EL CEREBRO TRIUNO

 

 

Jonny Martínez

 

Paul Mac Lean, celebre psicólogo, gran estudioso del cerebro humano, definió lo que se conoce como el cerebro triuno, este concepto distingue hasta tres niveles dentro del cerebro. Estos son el cerebro reptil, el cerebro limbico y el cerebro cortical. El reptil es la parte mas primitiva de nuestro cerebro, aquí se procesan los instintos básicos de la supervivencia, el deseo sexual, la búsqueda de comida, o las respuestas tipo pelea o huye.

Estas respuestas tienden a ser automáticas y programadas, muchos experimentos han demostrado que gran parte del comportamiento humano, se origina en zonas profundamente enterradas en el cerebro. Nuestro cerebro primitivo reptil que se remonta a más de doscientos años de evolución, aun dirige  parte de nuestro comportamiento, en cortejar, tener relaciones personales, elegir dirigentes  y es responsable de algunos de nuestros ritos y costumbres.

El sistema límbico está compuesto por un conjunto de estructuras cuya función está relacionada con las respuestas emocionales, el aprendizaje y la memoria. Nuestra personalidad, nuestros recuerdos y en definitiva el hecho de ser como somos, depende en gran medida del sistema límbico. Todo lo que ocurre en el medio exterior es procesado en nuestro cerebro límbico, dándole el matiz emocional al experimentarlo. Son comportamientos mamíferos: el amor, el odio, el altruismo, el deseo, los celos, la angustia, el temor, la culpa. Nuestro cerebro límbico, permite el clima emocional para propiciar la motivación al logro, ya que trabaja con una serie de neuroquímicos que propician el impulso para dar órdenes al cerebro reptil de movilizarse para efectuar el deseo, o lo que queremos alcanzar. A la forma efectiva de alcanzar lo que nos mueve o motiva se le ha denominado inteligencia motivacional.

Las emociones tienen un lenguaje que puede ser leído al igual que leemos un libro. Experimentar una emoción, vivirla, sentirla, concentrarte en el cuerpo, en la emoción, permite descifrar qué es lo que se siente. También se pueden pasar de un estado de ánimo a otro, en un determinado momento podemos estar melancólicos y al recibir una buena noticia pasar a estar feliz. A estos cambios de ánimo, y el poder experimentarlos sin negarlos, se le ha llamado Inteligencia Anímica e Inteligencia Afectiva respectivamente. Por último, el cerebro cortical, es el cerebro superior, el que nos distingue del resto de los animales. Es la culminación de la evolución. El neo-cortex ha alcanzado en el hombre una dimensión tan grande que debe plegarse sobre sí mismo para tener cabida dentro de nuestra cabeza. Es el más joven y de mayor evolución, el que permitió el desarrollo del Homo Sapiens. En él se encuentran las funciones más complejas, como son todos los procesos básicos, aprendizaje, memoria, razonamiento, entre otros. Se encuentra ubicado sobre el sistema límbico.

Según Mac Lean, en él se desarrollan una serie de células nerviosas dedicadas a la producción del lenguaje simbólico, a la función asociada a la lectura, escritura y aritmética. Está dividido en dos hemisferios, izquierdo y derecho, y es el que nos permite pensar, hablar, percibir, imaginar, analizar y comportarnos como seres civilizados. Recibe las primeras señales de los ojos, oídos y piel, ya que las del gusto y el olfato provienen del límbico. Es la parte del cerebro que nos permite tomar un plan de acción ante cualquier hecho, es donde nacen la inteligencias intrapersonal e interpersonal, además de llevarnos hacia el próximo paso de evolución humana.

 

Fuente: http://www.liderazgoymercadeo.com/

ESTÁ A NUESTRO ALCANCE

 

 

Graciela Goio

 

Cata es una mujer de sesenta y un años que ha perdido a quien fue su esposo durante treinta y nueve. Su reciente viudez la tiene desconcertada. ¿Qué hace con todo lo que no pudo decirle en vida a su compañero? ¿Qué hace con todo lo que ha estado ocupando su mundo interno creado por su pensamiento constante durante tantos años? Quiere contarle a la gente todo lo malo que ese hombre hizo durante todo ese tiempo y lo critica duramente.

 

Este no es un caso aislado, ni nos es ajeno. ¿Cuántas veces durante el día nos perdemos enredados en los molinos de nuestros pensamientos? Gran parte, estamos sumidos en imágenes, en escenas que se han desarrollado en nuestro pasado, reciente o lejano.

 

Aunque también nos perdemos imaginando un futuro cercano o no, adjudicándole características surgidas de nuestros miedos y creencias. Nada más inútil. Lo que pasó, no puede ser cambiado; lo sabemos. Podemos aprender, aceptar, perdonar, cambiar.

 

Todo lo que tenemos por delante no ha sucedido aún, no sabemos cómo se va a desarrollar; pero, en función de lo aprendido, podemos cocrearlo, imaginarlo (sin temores ni limitaciones) y actuar.

 

Pero, ¿cómo logramos desarmar ese mecanismo que tenemos tan profundamente asentado? Podemos recurrir a autores muy conocidos que nos ofrecen soluciones y maneras de lograrlo; meditar con persistencia y perseverancia para acceder al espacio entre pensamientos; acercarnos a grupos que estén trabajando en tal sentido; asistir a talleres que nos den herramientas. Algo muy práctico que tenemos a mano y a lo que podemos recurrir en todo momento, es enfocarnos en el presente con insistencia. Al comenzar el día, podemos fijarnos tareas diarias para lograrlo. Te doy algunas sugerencias: “Cuando atraviese una puerta, tomaré contacto con mi cuerpo, lo sentiré, respiraré”, o “Cada comienzo de hora, prestaré atención a mi cuerpo, lo sentiré, notaré el roce de mi ropa en mi cuerpo”. Al hacer esto sistemáticamente, iremos viendo avances y accederemos a estados de alivio y paz.

 

Es importante ayudarnos con las múltiples herramientas que están a nuestro alcance.

 

Comenzar ya, sin cuestionarnos ni juzgarnos. Dar el primer paso, con el que empieza todo camino. Lo que está frente a nosotros, aquello a lo que podemos acceder, está lleno de todas las posibilidades.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

LAS PARANOIAS DEL NUEVO RICO

 

 

Hernán Casciari

 

En la vidriera de Dolce & Gabanna hay carteras pequeñas, de piel, a 800 euros. A unos metros, en la vereda, un marroquí vende unas idénticas por 15. Como las carteritas de dentro y las de fuera tienen el mismo color, el mismo diseño y el mismo logo, por la tarde llega la policía. En un mundo sensato meterían preso al vendedor que no tiene escrúpulos. En este mundo, en cambio, se llevan esposado al marroquí, por molestar a los nuevos ricos con una realidad escandalosa: el verdadero precio de las carteras.

A los millonarios de toda la vida les importa un pito que la gente de a pie, la gente común, compre falsosRolex y falsos Ray Ban y complementos falsos de Armani. Ellos están en otra nube, viven en el limbo de los que consumen productos imposibles de falsificar. Mientras no haya vendedor ambulante capaz de imitar un yate, ni un chalet en la Costa Azul con catorce baños, los verdaderos ricos estarán tranquilos. No son ellos los que llaman a la policía para que apresen al marroquí que vende carteras. Entonces, ¿quién llama a la policía?

En España está ocurriendo un fenómeno singular (en Rusia dicen que también, pero yo solamente vivo en España). Aquí, en España, hay mucha gente que se está haciendo rica de golpe y porrazo. Se trata de ricos sin pedigrí, millonarios de sopetón, gente que no ha tenido una familia poderosa en el pasado ni una educación ricachona desde la cuna. Los nuevos ricos son, ante todo, ricos asustados de perder la brújula de un estatus que nunca merecieron.

El estatus es un galardón de prestigio, casi siempre falso, que se da en todas las clases sociales. Mi papá todavía cuenta con orgullo que, en la época de Alfonsín, robaba los desperdicios de otra gente y los metía en casa, a escondidas, para después salir a la calle con sus propias bolsas de basura y que el barrio lo viera. Tener algo que tirar, en ese tiempo y en aquella geografía, también era síntoma de estatus.

Así como mi padre falsificaba basura, en este tiempo el mercado de las falsificaciones se dedica a imitar productos llamados “de marca”. Esta práctica, que ocurre en todo el mundo gracias a la astucia de los chinos, está dejando al descubierto la paranoia de los nuevos ricos, a los que les cuesta mucho aceptar que haya personas pobres y sin suerte comprando sus mismos juguetes de fantasía.

El nuevo rico adquiere una carterita de 800 euros no porque le guste demasiado el producto en sí mismo, ni porque lo necesite, sino porque la carterita tiene un código común: la marca. Este símbolo indica su valor comercial en el mercado de las cosas. Se trata de un código no secreto, no oculto; un código que entenderá todo el mundo a simple vista. Es como si el producto tuviese el precio grabado a fuego y ellos pudieran así generar la envidia de los imbéciles.

Por una cuestión de reglas internas, los nuevos ricos no pueden decir que compran cosas únicamente por el precio inasequible. Entonces dicen que lo hacen por la calidad. Aseguran que se han comprado una cartera costosísima y de marca porque las costuras son mejores, o porque duran toda la vida. Sin embargo, y también por culpa de las reglas internas, a las cuatro semanas ya no pueden seguir usándola, pues ha aparecido otra mejor, o porque demasiada gente ya los ha visto con la primera.

El mercado de la falsificación es, entonces, el infierno de los superficiales. Lo peor que le puede pasar en la vida a un frívolo es que otro, por mucho menos, pueda ostentar sus mismos códigos de grandeza, y ensayar idénticos pavoneos, aunque sean imitaciones vulgares de los códigos reales, aunque las costuras sean pésimas y se destiñan al segundo lavado.

A los nuevos ricos no les importa realmente la calidad de lo que poseen: sólo les importa la seguridad de saber que nadie más que ellos pueden conseguirlo. Para ellos una “marca” indica la seguridad de la subsistencia, la grieta que los separa de la antigua vida de mortales corrientes. Recordemos que no han sido ricos siempre: son nuevos y torpes en el malabarismo de la opulencia. Hace no mucho eran envidiosos de los verdaderos ricos, eran resentidos fisgones de la vida de los otros. Por eso ahora se desesperan para no caer otra vez en la miseria.

Por eso cuando se topa con un marroquí que, en la vereda de enfrente, ofrece códigos de estatus a todo el mundo, y a un precio ínfimo y posible, el nuevo rico se siente estafado en su buena fe.

—Yo quiero que me estafe Dolce & Gabbanna —pareciera decir—, yo quiero que una cartera de mierda me cueste muchísimo dinero, necesito demostrar que puedo despilfarrar y alardear y pavonearme, pero no soporto que me estafen otros. Prefiero que me quiten el dinero, que me sobra, y no la autoestima, porque de eso tengo poco.

Se ha llegado a tal grado de frivolidad que hasta el que te rompe el culo tiene que ser alguien importante, para que valga la pena mostrar el culo roto como un trofeo. La riqueza y la pobreza muchas veces tienen una frontera azarosa. Si las chicas que esta semana han muerto de anorexia en Brasil hubieran nacido 400 kilómetros al sudoeste, serían las chicas que han muerto de hambre en Bolivia.

El nuevo rico lo sabe. Sabe que el azar ha provocado su buena racha, y no el esfuerzo. Sabe que la vida puede quitarle todo tan rápido como se lo ha dado. El nuevo rico necesita desmarcarse de la gente corriente. Porque el estatus —parecen decir los nuevos ricos— es poder elegir quién puede estafarte y quién no.

Parecen decir esto, pero en realidad dicen otra cosa. Lo que dicen es que hay que acabar con el mercado de la falsificación porque involucra la explotación de los chinos, pobrecitos, que están encerrados en los barcos y trabajan por un plato de arroz; dicen que el mercado negro es nefasto porque obliga a trabajar a los niños filipinos y eso a ellos (a los ricos) los hace llorar; dicen que las mafias de las marcas falsas acabarán un día con la bendición del libre comercio. Eso es lo que dicen cuando llaman a la policía desde sus teléfonos móviles, escondidos detrás de un árbol:

—¿Señor policía? Venga rápido a la esquina en la que estoy, puesto que hay un delincuente con una manta, en la calle, ofreciendo a la población cosas inútiles a precios razonables. ¡Apúrese, oficial, que hay muchos pobres a punto de convertirse en ricos falsos!

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

MIEDOS ÚTILES

 

 

Gabriel Sandler

 

Tienes miedos. Es normal, no te angusties. Tampoco te preocupes. Ocúpate, ni más ni menos. Y cuídate, simplemente, de que el miedo te resulte útil, que cumpla la función para cual está allí.

No permitas que te paralice. Aprovéchalo, escúchalo, aprende lo que el miedo esté invitándote a aprender, entrénate, practica, pide ayuda, comprende y recorre la corta distancia que existe entre tu razón y tu emoción y, agradeciéndole los servicios prestados, déjalo a un lado y siente como te alejas de la sensación de miedo, fortalecido, mejorado, atrevido y entusiasmado.

Muchas veces creemos que vivir sin miedos sería lo mejor que nos podría pasar. En realidad, lo mejor que nos puede pasar es reconocer que tenemos miedo, entender su causa, hacer lo que sea que haya que hacer y así, superarlo. ¿Que no puedas hacerlo solo? Eso no quiere decir que no puedas. Pide la ayuda adecuada si es necesario y, solo o con ayuda, siente la maravillosa libertad estallando dentro de ti al atravesar el miedo y dejarlo atrás.

 

Fuente: http://gabrielsandler.blogspot.com/

ELEGÍA

 

 

Miguel Hernández

 

Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.

 

Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento.

a las desalentadas amapolas

 

daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.

 

Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.

 

No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.

 

Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.

 

Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada,

temprano estás rodando por el suelo.

 

No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

 

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes

sedienta de catástrofes y hambrienta.

 

Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.

 

Quiero minar la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte y regresarte.

 

Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera

 

de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo de las rejas

de los enamorados labradores.

 

Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.

 

Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.

 

A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

 

Colaboración de José Chabert

 

Fuente: http://www.poesi.as/

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