VENCER EL ODIO

 

 

Yehudá Berg

 

Hubo una vez un hombre viejo y bondadoso que tenía un vecino muy malo. Cada día, el vecino arrojaba basura en la entrada de su casa o le ponía horribles apodos.

Una vez incluso le gastó una broma pesada al arrojar huevos a su adorable casa.

Un día, el anciano decidió que era suficiente y que era el momento de parar las tonterías de su vecino. Viejo como era, arrastró su podadora de césped al jardín de su vecino y comenzó a podarlo. Justo cuando estaba a punto de terminar, el vecino llegó a casa.

“¿Qué estás haciendo, viejo loco?”. Preguntó el vecino. “¿Por qué podaste el césped por mí?”.

“No lo hice por ti”, le respondió el anciano. “Lo hice por mí”.

El vecino estaba tan conmovido por este acto de bondad que nunca más molestó nuevamente al anciano.

El anciano conocía una profunda verdad: que el amor incondicional es lo único que puede vencer el odio. Cuando ofrecemos amor incluso a nuestros enemigos, podemos destruir su oscuridad y disolver su odio.

 

Fuente: http://simplementereiki.blogspot.com

CUPIDO EN HEMOTERAPIA

 

 

Hernán Casciari

 

Esta historia se puede contar en dos planos diferentes de la ciudad. Por un lado tenemos a Juan Pablo, que camina tranquilo por una calle de la zona sur, una noche de verano del año 2012. Tiene treinta y seis años, una novia de toda la vida, unos amigos que lo quieren mucho, quizás un perro. Esto del perro no lo sé porque no lo pone en el mail donde me contó su historia, pero bien podría tener un perro.

Por el otro lado tenemos a Bárbara que, a la misma hora de la misma noche, camina con paso firme hacia un hospital de la zona norte. Ella estudia medicina —le va muy bien— y va a hacer un reemplazo en hemoterapia. Bárbara tiene veintitrés años, un amigo que quizás podría ser un novio, dos padres que viven juntos, etcétera. Una vieja diría que tiene toda la vida por delante.

Juan Pablo, de treinta y seis, y Bárbara, de veintitrés, no se conocen. No tienen edades similares ni gustos afines. Ni siquiera viven cerca. Según Facebook, no comparten amigos en común. Según Google Maps, nunca estuvieron a menos de siete kilómetros el uno del otro. Según Foursquare jamás pisaron el mismo restaurante. En Twitter hablan de series que no son las mismas.

Pero esa noche de 2012, mientras ella va al hospital a hacer su reemplazo de hemoterapia y él camina solo por la calle, pasará algo.

Para empezar, a Bárbara le ofrecen un puesto fijo en el hospital. Tras su alegría, le dicen que vaya a ver a un superior para hacer el papeleo. Ella sube la escalera y va a donde le indican.

A esa misma hora, pero siete kilómetros al sur, a Juan Pablo se le acerca un hombre por detrás y le pide la billetera. Él se da vuelta para hacer lo que le indican, pero el desconocido se asusta y le pega dos tiros por la espalda.

El desconocido se asusta y se va.

Juan Pablo agoniza en la calle.

Media hora más tarde Bárbara le está contando a una enfermera que quizás se quede a trabajar allí (se lo cuenta con alegría) cuando a sus espaldas entra en camilla Juan Pablo. Está inconsciente y entubado. Bárbara no lo ve ni tampoco sabe que, a esa hora de la madrugada, las posibilidades de que Juan Pablo sobreviva a los disparos son de un siete por ciento.

Sin embargo en las siguientes dos horas Bárbara nota un cambio en la rutina del hospital. De repente empieza a llegar muchísima gente, sobre todo gente joven. Ojos en compota, rostros desencajados. Todos preguntan por un tal «Juan Pablo».

Por lo visto, piensa Bárbara, Juan Pablo es alguien con muchísimos amigos; todos quieren donar sangre, todos lloran. El nombre y el apellido de Juan Pablo se convierten en el sonido más recurrente del primer día de trabajo de Bárbara.

A los dos días Bárbara conoce por fin al personaje, que está en un coma inducido desde su ingreso al hospital. Entra a verlo por curiosidad. Elige una tarde en donde los padres de Juan Pablo, su novia y sus amigos no están. Bárbara pasa a la habitación, sigilosa, porque quiere ver quién es esa persona por la que tanta gente se deja sacar sangre todo el tiempo.

Y en la sala del hospital, esa tarde, pasa algo que no tiene lógica: Bárbara se enamora de la persona que duerme en la cama. Se enamora sin una razón, pero al mismo tiempo sin remedio y para siempre.

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Dos años después Juan Pablo sigue internado. Bárbara nunca jamás le dirigió la palabra. Él, de a poco, empieza a mejorar. Estamos ahora en el año 2014 y Juan Pablo acaba de entrar al quirófano para someterse a la vigésima operación de médula, que también será la última. En esos dos años, Bárbara decidió quedarse a trabajar en el hospital, y también tomó la decisión de amar a Juan Pablo en silencio.

Ella conoció y conversó con la novia de Juan Pablo, con algunos de sus amigos, con los padres, con el cirujano; pero nunca jamás insinuó nada sobre sus sentimientos. Las únicas personas que conocían el secreto de Bárbara eran unas pocas enfermeras y el médico de Juan Pablo, a quien Bárbara le preguntaba bastante por el paciente.

En 2015 Juan Pablo dejó por fin el hospital y volvió a su casa. Bárbara sufrió muchísimo no verlo más diariamente, pero había dos buenas noticias que le apaciguaban la tristeza: Juan Pablo tendría que volver una vez por semana para hacerse chequeos; esa era la primera buena noticia.

La segunda era más bien una sospecha: Bárbara creía, por algunos detalles, que Juan Pablo y su novia no estaban más juntos. (La novia ya no venía tanto y, cuando lo hacía, el trato con sus suegros era distante.)

En 2016, cuatro años después del asalto que casi lo mata, Juan Pablo volvió una mañana al hospital para hacerse unos controles y entonces su médico, antes incluso de saludarlo, le dijo:

—Juampi, vos perdoname, pero tengo que hacerte una pregunta —el médico lo miró a los ojos y se puso algo colorado, porque los médicos no están acostumbrados a convertirse en cupidos, y siguió:— ¿Vos no estás más con tu novia, no? ¿Estás soltero?

Juan Pablo dijo que sí, pero no sabía a qué venía esa pregunta. Entonces el médico sacó un papel del bolsillo y se lo dio.

—Tomá —le dijo—. Llamá a esta chica por favor, porque acá ya no la aguantamos más.

En el papel estaba el nombre de Bárbara, su apellido y un celular.

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Juan Pablo volvió esa tarde a su casa y buscó a la chica en las redes sociales, porque no tenía la menor idea de quién podía ser. Bárbara había sido extremadamente discreta durante esos cuatro años. Entraba a verlo cuando él estaba en coma o dormía. Nunca había intentado hacerse amiga de él ni de su familia. Había sido extremadamente cuidadosa y profesional. Por eso él no tenía la menor idea de su existencia.

En Facebook aparecieron tres personas con ese nombre y apellido. Pero él supo inmediatamente cuál de las tres era ella.

Al día siguiente era invierno; era agosto de 2016. Y Juan Pablo llamó por teléfono a Bárbara. Y hablaron, por primera vez en cuatro años.

Hace tres días Juan Pablo me mandó un mail donde me contó esta historia de punta a punta. Después pude hablar un rato con él por teléfono para confirmar algunos detalles de la historia. Otros en cambio me los imaginé por falta de tiempo. Pero el grueso de los hechos es real. Me decidí a contarlo porque el último párrafo del mail me conmueve mucho cada vez que lo leo. Juan Pablo me dice:

“Ahora hace seis meses que estamos de novios… Ella está por cumplir veintisiete y está más buena que comer pollo con la mano. Yo tengo cuarenta y durante un montón de años ella estuvo al lado mío y yo no la vi. Ahora, después de veinte operaciones de médula, después de dos meningitis, después de una hidrocefalia, estoy en silla de ruedas.

Pero me lleva ella.”

 

Fuente: http://editorialorsai.com

EL JUGADOR

 

 

Eduardo Galeano

 

Corre, jadeando, por la orilla. A un lado lo esperan los cielos de la gloria; al otro, los abismos de la ruina. El barrio lo envidia: el jugador profesional se ha salvado de la fábrica o de la oficina, le pagan por divertirse, se sacó la lotería. Y aunque tenga que sudar como una regadera, sin derecho a cansarse ni a equivocarse, él sale en los diarios y en la tele, las radios dicen su nombre, las mujeres suspiran por él y los niños quieren imitarlo. Pero él, que había empezado jugando por el placer de jugar, en las calles de tierra de los suburbios, ahora juega en los estadios por el deber de trabajar y tiene la obligación de ganar o ganar. Los empresarios lo compran, lo venden, los prestan; y él se deja llevar a cambio de la promesa de más fama y dinero. Cuanto más éxito tiene, y más dinero gana, más preso está. Sometido a disciplina militar, sufre cada día el castigo de los entrenamientos feroces y se somete a los bombardeos de analgésicos y las infiltraciones de cortisona que olvidan el dolor y mienten la salud. Y en las vísperas de los partidos importantes, lo encierran en un campo de concentración donde cumple trabajos forzados, come comidas bobas, se emborracha con agua y duerme solo. En los otros oficios humanos, el ocaso llega con la vejez, pero el jugador de fútbol puede ser viejo a los treinta años. Los músculos se cansan temprano:- Éste no hace un gol ni con la cancha en bajada.- ¿Éste? Ni aunque le aten las manos al arquero. O antes de los treinta, si un pelotazo lo desmaya de mala manera, o la mala suerte le revienta un músculo, o una patada le rompe un hueso de esos que no tienen arreglo. Y algún mal día el jugador descubre que se ha jugado la vida a una sola baraja y que el dinero se ha volado y la fama también. La fama, señora fugaz, no le ha dejado ni una cartita de consuelo.

 

Fuente: http://futbolbasedaimiel.blogspot.com

APROVECHA TU PODER

 

 

Gabriel Sandler

 

Si crees que no hay nada que puedas hacer, estás equivocado. Sólo porque te sientas agobiado por desafíos y limitaciones, no quiere decir que no tengas poder.

 

Deja de repetirte a ti mismo y a los demás que no puedes. Empieza a decirte, y a saber, que lo harás.

 

Deja de obsesionarte con aquello que necesitas. Pon el foco y la atención y la energía en aquello que sí puedes hacer.

 

Asumir que estás reprimido por limitaciones y desafíos, y que no tienes el poder de marcar una diferencia es fácil. Mucho mejor es hacer lo que puedes, utilizando lo que tienes, ahora mismo.

 

La manera de superar las dudas no pasa por enfocarte en ellas. La manera de dejar atrás las dudas es poner manos a la obra.

 

Utiliza tu poder de decisión, tu capacidad de acción, y tu capacidad de marcar una diferencia. Es mucho lo que puedes hacer ahora mismo, así que llena tu conciencia con las mejores posibilidades y empieza a darles vida con firmeza y perseverancia.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

MI TEORÍA DEL CAOS QUE VIVIMOS

 

 

Álvaro Pérez Kattar

 

Hay muchas noticias en el mundo que están dando de qué hablar. En el 2016 Gran Bretaña decidió separarse de la Unión Europea; los colombianos votaron NO estar de acuerdo con el tratado de paz propuesto por el gobierno y las FARC; en Venezuela los derechos constitucionales y humanos se encuentran en franco cuestionamiento, y en EEUU, un empresario, abiertamente racista e irreverente, se convirtió en presidente. Surgen entonces teorías sobre lo que hay que hacer o no, los grandes medios de comunicación captan la atención de sus televidentes capitalizando su frustración ante el panorama y los analistas lanzan hipótesis acerca de lo que habría que hacer al respecto.

Entre tanto, muy pocos se preguntan: ¿qué estamos haciendo mal?, ¿cómo puedo ser yo el cambio que quiero ver en el mundo?, ¿de qué manera estoy contribuyendo con todo lo que creo que está mal?

Una persona que dice sentirse muy superior a su país y su gente, muy probablemente tiene un grave conflicto de autovaloración. Una persona que siente que nadie lo quiere o se siente incapaz de amar probablemente tenga un conflicto con el amor propio. Una persona que desprecia a otra persona muy probablemente se desprecia a sí mismo. Una persona que piensa que despierta envidia probablemente está envidiando algo de alguien. Una persona que se siente perseguida y atacada por su entorno seguramente se ataca a sí mismo y a su entorno, más que nadie. El problema NUNCA está afuera, lo que vemos afuera, es un espejo maximizado de quienes somos. Si el racismo, la intolerancia, la mentira, el populismo, la corrupción y la violencia están tomando demasiada fuerza, quizás sea momento de revisar sinceramente qué tanto de eso está en nosotros y qué podríamos hacer para cambiarlo.

Ocupación, mata preocupación. Ante la incertidumbre que provoca el maremoto de noticias que se generan en el mundo todos los días, muy pocas personas escapan de eventuales ataques de ansiedad sobre el futuro y sobre la capacidad de cada uno de sobreponerse a los cambios. Pero me he dado cuenta de que hay algo que tienen en común aquellas personas que son la excepción y es que ellos están ocupándose. Tal vez leas esto y te digas: “pero si yo me ocupo de mil cosas… sin embargo, también tengo a derecho a preocuparme”, y te diré que tienes razón, nadie te puede quitar ese derecho. Permanecer en un estado de constante ansiedad y preocupación, para algunos es hasta adictivo. Pero si realmente esto no te hace sentir bien, te invito a preguntarte: ¿cuánto tiempo inviertes hablando de lo que está mal, versus el tiempo que inviertes en trabajar en una solución?, ¿cuánto tiempo pasas hablando del problema y cuánto podrías invertir ayudando a alguien que te necesita?, ¿cuántas veces aquellas conversaciones sobre “lo que está pasando”, llenas de suposiciones, datos imprecisos y juicios, te han invitado a paralizarte y te han llenado de miedo?, ¿cuánta responsabilidad tienes en la creación de esa realidad caótica que estás experimentando?

Quiero decirte que yo he estado ahí, pero he encontrado una vía: he decidido tomar responsabilidad, revisarme yo, ocuparme de mí, de lo que pasa a mi alrededor, de las personas y animales a mi alrededor y encontré ahí un universo de posibilidades. Hay mil cosas en las cuales podríamos trabajar desde hoy para cocrear un mundo mejor. Las personas que construyen se ocupan todos los días de ser mejores, de hacer mejores cosas para tener mejores resultados en todos los ámbitos, y esa convicción no cambia, no se modifica en función de lo que está pasando afuera.

Según como lo veo, el caos que está primero en nuestras cabezas proviene de poco trabajo interno versus mucho señalamiento externo.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

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