UN SIMPLE CORTE DE PELO… EN NEW JERSEY

 

 

Gino Winter

 

Una madrugada al afeitarme, noté en el espejo que un triste mechón de cabellos plateados caía sobre mi frente a manera de rulo; al pasarle el peine quedé con un ligero ventarrón a Don Miguel Aveces Gemía (o Aceves Mejía, creo) así antes de que la cosa empeore y empiece a parecerme a La Tongolele decidí hacerme un simple corte de cabello, aquí… en New Jersey.
Lo primero que hice fue entrevistar a todos los muchachos que trabajaban conmigo y preguntarles dónde se cortaban el pelo, para no caer nunca en esos terribles centros experimentales en donde asesinos de la tijera han dejado a la mayoría de mis compañeros como los muñecos del tren fantasma de la Feria de Surquillo, ese que se malograba y lo empujaba un grupo de gente más aterradora que los propios muñecos.

Al día siguiente caminé las veinte cuadras de Kearny Avenue buscando un sitio decente donde pudieran desenrrularme y así me puse a husmear dentro de varios antros coiffures unisex donde mal habladas matronas y estilistas de sexo no oficial —posibles seropositivos— blandían con impunidad elementos punzo cortantes y accesorios «visagistas» de apariencia sadomasoquista. En una de estas peluquerías se dejaba escuchar la salsa Yo soy el barbero loco, de El Gran Combo de Puerto Rico…

Luego de esta extraña investigación logré ubicar un local de mediano tamaño, en toda una esquina, de apariencia sobria y varonil, con aspecto de peluquería como las de antes, cuyo letrero rezaba: Barber Shop. No había nada más ad hoc por el momento. Ingresé con paso firme y seguro, para recular de inmediato al toparme con media docena de especímenes de esos que llaman «metro-sexuales», algo así como Silvester Stallone pero con las trencitas de Pinina y las cejas de Elizabeth Taylor.
No pueden imaginar mi consternación. Se acercó a atenderme un boricua llamado Chaaz, joven estilista sospechosamente flaco y demasiado amable para mi gusto; parecía una calavera coqueta recién maquillada. Me invitó a tomar asiento en su silla profesional a lo cual accedí sin poder evitar un ligero temblor en mis rodillas.

Chaaz vestía como casi todos los muchachos de por aquí, es decir con polos y camisas cuatro o cinco tallas más grandes que su deficitario cuerpo (a la mayoría los polos les cubren las rodillas). Me señaló a varios de sus clientes que estaban en plena tertulia y fue allí cuando lo miré fijamente a los ojos y le dije con la mayor diplomacia que me fue posible que si me dejaba como cualquiera de aquellos fallidos experimentos androgénicos le iba a regalar media hora de patadas ahí por donde él se divierte. Luego de cerciorarme que había captado bien el mensaje le dije me cortara el pelo como Mel Gibson. Chez me contestó, haciendo uso de su neurona más saludable, que Mel Gibson no era peluquero sino artista de cine… así que ya que empezamos a comunicarnos en ese nivel de ondas cerebrales Gamma, que entienden cuando les da la gama, no tuve más opción que dejar mi delicada cabellera en sus tatuadas manos, confiado en su inspiración profesional.

Cuando me percaté de que dicha inspiración andaba por caminos entre el rococó barroco y las máscaras del teatro Yuyachkani y antes de quedar como un Pedro Picapiedra gay, preferí asegurar la cosa y le pedí que me haga un corte militar, pero sin surcos en forma de zetas ni canales africanos ni peladas a lo Mister T,  como es por aquí la usanza de la mayoría de sus clientes color teléfono antiguo de bakelita. Parece que le molestó la cosa, no sólo por el fuerte aleteo de sus pestañas azules sino porque me dejó como Steve Mc Queen, pero en la película Papillón, justo cuando salía del pantano de la prisión de Cayena, mojado y perseguido por un cocodrilo.
Al reclamarle, me dijo muy seguro de sí mismo que el corte estaba «regggio», que lo que estaba chueco era mi rostro… Pensé que quizás tenía razón, después de tantas muecas que tengo que hacer a diario para que estos atorrantes del spanglish entiendan mi elegante inglés británico…

Salí a la calle sin mirar atrás y poniendo cara de malevo, para que nadie se me prenda, pero me percaté que aquí todo el mundo anda como le da la gana y que casi a nadie le importa nada ni nadie, además la mayoría está más jodido que yo, lo cual me obliga a darle la razón a Collomp cuando dice que Spielberg y Lucas no tienen mucha imaginación, solo se suben al metro de New York y allí encuentran todos sus personajes…
Acá la moda se polariza entre unas pelucas trenzadas a lo Bob Marley (seguramente con los siete tipos de piojos que le encontraron en la autopsia) y unas cabezas rapadas no sé si con run-run o con máquina de pelar naranjas o quizás con algún objeto de tortura nazi.
Contra todos los pronósticos mi corte le pareció adecuado al elemento femenino y nadie se atrevió a vacilarme, pero he tenido que dejar de usar mi camiseta blanca para que no me sigan preguntando si compartí la celda con el Dr. Hannibal Lecter…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

EL DESAFÍO

 

 

Mario Vargas Llosa

 

Estábamos bebiendo cerveza, como todos los sábados, cuando en la puerta del “Río Bar” apareció Leonidas; de inmediato notamos en su cara que ocurría algo.

– ¿Qué pasa? – preguntó León.

Leonidas arrastró una silla y se sentó junto a nosotros.

– Me muero de sed.

Le serví un vaso hasta el borde y la espuma rebalsó sobre la mesa. Leonidas sopló lentamente y se quedó mirando, pensativo, cómo estallaban las burbujas. Luego bebió de un trago hasta la última gota.

– Justo va a pelear esta noche – dijo, con una voz rara.

Quedamos callados un momento. León bebió, Briceño encendió un cigarrillo.

– Me encargó que les avisara – agregó Leonidas. – Quiere que vayan.

Finalmente, Briceño preguntó:

– ¿Cómo fue?

– Se encontraron esta tarde en Catacaos. – Leonidas limpió su frente con la mano y fustigó el aire: unas gotas de sudor resbalaron de sus dedos al suelo. – Ya se imaginan lo demás…

– Bueno – dijo León. Si tenían que pelear, mejor que sea así, con todas las de ley. No hay que alterarse tampoco. Justo sabe lo que hace.

– Si – repitió Leonidas, con un aire ido.- Tal vez es mejor que sea así.

Las botellas habían quedado vacías. Corría brisa y, unos momentos antes, habíamos dejado de escuchar a la banda del cuartel Grau que tocaba en la plaza. El puente estaba cubierto por la gente que regresaba de la retreta y las parejas que habían buscado la penumbra del malecón comenzaban, también, a abandonar sus escondites. Por la puerta del “Río Bar” pasaba mucha gente. Algunos entraban. Pronto, la terraza estuvo llena de hombres y mujeres que hablaban en voz alta y reían.

– Son casi las nueve – dijo León.- Mejor noos vamos.

Salimos.

– Bueno, muchachos – dijo Leonidas. – Gracias por la cerveza.

– ¿Va a ser en “La Balsa”, ¿no? – preguntó Briceño.

– Sí. A las once. Justo los esperará a las diez y media, aquí mismo.

El viejo hizo un gesto de despedida y se alejó por la avenida Castilla. Vivía en las afueras, al comienzo del arenal, en un rancho solitario, que parecía custodiar la ciudad. Caminamos hacia la plaza. Estaba casi desierta. Junto al Hotel de Turistas, unos jóvenes discutían a gritos. Al pasar por su lado, descubrimos en medio de ellos a una muchacha que escuchaba sonriendo. Era bonita y parecía divertirse.

– El Cojo lo va a matar – dijo, de pronto, Briceño.

– Cállate – dijo León.

– Nos separamos en la esquina de la iglesia. Caminé rápidamente hasta mi casa. No había nadie. Me puse un overol y dos chompas y oculté la navaja en el bolsillo trasero del pantalón, envuelta en el pañuelo. Cuando salía, encontré a mi mujer que llegaba.

– ¿Otra vez a la calle? – dijo ella.

– Sí. Tengo que arreglar un asunto.

El chico estaba dormido, en sus brazos, y tuve la impresión que se había muerto.

– Tienes que levantarte temprano – insistió ella – ¿Te has olvidado que trabajas los domingos?

– No te preocupes – dije. – Regreso en unos minutos.

Caminé de vuelta hacia el “Río Bar” y me senté al mostrador. Pedí una cerveza y un sándwich, que no terminé: había perdido el apetito. Alguien me tocó el hombro. Era Moisés, el dueño del local.

– ¿Es cierto lo de la pelea?

– Sí. Va ser en la “Balsa”. Mejor te callas.

– No necesito que me adviertas – dijo. – Lo supe hace rato. Lo siento por Justo pero, en realidad, se lo ha estado buscando hace tiempo. Y el Cojo no tiene mucha paciencia, ya sabemos.

– El Cojo es un asco de hombre.

– Era tu amigo antes… – comenzó a decir Moisés, pero se contuvo.

Alguien llamó desde la terraza y se alejó, pero a los pocos minutos estaba de nuevo a mi lado.

– ¿Quieres que yo vaya? – me preguntó.

– No. Con nosotros basta, gracias.

– Bueno. Avísame si puedo ayudar en algo. Justo es también mi amigo. – Tomó un trago de mi cerveza, sin pedirme permiso. – Anoche estuvo aquí el Cojo con su grupo. No hacía sino hablar de Justo y juraba que lo iba a hacer añicos. Estuve rezando porque no se les ocurriera a ustedes darse una vuelta por acá.

– Hubiera querido verlo al Cojo – dije. – Cuando está furioso su cara es muy chistosa.

Moisés se río.

– Anoche parecía el diablo. Y es tan feo, este tipo. Uno no puede mirarlo mucho sin sentir náuseas.

 

Acabé la cerveza y salí a caminar por el malecón, pero regresé pronto. Desde la puerta del “Río Bar” vi a Justo, solo, sentado en la terraza. Tenía unas zapatillas de jebe y una chompa descolorida que le subía por el cuello hasta las orejas. Visto de perfil, contra la oscuridad de afuera, parecía un niño, una mujer: de ese lado, sus facciones eran delicadas, dulces. Al escuchar mis pasos se volvió, descubriendo a mis ojos la mancha morada que hería la otra mitad de su rostro, desde la comisura de los labios hasta la frente. (Algunos decían que había sido un golpe, recibido de chico, en una pelea, pero Leonidas aseguraba que había nacido en el día de la inundación, y que esa mancha era el susto de la madre al ver avanzar el agua hasta la misma puerta de su casa).

– Acabo de llegar – dijo. – ¿Qué es de los otros?

– Ya vienen. Deben estar en camino.

Justo me miró de frente. Pareció que iba a sonreír, pero se puso muy serio y volvió la cabeza.

– ¿Cómo fue lo de esta tarde?

Encogió los hombros e hizo un ademán vago.

– Nos encontramos en el “Carro Hundido”. Yo que entraba a tomar un trago y me topo cara a cara con el Cojo y su gente. ¿Te das cuenta? Si no pasa el cura, ahí mismo me degüellan. Se me echaron encima como perros. Como perros rabiosos. Nos separó el cura.

– ¿Eres muy hombre? – gritó el Cojo.

– Más que tú – gritó Justo.

– Quietos, bestias – decía el cura.

– ¿En “La Balsa” esta noche entonces? – gritó el Cojo.

– Bueno – dijo Justo. – Eso fue todo.

La gente que estaba en el “Río Bar” había disminuido. Quedaban algunas personas en el mostrador, pero en la terraza sólo estábamos nosotros.

– He traído esto – dije, alcanzándole el pañuelo. Justo abrió la navaja y la midió. La hoja tenía exactamente la dimensión de su mano, de la muñeca a las uñas. Luego sacó otra navaja de su bolsillo y comparó.

– Son iguales – dijo. – Me quedaré con la mía, nomás.

Pidió una cerveza y la bebimos sin hablar, fumando.

No tengo hora – dijo Justo – Pero deben ser más de las diez. Vamos a alcanzarlos.

A la altura del puente nos encontramos con Briceño y León. Saludaron a Justo, le estrecharon la mano.

– Hermanito – dijo León – Usted lo va a hacer trizas.

– De eso ni hablar – dijo Briceño. – El Cojo no tiene nada que hacer contigo.

Los dos tenían la misma ropa que antes, y parecían haberse puesto de acuerdo para mostrar delante de Justo seguridad e, incluso cierta alegría.

– Bajemos por aquí – dijo León – Es más corto.

– No – dijo Justo. – Demos la vuelta. No tengo ganas de quebrarme una pierna, ahora.

 

Era extraño ese temor, porque siempre habíamos bajado al cauce del río, descolgándonos por el tejido de hierros que sostiene el puente. Avanzamos una cuadra por la avenida, luego doblamos a la derecha y caminamos un buen rato en silencio. Al descender por el minúsculo camino hacia el lecho del río, Briceño tropezó y lanzó una maldición. La arena estaba tibia y nuestros pies se Hundían, como si andáramos sobre un mar de algodones. León miró detenidamente el cielo.

– Hay muchas nubes – dijo; – la luna no va a servir de mucho esta noche.

– Haremos fogatas – dijo Justo.

– ¿Estás loco? – dije. – ¿Quieres que venga la policía?

– Se puede arreglar – dijo Briceño sin convicción.-

Se podría postergar el asunto hasta mañana. No van a pelear a oscuras.

Nadie contestó y Briceño no volvió a insistir.

– Ahí está “La Balsa” – dijo León.

 

En un tiempo, nadie sabía cuándo, había caído sobre el lecho del río un tronco de algarrobo tan enorme que cubría las tres cuartas partes del ancho del cause.

Era muy pesado y, cuando bajaba, el agua no conseguía levantarlo, sino arrastrarlo solamente unos metros, de modo que cada año, “La Balsa” se alejaba más de la ciudad. Nadie sabía tampoco quién le puso el nombre de “La Balsa”, pero así lo designaban todos.

– Ellos ya están ahí – dijo León.

Nos detuvimos a unos cinco metros de “La Balsa. En el débil resplandor nocturno no distinguíamos las caras de quienes nos esperaban, sólo sus siluetas. Eran cinco. Las conté, tratando inútilmente de descubrir al Cojo.

– Anda tú – dijo Justo.

Avancé despacio hacia el tronco, procurando que mi rostro conservara una expresión serena.

– ¡Quieto! – gritó alguien. – ¿Quién es?

– Julián – grité – Julián Huertas. ¿Están ciegos?

A mi encuentro salió un pequeño bulto. Era el Chalupas.

– Ya nos íbamos – dijo. – Pensábamos que Justito había ido a la comisaría a pedir que lo cuidaran.

– Quiero entenderme con un hombre – grité, sin responderle – No con este muñeco.

– ¿Eres muy valiente? – preguntó el Chalupas, con voz descompuesta.

– ¡Silencio! – dijo el Cojo. Se habían aproximado todos ellos y el Cojo se adelantó hacia mí. Era alto, mucho más que todos los presentes. En la penumbra, yo no podía ver; sólo imaginar su rostro acorazado por los granos, el color aceituna profundo de su piel lampiña, los agujeros diminutos de sus ojos, hundidos y breves como dos puntos dentro de esa masa de carne, interrumpida por los bultos oblongos de sus pómulos, y sus labios gruesos como dedos, colgando de su barbilla triangular de iguana. El Cojo rengueaba del pie izquierdo; decían que en esa pierna tenía una cicatriz en forma de cruz, recuerdo de un chancho que lo mordió cuando dormía pero nadie se la había visto.

– ¿Por qué has traído a Leonidas? – dijo el Cojo, con voz ronca.

– ¿A Leonidas? ¿Quién ha traído al Leonidas?

El cojo señaló con su dedo a un costado. El viejo había estado unos metros más allá, sobre la arena, y al oír que lo nombraban se acercó.

– ¡Qué pasa conmigo! – dijo. Mirando al Cojo fijamente. – No necesito que me traigan, He venido solo, con mis pies, porque me dio la gana. Si estas buscando pretextos para no pelear, dijo.

El Cojo vaciló antes de responder. Pensé que iba a insultarlo y, rápido, llevé mi mano al bolsillo trasero.

– No se meta, viejo – dijo el cojo amablemente. – No voy a pelearme con usted.

– No creas que estoy tan viejo – dijo Leonidas. – He revolcado a muchos que eran mejores que tú.

– Está bien, viejo – dijo el Cojo. – Le creo. – Se dirigió a mí: – ¿Están listos?

– Sí. Di a tus amigos que no se metan. Si lo hacen, peor para ellos.

El Cojo se rió.

– Tú bien sabes, Julián, que no necesito refuerzos. Sobre todo hoy. No te preocupes.

Uno de los que estaban detrás del Cojo, se rió también. El Cojo me extendió algo. Estiré la mano: la hoja de la navaja estaba al aire y yo la había tomado del filo; sentí un pequeño rasguño en la palma y un estremecimiento, el metal parecía un trozo se hielo.

– ¿Tienes fósforos, viejo?

Leonidas prendió un fósforo y lo sostuvo entre sus dedos hasta que la candela le lamió las uñas. A la frágil luz de la llama examiné minuciosamente la navaja, la medí a lo ancho y a lo largo, comprobé su filo y su peso.

– Está bien – dije.

– Chunga caminó entre Leonidas y yo. Cuando llegamos entre los otros. Briceño estaba fumando y a cada chupada que daba resplandecerían instantáneamente los rostros de Justo, impasible, con los labios apretados; de León, que masticaba algo, tal vez una brizna de hierba, y del propio Briceño, que sudaba.

– ¿Quién le dijo a usted que viniera? – preguntó Justo, severamente.

– Nadie me dijo. – afirmó Leonidas, en voz alta. – Vine porque quise. ¿Va usted a tomarme cuentas?

Justo no contestó. Le hice una señal y le mostré a Chunga, que había quedado un poco retrasado. Justo sacó su navaja y la arrojó. El arma cayó en algún lugar del cuerpo de Chunga y éste se encogió.

– Perdón – dije, palpando la arena en busca de la navaja. – Se me escapó. Aquí está.

Las gracias se te van a quitar pronto – dijo Chunga.

Luego, como había hecho yo, al resplandor de un fósforo pasó sus dedos sobre la hoja, nos la devolvió sin decir nada, y regresó caminando a trancos largos hacia “La Balsa”. Estuvimos unos minutos en silencio, aspirando el perfume de los algodonales cercanos, que una brisa cálida arrastraba en dirección al puente. Detrás de nosotros, a los dos costados del cauce, se veían las luces vacilantes de la ciudad. El silencio era casi absoluto; a veces, lo quebraban bruscamente ladridos o rebuznos.

– ¡Listos! – exclamó una voz, del otro lado.

– ¡Listos! – grité yo.

 

En el bloque de hombres que estaba junto a “La Balsa” hubo movimientos y murmullos; luego, una sombra rengueante se deslizó hasta el centro del terreno que limitábamos los dos grupos. Allí, vi al Cojo tantear el suelo con los pies; comprobaba si había piedras, huecos. Busqué a Justo con la vista; León y Briceño habían pasado sus brazos sobre sus hombros. Justo se desprendió rápidamente. Cuando estuvo a mi lado, sonrió. Le extendí la mano. Comenzó a alejarse, pero Leonidas dio un salto y lo tomó de los hombros. El Viejo se sacó una manta que llevaba sobre la espalda. Estaba a mi lado.

– No te le acerques ni un momento. – El viejo hablaba despacio, con voz levemente temblorosa. – Siempre de lejos. Báilalo hasta que se agote. Sobre todo cuidado con el estómago y la cara. Ten el brazo siempre estirado. Agáchate, pisa firme… Ya, vaya, pórtese como un hombre…

Justo escuchó a Leonidas con la cabeza baja. Creí que iba a abrazarlo, pero se limitó a hacer un gesto brusco. Arrancó la manta de las manos del viejo de un tirón y se la envolvió en el brazo. Después se alejó; caminaba sobre la arena a pasos firmes, con la cabeza levantada. En su Mano derecha, mientras se distanciaba de nosotros, el breve trozo de metal despedía reflejos. Justo se detuvo a dos metros del Cojo.

Quedaron unos instantes inmóviles, en silencio, diciéndose seguramente con los ojos cuánto se odiaban, observándose, los músculos tensos bajo la ropa, la mano derecha aplastada con ira en las navajas. De lejos, semiocultos por la oscuridad tibia de la noche, no parecían dos hombres que se aprestaban a pelear, sino estatuas borrosas, vaciadas en un material negro, o las sombras de dos jóvenes y macizos algarrobos de la orilla, proyectados en el aire, no en la arena. Casi simultáneamente, como respondiendo a una urgente voz de mando, comenzaron a moverse. Quizá el primero fue Justo; un segundo antes, inició sobre el sitio un balanceo lentísimo, que ascendía desde las rodillas hasta los hombros, y el Cojo lo imitó, meciéndose también, sin apartar los pies. Sus posturas eran idénticas; el brazo derecho adelante, levemente doblado con el codo hacia fuera, la mano apuntando directamente al centro del adversario, y el brazo izquierdo, envuelto por las mantas, desproporcionado, gigante, cruzado como un escudo a la altura del rostro. Al principio sólo sus cuerpos se movían, sus cabezas, sus pies y sus manos permanecían fijos.

Imperceptiblemente, los dos habían ido inclinándose, extendiendo la espalda, las piernas en flexión, como para lanzarse al agua. El Cojo fue el primero en atacar; dio de pronto un salto hacia delante, su brazo describió un círculo veloz. El trazo en el vacío del arma, que rozó a Justo, sin herirlo, estaba aún inconcluso cuando éste, que era rápido, comenzaba a girar. Sin abrir la guardia, tejía un cerco en torno del otro, deslizándose suavemente sobre la arena, a un ritmo cada vez más intenso. El Cojo giraba sobre el sitio. Se había encogido más, y en tanto daba vueltas sobre sí mismo, siguiendo la dirección de su adversario, lo perseguía con la mirada todo el tiempo, como hipnotizado. De improviso, Justo se plantó; lo vimos caer sobro el otro con todo su cuerpo y regresar a su sitio en un segundo, como un muñeco de resortes.

– Ya está – murmuró Briceño. – lo rasgó.

– En el hombro – dijo Leonidas. – Pero apenas.

Sin haber dado un grito, firme en su posición, el Cojo continuaba su danza, mientras que Justo ya no se limitaba a avanzar en redondo; a la vez, se acercaba y se alejaba del Cojo agitando la manta, abría y cerraba la guardia, ofrecía su cuerpo y lo negaba, esquivo, ágil tentando y rehuyendo a su contendor como una mujer en celo. Quería marearlo, pero el Cojo tenía experiencia y recursos. Rompió el círculo retrocediendo, siempre inclinado, obligando a Justo a detenerse y a seguirlo. Este lo perseguía a pasos muy cortos, la cabeza avanzada, el rostro resguardado por la manta que colgaba de su brazo; el Cojo huía arrastrando los pies, agachado hasta casi tocar la arena sus rodillas. Justo estiró dos veces el brazo, y las dos halló sólo el vacío. “No te acerques tanto”. Dijo Leonidas, junto a mí, en voz tan baja que sólo yo podía oírlo, en el momento que el bulto, la sombra deforme y ancha que se había empequeñecido, replegándose sobre sí mismo como una oruga, recobraba brutalmente su estatura normal y, al crecer y arrojarse, nos quitaba de la vista a Justo. Uno, dos, tal vez tres segundos estuvimos sin aliento, viendo la figura desmesurada de los combatientes abrazados y escuchamos un ruido breve, el primero que oíamos durante el combate, parecido a un eructo. Un instante después surgió a un costado de la sombra gigantesca, otra, más delgada y esbelta, que de dos saltos volvió a levantar una muralla invisible entre los luchadores. Esta vez comenzó a girar el Cojo; movía su pie derecho y arrastraba el izquierdo. Yo me esforzaba en vano para que mis ojos atravesaran la penumbra y leyeran sobre la piel de Justo lo que había ocurrido en esos tres segundos, cuando los adversarios, tan juntos como dos amantes, formaban un solo cuerpo. “¡Sal de ahí!”, dijo Leonidas muy despacio. “¿Por qué demonios peleas tan cerca?”. Misteriosamente, como si la ligera brisa le hubiera llevado ese mensaje secreto, Justo comenzó también a brincar igual que el Cojo.

Agazapados, atentos, feroces, pasaban de la defensa al ataque y luego a la defensa con la velocidad de los relámpagos, pero los amagos no sorprendían a ninguno: al movimiento rápido del brazo enemigo, estirado como para lanzar una piedra, que buscaba no herir, sino desconcertar al adversario, confundirlo un instante, quebrarle la guardia, respondía el otro, automáticamente, levantando el brazo izquierdo, sin moverse. Yo no podía ver las caras, pero cerraba los ojos y las veía, mejor que si estuviera en medio de ellos; el Cojo, transpirando, la boca cerrada, sus ojillos de cerdo incendiados, llameantes tras los párpados, su piel palpitante, las aletas de su nariz chata y del ancho de su boca agitadas, con un temblor inverosímil; y Justo con su máscara habitual de desprecio, acentuada por la cólera, y sus labios húmedos de exasperación y fatiga.

Abrí los ojos a tiempo para ver a Justo abalanzarse alocado, ciegamente sobre el otro, dándole todas las ventajas, ofreciendo su rostro, descubriendo absurdamente su cuerpo. La ira y la impaciencia elevaron su cuerpo, lo mantuvieron extrañamente en el aire, recortado contra el cielo, lo estrellaron sobre su presa con violencia. La salvaje explosión debió sorprender al Cojo que, por un tiempo brevísimo, quedó indeciso y, cuando se inclinó, alargando su brazo como una flecha, ocultando a nuestra vista la brillante hoja que perseguimos alucinados, supimos que el gesto de locura de Justo no había sido inútil del todo. Con el choque, la noche que nos envolvía se pobló de rugidos desgarradores y profundos que brotaban como chispas de los combatientes. No supimos entonces, no sabremos ya cuánto tiempo estuvieron abrazados en ese poliedro convulsivo, pero, aunque sin distinguir quién era quién, sin saber de que brazo partían esos golpes, qué garganta profería esos rugidos que se sucedían como ecos, vimos muchas veces, en el aire, temblando hacia el cielo, o en medio de la sombra, abajo, a los costados, las hojas desnudas de las navajas, veloces, iluminadas, ocultarse y aparecer, hundirse o vibrar en la noche, como en un espectáculo de magia.

 

Debimos estar anhelantes y ávidos, sin respirar, los ojos dilatados, murmurando tal vez palabras incomprensibles, hasta que la pirámide humana se dividió, cortada en el centro de golpe por una cuchillada invisible; los dos salieron despedidos, como imantados por la espalda, en el mismo momento, con la misma violencia. Quedaron a un metro de distancia, acezantes. “Hay que pararlos, dijo la voz de León. Ya basta”. Pero antes que intentáramos movernos, el Cojo había abandonado su emplazamiento como un bólido. Justo no esquivó la embestida y ambos rodaron por el suelo. Se retorcían sobre la arena, revolviéndose uno sobre otro, hendiendo el aire a tajos y resuellos sordos. Esta vez la lucha fue breve. Pronto estuvieron quietos, tendidos en el lecho del río, como durmiendo. Me aprestaba a correr hacia ellos cuando, quizá adivinando mi intención, alguien se incorporó de golpe y se mantuvo de pie junto al caído, cimbreándose peor que un borracho. Era el Cojo.

En el forcejeo, habían perdido hasta las mantas, que reposaban un poco más allá, semejando una piedra de muchos vértices. “Vamos”, dijo León. Pero esta vez también ocurrió algo que nos mantuvo inmóviles. Justo se incorporaba, difícilmente, apoyando todo su cuerpo sobre el brazo derecho y cubriendo la cabeza con la mano libre, como si quisiera apartar de sus ojos una visión horrible. Cuando estuvo de pie, el Cojo retrocedió unos pasos. Justo se tambaleaba. No había apartado su brazo de la cara. Escuchamos entonces, una voz que todos conocíamos, pero que no hubiéramos reconocido esta vez si nos hubiera tomado de sorpresa en las tinieblas.

– ¡Julián! – grito el Cojo. – ¡Dile que se rinda!

Me volví a mirar a Leonidas, pero encontré atravesado el rostro de León: observaba la escena con expresión atroz. Volví a mirarlos: estaban nuevamente unidos. Azuzado por las palabras del Cojo. Justo, sin duda, apartó su brazo del rostro en el segundo que yo descuidaba la pelea, y debió arrojarse sobre el enemigo extrayendo las últimas fuerzas desde su amargura de vencido. El Cojo se libró fácilmente de esa acometida sentimental e inútil, saltando hacia atrás: – ¡Don Leonidas!

– gritó de nuevo con acento furioso e implorante. – ¡Dígale que se rinda!

– ¡Calla y pelea! – bramó Leonidas, sin vacilar.

Justo había intentado nuevamente un asalto, pero nosotros, sobre todo Leonidas, que era viejo y había visto muchas peleas en su vida, sabíamos que no había nada que hacer ya, que su brazo no tenía vigor ni siquiera para rasguñar la piel aceitunada del Cojo. Con la angustia que nacía de lo más hondo, subía hasta la boca, resecándola, y hasta los ojos, nublándose, los vimos forcejear en cámara lenta todavía un momento, hasta que la sombra se fragmentó una vez más: alguien se desplomaba en la tierra con un ruido seco. Cuando llegamos donde yacía Justo, el Cojo se había retirado hacia los suyos y, todos juntos, comenzaron a alejarse sin hablar. Junté mi cara a su pecho, notando apenas que una sustancia caliente humedecía mi cuello y mi hombro, mientras mi mano exploraba su vientre y su espalda entre desgarraduras de tela y se hundía a ratos en el cuerpo flácido, mojado y frío, de malagua varada. Briceño y León se quitaron sus sacos lo envolvieron con cuidado y lo levantaron de los pies y de los brazos. Yo busqué la manta de Leonidas, que estaba unos pasos más allá, y con ella le cubrí la cara, a tientas, sin mirar.

 

Luego, entre los tres lo cargamos al hombro en dos hileras, como a un ataúd, y caminamos, igualando los pasos, en dirección al sendero que escalaba la orilla del río y que nos llevaría a la ciudad. – No llore, viejo – dijo León. – No he conocido a nadie tan valiente como su hijo. Se lo digo de veras.

Leonidas no contestó. Iba detrás de mí, de modo que yo no podía verlo.

A la altura de los primeros ranchos de Castilla, pregunté.

– ¿Lo llevamos a su casa, don Leonidas?

– Sí – dijo el viejo, precipitadamente, como si no hubiera escuchado lo que le decía.

 

Fuente: http://www.roland557.com

LA GANGA

 

 

Truman Capote

 

Varias cosas de su marido irritaban a la señora Chase. Por ejemplo, su voz: siempre sonaba como si estuviera apostando en un juego de póquer. Escuchar su pronunciación lenta e indiferente la exasperaba, sobre todo ahora que, hablando con él por teléfono, ella estaba tan exaltada. “Claro que ya tengo uno, lo sé. Pero no entiendes, querido: es una ganga”, dijo ella, subrayando la última palabra, y después haciendo una pausa para que se desplegara toda su magia. Solo hubo silencio. “Bueno, podrías decirme algo. No estoy en una tienda. Estoy en casa. Alice Severn viene a almorzar. Es suyo el abrigo sobre el que te estoy contando. Seguro que recuerdas a Alice Severn.” Su mala memoria constituía una fuente más de irritación y, a pesar de que ella le recordó que, allá en Greenwich, habían visto varias veces a Arthur y que Alice Severn, de hecho, los había entretenido, él simuló no conocer el nombre. “No importa”, dijo ella con un suspiro. “De todos modos solo voy a ver el abrigo. Que tengas un buen almuerzo, querido.”

Después, mientras jugaba con las ondas precisas de su peinado, la señora Chase admitió que, en realidad, no había ningún motivo para que su marido recordara a los Severn con demasiada claridad. Se dio cuenta de esto cuando, con poco éxito, trató de figurarse la imagen de Alice Severn. Casi podía hacerlo: una mujer sonrosada y desgarbada, de menos de treinta años, que conducía una camioneta, en compañía de su Irish Setter y de dos hermosos niños que tenían el pelo de un rojizo dorado. Corría el rumor de que su marido bebía, ¿o era al revés? Se suponía, también, que su crédito con los bancos era pésimo, o al menos la señora Chase recordaba haber escuchado que los Severn tenían deudas insólitas, y alguien -¿había sido ella misma?- había descrito a Alice Severn como demasiado bohemia.

Antes de mudarse a la ciudad, los Chase habían tenido una casa en Greenwich: una fuente de hastío para la señora Chase, dado que le disgustaba el toque de naturaleza que tenía el lugar; prefería la diversión de las vidrieras de Nueva York. De vez en cuando se había encontrado con los Severn en Greenwich, en un cocktail o en la estación del tren, pero nada más. Ni siquiera éramos amigos, concluyó, algo sorprendida. Como ocurre tan a menudo cuando de pronto uno tiene noticias de alguien del pasado, y a quien se conoce en un contexto distinto, la señora Chase tuvo una sensación de intimidad que la dejó azorada. Pensándolo bien, sin embargo, parecía extraordinario que Alice Severn -a quien no había visto en más de un año- llamara para ofrecerle en venta un abrigo de visón.

La señora Chase fue a la cocina para ordenar su almuerzo de sopa y ensalada: jamás se le ocurrió que alguien pudiera no estar a dieta. Vertió jerez en un botellón y lo llevó a la sala. Era un cuarto de un luminoso color verde botella, parecido al gusto demasiado juvenil que tenía en su forma de vestir. El viento azotaba las ventanas, pues el departamento estaba en los pisos superiores y tenía una vista aérea del centro de Manhattan. La señora Chase puso un disco Linguaphone en el tocadiscos y se sentó cómodamente a escuchar la voz forzada que pronunciaba en francés. En abril, los Chase planeaban celebrar su vigésimo aniversario con un viaje a París. Por eso tomaba las lecciones de Linguaphone y, también por eso, había considerado la posibilidad de comprarle el abrigo a Alice Severn: sentía que resultaba más práctico viajar con un visón de segunda mano; quizá luego lo convertiría en estola.

Alice Severn llegó unos minutos antes, sin duda un accidente, ya que no era una persona ansiosa, al menos a juzgar por la discreción de sus modales y su forma de andar. Llevaba zapatos bajos, un traje de tweed que ya había visto épocas mejores, y una caja con un cordón deshilachado.

-Me encantó que me llamaras esta mañana. Dios sabe que han pasado siglos, pero ya nunca vamos a Greenwich.

Aunque sonreía, su invitada permaneció en silencio. La señora Chase, que estaba muy efusiva, se retrajo un poco. Cuando se sentaron a la mesa, pudo echarle un vistazo a la mujer, más joven que ella, y se le ocurrió que, de haberse topado con Alice en la calle, lo más probable es que no la hubiera reconocido: no porque su apariencia fuera muy distinta sino porque la señora Chase se dio cuenta de que nunca había mirado a Alice con atención, lo que le pareció extraño, porque Alice Severn era el tipo de persona en la que uno se fijaría. De haber sido menos espigada, más compacta, hubiera podido pasarla por alto, pero no sin percatarse de que era una mujer atractiva. Así como estaba -con su cabello pelirrojo, la sensación de lejanía en la mirada, su rostro otoñal lleno de pecas y sus manos fuertes y macilentas-, había en ella una distinción difícil de ignorar.

-¿Jerez?

Alice Severn asintió y balanceó su cabeza de manera insegura sobre su cuello delgado, como un crisantemo demasiado pesado para su tallo.

-¿Una galletita? -le ofreció la señora Chase, observando que alguien tan esbelto debía comer como un caballo. La frugalidad del menú -sopa y ensalada- le produjo un súbito remordimiento de conciencia y dijo una mentira:

-No sé qué estará haciendo Martha para el almuerzo. Ya sabes lo difícil que es preparar algo con tan poca anticipación. Pero, dime, querida, ¿cómo están las cosas en Greenwich?

-¿Greenwich? -repitió Alice parpadeando, como si una luz inesperada hubiera destellado en el cuarto-. No tengo idea. Hace tiempo que ya no vivimos allá; seis meses, o más.

-¿Ah, no? -respondió la señora Chase-. Eso te demuestra lo atrasada que estoy. ¿Y dónde viven ahora, querida?

Alice Severn alzó una de sus torpes y huesudas manos e hizo un ademán en dirección a la ventana:

-Por ahí -dijo de un modo extraño. Su voz era llana, pero sonaba exhausta, como si estuviera a punto de caer enferma-. Me refiero a que vivo en la ciudad. No nos gusta mucho, sobre todo a Fred.

Con una debilísima inflexión, la señora Chase preguntó:

-¿Fred? -porque ella recordaba con toda claridad que el marido de su invitada se llamaba Arthur.

-Sí, Fred: mi perro, un setter irlandés. Debe usted haberlo visto. Está acostumbrado a tener espacio, y el departamento es tan pequeño; es solo un cuarto, en realidad.

Si los Severn vivían en un cuarto, sin lugar a dudas debían estar pasando una temporada difícil. La señora Chase contuvo su curiosidad y no preguntó más. Le dio un sorbito a su jerez, y dijo:

-Claro que me acuerdo del perro; y de los niños: cabecitas pelirrojas que se asomaban por la ventana de la camioneta.

-No son pelirrojos. Son rubios, como Arthur.

Alice hizo esta corrección con tan poco humor que la señora Chase tuvo que soltar una risita confusa:

-¿Y Arthur? ¿Cómo está? -dijo, lista para ponerse de pie y dar inicio al almuerzo. Pero la respuesta de Alice Severn la obligó a sentarse de nuevo. Sin alterar en nada su expresión, pronunció, impasible, una sola palabra:

-Gordísimo. Gordísimo -repitió después de un momento-. La última vez que lo vi, fue hace apenas unas semanas, creo; estaba cruzando la calle. Casi se bamboleaba como pato. Si él me hubiera visto, habría tenido que reírme: siempre fue muy remilgado con su cuerpo.

La señora Chase se tocó las caderas:

-¿Tú y Arthur se separaron? Es absolutamente increíble.

-No estamos separados -Alice agitó la mano en el aire como si quisiera librarse de unas telarañas-. Lo conozco desde pequeña; desde que éramos niños. ¿Usted cree -dijo Alice con calma- que podríamos estar separados, señora Chase?

La mención exacta de su nombre parecía excluir a la señora Chase. Por un instante se sintió sellada herméticamente y, mientras se dirigían al comedor, sintió que alguna hostilidad crecía entre ellas. Quizá la visión de las desgarbadas manos de Alice Severn desdoblando la servilleta con torpeza la persuadió de que no era así. A no ser por unos cuantos intercambios corteses, comieron en silencio. La señora Chase empezaba a temer que no pasara nada.

Al fin, Alice Severn dijo atropelladamente:

-De hecho, nos divorciamos en agosto.

La señora Chase esperó. Entonces, entre que sumergía la cuchara en la sopa y volvía a alzarla, dijo:

-Qué pena. Supongo que fue porque bebía.

-Arthur nunca bebió -respondió Alice con una sonrisa amable, pero asombrada-. Es decir, los dos bebíamos. Por diversión, no por otra cosa. En verano era muy agradable. Solíamos ir al arroyo, recogíamos un poco de menta y hacíamos unos tragos de menta gigantescos en frascos de conserva. Algunas noches, cuando hacía mucho calor y no podíamos dormir, llenábamos un termo con cerveza fría, despertábamos a los niños y nos íbamos en coche a la playa. Es divertido beber cerveza, nadar y dormir en la arena. Fueron épocas muy hermosas. Recuerdo que una vez nos quedamos hasta el amanecer. No -dijo, cuando un pensamiento serio tensó su rostro-. Debo decirle que le saco casi una cabeza a Arthur. Yo creo que eso le molestaba. Cuando éramos niños siempre creyó que iba a ser más alto que yo, pero no. Odiaba bailar conmigo, y a él le encanta bailar. Y le gustaba rodearse de mucha gente: personitas, todas con voz aguda. Yo no soy así; yo solo quería que fuéramos él y yo. En ese sentido, no disfrutaba estando conmigo. ¿Recuerda a Jeannie Bjorkman? ¿La de cara redonda y cabello rizado, como de la misma estatura que usted?

-Desde luego -respondió la señora Chase-. Formaba parte del comité de la Cruz Roja. Un desastre.

-No -dijo Alice Severn evaluando-. Jeannie no es un desastre. Éramos muy buenas amigas. Lo extraño es que Arthur decía que la odiaba, pero supongo que siempre estuvo loco por ella. Ciertamente lo está ahora, y los niños también. De alguna forma me gustaría que mis hijos no la quisieran, aunque debería sentirme feliz de que así sea, puesto que vive con ella.

-¡No puedo creerlo! ¿Tu marido se casó con esa horrenda muchacha Bjorkman?

-En agosto.

La señora Chase hizo una pausa para sugerir que tomaran el café en la sala y dijo:

-Es horrible que tengas que vivir sola en Nueva York. Al menos podrías tener a los niños contigo.

-Arthur quiso quedarse con ellos -dijo Alice Severn, simplemente-. Pero no estoy sola. Fred es uno de mis amigos más cercanos.

La señora Chase hizo un gesto de impaciencia: no le agradaba esa ilusión.

-Un perro. Qué estupidez. Solo se puede pensar que eres una tonta. Yo destrozaría a cualquier hombre que tratara de pisotearme. Supongo que ni siquiera has llegado a un acuerdo para que él -la señora Chase vaciló-… para que él aporte.

-Usted no comprende; Arthur no tiene dinero -respondió Alice Severn con el desconsuelo de un niño que descubre que, después de todo, los adultos no son muy lógicos-. Incluso tuvo que vender el coche. Va y viene a pie de la estación. Pero creo que está contento.

-Lo que necesitas es que alguien te sacuda un poco -dijo la señora Chase, como si ella estuviera dispuesta a realizar esa tarea.

-El que me preocupa es Fred. Está acostumbrado a tener espacio, y una sola persona no deja muchos huesos. ¿Usted cree que cuando termine mi curso podré conseguir un empleo en California? Estoy en una escuela de negocios, pero no soy muy rápida, sobre todo en mecanografía: parece que mis dedos la detestan. Supongo que es como tocar el piano: hay que aprender desde muy chico -Alice miró pensativa sus manos y, con un suspiro, dijo-. Tengo clase a las tres, ¿le importa si le enseño el abrigo ahora?

La alegría de sacar objetos de una caja, por lo general, animaba a la señora Chase, pero a medida que Alice quitaba la tapa, una incómoda melancolía la acorraló.

-Era de mi madre.

Que debe haberlo usado unos sesenta años, pensó la señora Chase frente al espejo. El tapado le llegaba a los tobillos. Frotó su mano contra la piel raída y sin lustre que daba una sensación enmohecida, acre, como si hubiera estado guardada en un desván cerca del mar. El abrigo estaba helado por dentro, y la señora Chase se estremeció, pero una ráfaga de rubor le encendió la cara justo en el momento en que se percataba de que Alice Severn la miraba por encima de su hombro, con una expresión de expectativa tensa e indigna que no había tenido antes. En materia de compasión se refiere, la señora Chase era muy parca: antes de concederla, tomaba la precaución de atarle una cuerda, de modo que, en caso necesario, pudiera retirarla de un tirón. Sin embargo, al ver a Alice Severn, era como si la cuerda se hubiese cortado y, por una vez, tuvo que enfrentar el compromiso de la compasión. Trató de librarse y de encontrar una escapatoria, pero su mirada tropezó con aquellos ojos, y comprendió que no había ninguna. Recordó una palabra de sus lecciones de Linguaphone y eso hizo que la pregunta fuera más fácil:

-¿Combien? -preguntó.

-¿No vale nada, verdad? -había confusión en la pregunta, no franqueza.

-No, nada -respondió ella con cansancio, casi con irritación-. Pero a lo mejor me sirve.

No volvió a preguntar; era evidente que parte de la responsabilidad consistía en fijar el precio.

Aún con el abrigo a rastras, se dirigió a la esquina del cuarto donde había un escritorio y, con una caligrafía resentida, hizo un cheque de su cuenta privada: no tenía intención de que su marido se enterara. Más que la mayoría de la gente, la señora Chase despreciaba la sensación de pérdida: una llave extraviada, una moneda olvidada, agudizaba su conciencia del robo y de los engaños de la vida. Una sensación similar la invadió cuando le entregó el cheque a Alice Severn, que lo dobló sin mirarlo y lo guardó en el bolsillo de su traje. Era por 50 dólares.

-Querida -dijo la señora Chase, ensombrecida por una preocupación espuria-. No dejes de llamar para contarme cómo va todo. No debes sentirte sola.

Alice Severn no le agradeció ni se despidió de ella en la puerta. En cambio, tomó la mano de la señora Chase entre las suyas y le dio unas palmaditas, como si recompensara afectuosamente a un animal, a un perro. Después de cerrar la puerta, la señora Chase se quedó mirando su propia mano y se la acercó a los labios. La sensación de la otra mano aún estaba allí. No se movió, esperando que se disipara, y enseguida su mano volvió a ponerse fría.

 

Fuente: http://triunfo-arciniegas.blogspot.com

TIEMPO DE GUERRA

 

 

Enrique Patiño

 

La mañana olía a muerte. Era un olor extraño, azufrado y denso que Iván notó desde los albores de su sueño, pero que sólo al alba se le hizo irrespirable. Despertó asfixiado, aunque no sólo por el olor: el estertor de su propia respiración agónica lo había rescatado de una pesadilla, y de vuelta a la realidad se descubrió bañado en sudor, con el corazón desbocado y las manos trémulas, y además con la incisiva certeza de que el olor a muerte tenía algo que ver con su sueño.

 

Para aquella misma mañana estaba programado el ataque a su ciudad natal, y el sueño había sido sobre su familia. No sabía explicárselo, pero los había visto sin verlos, los había intentado abrazar y sus dedos habían aferrado aire en la pesadilla. “Estaban sin estar”, musitó, para darse tranquilidad con su propia voz. Vio las primeras grietas de luz en el cielo, los centinelas apostados en sus posiciones y la silueta tumefacta de la artillería que apuntaba a su ciudad. Quiso buscar sosiego en aquella imagen cotidiana, y hundió la nariz en su chaqueta, con la intención de reencontrar el olor a pólvora al que estaba acostumbrado. Pero de nuevo la respiración se le entrecortó. No quiso creerlo, pero tuvo la impresión de que el olor a muerte provenía de sí mismo. La pesadilla resurgió. Iván presintió que por primera vez en dos años y medio de lucha, las consignas de batalla no le servirían para domar la desbandada de dudas que comenzaban a revolotearle en el corazón.

 

Pasaron algunos minutos hasta que las voces de sus superiores dieron la orden de despertar. Sus gritos rompieron el hechizo del alba, pero Iván trató de no prestarles atención. Poco a poco vio cómo crecían las sombras parduscas de sus compañeros exhaustos que volvían del sueño. Varios se levantaron a orinar, mientras la mayoría se guío a tientas por el aroma envolvente de un café que preparaban cerca. Iván no se movió. Sabía que algo pasaba en él , que pensaba muchas cosas sin pensar en algo definido, porque eran tantas las cosas que sentía que no les hallaba orden en la cabeza. Lo consternaba la desazón de sentirse angustiado sin un motivo real. Sin embargo, tuvo la certeza de que tarde o temprano alguna idea clara habría de surgir, y entonces comprendería. No sabía qué, pero quiso esperar unos minutos más para ver si la claridad venía rápido, o al menos antes del ataque.

 

Vino un mayor. Sus zancadas firmes despertaron a la fuerza a Iván de su ensimismamiento. Por instinto, se levantó e hizo fila para tomar café, y entonces se vio repetido en cada soldado taciturno que lo precedía. Veinticuatro veces él, contó. Un hilo del olor a azufre vició el aroma del café. Notó que sólo él lo percibía, y sin saber la razón, sintió alivio pues le pareció que por saber oler la muerte, al menos ahora, era diferente.

 

No había acabado de beberse el café, cuando oyó una orden altisonante que lo devolvió a la realidad.  Comprendió a tientas lo que se había dicho, pero supo que la hora de descender había llegado. Entonces se levantó y vio el fuego mustio del amanecer, su claridad incipiente, la ciudad florecida en pequeños capullos de fuego del ataque de la noche anterior, las casas entre la bruma a lo lejos con esas luces mínimas que alumbran las montañas como estrellas dispersas, la geografía de verdes y montañas interminables de su país y la cantidad de cuerpos aletargados de los soldados que se desperezaban para enfrentar otro capítulo más de la guerra.

 

Por primera vez en la mañana, se sintió feliz. Sabía que la razón por la cual había deseado con tanto ahínco el momento de la orden era para sentir la alegría del regreso. Sintió miedo también, pero era consciente de que había soportado las penurias de ser combatiente con el único fin de tener un argumento para doblegar el orgullo de su naturaleza belicosa, y volver a la tierra que lo había visto nacer.

 

La orden de descenso fue dada media hora después. Sin esperar al resto del contingente, Iván acató la orden y comenzó a descender de primero. Alguien le gritó improperios pero él siguió bajando y zigzagueando para no perder el equilibrio, con la habilidad propia de un joven de diecinueve años. Oyó a sus espaldas el rumor masivo de las botas que bajaban tras de él y rió. Continuó riendo hasta que llegó a la ladera donde estaban las primeras viviendas, superó un talud profundo y se quedó inmóvil ante la ciudad sin vida. Vio entonces la condición del silencio, la muerte que moraba entre las ruinas.

 

No tuvo tiempo para pensar, cuando la tropa lo sobrepasó y el espectáculo de los soldados que ocupaban las calles lo impulsó a actuar. Iván se unió a ellos. Alistó su arma y corrió por instinto para ocupar su posición, aunque en medio de su prisa, sintió vergüenza de sí mismo, de su actitud de soldado frente a la ciudad indefensa.

 

Sobrevino la primera desbandada de dudas. La memoria le hizo una jugada que él sabía inevitable, y recreó en su mente la ciudad que conocía frente a la que tenía ante sus ojos. Se sintió ahogado. Pero siguió avanzando, tomó las riendas de sus recuerdos y se dedicó a reconstruir lugares, y a pesar de la peligrosidad de ello, a recordar momentos. No lo soportó. Supo en aquel instante que el dolor en carne viva no lo producían sólo las heridas, sino en especial los recuerdos. “¿Qué hago yo aquí?” se dijo, y en seguida se recriminó: “Ya para qué volví si siempre que llego es tarde”. Sintió rabia pero no supo en qué descargarla. Se limitó a cerrar la mano en torno a la empuñadura del fusil y a seguir contemplando las huellas del desastre.

 

Decidió disminuir la marcha. Los recuerdos le laceraban la memoria. Una hebra del olor a muerte surgió de ésta, y se hiló con el olor profuso que lo perseguía desde la pesadilla de aquella madrugada. Iván sintió que se le trenzaba el destino. A cada paso, a cada imagen recompuesta, se le iba desollando el corazón.

 

Había perdido la noción del tiempo. Se dio cuenta de ello cuando el aire le trajo las ondas sesgadas de una explosión cercana. “Una granada” pensó. O tal vez de trataba de una pipeta de gas lanzada como artefacto explosivo, o de una mina puesta por la insurgencia. Oyó gritos. Recordó los escondites detrás de las escuelas, las informaciones que tenían sobre miembros de un último grupo rebelde y supo que los estaban descubriendo. Avanzó más aprisa, pero no en dirección de la explosión, sino de lugares conocidos. Sólo veía soldados de su bando cercando las calles.

 

Bajó el arma. Cada calle a la que se asomó le revivió el estupor. Iván las afrontó con vergüenza, como si temiera que los muros caídos lo recriminaran. Un buitre volaba en círculos cerca de la plaza central. Al llegar allí, descubrió la catedral antigua sin cúpula ni campanario, y el centro histórico derruido por completo. Se dio cuenta de que no existía pesadumbre en él, sino más bien necesidad de comprenderlo todo, de verlo todo para dar respuesta a una pregunta que no se había planteado y que sin embargo le revoloteaba en la cabeza desde la mañana. Le irritaban los soldados por las calles, su aspecto circunspecto y sin embargo triunfador, su aire de invasores, de extranjeros en una ciudad que no les pertenecía. Intentó no prestarles atención y caminó hacia la zona residencial. Allí la soledad le tendió un cerco. Vio los esqueletos de concreto y hierro de los edificios, la sangre seca en las aceras y en el estuco de los muros en pie.

 

Lo único que atinó a pensar entonces era que estaba solo, que en toda su vida no había sido más que un cuerpo deambulante sin brújula ni destino, y sin haber sabido a dónde ir. Recordó su pesadilla, su familia que no estaba, pero se repitió que era demasiado tarde. “Ya para qué”, volvió a musitar entre dientes. Sin embargo, continuó caminando con el arma baja. A la distancia oyó disparos.

 

Era inevitable. Un nuevo embate de la memoria se le filtró por entre su pesadilla, e Iván se vio como si fuera tres años atrás, justo el día que se iba de su casa. Recordó la manera en que había preparado la  riña con su padre sobre una cuestión de ideologías contrarias: se había basado en ello para provocar la escisión que le abriría el camino para irse adonde quisiera. Las ideas argüidas en aquella discusión sólo le sirvieron como excusa para aventurarse a la guerra, y desfogar en algo intenso su espíritu belicoso: quería pelear, quería venganza, quería enfrentarse al mundo y que alguien con autoridad le dijera qué hacer porque se sentía perdido. Sólo su hermano menor tuvo el coraje de detenerlo en la puerta. Lo trajo a la memoria. Recordó su cuerpo débil, su mirada honda, y sus brazos largos cerrándole el camino.

 

–Sea hombre –le hubo de decir entonces–. Quédese.

 

–A usted es al que le falta ser hombre –le respondió Iván–. Hombres somos los que nos vamos. –Quitó su brazo de la puerta–. Además, usted no tiene nada que enseñarme a mí–, le dijo. Luego partió.

 

Iván se detuvo. Por primera vez en el día, sintió que cedía terreno ante la acometida de los recuerdos. Se desdibujaba todo lo que había creído. A lado y lado vio los residuos del ataque y en una labor de sepulturero, fue imaginando las escenas de dolor de cada persona que conocía del vecindario, para librarse de sus fantasmas y echarles tierra en su memoria.

 

Continuó caminando, bordeó la escuela de su infancia y llegó hasta la casa de su gran amor juvenil. Quiso reírse con ganas, pero lo dominaba la nostalgia. Se acordó de una peripecia en la que, con la complicidad de su hermano menor, había logrado colarse al cuarto de ella para entregarle un clavel y rendírsele a sus pies. Ella lo había aceptado sin pensarlo dos veces, pero él pensó demasiadas veces en su osadía de enamorado, hasta que terminó por creerla cursi, y se escondió. El tiempo obró el olvido.

 

A Iván le sorprendió darse cuenta de que ahora lo poseía un desespero por encontrar respuestas, por saber en realidad cuál era su camino. Y se rindió, por fin, ante sus propias dudas. Cayó de rodillas en plena calle, sin importarle si alguien lo veía, mientras se le resquebrajaba el último cimiento del dominio propio, y comenzaba a llorar, no de amor sino de rabia, por haberse gastado el tiempo del amor mismo en guerras que lo habían vuelto una persona que ahora ya no reconocía.

 

Cuando volvió a respirar con algo de normalidad, lo asaltó la congoja. No sentía odio. Vio la prisa de sus compañeros como a través de un filtro, como si sucediera en otro momento y en otra época, o como si la nostalgia misma lo hubiera provisto de un primer brote de sabiduría. Se levantó, tomó algo de agua de la cantimplora y de nuevo escuchó disparos, pero ya no les prestó atención. Vio un soldado que venía en dirección suya y se secó las lágrimas. Lo saludó, dio un reporte de tranquilidad, caminó dos cuadras más y con la respiración entrecortada descubrió el lugar donde antes quedaba su casa y ahora solo sobresalían ruinas y una única pared en pie, mordida por las balas.

 

Entró con el aliento tenso. Su primer vistazo fue fugaz, pero le bastó para reconocer que todo lo que tenía que ver con su pasado ya no estaba. La pesadilla emergió de las profundidades del miedo, e Iván corrió por entre los cuartos tratando de encontrar algún rastro de su familia. Alzó el arma como si temiera una sorpresa. Pero no halló nada. Entonces recordó un escondite que habían ideado junto con su hermano en el zócalo de su cuarto, y corrió a buscarlo. Quitó varias tablillas y encontró un cuadro familiar, fotos humedecidas, cartas escritas en tiempo de guerra y varios objetos familiares que quizá su hermano se había tomado el trabajo de recoger y guardar. Iván respiró hondo, con alegría, pero los residuos de su pesadilla le recordaron que su familia estaba sin estar.

 

Quiso olvidar la batalla que se libraba en las calles: quizás le harían un juicio por desacato si volvía con vida. Se sentó en el piso. Al sentarse, el olor a muerte se hizo más denso e irrespirable, pero Iván lo inhaló con deseo. Ahora sabía que la pesadilla había sido premonitoria y anheló que también lo fuera el olor. De afuera se oyeron nuevos disparos. Sintió rabia de la guerra, de él, de lo que sucedía, de que se le hubiera ido cualquier oportunidad de decirle a los suyos que lo perdonaran, de que no viera en el tiempo una forma de redimir su culpa. Quiso gritar, pero el grito lo ahogó en el silencio antes de que alguien lo oyera, y se descargó en el llanto. Esta vez sí lloró sin recato, como un niño, y balbuceó algunas frases ininteligibles. Se sintió libre, como cuando se quitaba el morral y las botas, las armas, las municiones y el casco, y se despojaba de los veinte kilos de más que cargaba a diario. El olor a muerte se hizo a un cierto punto tan espeso que Iván tuvo miedo de no poder inhalarlo más. “Es el colmo. Ya ni siquiera me queda aire para llorar”, pensó. Sintió de repente ganas de levantarse, rebelarse, hacer algo, pero permaneció inmóvil. “Ya para qué”, volvió a decirse. Lo venció el desasosiego y recomenzó su llanto ahogado.

 

De un momento al otro, escuchó pasos a la entrada de la casa. Reaccionó con sobresalto: empuñó el fusil y lo apuntó hacia la entrada del cuarto. Mantuvo su rostro severo de barba enhiesta sin desencajarse, como le correspondía a un guerrero, más por el miedo de que se tratara de un compañero y delatara que lo había visto débil y llorando que pensando en un rival. Pero la figura que apareció en lo que antes fuera el vano de la puerta fue la de un joven maltrecho que contempló a Iván desde el otro lado de la verdad.

 

El soldado no tuvo tiempo de precisar por qué, pero supo que en su mirada estaba la respuesta a la encrucijada que desde la mañana lo había enfrentado cara a cara con  la vida.

 

–Hermano –le dijo el joven, sorprendido de verlo allí, con la cara enrojecida por el llanto. Y agregó, con un dejo de ironía–: Bienvenido.

 

Iván bajó el arma y lo contempló con asombro. Vio que estaba herido en una pierna y en un costado del abdomen, que vestía con un uniforme raído y precario, y que cargaba un arma en la mano izquierda. Descubrió en su hermano, en medio de su impavidez y de su alegría, la misma cara del joven de hacía tres años, pero dignificada por la madurez de los tiempos adversos y de su resistencia.

 

A Iván se le heló el alma. Antes de llegar allí, su hermano había escapado del último reducto que quedaba en la ciudad, y había corrido a lo largo de las calles patrulladas, esquivando las balas y asesinando a más rivales en su desesperación que a aquellos que hubiera imaginado en una jugada de su sano juicio, con tal de sobrevivir hasta llegar a su casa. También él había despertado con un hilo de muerte enhebrado en el corazón, y el presentimiento de algo incierto. En el camino, había recibido dos balazos. Lo estaban persiguiendo, no había duda de ello.

 

Los pasos se oyeron por la calle demasiado pronto. Un primer tiro pegó en la pared frontal que permanecía en pie. Iván reaccionó y se abalanzó a socorrer a su hermano. No había avanzado aún dos pasos, cuando su hermano, con una habilidad de felino insospechada para su estado, le saltó encima. Lo hizo con tanta fuerza, que ambos rodaron hasta el final de la habitación. Iván creyó que su hermano buscaba la venganza y se entregó al castigo. Pero sintió que lo abrazaba y lo cobijaba protector con su cuerpo. El olor a muerte desapareció. Un buitre apareció por sobre la casa y comenzó a dibujar un círculo vacío.

 

Algo sonó contra los fragmentos de cemento roto. Un objeto metálico que rodó a pocos metros de ellos. Iván supo qué era pero igual giró la cabeza y vio la granada que sus compañeros habían arrojado dentro de la casa y que yacía sin el seguro puesto. Comprendió la situación. Hizo un esfuerzo tentativo para tratar de zafarse del agarre de hierro de su hermano, pero no pudo. Lo intentó de nuevo, girando esta vez la cara, y aunque su hermano atesó adolorido sus brazos, él logró verlo a los ojos, descubrir en su fulgor de guerra aquel amor incorruptible por los suyos y oler en su sudor a pólvora la valentía de la derrota con sabor a gloria que afrontaba. Iván se dio cuenta que también esta vez era tarde, que tampoco había tiempo, que mucho menos habría palabras, pero el brillo en los ojos de su hermano era la respuesta y lo que vio en ellos en el instante en que los encontró fue el abismo de la eternidad.

 

Apeló a todas sus fuerzas, aferró a su hermano, y en una última maniobra desesperada, Iván logró dar vuelco a la situación, poner a su hermano a tierra y cubrirlo con su cuerpo, mientras lo abrazaba estrecho para decirle en el último segundo de su vida, en un grito formidable, que también él sabía amar.

 

Fuente: https://literariedad.co/

LA CHICA DE LA BICICLETA

 

 

F.S. Estaire

 

Paseaba, como todas las tardes, un rato junto al río cuando, de repente, escuché el sonido de un timbre de bicicleta a mis espaldas. Sin girarme, casi por instinto, me aparté del camino. Una muchacha sonriente pasó pedaleando. Llevaba puesta una camiseta blanca y una falda recogida

 

La seguí con la mirada mientras se hacía pequeña a mis ojos hasta que, al girar en la curva del molino, dejé de verla por completo. Entonces, inmediatamente, escuché el sonido brutal de unos hierros estamparse contra el suelo. No lo pensé. Salí corriendo hacia la curva y, al tomarla, mi sorpresa fue que allí no había nadie

 

Estaba solo. Miré el sendero, que seguía hacia adelante, y no vi nada. Traté de calcular lo largo que era para verificar si, en el escaso tiempo que tardé en llegar allí, a la chica le había podido dar tiempo a recorrerlo. Era imposible. No me salían las cuentas. La única realidad era que, hasta donde me alcanzaba la vista, allí no había nada

 

Por un instante comencé a dudar de mis sentidos. Tenía, como por dentro de las tripas, una sensación compleja de entender, tan desagradable que, sin pensarlo, decidí que la muchacha estaba allí, de bruces en el camino, junto a su bicicleta rota

 

Apenas podía verla el rostro, ni siquiera cuando se incorporó un poco, lo justo para sentarse en el suelo y abrazar su pierna derecha. Me pareció escuchar de su boca un silencioso llanto

 

Me agaché para ayudarla, puse mi mano sobre su pierna desnuda, casi sin darme cuenta de lo que hacía. De la rodilla magullada salían unos hilos de sangre que recorrían su piel hasta casi los tobillos. Entonces algo me sobresaltó, apenas un susurro, algo que me decía al oído, simplemente, que debía de parar

 

Me separé de la muchacha. Dejé de sentir en la palma de mi mano el calor y la dureza de su gemelo. Fue sólo un segundo, necesitaba incorporarme, tomar aire, pero entonces, en un torpe pestañeo, la perdí

 

Me parecía imposible. Sobre el camino ya sólo había una hilera de hormigas que se desplazaba hacia un saltamontes muerto. Entonces comenzó a martirizarme la extraña idea de haberla perdido para siempre

 

Tuve que sentarme. Cerré los ojos, para poder recuperar su imagen en mi memoria; al principio eran solo fragmentos inconexos; sus manos, sus piernas, y así hasta que recompuse mis recuerdos en una única figura, clara y global de ella. Pensé que, sólo así, podría dejarla marchar para siempre.

 

Fuente: http://cuentocorto.es

1 2 3 719

Archivos