MALABAR

 

 

Nataly Villega Vega

 

Salgo a cubierta y me recubre una brisa húmeda. Es la del mar de la China, el mar verde oscuro y profundo. Lo observo encendiendo un cigarrillo que sabe pésimo, pero que me recuerda la hora y el día, esas cosas sencillas que en el vaivén terminan por confundírsenos. Amanece y la gente comienza a subir por las escalerillas, los viejos vienen primero, más tarde lo hará el tumulto.

Entonces vuelvo a la cabina, me pongo el traje de ensayo y entro al salón vacío. En el escenario está Viktor, ha comenzado los lanzamientos. Me aproximo en silencio, subo a la plataforma y verifico las luces. Viktor no me mira, se prepara para el primer acto, un flash, que es lo que menos le cuesta. Echa las pelotas en círculo, rápidamente, hasta quedarse con las manos vacías. Le hago una señal sutil y deja la crispación, baja los hombros, sonríe al público imaginario, acelera el ritmo de las bolas hasta llegar a veinte series que termina con un suspiro.

A su señal, encadeno lanzando la primera maza, y él la recupera en posición. Le envío el resto una a una, manteniendo la cadencia, y lo dejo seguir la pirueta mientras organizo los objetos. Ya he cesado de observar este espectáculo a fuerza de repeticiones, de escenarios, de puertos, de cabinas, de mares. O más bien he comenzado a verlo de una manera distinta.

Ti Lune entra y limpia los sillones con sus pequeñas manos. A veces se detiene para admirar alguno de los actos. Tiene la edad indefinible de las mujeres del Asia, quizá unos cincuenta. Hay días en que, como hoy, cuando no hemos desayunado, coloca dos tazones de sopa junto al cajón de objetos, contemplando a Viktor, divertida, y pronunciando en thai alguna frase amable cuyo sentido adivinamos y que agradecemos inclinados con las manos juntas.

Ya solos, cruzamos las piernas y bebemos del cuenco, mirándonos, pensando en el acto de esta noche, señalando algún detalle por vigilar, haciendo el balance del de la noche anterior y proyectando el siguiente. Son las tres jornadas clave de estas series de quince sometidos a las olas, al encierro, a la espera, a las seiscientas personas que gastan su tiempo en este barco, justo encima de nosotros.

Cuando conocí a Viktor, en una fiesta de la tripulación, yo había viajado demasiado. El viaje revela y despierta, pero también nos enceguece hacia las cosas sutiles, las que más cuentan; y la vida en una cabina es la de un hotel de estudiantes, divertida, ligera, pero demasiado incierta. Viktor cultivaba el silencio. Entraba en un lugar y lo hacía inmediatamente suyo con una sucesión de gestos confiados. Si vamos a compartir este sitio, le oí decir alguna vez, tengo que poder venirme a buscar el café como el gato va a su platillo. Después de tantos años de movimiento, por una vez, el barco me pareció una casa. Desde entonces pasaba los días aquí, entre cubierta y cabinas, y en lugar de bajar a los puertos asistía a las representaciones.

Su espectáculo era un contrapunto curioso entre dos actos de técnicas muy distintas que terminaban fusionándose en una sola ejecución. Niko abría con el juguete chino y luego cedía el lugar a Viktor, en equilibrio sobre rodillos; más adelante, Niko volvía con las cariocas de fuego subido en un monociclo y Viktor se integraba al malabar con un largo devilsticking. Uno y otro alternaban movimientos en una mezcla de bolas de fuego girando y un bastón sostenido en el aire con rápidos golpes. Era una buena función, impresionante y física, que ponía en tensión al público y que arrancaba sinceros aplausos. La llevaban practicando algunos años con la serenidad de un buen matrimonio y ambos proyectaban producirla en distintos destinos, dejarla dar de sí antes de plantearse un cambio rotundo.

Pero continuamos el crucero y en Bahamas, al terminar la quincena, nos separamos de Niko. No hubo rencor alguno. Ir y venir es la vida del artista, y nos dejamos con un abrazo, seguros de reencontrarnos.

Pronto estuvimos dándole vueltas a la idea de un espectáculo nuestro y pensamos en un número de cabaret que pudiera incluirme. Así me convertí en la dulce Ariana.

Cambiamos de continente y, en otras aguas, nos pusimos a jugar con objetos en las soirées de viejos italianos, melancólicas parejas, bebedores ingleses o franceses nostálgicos de la colonización. Viktor le imprimió a sus actos un carácter dramático, afligido quizás por la muerte de su padre, que nos fue comunicada en Colombo una tibia tarde de lluvia.

Fueron meses febriles descubriendo un mundo extraño. Encontramos gente nueva, y en este barco, como en un viejo circo, fuimos adoptados por una familia singular, algo vieja y desencantada, pero también, por ello, infinitamente piadosa para con nuestras taras.

Por las noches, en el comedor de la tripulación, entre futbolín y licores pasábamos por el tamiz rencillas cotidianas, pequeñas confesiones o historias de desamores, y salíamos a cubierta, liberados, a reírnos y a fumar. Viktor nos acompañaba en silencio. Esperábamos el desembarco en algún gran puerto, la llegada de los taxis y comerciantes, la salida de los turistas y la nuestra, más tarde, cuando la vida normal se hubiera restablecido, para comprarnos lo cotidiano, jabón, pasta dental, o visitar tiendecillas.

Y Viktor, tres veces por semana, mantenía el bastón en el aire dibujando un lenguaje secreto mientras yo, con una venda en los ojos, me balanceaba en un columpio de hierro, echándole sombreros, platillos chinos, mazas, dagas, anillos de fuego.

Así duramos casi dos años, entre Port Klang, Koh Samui, Cochin, Goa, Bombay. En el mismo mar verde y profundo de los primeros tiempos. Con el calor envolvente que te hace desprendido de todo y que te obliga a vivir más lento. Hasta hoy, en que alejándonos al sur, he recordado la hora y el día. Y de repente, este continuo ir y venir del escenario me ha aparecido como lo que siempre ha sido. Un pequeño juego del destino. Un bastón en equilibrio sobre el vaivén de las aguas. Otro malabar ante el silencio atónito de un público contrito.

 

Fuente: http://elbuenlibrero.com/

¿POR QUÉ TENEMOS MIEDO AL CAMBIO?

 

 

Daniel Colombo

 

Desde que vinimos al mundo estamos atravesando distintas etapas de evolución. A veces en forma inconsciente, y otras con total uso de la razón, vamos creciendo y viviendo entornos de cambio.

 

Cuando llegamos a adultos, los preconceptos, la cultura en la que fuimos educados y los contextos nos han impuesto un modo de vida, que, cuando se ve desafiado, nos saca del espacio cómodo.

 

Este es uno de los motivos por los que los cambios en cualquier aspecto de la vida son asumidos por casi todos los seres humanos con una carga negativa, llegando incluso a paralizar las mejores intenciones. ¿Por qué lo vivimos de esta forma? Básicamente, porque en la cultura occidental hemos construido un falso modelo de permanencia en el status quo de las cosas, y todo lo que nos mueva de esa condición nos mueve de raíz.

 

Los cambios son inherentes a la condición humana: de hecho, para ir a algo muy imperceptible, las células del tegumento que recubre el cuerpo se renuevan cada veinte o treinta días. Eso significa que a lo largo de la vida estrenamos pellejo alrededor de… ¡mil veces! Pero tales mudas solo afectan a la epidermis. La piel es el mayor órgano del ser humano, con una superficie de unos dos metros cuadrados y cuatro kilos de peso.

 

Imagina entonces que cambiar hábitos, trabajos, relaciones, mudarnos a un nuevo lugar e incorporar lo nuevo, significa niveles mucho más profundos donde también se involucra nuestra emocionalidad.

 

El cambio es evolución. Es parte del proceso de la vida. Todo el tiempo estamos mutando de piel y de tejidos de nuestros órganos vitales. Entonces, ¿por qué no aceptar lo distinto como una oportunidad de crecimiento? ¿Qué tal si las cosas resultan mejor de lo que fuerzan a pensar nuestras acotadas fantasías?

 

Aquí van cinco reflexiones sobre el valor de los cambios, y cómo podemos afrontarlos con la mejor actitud, para ayudarnos a estar mejor preparados:

 

Los cambios son parte del equilibrio: aunque parezca de Perogrullo, el estar abiertos y receptivos a la posibilidad de mutar en nuestras elecciones, incluso las más profundas, conlleva en sí mismo la búsqueda de un mayor bienestar. La esencia del cambio es mejorar, buscar alternativas que contribuyan a nuestra mejor calidad de vida, entorno, situación o cualquier otro aspecto. Mirado desde esta perspectiva, el cambio se convierte en un escalón de infinitas posibilidades de crecimiento.

 

Cambiar es poder cerrar parte del pasado: muchas veces hay situaciones que nos persiguen cíclicamente, como si estuviésemos entrampados en ellas. Al elegir algo completamente diferente –incluso si lo hacemos en forma gradual y programada lo mejor posible– el resultado ayudará a alejar esos fantasmas y a prepararnos mejor para un punto de vista novedoso que, a su vez, nos abrirá la puerta a mejores experiencias que iremos incorporando en la historia de vida. Si podemos soltar esa parte del pasado que nos ata incluso a situaciones dolorosas, llegaremos cada vez más a un nivel de maestría interna que contribuirá a ser más flexibles ante cada desafío que se presente.

 

No fantaseemos en negativo: Otra gran carga de la mala prensa que tienen los cambios es colocar en un nivel inconsciente todas los contras que tiene este proceso. Como se trata justo de eso, un proceso, se alimenta y retroalimenta del paso a paso para alcanzar eso nuevo que anhelamos. Aléjate de las personas que solo quieren que te quedes en el mismo lugar: “es preferible malo conocido que bueno por conocer” nos suelen aconsejar. ¡Menudo consejo a costa de aumentar nuestros miedos! Evalúa la situación; establece una meta razonable; consigue información de distintas fuentes; prepara el cambio lo mejor que puedas, y zambúllete como lo harías en una maravillosa piscina de aguas algo movedizas, aunque con la certeza de que siempre saldrás fortalecido de ese baño con lo nuevo.

 

Piensa en el resultado exitoso: si estás ante un desafío que tiene un nivel de riesgo –desde muy pequeño hasta gigante–, ya que vas a fantasear, hazlo en grande y teniendo éxito. Sumirse en pensamientos negativos y limitantes solo atraerá más de eso hacia ti. En cambio, piensa en lo nuevo que obtendrás, cualquiera sea la experiencia que estás persiguiendo al cambiar. Recuerda que los pensamientos crean estados de consciencia, y estos determinan las acciones que verás reflejadas en la realidad de tu vida. Por lo tanto, reemplaza el miedo por acción; la duda por certezas; la ignorancia por conocimiento; lo desconocido por innovación; lo imprevisto por creatividad. Y así no hay forma de perderse la aventura que trae implícita cualquier cambio.

 

Enfócate en lo que te haga feliz: Esta clave, que parece muy simple, le da sentido a todo lo demás. Hemos venido a hacer muchas cosas en el mundo, y los que tienen la determinación y la valentía suficiente las van construyendo diariamente. Si el cambio que se presenta te trae una porción de felicidad, sería de necios dejarlo pasar. Evalúa, recapitula tu momento presente, y elige lo mejor.

 

Un capítulo aparte merece el cambio al que somos impulsados por motivos externos o que nos superan, como una guerra, una inundación, un desafío en el área de salud o las pérdidas que ya no podemos recuperar. Es allí donde la templanza y la verdadera fortaleza del ser se manifiesta con toda su fuerza. Es un escalón, un gran punto de referencia de que no se nos da casi nada que no podamos manejar.

 

Es probable que ante lo inevitable debamos atravesar por muchos estados emocionales y confrontarlos lo mejor que podamos, con las herramientas que tenemos a mano. Lo que sí es seguro es que, tras algún tiempo –y el período es variable para cada uno– la fortaleza y dominio interno que habremos adquirido será tal que es muy difícil perder de vista todo lo que somos capaces de lograr para rehacer nuestra vida de las cenizas. Y tal vez allí, aunque sea muy doloroso el camino, se encuentre gran parte del significado de esa experiencia que estamos atravesando.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

DESHACER EL MIEDO PASO A PASO

 

 

Agustín García Andrade

 

Las células contienen información de las emociones y responden biológicamente a ellas, así que cuando los sentimientos negativos salen a la superficie, permitamos que surjan sin juzgar, solo observando y tomando conciencia de ellos. Cuando los observamos, pasan.

 

Dejar ir, no solo nos brinda sensación de liberación y liviandad física y psicológica, sino que además permite que lleguen nuevas experiencias a nuestra vida, que se alinean con el cambio de frecuencia energética que sucede al soltar esos sentimientos y pensamientos del pasado.

 

Gracias a los estudios de Candace Pert y Bruce Lipton sabemos hoy que la información emocional ingresa como moléculas al ámbito de las células generando también conductas biológicas que se transmiten genéticamente. Sin embargo, no estamos destinados a lo recibido por los genes ni por el pasado, ya que esto puede cambiar. Es posible acceder, a través de técnicas, a la información grabada en nuestro subconsciente, para el cual el único tiempo es el presente, todo lo vive en presente, y tomar contacto con emociones y sensaciones de imágenes o recuerdos de nuestra vida en los que sentimos alegría, bienestar, gratitud; y llevar esa energía al presente o a cualquier situación del pasado en la cual hayamos experimentado emociones negativas, cambiando así la percepción.

 

La respiración es una gran aliada para tomar contacto con las emociones, incluso donde duele y tal como se presentan, expresar y liberar el flujo de esa energía. Esta práctica nos hace conscientes de nuestra verdadera presencia, el observador testigo desde el que no tratamos de atacar el estrés o las emociones negativas, sino que aprendemos a dominarlos.

 

Las programaciones negativas pueden ofrecer resistencia a nuestras intenciones conscientes, o incluso cuando queremos sostener pensamientos positivos. Esto ocurre porque el subconsciente tiene un impacto mayor que el pensamiento ordinario. Si bien los pensamientos positivos son ideas saludables y pueden colaborar con sentirnos bien, si aún subyacen emociones negativas, que no están en sintonía con esas ideas, quizá hasta fabricamos más lucha interna. Los pensamientos positivos surgen por sí solos cuando emocionalmente estamos equilibrados. Cuando queremos de alguna manera contrarrestar con afirmaciones o pensamientos positivos, no estamos trabajando sobre la causa, y frecuentemente las afirmaciones terminan siendo superpuestas por la aparición de los sentimientos.

 

Como vimos, la neurociencia ha demostrado que los procesos emocionales funcionan a mayor velocidad que los cognitivos, y que muchas veces estos dos sistemas operan de manera independiente, es decir, que no siempre la emoción sigue al pensamiento, sino que en muchos casos, nuestro estado emocional sostiene los pensamientos que tenemos.

 

Al liberar la emoción negativa, se disuelven las creencias, pensamientos y los patrones de comportamiento asociados con ella. De esta forma, pierden la capacidad de influir sobre nuestra actitud interna, porque ya no nos identificamos con ellas. En este sentido, la técnica de respiración consciente es una herramienta eficaz, pues el estado de entrega permite que los recuerdos bloqueados sean integrados.

 

Los bloqueos de la memoria están asociados con experiencias que, por alguna razón, no han sido integradas y fueron empujadas hacia el inconsciente como mecanismo de evasión o negación. Esto es literalmente un desperdicio de energía.

 

Al resolverlos y liberarlos, es posible alcanzar un nivel más elevado de conciencia: la energía entonces puede ser enfocada con mayor eficiencia en tareas actuales o nuevas, se estimula la creatividad, el entusiasmo, el coraje y la acción eficaz.

 

Según resultados obtenidos en estudios realizados en la Universidad de Pittsburgh, las emociones negativas persistentes incrementan el riesgo de arterosclerosis y problemas cardiovasculares ya que elevan los niveles en el cuerpo de ciertos componentes químicos causantes de inflamaciones y el avance acelerado de la formación de placas dentro de las arterias, que al endurecerlas reducen el flujo de sangre.

 

Si tenemos un comportamiento que identificamos como reactivo, en él podemos reconocer que hay resistencia a dejar ir una emoción o creencia negativa. En ese caso nos preguntamos:

 

¿A qué estoy teniendo miedo? ¿Qué es lo peor que podría pasar?

 

¿Qué cambiaría si no tuviera esta creencia o sintiera esta emoción?

 

¿De qué o cómo me sirve esta creencia o emoción negativa?

 

Cuando renunciamos al rencor, el dolor se disuelve. Y se queda lo que realmente queremos, la paz. Desde la paz, todo se ve con claridad.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

TE CANSAS EN ARKANSAS

 

 

Gino Winter

 

El Little Rock National Airport de Arkansas me hizo acordar, por su tamaño, al antiguo aeropuerto Jorge Chávez de Lima. Claro que la capital de Arkansas tenía sólo algo más de cincuenta mil habitantes, mientras que en Lima teníamos las mismas facilidades para ocho millones de galifardos. En esta ciudad nació el entonces presidente Bill Clinton, por lo cual teníamos que soportar su imagen hasta en las cucharitas de té (literalmente). Arkansas (se pronuncia Árkansa), en el Centro-Sud-Este de USA, es un estado minero, industrial y agropecuario, es el primer productor de arroz y tiene el 40% de su territorio ocupado por granjas, lo que lo convierte en el Rey del Pollo en USA. Mark Twain escribió mucho sobre estas tierras del Mississippi, sobre todo las famosas Aventuras de Huckleberry Finn.

 

Nos hospedamos en el hotel de cuatro estrellas que la compañía de software All Tel tenía cerca de su centro de entrenamiento, evitando pasar por el Down Town de la ciudad, donde unos negrazos, perdón, afroamericanazos, estaban haciendo disturbios en una manifestación antirracista. Cuando mi profesora de primaria me obligaba a decirles morenos o mulatos, mis amigos negros de Barrios Altos me decían que me deje de mariconadas, que ellos eran negros, a mucha honra; pero por estos lares a los muchachos color teléfono no les gusta la palabrita y se la saben en varios idiomas, así que mucho cuidado, que fácil pasan los dos metros de altura…

 

Fuimos un grupo a almorzar al Maccarroni’s Grill y al terminar nos dimos cuenta de que el hotel quedaba a menos de un kilómetro de distancia, así que aprovechando la resolana y la brisa fresca, decidimos caminar, llegando hasta el final de una explanada en donde se suponía que habría una escalera para bajar hasta la vereda… Lamentablemente sólo había un terraplén de maleza y el loco Moyano, el elegante gerente de organización a quien le decíamos Bruce Willis (duro de matar, por los tres by passes que le habían hecho en el corazón y seguía vivo), empezó a maldecir al de la idea y sugirió regresar por las cinco cuadras recorridas y tomar un taxi remisse, como haría cualquier ejecutivo decente en vez de estar jugando al guanaco… Les pedí que me dejen hacer la prueba, ya que me sentía agilito por los kilos recientemente perdidos, y bajé corriendo sin parar hasta la vereda, despertando el espíritu aventurero del grupo, que fue bajando la cuesta uno por uno. Sólo quedaba Moyano, enfundado en su impecable Ermenegildo Zegna azul, camisa Staford, corbata Hermes de seda con pisa-corbata de oro haciendo juego con sus gemelos y pitillera, todo rematando con un finísimo impermeable de piloto de Air France…

 

Moyano se armó de valor y a pesar de sus casi setenta años empezó a bajar la cuesta, pero por tratar de hacerlo con elegancia, cayó rodando los veinte metros hasta que terminó al borde de la pista, abrazado a la base de un poste de luz y señalando su prótesis dental que luego rescatáramos del medio de la pista y se la colocó como casete sin siquiera limpiarla por el apuro… Nunca escuché mentar la madre de tantas maneras diferentes… Empezamos a creerle a Moyano cuando decía que su infancia había transcurrido en La Punta, en el colegio Dos de Mayo del Callao…

 

El lugar sirvió de referencia para todos los peruanos que querían ir a los restaurantes de la zona; desde ese día fue conocido como «Bajada Moyano». Esa noche nos fuimos «a comer un cadáver»—como decía Moyano— al Steak House, pero Moyano no salió de su habitación… sólo salía un olor a frotación Charcott con árnica y un apenas perceptible quejido lastimero…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

CÓMO SE COMBATE LA MADUREZ

 

 

Hernán Casciari

 

Durante el día me asaltan infinidad de preguntas idiotas. Me asaltan, pero rara vez me desvalijan. Quiero decir: no logro nunca entregarles las respuestas que buscan, por más que a veces utilicen la fuerza para reducirme. Y entonces se van (por lo menos eso parece), al acecho constante, a asaltar a otro cristiano más despierto.

Las preguntas que me asaltan lo hacen generalmente por la espalda, pero no son capaces de robarme la tranquilidad. Me inquietan un poco, sí, sobre todo cuando se me presentan a cara descubierta. El viernes me asaltó la siguiente: ¿Quién habrá sido el primer puto pasivo de la historia de la humanidad? Y en seguida se apareció una segunda: ¿Y cómo habrá hecho para convencer a otro de convertirse en el primer puto activo?

Estas dudas llegan, se instalan, se comen todo lo que hay en la heladera y se van, no sin antes dejarme desordenadas todas las ideas, con lo que me cuesta pagarle a la mujer que limpia.

La mujer que limpia (por si no me siguen la metáfora) es la coherencia, y viene todos los lunes, jueves y sábado por medio. Lo que hace no es nada del otro mundo, pero yo se lo agradezco como si lo fuera.

Primero saca al patio todo el grupo neuronal resentido por mi pasado químico y, poniéndolo en fila india, les hace hacer media hora de ejercicio físico, y otra media hora de ejercicio pragmático. A la vez, coloca una palangana con vinagre en el baño y deja en remojo toda la segunda fila de mi grupo neuronal (impregnado por mi pasado herbóreo) y llama a silencio a la tercera fila de neuronas, que vive componiendo bellas melodías en un idioma ficticio que ya ha cumplido su décimo quinto aniversario de vida.

Una tarde la mujer que limpia me propuso dejar de trabajar un día sí un día no. Le pregunté qué otra forma se le ocurría, y me dijo que la mayoría de la gente contrata el servicio con cama adentro y listo.

—¿Con cama adentro? —me escandalicé— ¿Pero eso no es, lisa y llanamente, la madurez?

La mujer que limpia cada tanto mis ideas negó:

—No, eso es sentar cabeza —dijo—. Madurez es cuando, después de un tiempo de cama adentro, el amo y la sirvienta se sienten atraídos físicamente y el amo le propone a la sirvienta casamiento, tal y como ocurre en los folletines de la televisión vespertina. Cuando el amo y la que limpia se casan, ahí sí, llega la madurez.

Miré a la mucama con ojos masculinos por primera vez: las tetas estaban firmes, el culo no estaba mal, los dientes los tenía todos…

—Ahhh —le dije, y pensé para mis adentros: “Esta mujer es joven; si la miro libidinosamente no deja de estar suculenta, no creo que la convivencia funcione mal. Pero…”. Ello debe haber visto que una sombra de duda cruzaba por mi frente.

—¿Qué ocurre, señor? —me preguntó.

La miré:

—¿Y qué pasará con las preguntas que me asaltan cada tanto si usted se instala en mi casa y lentamente comienza a seducirme con su piel de color mostaza y ese bonito acento limítrofe que a mí siempre, no sé por qué, me ha excitado tanto? ¿Eh? ¿Qué pasará con esas putas de una noche que son mis preguntas, con mis amigas solteras, las canciones locas, qué ocurrirá con mis amigotes, los dibujos feos, y con los atorrantes drogadictos de mis sonetos mal medidos?

La mujer que limpia me dijo que en una buena pareja hay cosas que ambos deben sacrificar, y que yo debía sacrificar mi entorno, y dedicarme exclusivamente a ella y a los hijos que me diera su vientre.

—¿Y usted —quise saber—, qué sacrificaría para estar conmigo?

Ella dijo:

—Mi vocación de sirvienta, porque si nos casamos ya no seré la que limpia, sino la señora de la casa.

En ese momento me asaltó una pregunta: “Si la caja negra de los aviones es lo único que no se destruye en un accidente, ¿por qué no construyen a los aviones con el material de las cajas negras?”. La pregunta estaba medio nerviosa o drogada, y además de asaltarme mató a la sirvienta, yo creo que sin intención.

Después de deshacernos del cuerpo abrimos unas cervezas.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

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