TODOS VUELVEN…

 

 

Gino Winter

 

Regresando a mi tierra (Lima -Perú), llegué al Aeropuerto de Newark con tiempo suficiente para minimizar el fastidio de esperas y revisiones antes de subir al avión. Pasé por todas las salidas donde gente de lo más ordenada y silenciosa se disponía a partir… hasta que llegué al último counter, destinado a los vuelos New Jersey – Lima, donde una montonera de peruvian people pugnaba por subir al avión sin importarle que aún faltaban más de dos horas para el despegue, empujaban, gritaban, peleaban, parecía que querían tomar el aeropuerto…

 

 

Por más se les explicaba la mecánica de abordaje, manan canchu, no se oye padre… Yo estaba cómodamente sentado leyendo la versión original de The Da Vinci Code, de Dan Brown, al lado de un grupo de universitarios. Una tía sesentona, más fea que una cucharada de moco, se paró al lado de los muchachos pretendiendo que desarmen su reunión para que le den el asiento pues quería estar en primera fila… Al explicarle los muchachos que podía usar cualquiera de los más de cien asientos que quedaban y que la llamarían por orden de fila del avión, la tía les lanzó un huaico de groserías haciendo causa común con una zamba con nariz de asiento de moto de querosenero, rajando a dúo de la falta de educación de los universitarios peruanos, quitacuncha mamuchanchu…

 

Nuestra gente cargaba infinidad de bultos que les colgaban a manera de ekekos y no los entregaban por más que sabían que no podrían ingresarlos al avión. La mayoría seguía pugnando por entrar… y el avión ni siquiera había llegado, añañau… Sólo faltaban gallinas para que parezca un viaje interprovincial por Tepsa, Ormeño, o la popular Soyuz, más conocida como «La Muerte Amarilla» o de Civa del congresista Ciccia, a quien le dicen «El Llanero Solitario» porque sólo monta con Plata… Una linda hostess se puso enfrente del popullorum y sudando informó lo más amablemente que pudo que «los pasajeros de primera clase pueden empezar a abordar el avión»… Pobrecita, le dijeron de «putifai» para arriba, la empujaron como si fuera jugadora de Rugby con la papaya esa de cuero que los anglos llaman balón. Un par de compañeros se acercaron a ayudar, pero… nada de nada… nuestros cholos llegaron primero y habían hecho cola de pie dos horas, así que nadie pasaría por encima de ellos… La aerolínea tuvo que llevarse a los «pitucos» por atrás del counter para hacerlos pasar sin que los linchen… Al llamar por filas la misma vaina… qué filas ni ocho cuartos, yo llegué primero carajo!!! «No puede ser que no ‘hayga’ respeto al pasajero, mejor me regresaba en Aeroperu»… «señor ya no existe Aeroperu»,…«mejor, así no nos maltratan» (¿?)… 

 

Una socióloga gringa ya entrada en años me dijo en Inglés que sus viajes al Perú siempre eran igual de «divertidos»… le respondí en Inglés que yo también era peruano y que la «montonera» era uno de nuestros deportes ancestrales, pero que yo ya me había retirado, por lesión… la gringa me empezó a hablar en perfecto castellano, a manera de disculpa, de Machu Piccchu, Chan Chan, la comida peruana y demás maravillas de mi querido Perú…

 

Luego de un viaje razonablemente tranquilo, llegamos a Lima para encontrarnos con un aeropuerto más moderno, aunque a medio reconstruir y tuvimos que esperar largo rato porque el sistema de computo de Migraciones se había averiado y estaban revisando las fichas a mano, con lo cual, debido a mi apellido, del cual no soy culpable, tuve que soportar unos minutos adicionales de «amistoso interrogatorio». Dicen que no nos preocupemos, que el sistema es muy bueno y sólo se malogra cuando alguien importante tiene que escapar del país… Al salir me di con la sorpresa de que mis maletas debían estar por Bramaputra, Timboctú o en algún recodo de la dimensión desconocida, con lo cual tuve que esperar dos horas hasta que una guapa señorita nos dijo despóticamente y con voz o-sea-nasal que no llegarían y que llenemos las hojitas azules con copia amarilla que ella amablemente nos había arrojado sobre una mesita coja y parte en el suelo. Nos dieron un teléfono para llamar, yo les di el mío para que me llamen, cosa que hicieron al día siguiente y regresé al aeropuerto para ser detenido en la puerta pues mi seguro vehicular tenia cinco días de vencido. No hubo disculpa que valiera ante el laconismo de un policía más feo que comida de loco, la ley es la ley, así que mientras yo aceleraba el paso para poder recoger mis maletas, mi señora le entregaba diez nuevos soles al gendarme, quien le respondió indignado que ni de vainas, imposible, ellos eran tres y por lo tanto no acertarían menos de treinta nuevos soles, los cuales fueron entregados sin dudas ni murmuraciones porque «a la policía se la respeta»…

 

Llegué a la hora indicada a la oficina de la aerolínea para encontrarla cerrada con un letrero mal escrito que rezaba «estamos en Aduana», lugar al que no me dejaban ingresar si no entraba con alguno de la compañía… por suerte salía una linda señorita de no más de 35 kilos (si la pesamos con ropa y mojada) y me llevó al depósito, en donde tuve que descargar varios bultos hasta que sudando conseguí mis dos maletas, la flaquita con las justas podía cargar los documentos que tuve que llenar antes de pasar la inspección, donde me dejaron las maletas como dos butifarras con su lechuga afuera. Llevaba ya algunas horas repitiendo en mi mente «no debo ser huachafo, éste es el discreto encanto de mi gente» cuando una joven policía me paró y me hizo notar que una luz lateral de mi auto estaba rota. Le indique que era una luz de adorno y que las direccionales estaban más adelante, pero me miró con sus hormonas directamente a los ojos, como para que comprenda que estaba con síndrome pre-menstrual y en esas condiciones las mujeres pueden ser más peligrosas que tocar el bandoneón calato,… no me quedó más remedio que recibir mi multa con una sonrisa de agradecimiento y partir al infinito…

 

Empecé a repetir en mi mente «El resentimiento es una intoxicación psíquica» frase de Max Scheler, filósofo Alemán, de la que se desprenden otras frases como «El resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que se muera otro», con lo cual evitaba que el baño de realidad nacional me encamine por el triste sendero del resentimiento social, así que seguí manejando mi auto ordenadamente, pero haciendo una que otra maniobra de «imprudencia temeraria» para no desentonar en el tráfico de mi querida Lima… … Es santo el amor de la tierra, que triste es la ausencia que deja el ayer… (César Miró – Todos vuelven)

 

El cariño de mi familia, las reuniones con mis amigos de siempre en el News Café, el sabor de la fruta fresca, los chicharrones del Kio, los pollos a la braza del Pardo’s Chicken, los cebiches del Francesco, las entradas criollas del José Antonio, las pastas del San Ceferino o de La Bodega de la Trattoria, los postres del Tanta y los tragos del Bohemia con sus diosas disfrazadas de impulsadoras de Marlboro, me hicieron recaer nuevamente en ese hermoso masoquismo de sentirme propio de un país bello pero increíble, en donde como modernos cristos estamos crucificados entre dos reconocidos ladrones: un chino-japonés y un caballo loco, como candidatos increíblemente favoritos a ganar las próximas elecciones presidenciales (Contra).

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

COCINAR CON FUEGO NOS HUMANIZÓ

 

 

Gustavo Costa von Buchwald

 

Para los antiguos griegos, la forma humana venía moldeada de barro por los dioses. Ahora, en el siglo XXI, sabemos que nuestros cuerpos fueron moldeados por procesos naturales que Charles Darwin llamó selección natural de las especies. Fósiles de millones de años encontrados en África muestran nuestro parecido con esas especies que hoy ya están desaparecidas.

El récord de fósiles demuestra que antes de nuestros ancestros había simios no humanos caminado erectos, los australopithecus. Su tamaño y cerebro eran algo más grandes que los del chimpancé, trepaban árboles, su vientre y músculos eran de un simio. Si bien los australopithecus se extinguieron hace 2,6 millones de años, hay evidencia arqueológica de que tenían cuchillos incipientes por los cortes encontrados en huesos de animales, lo cual sugiere planificación y cooperación en la caza. En concreto, esa especie tenía rasgos de prehumanos y humanos.

Hubo especies intermedias a través de los millones de años de evolución, como el homo habilis, homo erectus, hasta llegar al homo sapiens.

La pregunta que siempre causa mucha curiosidad es: ¿cómo llegamos a nuestra fase actual de homo sapiens, hombre sabio? Una respuesta adecuada podría derivar en el control del fuego y en el advenimiento de la comida cocinada.

Eternos carnívoros

La respuesta sobre nuestros orígenes de cómo pasamos desde un homínido como el australopitehus hasta el homo sapiens se basa en una hipótesis muy popular entre los antropólogos, la cual señala que siempre fuimos carnívoros; es decir, en nuestra dieta la carne fue el alimento principal. Por ejemplo, nuestros primos los chimpancés son vegetarianos, salvo raras excepciones; mientras que nosotros, entre los primates somos los únicos carnívoros y carroñeros.

Para Richard Wrangham, académico de la Universidad de Harvard, primatólogo y antropólogo biológico, el control del fuego y el cocinar los alimentos fueron de la mano.

La limitada habilidad del homo erectus (1,8 millones de años) de subir a un árbol es la misma del hombre de hoy. Razón por la cual se considera que su comportamiento era el de dormir en la tierra. Para esto necesitaba el fuego, para ahuyentar a los depredadores y tener luz.

Según la antropóloga Loring Bruce, el fuego fue controlado hace doscientos mil años, con lo cual esta nueva destreza de producir calor y luz nos diferenciaba de otros animales. El fuego aparecía como el medio para adaptarnos a un medio natural cambiante y garantizar nuestra sobrevivencia.

Richard Wrangham considera que es imposible saber cuándo el homo sapiens comenzó a cocinar, porque la evidencia de hogueras y hornos ancestrales es muy secundaria. Por ello, él utiliza la evidencia biológica en los dientes y huesos por cambios de dietas. Cocinar ayudó a la evolución de nuestro cerebro por la reducción de nuestro sistema digestivo al no necesitar tanta capacidad de digestión para comida cruda; además de que se redujo nuestra mandíbula y sus dientes.

Una vez que se inventó el cocinar ya no había necesidad de perseguir a las manadas de animales, porque ya era posible acumular comida y la variedad creció. Las hembras recolectaban alimentos y los cocinaban, para esto necesitaban de machos que las protegieran por la comida. Hay una complementación entre el macho y la hembra.

Este comportamiento entre macho y hembra vuelve a nuestra especie más sexual y fue el camino hacia un contexto de domesticación humana, según el profesor Wrangham.

Mejor digestión

Según Richard Wrangham, en su libro Cómo el fuego nos hizo humanos, el uso del fuego y el cocinar bien pudo haber sido el factor decisivo para llevar al hombre, primariamente animal, a ser más plenamente humano. En este proceso, el comer carne fue un factor decisivo tanto físico como de comportamiento.

En la actualidad existe una polémica sobre el comer carne, especialmente la roja. Esta proteína ha sido la llave evolutiva del hombre a través de los milenios. Jean Anthelme Brillat-Savarin lo mira de la siguiente manera: “Un hombre no vive de lo que come, dice un viejo proverbio, sino de lo que digiere”. Y el fuego nos ayudó a digerir mejor.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

FELICIDADES SIN CONDICIONES

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Ya pasaron las fiestas de fin de año y también una de las manías argentinas, que es como un sello de nuestra cultura colectiva: los que saludan diciendo “si no nos vemos, feliz Navidad” o “si no nos vemos, felices fiestas” o “si no nos vemos, feliz Año Nuevo” o la fórmula que sea, pero siempre con el preámbulo “si no nos vemos”.

Los que saludan así –y esto es lo más argentino que hay– se ponen como personaje principal de la felicitación y la condicionan de tal modo que haría pensar a los saludados que si se llegaran a ver antes de que se cumpla la condición, el saludo no vale. Pero además cabría completar en nuestro pensamiento la segunda parte: “…y si te veo que seas un infeliz de cuarta”.

¿Hasta cuándo se puede decir “si no nos vemos”? Está claro que se podría decir hasta un microsegundo antes del nanosegundo de Año Nuevo. Pero el problema en estas épocas globales es resolver cuándo empieza el año, ya que mientras la Tierra gira, Año Nuevo es a cada rato durante unas 48 horas y nos estamos viendo todo el tiempo por Skype, Whatsapp, Facebook, Periscope, Instagram y demás inventos de la vida moderna.

Lo lógico sería decir “Feliz 2018” (o feliz lo que sea) sin más vueltas y todas las veces que queramos, ya que no hay ninguna razón para pensar que las felicitaciones anteriores se anulan con las posteriores o que solo vale la última felicitación, que vendría a ser la que se dice en el momento exacto del cambio de año.

Tampoco entiendo a los que en lugar de devolver felicitación a los felicitadores, le encajan un “igualmente” sin más trámite. En vez de expresar sus deseos con sus propias palabras, ponen un espejo que refleja el saludo ajeno. Es muy improbable que sus deseos o sus ganas de felicitar sean idénticos a los del que los saludó, ya que por suerte los seres humanos no somos iguales ni siquiera al más igual de nuestros iguales.

Se lo pongo en otro contexto y va a ver qué feo queda eso de ponerle espejos a lo que nos dicen:

–Mi amor, no puedo vivir sin ti.

–Igualmente.

–Tú eres la luz de mis días.

–Igualmente.

–Te quiero como nadie ha querido jamás.

–Igualmente.

–¿No eres capaz de decir otra cosa?

–Igualmente…

Tan feo como ponerle condiciones a la felicidad.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

EL NIÑO DE JUNTO AL CIELO

 

 

Enrique Congrains Martin

 

Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero ¿no sería, más bien, que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.

 

¿Por qué, por qué él?

 

Su madre se había encogido de hombros al pedirle, él, autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista.

 

Vacilante, incrédulo se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.

 

Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él se preguntaba o era él, el que había ido hacia el billete?

 

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?… La palabra le sonaba a hueco. Recordó: su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas.

 

¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora, él, con cada paso que daba, iba internándose dentro de la bestia…

 

Se detuvo, miró y meditó; la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes algunas como él, otras no como él, y el billete anaranjado, quieto, dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el “diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse seguro y confiado, pero sólo hasta cierto punto. Antes, cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo, Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado.

 

Estuvo dando algunas, vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.

 

Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía innecesariamente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos.

 

¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete.

 

—¡Hola, hombre!

 

—Hola… —respondió Esteban, susurrando casi.

 

El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinibles.

 

—¡Eres de por acá! —le preguntó a Esteban.

 

—Sí, este… —se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de exploración a través de la bestia de un millón de cabezas.

 

—¿De dónde, ah? —se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba a abajo—. ¿De dónde, ah? —volvió a preguntar.

 

—De allá, del cerro —y Esteban señaló en la dirección en que había venido.

 

—¿San Cosme?

 

Esteban meneó la cabeza, negativamente.

 

—¿Del Agustino?

 

—¡Sí, de ahí! —exclamó sonriendo. Ese era el nombre y ahora lo recordaba. Desde hacía meses, cuando se enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas… ¡Lima! … Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa ¿En qué sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir… ¡Lima! … ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía.

 

—Yo no tengo casa… —dijo el chico después de un rato. Tiró una bola contra la tierra y exclamó—: ¡Caray, no tengo!

 

—¿Dónde vives, entonces? —se animó a inquirir Esteban.

 

El chico recogió la bola, la frotó en su mano y luego respondió:

 

—En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos…

 

Amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y le preguntó—: ¿Cómo te llamas tú?

 

—Esteban…

 

—Yo me llamo Pedro —tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano —. Te juego, ¿ya Esteban?

 

Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro, que estando solo.

 

Dieron algunas vueltas, más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.

 

—¡Mira lo que me encontré! —lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.

 

—¡Caray! —exclamó Pedro y lo tomó, examinándolo al detalle—. ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?

 

—Junto a la pista, cerca del cerro —explicó Esteban.

 

Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó:

 

—¿Qué piensas hacer, Esteban?

 

—No sé, guardarlo, seguro… —y sonrió tímidamente.

 

—¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabra que sí!

 

—¿Cómo?

 

Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podía interpretarse como una total despreocupación por el asunto —los negocios— o como una gran abundancia de posibilidades y perspectiva. Esteban no comprendió.

 

—¿Qué clase de negocios, ah?

 

—¡Cualquier clase, hombre! —pateó un cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento—. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo.

 

—¿Una libra más? —preguntó Esteban asombrándose.

 

—¡Pero claro, claro que sí!… —volvió a examinar a Esteban y le preguntó—: ¿Tú eres de Lima?

 

Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugando sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo de ese día.

 

—No, no soy de acá, soy de Tarma; llegué ayer…

 

—¡Ah! —exclamó Pedro, observándolo fugazmente—. ¿De Tarma, no?

 

—Sí, de Tarma…

 

Habían dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje, en Tarma, se había preguntado: ¿iremos a vivir a Miraflores, al Callao a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje, arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿A dónde Esteban, adónde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo, pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero, cosa curiosa, todas parecidas, también. El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad de cerro, casas en la cumbre del cerro. Habían subido y una vez arriba, junto a la choza que había levantado su tío. Esteban contempló a la bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casa, calles, techos, edificios, más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos, y se había sentido tan encima de todo —o tan abajo, quizá— que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo.

 

—Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio conmigo? —Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.

 

—¿Yo?… —titubeando, preguntó—: ¿Qué clase de negocio? ¿Tendría otro billete mañana?

 

—¡Claro que sí, por supuesto! —afirmó resueltamente.

 

La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más, y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el “diez años” sería esa meta que siempre había soñado.

 

—¿Qué clase de negocios se puede, ah? —preguntó Esteban.

 

Pedro sonrió y explicó:

 

—Negocios hay muchos… Podríamos comprar periódicos y venderlos por Lima; podríamos comprar revistas, chistes … —hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmándose—: Mira, compraremos diez soles de revistas y los vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.

 

—¿Quince soles?

 

—¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece, ah?

 

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío: convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban, saldrían muchísimas otras.

 

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas.

 

—Vas a ver qué fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas y así vienen más rápido… ¡Ya vas a ver qué bueno es hacer negocios!…

 

—¿Queda muy lejos el sitio? —preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para él.

 

—No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro.

 

—¿Cuánto cuesta el tranvía?

 

—¡Nada, hombre! —y se rió de buena gana—. Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín.

 

Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.

 

—¿Adónde va toda esa gente en auto?

 

Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero ¿adónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras. Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.

 

—¡Corre! —le gritó Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo.

 

Una vez arriba se miraron, sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importaba estar siempre, aquí o allá, en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.

 

Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente, esta vez, después de una serie de paradas, todo el mundo se había levantad de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.

 

—Vamos, ¿qué esperas?

 

—¿Aquí es?

 

—Claro, baja.

 

Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las veía marchar —sabe Dios dónde— con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto, como la gente de Tarma?

 

—Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas.

 

—Bueno —asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera en varias más. Eso era lo importante.

 

—¿Tú tampoco tienes papá? —le preguntó Pedro mientras doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía.

 

—No, no tengo… —y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó—: ¿Y tú?

 

—Tampoco, ni papá, ni mamá. —Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente:

 

—¿Y al que le dices “tío”?

 

—Ah… él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer … —calló, pero enseguida dijo—: Mi papá murió cuando yo era un chico…

 

—¡Ah, caray!… ¿Y tu “tío”, qué tal te trata?

 

—Bien; no se mete conmigo para nada.

 

—¡Ah!

 

Habían llegado al lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.

 

—Ven, entra —le ordenó Pedro.

 

Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo habían revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.

 

—Paga.

 

Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario.

 

—Paga —repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta.

 

—¿Es justo una libra?

 

—Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una.

 

Oprimió el billete con desesperación, pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre.

 

—Vamos —dijo jalándolo.

 

Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circulaban el jardín. Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas, revistas. Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna.

 

—¿Qué te parece, ah? —preguntó Pedro, sonriente con orgullo.

 

—Está bueno, está bueno… —y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio.

 

—Revistas, revistas ¿no quiere un chiste, señor?

 

El hombre se detuvo y examinó las carátulas. ¿Cuánto? Un sol cincuenta, no más… La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió. Cóbrese. Y las monedas cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar, allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida.

 

Él era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. Revistas, revistas, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. ¡Apúrate con el vuelto!, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba a prisa, rápidamente. ¿Adónde van que se apuran tanto?, pensaba Esteban.

 

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable, aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba; seguramente, con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes … Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.

 

—¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado! … —prorrumpió luego.

 

—¿No has almorzado?

 

—No, no he almorzado… —observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después sugirió—: ¿Me podrías ir a comprar un pan o un bizcocho?

 

—Bueno —aceptó Esteban, inmediatamente.

 

Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó:

 

—Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya?

 

—Sí, ya sé.

 

—¿Ves ese cine? —preguntó Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió—. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya Esteban?

 

—Ya.

 

Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.

 

—Déme un pan con jamón —pidió a la muchacha que atendía.

 

Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador.

 

—Vale un sol veinte —advirtió la muchacha.

 

—¡Un sol veinte! … —devolvió el pan y quedo indeciso un instante. Luego se decidió—: Deme un sol de galletas, entonces.

 

Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?

 

Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, esperó que pasara uso automóviles y llegó a la vereda. Veinte o treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningún otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince soles, ni… ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?

 

Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Esto tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaladas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces?…

 

—Señor, ¿tiene hora? —le preguntó a un joven que pasaba.

 

—Sí, las cinco en punto.

 

Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia y prefirió no pensar. Comprendió que, de hacerlo, terminaría llorando y eso no podía ser. El ya tenía diez años, y diez años no eran ni ocho, ni nueve ¡Eran diez años!

 

—¿Tiene hora, señorita?

 

—Sí —sonrió y dijo con voz linda—: Las seis y diez —y se alejó presurosa.

 

¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?… ¿Dónde estaban, en qué lugar de la bestia con un millón de cabezas estaban?… Desgraciadamente no lo sabía y sólo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando…

 

—¿Tiene hora, señor?

 

—Un cuarto para las siete.

 

—Gracias…

 

¿Entonces?… Entonces, ¿ya Pedro no iba a regresar?… ¿Ni Pedro, ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces?… Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más… Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro… Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.

 

Entonces ¿Pedro lo había engañado?… ¿Pedro su amigo, le había robado el billete anaranjado?… ¿O sería, más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo?… Y ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia?…

 

Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y, desolado, se dirigió a tomar el tranvía.

 

Colaboración de Gino Winter

 

Fuente: http://www4.loscuentos.net/

UN TRISTE ALMUERZO LATINO EN USA…

 

 

Gino Winter

 

Acababa de salir de una fabricucha de cuarta en el barrio de Kearny, New Jersey, en uso de mi break o refrigerio de media hora. Me dolia todo el cuerpo, pero más me dolía mi dignidad y mi amor propio, ya que luego de años de estudios y un currículum gerencial respetable, había tenido que aceptar —por necesidad— un trabajo de asistente de gerencia en una fábrica de productos plásticos para automóviles. Una renuncia intempestiva de los cuñados chinos del gringo dueño de la fábrica, quienes operaban su almacén, hizo que tengamos que remangarnos las mangas de la camisa y hacer las de estibador durante horas y horas en medio del polvo, la lluvia y el calor húmedo del vetusto edificio. Me sentía casi como un loco zarrapastroso salido de la fábrica de vidrios del cuento No una sino muchas muertes, de Enrique Congrains (Llevado al cine por Pancho Lombardi como Maruja en el Infierno).

Caminé dos cuadras hasta el Shop Rite Supermarket y me acerqué a la sección de comida al paso, donde desganado y hecho un adefesio, solicité en un descuidado inglés, un pollo a la plancha con ensalada. Un sonoro y retador Whaaattt?me hizo dirigir la mirada hacia una señora gorda de rasgos indígenas que enfundada en su uniforme blanco de panadera, me miraba con desprecio y me resondraba en inglés haciendo muecas de asco… Le repetí mi orden pero esta vez en castellano, a lo que respondió —en peor modo y haciendo ademanes despectivos como si me estuviera despidiendo— que ella no hablaba español y que pronunciara correctamente o que me vaya a comer al mercado latino. Era lo último que me faltaba para completar el día: una dependienta menopáusica, alienada y de escazos bríos mentales, con vocación de vocera del Ku Klux Klan…

Pensé cristianamente que quizás decía la verdad y haciendo uso de mis ejercicios de respiración Zen, le dije dulcemente, en español, sin perder la sonrisa: «Si Ud. no habla Español, entonces, esa cara de campesina nicaragüence, se la ganó en una rifa?». El color encendido que apareció en sus orejas cobrizas y se extendió por su rostro de carátula de la National Geographic, me hizo constatar que había entendido perfectamente mi comentario y que una ráfaga de realidad le acababa de refrescar la memoria en sus capítulos más autóctonos.

El hambre y el escaso tiempo del que disponía antes de regresar a mi esclavitud de empleado-obrero indocumentado, me impedían seguir con mi experimento psico-social y antes de que la mirada de mil maldiciones de ese grotesco personaje —que intentaba maltratarme gratuitamente y sin necesidad— me quitara las ganas de comer, decidí pedirle con los mejores modales y en perfecto inglés, que me indicara la oficina del gerente para hacerle a él mi pedido, a ver si por casualidad el señor me entendía y así podía comer en paz, como todos los demás santos de la cofradía. En un Español claro, que no podría llamar perfecto por las fallas gramaticales que su poca cultura le obsequiaba, la new american citizen me dio a entender que no sería necesario, mientras me servía con premura y generosidad el fiambre que a la postre sería mi triste almuerzo.
Le agradecí con exacta cordialidad y sin hacer referencia alguna a su estúpida actitud, ni tratar de regalarle un espejo o de darle lección alguna, merecida o no. La vida se encarga de esas cosas…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

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