MILLENNIALS

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Millennials, así, en inglés porque en castellano no da, son los que nacieron a mediados de la década de 1980, es decir que tenían unos quince años en 2000, pero comprende grosso modo a los nacidos entre 1980 y 1995, así que hoy tienen entre 25 y 40 años más o menos.

Le voy a pasar algunas de las características de los millennials que le hacen decir a Simon Sinek que se criaron bajo estrategias fallidas de educación. No todos, claro, pero muchos de ellos sufren una enfermedad que les impide salir de la adolescencia. Sus padres los convencieron de que basta con querer las cosas para tenerlas. Algunos ganaron premios no merecidos cuando sus padres se quejaron porque no los recibían. Hasta las notas del colegio son producto de las quejas paternas y no del estudio de los hijos. Y para que no se frustren se premia también a los peores, se borraron las sanciones y las exigencias y hasta los berrinches se volvieron expresiones de estados de ánimo que conviene respetar en lugar de corregirlas con un sopapo. Al dar a todos la misma medalla devaluamos las que les damos a los mejores. Y para colmo les dijimos a los peores que eso no importa y por eso se deprimen cuando se dan cuenta de que hay que trabajar duro en este mundo competitivo y cruel donde no todo es soplar y hacer botellas.

Viven en la cultura de WhatsApp, Facebook o Instagram, en la que todo es lindo, fácil y divertido… porque es mentira. A cada cosa que hacen o dicen, 300 amigos les contestan bieeeeeeeen, qué liiiiiiiiiiiiindo, wooooow… o los llenan de aplausos, corazoncitos y pulgares para arriba. Si en nuestra generación hubiera ocurrido eso, bastaba con mandarlos a freír buñuelos por zalameros.

En las conversaciones con sus mayores, incluidos sus padres, les alcanza con la excusa “estamos en el siglo XXI” para dar por buena cualquier estupidez que se les cuestione, porque ellos son los árbitros de toda la historia. Es cierto que el mundo cambió, pero lo que cambia del mundo son los estilos y los modos y no lo esencial de la condición humana ni la realidad de lo que acontece. Cambia el relato pero no cambia la historia. El mundo de los millennials se ha vuelto un relato como el que nos acostumbró la política: ya no importa si las cosas pasaron o no pasaron porque en tiempos de la posverdad lo que importa es lo que se dice que pasó.

Pero lo peor de esta generación es la superficialidad. Nada es profundo, nada es permanente, nada es del todo en serio, no hay compromisos ni otra actitud que los gustos propios. Las conversaciones –cara a cara o por redes sociales– son colecciones de autorreferencias aburridas y superfluas. Hablan mucho porque hablan de ellos, todo el tiempo y con todos.

Puedo seguir con cientos de síntomas de esta fatiga que me causan los millennials, pero se me acaba el espacio. Déjeme repetirle que la culpa es nuestra, de los de las generaciones anteriores. Quizá estemos a tiempo de hacer algo…

 

Fuente: http://www.larevista.ec

UNA CARTA PARA HUGO LAURENCENA

 

 

Hernán Casciari

 

Vamos a ver. Dejame que haga memoria. Esto que te voy a contar pasó hace casi quince años, en Buenos Aires. El kiosco estaba en Santa Fé casi esquina Cerrito. Un drugstore, toda la noche abierto. Vos venías de Alexis, haciendo zigzag y hablando solo. Un borracho más a las dos de la mañana, pensamos nosotros. Los ojos colorados, media sonrisa. No me acuerdo qué nos pediste: cigarrillos, lo más probable.

A esa hora no es difícil que se te pongan a hablar los borrachos. Estábamos acostumbrados. Chiri hacía los viernes horario nocturno en el drugstore, y yo le hacía al aguante. No tenía por qué, pero somos amigos desde la comunión, y ése no era un trabajo interesante; yo le daba charla, por lo menos. Vos apareciste borracho, pero con clase. Atrás tuyo entraron tres turistas ingleses (las dos minas estaban buenas). Nos dimos cuenta que tenías clase porque a las minas les decías chanchadas llenas de altura. No sé cómo vino la mano, pero al rato estábamos tomándonos con vos unas Coronitas en el mostrador.

No te creímos una sola palabra. Nada de nada. Nosotros, antes de que llegaras, estábamos escuchando a Piazzolla en un grabador. Todavía no se había muerto Piazzolla, estábamos en 1992, pero no era invierno. Cuando, en medio de tu borrachera, entendiste que aquello era La Muerte del Ángel, nos empezaste a hablar de Piazzolla, pero de un modo extraño. Como si lo conocieras. Chiri y yo nos mirábamos de reojo. Vos le decías «el Gato», y decías que habías comido con él en no sé dónde. Un borracho con imaginación.

Al rato nos empezamos a caer bien.

O nos caía bien la noche. Una de dos.

Dijiste:

—Tengo que volver a Alexis, pero en media hora vuelvo y nos vamos a mi casa a tomarnos la última — y te fuiste al cabaret, otra vez haciendo zigzag y hablando solo.

Chiri y yo teníamos poco más de veinte años. Ni vos tenías porte de puto viejo, ni nosotros de pendejos tiernos. Sin decirnos nada (nos conocemos desde la comunión) supimos que no nos querías coger. Que no iba por ahí. Que posiblemente todo era tan simple como que te querías tomar la penúltima en tu casa, y no estar solo. Si hubieras sido un borracho denso, si no hubieras dicho treinta cosas inteligentes en media hora, habríamos cerrado el kiosco sin esperarte.

Pero habías hablado, arrastrando todas las erres del mundo, de cosas importantes. Nos habías confesado que no entendías dos frases. Una: «Hace calor o soy yo». La otra: «Cualquier cosita llamáme». A nosotros nos pasaba lo mismo: no entendíamos cómo la gente era capaz de hablar sin entender, automáticamente, diciendo cosas que no tenían gollete. Pero solamente podíamos hablar entre nosotros sobre esas barbaridades. Por eso fue que cerramos el kiosco y te esperamos. Porque aunque estuvieras borracho y aunque nos mintieras una amistad con Piazzola, podías ver el mundo, el pequeño mundo, el más imbécil, tomándote unas Coronitas.

Volviste tarde de Alexis, haciendo zigzag. Metimos otras cervezas frescas en un bolso y te seguimos. Encaramos Cerrito. No me acuerdo por dónde fuimos, pero era cerca. Si tuviera un mapa (ahora vivo en Barcelona) o si estuviera Chiri, que se acuerda de todo, te decía por dónde fuimos, pero es una parte que se me escapa de la memoria.

Era cerca de una embajada, eso sí. ¿La de Israel? Antes de llegar, quisiste cruzar por otra parte, había una barranca importante y a la tarde había garuado. El tema es que resbalamos, los tres. En realidad resbalaste vos, te agarraste de mí, yo de Chiri, y nos fuimos todos en picada. Nos pusimos de barro hasta el culo, pero la risa que nos dio valió la pena.

La cara del portero de tu edificio fue para hacerle una foto. Cuando te vio llegar con nosotros, tu cara llena de barro, nuestros ojos llenos de risa, hizo un gesto de «otra vez, don Hugo, ya está usted grande». Tu portero te dio una botella de wisky casero, sin etiquetas. Dijo que alguien te lo había traido de regalo y lo había dejado en recepción. Nosotros mirábamos el edificio, demasiado imponente para que viviera ahí un borracho que no tenía dónde caerse muerto.

Yo te creí lo de Piazzolla cuando entré al atelier y vi, pegada en la pared con una chinche, una foto tuya sentado a la mesa con Fellini. La puta madre. Después vimos los cuadros. Estabas terminando la serie de los zapatos. No me acuerdo si el Autorretrato estaba allí, o si lo vi más tarde, otro año, en otra parte.

Nos sentamos en unos sillones. Pusiste de fondo la MTV. Ni siquiera me acordaba al día siguiente de qué hablamos todo ese tiempo. Así que es imposible que me acuerde ahora. Desde que llegamos, borrachos paulatinos también nosotros, todo se me desdibuja. Solamente me queda una sensación de pequeño viaje al fondo de Buenos Aires, de conversación fluida, hiperactiva y absurda.

Creo que nunca supiste nuestros nombres. Nosotros te los dijimos un par de veces, porque vos lo preguntabas bastante, como cualquier borracho. Pero también como cualquier borracho nos bautizaste. Toda esa noche fuimos Tito y Cepillo. A mí me pusiste Cepillo porque tenía el pelo gracioso. Al Chiri no sé por qué lo bautizaste Tito.

El milagro de entrecasa ocurrió ya entrada la madrugada. Hablábamos de algo y dijiste que habías nacido el 16 de marzo. Obviamente, dije “yo también” con la sorpresa que te da descubrir esas idioteces en medio de la borrachera, en medio de las grandes ocasiones. Hiciste un escándalo. Me pediste los documentos, te cercioraste, después nos abrazamos y dijimos que éramos hermanos. Para festejar nos llevaste a la azotea. Vos corregime si me equivoco, pero creo que estábamos en un piso 25. Por lo menos eso parecía. Ya en la terraza, incluso nos subimos al techito del ascensor. Más arriba no podíamos estar.

Yo jamás había visto Buenos Aires de ese modo. Chiri tampoco. Había un viento que acá en Barcelona no hay. Tampoco hay noches así, en el primer mundo. Además teníamos veinte años, y teníamos la cabeza llena de cosas. Proyectos, guiones, novelas. No éramos porteños, para que se entienda. Estábamos convencidos que íbamos a vivir de escribir, tarde o temprano. Y vos nos subiste a la parte más alta de una ciudad hermosa, y abriste ese wisky de regalo.

Me acuerdo unas pocas cosas más. Me acuerdo que cada vez estabas más borracho, pero que nunca perdías la clase. Me acuerdo de haber pensado: «Qué lástima, Hugo mañana no se va a acordar de todo esto». (Uno de los motivos por el que te escribo es solamente para que te acuerdes.)

Había una bombita de veinte, encendida, colgando en la terraza. Detrás, todas las luces de la ciudad. Te la quedaste mirando un segundo, nos la señalaste, nos advertiste de su presencia invisible. Dijiste:

—¡Miren la impertinencia de ese foquito!

Esa boludez nos quedó grabada, a Chiri y a mí, durante todos estos años. Me parece que descubrimos que la gente que pinta ve otra cosa, ve distinto de lo que ve la gente que escribe. Descubrimos, en ese segundo, que no había otra palabra posible para ese foco: era impertinente, y era maravilloso que un pintor, incluso borracho, lo supiera tan fácil.

Nos despediste en el ascensor de la terraza. Ni siquera volvimos al atelier. Vos querías seguir, pero Chiri tenía que volver al kiosco temprano. Antes de irnos, nos pusiste de espaldas, mirando Buenos Aires y dijiste textualmente:

—Todo esto es de ustedes, Tito y Cepillo. Dios no tiene nada malo para ustedes dos.

Bajamos. Nos fuimos a casa, llenos de barro y con la cabeza como dos tambores. Durante algunos días nos llamábamos a nosotros mismos Tito y Cepillo. Durante algunos días le contamos a nuestros amigos esa noche, que parecía un cuento. Y estábamos contentos de haber sido tus amigos esas cuatro o cinco horas.

Durante mucho tiempo quise escribir algo con esto que rememoro hoy. Nunca lo hice, porque no creo que pueda explicar qué tuvo de raro, o qué tiene ahora de milagro. Las palabras no sirven para todo. Contártelo esta noche (que he encontrado tu web con un formulario de contacto) es una manera de no quedarme con las ganas de haberlo escrito. Además sigo pensando que vos no te acordás —que no te acordaste nunca—, y no está mal que casi quince años después te lleguen estas incoherencias a la memoria como si fueran un déjà vu.

Para mí Buenos Aires se puede resumir en esa noche. Todo lo bueno que te puede pasar con un desconocido, pasó ahí. Para nosotros siempre fue un acontecimiento onírico, un hecho inicial. Algo ya nos decía, por esas épocas, que el mundo era maravilloso. Y vos viniste a decirnos que además era nuestro.

Un gran abrazo, Hugo.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

EL PUCHERO MISTERIOSO

 

 

Gino Winter

 

Una mala racha impresionante me había dejado otra vez al borde del desalojo y de la inanición, obligándome a aceptar trabajos no muy confiables. No es que yo sea antisemita ni neonazi —es más, en mi país algunos pensaban que yo era del pueblo elegido—, sólo sucede que mi relación con los judíos siempre ha sido un tema cinemático, de velocidades variables: me cobran demasiado rápido y demoran una eternidad para pagarme. El problema es que, a diferencia de las veces anteriores en que me topé con rabinos y jacoibos duros de codo, pero honrados —a uno le decían el Canguro, porque las manos no le llegaban al bolsillo— esta vez me tocó trabajar para Salomón Wainstein, un hebreo que, aparte de comerciante y promotor de eventos, resultó siendo mago, pues el día de pago simplemente dio media vuelta y se esfumó, dejando a este pobre dreamer —y a todo su equipo de indocumentados— con una mano atrás y la otra adelante.

Peiné varias veces —a bordo de mi viejo Volvo— el área de las sinagogas en North Miami Beach, buscando al susodicho escapista, pero, viendo que la aguja del indicador de gasolina empezó a tender a cero, decidí abandonar la búsqueda y partir para Hialeah, a casa de mi amigo Elio Ravina, un simpático argentino —si me permiten el oxímoron— mezcla de tano y gallego, con la esperanza de que me facilitara algunos dólares de los varios que me debía.

Era la cuarta vez que iba a Hialeah; las tres primeras veces me perdí, ya que muchas de las casas tienen dos y hasta tres direcciones —hay varias versiones de por qué ocurre este despropósito, la más arraigada es que fue diseñada por cubanos, sorry— y en esos tiempos no existía GPS, pues sólo lo tenía la CIA y yo apenas contaba con un viejo plano de gasolinera que estaba casi ilegible de tantos dobleces que le habían hecho mis diferentes copilotas.

Ingresé la dirección de Elio en el Google Maps de mi teléfono coreano, rogando que no me enviara al desvío, pues tenía la gasolina justa. El sistema demoró unos dos minutos en responderme, lo cual, tratándose de una dirección de Hialeah, resultó bastante satisfactorio. Accioné el mando de navegación y empecé a recibir las primeras instrucciones: “Storne a la sinistra con direzzione verso la settanta e uno ti aka stritte, luogo prenda i due carrile di la destra per stornare a la destra col direzzione a la nove venti quattro Gratigny Parkaweique…” (Parece que la vícti… digo, el anterior propietario del teléfono, era italiano; yo hasta ahora no sé cómo ponerlo en español o inglés y ya me estoy acostumbrando a la dolce voz de la locutora y hasta imagino que es Mónica Bellucci que me está hablando y como que me contento y luego tengo que recular porque ya me pasé…)

Luego de un par de ajustes de la italiana (“ricalcolando”) pude llegar a la casa de Elio, a quien encontré sin luz, sin agua y sin plata, con el estómago vacío: “A que palo te arrimás, che, por acá la cosa está más dura que sorete de pingüino…”, me dijo, con acento milonguero, “Disculpáme fiera, pero sho lo único que puedo hacer por vos, en este aciago día, es invitarte un puchero misterioso…”

Junté todas las monedas que tenía en la consola y en el cenicero del viejo Volvo, y fuimos a un Seven-Eleven, donde de mala gana me vendieron medio tanque de gasolina. Ya más tranquilo con el combustible y siguiendo las instrucciones esotéricas de Elio, llegamos a un chalet rosado, grande, descolorido, en cuyo interior funcionaba una fonda clandestina sin nombre oficial, a la cual los parroquianos llamaban “El Puchero misterioso”, en virtud a la especialidad de la casa: un plato económico que figuraba en el menú como “sopa variada”, pero debido a su color, sabor y consistencia, y a que nadie sabía que ingredientes llevaba, el platillo era un misterio, que tanto atraía como preocupaba. Doña Fulvia, la dueña, nunca estuvo dispuesta a revelar su secreto: “Verduras y carnes diversas, a la pinareña” decía.

El interior del local era vetusto, pero se suponía limpio y se trataba realmente de una vivienda improvisada en fonda, con mesas y sillas de diferente color y tamaño, algunas con brazos, otras —giratorias— parecían de oficina. Una de las mesas tenía una banca de parque, esas pesadísimas de hierro y madera, con registro y todo. En las paredes había afiches sin marco de la Sonora Matancera, Willy Chirino, Ironman y Miami Sound Machine. En fin, no se podía pedir una decoración más ecléctica. De los baños prefiero no hablar, pues debe de haber algunos más decentes en las prisiones filipinas.

Cruzando el jardín interior, de tierra, con una que otra plantita lúgubre, encontrabas en el fondo una habitación prefabricada donde se había improvisado la cocina, con aire acondicionado portátil. El chef era un negro de casi dos metros de altura y otros dos de panza. Tenía una uña   morada incrustada en su pulgar (tenía un solo pulgar, no recuerdo en cual mano), un machete y un delantal turbio, de color indefinido, que lo hacían lucir como si viniera de asesinar a alguien.

Elio trataba de confortarme señalándome los lindos floreros de plástico con rosas sintéticas, los bellos cubiertos de diferentes tamaños y variados modelos, con inscripciones Lufthansa, KLM, Avianca, Aeropostale, United, etc. y platos, tasas y vasos con logotipos de diferentes hoteles miamenses y caribeños.

Elio se acercó al mostrador de la entrada y solicitó nuestro almuerzo: Dos ‘‘sopas variadas’’, un plato de moros y cristianos (arroz con frijoles), para compartir, y café.

Luego de una corta espera, una linda morena cubana hizo temblar nuestra mesa con el caminao de sus caderas, y, luego de servirnos los platillos, se agachó para poner en una de las patas, una cajetilla vacía de Marlboro, doblada a manera de cuña, para equilibrarla. Las caras de los comensales de las mesas situadas a la espalda de la cubana, dieron fe del magnífico espectá-culo…

El puchero estaba tan caliente que parecía que no había dejado de hervir; tenía un sospechoso color marrón, con visos amarillentos o verdosos… violáceos… la verdad es que nunca he podido describir ese color y por eso decidí mezclar todo con la cuchara, tratando de que no se hundieran los trozos de pan frito de la superficie, porque después no los iba poder encontrar. Aun así su consistencia era variada, pues mi cuchara encontraba zonas de mayor viscosidad que otras, en el mismo plato. Podías encontrar algunos fideos, también eclécticos: un par de farfalle o corbatitas por ahí, un penne o canuto más allá, un fusilli … en fin, (a  Elio le tocaron una R y una N —o quizás era una Z—, dos letras).

—Tenés que soplar la cuchara, si no esta macana no se enfría nunca— me aconsejó Elio, haciendo lo propio.

No soplaba una cuchara desde la vez que, de niño, mi abuelo me tiró un coscorrón por hacerlo, pero la verdad es que el puchero no dejaba de humear, parecía hecho con lava hawaiana viva.

Después de dos o tres quemadas de lengua, pude probar el sabor del bendito puchero, que me pareció una mezcla de menestrón, licuado con sopa de mollejas, quizás con lentejas o garbanzos, kión, no sé; pero a pesar de su apariencia, no se podía decir que supiera mal; era más bien reconfortante y tan contundente que no lo llegué a terminar y de los moros y cristianos solo pude probar un par de cucharadas.

Llegaron los cafés y nadie se inmutó cuando Elio encendió un Gitanes, cigarrillo francés, provisto por la misma azafata venezolana que proveía los cubiertos y la vajilla de la fonda.

Una larga tertulia hizo que repitiéramos el café —estábamos tan llenos que nos daba flojera pararnos— y gran parte de la conversa trató sobre los posibles ingredientes del puchero misterioso y los posibles escondites del tal Wainstein. Por nuestro lado pasaban los otros platillos, especialidades de la casa: Bistec de hígado a la plancha, riñón encebollado, chinchulines, palomilla a caballo, vaca frita, ropa vieja.

—¿Qué fue, asere, ya no se matricula usté con su puchero misterioso?— le gritó un gordito cubano, cuñado de la dueña, desde el mostrador, a un compatriota que recibía su bistec.

—Na na ná, mi socio, hasta la uña psicodélica le pasé por alto al negro ese, pero ya me soplaron quél nunca toma de su menjunje, así que mejó co’tamos po’ lo sano…

Salimos de la fonda como quien regresa a la tercera dimensión. Dejé a Elio en su casa y partí hacia la Palmetto Highway, con dirección a Kendall. Nunca pude cobrar esas dos semanas que trabajé para el escurridizo Wanstein.

Varias veces caí por la fonda, siempre con Elio, y llegué a probar todas sus especialidades; Elio decía que el Puchero misterioso tenía su magia de atracción; yo más bien creo que la de la magia era Raquel, la mesera cubana que ponía las cuñas de cartón para equilibrar las mesas cojas.

Pero la felicidad nunca es eterna, y para mí siempre ha sido efímera; una mañana, desayunando en una bakery cubana de la Miller Plaza, una noticia en los televisores del local hizo que todos los comensales pusiéramos cara de estar chupando limón: Una banda de comercializadores ilegales de órganos humanos, que operaba en la morgue del famoso Mount Sinaí Hospital de Miami, había sido desarticulada por la policía. La banda sustraía restos de hígados, riñones, estómagos, intestinos, fetos y placentas, que estaban destinados a las empresas especializadas en la eliminación higiénica de desechos de las salas de operaciones, y las vendían a un laboratorio de cosméticos clandestino y a un número indeterminado de restaurantes, de los llamados típicos o étnicos. Entre los detenidos estaba el cabecilla, Salomón Wanstein y tres de sus secuaces, uno de los cuales —lo reconocí— era el cuñado de doña Fulvia, la dueña de El Puchero Misterioso.

Fuente: http://suburbano.net

HISTORIAS QUE MATAN

 

 

Jorge Martillo Monserrate

 

“Caminando por la ciudad uno imagina o encuentra historias y personajes. Por eso te vuelvo a declarar:

Guayaquil, me matas; la vida y la muerte están en tus calles”.

 

Leyenda de amor.

 

Aquella noche en que los españoles incendian la aldea, el cacique Guayas descansa junto a Quil. La salvación es huir a la isla Santay. Lo hace Quil  acompañada de dos remeros. El cacique ve el fuego que cada vez está más cerca. Intenta abordar la nave, lucha pero es sometido. Mientras los remeros bogan por el río Guayas con Quil de tripulante, los españoles interrogan a Guayas interesados por los tesoros, este promete entregárselos, pero que lo dejen libre junto a Quil.  Los españoles la atrapan a orillas de la Santay y exigen: “Venga el tesoro o Quil muere, nos vas a dar, ella pesa en oro”. Un soldado la levanta y dice: “Pesa ciento diez libras”.

 

Guayas informa al jefe español que el tesoro está bajo una roca y presta un puñal para levantar esa piedra. Cuando le entregan el arma, se lanza sobre la desmayada Quil y le hunde el puñal en el corazón. Luego hiere su pecho y antes de desplomarse dice que él tenía dos tesoros: su cabaña que acaban de incendiar y a Quil, que ha matado para llevarla a la Mansión del Sol.

 

Los españoles con el oro en su poder abandonan los cuerpos. Horas más tarde, un huancavilca encuentra los cuerpos de los amantes. Cava dos fosas al pie de la colina Santa Ana y cuando va a enterrar al cacique Guayas, descubre que está vivo y se lo lleva consigo.

 

Al mando del capitán Daza, los españoles se establecen en las márgenes del río Guayas. Dos meses después, 16 cabañas están habitadas por 75 invasores españoles. Pero los huancavilcas no olvidan aquella afrenta mientras su cacique Guayas recupera sus fuerzas.

 

Ocho meses después, 2.000 huancavilcas rodean e incendian la población que en instantes queda en cenizas. 70 españoles mueren, 5 logran escapar. El caserío llamado Guayaquil queda en escombros.

 

El cacique Guayas, satisfecho de su venganza, visita el sitio donde estaba enterrada Quil y llora hasta la aurora. A primeras horas del siguiente día, sube a la cima del cerro Santa Ana, ve las mansas aguas del río Guayas y se lanza al abismo. Nuestra legendaria fundación fue una trágica historia de amor.

 

Espera a son de blues.

 

La noche es negra como pelaje de loba. A bajo volumen suena  All blues  y es como si Miles Davis marcara los compases de Justine, que espera fumando su séptimo cigarrillo. El humo dibuja formas extrañas y expande su olor. Ella desde lo alto de la ventana fija su mirada en una calle vacía de Guayaquil.

 

Una lámpara ilumina al cenicero convertido en cementerio de puchos abatidos como amantes desolados. Al lado reposa una botella con cinco dedos de vino y dos copas, una llena y otra ya vacía.

 

La noche y los cigarrillos se consumen. Ella observa la nada y siente la desolación de su lecho. En las últimas chupadas, el tabaco le sabe a mierda de vaca. Justine observa la camisa que descansa sobre el respaldar de la silla. Sus pies descalzos sienten las baldosas frías de muerte y derrota. Y     All blues   le suena a un homenaje mortuorio al cuerpo amado pero ausente.

 

Al terminar    All blues,  Justine apaga el cigarrillo que le sabía a mierda de vaca, ella como otras noches debería apagar la luz y ponerse aquella camisa para dormir y sentirse abrazada por el perfume de su amante ausente.

 

Pero esa noche negra como pelaje de loba, Justine no decide si aullar de soledad o lanzarse a volar por la ventana.

 

Viviendo en el mall.

 

Guayaquil deja de existir cuando entra al mall. Sabe que se encontrará con sus amigos. Jubilados, viudos o desempleados que ya nadie emplea por viejos. Antes se reunían en bares y cafeterías, mentideros para hablar de política, fútbol y mujeres. Pero Guayaquil se volvió peligrosa. Se sienta, abre el periódico y mientras espera, observa a las mujeres bonitas. Mirar no hace daño, tampoco leer el periódico de cabo a rabo. Cuando en los obituarios encuentra a un conocido que emprendió el último viaje, agradece a Dios por amanecer vivo.

 

Muy cerca, una mujer de anteojos y bolso inmenso se sienta bajo una palmera ornamental y discretamente desaloja los pies de sus zapatos. Aliviada respira hondo. Más allá descubre al señor que ve todos los días. Desde que se jubiló vive en casa de su hija y se siente como diabla en botella. Pero Guayaquil y su gente han cambiado. Se siente más segura en el mall y prefiere el aire acondicionado al calor infernal de las calles. Cuando llegue su comadre tomarán un café y conversarán. Mientras tanto, de reojo, ve que el señor del bastón sigue leyendo el periódico.

 

Todos los días, al final de la tarde, el señor del bastón y la jubilada retornan solos a casa. Todas las noches, cuando los centros comerciales se cierran, sus visitantes abandonan esa cápsula de vidrio con aire acondicionado. Caminan por aquellas aceras y calles marcadas por cicatrices y encantos urbanos. Es cuando Guayaquil les abre los brazos de asfalto y los acoge en su vientre oloroso a río y estero. Guayaquil, me matas.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

CANARIO VIEJO

 

 

Juan José Morosoli

 

Cuando Toledo embarcó en “Las Palmas” traía “lo puesto”.

 

-Llevás poco, le dijo el padre.

 

Y él contestó:

 

-Con menos me van a enterrar.

 

Lo puesto y en el bolsillo del saco unas pesetas y un trozo de lino “sin pecar’ que guardaba un poco de levadura.

 

-De esta levadura han comido todos los Toledos, le dijo la madre.

 

-Sí, dijo el padre, llevás con ella tierra y sudor del primer Toledo.

 

Bien sabía él esto. Cuando un hijo se casaba los padres le entregaban un poco de aquella masa. La novia traía luego una porción igual. El más viejo de la familia las unía juntando así la sangre y el sudor y la tierra de dos estirpes.

 

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Aquí formó chacra, se casó, crió hijos y le nacieron nietos. La chacra fue punteándose dc ranchos. Se agrandaban rastrojos, caminaban los arados mordiendo estancias. Los Toledos desbordaban los viejos límites paternos, invadiendo lentamente los campos vírgenes.

 

De la vieja levadura que cruzó el mar se desprendían trozos bautizando ranchos nuevos. Antes que las novias llegaban aquellos trozos.

 

Luego venían ellas con el suyo para que Toledo viejo juntara los pedazos.

 

Era un casamiento que ejecutaba Toledo antes que el cura y el juez realizaran la ceremonia nupcial.

 

Toledo sentenciaba dirigiéndose al hijo o al nieto en trance de formar familia:

 

-Ahora ya tenés todo: novia, rancho y semilla de pan…

 

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No trabajaba casi, ahora. Pero los ritos agrados los realizaba él. La primera arada, a veces unos pocos metros -“la cabeza de la Melga”- la abría él. Siempre el día que moría Dios. Luego tiraba unas semillas el día de la resurrección, a las diez de la mañana, encomendando ¡a siembra al resucitado.

 

Cuando él vuelva a la tierra ya se encuentra con ellas, decía…

 

Después se iban al rancho viejo -el primero que se levantó en el campo- y daban cuenta de lechones, patos y tortas “rellenas de cuanta cosa hay”.

 

Las familias iban agrandando aquella chacra enorme. El solía subir por las escaleras rústicas de varejones tortuosos acostadas en los pajeros, a mirar los ranchos distantes que antes que la tierra empezaban a levantar humo en los amaneceres de otoño.

 

Tenía la cabeza blanca. Los mechones de cabello medio amarillos del humazo desbordaban la vincha de cinco dedos de ancho, derramándose hasta tocar los hombros.

 

-Parece mentira!- pensaba…- ¡Lo que sale de un solo hombre!…

 

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Una mañana aparecieron el Juez de Paz y el Comisario. Toledo se asombró. Nunca habían llegado allí “las autoridades”. En sus ranchos nunca hubo muertes por desangre.

 

Saludaron los hombres.

 

Toledo estaba ceñudo, convencido que estaba asistiendo a un hecho capaz de cambiar vidas y destinos.

 

-No les mando dentrar -dijo- porque adentro está la familia…

 

Esperaba una revelación terrible como un rayo. Que le tocara a él nomás entonces.

 

-Queremos hablar con don Juan Pedro, dijo el Juez.

 

-Yo soy el padre, respondió Toledo.

 

-Sí… Sí. Pero Juan Pedro tiene cincuenta años, sonrió el Juez…

 

-Pero yo tengo más…

 

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Cuando vino Juan Pedro le dieron la noticia terrible:

 

-Tiene que mandar los hijos a la escuela… Es una ley…

 

-Nosotros, dijo Toledo viejo, no queremos saber escribir…

 

-Es una ley…

 

Si no iban los irían a buscar con la policía. Todos los niños tenían que ir a la escuela.

 

Toledo viejo, abrumado por aquella orden, entró a los ranchos.

 

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Ahora ya no gozaba de aquellos amaneceres con voces y silbidos de los nietos.

 

Sólo tenían presencia en el campo despierto, los pájaros y las nieblas que se elevaban luego de los rocíos, como nubes muertas sobre la tierra caliente, llamadas por el sol, y los bueyes que iban saliendo de los pajeros tibios levantando ellos también vahos azules por los hocicos calientes.

 

Empezaban a salir de los ranchos los nietos con sus guardapolvos blancos y se llevaban la mañana con ellos.

 

Toledo no podía ver este éxodo de los niños y se arrimaba a ”las casas”.

 

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Todos los días compraban rollos de alambre de púa para atajar las boyadas ociosas. Antes las pastoreaban los niños en el borde mismo de los bancales de trigo.

 

Toledo sentado frente a los tartagales viajaba por la historia de todas las familias vecinas.

 

Todas sin excepción habían mandado sus hijos a la escuela. Todos habían visto deshacerse hábitos, costumbres.

 

A algunas se les iban los hijos al pueblo cansados de ser chacareros. Las muchachas se casaban con los mercachifles o los peluqueros de los almacenes.

 

-Chacra donde entra la escuela se la lleva el diablo, sentenciaba.

 

Ni siquiera podía desahogarse con los hijos.

 

-Pero tata, decía Juan Pedro, dir a la escuela no es morirse…

 

El viejo salía otra vez. Caminaba. Ya no tenía el pierde-tiempo feliz del nieterío…

 

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Aquella mañana vio una cosa que le asombró.

 

Por el trillo se acercaba la jardinera del panadero. Los caballos con arreos punteados de bronce reluciente, los cascabeles de los collares reventando flores de luz con el sol de la mañana, se acercaba despertando la chacra en silencio tras la partida de los niños.

 

-¿Y esto?, preguntó a Juan Pedro.

 

-Semos menos a trabajar… La mujer está cansada de amasar..

 

-Pero, dijo Toledo, ¿vas a dejar morir la levadura? Juan Pedro no pareció entender.

 

-Y… respondió, cuando queremos amasar se la compramos al hombre…

 

A los pocos días deshicieron el horno.

 

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Toledo empezó a andar como perdido. A veces llegaba a almorzar cuando los otros terminaban. No conversaba casi. Fumaba y fumaba alejado de las casas, recostado a los pajeros distantes.

 

-Se nos va a morir de cismar, dijo Juan Pedro.

 

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Y de cismar se murió.

 

 

Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/

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