LA MUERTE DE UN OBRERO

 

 

Agota Kristof

 

 

 

Inconclusa quedó la sílaba, sin significado, flotando entre la ventana y el jarrón de flores.

Inconcluso el gesto de tus frágiles dedos dibujando la mitad de una N mayúscula sobre las sábanas.

—¡No!

Creías que te bastaba con mantener los ojos abiertos para que la muerte no pudiera alcanzarte. Los abriste al máximo, hasta el límite de tus fuerzas, pero llegó la noche y te tomó en sus brazos.

Ayer todavía pensabas en el coche que no terminaste de lavar aquel sábado, ya tan lejano, cuando recibiste el puñetazo de dolor en el estómago por primera vez.

«Cáncer», había dicho el médico, y la pulcritud de tu cama de hospital te horrorizó.

Hasta tus manos se volvieron blancas con los días, las semanas, los meses. Cuando el imborrable aceite de tus manos desapareció, las uñas ya no se te quebraban, eran largas y rosadas como las de un funcionario.

Por la noche llorabas en silencio, sin sollozos, sin convulsiones, solo lágrimas que rodaban suavemente y sin ruido alguno por la almohada, en la sala común donde la luz verde de las lamparitas marcaba surcos sobre las mejillas y bajo los ojos de los enfermos que tenías al lado.

No, no estabas solo.

Eran seis o siete al borde de la muerte.

Igual que en la fábrica. Tampoco estabas solo, eran veinte o cincuenta haciendo el mismo gesto un día tras otro.

Y en el hospital, como en la fábrica, no tenían nada que decirse unos a otros.

Tú pensabas que los demás dormían o que ya estaban muertos.

Los demás pensaban que tú dormías o que ya estabas muerto.

Nadie hablaba, tú tampoco.

Ya no querías hablar, solo querías acordarte de algo pero no sabías de qué.

No había nada de que acordarse.

La fábrica se había llevado tus recuerdos, tu juventud, tu fuerza, tu vida. Sólo te dejó el cansancio, el cansancio mortal de cuarenta años de trabajo.

 

Fuente: http://lamaquinadeltiempo.com

EL GATO COCIDO

 

 

Roberto Arlt

 

 

Me acuerdo.

La vieja Pepa Mondelli vivía en el pueblo Las Perdices. Era tía de mis cuñados, los hijos de Alfonso Mondelli, el terrible don Alfonso, que azotaba a su mujer, María Palombi, en el salón de su negocio de ramos generales. Reventó, no puede decirse otra cosa, cierta noche, en un altillo del caserón atestado de mercaderías, mientras en Italia la Palombi gastaba entre los sacamuelas de Terra Bossa el dinero que don Alfonso enviaba para costear los estudios de los hijos.

Los siete Mondelli eran ahora oscuros, egoístas y enteles, a semejanza del muerto. Se contaba de este que una vez, frente a la estación del ferrocarril, con el mango del látigo le saltó, a golpes, los ojos a un caballo que no podía arrancar de los baches el carro demasiado cargado.

De María Palombi llevaban en la sangre su sensualidad precipitada, y en los nervios el repentino encogimiento, que hace más calculadora a la ferocidad en el momento del peligro. Lo demostraron más tarde.

Ya la María Palombi había hecho morir de miedo, y a fuerza de penurias, a su padre en un granero. Y los hijos de la tía Pepa fueron una noche al cementerio, violaron el rústico panteón, y le robaron al muerto su chaleco. En el chaleco había un reloj de oro.

Yo viví un tiempo entre esta gente. Todos sus gestos transparentaban brutalidad, a pesar de ser suaves. Jamás vi pupilas grises tan inmóviles y muertas. Tenían el labio inferior ligeramente colgante, y cuando sonreían, sus rostros adquirían una expresión de sufrimiento que se diría exasperada por cierta convulsión interior, circulaban como fantasmas entre ellos.

Me acuerdo.

Entonces yo había perdido mucho dinero.

Merodeaba por las calles de tierra del pueblo rojo, sin saber qué destino darle a mi vida. Una lluvia de polvo amarillo me envolvía en sus torbellinos, el sol centelleaba terriblemente en lo alto, y en la huella del camino torcido oía rechinar las enormes ruedas de un carro cargado de muchas grandes bolsas de maíz.

Me refugiaba en la farmacia de Egidio Palombi.

En el laboratorio, encalado, Egidio trituraba sales en un mortero o, con una espátula en un mármol, frotaba un compuesto. En tanto que yo me preparaba un refresco con ácido cítrico y jarabe, Egidio decía, sonriendo tristemente:

–Esta receta me cuesta ocho centavos, y se la cobraré dos pesos y sesenta y cinco.

Y sonreía, tristemente. O, anochecido, abría la caja de hierro que en otros tiempos perteneció a don Alfonso, sacaba el dinero, producto de la venta del día, y lo alineaba encima del tapete verde del escritorio.

Primero los amarillentos billetes de cien pesos, después los de cincuenta, a continuación los de diez, cinco y uno. Sumaba, y decía:

–Hoy gané ciento treinta y cuatro pesos. Ayer gané ciento ochenta y nueve pesos.

Y sus grandes ojos grises se detenían en mi rostro con fijeza intolerable. Con un anonadamiento invencible me inmovilizaba su crueldad. Y él repetía, porque comprendía mi angustia, repetía, con una expresión de sufrimiento dibujado en el semblante por una sonrisa:

–Ciento treinta y cuatro pesos, ciento ochenta y nueve pesos.

Y lo decía porque sabía que ya había perdido mi fortuna. Y ese conocimiento le hacía más enorme y dulce su dinero, y necesitaba verme pálido de odio frente a su dinero para gozarse más sabrosamente en él.

Y yo me preguntaba:

–¿De quién le viene esta ferocidad?

En un automóvil de seis cilindros me llevaba a casa de su tía Pepa, la hermana de su padre. Allí comía, para no gastar en el hotel, y la vieja, recordando el egoísmo de su difunto hermano, se regocijaba en esta virtud del sobrino.

Cuando yo llegaba, la tía Pepa me hacía recorrer su caserón, abría los armarios y me mostraba rollos de telas, bultos de frazadas y joyas que ella regalaría a sus futuras nueras y conducíame a la huerta, donde recogía ensalada para el almuerzo o me mostraba las habitaciones desocupadas y la sólida reja de las ventanas.

Si no, hablaba, interrumpiéndose, tomándome de un brazo y clavando en mí sus implacables ojos grises, más grises aún en el arco de los párpados. Y a espaldas del sobrino, me contaba de su hermano muerto, de su hermano que yo comprendía había robado en todas las horas de su vida, para dejar un millón de pesos a los hijos de María Palombi.

La vieja vociferaba:

–Y esa perra tiró todo a la calle.

Cuando nombraba a su cuñada, la tía Pepa masticaba su odio como una carne pulposa, y exaltándose, contábame tantas cosas horribles, que yo terminaba por sentir cómo su odio entrábase a tonificar mi rencor, y ambos nos deteníamos, estremecidos de un coraje que se hacía insoportable en el latido de las venas.

Y yo me preguntaba:

–¿De dónde les viene a esa gente un alma tan sucia?

Y a veces creía en la herencia trasegada de la María Palombi y otras en la continuidad del terrible don Alfonso Mondelli. Después comprendí que ambos se complementaban.

Esta historia explicará el alma de los Mondelli, el egoísmo y la crueldad de los Mondelli, y su sonrisa, que les daba expresión de sufrimiento, y su belfo colgante como el de los idiotas.

Y esta historia me la contó, riéndose, el hijo de la tía Pepa, aquel que fue una noche al cementerio a robarle el chaleco al padre de María Palombi.

La tía Pepa tenía gallinas en el fondo de la casa, y junto al brasero, siempre acurrucado a su lado, un hermoso gato negro.

Cuando una de las gallinas se «enculecó», la tía Pepa consiguiose una docena de «verdaderos» huevos catalanes.

Más tarde nacieron once pollitos, que iban de un lado a otro por el patio de tierra, bajo la implacable mirada de la vieja.

Vigilándoles, el gato negro se regodeaba, enarcando el lomo y convirtiendo sus pupilas redondas en oblicuas rayas de oro macizo.

Una mañana devoró un pollo, y estropeó a otro de un zarpazo.

Cuando la tía Pepa recogió del suelo la gallinita muerta, el gato, soleándose en la cresta del muro, malhumorado, la espiaba con el vértice de sus ojos.

Doña Pepa no gritó. Súbitamente amontonó en ella tanta ira, que, desesperada, fue a sentarse junto al brasero.

Al mediodía el gato entró al comedor. Se deslizó prudentemente, atisbando el ojo gris de la patrona, y deteniéndose a los pies de la mesa, maulló dolorosamente.

La tía Pepa le arrojó un pedazo de carne asada.

Después que los muchachos salieron, la vieja tomó una lata vacía, en cuya tapa circular hizo varios agujeros, y la llenó hasta la mitad de agua.

Preparó también cierto alambre, de esos que se utilizan para atar los fardos de pasto, y llamó al gato con voz meliflua. Este se deslizó como a mediodía, prudente, desconfiado. La tía Pepa insistía, llamándole despacio, golpeándose un muslo con la palma de la mano.

El gato maulló, quejándose de un desvío, luego, acercose, y frotó su pelaje en la saya de la vieja.

Bruscamente, lo metió en el tacho, con los alambres ató la tapa, echó más carbón en el brasero, colocó la lata encima, y tomando la pantalla, suavemente, movió el aire para avivar el fuego.

Y sentada allí, la tía Pepa pasó la tarde escuchando los gritos del gato que se cocía vivo.

 

Fuente: https://narrativabreve.com

UNA MIRADA MÁS ALLÁ

 

 

Marianela Sambade

 

Una mirada más allá de las actuales circunstancias dolorosas y frustrantes en las que vivimos socialmente en nuestro país y en el mundo entero es imperativa si deseamos continuar pues revolcarnos y machacarnos lo negativo solo nos hunde. Observa. La mirada debe oscilar entre los dos polos porque si solo destacas y además repites a diario aquello que no es como tú quieres que sea y pones de lado lo que sí está como tú quieres entonces “el todo en la parte” interpretará  literalmente que eso así como está es lo que quieres y seguirá siendo lo que más resaltes en tu diario vivir, ¿sabías?,  produciendo estrés, estados de angustia,  agobio y más pronto que tarde malestar… hasta llegar a la infelicidad o la enfermedad. Como dice La Espiral del YO: “todo se encuentra manifiesto en algún lugar del planeta, sólo debes ir a su encuentro”. Artículo tras artículo iremos adentrándonos en ese viaje fabuloso del entendimiento  trabajando paso a paso con herramientas que nos llevarán al tan anhelado equilibrio vital mente, cuerpo y espíritu y ya jamás podremos abandonarlo. ¡Empecemos!

 

¿Sabes lo que quieres?

 

“Ve” y  dime genuinamente: tu estado alterado de reclamo, frustración, impotencia, indignación, etc. ¿Ayuda en algo? ¿Es “útil” para lo que quieres? ¿Estás consciente de los estragos que hace en tu biología y en tu historia personal? Tal vez sí o tal vez no, simplemente toma conciencia.

 

 

Mucho se habla de lo que está sucediendo y tanto propios como ajenos cuestionan diariamente el comportamiento de unos y otros de manera destructiva, dime: ¿Sirve de algo? Las cosas son como son: hemos estado siendo sometidos a cambios tremendos. Ahora parpadea y enfoca tu mirada a la otra verdad de la que poco o nada se habla: las ganas y la disposición para seguir adelante ante cada obstáculo “viendo” cómo obtener, desarrollar  y poner en práctica con coraje, fuerza y determinación las generosas oportunidades que la vida nos brinda a cada instante.

 

Esto es  admirable… ¡míralo y rescátalo! Llévalo en tu sonrisa, en cada buen día y en cada mirada, como tu propósito y aliado.

 

Todo ciclo evolutivo tiene su período de caos y es del caos que surgen las reconstrucciones. Te está mostrando algo importante sobre tu historia personal y qué hacer para transformarla. Lo que sucede es que en una mente atormentada por el ruido de energías discordantes es difícil que entre la luz de la creatividad. ¡Claro, es verdad que todo es terrible, malo y feo!  ¿Qué pasa con lo estupendo, bonito y bueno, en dónde están? ¿Acaso se fueron? ¿A dónde? Será que tú les abandonaste… y solo recibes lo que eres. Pregúntate:

 

¿Hay algún parecido entre la situación país/mundo con algún área de mi vida: relaciones, trabajo, familia, vecindad, etc.?

 

¿Esta situación me saca de mi área de confort? Si es así ¿Estoy paralizada-o sin saber qué hacer?

 

Sueles expresar recurrentemente: ¡Que todo vuelva a la normalidad, tan bien que estaba antes!

 

Observa… las preguntas que nos hacemos moldean nuestro camino…

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

LOS JENÍZAROS

 

 

Daniel Satyam Barreiro

 

Cuando los otomanos alcanzaron el poder en lo que ahora es Turquía, tenían un problema interno muy grave, su imperio abarcaba cientos de familias nobles, cada una con privilegios y aspiraciones contrapuestas unas a las otras. El sultán no tenía descanso, mediando continuamente en sus disputas, temiendo constantemente hacerse enemigos si favorecía a uno por sobre el otro. Servir al sultán ofreciendo los hijos como caballeros en su ejército era un privilegio para la familia, pero un problema para el sultán que veía así su corte y su ejército plagado de posibles traidores.

 

El sultán tuvo una gran idea, comenzó a educar niños, muchos de ellos cristianos de sus nuevas posesiones del lado europeo de su imperio. Huérfanos, hermanos menores, que no habrían de heredar, esclavos, cualquier niño que no tuviera un hogar, que no tuviera familia, historia o bienes, que no debiera lealtad a nadie ni a nada más que al sultán. Así es como formó el cuerpo de ejército más poderoso y temible, los afamados jenízaros.

 

Otra innovación fue el uso de uniformes. Hasta entonces, cada caballero y sus tropas llevaban los colores de su familia, los jenízaros sólo llevaban los colores del sultán. En muchos sentidos, fueron los precursores de los cuerpos militares profesionales modernos, apolíticos, con su lealtad volcada al estado, en lugar de los ejércitos feudales como grupos de caballeros con sus soldados con sus lealtades al clan e indirectamente a algún gobernante.

 

Los turcos, además, habían estado en el camino de las hordas de Gengis Kan y aprendieron de ellos algo militarmente muy importante, el uso de la pólvora. Esto, unido al conocimiento de la metalurgia que heredaron de los árabes que ya de hacía siglos venían haciendo las famosas espadas de Damasco o de la Toledo musulmana permitieron que, en su momento, los ejércitos otomanos dispusieron de los mayores y mejores cañones del mundo y, de hecho, los únicos en Europa. No en vano llegaron a las puertas de Viena pues ninguna muralla de ningún castillo les presentaba un obstáculo infranqueable.

 

También usaron la pólvora de una manera novedosa, excavaron túneles por debajo de las murallas, llenándolos de pólvora que, al explotar, hacían caer grandes segmentos de murallas por las que las tropas podrían asaltarla. No en vano la palabra ‘mina’ se utiliza tanto para referirse a los túneles para extraer minerales del suelo como a las cargas explosivas.

 

Fuente: http://www.satyam.com.ar

CARRUSEL

 

 

Rosana Alonso

 

Jefe decidió un día que Gordo debía bajarse, lo consideraba una carga no útil porque apenas se movía y no se ganaba el sustento, así lo dijo.

Todos asentimos porque Jefe ya estaba en el autobús cuando llegamos. Conductor, como siempre, no opinó sobre el asunto, simplemente mantuvo la vista fija en la carretera y se puso a silbar esa melodía que se nos prende en el alma y la llena de nostalgia. Abandonamos a Gordo a pesar de sus protestas y continuamos la ruta. Hemos recorrido muchos lugares desde entonces, y sin embargo aún no llegamos a Destino.

Hoy se ha subido un hombre flaco. En realidad era Gordo, pero no he dicho nada. Ahora sé con certeza que estamos dando vueltas en círculos desde hace años

 

Fuente: https://lacanciondelasirena.wordpress.com

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