmigo se les suspendió el flujo…

Ya cansado y mortificado por la larga espera, aunque entretenido por esta nueva rutina de entrevistas y por la variada fauna que se movía a mi alrededor (entre ellas, algunas bellezas europeas más hermosas que la Polinesia) entrelacé mis manos y le pedí a Dios, con todo respeto por supuesto, que se buscara otro Job porque lo que es yo, paciencia, lo que se dice paciencia, nunca tuve y que por favor me permitiera ver a mis hijos que se estaban disecando en la sala de espera del aeropuerto, seguramente preocupados por mí.

Esa fue una de las pocas veces que realmente sentí que Dios me escuchaba, porque no bien terminé mi inconexa oración, fui llamado a una oficina en donde el jefe de turno y dos nuevos y extremadamente amables agentes, me pidieron disculpas en dos idiomas, me dieron la bienvenida a los Estados Unidos de Norteamérica, me escoltaron hasta la salida y me devolvieron mis tarjetas platinum sin siquiera preguntarme por qué andaba con tarjetas vencidas y anuladas en la billetera…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

PARA UN FINAL PRESTO

 

 

José Lezama Lima

 

Una muchedumbre gnoseológica se precipitaba desembocando con un silencio lleno de agudezas, ocupa después el centro de la plaza pública. Su actitud, de lejos, presupone gritería, y de cerca, un paso y unos ojos de encapuchados. Eran transparentes jóvenes estoicos, discípulos de Galópanes de Numidia, que aportaban el más decidido contingente al suicidio colectivo, preconizado por la secta. Ese fervor lo había conseguido Galópanes abriendo las puertas de sus jardines a jóvenes de quince a veinte años; así logró aportar trescientos treinta y tres decididos jóvenes que se iban a precipitar en el suicidio colectivo al final de sus lecciones. La secta denominada El secuestro del tamboril por la luna menguante, tenía visibles influencias orientales, y por eso, muchos padres atenienses, que amaban más al eidos que al ideal de vida refinada, si mandaban a sus hijos a esos jardines era para permitirse el áureo dispendio, de que sus hijos, sin viajar, pudiesen hablar de exotismos.

 

La primera idea de fundar El secuestro del tamboril, había surgido en Galópanes de Numidia, al observar cómo el rey Kuk Lak, al verse en el trance de ejecutar a un grupo de conspiradores, había tenido que arrancarlos de la vida amenazadora que llevaban y lanzarlos con fuerza gomosa en la Moira o en Tártaro, según estuviesen más apegados a la religión que nacía o a la que moría. Al ver Galópanes los crispamientos y gestos desiguales e incorrectos de los jóvenes ajusticiados decidió idear nuevos planes de enseñanza. Un jardín de amistosas conversaciones, donde los jóvenes fuesen conspiradores o amigos, pero donde pudiesen irse preparando para entrar en la muerte, cuando se cumpliesen los deseos del Rey. Así una de las frases que había de seguir en la academia: un joven desmelenado, o que pasea perros o tortugas, es tan incorrecto o alucinante como el león que en la selva no ruge dos o tres veces al día. Con esos recursos los jóvenes iban conversando y preparándose para morir, mientras el Rey afinaba mejor sus ocios y buscaba con detenimiento las mejores cabezas.

 

Habían acudido los trescientos treinta y tres jóvenes estoicos para cerrar el curso con el suicidio colectivo. Existía en el centro de la plaza pública un cuadrado de rigurosas llamas, donde los jóvenes se iban lanzando como si se zambullesen en una piscina. El fuego actuaba con silencio y el cuerpo se adelantaba silenciosamente. Esa decisión e imposibilidad de traición, ninguno de los jóvenes transparentes habían faltado, únicamente podía haber sido alcanzada por las pandillas diseminadas de estoicos contemporáneos. Aun en el San Mauricio el Greco, lo que se muestra es patente: se espera la muerte, no se va hacia la muerte, no se prolonga el paseo hasta la muerte. Solamente los estoicos contemporáneos podían mostrar esa calidad; ningún traidor, ningún joven vividor y apresurado había corrido para indicarle al Rey que los jóvenes que él utilizaba para la guerra iban con pasos cautelosos a hacer sus propios ofrecimientos con su propio cuerpo ante el fuego.

 

Las lecciones de los últimos estoicos transcurrían visiblemente en el jardín. Sus cautelas, sus frases lentas, los mantenía para los curiosos alejados de cualquier decisión turbulenta. Muy cerca, en sótanos acerados, una banda de conservadores chinos, en combinación con unos falsificadores de diamantes de Glasgow, había fundado la sociedad secreta El arcoiris ametrallado. En el fondo, ni eran conservadores chinos ni falsificadores de diamantes. Era esa la disculpa para reunirse en el sótano, ya que por la noche iban a los sitios más concurridos del violín, la droga y el préstamo. Querían apoderarse del Rey, para que el hijo del Jefe, que tenía unas narices leoninas de leproso, utilizadas, desde luego, como un atributo más de su temeridad, fuese instalado en el Trono, mientras el Jefe disfrutaría con su querida un estío en las arenas de Long Beach.

 

La policía vigilaba copiosamente a la banda de chinos y falsificadores. Pero sufrirían un error esencial que a la postre volaría en innumerables errores de detalles. De esos errores derivarían un grupo escultórico, una muerte fuera de toda causalidad y la suplantación de un Rey. Era el día escogido por los estoicos de Galópanes para iniciar los suicidios colectivos. El frenesí con que habían surgido los gendarmes de la estación, les impedía entrar en sospechas al ver los pasos lentos, casi pitagorizados de los estoicos. A las primeras descargas de la gendarmería, los estoicos que iban hacia la hoguera silenciosamente, prorrumpían en rasgados gritos de alborozo, de tal manera que se mezclaban para los pocos espectadores indiferentes, los agujeros sanguinolentos que se iban abriendo en los cuadros de los estoicos suicidas y las risas con que éstos respondían. Al continuar las detonaciones, las carcajadas se frenetizaron.

 

El capitán que dirigía el pelotón tuvo una intuición desmedida. La situación siguiente a la muerte de su tío, poseedor de un inquieto comercio de cerámica de Delft, y ya antes de morir serenamente arruinado, con quien había vivido desde los cinco años; al ocurrir la muerte de su tío, se obligaba a aceptar esa plaza de capitán de gendarmes, brindada por un cuarentón comandante de húsares a quien había conocido en un baile conmemorativo del 14 de Julio. Nuestro futuro capitán de gendarmes había asistido al baile disfrazado de comandante de húsares, mientras el comandante de húsares asistía disfrazado de cordelero franciscano. Éste fue el motivo de su amistad iniciada por unas sonrisas mefistofélicas, continuada por la espera de la plaza demandada, y terminada, como siempre, por una apoplejía fulminante.

 

El comandante cuando se embriagaba abría su Bagdad de lugares comunes. Uno de los que recordaba el actual capitán de gendarmes era: que una carga de húsares era la antítesis del suicidio colectivo de los estoicos. Más tarde, al recibir una beca en Yale para estudiar el taladro en la cultura eritrea en relación con el culto al sol en la cultura totoneca, había aclarado esa frase que él creía sibilina al brotar mezclada con los eructos de una copa de borgoña seguida por la ringlera inalcanzable de tragos de cerveza. Un insignificante estudiante de filosofía de Yale, que presumía que había frustrado su vocación, pues él quería ser pastor protestante y poseer una cría de pericos cojos del Japón, le reveló en una sola lección el secreto, lo que él había creído en su oportunidad un dictado del comandante en éxtasis.

 

La plaza pública ofrecía diagonalmente la presencia del museo y de una bodega de vinos siracusanos. El capitán decidió utilizar los servicios de ambos. Así, mientras lentamente iban cesando las detonaciones mandaba contingentes bifurcados. Unos traían del museo ánforas y lekytosaribalisco, y otros traían borgoña espumoso de la bodega. Los estoicos se iban trocando en cejijuntos, aunque no en malhumorados. El jefe, Galópanes de Numidia, había trazado el plan donde estaban ya de antemano copadas todas las salidas. Días antes del vuelco definitivo de los estoicos suicidas en la plaza pública, había hecho traer de la bodega sus colecciones de vinos, con la disculpa de consultar etiquetas y precios para la festividad trascendental. Los había devuelto, alegando otras preferencias y la excesiva lejanía aun del festival, pero regresaban los frascos portando los venenos más instantáneos. Los gendarmes que creían transportar en esas ánforas líquidos sanguinosos cordiales reconciliaciones con el germen y el transcurso, se quedaban absortos al observar cómo abrevando los estoicos entraban en la Moira. Los estoicos, con dosificado misterio causal provocado, morían al reconciliarse con la vida y el vino les abría la puerta de la perfecta ataraxia.

 

El Rey vigilaba a los conspiradores que no eran conspiradores, pero desconocía a los estoicos de Galópanes. Creía, como al principio creyó el capitán, que la salida era la de los conspiradores falsarios. Desde una ventana conveniente contempló el primer choque de los gendarmes con los estoicos pero al observar posteriormente cómo conducían hasta los labios de los que él presuponía conspiradores, las ánforas vinosas, creyó en la traición de ese pelotón, y desesperado, irregular, ocultadizo, corrió a hacer la llamada a otro cuartel donde él creía encontrar fidelidad.

 

Ante esa llamada y su noticia, la tropa salió como el cohete sucesivo que permitiría a Endimión besar la Luna. Pero entre la llamada y la salida a escape habían sucedido cosas que son de recordación. En ese cuartel, en la manipulación de los nítricos, trabajaba un pacifista desesperado. Fundador de la sociedad La blancura comunicada, cuya finalidad era hacer por injertos sucesivos, precioso trabajo de laboratorismo suizo, del tigre, una jirafa, y del águila, un sinsonte; asistía furtivamente a las reuniones de los estoicos; en sus paseos digestivos sorprendía a ratos aquellos diálogos la preparación de la muerte, y sabía la noche en que los estoicos caerían sobre la plaza pública. El día anterior se introdujo valerosamente en el almacén del cuartel y le quitó a cada rifle tornillos de precisión, debilitando en tal forma el fulminante que el plomo caía a pocos pies del tirador, formándose tan sólo el halo detonante de una descarga temeraria.

 

Al llegar a la plaza la tropa del cuartel y contemplar a los gendarmes y a los supuestos conspiradores, alzando el ánfora de la amistad, lanzaron de inmediato disparos tras disparos. Los estoicos ya iban cayendo por el veneno deslizado en las ánforas, pero la tropa del cuartel admiraba su puntería, la cegadora furia les impedía contemplar que el plomo caía, pobre de impulso, en una parábola miserable. Cuando creían que la muerte lanzada con exquisita geometría daba en el pecho de los conspiradores, el azar le comunicaba a sus certezas una vacilación disfrazada tras lo alcanzado, tan distante siempre de los errores preparados por los maestros de ajedrez que saben distribuir un fracaso parcial, o el detalle imperfecto de algunos retratos de Goya, el perrillo Watteau que tiene una cabeza de tagalo combatiente, hecho maliciosamente para que el conjunto adquiera una deslizada exquisitez.

 

El Rey formaba un grupo escultórico. Detrás de la ventana contemplaba la muerte refinada activísima y las detonaciones bárbaras eternamente inútiles. Cuando llegó a la plaza pública la tropa del cuartel, y vio sus detonaciones, corrió a llamar a los otros cuarteles, anunciándole paz tendida y muy blanca.

 

El grueso de sus tropas vigilaba las fronteras. El Jefe de la pandilla acariciaba sus parabrisas y vigilaba todo posible gagueo de sus ametralladoras. Al pasar el Jefe por la estación del capitán de gendarmes notó una ausencia terrible: más tarde al no encontrar resistencia por parte de la tropa del cuartel, pensaron que todos esos guerreros equívocos estaban rodeando al Rey para preparar una defensa real.

 

Al pasar por la plaza pensaron en el regreso de las tropas fronterizas en abierta pugna con aspirantes consanguíneos. Ya aquí pensaron que les sería fácil apoderarse del Rey, pero extremadamente peligroso abrir las ventanas del Rey puesto, frente a esa plaza, donde no se sabía cuándo sería el último muerto, y con quién en definitiva se abrazaría.

 

La jornada de los conspiradores falsarios era como un largo brazo que va adentrándose en un oleaje. Pudieron resbalar en Palacio hasta llegar frente a la antecámara. Aquí el Jefe y su hijo, el de las narices leoninas de leproso, se adelantaron, finos, capciosos, con sus dedos como un instrumental probándose en la yugular regicida.

 

Un año después, el Jefe, con su querida, se estira y despereza en las arenas de Long Beach. Contempla la cáscara de toronja que las aguas se llevan, y el peine desdentado, con un mechón pelirrojo, que las aguas quieren traer hasta la arena.

 

Fuente: https://cuentosimperdibles.wordpress.com

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