NOCHERO

 

 

Juan José Saer

 

El hombre, de unos treinta años, se ha detenido hace un momento ante la vidriera de la confitería: parece absorto en la contemplación de las golosinas, acomodadas con meticulosidad para hacer resaltar cierta combinación de gustos, formas y colores. Los bombones, alineados sobre bandejas plateadas, envueltos en papel metálico verde, azul, colorado, según el relleno tal vez, o si no sin envoltorio ninguno, ocupan, en profusión ordenada, el centro de la vidriera; masas cuidadosamente colocadas dentro de unas bandejitas de papel blanco, duro y acanalado, cuyos bordes, terminados en una especie de puntilla gruesa que recuerda vagamente una prenda interior femenina, escoltan, alineadas alrededor, el centro ocupado por los bombones. El hombre fuma: la mano izquierda, metida en el bolsillo del sobretodo de cuero rígido y brilloso, que parece recién comprado, roza, sin que el hombre sea consciente de ello, los dos o tres billetes plegados unos dentro de los otros en el fondo del bolsillo.

 

En realidad, los ojos del hombre no miran las golosinas de la vidriera, sino el perfil de la nena que está casi pegado al vidrio. La nena, que por alguna razón se ha demorado a la salida de la escuela, ya que el delantal blanco se le divisa por debajo del ruedo del tapadito y lleva un portafolios de tela en la mano, tiene nueve o diez años y su mirada recorre, más como si estuviese haciendo un inventario imparcial que con verdadera avidez, el orden rococó que se despliega ante ella, detrás del vidrio. En la cara del hombre, limpia y bien afeitada, comienza a dibujarse una sonrisa imprecisa, un poco torpe, y se ve bien que está preparándola con anticipación para cuando la nena se dé vuelta, o tal vez piensa recorrer, de un momento a otro, sobre la vereda gris, los pocos pasos que lo separan de ella con el fin de dirigirle la palabra. La gente pasa, apurada, en el anochecer helado, por la vereda y por la calle, cerrada al tránsito todavía, sin prestar la más mínima atención a la escena discreta que transcurre junto a la vidriera de la confitería. Hace demasiado frío; el día nublado se hunde ya en la noche sin estrellas, y dentro de pocos minutos los negocios empezarán a cerrar, de tal manera que las escasas personas que se han visto obligadas a salir a la calle se apresuran con el fin de llegar lo antes posible a sus casas para comer algo rápido antes de que empiecen los primeros programas nocturnos en la televisión.

 

Únicamente el Gato presta atención a la escena: sentado a una mesa junto a la vidriera del bar Gran Doria, en la vereda de enfrente, sin que nada en su expresión o en sus gestos traicione su interés, el Gato observa lo que está pasando junto a la confitería mientras su mano, distraída, hace girar sobre la mesa el vaso de aperitivo rojizo del que ya se ha tomado más de la mitad. Un cigarrillo a medio consumir humea en la muesca del cenicero amarillo, triangular, en cada una de cuyas caras exteriores está inscripta la publicidad del vermouth Cinzano. El Gato lo recoge y le da una pitada profunda antes de aplastarlo en el cenicero, y a través del humo que sale en chorros espesos por sus labios  entreabiertos, ve ahora que el hombre recorre la distancia que lo separaba de la nena y le dirige la palabra. Casi en seguida, el hombre señala con la mano la vidriera y la nena, sin dejar de sonreír, sacude la cabeza. Pero el hombre insiste, y después de una resistencia blanda y no demasiado larga de la nena, el Gato los ve entrar en la confitería y dirigirse a una empleada de guardapolvo blanco que comienza a sacar bombones de la vidriera y a meterlos en una caja. En todo el campo visual del Gato, la confitería es el punto más iluminado: todo en su interior es nítido, brillante, ordenado, pulido, y verlo a través de los dos vidrios lo vuelve irreal, visible pero incorpóreo, quizás como un decorado teatral o como un sueño, o, mejor aún, como un espejismo. Ahora que han salido de nuevo a la vereda y se han vuelto a parar, de espaldas a la vidriera esta vez, el Gato, con la imparcialidad esterilizada de un jefe de laboratorio observando el comportamiento de dos ratas en el interior de un laberinto transparente, se pregunta cuál será el próximo paso que habrán de dar. No ha terminado de formularse la pregunta que ya la acción empieza a materializarse: el hombre de sobretodo de cuero, que llevaba la caja de bombones, la extiende hacia la nena que, después de vacilar unos segundos, con la misma blandura un poco avergonzada con que ha recibido la primera invitación, termina por aceptarla. El hombre le dice algunas frases discretas, rígido, sin inclinarse hacia ella, tratando de no llamar la atención, y después empiezan a caminar, lentos, el hombre ligeramente vuelto hacia la nena, como si la vigilara para impedirle arrepentirse, con su solo mirar férreo clavado en el perfil diminuto y en apariencia indiferente de la nena. Se desplazan contra el fondo iluminado de la confitería y el Gato, que los observa desde el Gran Doria, los sigue con la mirada hasta que desaparecen de su campo visual. Durante un momento, queda la vereda vacía, y si bien nadie pasa por la calle, detrás de las vidrieras iluminadas de la confitería, en el local iluminado, se inmovilizan las empleadas de guardapolvo blanco que, en la luz intensa que las favorece, parecen frescas y sanas aunque un poco fantasmales.

 

Después de darle la última pitada al cigarrillo y aplastarlo en el fondo del cenicero, el Gato se ha inmovilizado, siguiendo a la distancia los acontecimientos sin ningún sobresalto o emoción. Como si hubiese sido una máquina cuyo funcionamiento se limitase a percibir y a comprender, ha registrado la escena con una claridad semejante a la del interior de la confitería, en la que, si bien hay un elemento remoto y fantasmal, nada interfiere el brillo, el orden y la transparencia. Ahora que se lleva el vaso de aperitivo rojizo a los labios y se toma un largo trago, su cuerpo, como si fuese de acero macizo por dentro, no manda ningún latido, ninguna palpitación, ninguna señal. Cuando ve reaparecer al hombre de sobretodo de cuero, en dirección contraria a la que llevaba al alejarse con la nena, marchando a paso rápido por la vereda de la confitería y desaparecer otra vez doblando la esquina sin darse vuelta, y uno o dos minutos más tarde a la nena en compañía de una mujer que visiblemente es su madre y que, entrando en la confitería, empieza a interrogar con vehemencia a las empleadas, el Gato se desentiende de la acción. Aunque, tal como se ha producido, el final no estaba previsto, mientras vacía de un trago su vaso, el Gato ya ni recuerda los minutos que acaban de transcurrir: es un hombre rubio, de unos treinta años, que está sentado a la mesa de un bar en un anochecer de invierno y que, habiendo terminado de un solo trago su aperitivo, empieza a levantarse con la intención de ponerse el sobretodo de cuero plegado sobre el respaldo de la silla, antes de salir a la calle porque, en algún barrio oscuro, en un punto alejado de la ciudad, unos amigos lo esperan para la cena.

 

Fuente: https://bibliotecaignoria.blogspot.com

El POZO

 

 

Augusto Céspedes

 

Soy el suboficial boliviano Miguel Navajo y me encuentro en el hospital de Tarairí, recluido desde hace 50 días con avitaminosis beribérica, motivo insuficiente según los médicos para ser evacuado hasta La Paz, mi ciudad natal y mi gran ideal. Tengo ya dos años y medio de campaña y ni el balazo con que me hirieron en las costillas el año pasado, ni esta excelente avitaminosis me procuran la liberación.

 

Entretanto me aburro, vagando entre los numerosos fantasmas en calzoncillos que son los enfermos de este hospital, y como nada tengo para leer durante las cálidas horas de este infierno, me leo a mí mismo, releo mi Diario. Pues bien, enhebrando páginas distintas, he exprimido de ese Diario la historia de un pozo que está ahora en poder de los paraguayos.

 

Para mí ese pozo es siempre nuestro, acaso por lo mucho que nos hizo agonizar. En su contorno y en su fondo se escenificó un drama terrible en dos actos: el primero en la perforación y el segundo en la sima. Ved lo que dicen esas páginas:

 

Verano sin agua. En esta zona de Chaco, al norte de Platanillos casi no llueve, y lo poco que llovió se ha evaporado. Al norte, al sur, a la derecha o a la izquierda, por donde se mire o se ande en la transparencia casi inmaterial del bosque de leños plomizos, esqueletos sin sepultura condenados a permanecer de pie en la arena exangue, no hay una gota de agua, lo que impide que vivan aquí los hombres de guerra. Vivimos, raquíticos, miserables, prematuramente envejecidos los  árboles, con más ramas que hojas, y los hombres, con más sed que odio.

 

Tengo a mis órdenes unos 20 soldados, con los rostros entintados de pecas, en los pómulos costras como discos de cuero y los ojos siempre ardientes. Muchos de ellos han concurrido a las defensas de Aguarrica y del Siete (Kilómetro Siete, camino Saavedra‑Alihuata, donde se libró la batalla del 10 de Noviembre), de donde sus heridas o enfermedades los llevaron al hospital de Muñoz y luego al de Ballivián. Una vez curados, los han traído por el lado de Platanillos, al II Cuerpo de Ejército. Incorporados al regimiento de zapadores a donde fui también destinado, permanecemos desde hace un semana aquí, en las proximidades del fortín Loa, ocupados en abrir una picada. El monte es muy espinoso, laberíntico y pálido. No hay agua.

 

17 de enero.

 

Al atardecer, entre nubes de polvo que perforan los elásticos caminos aéreos que confluyen hasta la pulpa del sol naranja, sobredorando el contorno del ramaje anémico, llega el camión aguatero.

 

Un viejo camión, de guardafangos abollados, sin cristales y con un farol vendado, que parece librado de un terremoto, cargado de toneles negros, llega. Lo conduce un chofer cuya cabeza rapada me recuerda a una tutuma. Siempre brillando de sudor, con el pecho húmedo, descubierto por la camisa abierta hasta el vientre.

 

‑La cañada se va secando ‑anunció hoy‑. La ración de agua es menos ahora para el regimiento.

 

‑ A mí no más, agua los soldados me van a volver ‑ha añadido el ecónomo que le acompaña.

 

Sucio como el chofer, si éste se distingue por la camisa, en aquél son los pantalones aceitosos que le dan personalidad. Por lo demás, es avaro y me regatea la ración de coca para mis zapadores. Pero alguna vez me hace entrega de una cajetilla de cigarrillos.

 

El chofer me ha hecho saber que en Platanillos se piensa llevar nuestra División más adelante.

 

Esto ha motivado comentarios entre los soldados. Hay un potosino Chacón, chico, duro y obscuro como un martillo, que ha lanzado la pregunta fatídica:

 

‑¿Y habrá agua?

 

‑Menos que aquí ‑le han respondido.

 

‑¿Menos que aquí? ¿Vamos a vivir del aire como las carahuatas?

 

Traducen los soldados la inconsciencia de su angustia, provocada por el calor que aumenta, relacionando ese hecho con el alivio que nos niega el liquido obsesionante. Destornillando la tapa de un tonel se llena de agua dos latas de gasolina, una para cocinar y otra para beberla y se va el camión. Siempre se derrama un poco de agua al suelo, humedeciéndolo, y las bandadas de mariposas blancas acuden sedientas a esa humedad.

 

A veces yo me decido a derrochar un puñado de agua, echándomelo sobre la nuca, y unas abejitas, que no sé con qué viven, vienen a enredarse entre mis cabellos.

 

21 de enero.

 

Llovió anoche. Durante el día el calor nos cerró como un traje de goma caliente. La refracción del sol en la arena nos perseguía con sus llamaradas blancas. Pero a las 6 llovió. Nos desnudamos y nos bañamos, sintiendo en las plantas de los pies el lodo tibio que se metía entre los dedos.

 

25 de enero.

 

Otra vez el calor. Otra vez este flamear invisible, seco, que se pega a los cuerpos. Me parece que debería abrirse una ventana en alguna parte para que entrase el aire. El cielo es una enorme piedra debajo de la que está encerrado el sol.

 

Así vivimos, hacha y pala al brazo. Los fusiles quedan semienterrados bajo el polvo de las carpas y somos simplemente unos camineros que tajamos el monte en línea recta, abriendo una ruta, no sabemos para qué, entre la maleza inextricable que también se encoge de calor. Todo lo quema el sol. Un pajonal que ayer por la mañana estaba amarillo, ha encanecido hoy y está seco, aplastado, porque el sol ha andado encima de él.

 

Desde las 11 de la mañana hasta las 3 de la tarde es imposible el trabajo en la fragua del monte. Durante esas horas, después de buscar inútilmente una masa compacta de sombra, me echo debajo de cualquiera de los  árboles, al ilusorio amparo de unas ramas que simulan una seca anatomía de nervios atormentados.

 

El suelo, sin la cohesión de la humedad, asciende como la muerte blanca envolviendo los troncos con su abrazo de polvo, empañando la red de sombra deshilachada por el ancho torrente del sol. La refracción solar hace vibrar en ondas el aire sobre el perfil del pajonal próximo, tieso y p álido como un cad áver.

 

Postrados, distensos, permanecemos invadidos por el sopor de la fiebre cotidiana, sumidos en el tibio desmayo que aserrucha el chirrido de las cigarras, interminable como el tiempo. El calor, fantasma transparente volcado de bruces sobre el monte, ronca en el clamor de las cigarras. Estos insectos pueblan todo el bosque donde extienden su taller invisible y misterioso con millones de ruedecillas, martinetes y sirenas cuyo funcionamiento aturde la atmósfera en leguas y leguas.

 

Nosotros, siempre al centro de esa polifonía irritante, vivimos una escasa vida de palabras sin pensamientos, horas tras horas, mirando en el cielo incoloro mecerse el vuelo de los buitres, que dan a mis ojos la impresión de figuras de pájaros decorativos sobre un empapelado infinito.

 

Lejanas, se escuchan, de cuando en cuando, detonaciones aisladas.

 

1 de febrero.

 

El calor se ha adueñado de nuestros cuerpos, identificándolos como de polvo, sin nexo de continuidad articulada, blandos, calenturientos, conscientes para nosotros sólo por el tormento que nos causan al transmitir desde la piel la presencia sudosa de su beso de horno. Logramos recobrarnos al anochecer. Abandónase el día a la gran llamarada con que se dilata el sol en un último lampo carmesí, y la noche viene obstinada en dormir, pero la acosan las picaduras de múltiples gritos de animales: silbidos, chirridos, graznidos, gama de voces exóticas para nosotros, para nuestros oídos pamperos y montañeses.

 

Noche y día. Callamos en el día, pero las palabras de mis soldados se despiertan en las noches. Hay algunos muy antiguos, como Nicolás Pedraza, vallegrandino que está en el Chaco desde 1930, que abrió el camino a Loa, Bolívar y Camacho. Es palúdico, amarillo y seco como una caña hueca.

 

‑Los pilas haigan venido por la picada de Camacho, dicen ‑manifestó el potosino Chacón.

 

‑Ahí sí que no hay agua ‑informó Pedraza, con autoridad.

 

‑Pero los pilas siempre encuentran. Conocen el monte más que nadies ‑objetó José Irusta, un paceño  áspero, de pómulos afilados y ojillos oblicuos que estuvo en los combates de Yujra y Cabo Castillo.

 

Entonces un cochabambino a quien apodan el Cosñi, replicó:

 

‑Dicen no más, dicen no más… ¿Y a ese pila que le encontramos en el Siete muerto de sed cuando la cañada estaba ahicito, mi Sof?…

 

‑Cierto ‑he afirmado‑. También a otro, delante del Campo lo hallamos envenenado por comer tunas del monte.

 

‑De hambre no se muere. De sed sí que se muere. Yo he visto en el pajonal del Siete a los nuestros chupando el barro la tarde del 10 de noviembre.

 

Hechos y palabras se amontonan sin huella. Pasan como una brisa sobre el pajonal sin siquiera estremecerlo.

 

Yo tengo otras cosas que anotar.

 

6 de febrero.

 

Ha llovido. Los  árboles parecen nuevos. Hemos tenido agua en las charcas, pero nos ha faltado pan y azúcar porque el camión de provisiones se ha enfangado.

 

20 de febrero.

 

 

Nos trasladan 20 kilómetros más adelante. La picada que trabajamos ya no será utilizada, pero abriremos otra.

 

18 de febrero.

 

El chofer descamisado ha traído la mala noticia:

 

‑La cañada se acabó. Ahora traeremos agua desde “La China”.

 

26 de febrero.

 

Ayer no hubo agua. Se dificulta el transporte por la distancia que tiene que recorrer el camión. Ayer, después de haber hacheado todo el día en el monte, esperamos en la picada la llegada del camión y el último lampo del sol ‑esta vez rosáceo‑ pintó los rostros terrosos de mis soldados sin que viniese por el polvo de la picada el rumor acostumbrado.

 

Llegó el aguatero esta mañana y alrededor del turril se formó un tumulto de manos, jarros y cantimploras, que chocaban violentos y airados. Hubo una pelea que reclamó mi intervención.

 

1 de marzo.

 

Ha llegado a este puesto un teniente rubio y pequeñito, con barba crecida. Le he dado el parte sobre el número de hombres a mis órdenes.

 

‑En la línea no hay tres soldados. Debemos buscar pozos.

 

‑En “La China” dicen que han abierto pozos.

 

‑Y han sacado agua.

 

‑Han sacado.

 

‑Es cuestión de suerte.

 

‑Por aquí también, cerca de “Loa” ensayaron abrir unos pozos.

 

Entonces Pedraza que nos oía ha informado que efectivamente, a unos cinco kilómetros de aquí, hay un “buraco”, abierto desde época inmemorial, de pocos metros de profundidad y abandonado porque seguramente los que intentaron hallar agua desistieron de la empresa. Pedraza juzga que se podría cavar “un poco más”.

 

2 de marzo.

 

Hemos explorado la zona a que se refiere Pedraza. Realmente hay un hoyo, casi cubierto por los matorrales, cerca de un gran palobobo.

 

El teniente rubio ha manifestado que informará a la Comandancia, y esta tarde hemos recibido orden de continuar la excavación del buraco, hasta encontrar agua. He destinado 8 zapadores para el trabajo. Pedraza, Irusta, Chacón, el Cosñi, y cuatro indios más.

 

II

 

2 de marzo.

 

El buraco tiene unos 5 metros de diámetro y unos 5 de profundidad. Duro como el cemento es el suelo. Hemos abierto una senda hasta el hoyo mismo y se ha formado el campamento en las proximidades. Se trabajará todo el día, porque el calor ha descendido.

 

Los soldados, desnudos de medio cuerpo arriba, relucen como peces. Víboras de sudor con cabecitas de tierra les corren por los torsos. Arrojan el pico que se hunde en la arena aflojada y después se descuelgan mediante una correa de cuero. La tierra extraída es obscura, tierna. Su color optimista aparenta una fresca novedad en los bordes del buraco.

 

10 de marzo.

 

12 metros. Parece que encontramos agua. La tierra extraída es cada vez más húmeda. Se han colocado tramos de madera en un sector del pozo y he mandado construir una escalera y un caballete de palomataco para extraer la tierra mediante polea. Los soldados se turnan continuamente y Pedraza asegura que en una semana más tendrá el gusto de invitar al General X “a soparse las argentinas en aguita del buraco”

 

22 de marzo.

 

He bajado al pozo. Al ingresar, un contacto casi sólido va ascendiendo por el cuerpo. Concluida la cuerda del sol se palpa la sensación de un aire distinto, el aire de la tierra. Al sumergirse en la sombra y tocar con los pies desnudos la tierra suave, me baña una gran frescura. Estoy más o menos a los 18 metros de profundidad. Levanto la cabeza y la perspectiva del tubo negro se eleva sobre mí hasta concluir en la boca por donde chorrea el rebalse de luz de la superficie. Sobre el piso del fondo hay barro y la pared se deshace fácilmente entre las manos. He salido embarrado y han acudido sobre mí los mosquitos, hinchándome los pies.

 

30 de marzo.

 

Es extraño lo que pasa. Hasta hace 10 días se extraía barro casi líquido del pozo y ahora nuevamente tierra seca. He descendido nuevamente al pozo. El aliento de la tierra aprieta los pulmones allá adentro. Palpando la pared se siente la humedad, pero al llegar al fondo compruebo que hemos atravesado una capa de arcilla húmeda. Ordeno que se detenga la perforación para ver si en algunos días se deposita el agua por filtración.

 

12 de abril.

 

Después de una semana el fondo del pozo seguía seco. Entonces se ha continuado la excavación y hoy he bajado hasta los 24 metros. Todo es obscuro allá y sólo se presiente con el tacto nictálope las formas del vientre subterráneo. Tierra, tierra, espesa tierra que aprieta sus puños con la muda cohesión de la asfixia. La tierra extraída ha dejado en el hueco el fantasma de su peso y al golpear el muro con el pico me responde con un toctoc sin eco que m ás bien me golpea el pecho.

 

Sumido en la obscuridad he resucitado una pretérita sensación de soledad que me poseía de niño, anegándome de miedosa fantasía cuando atravesaba el túnel que perforaba un cerro próximo a las lomas de Capinota donde vivía mi madre. Entraba cautelosamente, asombrado ante la presencia casi sexual del secreto terrestre, mirando a contraluz moverse sobre las grietas de la tierra los élitros de los insectos cristalinos. Me atemorizaba llegar a la mitad del túnel en que la gama de sombra era más densa pero cuando lo pasaba y me hallaba en rumbo acelerado hacia la claridad abierta en el otro extremo, me invadía una gran alegría. Esa alegría nunca llegaba a mis manos, cuya epidermis padecía siempre la repugnancia de tocar las paredes del túnel.

 

Ahora, la claridad ya no la veo al frente, sino arriba, elevada e imposible como una estrella. ¡Oh!…

 

La carne de mis manos se ha habituado a todo, es casi solidaria con la materia terráquea y no conoce la repugnancia…

 

28 de abril.

 

Pienso que hemos fracasado en la búsqueda del agua. Ayer llegamos a los 30 metros sin hallar otra cosa que polvo. Debemos detener este trabajo inútil y con este objeto he elevado una “representación” ante el comandante de batallón quien me ha citado para mañana.

 

29 de abril.

 

‑Mi capitán ‑le he dicho al comandante- hemos llegado a los 30 metros y es imposible que salga el agua.

 

‑Pero necesitamos agua de todos modos- me ha respondido.

 

‑Que ensayen en otro sitio ya también ps, mi Capitán.

 

‑No, no. Sigan no más abriendo el mismo. Dos pozos de 30 metros no darán agua. Uno de 40 puede darla.

 

‑Sí, mi Capitán.

 

‑Además, tal vez ya estén cerca.

 

‑Sí, mi Capitán.

 

‑Entonces, un esfuerzo m ás. Nuestra gente se muere de sed.

 

No muere, pero agoniza diariamente. Es un suplicio sin merma, sostenido cotidianamente con un jarro por soldado. Mis soldados padecen, dentro del pozo, de mayor sed que afuera, con el polvo y el trabajo, pero debe continuar la excavación.

 

Así les notifiqué y expresaron su impotente protesta, que he procurado calmar ofreciéndoles a nombre del comandante mayor ración de coca y agua.

 

9 de mayo.

 

Sigue el trabajo. El pozo va adquiriendo entre nosotros una personalidad pavorosa, substancial y devoradora, constituyéndose en el amo, en el desconocido señor de los zapadores. Conforme pasa el tiempo, cada vez más les penetra la tierra mientras más la penetran, incorporándose como por el peso de la gravedad al pasivo elemento, denso e inacabable. Avanzan por aquel camino nocturno, por esa caverna vertical, obedeciendo a una lóbrega atracción, a un mandato inexorable que les condena a desligarse de la luz, invirtiendo el sentido de sus existencias de seres humanos. Cada vez que los veo me dan la sensación de no estar formados por células de polvo, con tierra en las orejas, en los párpados, en las cejas, en las aletas de la nariz, con los cabellos blancos, con tierra en los ojos, con el alma llena de tierra del Chaco.

 

24 de mayo.

 

Se ha avanzado algunos metros más. El trabajo es lentísimo: un soldado cava adentro, otro desde afuera maneja la polea, y la tierra sube en un balde improvisado en un turril de gasolina. Los soldados se quejan de asfixia. Cuando trabajan, la atmósfera les aprensa el cuerpo. Bajo sus plantas y alrededor suyo y encima de sí la tierra crece como la noche. Adusta, sombría, tenebrosa, impregnada de un silencio pesado, inmóvil y asfixiante, se apitona sobre el trabajador una masa semejante al vapor de plomo, enterrándole de tinieblas como a gusano escondido en una edad geológica, distante muchos siglos de la superficie terrestre.

 

Bebe el liquido tibio y denso de la caramañola que se consume muy pronto, porque la ración, a pesar de ser doble “para los del pozo” se evapora en sus fauces, dentro de aquella sed negra. Busca con los pies desnudos en el polvo muerto la vieja frescura de los surcos que él cavaba también en la tierra regada de sus lejanos valles agrícolas, cuya memoria se le presenta en la epidermis.

 

 

 

Luego golpea, golpea con el pico, mientras la tierra se desploma, cubriéndole los pies sin que aparezca jamás el agua. El agua, que todos ansiamos en una concentración mental de enajenados que se vierte por ese agujero sordo y mudo.

 

 

 

5 de junio.

 

 

 

Estamos cerca de los 40 metros. Para estimular a mis soldados he entrado al pozo a trabajar yo también. Me he sentido descendiendo en un sueño de caída infinita. Allá adentro estoy separado para siempre del resto de los hombres, lejos de la guerra, transportado por la soledad a un destino de aniquilación que me estrangula con las manos impalpables de la nada. No se ve la luz, y la densidad atmosférica presiona todos los planos del cuerpo. La columna de obscuridad cae verticalmente sobre mí y me entierra, lejos de los oídos de los hombres.

 

 

 

He procurado trabajar, dando furiosos golpes con el pico, en la esperanza de acelerar con la actividad veloz el transcurso del tiempo. Pero el tiempo es fijo e invariable en ese recinto. A1 no revelarse el cambio de las horas con la luz, el tiempo se estanca en el subsuelo con la negra uniformidad de una cámara obscura. Esta es la muerte de la luz, la raíz de ese  árbol enorme que crece en las noches y apaga el cielo enlutando la tierra.

 

 

 

16 de junio.

 

 

 

Suceden cosas raras. Esa cámara obscura aprisionada en el fondo del pozo va revelando imágenes del agua con el reactivo de los sueños. La obsesión del agua está creando un mundo particular y fantástico que se ha originado a los 41 metros, manifestándose en un curioso suceso en ese nivel.

 

 

 

El Cosñi Herbozo me lo ha contado. Ayer se había quedado adormecido en el fondo de la cisterna, cuando vio encender una serpiente de plata. La cogió y se deshizo en sus manos, pero aparecieron otras que comenzaron a bullir en el fondo del pozo hasta formar un manantial de borbollones blancos y sonoros que crecían, animando el cilindro tenebroso como a una serpiente encantada que perdió su rigidez para adquirir la flexibilidad de una columna de agua sobre la que el Cosñi se sintió elevado hasta salir al haz alucinante de la tierra.

 

 

 

Allá, oh sorpresa! vio todo el campo transformado por la invasión del agua. Cada  árbol se convertía en un surtidor. El pajonal desaparecía y era en cambio una verde laguna donde los soldados se bañaban a la sombra de los sauces. No le causó asombro que desde la orilla opuesta ametrallasen los enemigos y que nuestros soldados se zambullesen a sacar las balas entre gritos y carcajadas. El solamente deseaba beber. Bebía en los surtidores, bebía en la laguna, sumergiéndose en incontables planos líquidos que chocaban contra su cuerpo, mientras la lluvia de los surtidores le mojaba la cabeza. Bebió, bebió, pero su sed no se calmaba con esa agua, liviana y abundantemente como un sueño.

 

 

 

Anoche el Cosñi tenía fiebre. He dispuesto que lo trasladen al puesto de sanidad del Regimiento.

 

 

 

24 de junio.

 

 

 

El Comandante de la División ha hecho detener su auto al pasar por aquí. Me ha hablado, resistiéndose a creer que hayamos alcanzado cerca de los 45 metros, sacando la tierra balde por balde con una correa.

 

 

 

‑Hay que gritar, mi Coronel, para que el soldado salga cuando ha pasado su turno ‑le he dicho.

 

 

 

Más tarde, con algunos paquetes de coca y cigarrillos, el Coronel ha enviado un clarín.

 

 

 

Estamos, pues, atados al pozo. Seguimos adelante. Más bien, retrocedemos al fondo del planeta, a una época geológica donde anida la sombra. Es una persecución del agua a través de la masa impasible. Más solitarios cada vez, más sombríos, obscuros como sus pensamientos y su destino, cavan mis hombres, cavan, cavan atmósfera, tierra y vida con lento y átono cavar de gnomos.

 

 

 

4 de julio.

 

 

 

¿Es que en realidad hay agua?… ¡Desde el sueño del Cosñi todos la encuentran! Pedraza ha contado que se ahogaba en una erupción súbita del agua que creció más alta que su cabeza. Irusta dice que ha chocado su pica contra unos témpanos de hielo y Chacón, ayer, salió hablando de una gruta que se iluminaba con el frágil reflejo de las ondas de un lago subterráneo.

 

 

 

¿Tanto dolor, tanta búsqueda, tanto deseo, tanta alma sedienta acumulados en el profundo hueco originan esta floración de manantiales?…

 

 

 

16 de julio.

 

 

 

Los hombres se enferman. Se niegan a bajar al pozo. Tengo que obligarlos. Me han pedido incorporarse al Regimiento de primera línea. He descendido una vez más y he vuelto, aturdido y lleno de miedo. Estamos cerca de los 50 metros. La atmósfera cada vez más prieta cierra el cuerpo en un malestar angustioso que se adapta a todos sus planos, casi quebrando el hilo imperceptible como un recuerdo que ata el ser empequeñecido con la superficie terrestre, en la honda obscuridad descolgada con peso de plomo. La tétrica pesantez de ninguna torre de piedra se asemeja a la sombría gravitación de aquel cilindro de aire cálido y descompuesto que se viene lentamente hacia abajo. Los hombres son cimientos. El abrazo del subsuelo ahoga a los soldados que no pueden permanecer más de una hora en el abismo. Es una pesadilla. Esta tierra del Chaco tiene algo de raro, de maldito.

 

 

 

25 de julio.

 

 

 

Se tocaba el clarín ‑obsequiado por la División en la boca de la cisterna para llamar al trabajador cada hora. Cuchillada de luz debió ser la clarinada allá en el fondo. Pero esta tarde, a pesar del clarín, no subió nadie.

 

 

 

‑¿Quién está adentro? ‑pregunté.

 

 

 

Estaba Pedraza.

 

 

 

Le llamaron a gritos y clarinadas:

 

 

 

‑íTararííí!!…íPedrazaaaa!!!

 

‑Se habrá dormido…

 

‑O muerto ‑añadí yo, y ordené que bajasen a verlo.

 

 

 

Bajó un soldado y después de largo rato, en medio del círculo que hacíamos alrededor de la boca del pozo, amarrado de la correa, elevado por el cabrestante y empujado por el soldado, ascendió el cuerpo de Pedraza, semiasfixiado.

 

 

 

29 de julio.

 

 

 

Hoy se ha desmayado Chacón y ha salido, izado en una lúgubre ascensión de ahorcado.

 

 

 

4 de septiembre.

 

 

 

¿Acabará esto algún día?… Ya no se cava para encontrar agua, sino por cumplir un designio fatal, un propósito inescrutable. Los días de mis soldados se insumen en la vorágine de la concavidad luctuosa que les lleva ciegos, por delante de su esotérico crecimiento sordo, atornillándoles a la tierra.

 

 

 

Aquí arriba el pozo ha tomado la fisonomía de algo inevitable, eterno y poderoso como la guerra. La tierra extraída se ha endurecido en grandes morros sobre los que acuden lagartos y cardenales. A1 aparecer el zapador en el brocal, transminado de sudor y de tierra, con los párpados y los cabellos blancos, llega desde un remoto país plutoniano, semeja un monstruo prehistórico, surgido de un aluvión. Alguna vez, por decirle algo, le interrogo:

 

 

 

‑Siempre nada, mi Sof.

 

Siempre nada, igual que la guerra… Esta nada no se acabará jamás!

 

 

 

1 de octubre.

 

 

 

Hay orden de suspender la excavación. En siete meses de trabajo no se ha encontrado agua.

 

 

 

Entretanto el puesto ha cambiado mucho. Se han levantado pahuichis y un puesto de Comando de batallón. Ahora abriremos un camino hacia el Este, pero nuestro campamento seguirá ubicado aquí.

 

 

 

El pozo queda también aquí, abandonado, con su boca muda y terrible y su profundidad sin consuelo. Ese agujero siniestro es en medio de nosotros siempre un intruso, un enemigo estupendo y respetable, invulnerable a nuestro odio como una cicatriz. No sirve para nada.

 

 

 

III

 

 

 

7 de diciembre (Hospital Platanillos).

 

 

 

¡Sirvió para algo, el pozo maldito!…

 

 

 

Mis impresiones son frescas porque el ataque se produjo el día 4 y el 5 me trajeron aquí con un acceso de paludismo.

 

 

 

Seguramente algún prisionero capturado en la línea, donde la existencia del pozo era legendaria, informó a los pilas que detrás de las posiciones bolivianas había un pozo. Acosados por la sed, los guaraníes decidieron un asalto.

 

 

 

A las 6 de la mañana se rasgó el monte, mordido por las ametralladoras. Nos dimos cuenta de que las trincheras avanzadas habían sido tomadas, solamente cuando percibimos a 200 metros de nosotros el tiroteo de los pilas. Dos granadas de stoke cayeron detrás de nuestras carpas.

 

 

 

Armé con los sucios fusiles a mis zapadores y los desplegué en línea de tiradores. En ese momento llegó a la carrera un oficial nuestro con una sección de soldados y una ametralladora y los posesionó en línea a la izquierda del pozo, mientras nosotros nos extendíamos a la derecha. Algunos se protegían en los montones de tierra extraída. Con un sonido igual al de los machetazos las balas cortaban las ramas. Dos ráfagas de ametralladoras abrieron grietas de hachazos en el palobobo. Creció el tiroteo de los pilas y se oía en medio de las detonaciones su alarido salvaje, concentrándose la furia del ataque sobre el pozo. Pero nosotros no cedíamos un metro, defendiéndolo ¡COMO SI REALMENTE TUVIESE AGUA!

 

 

 

Los cañonazos partieron la tierra, las ráfagas de metralla hendieron cráneos y pechos, pero no abandonamos el pozo, en cinco horas de combate.

 

 

 

A las 12 se hizo un silencio vibrante. Los pilas se habían ido. Entonces recogimos los muertos. Los pilas habían dejado cinco y entre los ocho nuestros estaban el Cosñi, Pedraza, Irusta y Chacón, con los pechos desnudos, mostrando los dientes siempre cubiertos de tierra.

 

 

 

El calor, fantasma transparente echado de bruces sobre el monte, calcinaba troncos y meninges y hacía crepitar el suelo. Para evitar el trabajo de abrir sepulturas pensé en el pozo.

 

 

 

Arrastrados los trece cadáveres hasta el borde fueron pausadamente empujados al hueco, donde vencidos por la gravedad daban un lento volteo y desaparecían, engullidos por la sombra.

 

 

 

‑¿Ya no hay más?…

 

 

 

Entonces echamos tierra, mucha tierra adentro.

 

 

 

Pero, aun así, ese pozo seco es siempre el más hondo de todo el Chaco.

 

Fuente: http://www.tierralejana.com

EN MEMORIA DE LA ROSA BLANCA

 

 

Richard Hurowitz

 

El 22 de febrero se cumplieron 75 años de que un grupo de jóvenes idealistas alemanes, estudiantes que se habían atrevido a pronunciarse en contra de los nazis, fueron ejecutados por el régimen al que desafiaron. Como una llama titubeante en la oscuridad, la Rosa Blanca, como se llamaban sus miembros, es un grupo inspirador que nunca perdió la valentía, así como un atemorizante recordatorio de lo inusuales que son tales héroes.

 

El fundador del grupo, Hans Scholl, y su hermana, Sophie, crecieron fuera de Múnich. Su padre les infundió una fuerte moral rectora y una cosmovisión religiosa. Como muchos de su edad, Hans se unió a las Juventudes Hitlerianas. Sin embargo, comenzó a tener dudas casi de inmediato: los nazis no le permitían cantar ciertas canciones, ondear ciertas banderas ni leer a Stefan Zweig, su autor favorito. Ganó un puesto de abanderado en uno de los congresos anuales de Núremberg y regresó sintiéndose perturbado por lo que había visto.

 

Orígenes

Hans quería convertirse en doctor y cuando lo reclutaron lo apostaron como paramédico en Francia. Después de un viaje de servicio, regresó a la Universidad de Múnich para continuar con sus estudios médicos. Pronto Sophie se unió a él como estudiante de la universidad. Hans leía mucho —a Platón, Sócrates, San Agustín y Pascal— y decoró su habitación en la casa estudiantil con arte modernista francés. Atrajo a un círculo de estudiantes afines: Alexander Schmorell, el hijo de un doctor; Christoph Probst, el joven padre de dos niños que apenas comenzaban a caminar, y Willi Graf, un introvertido meditabundo. Pronto encontraron un mentor intelectual en Kurt Huber, un profesor de Filosofía y apasionado creyente de la democracia liberal.

 

En el verano de 1942, Hans y sus amigos —inspirados por los sermones del obispo de Münster, que se oponía al nazismo— comenzaron a distribuir panfletos hechos a máquina de escribir que denunciaban al régimen. Sus palabras eran incendiarias. “Cualquier alemán honesto se avergüenza de su gobierno actual”, escribió Hans; un gobierno que cometía “los crímenes más horribles, crímenes que sobrepasan ilimitadamente cualquier medida humana”. Los miembros de la Rosa Blanca declararon que cualquiera que no hiciera nada era cómplice e imploraban a todos los ciudadanos que participaran en una “resistencia pasiva” ante el Estado nazi.

 

Projudíos

La Rosa Blanca también denunciaba las atrocidades cometidas contra los judíos. Schmorell y Hans escribieron en el segundo panfleto del grupo: “Aquí vemos el más espantoso crimen en contra de la dignidad humana, un crimen que no tiene paralelo en toda la historia puesto que los judíos también son seres humanos”. No se mordían la lengua ni siquiera respecto al Führer: “Todas las palabras que salen de la boca de Hitler son mentiras”. Salpicados con referencias eruditas a Goethe, Aristóteles, Schiller, el libro del Eclesiastés, Lao-Tse y otros, los panfletos concluían con un ruego para apoyar a la Rosa Blanca haciéndolos circular. “No guardaremos silencio”, terminaba el cuarto. “Somos su conciencia. La Rosa Blanca no los dejará en paz”.

 

Los panfletos aparecieron en los buzones y las casetas telefónicas entre finales de junio y mediados de julio de 1942 y se propagaron entre estudiantes afines en Fráncfort, Hamburgo, Berlín y Viena. Se detuvieron cuando Hans, Schmorell, Graf y Probst fueron enviados al este, después de ser notificados solo un día antes, al frente ruso, donde los alemanes estaban empantanados. Aun así, Hans se rebeló contra los nazis con actos de simple humanidad incluso mientras se dirigía al frente. En el tren hacia Rusia, vio a una pequeña niña judía que hacía un trabajo rudo y traía la Estrella de David color amarillo que los nazis obligaban a los judíos a portar. Bajó corriendo y le dio una barra de chocolate de su propia ración —y una margarita para que se la pusiera en el cabello—.

 

Después de regresar del frente, Hans y los demás emitieron dos panfletos más, en los que advertían que tras ser vencidos en Stalingrado la derrota alemana era inevitable. En una declaración de lo preciados que son los derechos individuales, los panfletos preguntaban: “¿Tendremos que ser por siempre una nación odiada y rechazada por toda la humanidad?”. Hans, Schmorell y Graf salían a hurtadillas por la noche y pintaban letreros que decían “Abajo Hitler”, “Libertad” y otros lemas en la avenida principal de Múnich.

 

La rosa se marchitó

Luego, el 18 de febrero de 1943, Hans y Sophie decidieron distribuir panfletos en la universidad y dejaron pilas de ellos en los corredores. Cuando estaban por irse, Sophie notó que había más copias en su maleta y se dirigió a lo alto de la escalera, que daba a un atrio. Lanzó los panfletos restantes al aire y miró cómo caían por el pozo de la escalera.

 

El encargado de mantenimiento, Jakob Schmid, un ferviente simpatizante de los nazis, estaba mirando. De inmediato cerró las puertas y notificó a las autoridades. Los hermanos fueron arrastrados al palacio de Wittelsbach, cuartel general de la Gestapo. Poco después también arrestaron a Probst, cuya esposa había tenido a su tercer hijo semanas antes. Fueron interrogados durante varios días, pero se rehusaron a implicar a alguien más.

 

Los tres fueron declarados culpables de alta traición y sentenciados a muerte. A las pocas horas, los ejecutaron en la guillotina. Antes de poner su cabeza en el bloque, las últimas palabras de Hans hicieron eco a través de la prisión: “Que viva la libertad”. En las semanas siguientes, los demás miembros principales de la Rosa Blanca fueron aprehendidos y ejecutados.

 

La historia de La Rosa Blanca llegó al frente, donde inspiró a los soldados que se oponían al régimen. Sin embargo, la esperanza que tenían sus miembros de motivar a sus compatriotas no se cumplió. Su llamado fue ignorado.

 

“No buscaban el martirio en nombre de ningún ideal extraordinario”, recuerda Inge Scholl en sus memorias sobre sus hermanos y los camaradas de la Rosa Blanca. “Querían que la gente como tú y yo pudiéramos vivir en una sociedad compasiva”. Estamos lejos de la oscuridad del fascismo, pero nos beneficia recordar la noble aunque triste historia de estas almas hermosas en el aniversario de su trágico sacrificio. Richard Hurowitz es inversionista, escritor y editor de The Octavian Report, una revista filosófica trimestral.

 

Fuente: http://www.larevista.ec/

LA MODESTIA

 

 

Enrique Vila-Matas

 

Llevo muchos años ejerciendo de espía casual en el autobús de la línea 24 que sube por la calle Mayor de Gracia, en Barcelona. Tengo en casa un archivo de gestos, frases y conversaciones escuchadas a través del tiempo en ese trayecto de autobús, y hasta creo que podría escribir una novela tan infinita como aquella que quería hacer Joe Gould sobre Nueva York, pues he robado y registrado todo tipo de frases sueltas, conversaciones extrañas, disparatadas situaciones.

 

Un modesto delincuente, por cierto, parece haberse enamorado últimamente de esta línea de autobús. Le llaman –ya es muy conocido entre algunos pasajeros– el ladrón del 24. En cuanto sube al autobús, aquellos pasajeros que le conocen advierten a gritos a los incautos: “¡Cuidado, cuidado, que entró el ladrón del 24!”

 

La escena es siempre conmovedora y tiene grandeza y hasta algo de épica popular, y a mí me recuerda, salvando todas las diferencias, una película que vi de niño en la que la gente de los barrios bajos se movilizaba para estrechar el cerco de un asesino de niñas. Al ladrón del 24 le han detenido unas quinientas veces ya, pero siempre queda en libertad y regresa al autobús, donde es muy famoso. No parece interesarle una línea distinta, ni otro autobús. Le debe de encantar –como a mí me pasa– sentirse un habitual de esa línea, o tal vez le apasiona simplemente repetirse… Se parece en algo a mí: los dos robamos en esa línea de autobús. Claro que él roba carteras y yo me limito a capturar frases, rostros, gestos…

 

Tengo reunidas en mi archivo frases de todo tipo oídas, a través del tiempo, en este autobús que me conduce desde hace años del trabajo a casa, y viceversa. Obviamente, hay algunas frases que son mejores trofeos de caza que otras. Una de ellas es la que le oí decir en cierta ocasión a una mujer que iba sentada detrás de mí en la parte trasera del autobús: “Del inglés y del francés me acuerdo, pero el swahili lo he olvidado por completo”. Me pareció una frase muy sofisticada para decirla en la línea 24. Al volverme, vi que eran dos monjas las que viajaban detrás de mí. Las dos habrían vivido en África y eso seguramente lo explicaba todo, pero la frase sigue pareciéndome bastante sofisticada.

 

En otra ocasión, también memorable, un joven le dijo de pronto a otro, cuando ya iban a bajar, en voz muy alta, muy enfadado, y todo el autobús se enteró: “Que sea la última vez que te lo digo: mi madre es mi madre. Y tu madre es tu madre. ¿Queda claro? ¿Me has entendido?” Parecía muy grave el problema entre los dos. Me quedaron ganas de bajarme con ellos y averiguar cuál era el drama.

 

Recuerdo muy especialmente, entre otras muchas frases oídas y anotadas: “Le regalé unas magnolias y no me lo perdonó nunca”. Y esta otra: “La felicidad está en el martirio”. Y ésta “Si ganas dinero antes de los cuarenta años, estás perdido”.

 

Todas están anotadas, con la correspondiente fecha. Tengo un dossier que tumba de espaldas, una información grandiosa sobre el mundo del autobús de la línea 24.

 

Un día escuché a una mujer contarle a su marido que la luna no es lo que pensamos: “No es un satélite natural de la tierra, sino un inmenso planetoide hueco, diseñado por alguna civilización técnicamente muy avanzada, y colocado en órbita alrededor de la tierra hace muchos siglos”. Anoté cuidadosamente todo esto y también lo que le dijo el marido, que tenía cara de idiota (y también esto lo anoté, me refiero a lo de la cara de imbécil): “La luna es la luna y basta”.

 

Bonita frase la del idiota, algunas veces la digo, me gusta decirla:

 

–La luna es la luna y basta.

 

Nadie sabe por qué digo eso, nadie sabe que procede de mis escuchas de autobús. La vida en el 24 forma parte de mi archivo más íntimo. Hasta el día de hoy siempre tuve la impresión de que todo lo que ocurría en esa línea me concernía directamente.

 

El archivo –como mi vida– se ha ido haciendo grande y complejo. Y no es extraño, porque hubo siempre, en ambos campos –autobús y vida–, una gran cantidad de cosas para anotar. Hubo tantos gestos, personas, tantas frases… Sin embargo, hace una semana iba concentrado en mis pensamientos y no espiaba nada. Hay muchos días, sobre todo últimamente, en los que, no sé por qué, pero descanso de todo esto. Me olvido de que soy un ladrón de frases de autobús. El lunes pasado era uno de esos días. Pero de pronto pasó algo bien imprevisto. Me encontraba de pie en el asfixiante autobús repleto, iba apoyado distraídamente en una de las barras de la plataforma central, cuando una mujer que hablaba por su móvil dijo detrás de mí:

 

–Voy a bajarme ahora, en la estación de Fontana. Tengo treinta años, pero no sé si los aparento. No soy ni guapa ni fea. Llevo un abrigo gris. Bueno, nos vemos. Hasta ahora.

 

Viajaba de espaldas a mí, de modo que no le podía ver la cara, a menos que diera dos pasos (imposibles) para ponerme delante de ella, o hiciera un gesto muy forzado con la cabeza pero que, con tanta gente alrededor, habría quedado poco natural. Aquel “no soy ni guapa ni fea” me llegó al alma. Era una frase que había oído mil veces, pero que ahora escuchaba con intensidad diferente. Me dejó completamente preocupado. ¿Se puede realmente ser algo intermedio? ¿Qué podía haber ocurrido en la vida de aquella mujer para que se valorara ella tan poco a sí misma y no tuviera problemas en formularlo en voz alta? ¿Le gustaba ser modesta? ¿Lo era simplemente y no había que darle más vueltas a todo aquello? ¿O tal vez no era nadie y ni siquiera llegaba a modesta? Me pareció desazonante que alguien se resignara a tanta grisura. Vista de espaldas, era bajita, vestía totalmente de gris y hasta la negra cabellera parecía que se le estuviera volviendo gris, llevaba una bolsa de Zara que habría resultado un dato para identificarse más útil que aquel “no soy ni guapa ni fea”.

 

Me planteé seguirla cuando se bajara en Fontana y ver con quién se encontraba, entrar de lleno en el comienzo de una novela real. Pero estaba yo llegando demasiado tarde a casa y no tenía tiempo para seguirla por ahí. Por otra parte, jamás en mi vida había seguido a alguien por la calle y no me veía para nada haciéndolo. Tu espacio es el del autobús, pensé. Y eso me ayudó a reprimir mi idea de bajarme.

 

Pensé también en el libro sobre Gérard de Nerval que estaba leyendo y me vino a la memoria una cita conmovedora: “Yo no he visto jamás a mi madre. Sus retratos se perdieron o fueron robados. Sé solamente que se parecía a un grabado de la época, un grabado de la escuela de Prud’hon o de Fragonard y que podía titularse La Modestia”.

 

¿Era aquella mujer, toda vestida de gris, como la madre de Nerval? Pero ¿podía yo saber cómo era la madre de Nerval si ni siquiera éste lo sabía? Podía, en cualquier caso, tratar de ver cómo era la mujer que había hablado por el móvil. Sentía mucha curiosidad por ver si realmente no era ni guapa ni fea. Esperé pacientemente para al menos verle la cara. Cuando el autobús se detuvo en Fontana, la mujer se volvió bruscamente hacia mí y comenzó a abrirse paso hacia la salida. La vi en un perfecto primer plano. Un rostro de ojos rasgados y verdes, muy bello, castigado por la tristeza y la modestia, y diría que por la desesperación. De pronto, nuevamente me llegó la tentación de descender del autobús e ir tras ella, averiguar con quién había quedado.

 

Descendió del autobús allí en Fontana y me quedé temiendo que en la calle Mayor de Gracia su belleza se actualizara a cada instante, según el aspecto del rostro de los otros. Me di entonces cuenta de que hasta me sentía algo celoso de ella. Era una mujer gris, de una modestia cautivadora. Me quedé allí como un imbécil, dentro del autobús, viendo cómo, ya en la calle, se perdía entre la multitud que caminaba Mayor de Gracia arriba. Aún me quedó tiempo, mientras el autobús arrancaba, para ver cómo se iba cruzando con todo tipo de transeúntes y posiblemente les ofrecía a cada uno su mejor imagen.

 

Fuente: https://juliosuarezanturi.wordpress.com/

EL DIENTE ROTO

 

 

Pedro Emilio Coll

 

A  los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.

Con la punta de la lengua, Juan tentaba sin cesar el diente roto; el cuerpo inmóvil, vaga la mirada sin pensar. Así, de alborotador y pendenciero, tornóse en callado y tranquilo.

Los padres de Juan, hartos de escuchar quejas de los vecinos y transeúntes víctimas de las perversidades del chico, y que habían agotado toda clase de reprimendas y castigos, estaban ahora estupefactos y angustiados con la súbita transformación de Juan.

Juan no chistaba y permanecía horas enteras en actitud hierática, como en éxtasis; mientras, allá adentro, en la oscuridad de la boca cerrada, la lengua acariciaba el diente roto sin pensar.

-El niño no está bien, Pablo -decía la madre al marido-, hay que llamar al médico.

Llegó el doctor y procedió al diagnóstico: buen pulso, mofletes sanguíneos, excelente apetito, ningún síntoma de enfermedad.

-Señora -terminó por decir el sabio después de un largo examen- la santidad de mi profesión me impone el deber de declarar a usted…

-¿Qué, señor doctor de mi alma? -interrumpió la angustiada madre.

-Que su hijo está mejor que una manzana. Lo que sí es indiscutible -continuó con voz misteriosa- es que estamos en presencia de un caso fenomenal: su hijo de usted, mi estimable señora, sufre de lo que hoy llamamos el mal de pensar; en una palabra, su hijo es un filósofo precoz, un genio tal vez.

En la oscuridad de la boca, Juan acariciaba su diente roto sin pensar.

Parientes y amigos se hicieron eco de la opinión del doctor, acogida con júbilo indecible por los padres de Juan. Pronto en el pueblo todo se citó el caso admirable del “niño prodigio”, y su fama se aumentó como una bomba de papel hinchada de humo. Hasta el maestro de la escuela, que lo había tenido por la más lerda cabeza del orbe, se sometió a la opinión general, por aquello de que voz del pueblo es voz del cielo. Quien más quien menos, cada cual traía a colación un ejemplo: Demóstenes comía arena, Shakespeare era un pilluelo desarrapado, Edison… etcétera.

Creció Juan Peña en medio de libros abiertos ante sus ojos, pero que no leía, distraído con su lengua ocupada en tocar la pequeña sierra del diente roto, sin pensar.

Y con su cuerpo crecía su reputación de hombre juicioso, sabio y “profundo”, y nadie se cansaba de alabar el talento maravilloso de Juan. En plena juventud, las más hermosas mujeres trataban de seducir y conquistar aquel espíritu superior, entregado a hondas meditaciones, para los demás, pero que en la oscuridad de su boca tentaba el diente roto, sin pensar.

Pasaron los años, y Juan Peña fue diputado, académico, ministro y estaba a punto de ser coronado Presidente de la República, cuando la apoplejía lo sorprendió acariciándose su diente roto con la punta de la lengua.

Y doblaron las campanas y fue decretado un riguroso duelo nacional; un orador lloró en una fúnebre oración a nombre de la patria, y cayeron rosas y lágrimas sobre la tumba del grande hombre que no había tenido tiempo de pensar.

 

Fuente: http://ciudadseva.com

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