EL PRIMER SORBO DE CERVEZA

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Imagínese que llega a su casa cansado después de un día de intenso trabajo y bastante calor. En la refrigeradora lo espera una botella de cerveza bien fría. Se la sirve en una pinta que guarda en el congelador y disfruta del primer trago como si estuviera en el cielo. La première gorgée de bière es un estándar muy francés de los placeres minúsculos y es el título de un libro de Philippe Delerm que le recomiendo, pero se lo explico porque va a ser difícil de conseguir.

 

Hay gente capaz de disfrutar así, como si se estuviera bebiendo el cielo, de un vaso de agua que ni siquiera está fría. Otros, en cambio, encontrarán siempre algún defecto: la cerveza tiene poca espuma, o tiene más de la cuenta, o no está tan fría, o está demasiado fría… De paso le aviso que la espuma es parte esencial de la gloria de la cerveza igual que la serendipia de tomársela como le toque, sin provocarla ni evitarla cuando se la sirven.

 

Cada uno tiene en esta vida su première gorgée de bière, sus hábitos, sus reflejos, sus gustos que valen toda la sed del mundo. La cerveza y la sed son apenas ejemplos: ponga la bebida que más le guste y en lugar de la sed ponga el estrés, la fatiga, el aburrimiento, la sobrecarga de trabajos o de problemas.

 

Aprendemos tarde en la vida que lo que importa no es la plata ni el poder. Y mire que todo el mundo lo dice y lo repite, especialmente los que tienen plata o poder y al cabo de los años no han sido felices. A pesar de esos consejos seguimos buscando la felicidad en las cajas fuertes y en las alfombras rojas en lugar de buscarla en las cosas minúsculas de las que podemos disfrutar mucho más que de los millones acumulados no se sabe para qué.

 

Y le advierto que en este mundo la riqueza está muy mal repartida y no tiene nada que ver con el billete. Ricos son los que saben disfrutar de las cosas sencillas y pobres los que no saben disfrutar de nada. Ahora se lo abrevio: ricos son los que saben y pobres los ignorantes. Fíjese que no hay sabios ricos y no es porque no sepan sino porque no quieren.

 

Mire qué fácil es ser feliz con las cosas de este mundo y no le digo nada si cree en las del otro, donde se regala todo lo que de verdad tiene valor. Esos detalles son los que al final importan: ser capaces de disfrutar de los afectos, de la belleza sencilla de las cosas que nos rodean; de los olores de las plantas, del filo de las piedras, de la gravedad fugaz del agua y de los caprichos del fuego; de paisaje estremecedor de la selva o de un arbolito que crece moroso en una maceta; del sabor genético de la carne asada o de lo que nos queda en un vaso con soda de sifón; de la ópera Nabucco en la Scala de Milán o de una cumbia mal grabada mientras cocinamos fideos con manteca…

 

Decía Adolfo Bioy Casares que la sensación más placentera –la première gorgée de bière– de su vida la tuvo al despertarse en un camarote de tren y oír los pasos de alguien en la grava. Eso es la vida: nada y todo a la vez. No se la pierda.

 

Fuente: http://www.larevista.ec/

¿ME PUEDO HACER UNA FOTO CON USTED?

 

 

Hernán Casciari

 

La primera vez que vi a un famoso fue en Mar del Plata. Yo, nueve años. Ella, Verónica Castro. Me miró con asco, y me dio como un cosquilleo ver a una estrella a medio metro. Años después conocí a alguien que había estado cogiendo toda la noche con una prima hermana de Johnny Deep.

Ver a un famoso es raro. Da cosa. Lo ves venir por la vereda y no sabés qué hacer; lo malo es que el cerebro inmediatamente te da la orden de saludar. Una vez me pasó con Facundo Cabral en Buenos Aires: me lo confundí con un mercedino, le levanté las cejas cuando pasaba y le dije “qué hacés”. Qué vergüenza, la cara que me puso el cantautor no se me borra.

Hay otras cercanías, más indirectas, que son sobrecogedoras. ¿Cuántos de ustedes pueden llegar a Chaplín en cuatro pasos? Yo —extrañamente— puedo: hace mucho trabajé en la obra de teatro La Polvorienta con Carolina Fal, que trabajó en Casas de fuego con Carola Reyna, que trabajó en Las Caras de la luna con Geraldine Chaplin, que trabajó en A Countess from Hong Kong con su papá Charles. Es decir que toqué a alguien que tocó a alguien que tocó a alguien que tocó a Chaplín. ¿No es increible? Cada vez que lo pienso me estremezco. Y lo pienso, mínimo, una vez al día (para darme ánimos).

La historia más rara con un famoso —sin embargo— le pasó a mi amigo el Chiri, que trabajaba en un drugstore. Le había tocado guardia justo el mediodía de 1990 que Argentina se jugaba la clasificación a semifinales del Mundial de Italia. No había un alma por la avenida Santa Fe: todo el país estaba en su casa mirando el partido y aguantando la respiración.

Mi amigo, en el maxikiosco, se comía las uñas frente a una tele chiquitita cuando, a los 13 minutos del segundo tiempo, le entra un cliente borracho a comprar una botella de Quilmes. “O es un puto o es un japonés”, pensó el Chiri con rabia antes de mirarlo a la cara. Pero no: era el Beto Mársico, que no podía ni vocalizar del pedo que tenía… ¿Cómo es posible que un futbolista serio, en el medio de un Mundial, anduviera borracho por la calle? Ése, y el asunto de las pirámides de Keops, son los dos misterios de la naturaleza que nunca voy a poder descifrar.

Yo admiro por valientes (con la misma intensidad que compadezco por boludos) a esa gente que es capaz de molestar a una celebridad para sacarse una foto. Jamás me dio el cuero para interrumpir la existencia rutilante de una estrella con las intrascendencias de mi vida. Es como si a vos, que sos un ser humano recién bañado, viniera a darte conversación un chancho. Algo así debe pensar un famoso cuando te ve venir por la calle.

Mi hermana Florencia, en su época más idólatra de Los Parchís, se los encontró en una esquina —¡a los cinco!— y estuvo a punto de sacarles conversación. Yo, que estaba con ella, la empujé providencialmente contra Tino, que la miró con bronca y le dijo la ya legendaria frase “niñata, serás gilipollas”. A mi hermana le dio tanta vergüenza que se puso colorada como la ficha roja y se fue llorando sin decirles nada.

Yo sé que la salvé de convivir con el patético recuerdo de haber entablado conversación con ese conjunto musical. Pero mi hermana es terca y se niega a reconocer que le hice un gran favor. Incluso hace unos días me lo recriminaba con malos modos.

A mí todavía nunca, pero nunca, me pidieron un autógrafo por la calle. No sé si es porque me falta algo para ser famoso o porque no soy muy de salir. Pero el día que salga y los admiradores me persigan, voy a ser terriblemente antipático; voy a firmarles sin ganas, haciendo incluso esfuerzos para que no se me entienda el apellido. Y voy a mirar a mis fans igualito que me miró Verónica Castro aquel verano en Mar del Plata: con bronca, como si viera venir a un chancho.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

EL EXTRAÑO SÍNDROME DE LOS NOUVEAU SOMMELIERS

 

 

Gino Winter

 

Aprendí a tomar vino desde muy niño, especialmente con las comidas, una de las pocas costumbres que mi familia materna mantuvo de mis bisabuelos genoveses. Quizás por esa razón, siempre me pareció el mejor de los tragos, el más rico, el de mejor color, olor y textura, además de ser el más romántico y de lejos el más sexy. Otra herencia materna, la hiperuricemia, hizo que me alejara de este placer y que tenga que tomarme una pastilla Zyloric cada vez que me tomo un par de copas de Chianti, para evitar entre otras cosas, la formación de cálculos renales y su respectivo cólico miserere.

Como comprenderán, las poco frecuentes ocasiones en que me permito paladear una copa de buen tinto, son para mí motivo de especial contemplación y disfrute, hasta que alguna frase cojuda sobre taninos, bouquets, maridaje o el «sol frío» sobre la hoja de parra, me hace salir de mi particular nirvana y verme despertar en medio de una gavilla de nouveau sommeliers que intentan narrar todas las etapas que suponen voy atravesando mientras paladeo mi copa de vino.
¡Me lleva el chanfle! Ya no sólo las piedritas en los riñones ni el gancho al hígado, sino ahora también tengo que aguantar a toda esta masa de snobs que se sentirían realizados con una cuchara o taza colgando del cuello… Y no me refiero a los verdaderos catadores, profesionales del trago con años de ciencia, sino a toda esa colonia de huachafos que con un par de libritos o una revista gourmet ya creen conocer el secreto de la «enología filosofal» y no pueden tomar su vino callados sino que tienen que mortificar a toda la mesa machacando sus comentarios innecesarios sobre lo evidente o lo que nos tiene sin cuidado a la hora de saborear un buen vino.

Ahora todo el mundo se cree gran sumiller, se meten a clubes donde los verdaderos expertos hacen su gran negocio, asisten a catas de catas y al final siempre terminan dicendo las mismas estupideces: «Aroma complejo y persistente con taninos maduros y nariz envolvente, aporte de elegancia y buena tipicidad, torrefacción de minerales con dejos clásicos y redondos y una concentración cromática del rojo bordó con reflejos azulados y marrones, tirando al amarillo canario…» ¡Churchill, yo sólo quería saber si no estaba tronchado!…

A mí siempre me joden con que debería tomar un vino blanco (Riesling, Chardonnay o Colombard para estos maricas) cuando estoy comiendo carnes blancas… ¡ME GUSTA EL TINTO, CARAJO! ¡YO lo estoy tomando y YO lo voy a pagar, a ver si la cortan de una vez!

Luego de leer, en las revistas gratuitas de los aviones, páginas de páginas acerca de Merlots, Malbecs, Cabernets, Sauvignons, Pinots Noir, Zinfandels, Nebbiolos y la teta del sapo, y de emborracharme probando todos los tipos disponibles de vino en el Valle del Napa, en San Francisco, California (se suponía que yo debía haber llegado al Sylicon Valley, pero el automóvil parece que se desvió) y de soplarme cuatro horas de explicaciones gratuitas sobre enología (y no recuerdo casi nada) he decidido separar los vinos en sólo dos grandes categorías: A.- Lo pruebo y me gusta y B.- Lo pruebo y no me gusta ¡a la mierda!.

Si eres muy exquisito y quieres el mejor vino, anda a un buen restaurante de la high life y pide el más caro de la lista, si no puedes pronunciarlo puedes señalarlo con el dedo, con lo que vas a pagar todo te será permitido y tendrás hasta un 90% de posibilidades de haber acertado… Y si no lo sentiste muy diferente a tu acostumbrado Gran Tinto Tacama, tu Fond de cave Ocucaje Gran Croix o tu Queirolo del alma, salvo en la billetera, entonces friégate por figuretti y paga.
La próxima pide tu Palomino sudafricano o tu Navarro Correa de veinte cocos y hazte el loco, como la botella es pavonada…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

NO LAS HAGAS REÍR

 

 

Melanie Márquez Adams

 

Me despiertan pellizcándome las mejillas. Las diminutas manos se sienten como una armada de mosquitos que arremete contra mí con toda su furia. He aprendido a controlar mis reacciones. En una ocasión, cuando todavía no estaba acostumbrada a ellas, no medí mi fuerza al agitar las manos y pasó algo terrible. El eco de los chillidos de aquel día todavía me persigue y sé que no han acabado de perdonarme.

 

La insoportable balada de zumbidos, termina de levantarme. Tienen hambre. Salgo al jardín en busca de provisiones. Me apresuro a moler algunos pétalos para mezclarlos con diminutas semillas. Así comienza mi día, cada día, todos los días.

 

Se esconden en la alacena, en los armarios y hasta en mis zapatos.  Pendiente de su presencia todo el tiempo, añoro aquellos días en los que eran solamente dos. De eso ya hace bastante. La última vez que las conté eran más de cien.

 

Aunque tomó varias semanas, al fin pude averiguar cómo se multiplican. ¡La risa! No puedo hacer nada que les parezca lo más remotamente gracioso, ni siquiera una pequeña mueca, porque entonces se unen en un colosal ataque de risa y – al final del mismo – unas cuantas alas más revolotean por la casa.

 

Cada amanecer me encuentra con más cansancio y con menos tolerancia. Temo llegar a aquel momento inevitable en que terminaré de perder la poca cordura que me queda y comenzaré a perseguirlas con un matamoscas o un zapato por todos los rincones donde me acechan. Hundida en el abismo de la locura y pegando salvajes alaridos, acabaré arrastrándome como alma en pena para alcanzarlas y destrozarlas.

 

Entonces, se van a reír de tal manera que en un rato serán doscientas, quinientas, dos mil… Poco a poco se desbordarán de la alacena, de los armarios, de los cajones. Ocuparán toda la casa y enseguida se irán desparramando fuera de las ventanas, inundando el barrio, la ciudad, el mundo…  Solamente de imaginarlo, mi cara se deforma en una terrible mueca.

 

Compongo el rostro demasiado tarde. La ola de risitas ha comenzado.

 

Fuente: http://www.ju.edu

MIS CONFLICTOS CON LA CIENCIA

 

 

Hernán Casciari

 

Las noticias más importantes nunca aparecen en la tapa del diario sino en las páginas del fondo, y casi siempre tienen que ver con la ciencia, la biotecnología, la astronomía y los chusmerío de la farándula (en español: los cotilleos del famoseo). Sacando esto último, que solamente tiene una trascendencia que alimenta la frivolidad necesaria para equilibrar mi profundo compromiso con la problemática del universo, a mí las noticias que más me gustan son los descubrimientos raros.

Cuando aparecen estas informaciones, enseguida las recorto y las pongo en el segundo cajón, que es el cajón donde tengo las pruebas académicas que confirman que tengo razón en casi todo lo que discuto. Por ejemplo el descubrimiento de que el universo es explicable, y que las teorías de la relatividad son compatibles con la física cuántica. Tomá mate.

Todo eso ahora se llama Teoría M, que viene de Magia y de Misterio, y también viene de Maldacena (Juan Martín), que es el apellido del muchacho argentino que dio en la tecla. También me gustó mucho esa noticia de que el porro no sólo que no hace nada malo sino que es relativamente bueno comparado con el whisky y con ir a los programas vespertinos de la televisión a dar testimonios. Eso está en un informe de la OMS que escondieron para que la gente no lo sepa nunca. (Sobre todo para que nadie sepa que los programas de la tarde son nocivos.)

Otra noticia muy buena es la de unos médicos alemanes que descubrieron que el mejor antídoto contra el colesterol, el estrés y todas esas boludeces que le agarra a la gente, es reírse mucho, puesto que al reír parece que hay unas cosas que segregan algo que va a no sé dónde y se convierten en ejércitos naturales contra todos los males internos. Yo no sé muchas palabras científicas, pero me gusta decir enzimas, y con eso lo arreglo todo.

La abuela de un amigo cuando no le salía la palabra decía “alcanzáme ese fitipaldi”. Por lo menos eso me contaba el amigo, aunque un día se apareció y me dijo que no, que lo que la abuela decía no era “fitipaldi”, sino “alcanzáme ese piperno”, pero fitipaldi es diez veces mejor.

Volviendo al tema, a mí lo que más me gusta es agarrar un gilastrún y explicarle cosas difíciles sobre ciencia, biotecnología o astronomía. Los que ya me conocen se dan cuenta que cada vez que digo enzimas estoy mintiendo. Pero todavía nadie se dio cuenta de que no tengo la menor idea de astronomía, y digo lo que me parece sobre el big-ban, las enanas blancas, y el por qué un telescopio es capaz de sacarle fotos a algo que pasó hace una enorme cantidad de tiempo. En esos temas la palabra que uso mucho es expansión, y últimamente también ando diciendo “delgadas cuerdas invisibles que vibran y tejen el destino“, porque lo leí en Clarín.

Esto no es de ahora; ya me gustaba mucho en la primaria, cuando le hacía creer a Cristian Alcón una cantidad de mentiras sobre medicina y los nombres de los huesos. En el fondo, yo sé muy bien que si de chico me hubiera dado la cabeza, me habría encantado ser investigador científico, pero la verdad es que no me creo capaz de responder las tres preguntas fundamentales: a dónde vamos, de dónde venimos y quiénes somos.

Escribir es lo segundo que te queda cuando no te da el marote para descubrir. Escribir (en realidad imaginar, mentir, crear) es una hermosa metáfora permanente de descubrir e investigar. Si yo pongo una mosca en un microscopio no creo que pueda decir de qué murió, pero si te querés dejar engañar, puedo entretenerte un rato contándote cuáles eran los conflictos de la mosca mientras volaba.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

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