EL Y YO

 

 

Alberto Moravia

 

Comencé a hablar solo poco después de que mi mujer me dejara, porque según decía, estaba hasta las narices de mi silencio. Y es verdad, era silencioso con ella, como, por otra parte, lo era con todos; pero era silencioso porque la quería. Cuando se quiere a alguien no hacen falta las palabras, ¿no? Basta con estar junto a esa persona, mirarla, sentir que está ahí. Silencioso con ella, incluso tal vez demasiado, me convertí en un parlanchín conmigo mismo, como ya he dicho, apenas ella me abandonó. Soy zapatero y el oficio de zapatero, ya se sabe, requiere concentración, aunque no sea más que porque trabajar el cuero requiere finura y ay de ti si te equivocas: el pie no admite errores. Así, cuando regresaba a casa, con los ojos irritados, la cabeza medio perdida a causa de los martillazos, los labios insensibles de tantos clavos como me meto en la boca para humedecerlos antes de fijarlos en las suelas, hubiera querido encontrar una sonrisa, una palabra amable, un beso en la frente, una sopa calentita. En vez de eso, nada de nada. Sólo, en la oscuridad, la gotera en la cocina del grifo de agua potable. Ahora bien, si el silencio es una buena cosa cuando se está junto a una persona a la que se quiere y se sabe que en cuanto uno lo quiera, puede charlar con ella, pero es un tormento cuando nos viene impuesto. Así, luego de que mi mujer volviera con su madre, preparándome a solas la cena en la cocina y comiéndomela después, a solas también, sentado en el canto de la mesa, despacito, casi sin darme cuenta, comencé a hablar conmigo en alta voz.

 

 

Al principio decía cosas impersonales, sin de verdad dirigirme ni a mí mismo ni a nadie. Decía por ejemplo: “¡Cuánto frío hace en esta casa, dios mío, cuánto!”, o “si no fuese porque las ratas trastean entre el techo y el tejado, aquí dentro no habría otro ruido que el de la gotera del grifo”, o incluso: “La cama está deshecha desde la mañana. Tranquilo, ahora ya es demasiado tarde, mañana la haré”. Hablaba en voz alta, alguna vez altísima, por más que las cosas fueran insignificantes; me gustaba sin embargo oír resonar mi voz entre aquellas paredes desiertas. Después, un buen día, llegué a decirme: “el vino es bueno, consuela, te bebes un litro y dejas atrás los sinsabores”, y de golpe, no sé cómo, me vinieron ganas de responderme, en voz alta. “Guillermo, coño, eres un desgraciado y lo sabes. Sí, el vino será todo lo bueno que quieras, pero consolar no consuela. Te puedes beber una damajuana pero no serás capaz de olvidarte de tu mujer y del hecho de que te haya dejado. Sí, ya te digo, el vino será todo lo bueno que quieras, pero la compañía de una mujer que te quiera es mucho mejor”. La verdad de estas palabras me golpeó y respondí, es decir, mi propia voz respondió: “Llevas razón, pero en fin, ¿qué es lo que me queda ahora? Tengo cincuenta años y mi mujer, de veinticinco, me ha dejado. ¿Dónde encontraré otra que quiera estar conmigo? Ahora no tengo más que el vino.”. Y otra voz: “Venga ya, no te hagas ahora el filósofo. Sabes mejor que nadie que no has renunciado a tu mujer”. Y yo: “¿Eso quién lo ha dicho? Vaya si he renunciado”. Y él: “No, no has renunciado. Si lo hubieras hecho no estarías todo el rato suspirando al pensar en ella, allí donde te coja, ya sea en el baño, ya en las escaleras de casa”. En fin, que tenía dos voces, una que hablaba, por así decir, desde mí mismo, y otra que hablaba como si fuera otro que era yo mismo y al mismo tiempo no lo era. Fue así que sin darme cuenta, pasé del monólogo al diálogo, es decir de hablar a solas a discutir a solas.

 

 

Por otra parte estas discusiones no siempre eran discusiones. A veces nos poníamos de acuerdo él y yo. Por ejemplo, la tarde, después de haberme bebido aquel litro y medio o dos litros, me fui al cuarto y allí, ante el espejo del armario, me puse a hacer muecas, por reírme un rato. Él dijo entonces: “Estamos como siempre. Has bebido. Menos mal que estás en casa y no por esas calles de dios. Has bebido y no te tienes en pie. ¿No te da vergüenza a tu edad?”, no sin un puntito de complacencia en la voz. Anduvimos más o menos de acuerdo, quizás un par de meses, hasta que una noche en la que había mamado más de lo habitual, una garrafa enterita, mirándome al espejo y sacando la lengua, me quedé de piedra al comprobar que él estaba serio y compuesto, sin sacar la lengua ni abrir la boca. Después, habiéndome mirado con compasión durante un buen rato, dijo. “Guillermo, me tienes hasta el gorro”. Yo le pregunté: “¿Cómo es eso?”. Y él me respondió: “Porque en vez de luchar, pasas de todo. Te has resignado a estar sin tu mujer, te has convertido en un borrachuzo e incluso has perdido el cariño por tu trabajo”. “¿Eso quién lo dice?”. “Yo te lo digo. En el barrio todos saben que bebes y los zapatos se los arreglan donde sea. ¿Sabes en qué te has convertido?: en una piltrafa humana”.

 

 

Aquello me sentó mal y me rasqué la cabeza. Luego pregunté: “Bah, entonces ¿qué es lo que según tú, tendría que hacer?”. “Luchar, rebelarte, salir adelante”. “Pero ¿para qué?”. “Coño, para qué va a ser, para tener tu mujer en casa; y, ya que sin ella no sabes vivir, trata de verla de nuevo. ¿No sigues siendo su marido? ¿No tienes todo el derecho de tenerla a tu lado?. Pues bien, muévete, cojones, haz algo”. “Pero ¿qué es lo que puedo hacer?”. “¿Que qué debes hacer? Joder, lo sabes muy bien”. “No, te lo juro, no tengo ni idea de qué hacer”. Y él, mirándome fijo: “Lo que debes hacer es conseguir que ella vuelva a casa, por las buenas o por las malas”. Dijo estas palabras con un tono particular, que, lo confieso, me dio miedo. Le respondí: “Por las buenas ya lo he intentado y por las malas no quiero ni siquiera pensarlo. No quiero hacer nada malo”. Me parecía haber dicho algo justo, convincente, pero él agachó la cabeza y dijo, amenazante: “Bueno, va, tú mismo. No se hable más del asunto”. En ese momento desapareció del espejo y me volví a quedar solo.

 

 

Me tumbé pensativo. Apenas había apagado la luz, cuando he aquí que su voz recomienza en la oscuridad: “Ahora que estás más tranquilo y se te ha pasado ya la resaca, te diré lo que tienes que hacer para volver a ver a tu mujer. Pero no me interrumpas, escúchame hasta el final”. Le respondí que hablase, joder, que lo escucharía, y él entre bromas y veras me dijo que a la mañana siguiente debía ir a la zapatería, coger la lezna, acercarme adonde mi mujer, ponerle la lezna en las narices e intimidarla con un “o te vienes a casa ya pero ya, o si no ya ves lo que te espera”. Yo le respondí rápidamente, a oscuras: “Pero ¿tú estás majara? Eso ni pensarlo siquiera. Quiero volver con mi mujer, eso está claro, pero de ahí a amenazarla con la lezna en las narices, hay un camino. No quiero acabar con los huesos en la cárcel”. Y él: “Bueno, va, lo que tú digas, no quieres acabar en la cárcel, pero te voy a decir una cosa, en la cárcel estarías mucho mejor que aquí”. “Pero ¿qué coño estás diciendo?”. “Lo que quiero decirte es que al menos en la cárcel no estarás solo, por lo tanto no tienes nada que perder: o tu mujer se vuelve contigo y miel sobre hojuelas, o bien se niega a venir, tú le das un viaje con la lezna y acabas en la cárcel, en compañía de otros presos”. “Tú estás majara perdido, ¿no?”. ¿El majara lo serás tú. Mira, Guillermo, estás tan solo que hasta en la cárcel estarías mejor que aquí”. En este punto ya no aguantarme pude más e incorporándome en la cama, le dije con energía: “De eso ni hablar. Cállate, cierra ese pico del demonio y déjame dormir”. “Te advierto que si no lo haces tú, lo haré yo”. “Ya te he dicho que me dejes dormir”. “Lo haré a ano más tardar que mañana por la mañana”. “Cállate, joder”. “De acuerdo entonces, ¿no?”. Me levanté de la cama, cogí uno de los zapatos que tenía en el suelo y se lo lancé, así, en lo oscuro. Debió salir pitando de donde estaba, pues escuché un ruido de cacharros y comprendí que había roto el caño del agua del fregadero: me fui quedando dormido.

 

 

A la mañana siguiente, al despertarme, me di cuenta rápidamente de que no había tiempo que perder. Él ya no estaba en ninguna de las habitaciones. Capaz de que mientras yo me entretenía en casa calentándome el café, él se hubiera ido al taller (disponía de la llave, porque yo mismo se la había dado), hubiera pillado la lezna para luego, ya se sabe, la escabechina. Se me puso la piel de gallina, lo juro, de sólo pensar que aquello ya estuviera sucediendo. Así que, sin beberme el café, sin lavarme y sin afeitarme siquiera, despeinado y sucio, me precipité a la calle, poniéndome la chaquetilla escaleras abajo. Era muy temprano, con la rociada y las calles envueltas aún en la niebla, poca gente todavía yendo al trabajo, el halo de humo saliendo de la boca. Tenía el taller en una callejuela llamada del Río, así que corrí casi toda la calle Ripetta y al volver la esquina lo vi de lejos, cuando ya salía de la zapatería a toda prisa para luego salir pitando hacia el Tíber. “Hay que joderse”, pensé. “Al menos es un hombre de palabra, de eso no cabe duda. Había dicho que lo haría y lo está haciendo. Ahora, claro, tengo que impedírselo”. Corrí también a la zapatería, cogí otra lezna por si él volviera su furia contra mí y entré en un bar cercano que tenía una cabina telefónica. “No sirvo todavía café, la máquina se está calentando”, me gritó el camarero que me conocía. Alcé los hombros. “No, no quiero café”. En verdad, del gran nerviosismo las manos temblaban mientras pasaba las hojas de la guía telefónica mientras buscaba el número de la comisaría. Al final, lo encuentro, marco, una voz me pregunta que qué se me ofrece y le explico el caso. “Debéis acudir enseguida. Va armado con una lezna. Peligra una vida humana”. La voz al otro lado de la línea preguntó: “A ver, dígame, ¿cómo se llama este hombre? Lo pensé un instante y respondí: “Palombini, Guillermo”, que coincide con mi nombre, una mera coincidencia. En el teléfono me aseguraron que tomarían medidas inmediatas y me puse a correr hacia Plaza del Popolo, a la estación de taxis: la policía podía llegar tarde, así que debía apresurarme. Subí al taxi, grité la dirección y añadí: “Por favor, corra, corra, que está en juego una vida”. El chófer, un viejecito de pelo canoso, me preguntó qué era lo que pasaba y le respondí: “que un tal Palombini, zapatero, armado de una lezna, va en un taxi en busca de su mujer, que lo ha dejado, porque quiere matarla… y hay que impedírselo a toda costa”. “¿Ha llamado a la poli?”. “Claro”. “Pero ¿cómo es que se ha enterado de eso?”. “Bueno, Palombini y yo somos, por así decir, amigos y él mismo me lo ha dicho”. El chófer reflexionó un instante y luego dijo: “Muchos se hacen los bravucones y al final, en el momento de la verdad, se echan para atrás”. “Te equivocas, éste va en serio, lo conozco bien”. Mientras, corríamos por las calles hacia vía Giulia, donde habitaba mi mujer.

 

 

El taxi se detiene, me bajo, pago, el chófer se aleja, me vuelvo hacia vía Giulia, vacía hasta donde se pierde la mirada y veo al muy sinvergüenza, que justo en ese instante se dirige al portal de mi mujer. Recordé que a esa hora mi suegra, una vieja beatona, estaría en la iglesia mientras mi mujer se quedaba sola en casa, en cama todavía, porque era perezosa y no le gustaba madrugar. “Ha elegido un buen momento”, pensé, “joder, el cabrón se las sabe todas… así que corramos antes de que todo acabe en una carnicería”. Me precipité sobre el portal, subí los escalones de cuatro en cuatro y al llegar lo veo en el rellano, mientras aporreaba la puerta gritando: “El contador del gas”, una forma como cualquier otra para hacerse abrir. Lo seguí y, de hecho, en un momento hubo un ruido de llaves en el piso, la puerta se abrió y oí oigo la voz chillona de mi mujer que decía: “el contador está en la cocina”. Él esperó un momento y luego se dirigió al interior. Yo lo seguí.

 

 

El pasillo estaba a oscuras, reconocí el olor del sueño de ella, cálido y joven, y sentí que me faltaba el aliento. De puntillas fui directamente al fondo del pasillo donde sabía que estaba su cuarto, empujé la puerta que ella, al volver al lecho, sólo había dejado entornada y entré. También el cuarto estaba a oscuras pero no tanto que no pudiera vislumbrar la cama de matrimonio y, blancos y llenos bajo el pelo negro suelto sobre la espalda, los hombros desnudos de quien ya se había vuelto a dormir de costado. Digo la verdad, viendo aquellos hombros, sentí una nostalgia tan fuerte del tiempo en el que la veía de madrugada al salir de puntillas para acudir al trabajo, que me olvidé de él y de su lezna, me puse de rodillas, tomé su mano del cobertor y le dije: “Amor mío, tesoro mío, vuelve a casa. Sin ti no puedo vivir”. Estaba seguro de que mi mujer, dadas las circunstancias, se hubiera dejado convencer si aquel bellaco no se hubiese puesto por el otro lado de la cama con el brazo armado y suspendido en el aire, y agitándola por los hombros no le hubiera dicho con aquella voz horrible. “O te vienes conmigo, o si no, mira lo que te espera…”.

 

 

No logro describir lo que vino después. Yo luchaba contra él tratando de desarmarlo; mi mujer gritaba y se llevaba por delante todo lo que pillaba a su paso, escapando semidesnuda por el cuarto; tantos hombres, los agentes de policía que de pronto aparecieron y saltaron sobre mí, mientras yo seguía gritando: “Arrestadlo, arrestadlo, es peligroso, pero mucho cuidado con la lezna”. El caso es que los agentes, acaso porque yo también llevaba la lezna en la mano, me cogieron sin hacer distinción, me sacaron del piso me arrastraron escaleras abajo mientras me debatía y repetía a todo lo que me daba la voz: “Arrestadlo a él, no a mí…, os estáis equivocando”. En la calle se había formado un gran bullicio y los agentes me empujaron hacia el furgón y al alzar los ojos, lo vi, esposado ante dos agentes, sentado frente a mí y con un guiño que parecía decirme: “¿Has visto cómo lo he hecho?”. Grité entonces apuntándolo con el dedo: “Me ha jodido la vida, este delincuente me ha jodido la vida”, y entonces me desmayé.

 

 

Ahora estoy en una celda acolchada y dicen que me tienen en observación porque creen que con tanto dolor puede que se me vaya la olla. No me lamento, pero me siento tan tan solo… A él se lo han llevado a Regina Coeli y nos tienen separados, de modo que mientras yo estoy en el manicomio, él está en la cárcel, siendo así que la sola compaña que tenía hasta ahora se la han llevado y ya no tengo a nadie, así que creo que ahora me tocará quedarme callado para siempre.

 

Fuente: http://triunfo-arciniegas.blogspot.com

EL REVOLUCIONARIO

 

 

Ernest Hemingway

 

En 1919 viajaba por los ferrocarriles de Italia. En los cuarteles generales del partido le entregaron un trozo de hule escrito con lápiz indeleble en donde se decía que se trataba de un camarada que en Budapest había sido muy perseguido y castigado por los reaccionarios, y al mismo tiempo se pedía a los camaradas que lo ayudasen en cualquier forma. Lo usaba en vez de billete. Era muy tímido y muy joven y los guardafrenos lo pasaban de una línea a otra. Como no tenía dinero, le daban de comer detrás del mostrador de los restaurantes de las estaciones.

 

Le encantaba Italia. Decía que era un país hermoso, de habitantes muy cordiales. Estuvo en muchas ciudades. Anduvo mucho y vio muchos cuadros. Compró reproducciones de Giotto, Masaccio y Piero della Francesca, que llevaba envueltas en un ejemplar de Avanti. Mantegna no le gustaba.

 

Se me presentó en Bolonia y lo llevé conmigo a la Romaña, donde yo tenía que entrevistar a cierta personalidad de manera imperiosa. Hicimos un viaje agradable en la época más propicia: los primeros días de septiembre. Él era húngaro, un muchacho muy simpático y muy tímido. Los hombres de Horthy le habían hecho algunas cosas desagradables, pero de eso habló poco. A pesar de lo que sucedía en Hungría, creía con fervor en la revolución mundial.

 

— ¿Y cómo va el movimiento en Italia? —me preguntó.

— Muy mal —le contesté.

— Pero mejorará —dijo—. Aquí tienen de todo. Es el único país que ofrece cierta seguridad. Será el punto de partida de lo que va a empezar.

 

No expresé mi opinión.

 

En Bolonia nos dijo adiós antes de tomar el tren para Milán y Aosta, desde donde iba a atravesar solo el paso que lo llevaría a Suiza. Le hablé de los cuadros de Mantegna que había en Milán. «No», me respondió con su apocamiento característico, «Mantegna no me gusta». En un papel le escribí la dirección de varios camaradas de Milán y la de un sitio donde podría comer. Me agradeció muchísimo lo que hacía por él, pero ya estaba pensando en la travesía del paso. Estaba ansioso por llevarla a cabo mientras aún hiciera buen tiempo. Adoraba las montañas durante el otoño. La última noticia que tuve de él fue que los suizos lo encarcelaron cerca de Sion.

 

Fuente: http://descontexto.blogspot.com

HEY BIRMINGHAM, GOD IS BLACK…!!!

 

 

Gino Winter

 

Estaba de paso por Birmingham, Alabama, USA, uno de los últimos bastiones del racismo durante la administración Kennedy, donde su reelecto gobernador, George C. Wallace se opuso a viva fuerza a la ley anti-segregacionista. Pregunté al portero del hotel en donde me alojaba dónde había un Wal-Mart para comprar algunas vituallas, y me dibujó un croquis que parecía un mapa del tesoro. Me mandó dos millas hacia el Este y salí con la idea de tomar un taxi, pero vi que justo al frente, a menos de dos cuadras, había uno de estos establecimientos, así que me encaminé hacia la entrada.

 

Tenía algunos problemas para entender el inglés hablado y sobre todo el de esta ciudad, pues mucha gente hablaba con la boca apenas abierta y los dientes apretados, como «Murmullos» («Mumbles»), uno de los bandidos de Dick Tracy. A pesar de la corrección de la gente, no sentía la amabilidad de otras ciudades, así que no me sorprendió cuando cojí un coche de compras y un afro-american casi me lo arranchó, mirándome con cierta dureza. Dentro de la tienda sentí que me chocaban el coche y recibí algunas miradas mal encaradas y hasta desafiantes; ya empezaba a sentirme algo incómodo, hasta que me acerqué a una cajera y le pregunté dónde conseguir medias de tennis, para caminar con zapatillas, pues tenis, lo que se dice tenis, no recuerdo haberlo jugado en mi cánida vida. La cajera me dio las indicaciones, pero me preguntó a su vez qué rayos hacía en una tienda de clientela cien por ciento negra… No podía creerlo , ad portas del siglo XXI, ¡segregación racial en el país de las libertades!

 

Miré hacia todos lados y advertí que era el único cubito de hielo en ese mar de Coca-Colas y la verdad es que lo único que se me ocurrió fue hablar Español y hacerme el sueco (suena raro). Terminé mis compras sin más contratiempos y me zambullí en el primer taxi que pasó, pues aluciné que la «barra sur» me estaba siguiendo. El taxista, un red neck que había parado a inflar un neumático, se sorprendió de verme allí y me contó que de cada tres negros uno está en la cárcel y otro ha estado anteriormente por lo menos una vez; que la mitad de la población penal USA es negra, siendo los negros sólo el 10% del país, que los negros… en fin, me sentí como un pirata holandés del siglo XVIII en Sudáfrica y entendí por qué el porter me envió a otro Wal-Mart.

 

Recordé a mis amigos negros de Los Barrios Altos y de La Victoria y las broncas y trompeaderas antes de que me acepten en el equipo de fútbol y de que nos hiciéramos entrañables y me sentí un poco desorientado. Hace algunos meses me enteré de la nueva teoría de la evolución humana, basada en el estudio del ADN mitocondrial (ver Nuestros antepasados negros y nuestra madre africana, en http://www.ensayossinlogicos.blogspot.com/) que asegura que el primer ser humano u Homo sapiens sapiens, nació en África y habitó entre Etiopía y Kenya, esparciéndose por Asia y Europa y de allí a los demás continentes, mutando, en el trayecto de miles de años, sus características físicas según se iba adaptando a las condiciones de supervivencia de su habitat. Así pues Voltaire, Nietzche, Hitler, Göering, Hiroito, Mao, Ho Chi Min, Caballo Loco, Darwin, Bush y el mismo infame de G. Wallace, tuvieron en su árbol genealógico no sólo cuadrumanos, sino también tatarabuelos color teléfono de comisaría antigua y pelo de rascaollas…

 

Esto en cuanto a evolucionismo, pero interpolando con la teoría creacionista divina y remontándonos a la Santa Biblia, específicamente en el libro del Génesis, capítulo 1, versículos 26 y 27: «Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza…» podríamos colegir que Dios es Negro. No es mala la idea, al menos la interpretación de Dios que hace el brillante actor Morgan Freeman en la película Bruce almighty; es la mejor interpretación de Dios que he visto en el cine. Por mi parte estaría feliz de encontrarme con un Dios así: inteligente, simpático, bonachón y con un gran sentido del humor, y Todopoderoso claro, qué más se puede pedir, pero qué pasaría con todos los racistas cuando lleguen a su presencia:

 

Dios: Dime Adolfito, ¿así que los negros somos brutos?

Hitler: Je, je… eh… una bromita nazi Diosito, me la contó el malulo de Mussolini…

Dios: ¿Así que el sobaco nos apesta a zorrillo descompuesto…?

Hitler: Eh..e..eeese chismoso de Goebbels, siempre con sus ocurrencias de mal gusto…

 

Imagínense a todos esos cabeza-rapadas condenados a pasar la eternidad como desodorantes Mum «bolita mágica» (roll-on) o a los pobres nazis llegando al cielo después de Nurenberg, cuando el chismoso de San Pedro le avisa a Jesús: «Oye Jeshu, vamos sacando los bates de baseball para recibir a esos antisemitas que dicen que todos judíos somos una mierda…»

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

EL NIÑO AL QUE SE LE MURIÓ EL AMIGO

 

 

Ana María Matute

 

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

 

-El amigo se murió.

-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

 

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

 

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

 

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.

 

Fuente: http://ellaberintodenoe.blogspot.com

AARÓN

 

 

Diana Marina Gamarnik

 

Aarón vivió negado desde su nacimiento. Dory había llegado a la sala de guardia del hospital zonal quejándose de un dolor de estómago insoportable. Sus padres ya no sabían qué darle a la adolescente de 16 años para que se calmara. Cuando el médico que la revisó les dijo que estaba embarazada y que los dolores eran las contracciones de parto, ellos lo negaron escandalizados. Que no podía ser, que Dory era virgen, que no, mamá, te lo juro, no hice nada, usted está equivocado, te lo juro, papá, no hice nada con el chico de la panadería.
El bebé llegó sin avisar, sin que lo esperara ningún ajuar de ropa, sin ningún beso ni ninguna caricia. Solo un coro de llantos que se mezclaba con el de él, tapándolo. El nombre se lo eligió su madre de una lista que le dieron, era el primero. Ella no quería ni tomarse el trabajo de leer los que seguían.
En cuanto pudo recuperarse, Dory les dejó el bebé a sus padres y desapareció. Algunos dijeron que su partida coincidió con la del chico de la panadería, a pesar de que nadie pudo comprobarlo.

Aarón creció buscando que sus abuelos lo miraran alguna vez a los ojos, pero ellos no podían. Cumplían con lo indispensable para que siguiera respirando, nada más. El nene eligió hacerse gris y perder sus contornos en el espacio, así nadie repararía en él. Su única afición era jugar con insectos, sus preferidos eran los saltamontes que encontraba en el patio de su casa, le gustaban porque era fácil arrancarles las patas y mirar cómo intentaban volver a saltar hasta que se morían.
Así llegó a la adolescencia, con la vista siempre en el piso y jugando con insectos, hasta que apareció en el barrio Carmen, con la juventud estallándole en la blusa y en la pollera, y él levantó la mirada para verla pasar, deslumbrado por la luz que ella despedía. Con tal de que le prestase atención, Aarón empezó a bañarse más seguido y a dejarle regalos en la puerta de su casa, flores silvestres, piedritas, frascos vacíos, lo que él podía conseguir. A ella no se le ocurría de quién podían ser. Nunca había visto a nadie dejarlos.
Cuando él sintió que después de tantos regalos ya era el momento de recibir el agradecimiento de Carmen, seguro de que le dedicaría una de esas sonrisas que él le había visto alguna mañana a escondidas, decidió seguirla desde la parada del colectivo hasta el lugar donde ella bajaba todas las tardes. Caminó unos pasos detrás de Carmen y tímidamente le tocó el brazo. Ella saltó como si le hubiera dado electricidad y le preguntó qué quería, yo soy el que te hace los regalos, qué regalos, las flores y…, eso no son regalos, es basura, yo te quiero, quién sos, salí de acá, nunca te vi, no me toques, yo te quiero… Y así sin darse cuenta fue arrastrándola hasta una obra en construcción abandonada. Ella empezó a gritar con todas sus fuerzas y él le tapó la boca para que no gritara, yo te quiero, no me tengas miedo, no grites más… hasta que Carmen ya no pudo moverse ni resistir. Aarón se quedó temblando, te lo merecías por no creerme, yo te quiero, y la tapó con unos trapos que había tirados, mientras le tocaba las piernas, y sus manos se le iban por debajo de la pollera sin que él pudiera detenerlas.

Por el crimen fue detenido un vagabundo que dormía en la obra en construcción donde encontraron a Carmen, los trapos eran su cama, y él no pudo justificar dónde había estado durante la tarde de ese día. Aarón les dijo a sus abuelos que él había matado a esa chica, pero ellos se rieron, este chico ya no sabe qué inventar para llamar la atención, qué barbaridad.

 

Publicado con la autorización de la autora.

 

Fuente: www.solocrecer.com

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