SENTIMIENTO LATINO

 

 

Gino Winter

 

Cuando cursaba el primer año de secundaria en la gloriosa Labarthe High School, Rich Victory distrit, mi profesor de Historia Universal, “Neolítico” Llerena, me encargó hacer una monografía sobre los orígenes de Roma. Luego de leer las sinopsis de Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso sobre Eneas, su hijo Ascanio, la ciudad de Alba Longa y su rey Numitor, los gemelos Rómulo y Remo, abandonados en el Tiber y amamantados por una loba, y el Rapto de las Sabinas (754 AC), terminé siendo todo uncognoscitore en el tema de la ciudad de las siete colinas, a tal punto que aún recuerdo las dos dinastías que le dieron origen: La dinastía Latina conformada por Rómulo, Numa Pompilio, Tulio Hostilio y Anco Marcio y la dinastía Etrusca cuyos Reges fueron: Tarquino El Antiguo, Servio Tulio y Tarquino El Soberbio.

Después de presentar mi asignación y asegurar una excelente nota que caía a pelo para mi matricula condicional, en mi inocencia infantil, me sentí orgulloso al recordar que mis bisabuelos maternos, nacieron en esa hermosa tierra de grandes conquistadores, políticos, artistas y humanistas eminentes cuyas reglas aun son cánones para la humanidad y su idioma sigue acariciando nuestros oídos,… ni que decir de su música y arte culinario,… cosa piu grande piccolo!Como diría el cubano Leopoldo Fernández Tres Patines (con libretos de Carlos Vispo, para ser justos). Románticamente me sentí un perfecto latino, a pesar de mi padre sajón pues, pensé, Germanía también formó parte de este gran imperio, así que de allí en adelante sería un Latinazo, nombrado en mi imaginación por SPQR (Senatus Populus Que Romanus)… 

Por supuesto que después me enteré que todos en el Perú éramos Latinos, aunque nadie me explicaba el porqué; igual seguí sacando pecho orgullosísimo… No se dónde se jodió la cosa, ni cuándo, pues desde que llegué a New Jersey lo único que escucho es “no vayas por allá que hay muchos latinos”, “me mudé de allí porque había muchos latinos”, “este barrio era lindo, pero lo han fregado los latinos”, “que tal bulla, allí deben de vivir latinos”, “mi hija está loca… se quiere casar con un latino” “habla sólo en Inglés para que no sepan que eres latino”, “felizmente no pareces latino”… etc.
Pero lo peor de todo es… ¡que me lo dicen los propios latinos! Y lo dicen muy seriamente, con convicción musulmana y hasta sazonándolo con algunos adjetivos no aptos para mis delicados oídos; y así como los que más cholean son los cholos (con las disculpas del caso a mis dilectos e ínclitos amigos brownies quienes siempre se encabronan cuando les toco el tema), acá los latinos “latinean” y en “su” Inglés, creyendo ingenuamente que así los gringos asumirán que son de su clan a pesar de la cara de hechicero Maya que se llevarán hasta la tumba. ¡Qué manera imperdonable de negar sus raíces, aprendan del Black Power, men!

Un día visité a una amiga norteamericana, pero nacida hace ya algunos añitos saltando un recodo del río Ucayali, en un poblado off road de nuestra Selva peruana, el cual ahora cuenta con agua potable. Le pregunté por que razón me hablaba tan despectivamente de los latinos si tanto ella como este pechito siempre fuimos flor de latinos y, en perfecto Spanglish pero sin perder su musicalidad charapa me dio la clave del asunto para resumir y enfocar el tema desde su punto de vista común a las mayorías latinas de por aquí: Resulta que cuando por estos lares dicen “latinos” se refieren a personas hispano parlantes que nunca tuvieron “nada” en su país de origen y al llegar acá cualquier “poco” que consiguen les parece mucho, así es que se dedican a celebrar de la forma en que se lo permite su escaso nivel socio-mental-cultural y su desaforada cultura etílica, no respetan las normas, miccionan al aire libre, evitan en lo posible el molesto “baño semanal francés”, mastican con la boca abierta, andan en auto como si llevaran una discoteca adentro, hablan vociferando, arman trifulcas con muertos y heridos de consideración y tienen como slogan mental “matanga dijo la changa” es decir (para quienes no ven El Chavo del Ocho) aprovecha todo lo que puedas agarrar que es gratis, un equivalente al “agarra Aguirre” o al “perro muerto” criollo. En otras palabras, gente indeseable en la cual no se puede confiar y se debe a toda costa evitar, salvo para que te corten el jardín y tareas similares… sorry. ¡Qué tal Shell!

¿Y porqué latinos?, ¿porqué justos pagamos por pecadores?, en todo caso serian “latinuchos” o “latinichos” que es como se construyen los despectivos según el mata-burros de la Real Academia Española, si no qué somos nosotros, los decentes ¿velula? No sé si fue la leche de loba que bebieron los gemelos —porque al final el Caín de Rómulo terminó matando a Remo y lupa también se les decía a las putas— o la sangre de los bárbaros visigodos, o la mezcla sarracena o acaso el mestizaje con los autóctonos habitantes de nuestras tierras, fuera genéticamente inadecuado, no sé cuál sea la razón para que el latino hispano-americano sea así o sea percibido así, la cosa es que aquí estamos “así” de estigmatizados. Mi piel desteñida, mis ojitos inmaduros y mis modales casi decentes (a cocachos aprendí) me convierten en algo así como un “latino encubierto” que puede caminar entre la masa gringa “sin despertar sospechas” mientras no abra la boca y el Inglés británico se empiece a engalanar con las aterciopeladas tonalidades del idioma de Castilla, no me refiero a Ramón, quien también lo hablaba, ni a los frejolitos musicales bicolor, sino a la cuna de la reina Chabela la Católica, quien por satisfacer los caprichos viajeros de su amante genovés Cristóbal, el que se colaba a cuanta reunión podía (Colón), empeñó sus joyas y empezó toda esta vaina… ahora eso del empeño habría que revisarlo pues la tía tenia un huevo de plata, que no era el de su marido Don Fernando de Aragón, precisamente.

Para una persona sin calle y sin libros puede ser muy chocante ver como la amplia sonrisa de recibimiento (tipo The Osmond Family) que te dan pensando que eres anglo, se transforma en una cicatriz cuando empiezas a hablar en el idioma del Manco de Lepanto… Aquí hay franceses, italianos, rumanos y similares y a nadie se le ocurre llamarlos latinos a pesar de que lo son tan igual o más que nosotros los hispanoamericanos. Los muchos años que tengo visitando este país me permiten afirmar que los yankies no son nada del otro mundo, pueden ser tan inteligentes o tan brutos como lo puede ser un latino, la diferencia está en que, al parecer, Coco Washington y su gente hicieron las cosas bien desde el comienzo y la gran mayoría de gringos, desde el más inteligente hasta el más bestia se han puesto de acuerdo para respetar las reglas, cumplir con su palabra, facilitar las cosas y terminar todo lo que emprenden, casi lo contrario a lo acostumbrado por los que-te-jedi (aquí hasta me sonrojo)… Estamos “marcados” y lo seguimos estando a pesar de los Estefan, del finado Mr. Roberto Goyzueta (Presidente de The Coca Cola Company), de Pelé Pepsico, del Dr. Hernán Huertas; para los gringos solo somos “latinos” todos revueltos en un mismo saco, y así también me llueve sobre mojado, así les jure que en mi barrio me decían “gringo”.

Pero la venganza es dulce y es un plato que se come frío, así que sólo nos queda esperar: hoy somos alrededor del 15% de la población USAna y hasta prácticamente hemos decidido una votación presidencial. 
Con la cada vez mayor aversión de los gringos por formar una familia versus la vocación casi opusdeica de los latinos por llenarse de hijos, no van a pasar muchos años para que seamos mayoría, volvamos a este país oficialmente bilingüe, con un presidente latino y un congreso con mayoría latina… aunque, pensándolo bien… quizás a partir de ese momento no lleguemos a contar ni cincuenta años (como los apristas) para que este poderoso país se vaya de puntitas a la re1000pdsm…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

7 LECCIONES DE CÉSAR MILLÁN

 

 

Bryan Elliot y Ana Blanes

 

Cesar Millán, conocido por su show de televisión, “El encantador de perros”, ha construido un gran imperio alrededor de sus habilidades como entrenador. A sus 21 años, decidió cruzar la frontera hacia Estados Unidos para cumplir sus sueños.

Millán aprendió y enfrentó diversos retos a lo largo de su viaje, eso fue lo que le dio la fuerza y determinación para ser hoy en día un empresario y entrenador reconocido alrededor del mundo.

Dentro del show estadounidense “Detrás de la marca” (Behind the Brand), Millán compartió algunas lecciones que a lo largo de su vida le han dado el empuje para salir adelante. Te compartimos algunas de ellas:

  1. Declara tu sueño.Desde pequeño, César supo que quería ser el mejor entrenador de perros en el mundo. Cuenta que cuando vio la película de Lassie, le dijo a su mamá lo que deseaba y ésta le respondió que podía lograr lo que él quisiera. Lo que Cesar no sabía es que al final del camino no estaba destinado a entrenar perros, sino personas.
  2. Busca una oportunidad de negocio.Como inmigrante, este emprendedor sabía que tenía que superar varios obstáculos cuando llegara a Estados Unidos, como aprender a hablar inglés, entender cómo funcionaban los negocios en ese país y sobre todo encontrar un trabajo que le gustara.

“Lo que vi fue una necesidad, yo sabía que había muchos entrenadores de perros, lo que faltaba era un entrenador de humanos para ayudarlos a entender cómo relacionarse con un perro desde una perspectiva natural. Sabía que tenía un deseo, pero nunca en un millón de años me imaginé que tendría mi propio show de televisión, libros, revistas, etcétera”, comenta.

  1. Entiende el verdadero significado del éxito.“Para mí, el éxito es hacer lo que amas y lo que haces mejor”, dice en la entrevista. Este gran instructor realmente nunca ha medido el éxito en base a cuánto dinero gana o la popularidad de un show de televisión, sino conforme a lo que siempre ha disfrutado hacer.

De acuerdo con él, muchas personas se desesperan cuando no triunfan inmediatamente, pero recalca que, antes de esperar que el éxito llegue de la nada, hay que conocer el mercado al que te vas a dirigir y entender que la victoria no se mide en el dinero que ganas sino en los aprendizajes que te llevaron por ese camino. Asegura que todos quieren estar arriba disfrutando del triunfo, pero cuando estás abajo es cuando tienes la oportunidad de reflexionar y volverte más sabio.

  1. Establece tus metas.“Cuando llegué a EE.UU. no tenía dinero, pero en mi mente conocía mi meta, visión y deseo, las cuales iban más allá del hambre, el frío o el deseo de estar con mi familia, es algo que puedes sentir aunque no lo veas”, dice.

No podemos iniciar un negocio sin desear algo, en el caso de este emprendedor, la iniciativa era una necesidad y afirma que no tener nada en un principio fue lo que lo motivó a luchar para obtenerla.

  1. Rodéate de un buen equipo.Cuando comenzó a ser reconocido por los demás, confiaba en que su equipo de trabajo podía hacer algunas cosas por él, como contratar a otros empleados, pero lo que la experiencia le ha enseñado, es que si quieres tener un equipo confiable, debes elegirlo tú mismo para asegurarte que comparten tu visión.

“Si no hubiera fracasado hace tres años no estaría aquí con este enfoque, deseo e intensidad y no hubiera elegido a un grupo de personas que realmente se uniera a mi filosofía”, explica el empresario.

  1. Gánate la lealtad del cliente.César recuerda que cuando era niño, su mamá iba a un mercado en el que siempre le daban el “pilón” de lo que comprara, eso era lo que la hacía regresar con el mismo señor.

Así que, adoptando esa filosofía, decidió ofrecer sus servicios paseando a los perros de la gente de forma gratuita. Naturalmente, muchos no confiaban en él de inmediato, pero para él, fue una forma de presentarse y de dar a conocer sus talentos.

“Mi meta era que la gente supiera que podía pasear a su perro, después ganarme su respeto y al final su lealtad. Hoy en día el 80 por ciento de mis clientes siguen siendo los que conocí en aquella época, antes era conocido como “ese hombre que pasea perros”, me tomó tres años ganarme el título de “El encantador de perros”, comenta.

  1. Aprende de tus errores.Hubo una época en la que César sintió que había perdido todo y que era un fracaso, pero logró recuperar su pasión. “Lo peor que puedes hacer es no enfrentar tus fracasos y hacerle caso a esa voz interna que nos dice que no puedes. Tal vez no tenga un título, pero sé que tengo el deseo y eso es más poderoso…antes mi frontera era otro país, ahora la frontera y el obstáculo soy yo mismo para alcanzar mis sueños”, concluye.

 

Fuente: https://www.entrepreneur.com

A TU MANERA PROPIA Y ESPECIAL

 

 

Gabriel Sandler

 

Para saber cómo hay que saber por qué. La mejor manera de que puedas hacer algo es haciéndolo como tú decidas hacerlo, basado en tu propio propósito y en el particular conjunto de recursos a tu alcance.

 

Claro que existen métodos y técnicas muy específicos que puedes aprender de los demás, y eso te ayudará muchísimo. Sin embargo para alcanzar el resultado que ambicionas, debes ser tú quien diseñe, defina y lidere el proceso.

 

Otros podrían ayudarte con las tácticas a aplicar. Pero diseñar y llevar a cabo la estrategia es tarea exclusivamente tuya.

 

¿Cómo alcanzar tu sueño habiendo tantos obstáculos en el camino? Asumiendo la responsabilidad por responder a esa pregunta, te adueñas realmente del sueño.

 

Otros pueden inspirarte, animarte, enseñarte y aconsejarte. Sin embargo, se trata de tu sueño y descubrir la manera de darle vida es una tarea inmensamente gratificante y plena, y es toda tuya.

 

Siente tu auténtico deseo, date cuenta de que puedes, y descubrirás tu mejor camino posible. Sigue a tu corazón, y no tendrás que seguir las indicaciones de nadie más.

 

Fuente: http://www.motivaciondiaria.com/

GUAYAQUIL

 

 

Jorge Luis Borges

“El informe de Brodie”

 

No veré la cumbre del Higuerota duplicarse en las aguas del Golfo Plácido, no iré al Estado Occidental, no descifraré en esa biblioteca, que desde Buenos Aires imagino de tantos modos y que tiene sin duda su forma exacta y sus crecientes sombras, la letra de Bolívar.
Releo el párrafo anterior para redactar el siguiente y me sorprende su manera que a un tiempo es melancólica y pomposa. Acaso no se puede hablar de aquella república del Caribe sin reflejar, siquiera de lejos, el estilo monumental de su historiador más famoso, el capitán José Korzeniovski, pero en mi caso hay otra razón. El íntimo propósito de infundir un tono patético a un episodio un tanto penoso y más bien baladí me dictó el párrafo inicial. Referiré con toda probidad lo que sucedió; esto me ayudará tal vez a entenderlo. Además, confesar un hecho es dejar de ser el actor para ser un testigo, para ser alguien que lo mira y lo narra y que ya no lo ejecutó.

El caso me ocurrió el viernes pasado, en esta misma pieza en que escribo, en esta misma hora de la tarde, ahora un poco más fresca. Sé que tendemos a olvidar las cosas ingratas; quiero dejar escrito mi diálogo con el doctor Eduardo Zimmermann, de la Universidad del Sur, antes que lo desdibuje el olvido. La memoria que guardo es aún muy vívida.Para que mi relato se entienda, tendré que recordar brevemente la curiosa aventura de ciertas cartas de Bolívar, que fueron exhumadas del archivo del doctor Avellanos, cuya Historia de cincuenta años de desgobierno, que se creyó perdida en circunstancias que son del dominio público, fue descubierta y publicada en 1939 por su nieto el doctor Ricardo Avellanos. A juzgar por las referencias que he recogido en diversas publicaciones, estas cartas no ofrecen mayor interés, salvo una fechada en Cartagena el 13 de agosto de 1822, en que el Libertador refiere detalles de su entrevista con el general San Martín. Inútil destacar el valor de este documento en el que Bolívar ha revelado, siquiera parcialmente, lo sucedido en Guayaquil. El doctor Ricardo Avellanos, tenaz opositor del oficialismo, se negó a entregar el epistolario a la Academia de la Historia y lo ofreció a diversas repúblicas latinoamericanas. Gracias al encomiable celo de nuestro embajador, el doctor Melazat, el gobierno argentino fue el primero en aceptar la desinteresada oferta. Se convino que un delegado se trasladaría a Sulaco, capital del Estado Occidental, y sacaría copia de las cartas para publicarlas aquí. El rector de nuestra Universidad, en la que ejerzo el cargo de titular de Historia Americana, tuvo la deferencia de recomendarme al ministro para cumplir esa misión; también obtuve los sufragios más o menos unánimes de la Academia Nacional de la Historia, a la que pertenezco. Ya fijada la fecha en que me recibiría el ministro, supimos que la Universidad del Sur, que ignoraba, prefiero suponer, esas decisiones, había propuesto el nombre del doctor Zimmermann. Trátase, como tal vez lo sepa el lector, de un historiógrafo extranjero, arrojado de su país por el Tercer Reich y ahora ciudadano argentino. De su labor, sin duda benemérita, sólo he podido examinar una vindicación de la república semítica de Cartago, que la posteridad juzga a través de los historiadores romanos, sus enemigos, y una suerte de ensayo que sostiene que el gobierno no debe ser una función visible y patética. Este alegato mereció la refutación decisiva de Martín Heidegger, que demostró, mediante fotocopias de los titulares de los periódicos, que el moderno jefe de estado, lejos de ser anónimo, es más bien el protagonista, el corega, el David danzante, que mima el drama de su pueblo, asistido de pompa escénica y recurriendo, sin vacilar, a las hipérboles del arte oratorio. Probó asimismo que el linaje de Zimmermann era hebreo, por no decir judío. Esta publicación del venerado existencialista fue la inmediata causa del éxodo y de las trashumantes actividades de nuestro huésped. Sin duda, Zimmermann se había trasladado a Buenos Aires para entrevistarse con el ministro; éste me sugirió personalmente, por intermedio de un secretario, que hablara con Zimmermann y lo pusiera al tanto del asunto, para evitar el espectáculo ingrato de dos universidades en desacuerdo. Accedí, como es natural. De vuelta a casa, me dijeron que el doctor Zimmermann había anunciado por teléfono su visita, a las seis de la tarde.

Vivo, según es fama, en la calle Chile. Daban exactamente las seis cuando sonó el timbre. Yo mismo, con sencillez republicana, le abrí la puerta y lo conduje a mi escritorio particular. Se detuvo a mirar el patio; las baldosas negras y blancas, las dos magnolias y el aljibe suscitaron su verba. Estaba, creo, algo nervioso. Nada singular había en él; contaría unos cuarenta años y era algo cabezón. Lentes ahumados ocultaban los ojos; alguna vez los dejó sobre la mesa y los retomó. Al saludarnos, comprobé con satisfacción que yo era el más alto, e inmediatamente me avergoncé de tal satisfacción, ya que no se trataba de un duelo físico ni siquiera moral, sino de una mise au point quizá incómoda. Soy poco o nada observador, pero recuerdo lo que cierto poeta ha llamado, con fealdad que corresponde a lo que define, su torpe aliño indumentario. Veo aún esas prendas de un azul fuerte, con exceso de botones y de bolsillos. Su corbata, advertí, era uno de esos lazos de ilusionista que se ajustan con dos broches elásticos.
Llevaba un cartapacio de cuero que presumí lleno de documentos. Usaba un mesurado bigote de corte militar; en el curso del coloquio encendió un cigarro y sentí entonces que había demasiadas cosas en esa cara. Trop meublé, me dije. Lo sucesivo del lenguaje indebidamente exagera los hechos que indicamos, ya que cada palabra abarca un lugar en la página y un instante en la mente del lector; más allá de las trivialidades visuales que he enumerado, el hombre daba la impresión de un pasado azaroso.

Hay en el escritorio un retrato oval de mi bisabuelo, que militó en las guerras de la Independencia, y unas vitrinas con espadas, medallas y banderas. Le mostré, con alguna explicación, esas viejas cosas gloriosas; las miraba rápidamente como quien ejecuta un deber y completaba mis palabras, no sin alguna impertinencia, que creo involuntaria y mecánica. Decía, por ejemplo:
—Correcto. Combate de Junín. 6 de agosto de 1824. Carga de caballería de Juárez.
—De Suárez —corregí.
Sospecho que el error fue deliberado. Abrió los brazos con un ademán oriental y exclamó:
—¡Mi primer error, que no será el último! Yo me nutro de textos y me trabuco; en usted vive el interesante pasado.
Pronunciaba la ve casi como si fuera una efe.
Tales zalamerías no me agradaron. Más le interesaron los libros. Dejó errar la mirada sobre los títulos casi amorosamente y recuerdo que dijo:
—Ah, Schopenhauer, que siempre descreyó de la historia… Esa misma edición, al cuidado de Grisebach, la tuve en Praga, y creí envejecer en la amistad de esos volúmenes manuables, pero precisamente la historia, encarnada en un insensato, me arrojó de esa casa y de esa ciudad. Aquí estoy con usted, en América, en la grata casa de usted…
Hablaba con incorrección y fluidez; el perceptible acento alemán convivía con un ceceo español.
Ya estábamos sentados y aproveché lo dicho por él, para entrar en materia. Le dije:
—Aquí la historia es más piadosa. Espero morir en esta casa, en la que he nacido. Aquí trajo mi bisabuelo esa espada, que anduvo por América; aquí he considerado el pasado y he compuesto mis libros. Casi puedo decir que no he dejado nunca esta biblioteca, pero ahora saldré al fin, a recorrer la tierra que sólo he recorrido en los mapas.
Atenué con una sonrisa mi posible exceso retórico.
—¿Alude usted a cierta república del Caribe? —dijo Zimmermann.
—Así es. A ese viaje inmediato debo el honor de su visita —le respondí.
Trinidad nos sirvió café. Proseguí con lenta seguridad:
—Usted ya sabrá que el ministro me ha encomendado la misión de transcribir y prologar las cartas de Bolívar que un azar ha exhumado del archivo del doctor Avellanos. Esta misión corona, con una suerte de dichosa fatalidad, la labor de toda mi vida, la labor que de algún modo llevo en la sangre.
Fue para mí un alivio haber dicho lo que tenía que decir. Zimmermann no pareció haberme oído; sus ojos no miraban mi cara sino los libros a mi espalda. Asintió con vaguedad y luego con énfasis:
—En la sangre. Usted es el genuino historiador. Su gente anduvo por los campos de América y libró las grandes batallas, mientras la mía, oscura, apenas emergía del ghetto. Usted lleva la historia en la sangre, según sus elocuentes palabras; a usted le basta oír con atención esa voz recóndita. Yo, en cambio, debo transferirme a Sulaco y descifrar papeles y papeles acaso apócrifos. Créame, doctor, que lo envidio.
Ni un desafío ni una burla se dejaba traslucir en esas palabras; eran ya la expresión de una voluntad, que hacía del futuro algo tan irrevocable como el pasado. Sus argumentos fueron lo de menos; el poder estaba en el hombre, no en la dialéctica. Zimmermann continuó con una lentitud pedagógica:
—En materia bolivariana (perdón, sanmartiniana) su posición de usted, querido maestro, es harto conocida. Votre siège est fait. No he deletreado aún la pertinente carta de Bolívar, pero es inevitable o razonable conjeturar que Bolívar la escribió para justificarse. En todo caso, la cacareada epístola nos revelará lo que podríamos llamar el sector Bolívar, no el sector San Martín. Una vez publicada, habrá que sopesarla, examinarla, pasarla por el cedazo crítico y, si es preciso, refutarla. Nadie más indicado para ese dictamen final que usted, con su lupa. ¡El escalpelo, el bisturí, si el rigor científico los exige! Permítame asimismo agregar que el nombre del divulgador de la carta quedará vinculado a la carta. A usted no le conviene, en modo alguno, semejante vinculación. El público no percibe matices. Comprendo ahora que lo que debatimos después fue esencialmente inútil. Acaso entonces lo sentí; para no hacerle frente, me así de un pormenor y le pregunté si en verdad creía que las cartas eran apócrifas.
—Que sean de puño y letra de Bolívar —me contestó— no significa que toda la verdad esté en ellas. Bolívar puede haber querido engañar a su corresponsal o, simplemente, puede haberse engañado. Usted, un historiador, un meditativo, sabe mejor que yo que el misterio está en nosotros mismos, no en las palabras.
Esas generalidades pomposas me fastidiaron y observé secamente que dentro del enigma que nos rodea, la entrevista de Guayaquil, en la que el general San Martín renunció a la mera ambición y dejó el destino de América en manos de Bolívar es también un enigma que puede merecer el estudio.
Zimmermann respondió:
—Las explicaciones son tantas… Algunos conjeturan que San Martín cayó en una celada; otros, como Sarmiento, que era un militar europeo, extraviado en un continente que nunca comprendió; otros, por lo general argentinos, le atribuyeron un acto de abnegación; otros, de fatiga. Hay quienes hablan de la orden secreta de no sé qué logia masónica.
Observé que, de cualquier modo, sería interesante recuperar las precisas palabras que se dijeron el Protector del Perú y el Libertador.
Zimmermann sentenció:
—Acaso las palabras que cambiaron fueron triviales. Dos hombres se enfrentaron en Guayaquil; si uno se impuso, fue por su mayor voluntad, no por juegos dialécticos. Como usted ve, no he olvidado a mi Schopenhauer.
Agregó con una sonrisa:
—Words, words, words. Shakespeare, insuperado maestro de las palabras, las desdeñaba. En Guayaquil o en Buenos Aires, en Praga, siempre cuentan menos que las personas.
En aquel momento sentí que algo estaba ocurriéndonos o, mejor dicho, que ya había ocurrido. De algún modo ya éramos otros. El crepúsculo entraba en la habitación y yo no había encendido las lámparas. Un poco al azar, pregunté:
—¿Usted es de Praga, doctor?
—Yo era de Praga —contestó.
Para rehuir el tema central observé:
—Debe ser una extraña ciudad. No la conozco, pero el primer libro en alemán que leí fue la novela El Golem de Meyrink.
Zimmermann respondió:
—Es el único libro de Gustav Meyrink que merece el recuerdo. Más vale no gustar de los otros, hechos de mala literatura y de peor teosofía. Con todo, algo de la extrañeza de Praga anda por ese libro de sueños que se pierden en otros sueños. Todo es extraño en Praga o, si usted prefiere, nada es extraño. Cualquier cosa puede ocurrir. En Londres, en algún atardecer, he sentido lo mismo.
—Usted —respondí— habló de la voluntad. En los Mabinogion, dos reyes juegan al ajedrez en lo alto de un cerro, mientras abajo sus guerreros combaten. Uno de los reyes gana el partido; un jinete llega con la noticia de que el ejército del otro ha sido vencido.
La batalla de hombres era el reflejo de la batalla del tablero.
—Ah, una operación mágica —dijo Zimmermann.
Le contesté:
—O la manifestación de una voluntad en dos campos distintos. Otra leyenda de los celtas refiere el duelo de dos bardos famosos. Uno, acompañándose con el arpa, canta desde el crepúsculo del día hasta el crepúsculo de la noche. Ya bajo las estrellas o la luna, entrega el arpa al otro. Éste la deja a un lado y se pone de pie. El primero confiesa su derrota.
—¡Qué erudición, qué poder de síntesis! —exclamó Zimmermann.
Agregó, ya más serenado:
—Debo confesar mi ignorancia, mi lamentada ignorancia, de la materia de Bretaña. Usted, como el día, abarca el Occidente y el Oriente, en tanto que yo estoy reducido a mi rincón cartaginés, que ahora complemento con una pizca de historia americana. Soy un mero metódico.
El servilismo del hebreo y el servilismo del alemán estaban en su voz, pero sentí que nada le costaba darme la razón y adularme, dado que el éxito era suyo. Me suplicó que no me preocupara de las gestiones de su viaje. (Tratativas fue la atroz palabra que usó.) Acto continuo, sacó del portafolio una carta dirigida al ministro, donde yo le exponía los motivos de mi renuncia, y las reconocidas virtudes del doctor Zimmermann, y me puso en la mano su estilográfica para que la firmara. Cuando guardó la carta, no pude dejar de entrever su pasaje sellado para el vuelo Ezeiza-Sulaco.
Al salir, volvió a detenerse ante los tomos de Schopenhauer y dijo:
—Nuestro maestro, nuestro común maestro, conjeturaba que ningún acto es involuntario. Si usted se queda en esta casa, en esta airosa casa patricia, es porque íntimamente quiere quedarse. Acato y agradezco su voluntad.
Acepté sin una palabra esta limosna última.
Fui con él hasta la puerta de calle. Al despedirnos, declaró:
—Excelente el café.
Releo estas desordenadas páginas, que no tardaré en entregar al fuego. La entrevista había sido corta.
Presiento que ya no escribiré más. Mon siège est fait.

 

Fuente: http://bibliotecaignoria.blogspot.com/

BACKSTAGE DE UN MILAGRO MENOR

 

 

Hernán Casciari

 

Voy a contar algo que ocurrió hace un mes y que, por un momento, nos pareció un milagro de entrecasa. Podría narrar el milagro sin dar a conocer su lógica interna, escondiéndoles a ustedes la explicación que lo desbarata. Pero no haré eso, porque me quedaría un cuentito fantástico y nada más. Voy a narrar los hechos sin trucos. Ustedes verán a las marionetas pero también los hilos que las mueven. Dicho esto, la historia empieza con una mujer, sentada en un sillón, y sigue con una chica de once años que va en coche por la ruta.

La mujer, que también es mi madre, acaba de echar a todo el mundo de su casa (a los amigos, a los hermanos, a los nietos) porque necesita quedarse sola, llorar sola y esperar sola a que llegue el sueño. Hace cincuenta y dos horas que no duerme. Ahora intenta descansar y se desploma en el mismo sillón donde dos días antes murió su esposo, que también era mi padre.

Es la noche del once de julio, hoy hace un mes. Por primera vez en cuarenta años, esta mujer cierra la puerta de su casa sin que dentro viva nadie más.

El truco comienza en este párrafo, porque a diez kilómetros, por la ruta cinco, van en coche mi hermana, su marido y sus hijos, de regreso a La Plata después del entierro. Es de noche y nadie habla, porque ha sido un día muy triste y después una noche muy larga.

Una chica de once años, que se llama Manuela y es mi sobrina, se recuesta sobre la ventanilla a ver pasar las luces del camino; saca de su mochila un teléfono móvil y se pone a revisar los contactos. Nadie le presta atención.

Volvamos a Mercedes. La mujer que es mi madre aprovecha su primera soledad para desahogarse sin testigos. No ha podido hacerlo antes porque no tuvo un segundo sin compañía, sin abrazos o presencias. Se ha mostrado fuerte en todas partes: serena en el salón y en los pasillos de la casa velatoria, y también entera en las calles del cementerio, frente a la bóveda. Saludó, besó y agradeció a todo el mundo; cabizbaja y líquida, es verdad, pero sin desbordes. Ha durado cincuenta horas sin hacer un solo escándalo en público. Ahora, por fin, está sola.

Se pone a gritar como si la hubiesen quemado.

Lejos de allí, cruzando el peaje de Luján-Mercedes, uno de mis sobrinos observa el celular que maneja Manuela, su hermana. No es el teléfono de siempre, el rosa de juguete, sino uno distinto de color negro, que parece real. El hermano pregunta:

—¿De dónde lo sacaste?

Manuela no le responde y se queda mirando por la ventana. El hermano insiste:

—¿Es un teléfono de verdad?

Entonces Manuela se acerca a su oído y le contesta, en voz muy baja para que sus padres no la escuchen:

—Es el celular del abuelo Roberto —y también dice—: tiene crédito.

Como se ve, lo que va a pasar dentro de un rato no tiene nada que ver con un milagro, pero sigamos con los hechos naturales: en la que fue mi casa, en la que es mi casa, la mujer sigue con sus gritos. No son lamentos al azar, no son aullidos ni onomatopeyas salvajes, sino preguntas retóricas dirigidas a su esposo, en tono de reprobación y con timbre de barítono.

La mujer le reprocha al marido, en voz alta, la poca consideración que tuvo al no haber informado sobre su muerte, tan repentina y a destiempo. Se levanta del sillón y le habla. Las frases que dice no tienen sentido, por lo menos no en el terreno de la lógica, pero a la viuda le bastan y le sobran para desahogarse.

Ella sabe que gritar ¡por qué no me avisaste! no sirve para nada, pero lo dice de todas formas. Y lo repite, y lo repite una vez más, porque los reproches inútiles, en las casas vacías, suenan mejor con la insistencia.

Con el tiempo aprenderá a usar el pensamiento, a conversar en silencio, sin hacer uso de los gestos ni la boca, pero ahora la mujer es inexperta y le habla a su esposo a viva voz. Le habla al sillón, en realidad. Ya no le grita: de a poco la escena se convierte en una conversación típica del matrimonio, en una crisis menor, en uno de los muchos monólogos nocturnos en donde ella siempre gritó y el otro siempre hizo silencio.

—Siempre igual vos —le dice—. Cuando hay problemas, calladito.

En el coche dos de mis sobrinos duermen; Manuela no. Sigue mirando las luces por la ventanilla, con el teléfono todavía en la mano. Se llevó ese teléfono porque nadie más lo iba a usar, y porque ella todavía no tiene uno. Más tarde confesaría que no fue un robo: dos o tres veces quiso pedírselo a su mamá, pero ella siempre estaba llorando o dejándose abrazar por gente. En un momento se lo mostró a su abuela y le dijo, con mucha vergüenza:

—Chichita, ¿lo puedo usar yo ahora?

Y su abuela hizo que sí con la cabeza, pero era un sí a cualquier cosa, no estaba mirando a ninguna parte. Por eso ahora la chica piensa en la abuela triste, en su cara de agotamiento y pena, y siente culpa por haberla dejado sola, en Mercedes. Se despidieron en la puerta, sus padres le ofrecieron quedarse, o que se fueran todos a La Plata, pero la abuela no quiso:

—Alguna vez tengo que estar sola —dijo, y se encerró.

Su abuela es fuerte, piensa Manuela, ella no se habría animado a quedarse sola tan pronto. Es fuerte pero está triste. En once años, en toda su vida, Manuela no había visto nunca a Chichita con los ojos sin brillo. Entonces abre el teléfono y le escribe.

El hilo y las marionetas se unen en este segundo, porque al mismo tiempo que la nieta pulsa la primera letra del mensaje, la viuda, que conversa en casa con su esposo, le está pidiendo una señal al muerto.

—Dame una señal —dice la mujer, que es también mi madre, mirando el sillón vacío.

No es increíble, no es mágico que Manuela escriba su mensaje en este punto de la historia. Bien mirado, es natural. Es cierto que también pudo haber ocurrido primero una cosa y mucho después la otra, incluso con horas de diferencia, pero están pasando las dos a la vez y no debe asombrar a nadie.

La chica escribe en el coche mientras la mujer, en su casa, le pide a su marido —en voz muy alta— que le dé una señal. También le pregunta qué hará ella ahora, sin los hijos y sin él; cómo se recompone la rutina; dónde están las facturas y cómo se pagan; quiere saber si el tiempo cura; pretende que él la ayude a tramitar la pensión; le pide otra vez una señal; le dice que tendría que haber sido al revés, y dentro de veinte años; pero sobre todo al revés.

Mezcla la desesperación filosófica con el planteo doméstico, a veces en la misma frase. Habla con serenidad, pero ya sin control, a la vez que Manuela redacta una frase muy simple, de cuatro palabras, a sesenta kilómetros de allí:

—NO ESTÉS TRISTE, DESCANSÁ —es lo que escribe mi sobrina, y envía el mensaje. Después acomoda la cabeza en el hombro de su hermano, y se queda dormida.

Miremos por un instante cómo viaja el texto hasta un satélite, cómo rebota la frecuencia y se convierte enbytes. Veamos la escena desde todos los ángulos, para asegurarnos de que no hay milagro posible, que todo tiene la lógica del tiempo y del espacio.

Mientras las palabras de su nieta viajan en medio de la noche, la mujer sigue con su monólogo encendido. Sospecha que su esposo resultará un muerto tímido, como lo fue en vida, poco dado a lo trascendental, porque no aparece. Supone que le costará hacerse presente, dejarse ver. Y así se lo dice:

—Vos no sos la clase de tipo que se aparece después de muerto, yo sé que te da vergüenza, pero tenés que hacer un esfuerzo. Vos…

Entonces suena, en la casa vacía, el celular de la mujer. Ella se queda con la palabra en la boca y camina hacia el milagro falso, mientras se pone los lentes de leer de cerca. Observa, en la pantalla del teléfono, una frase imposible, en letras mayúsculas:

ROBERTO HA ENVIADO
UN MENSAJE DE TEXTO

La mujer, que es también mi madre, presiona un botón y repasa las cuatro palabras que hace diez segundos ha escrito Manuela desde el coche.

No estés triste, descansá.

Se queda un rato largo mirando la pantalla, con los dedos inmóviles. No parpadea ni respira. Tiene la luz verde del teléfono en los ojos, y los ojos muy abiertos.

Después la mujer sale del comedor más serena, sin mirar el sillón ni decir una palabra más. Tiene la garganta seca de tanto monólogo. Apaga las luces de la cocina, entra a su cuarto y se acuesta. Se queda dormida y descansa.

La historia acaba así, no hay nada más. Podría haber explicado el cuento omitiendo las escenas del coche, y habría salido una historia más o menos prodigiosa, con una viuda que pide una señal y un marido muerto que le responde. Pero no fue así. Conté las cosas como fueron, con el backstage incluido, porque las anécdotas son mejores cuando no tienen nada del otro mundo.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

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