EL VALOR DE LA AUTENTICIDAD

 

 

Inés Temple

 

Mi mamá tenía una frase que repetía a diario cuando nos enseñaba modales en la mesa, cada día de la semana de regreso del colegio. “En la casa deben siempre esmerase en comer muy bien, tan bien como si estuvieran comiendo frente a un rey. Así,  cuando estén comiendo con el rey lo harán con la naturalidad de quién come en su casa”.

Claro, mi mamá en esos momentos se preocupaba más por enseñarnos modales que por enseñarnos sobre naturalidad o autenticidad. Pero creo que el mensaje caló y es muy claro: ser siempre los mismos con todos, ser siempre naturales en toda circunstancia y tratar a todos de la misma manera – y por supuesto -, siempre bien.

La capacidad de ser natural y auténtico es imbatible en las relaciones humanas de todo tipo. Inspira confianza, facilita la comunicación, fortalece relaciones, impacta muy positivamente las reputaciones. En lo profesional, facilita cerrar negocios, ser seleccionado en las entrevistas de trabajo, ser considerado para cargos de responsabilidad y liderazgo y sobretodo, ser respetado y valorado por los demás.

Pero en el mundo del trabajo hay personas que se toman demasiado en serio su rol profesional. Actúan de acuerdo a ese rol y lo viven como si el rol fuera de ellos, o peor aún, como si ellos fueran el rol, olvidando que un rol sólo representa – y siempre de manera temporal y pasajera –  el cargo, la posición o el encargo que han recibido.

También hay quienes dejan de lado su sentido del humor, su naturalidad y cercanía cuando el rol trae consigo algo de poder, volviéndose distantes o arrogantes. Otros, se dejan impresionar por los  que tienen poder y se vuelven artificialmente “agradables” para ganar el afecto o favor de aquellos.

Todos leemos las señales que emite el lenguaje corporal. Pero quien esconde su esencia detrás de una conducta impostada o encubierta, emite señales que sentimos artificiales, falsas y poco auténticas.  No logramos ver a la persona detrás del rol y eso genera mucha desconfianza. De hecho, la pose profesional aporta muy poco a la empatía y menos a la confianza y daña mucho la marca personal.

Por el contrario, ser uno mismo, el mismo siempre, el mismo igual dónde sea que se esté y con quién sea que se esté, y tratando a todos con el mismo respeto y calidez, es una fortaleza extremadamente poderosa – y rara – que abre las puertas a la confianza, al respeto y al afecto de las personas. La autenticidad es clave para establecer relaciones de confianza, reales y positivas.

Ser auténtico pasa por mostrarse a los demás como uno es. Exige quitarse de encima remilgos, posturas y también, mucho ego. Requiere coraje y seguridad en uno mismo, aunque tampoco significa perder el tacto o el tino ni decir a todos  “sus verdades” con torpeza. Demanda abrirse, dar de sí, entregarse e incluso hacer algo que suena arriesgado y hasta contra intuitivo: compartir nuestras vulnerabilidades.

La autenticidad es vital para el liderazgo y la reputación y marca la pauta del tipo de persona que admiramos: aquellas que actúan siempre con integridad y que viven con los mismos valores en sus vidas personales y profesionales.

Y como decía mi mamá, – a la que sigo extrañando y mucho -, para que seamos auténticos y naturales, debemos practicarlo a diario.

 

Fuente: http://www.inestemple.com/

CUENTO CON BRUJA Y TRAMONTINA

 

 

Hernán Casciari

 

bamos en un taxi por la avenida Álvarez Thomas. Al llegar a la esquina de la calle Lugones el semáforo nos detuvo y entonces pude mostrarle a mi hija la fachada de la casa: «Mirá, Nina, fue ahí; en ese balconcito el Chiri me acuchilló». Mi hija alzó la cabeza y vio la ventana triste que todavía, veinte años después, estaba sin pintar. Se emocionó al reconocer el escenario: fue como si hubiera llegado al bosque original de Caperucita y el lobo. Después me pidió que le mostrara la cicatriz y que le contara otra vez el cuento.

Abrí los dedos de la mano derecha y le dejé ver la herida. «Todavía se ven los puntitos donde te cosió el doctor».

A Nina, antes de dormir, le cuento historias reales que me ocurrieron en mil novecientos ochenta y nueve. No sé por qué resultan ser las más adecuadas, supongo que se trata de un tiempo sencillo, intenso, donde ocurrieron cosas que un chico de cuatro años puede entender con facilidad: una temporada llena de sorpresas. Fue la época en que acabamos el colegio y con el Chiri nos fuimos a vivir a Buenos Aires.

A mi hija le gustan las tramas en donde hay chicos que se van de casa a vivir aventuras nocturnas, sin adultos, con brujas y con cuchillos. Y más aún si uno de los chicos, generalmente el más gordito, es también su papá.

—Contame desde el principio.

Como el semáforo seguía en rojo, hice memoria y me recosté en el asiento.

Fue la noche en que Dustin Hoffman ganó un Oscar por la película Rain Man, le dije a Nina. Una madrugada de abril. (El taxista, creo, puso atención.) Estábamos en la plaza San Luis, aguantando despiertos la última noche mercedina antes del gran viaje hacia la edad adulta. Durante toda la secundaria habíamos querido que llegara el día de irnos a la Capital, y ahora solamente faltaba que saliera el sol. Con el Chiri hicimos planes. Conversamos sobre el futuro.

—¿Qué es el futuro?

Para nosotros, el futuro era esa casa, la que está justo ahí en la esquina. No era una casa para nosotros solos, sino un cuarto chiquito adentro de una casa: una habitación en alquiler. Íbamos a compartir la cocina y el baño con una señora, con una viuda desconocida que, para peor, era directora de una escuela.

—Una bruja.

Exacto, nos íbamos con una bruja. Aquello no estaba en nuestros planes cuando fantaseábamos con vivir lejos y solos, pero tampoco estaba en nuestros planes la hiperinflación. Ni mis padres ni los de Chiri tuvieron resto, en aquel tiempo de australes devaluados, para alquilarnos un departamento. La opción era vivir en la casa de una bruja o quedarnos en Mercedes. Ni siquiera lo dudamos.

La señora se llamaba Tita y tenía una amiga en común con mi madre; por ese camino había aparecido la opción del hospedaje. Ella tampoco tenía planeada la hiperinflación, y tuvo que alquilar la pieza a dos jóvenes desconocidos. Caímos a su casa con algunas referencias falsas que daban a entender que nosotros, el Chiri y yo, éramos chicos saludables y normales, hijos de dos familias decentes de pueblo. La segunda parte de la frase era verdad.

Chichita, como es lógico, se sentía responsable por nuestro comportamiento en casa de Tita. La mañana del viaje nos recomendó cien veces que no hiciéramos nada fuera de lugar, que no pusiéramos la música alta, que no metiéramos melenudos adentro de la pieza, que no fumáramos porquerías. Es decir, nos enumeró sus propios padecimientos desde el año ochenta y seis.

Con el Chiri tuvimos la intención, profunda y sincera, de ser personas excelentes durante el tiempo que viviéramos en la casa de Tita. Siempre nos costó una barbaridad esquivar la tentación de enloquecer a una vieja, de asustarla, de volverla loca, pero nos prometimos hacer un esfuerzo con ésta en particular. Si entrábamos a aquella habitación con el pie izquierdo, una enorme patada en el culo nos devolvería a Mercedes. Y no queríamos eso.

Con dos bolsos llenos de tupperwares con milanesas, algo de ropa y unos cuantos libros, tocamos el timbre un 30 de abril de 1989, pasado el mediodía. Tita nos abrió la puerta y nos recibió como a dos alumnos que se han portado mal y deben hablar con la directora. En su gesto se mezclaba el compromiso asumido y el hastío por venir.

Nos mostró la habitación —un entrepiso, con ventana a la calle, un escritorio y dos camas—, nos enseñó el baño y la cocina comunes, nos cobró por adelantado la primera mensualidad, nos dio un solo juego de llaves y después, sin ganas, como si leyera un texto ajeno, nos dijo que allí estaba ella, para lo que necesitáramos.

Dejamos nuestros bártulos sobre la cama y nos fuimos a pasear, con la excusa de hacer trámites universitarios. Buenos Aires era, por fin, nuestra ciudad. Las llaves que teníamos en los bolsillos no eran las mismas de ayer, ni tampoco eran copias de las que tenían nuestros padres. Compramos libros viejos en los puestos de Plaza Italia, comimos pizza, visitamos gente.

Por la noche hicimos algo que todavía hoy nos avergüenza: desde un teléfono público llamamos a Tita (a nuestra casa, a nuestra casera) para avisarle a la mujer que estábamos bien, que no iríamos a cenar, que no se preocupara. Ella nos interrumpió:

—No hace falta que me llamen para avisar esas cosas —dijo.

Entendimos, ruborizados, que nos estábamos pasando de decentes.

A las dos de la mañana volvimos a nuestro nuevo hogar para pasar allí la primera noche. Estábamos exultantes. Por no hacer ruido, ni siquiera tocamos la guitarra. Nos acostamos cada uno en nuestra cama e intentamos dormir. Chiri lo consiguió enseguida, pero a mí me molestaba un hilo de aire que entraba por la ventana, y permanecí insomne.

Me levanté y fumé un cigarro mirando la calle; me sentí mayor de edad, invencible. Vi los coches y los colectivos que pasaban por la avenida Álvarez Thomas. Veinte años más tarde yo pasaría en taxi por allí, me detendría un semáforo, y le contaría a mi hija los detalles de esa noche.

Tiré la colilla a la vereda y quise cerrar la ventana para dormir. Pero la ventana no cerraba: por eso entraba el frío. Una de las hojas de madera estaba hinchada y no calzaba bien en el marco. Hice fuerza, pero no logré encajarla. Tendría que haber desistido, tendría que haberme ido a dormir. Pero yo esa noche era invencible.

Saqué de mi bolso un cuchillo de cortar carne (de la marca brasileña Tramontina) y, usándolo como destornillador, quité el marco de la ventana. Me senté en la cama y, con el mango del cuchillo como maza, empecé a martillar el desnivel de madera para aplanarlo. Chiri se despertó a medias:

—Gordo —dijo—, la concha de tu madre —y se tapó las orejas con la almohada.

Traté de hacer menos ruido. Martillé con suavidad uno o dos minutos, pero la suavidad no es amiga del martillazo. Fumé otra vez en silencio; dejé pasar los minutos. Cuando sospeché que Chiri ya estaría en una fase profunda del sueño, volví a darle golpes masculinos a la ventana. Pum, pam, pim. Imagino que me colgué, que me excedí, o que me concentré demasiado.

Lo que sigue pasó en tres segundos: Chiri se despertó enloquecido, me dedicó otro insulto y, con un ademán sonámbulo, me arrancó el cuchillo de la mano. Tiró el cuchillo por la ventana abierta y se volvió a dormir. Tres segundos, y otra vez silencio.

Me bajó la presión, pero no supe porqué. Cuando ocurre en las películas parece un efecto dramático, pero a mí también me pasó: no me di cuenta de nada.

No sentí que los dedos —el índice y el mayor— me colgaban de la mano. No hubo un dolor instantáneo. Fue como en las tormentas: ahora el rayo mudo, después el trueno ciego.

El rayo de mi dolor fue una humedad en la pierna. Noté, antes que nada, el borbotón de sangre tibia cayéndome por la rodilla, después por la sábana. La hoja del tramontina, que yo usaba como mango de martillo, me había rajado los tendones hasta el hueso. Mi amigo y verdugo dormía otra vez; lo tuve que despertar.

—Chiri —susurré, pálido—, tengo sangre en la mano.

No quise alarmarlo, pero también había salpicaduras gruesas en las paredes, en el suelo, en su frazada. Llamé de nuevo:

—Chiri, ayudáme, me cortaste en serio.

Chiri dormía, o se hacía el enojado. O quizás estaba enojado y se hacía el dormido. Me anudé los dedos con la sábana para dejar de chorrear, y entonces sentí el dolor, un dolor bestial que me llegó al cerebro con el espesor de un relámpago. Grité. Grité mucho. Grité como una cantante de ópera que ha visto a su perrito muerto.

Chiri por fin se despertó. Saltó de la cama, se puso de pie y empezó a enfocar la escena. Cuando dejé de gritar mi amigo vio a un gordito de color amarillo, desinflado, sentado en la cama y bañado en sudor. Vio los latigazos de la sangre en el empapelado de la habitación, los vio en el mosaico y en su propio piyama. Pero aun así no entendió lo que estaba pasando.

Yo no podía explicarle la situación con palabras, no tenía palabras. Se me ocurrió la idea (desatinada) de quitarme el revoltijo de sábanas pegajosas y mostrarle los dedos que colgaban de mi mano derecha. Al ver el estropicio, Chiri hizo tres cosas.

Puso los ojos en blanco.

Vomitó.

Se desmayó.

Fue la única vez en la vida que vi a un ser humano hacer aquellas tres cosas, tan divertidas, al mismo tiempo. De no ser por el problemón en la mano, lo hubiera aplaudido hasta reventar. En cambio, me senté otra vez en la cama y, como pude, me hice un torniquete y me empecé a reír. Me reí como un loco, traspasado por el dolor. Era un tiempo de grandes, de maravillosas aventuras, y yo sabía lo que estaba a punto de pasar de un momento a otro. Tenía que pasar. Por eso miré la puerta de la habitación con una sonrisa, por eso hice un silencio teatral y me quedé congelado de alegría, esperando que se moviera el picaporte.

Era el momento en que Tita debía aparecer por la puerta. En aquella época las cosas siempre salían bien. Había un hombre semidesnudo en el suelo, inconsciente, sobre un charco amarillo. Había un gordo deshidratado, con una sábana envolviéndole los dedos. Había enormes surcos de sangre, mares de sangre, y una ventana rota en tres pedazos. ¿Cómo no iba a entrar entonces la mujer?

En el año mil novecientos ochenta y nueve todo ocurría como si un guionista borracho dictara las entradas y calculara los mutis con precisión de relojero. Las desgracias causaban risa y las caseras, las brujas de los cuentos, entraban sin golpear y veían una puesta en escena maravillosa.

El semáforo se pone verde, la vida sigue. Ahora otra vez volamos por la noche de Buenos Aires. A Nina le gustan los cuentos sobre chicos que se van de casa y viven aventuras donde hay brujas y cuchillos. Por eso se da la vuelta, se pone de rodillas en el taxi, y se gira hacia atrás, para ver por última vez la ventana donde ocurrió aquello, en la esquina de Lugones y Álvarez Thomas.

Le doy la mano, contento. Ella me acaricia las cicatrices.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

EL PERRO FERNANDO

 

 

Mempo Giardinelli

 

Cualquiera que haya visitado esta ciudad sabe que uno de los íconos de Resistencia es el Perro Fernando. Un cuzquito blanco que vivió en los años 50, tuvo un oído musical perfecto y es todavía, junto con las casi 500 esculturas de sus veredas arboladas, algo así como la representación simbólica de la capital del Chaco.

Dicen que su dueño fue un cantante de boleros que un día recaló en la ciudad y se llamaba Fernando Ortiz, aunque otra versión atribuye el nombre al patrono departamental: San Fernando, venerado por los primeros inmigrantes friulanos con el aditamento “de la Resistencia”, obviamente contra los indios, aunque después el santo parece que perdió prestigio y el extraño nombre de la ciudad se sintetizó para siempre.

La leyenda dice que este alegre perrito se ganó la admiración y el amor de todo un pueblo por su excepcional oído musical. No había fiesta de casamiento, cumpleaños, carnaval o concierto al que Fernando no entrara para sentarse junto a las orquestas, o a los solistas, y darles su aprobación meneando la cola o, tras parar las orejas ante el más mínimo furcio, soltar gruñidos y hasta aullidos desaprobatorios. Y en las Navidades su presencia en una casa era siempre buena señal.

Era fama que jamás se equivocaba, y los mismos músicos solían aceptar que, en el momento señalado por Fernando, en efecto habían pifiado una nota. Lo que los oídos humanos no advertían, el perrito, implacable, lo denunciaba. Y no había músico que se atreviera a impedir su entrada ni a expulsarlo, porque toda la ciudad confiaba ciegamente en su oído. Fernando fue como un gorrión de cuatro patas, popular y amado, y acaso por eso mi madre decía que de no haber sido Resistencia una ciudad de morondanga, otra que Edith Piaf.

Los fines de semana, inexorablemente, Fernando recorría fiestas a su antojo y obviamente sin invitación. Y en las Navidades su presencia en una casa era siempre buena señal. Pero nadie disponía de su agenda, y su presencia era imprevisible. Pero era tal honor que llegara a un festejo que después, seguro, los organizadores o dueños de casa se pasaban la semana fanfarroneando por la ilustre visita.

Yo era chico y casi todas las tardes acompañaba a mi papá al Bar La Estrella, donde los hombres charlaban y jugaban al truco o al tute, y todo el tiempo se escuchaban tangos y conciertos en la enorme radio que los japoneses ponían sobre el estaño. Y ahí estaba, digno y sereno, escuchando atentamente mientras comía maníes bajo alguna mesa, o echadito al sol en las veredas amplias, el perrito que todos decían que habría merecido más que ninguno ser el ícono de la RCA Victor.

Cuando llegaba el verano, los preparativos navideños se hacían en esas mesas deliciosamente organizadas: aquí los peronistas con Don Chacho Bittel y sus eternos ministros, algunos de los cuales fueron campeones de tute cabrero y otros en el arte de hacerse ricos a costa de todos. Allá los radicales del Bicho León, mirando al poder como algo siempre lejano. Y junto a aquella ventana los socialistas, encabezados por el prócer chaqueño Guido Miranda, historiador y periodista. También se sentaban, a otras mesas, empresarios, contrabandistas, médicos distinguidos, abogados charlatanes y buscas de todo pelaje. El Bar La Estrella era como un mercado persa y allí Fernando, el cuzquito melómano, recibía raciones que completaba en su diario vagar por otros bares como el Sorocabana, frente a la plaza, que era el más lindo y hoy es un patético edificio que en cualquier momento la voracidad inmobiliaria y la estupidez municipal van a demoler.

Creo que fue la Navidad del 57, o el 58, cuando visitó Resistencia un famosísimo pianista polaco, de apellido Paderewsky. Ofreció un concierto único en el Cine Teatro Sep, el más importante de la ciudad, y por supuesto mis papás me llevaron. La sala estaba repleta y Fernando se acomodó bajo el piano de cola (los organizadores siempre anticipaban a los músicos visitantes la ineludible presencia del cuzquito) y a la vista de más de mil personas se diría que Paderewsky y él comenzaron el concierto.

Nunca olvidaré la impresión de aquel público cuando, en medio de una sonata de Beethoven, de pronto Fernando se puso de pie alzando las orejas y soltó un gruñido. Pareció que el mundo se detenía, pero Paderewsky, todo un profesional, siguió como si nada. Sin embargo hacia el final del concierto, nuevamente el perrito sacudió las orejas y miró fijo al pianista como diciéndole oiga, la está pifiando.

Entonces Paderewsky, con europea elegancia, detuvo sus manos, miró al perrito y le dijo, en duro castellano: “Tiene razón, equivoqué dos veces”. E hizo un dacapo y repitió la sonata, que le salió perfecta. El concierto acabó con una ovación, un par de bises y el discreto mutis de Fernando, que, se dijo después, tenía esa noche dos casamientos y un cumple de quince.

Cuando Fernando murió, toda la ciudad lo lloró desgarrada. Creo que fue en el 59, apenas iniciado el gobierno de Frondizi. Lo que recuerdo perfectamente fue el solemne entierro del animalito en la calle Brown al 350, en la puerta del entonces flamante edificio de una institución cultural llamada “El Fogón de los Arrieros”. Miles de personas cubrieron la calle, las veredas y los balcones hasta más allá de las dos esquinas. Toda la ciudad estaba allí, despidiendo a su perrito.

Después la vida siguió, como siempre sigue, pero esa Navidad ya no fue igual porque a la hora de los tangos no estaba el perrito de la ciudad para aprobar música y danza. Y para mí fue la primera Navidad en la que me faltó alguien que amaba.

Hoy en Resistencia hay tres esculturas que evocan a Fernando. La que se supone mausoleo oficial está todavía sobre la calle Brown. Otra está como escondida bajo un manto de chibatos en la avenida Avalos, cerca del Club de Regatas. Y la tercera, que es la más grande y pretenciosa, y que creo que inauguraron los milicos durante la Dictadura, está en una esquina de la Casa de Gobierno y frente a la Plaza. Curiosamente —así funciona el humor involuntario— tiene la cola alzada y apunta el culo hacia las ventanas de la gobernación.

Sólo ahora advierto que han pasado más de cuarenta años y este texto me parece triste. Debe ser la Navidad, que siempre lo llena a uno de nostalgias.

 

Fuente: http://www.mempogiardinelli.com/

EL PODER DE LA INTENCIÓN

 

 

Laura Aiello

 

Si vas por la vida esperando el momento perfecto para hacer algo determinado, la mayoría de las veces te vas a encontrar con todo lo contrario, por ejemplo:

 

  • Que no cuentas con el tiempo suficiente…
  • El dinero no te alcanza…
  • No tienes el sitio…
  • Las condiciones no están dadas… etc, etc

Creo que a muchos nos asusta la idea de ver la vida de aquí a 20 o 30 años y luego arrepentirse por no haber hecho aquello que realmente se deseaba… pensando en lo que pudo ser y no fue…

 

 ¿Recuerdas esa vez cuando lograste algo que parecía extremadamente difícil? Te aseguro que en tu vida tienes varios ejemplos… y esas alegrías y emociones gratificantes son una recompensa para el alma que no tienen precio…. y para lograrlo pudiera afirmar que tu INTENCION DE HACERLO te acompañó en todo momento.

 

Hoy escribo sobre la Intención y la importancia de recordar el inmenso Poder que tiene para ayudarnos con esos proyectos importantes para cada quien.

 

La intención es el propósito o la voluntad de hacer algo y para ello ES NECESARIO ESTAR BIEN CLARO EN LO QUE DE VERDAD QUIERES.

 

 A continuación te presento algunas recomendaciones para activar tu Intención:

 

  1. La intención debe ser una constante en tu vida aunque estés ocupado en las tareas rutinarias del día a día.
  2. Reserva un poquito de tiempo diario para tu propósito, esos 30 o 60 minutos diarios marcarán la diferencia entre moverte hacia tu sueño o quedarte en el mismo sitio.
  3. Cuando tienes la intención clara, las buenas ideas comienzan a fluir; es importante que las documentes y no lo dejes para después, porque de lo contrario correrás el riesgo de que se te olviden, ¡aprovecha tus momentos de creatividad!.
  4. Cree en el poder de tu mente… eres capaz de muchos más; intenta dejar el diálogo negativo de lado y no permitas que tus pensamientos sean una traba en la consecución de tus objetivos.
  5. No eres víctima de tus circunstancias, probablemente eres víctima de tus creencias. Si crees que no tienes tiempo, se te irá como agua entre los deseos… si crees no tener las circunstancias adecuadas, no se manifestarán… pero si solo decides “creer” que si es posible, te irás moviendo poco a poco y comenzarás a recibir “señales” y la ayuda que requieras.

Tus elecciones diarias te acercan o alejan de tus sueños, entonces recuerda tener tu intención clara y actuar sobre ella durante el día.

 

Cada mañana se presenta UN NUEVO DÍA lleno de oportunidades ¿en qué emplearás tu tiempo el día de hoy?

 

Quejarse o ponerse en acción son algunas de las alternativas y la mejor es definitivamente la segunda.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

ENFÓCATE EN LOS RESULTADOS

 

 

Gabriel Sandler

 

El desarrollo ocurre cuando te concentras en los resultados. Los avances ocurren cuando visualizas los resultados que deseas, cuando tienes la expectativa de que esos resultados se concretarán, y cuando te dedicas a hacer que sucedan.

 

Concéntrate en los resultados y descubrirás la manera de hacerlos realidad. Concéntrate en los resultados y tendrás una manera a través de la cual saber, a cada paso, si estás logrando avanzar o no.

 

Las buenas intenciones son buenas y los métodos sofisticados realmente impresionan. Lo que realmente importa, sin embargo, es el resultado final.

 

Cualquier esfuerzo que lleves a cabo demandará de tu valioso tiempo y que pongas en juego tus recursos. Asegúrate de obtener el mayor valor posible a cambio, manteniéndote concentrado en los resultados.

 

No te des el permiso de quedarte varado en la mediocridad. No te engañes creyendo que lo estás haciendo de maravillas cuando en realidad no estás haciendo realmente demasiado.

 

Define los resultados que buscas de manera clara y específica, cuantifica los progresos que estés logrando, y evalúa consecuentemente cada acción y cada esfuerzo que estés llevando a cabo. Concéntrate en los resultados, y conseguirás los mejores posibles.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

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