23
August
2014

EL MUNDO INVISIBLE

 

 

Julio Bevione

 

Existe mucho, mucho más de lo que podemos ver e imaginar. Hay un mundo invisible que forma parte de nuestra experiencia, que por no ser perceptible por nuestros cinco sentidos, muchos no lo reconocen. Es en ese mundo, donde se generan los grandes cambios y transformaciones. Y cuando se hacen evidentes, es porque antes en ése espacio etéreo, ya se ha venido gestando un proceso mayor.

No es fácil describirlo. A veces, sucede que las palabras pueden definir lo que existe o lo que podemos imaginar. Y este espacio es tan etéreo que la mejor forma de reconocerlo es sintiéndolo. Esas sensaciones de paz profunda son momentos donde conectamos con esa grandeza invisible. Pero, también se produce cuando ocurren eventos inesperados, o aparentemente casuales, donde nuestra razón no alcanza a comprenderlo.

Quiero hablarles de este mundo porque muchas de las soluciones que estamos buscando, ocurren primero allí. Lo que sentimos, eso que pensamos en silencio, nuestros secretos y hasta nuestras actitudes van creando una estructura energética invisible, que poco a poco va cobrando visibilidad.

Por ejemplo, en todo grupo social, si nos animamos a sostener nuestros pensamientos enfocados hacia lo que queremos crear, ya lo estamos creando. Pero, si por el contrario, me quejo de lo que hay, esos pensamientos y actitudes contribuirán a fortalecer esa estructura invisible antigua, y aun cuando haga cambios en lo evidente, estos no resistirán y todo volverá a su estado anterior.

Por eso insisto, en que cultivemos ese espacio de energía que se nos ha confiado, que incluye nuestro cuerpo físico, pero también el mundo de nuestras ideas, nuestras emociones y hasta de nuestros sueños. No por invisibles serán poco poderosos.

En ese lugar, todos somos parte de la misma historia. No hay juegos de poder ni manipulaciones. Y es precisamente en ese espacio donde comienza, nuestra gran responsabilidad.

Cerremos los ojos y busquemos. Allí encontraremos el nuevo mundo que está naciendo.

 

Fuente: http://juliobevione.com

22
August
2014

LOS MATA-MAGIA

 

 

Hernán Casciari

 

Cuando yo sea Gobernador lo primero que voy a prohibir es que investigue el porqué de las cosas raras que no le hacen mal a nadie. Como por ejemplo el déjà vu y las cadenas postales. ¿Por qué tuve que saber la explicación científica de esos milagros de mi infancia? ¡Si yo era más feliz cuando pensaba que había algo, un nosequé, flotando en el universo!

 

La primera vez que me pasó un milagro fue en la piecita de arriba. Yo tendría siete años. Miré un poster que tenía la punta despegada, me subí a la cama para pegarlo y en ese momento, ¡zácate!, me vino a la memoria que alguna vez, en otra vida, me había subido a una cama para pegar un poster.

 

—¡A la pipeta! —dije en voz alta, y me quedé congelado, pestañeando rapidito.

 

La emoción fue indescriptible, como arañar la verdad secreta de la vida, como si por fin me hubiera pasado algo serio, profundamente humano. Y siguió siendo un lujo cada vez que me agarraban los déjà vu. Además no se lo contaba a nadie, un poco por egoísmo, y otro poco por miedo a que mi mamá, que me creía un superdotado por cosas mucho menos increíbles que ésa, quisiera llevarme a la radio.

 

Por eso me dio por las pelotas, pero mucho, el día que leí en la sala de espera de la peluquería una revista del Readers Digest que daba la versión oficial: decía que todo era un cortocircuito del cerebro o algo así. Que la corriente paraba y cuando volvía, largaba patinando. Una boludez grande como una casa, pero firmada por la Universidad de Yale. Yo tenía once años, y ese día dejé de ser un niño.

 

Sigo sin entender por qué se ponen a investigar esas cosas. ¡El déjà vu no le hizo mal a nadie, señores de la ciencia! No es una enfermedad, no es una pandemia, no es algo contagioso como la lepra o el peronismo. Está bien, tiene el problema ése de los acentos raros. ¿Pero sólo por eso, por la dificultad de un tilde, había que matarlo? ¿Qué hay que hacer entonces con los apellidos checoslovacos, otro holocausto hay que hacer?

 

A los trece años me pasó otra vez algo parecido. Descubro en el zaguán de casa la primera carta de toda mi vida, con mi nombre y mi apellido engalanados por la palabra “señor”. La abro con el corazón en un puño y leo:

 

“Copia esta Oración del Santo Sacramento nueve veces en letra de imprenta y envíasela a nueve amigos por correo certificado”.

 

Al dorso de la oración (que era larguísima) venía lo más emocionante: te explicaban lo que les había pasado a las personas que no habían hecho caso. ¡Eran unas maldades buenísimas, las mejores desgracias que escuché nunca!

 

Es el día de hoy que no me puedo olvidar del pobre John Saldívar, de Denver (Colorado) quien, creyendo a esta cadena una broma de mal gusto, no sólo no cumplió con los reenvíos sino que la botó al retrete.

 

Qué miedo más grande me daba esa frase… Yo no tenía la más puta idea de lo que significaba “botó al retrete”, pero me parecía terrible que John Saldívar hubiera hecho semejante barbaridad. Además, lo que le pasó a este hombre fue escalofriante: dos días más tarde del asunto del retrete, John fue despedido de su empleo, una semana después su esposa lo abandonó por alguien más joven y al mes, más o menos, murió arrollado por un carro. ¡Qué hijos de puta, cómo te convencían!

 

La carta también te contaban el orto que habían tenido los que sí habían cumplido el mandato, pero eso ya no era tan divertido (después me pasó algo similar con la “Divina Comedia”: el cielo del Dante también era aburrido, como todas las cosas buenas que le pasan a los demás cuando las comparás con las cosas malas que pueden pasarles).

 

Me acuerdo que me puse enseguida a copiar las nueve cartas y a pensar en los amigos que elegiría para mandárselas. Iba por la tercera copia —con la mejor caligrafía de mi vida— y entonces va y me descubre la señorita Alba, que era la maestra de Lengua, y me dice que al colegio se viene a estudiar, Casciari. Yo, que en la primaria era obediente, metí las hojas adentro de una carpeta y no protesté. Ella también podría haberse callado la boca y seguir explicando los verbos, pero no. La imbécil aprovechó para informar a la clase que aquello de las cadenas postales era un tongo del Correo para que los incautos gastaran en estampillas.

 

¡Por qué! ¿Con qué necesidad hay que bajar de un hondazo las ilusiones de un chico, señorita Alba? ¿A usted qué le importa si el correo gana o pierde, quién es usted, señorita, Franco Macri? ¿Y usted qué sabe, director de la Revista Selecciones, si yo quería saber la versión científica del déjà vu? ¿Con qué derecho se investigan y se publican estas cosas?

 

Los científicos deberían tener prohibido meterse en asuntos que no sean claramente beneficiosos para la Humanidad. Que se dejen de joder buscándole la quinta pata a los fantasmas, al I-Ching y a la luz mala. Que se detengan en el afán de buscarle un autor al ajedrez, que está clarísimo que venía con el Mundo. ¡Dejen vivir, señores de la ciencia! ¿Por qué carajo no se ponen las pilas y descubren, de una vez por todas, la pastilla para no tener que bañarse? Eso sí que es útil y hace años que la estamos esperando.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

21
August
2014

DOS COSAS

 

 

Daniel Woodrell

 

Cuando llega lo hace en una vieja cafetera traqueteante. Amarilla tiene neumáticos con banda blanca que riman al rodar y el tubo de escape se ha soltado y va arrastrando chispas. Lleva adhesivos en el parachoques de los muchos sitios raros donde ha estado y dos o tres frases propias pegadas en los laterales. Encima del capó le ha puesto maternalmente una tirita que es igual que una tirita pero sólo que gigante como si esa vieja cafetera se hubiera hecho una pupita en el motor.

El funcionario nos había enviado una carta para decirnos a Wilma, la mujer que es mi esposa, y a mí que esa señora quiere vernos. Parece que le enseña algo útil a Cecil en la cárcel.

La puerta se abre de golpe y ella sale del coche y se me acerca. Me he puesto a esperarla en el jardín y viene directa hacia mí sonriendo. Del hombro le cuelga una tira que sostiene un gran bolso hecho con esas hierbas claruchas que tienen en las tierras indias que nunca he visto.

Me llama señor McCoy de entrada como si estuviera clarísimo quién soy. Se llama Frieda Buell añade y luego extiende una mano para que se la estreche. Le rozo ligeramente la palma y le digo que bienvenida.

Cuando veo que eso le parece bien le digo que entre en la casa.

Le encantaría entrar me dice.

Ese comentario sí que no me lo creo así que doy un paso atrás y me la miro bien de arriba abajo. Es joven con el pelo rubio enmarañado pero tiene alguna idea de maquillaje porque se ha hecho uno de primera. Lleva una blusa roja y holgada y los zapatos tienen unos tacones que me dicen que eso de andar no es que lo practique mucho. Los pantalones son claros y se le ajustan tanto al culo que parecen vapor solidificado.

El porche se ha hundido así que hay una combadura delante de la casa. Le digo que tenga cuidado y me hace caso. Dentro le doy la silla buena pero me quedo de pie.

Le pido sin rodeos que me diga de qué va el asunto.

El asunto va de la repanocha. Mi hijo Cecil es un hombre dotado me dice. Tiene un talento que lo hace aportar algo raro al mundo o una cosa así.

¿Cecil? Cecil un ladrón le digo. Y ni siquiera uno listo.

Eso era antes dice. Ya no.

Siempre lo ha sido. No tengo ninguna duda al respecto. Pero lo que me intriga es qué es eso raro que aporta al mundo o lo que sea.

Poesía me responde. Mete una mano recargada con muchos anillos en el gran bolso y saca un librito. Dice que Cecil lo ha escrito y que los críticos afirman que tiene una habilidad innata.

Agarro el librito. Está hecho con papel grueso y la portada dice Oscuro entre grises de Cecil McCoy. Sí, sí, es él digo. Dígame una cosa ¿con eso podría obtener antes la condicional?

Podría dice. Intenta mirarme con decisión pero los ojos le hacen novillos y se le van a otros sitios más allá de mí. Lleva dos años dándole clases dice y lo que Cecil tiene es un don que nunca había visto antes.

Un don digo. Un don no es algo propio de Cecil.

Me pasa el libro dice. Se lo entrego. Lo abre por una página de la mitad. Me refiero a esto escuche. Me empieza a leer lo que aparentemente ha escrito mi hijo Cecil. El título es «Planeando» y es una sarta de palabras que hablan de un pájaro que flota sobre un depósito de chatarra y ve un coche destrozado brillante y caliente pero lo empuja una corriente de aire y no puede evitar posarse sobre él. Cuando acaba la lectura me mira como si yo me tuviera que estar derritiendo de placer. No sé pero me parece algo así.

Es el primer capítulo o qué le pregunto.

Suelta uno de esos suspiros silenciosos que significan que le podría agotar la paciencia. Son poemas de su vida en la calle me dice. Pero rebosan de pensamientos muy precisos para todos. De todos modos tienen sus raíces en las duras calles de este barrio.

Hay depósitos de chatarra en todas partes es mi respuesta.

Pero el pájaro señor McCoy. El pájaro planea sobre la muerte que es un viejo coche desvencijado. El poeta quiere ser ese pájaro blanco que agita las alas en libertad por encima de la muerte. Lo que en realidad significa es que Cecil quiere verse liberado de tener que morir. Ésa es la clave del asunto dice.

Ahora me parece todo muy claro pero por un momento siento pena por Cecil. Dos cosas que no va a ser nunca es un pájaro blanco.

Lea un poco más propongo.

Me desliza una sonrisa para darme a entender que voy comprendiendo. Luego elige otra página. Esto salió en una revista de poesía importante dice. Luego lee. Las palabras van de una situación que reconozco. El poeta le ha robado el cheque de la paga a su madre para devolver dinero a unos maleantes que ni son parientes suyos.

Un momento le digo. Ése es un poema que en realidad ha pasado varias veces señora. Cecil es un maldito ladrón.

No no no. Quiere reparar el error. Quiere superar la culpa de lo que ha hecho.

Le digo que estaríamos hablando de cientos de dólares. ¿Va a conseguir tanto dinero con esos poemas? La pregunta no está a su altura. No quiere contestarla.

Este poema significa cosas para toda la gente dice. Se asoman a él y se ven a sí mismos.

Muy interesante y muy bonito pero ¿por qué Wilma y yo tenemos que pagar nosotros solos por ese poema? Todos los que se asomen a él y se vean a sí mismos deberían devolvernos algo.

Ese comentario mío le descoloca la calma y empieza a caminar por la habitación. La habitación está bastante limpia pero los muebles están rotos. Tengo mal la cadera y hacer de conserje la empeora. Wilma ocupa mi puesto ahora.

La señora se detiene y mira por la ventana. Dos coches bloquean el tráfico para contarse lo que pasa. Suenan las bocinas. La gente se hace daño por cosas así.

Señor McCoy ¿quiere usted a Cecil?

Hubo una época contesto. Lo quise como habría hecho cualquier padre. Pero eso fue hace mucho. Si quiero a Cecil ahora es más o menos como quiero la guerra de Corea. Algo terrible por lo que pasé.

Ha cambiado señor McCoy. Ahora está en contacto con su humanidad. Si tuviera un domicilio fijo podría obtener la libertad condicional y empezar de nuevo.

Creo que me voy a sentar. Mientras lo digo me dejo caer sobre la silla de tres patas que está junto a la puerta. Pienso en mi hijo Cecil. Es uno de la serie de hijos que Wilma y yo hemos tenido porque estábamos solos. Comía de la misma olla que el resto pero salió diferente. Le brillaban los ojos y la nariz le salió respingona en vez de chata.

Cuanto más te conoce más confianza coge para desplumarte. La misma olla pero diferente.

No creo que queramos acogerlo de vuelta digo.

Pero son su familia. No tiene a nadie más.

Su familia sí pero también sus principales víctimas señora. Me saco el puente de la boca lo cual deja al descubierto mi dentadura mellada. ¿Ve esto? pregunto. Me lo hizo Cecil. Apenas tenía quince años cuando me lo hizo.

Ha cambiado vuelve a decir. Lo dice como si no hubiera más que hablar.

No me lo creo. Puede escribir todos los poemas que quiera diciendo que se arrepiente y se siente culpable pero no me fío. Escuche una cosa señora. Este porche de aquí. Yo encontraba en este porche de aquí cuando estaba menos hundido y Cecil andaba por la calle con un montón de críos. Eran pequeños pero practicaban para ser peligrosos algún día. Uno de ellos agarra una piedra y la tira contra esa farola grande que hay ahí. No le da por una o dos casas. Ni se acerca. Me quedé en el porche por curiosidad y me puse a mirarlos. Todos tiraron piedras contra la farola pero ninguno la rozó. Entonces va Cecil agarra un trozo de ladrillo y casi sin apuntar hizo trizas la bombilla. En cuanto salió de su mano vi que su intención de ser malo era de lo más certera.

Bueno dice. A ella le parece sensible.

Oh eso se le da bien señora. Se le daba bien hace años.

Es usted una persona dura me dice. Sin usted está perdido. Podrían negarle la condicional.

Por qué le importa dígame. Le hago la pregunta pero sospecho que le gustaría darle a Cecil clases de diversión.

Porque admiro su talento señor McCoy. Cecil es un poeta que está hasta las narices de las grandes cosas de este mundo y eso le da una intensidad de la que los poetas felices tienen que mantenerse alejados.

¿Quiere que lo acojamos porque está hasta las narices? Eso no es ningún cambio.

Artísticamente dice soltando otra vez ese soplido despectivo.

Señora eso no basta le digo. La acompañaré a la puerta.

Cuando estamos en el porche quiere que nos estrechemos la mano de nuevo pero no soy de los que mastican la col dos veces. Ya he pasado por eso así que la acompaño hasta el coche. Se le ponen rojas las mejillas. Echo una buena mirada al vecindario y todas las casas son como la que tenemos Wilma y yo. Del tipo que si fueran gente toserían un montón y escupirían un gargajo asqueroso. Escupirían porquería en el lavabo.

Al llegar al coche me entrega el librito. Es para usted dice. Cecil insistió.

Lo agarro. Le doy las gracias.

Se mete en la cafetera y pone el motor en marcha. Una nube de humo azulado sale de la parte de atrás y resuena un traqueteo.

Me inclino sobre su ventanilla.

Mire señora digo. Espero que a Cecil le vaya bien pero así son las cosas. A nosotros no nos va a sacar más poemas.

Asiente con la cabeza y me hace un gesto con la mano. La tirita gigante del capó me vuelve a llamar la atención. Qué clase de chifladura es ésa me pregunto. Se lo quiero preguntar pero ella pone la marcha y se aleja. Así que me quedo ahí solo preguntándome qué se creerá que arregla esa tirita.

 

Fuente: http://www.barcelonareview.com/