20
April
2014

LA MUERTE DE ISOLDA

 

 

Horacio Quiroga

 

Concluía el primer acto de Tristán e Isolda. Cansado de la agitación de ese día, me quedé en mi butaca, muy contento con la falta de vecinos. Volví la cabeza a la sala, y detuve en seguida los ojos en un palco balcón.

 

Evidentemente, un matrimonio. Él, un marido cualquiera, y tal vez por su mercantil vulgaridad y la diferencia de año con su mujer, menos que cualquiera. Ella, joven, pálida, con una de esas profundas bellezas que más que en el rostro, aún bien hermoso, están en la perfecta solidaridad de mirada, boca, cuello, modo de entrecerrar los ojos. Era, sobre todo, una belleza para hombres, sin ser en lo más mínimo provocativa; y esto es precisamente lo que no entenderán nunca las mujeres.

 

La miré largo rato a ojos descubiertos porque la veía muy bien, y porque cuando el hombre está así en tensión de aspirar fijamente un cuerpo hermoso, no recurre al arbitrio femenino de los anteojos.

 

Comenzó el segundo acto. Volví aún la cabeza al palco, y nuestras miradas se cruzaron. Yo, que había apreciado ya el encanto de aquella mirada vagando por uno y otro lado de la sala, viví en un segundo, al sentirla directamente apoyada en mí, el más adorable sueño de amor que haya tenido nunca.

 

Fue aquello muy rápido: los ojos huyeron, pero dos o tres veces, en mi largo minuto de insistencia, tornaron fugazmente a mí.

 

Fue asimismo, con la súbita dicha de haberme soñado un instante su marido, el más rápido desencanto de un idilio. Sus ojos volvieron otra vez, pero en ese instante sentí que mi vecino de la izquierda miraba hacia allá, y después de un momento de inmovilidad de ambas partes, se saludaron.

 

Así, pues, yo no tenía el más remoto derecho a considerarme un hombre feliz, y observé a mi compañero. Era un hombre de más de treinta y cinco años, barba rubia y ojos azules de mirada clara y un poco dura, que expresaba inequívoca voluntad.

 

-Se conocen -me dije- y no poco.

 

En efecto, después de la mitad del acto mi vecino, que no había vuelto a apartar los ojos de la escena, los fijó en el palco. Ella, la cabeza un poco echada atrás, y en la penumbra, lo miraba también. Me pareció más pálida aún. Se miraron fijamente, insistentemente, aislados del mundo en aquella recta paralela de alma a alma que los mantenía inmóviles.

 

Durante el tercero, mi vecino no volvió un instante la cabeza. Pero antes de concluir aquel salió por el pasillo opuesto. Miré al palco, y ella también se había retirado.

 

-Final de idilio -me dije melancólicamente.

 

Él no volvió más y el palco quedó vacío.

 

* * * * *

 

-Sí, se repiten -sacudió amargamente la cabeza-. Todas las situaciones dramáticas pueden repetirse, aún las más inverosímiles, y se repiten. Es menester vivir, y usted es muy muchacho… Y las de su Tristán también, lo que no obsta para que haya allí el más sostenido alarido de pasión que haya gritado alma humana… Yo quiero tanto como usted a esa obra, y acaso más… No me refiero, querrá creer, al drama de Tristán, con las treinta y dos situaciones del dogma, fuera de las cuales todas son repeticiones. No; la escena que vuelve como una pesadilla, los personajes que sufren la alucinación de una dicha muerta, es otra cosa… Usted asistió al preludio de una de esas repeticiones… Sí, ya sé que se acuerda… No nos conocíamos con usted entonces… Y precisamente a usted debía de hablarle de esto! Pero juzga mal lo que vio y creyó un acto mío feliz… ¡Feliz!… Óigame. ¡El buque parte dentro de un momento, y esta vez no vuelvo más… Le cuento esto a usted, como si se lo pudiera escribir, por dos razones: Primero, porque usted tiene un parecido pasmoso con lo que era yo entonces -en lo bueno únicamente, por suerte-. Y segundo, porque usted, mi joven amigo, es perfectamente incapaz de pretenderla, después de lo que va a oír. Óigame:

 

“La conocí hace diez años, y durante los seis meses que fui su novio, hice cuanto me fue posible para que fuera mía. La quería mucho, y ella, inmensamente a mí. Por esto cedió un día, y desde ese instante, privado de tensión, mi amor se enfrió.

 

“Nuestro ambiente social era distinto, y mientras ella se embriagaba con la dicha de mi nombre -se me consideraba buen mozo entonces- yo vivía en una esfera de mundo donde me era inevitable flirtear con muchachas de apellido, fortuna, y a veces muy lindas.

 

“Una de ellas llevó conmigo el flirteo bajo parasoles de garden party a un extremo tal, que me exasperé y la pretendí seriamente. Pero si mi persona era interesante para esos juegos, mi fortuna no alcanzaba a prometerle el tren necesario, y me lo dio a entender claramente.

 

“Tenía razón, perfecta razón. En consecuencia flirteé con una amiga suya, mucho más fea, pero infinitamente menos hábil para estas torturas del tête-a-tête a diez centímetros, cuya gracia exclusiva consiste en enloquecer a su flirt, manteniéndose uno dueño de sí. Y esta vez no fui yo quien se exasperó.

 

“Seguro, pues, del triunfo, pensé entonces en el modo de romper con Inés. Continuaba viéndola, y aunque no podía ella engañarse sobre el amortiguamiento de mi pasión, su amor era demasiado grande para no iluminarle los ojos de dicha cada vez que me veía entrar.

 

“La madre nos dejaba solos; y aunque hubiera sabido lo que pasaba, habría cerrado los ojos para no perder la más vaga posibilidad de subir con su hija a una esfera mucho más alta.

 

“Una noche fui allá dispuesto a romper, con visible malhumor, por lo mismo. Inés corrió a abrazarme, pero se detuvo, bruscamente pálida.

 

“-Qué tienes -me dijo.

 

“-Nada -le respondí con sonrisa forzada, acariciándole la frente. Dejó hacer, sin prestar atención a mi mano y mirándome insistentemente. Al fin apartó los ojos contraídos y entramos.

 

“La madre vino, pero sintiendo cielo de tormenta, estuvo solo un momento y desapareció.

 

“Romper, es palabra corta y fácil; pero comenzarlo…

 

“Nos habíamos sentado y no hablábamos. Inés se inclinó, me apartó la mano de la cara y me clavó los ojos, dolorosos de angustioso examen.

 

“-¡Es evidente!.. -murmuró.

 

“-Qué -le pregunté fríamente.

 

“La tranquilidad de mi mirada le hizo más daño que mi voz, y su rostro se demudó:

 

“-¡Que ya no me quieres! -articuló en una desesperada y lenta oscilación de cabeza.

 

“-Esta es la quincuagésima vez que dices lo mismo -respondí.

 

“No podía darse respuesta más dura; pero yo tenía ya el comienzo.

 

“Inés me miró un rato casi como a un extraño, y apartando bruscamente mi mano y el cigarro, su voz se rompió:

 

“-¡Esteban!

 

“-Qué -torné a decirle.

 

“Esta vez bastaba. Dejó lentamente mi mano y se reclinó atrás en el sofá, manteniendo fijo en la lámpara su rostro lívido. Pero un momento después su cara caía de costado bajo el brazo crispado al respaldo.

 

“Pasó un rato aún. La injusticia de mi actitud -no veía más que injusticia- acrecentaba el profundo disgusto de mí mismo. Por eso cuando oí, o más bien sentí, que las lágrimas salían al fin, me levanté con un violento chasquido de lengua.

 

“-Yo creía que no íbamos a tener más escenas -le dije paseándome.

 

“No me respondió, y agregué:

 

“-Pero que sea esta la última.

 

“Sentí que las lágrimas se detenían, y bajo ellas me respondió un momento después:

 

“-Como quieras.

 

“Pero en seguida cayó sollozando sobre el sofá:

 

“-¡Pero qué te he hecho! ¡qué te he hecho!

 

“-¡Nada! -le respondí-. Pero yo tampoco te he hecho nada a ti… Creo que estamos en el mismo caso. ¡Estoy harto de estas cosas!

 

“Mi voz era seguramente mucho más dura que mis palabras. Inés se incorporó, y sosteniéndose en el brazo del sofá, repitió, helada:

 

“-Como quieras.

 

“Era una despedida. Yo iba a romper, y se me adelantaban. El amor propio, el vil amor propio tocado a vivo, me hizo responder:

 

“-Perfectamente… Me voy. Que seas más feliz… otra vez.

 

“No comprendió, y me miró con extrañeza. Había cometido la primer infamia; y como en esos casos, sentí el vértigo de enlodarme más aún.

 

“-¡Es claro! -apoyé brutalmente- porque de mí no has tenido queja… ¿no? Es decir: te hice el honor de ser tu amante, y debes estarme agradecida.

 

“Comprendió más mi sonrisa que las palabras, y salí a buscar mi sombrero en el corredor, mientras que con un ¡ah!, su cuerpo y su alma se desplomaban en la sala.

 

“Entonces, en ese instante en que crucé la galería, sentí intensamente cuánto la quería y lo que acababa de hacer. Aspiración de lujo, matrimonio encumbrado, todo me resaltó como una llaga en mi propia alma. Y yo, que me ofrecía en subasta a las mundanas feas con fortuna, que me ponía en venta, acababa de cometer el acto más ultrajante, con la mujer que nos ha querido demasiado… Flaqueza en el Monte de los Olivos, o momento vil en un hombre que no lo es, llevan al mismo fin: ansia de sacrificio, de reconquista más alta del propio valer. Y luego, la inmensa sed de ternura, de borrar beso tras beso las lágrimas de la mujer adorada, cuya primera sonrisa tras la herida que le hemos causado, es la más bella luz que pueda inundar un corazón de hombre.

 

“¡Y concluido! No me era posible ante mí mismo volver a tomar lo que acababa de ultrajar de ese modo: ya no era digno de ella, ni la merecía más. Había enlodado en un segundo el amor más puro que hombre alguno haya sentido sobre sí, y acababa de perder con Inés la irreencontrable felicidad de poseer a quien nos ama entrañablemente.

 

“Desesperado, humillado, crucé por delante de la puerta, y la vi echada en el sofá, sollozando el alma entera sobre sus brazos. ¡Inés! ¡Perdida ya! Sentí más honda mi miseria ante su cuerpo, todo amor, sacudido por los sollozos de su dicha muerta. Sin darme cuenta casi, me detuve.

 

“-¡Inés! -llamé.

 

“Mi voz no era ya la de antes. Y ella debió notarlo bien, porque su alma sintió, en aumento de sollozos, el desesperado llamado que le hacía mi amor, esta vez sí, ¡inmenso amor!

 

“-No, no.. -me respondió-. ¡Es demasiado tarde!”

 

* * * * *

 

Padilla se detuvo. Pocas veces he visto amargura más agotada y tranquila que la de sus ojos cuando concluyó. Por mi parte, no podían apartar de los míos aquella adorable belleza del palco, sollozando sobre el sofá…

 

-Me creerá -reanudó Padilla- si le digo que en mis muchos insomnios de soltero descontento de sí mismo, la tuve así ante mí… Salí de Buenos Aires sin ver casi a nadie, y menos a mi flirt de gran fortuna… Volví a los ocho años, y supe entonces que se había casado, a los seis meses de haberme ido yo. Torné a alejarme, y hace un mes regresé, bien tranquilizado ya, y en paz.

 

“No había vuelto a verla. Era para mí como un primer amor, con todo el encanto dignificante que un idilio virginal tiene para el hombre hecho, que después amó cien veces… Si usted es querido alguna vez como yo lo fui, y ultraja como yo lo hice, comprenderá toda la pureza viril que hay en mi recuerdo.

 

“Hasta que una noche tropecé con ella. Sí, esa misma noche en el teatro… Comprendí, al ver a su marido de opulenta fortuna, que se había precipitado en el matrimonio, como yo al Ucayali… Pero al verla otra vez, a veinte metros de mí, mirándome, sentí que en mi alma, dormida en paz, surgía sangrando la desolación de haberla perdido, como si no hubiera pasado un solo día de esos diez años. ¡Inés! Su hermosura, su mirada, única entre todas las mujeres, habían sido mías bien mías, porque me habían sido entregadas con adoración; también apreciará usted esto algún día.

 

“Hice lo humanamente posible para olvidar, me rompí las muelas tratando de concentrar todo mi pensamiento en la escena. Pero la prodigiosa partitura de Wagner, ese grito de pasión enfermante, encendió en llama viva lo que quería olvidar. En el segundo o tercer acto no pude más y volví la cabeza. Ella también sufría la sugestión de Wagner, y me miraba. ¡Inés, mi vida! Durante medio minuto su boca, sus manos, estuvieron bajo mi boca, mis ojos, y durante ese tiempo ella concentró en su palidez la sensación de esa dicha muerta hacia diez años. ¡Y Tristán siempre, sus alaridos de pasión sobrehumana, sobre nuestra felicidad yerta!

 

“Salí entonces, atravesé las butacas como un sonámbulo, aproximándome a ella sin verla, sin que me viera, como si durante diez años no hubiera yo sido un miserable…

 

“Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella.

 

“Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido. Como diez antes sobre el sofá, ella, Inés, tendida en el diván del antepalco, sollozaba la pasión de Wagner y su dicha deshecha.

 

“¡Inés!… Sentí que el destino me colocaba en un momento decisivo. ¡Diez años!… ¿Pero habían pasado? ¡No, no, Inés mía!

 

“Y como entonces, al ver su cuerpo todo amor, sacudido por los sollozos, murmuré:

 

“-¡Inés!

 

“Y como diez años antes, los sollozos redoblaron, y como entonces me respondió bajo sus brazos:

 

“-No, no… ¡Es demasiado tarde!…”

 

Colaboración de Nicolás Esparza

 

Fuente: http://www.ciudadseva.com/

19
April
2014

AERÓBICOS MENTALES

 

 

David Fischman

 

Imagínese que es gerente de ventas de una empresa cuyas ventas están 30% por debajo de lo estimado. Su vendedor estrella se pasó a la competencia, llevándose sus mejores cuentas, y su jefe le exige que cumpla su cuota. Para colmo, expulsaron a su hijo del colegio y, según la psicóloga, parte del problema de su hijo radica en que casi no lo ve. Usted debe estar totalmente estresado y sintiendo dificultad para dormir, dolores de cuello y presión arterial elevada, además de estar consumiendo café y cigarrillos en exceso.

 

Esta situación es típica entre los ejecutivos de hoy. Nuestro cuerpo está preparado, desde épocas ancestrales, para reaccionar ante estímulos de peligro. Ante una emergencia, el cuerpo genera una respuesta automática que incrementa la presión arterial, los latidos del corazón, la respiración y el metabolismo, entre otras cosas. Esta respuesta “pelea/fuga” nos preparaba ancestralmente para pelear o correr ante un depredador.

 

Hoy en día no nos enfrentamos a peligros físicos sino mas bien mentales. Nos enfrentamos a estímulos que nos amenazan psicológicamente. Sin embargo nuestro cuerpo sigue desarrollando la misma respuesta “pelea/fuga.” Pero como no corremos ni peleamos, nuestro cuerpo no descarga naturalmente los efectos de esta reacción, perjudicando nuestro organismo. Peor aún, cuando las personas viven períodos prolongados de angustia y ansiedad, el efecto “pelea/fuga” genera cambios permanentes en el cuerpo, como el incremento de la presión arterial.

“Cuando las personas viven períodos prolongados de angustia y ansiedad, el efecto “pelea/fuga” genera cambios permanentes en el cuerpo, como el incremento de la presión arterial”.

 

 

Una pequeña chispa puede encender un fuego incontrolable en un edificio. Pero si éste tiene un sistema contra incendios, el calor activará automáticamente regaderas que apagarán el fuego. De la misma manera, en nuestro cuerpo, la ansiedad es la chispa que enciende la respuesta “pelea/fuga”. Pero nuestro cuerpo no tiene un sistema automático para aplacar el incendio del estrés, nosotros tenemos que activarlo. Este mecanismo, que el doctor Benson de la Universidad de Harvard llamó el “efecto de relajamiento”, rompe el ciclo vicioso del estrés.

 

El doctor Benson estudió los cambios fisiológicos de quienes practicaban meditación oriental y descubrió que la misma producía un resultado inverso a la respuesta “pelea/fuga”: disminuía la presión arterial, el ritmo respiratorio y el metabolismo. En otras palabras, descubrió que nuestro cuerpo tenía su propio sistema para contrarrestar el estrés. ¿Cómo activar este efecto de relajamiento?

 

1. Escoja una palabra que le traiga sensaciones positivas. Por ejemplo: paz, Dios o felicidad.

2. Busque un ambiente tranquilo. Evite distracciones.

3. Durante 10 ó 15 minutos repita mentalmente su palabra. Si le vienen otros pensamientos a la mente, déjelos pasar y siga repitiendo su palabra.

 

El éxito de la técnica está en concentrarse en la palabra seleccionada. Si lo logra sentirá paz y bienestar en pocos minutos, y se relajará profundamente. Repitiendo este ejercicio, tomará distancia de los problemas y logrará un mayor equilibrio en la vida.

 

Cuentan que un niño se encontró una lámpara mágica. Al frotarla salió un genio que ofreció cumplirle todos sus deseos si prometía tenerlo siempre ocupado. Si no cumplía con esta condición, se lo comería. El niño inmediatamente pidió casas, carrozas, ropa, y otros bienes. Pero estaba preocupado porque ya no sabía qué pedir y el genio se lo podía comer. Finalmente, se le ocurrió pedirle al genio que subiera a un poste muy alto, y que luego bajara en forma repetitiva. De esta forma el niño lo tenía ocupado y lo usaba cuando realmente quería.

 

El genio es nuestra mente. Si la dejamos libre puede devorarnos con estrés. Como el niño en la historia, hagamos que desarrolle una acción una y otra vez, como repetir una palabra. Así retomaremos nuestra energía y paz para seguir la lucha por la vida.

 

Fuente: http://www.davidfischman.com/

18
April
2014

ESPANTOS CONGÉNITOS

 

 

Solange Rodríguez Pappe

 

—Es….es una historia larga— intentó explicar él entre tartamudeos. En un descuido, ella había confundido la puerta del baño con la de la habitación que escondía el secreto y se había quedado mirándolo, ni siquiera se molestó en fingir que estaba haciendo otra cosa cuando él salió de la cocina. Ese era el problema de llevar mujeres a la casa familiar, solían ser curiosas. En la oscuridad de la pieza, una figura reptante y húmeda se movía entre gorgoteos; era una sombra móvil de intensos ojos amarillos con hedor a pantano. La muchacha la contemplaba valientemente apretando las mandíbulas. Lo que sí, tenía la mano derecha engarrotada en el pomo: parecía soldada a él con acero y hielo. Ni lo soltaba ni cerraba del todo la puerta del monstruo, cualquiera diría que se había vuelto de piedra o de sal. Y pensar que él tenía helándose desde la tarde una botella de Cuvée Belle Epoque para la ocasión.

—Nos la heredó mi abuela y a ella su abuela griega. Es una erinia, viene del otro mundo convocada por una vieja maldición realizada en Patmos para vengar una deuda de sangre: un asesinato. Espera, quiero que escuches algo hermoso — Y se dirigió al estéreo para bajar el volumen, buscando llegar al otro lado de la habitación tuvo que empujarla de los hombros porque ella seguía pegada a la puerta. En el silencio de la noche se escuchó un canto agudo acompañado del chasquido de cascabeles. Él tenía razón, era bello pero terrible— ¿Es hipnótico, no? Lo he venido oyendo durante toda mi infancia, con el tiempo uno se acostumbra y hasta lo extraña. No te inquietes, nena, no nos va a hacer daño. Le he hablado de ti, le he dicho que eres especial.

— ¿Y no puedes deshacerte de ella, o algo? — Se dio cuenta que susurraba, el sonido de las escamas agitándose, lo tomaba todo.

—No — replicó horrorizado, —, se supone que la erinia pasa de generación en generación al primogénito y debe atormentarlo con aullidos y provocarle pesadillas, pero esta es como un miembro de la familia del que debo hacerme cargo, ya te he lo dicho, como lo hice con mi mamá, ya sabes…tanto tiempo agonizando… — esto último lo dijo con la voz muy baja, imitando las palabras de ella — Hemos llegado a un acuerdo, ella come carne todas las semanas y si se la consigo, me deja en paz. No sé cuantas generaciones falten pero confío que mis hijos ya estén libres del hechizo— Y tomó la mano de ella que había estado sujetando la perilla, la notó fría, inexpresiva— Nuestros hijos.

— ¿Come carne? — Era lo único que había escuchado.

— Carne de oveja, tontita. No tienes idea de lo que he pasado para conseguir un proveedor de ovejas en la ciudad.

— ¡Pobrecito! — ella le lanzó los brazos al cuello, por un momento volvió a ser la chica comprensiva y dulce de siempre— ya que hablas de tema, yo también cargo con lo mío. — le habló al oído aprovechando la cercanía— El cáncer de mi padre; la diabetes de los abuelos, de esa degenerativa que hace que te vayan cortando en pedacitos; la alopecia; la artrosis de cadera. Todavía no sé de qué lado de la familia voy a heredar las várices ni de qué tipo sean, sin mencionar que todas las hermanas de mi padre se han vuelto locas al llegar a los sesenta años; por ahí se me escapa alguna cosa, quizá la osteoporosis, la dispepsia que una vez tuvo…— Correspondiendo al abrazo, él sintió como sus músculos se engarrotaban de espanto. Ahora, el silbido de la erinia era solo una referencia lejana que se mezclaba con el ruido de la voz de ella. La chica seguía enumerando síntomas y él sentía miedo, mucho, mucho miedo.

 

Fuente: http://ellugardelasapariciones.blogspot.com/