LAS TRAMPAS DE LA MEMORIA

 

 

Dacio Medrano

 

Todo el mundo da por sentado que la gente habla muchas tonterías. Asumimos que la cultura de nuestro país, de nuestra ciudad y la de nuestro círculo de amigos y conocidos (especialmente ese círculo) no es más que un cúmulo de clichés y lugares comunes que no significan realmente nada. Que los recuerdos, los rumores y los inventos se amontonan como una masa amorfa que pasa de generación en generación, y cada quien, cuando le llega su turno, repite las cosas que todo el mundo dice y ha dicho durante años.

 

La sabiduría popular nos parece cursi y supersticiosa, perteneciente a una época caduca que no tiene nada que ver con la nuestra. Ese sentimiento de desdén e incredulidad hacia las cosas de la vida que la gente comparte en situaciones cotidianas, como la cola de un banco, una carrera en un taxi o unas arepas de madrugada, es especialmente fuerte cuando uno es joven. La juventud cree que la experiencia no tiene nada que enseñarle y que la gente habla demasiado.

 

Hay algo de cierto en esto, no es necesario esforzarse demasiado para reconocer que el mundo está saturado de estupideces y de palabras manoseadas y desgastadas. Pero el mayor cliché de todos es creer que no hay algo de verdad en esa sabiduría popular. La edad, que muchas veces es sinónimo de los golpes y de las pruebas que se le ocurren a la vida, te demuestra que detrás de las tonterías recicladas hay grandes verdades que son algo así como el patrimonio del sufrimiento compartido. Entonces cada generación, al parecer irremediablemente, vuelve a comprobarlo todo equivocándose por hacer lo que le da la gana.

 

La ironía, o más bien el chiste cruel, es el tiempo que uno tarda en comprender que quizás NADA vuelva a estar a la altura de aquel viaje a Morrocoy, de las cervezas en el mirador o de los domingos de fútbol con tu viejo, de los chistes internos que sólo tú y otra persona pueden entender, ni del baño en el mar a las seis de la tarde. Tampoco de la canción que define a una persona o a una etapa de tu vida, del gol en el minuto noventa, de un abrazo de tu mamá, de la risa de tus amigos, de una mirada, una despedida, una casualidad o una sorpresa…Y entonces entiendes que la felicidad se parece a eso, a una sucesión de momentos que en la memoria se diluyen en la nostalgia del pasado. De lo que fue y de lo que pudo haber sido.

 

En parte, la clave de la vida pasa por el reconocimiento de esto. De esa verdad fundamental que subyace en la simplicidad de las cosas: la conciencia del tiempo y el descubrimiento de que la vida es lo que es y no lo que uno quiere.

 

Vivir es difícil. Diariamente nos vemos obligados a luchar e improvisar para enfrentar lo que aparece en el camino. Esto nos coloca en desventaja, casi siempre a destiempo. Por eso sabemos qué hacer cuando ya todo ha terminado. Por eso lo que define al presente es la añoranza de algo que no hemos conseguido o de lo que perdimos en algún lugar del recorrido, y miramos hacia atrás escarbando en un pasado transformado en visiones y fantasmas que ya no pueden decirnos nada.

 

La cantidad de minutos y segundos, aunque desmesurada, no es infinita. La vida es hoy, es cada instante, aunque parezca trivial y desechable. En la cotidianidad comienzan a construirse los grandes momentos, aquellos capaces de definirnos. Debemos redescubrir en cada paso el poder de los sueños y del destino. Asumir la responsabilidad, elevarse hasta la altura del reto y hacer un poco de aquello para lo que hemos sido hechos. No des nada por sentado, el tiempo no regresa.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

LOS MARTES Y ALICIA

 

 

Carolina Rivas

 

Alicia pensó esa mañana que no era prudente levantarse. Con las sábanas casi tapándole los ojos respiró su modorra como en día domingo y no martes-media semana por delante.
Descolgó el teléfono en un acto de defensa personal y observó un lado de su cara en el espejo, debajo del respaldo de madera, al lado de la torre de libros sobre el velador, medio enceguecida por un rayo de luz que cortaba la habitación en dos.
Su cabeza era una pelota de croquet, pequeña y dura en el centro de un green sin límites. Un solo tiro de la Reina de Corazones bastaba para que desapareciera del campo visual, atravesando el arco número 4 de la serie,- la frontera de su dolor de cabeza-.
Imaginó la expectación de la corte entera, arrinconados en una esquina del espejo, esperando pacientemente que Su Majestad se decidiera a dar el golpe y Alicia tembló perceptiblemente. Algo debía ocurrir. Un absurdo absoluto para que la Reina olvidara su juego y le permitieran
seguir durmiendo, pero su Graciosa parecía estar muy entusiasmada balanceándose sobre su gruesa figura, alzando el palo por sobre la altura de los hombros (dos o tres veces alcanzó a contar Alicia), y con todo el impulso que logró obtener su obesa persona, dio en el centro mismo de la diminuta cabeza, hasta hacerla salir del límite del marco metálico del espejo.
“Mal tiro”, sentenció Alicia rebotando varias veces sobre la cómoda con peligro de caer al suelo. Gracias a un frasco de colonia, quedó en un lugar de difícil acceso para el siguiente intento. La Reina contrariada asomó por el biselado. Seguida por la corte obediente y ociosa penetró en la habitación. “Su Majestad”, sugirió un Caballero de Piques, “no os parece un tanto…la muchacha” ¡Córtenle la cabeza! ordenó su Graciosa, y la cabeza del desafortunado rodó hasta chocar contra la pata de la cama de Alicia.
Todos permanecieron en silencio. Afuera se escuchaba el sonido de los autos, el ruido extraño del mundo de afuera.
Alicia recordó la profunda jaqueca que tenía, rogando que nada pudiera lanzarla a ningún otro lugar, permanecer ahí, esfera pequeña sobre la cómoda y que la Reina se aburriera o decidiera ajusticiar a alguien más por pura inspiración…Pero fue inútil. Ella logró alcanzar la cumbre del
mueble y balanceándose sobre sus gruesas extremidades con concentración absoluta, lanzó a Alicia lejos, tan lejos que tanto ella como los de la corte tuvieron que aguzar la vista ciudad afuera.
Su Majestad se puso de pésimo humor. El juego terminaba sin un resultado definitivo y declaró prohibido el croquet hasta la semana siguiente.
Muchas cuadras más allá, Alicia recordaría que había dejado el teléfono descolgado, que había olvidado la llave y que para colmo llegaría tarde al trabajo con esa jaqueca persistente a cuestas. Suspiró resignada. Era sólo otro martes más que debería llegar por la noche a levantar el desorden en que esos maniáticos del otro lado del espejo, suelen dejarle en la pieza.

 

Fuente: http://escritores.cl

BAR ORSAI, BORRACHERAS DE ALEGRÍA

 

 

Hernán Casciari

 

Hay bares que se destacan por el decorado, bares que son pura moza llena de tetas, bares con propuestas originales, y bares en los que lo más importante es la gente que los frecuenta.

 

Estos últimos son los que me gustan, después del que viene con tetas.

 

Estoy convencido de que el pulso de una ciudad se mide de uno y otro lado de la barra. Es lo primero que quiero ver cuando llego a algún lado: me gusta hacerles preguntas boludas a los mozos, escuchar conversaciones de otras mesas, mirar por los ventanales cómo pasan los autos.

 

El sábado por la noche conocí, por fin, un bar que nació de una sucesión increíble de buenas voluntades puestas al servicio de un sueño: seguir leyendo y celebrar las letras impresas que cruzan los mares en busca de sus lectores.

 

Cuando la Revista Orsai salió por primera vez, fue como una ficha de dominó que no ha dejado de golpear a otras fichas, generando un fenómeno que, me juego las bolas, es el proyecto editorial más interesante de la década. La apuesta de Orsai no ha dejado de subir. Una apuesta ambiciosa pensada para los lectores, una apuesta que llegó, por ejemplo, hasta el Twitter de Aníbal Fernández.

 

Recomiendo mucho la crónica alucinante de Hernán sobre el tema.

 

Si me apurás, te digo que el crecimiento de algunas iniciativas culturales no es casual. Creo que responde a muchas necesidades encausadas en el mismo sentido. Orsai es eso, una corriente alterna, vigorosa y llena de ternura, que ahora tiene sucursal en Buenos Aires.

 

Pero les cuento cómo me chupé en la inauguración, que va a ser menos solemne.

 

Al comienzo dije que los bares ofrecen cosas distintas. Yo llegué a San Telmo, donde está Bar Orsai, a eso de las cuatro de la tarde; tres horas y media antes de lo que decía la invitación. San Telmo es un lugar extraño, como la nave nodriza de la que se desprenden todas las ferias de antigüedades del resto del país. Hay negocios llenos de candelabros con cositas de colores, mesas interminables dobladas por el peso de llaves y muñecas antiguas, y gente que baila tango en las esquinas.

 

Elegí sentarme en la plaza, cuadriculada de mesas y sillas que pertenecen a los bares de las calles que la rodean; Orsai estaba cerrado.

 

Nunca supe qué local era, por ejemplo, el que me trajo las cervezas. Pero sí supe que, además de la bebida y el maní, también servían palomas vivas. Jamás había visto semejante impertinencia en un ave. Apenas el mozo me dio la espalda, por ejemplo, mientras yo mandaba garguero abajo el primer trago, cayeron en picada tres bichos enormes sobre la mesa. Escuché el golpe antes de verlos, así que casi escupo la bebida del cagazo.

 

Palomas. Azuladas, cocoritas, sacando pecho.

 

Sin mediar palabra, acercaron sus picos sobre el plato y empezaron a afanarme los maníses. Me enojé y traté de espantarlas, pero sólo conseguí voltear el arreglo floral de la mesa. Volvieron a la carga. Querían el maní, estaban dispuestas a cualquier cosa. Sentí esa invasión como una ofensa, y me dispuse a combatirlas con todo lo que encontré a mano, pero no hubo caso. Cuando observé bien el brillo sanguíneo de sus ojos, desistí.

 

Pelear con animales me estresa, así que me puse a leer un libro.

 

Al quinto vaso de cerveza ya estaba muy de amigo con los bichos. Tanto, que pedí maní a propósito y se los fui tirando debajo de otras mesas, para ver cómo reaccionaban los turistas.

 

Llegué al Bar Orsai a las seis, más o menos.

 

Hacía mucho que no veía a Comequechu, así que nos fundimos en un abrazo, con la promesa de volver a medirnos en una mesa de póker donde pudiéramos ajustar viejas cuentas. También conocí a Tonga, el distribuidor por excelencia de las revistas en este lado del mundo. Tonga es también como una nave nodriza de la que salen otros distribuidores.

 

Aquí ambos posan frente a la biblioteca Orsai. ¿El foco? Bien, gracias.

 

Seguí brindando de alegría. Había un amague de fernet que no terminaba de consumarse, así que me lo tomé con calma. Esta sería la noche de los autores que colaboramos con los cuatro números de 2011, así que no quería quedar como el boludito que andaba a cuatro patas saludando gente.

 

La noche anterior había sido el turno de los ilustradores; hubo retratos a mansalva, dedicatorias con dibujos, caricaturas, lo que se les ocurra. El comentario general era que, sin embargo, el salame fue el gran protagonista, así que esperaba ansioso la bandeja.

 

Llegó casi al mismo tiempo que Horacio Altuna, ya un habitué de Bar Orsai.

 

Horacio se sentó a la mesa donde yo estaba y tuvimos una pequeña contienda para determinar quién sacaba las últimas rodajas de chacinado. Esgrimí el argumento contundente de que él había probado el embutido y yo no, así que por fin zanjamos el problema. Esta es la foto de la reconciliación:

 

Abandoné la mesa donde estaban Cristina y Hernán, y salí a fumar al patio. Ahí tuve chance de conversar, muy poquito, con Carolina Aguirre. Después de cruzar montañas de mails, por fin nos vimos. Fue un encuentro fugaz porque después nos perdimos en un mar de gente. Lo mismo me ocurrió con Bernardo Erlich. Dos de las muchas razones que tengo para reincidir.

 

Conocí también a Ana Prieto, que hace en el número tres una nota hermosa sobre el fenómeno Harry Potter. La pobre Ana perdió un par de billetes en la barra. Brindamos con ella y con Pedro Mairal para pasar el mal trago.

 

En un momento vi que estábamos charlando de literatura y de cosas muy serias, así que me alegré cuando un señor bajito que pasaba por ahí nos puso un hielo en el culo a Mairal y a mí.

El reencuentro con el Hernando me puso contento, aunque en la misma medida me entristeció no poder verlo al Chiri. Si llegara o llegase a leer estas líneas, le dedico un “faltar es de putos”, para descargarme. Una ausencia enorme que se plasmó en las caras atribuladas de la imagen que sigue:

 

Y si de putos hablamos, también pude charlar un rato con el gran Xtian, de Puto y aparte, uno de mis blogs favoritos de Buenos Aires.

 

La noche discurrió entre brindis y abrazos. Entre puchos y hojeadas de libros y revistas. Hernán firmó como un animal, así que entre todos tuvimos que sostenerlo para que no cayera fulminado por el cansancio. Mairal le puso un vaso de bebida fría en el hombro y otro en la mano, para calmarle los metatarsos:

 

El fernet corría ya por la barra de manera vertiginosa. Los amigos del otro lado del mostrador son buena gente, imposible no quererlos. Acá, ponele, una foto con López y Leo, que me invitaron a conocer la trastienda:

 

Grueso error.

 

Una vez de aquel lado, me dio mucha intriga ver cómo hacen los porteños para preparar fernet, una cosa que a todas luces sólo hacemos bien los gordobeses. López infló el pecho y me aclaró que él no tenía nada que envidiarnos.

 

—Momentito, López —le dije.

 

Quería certificar que el proceso fuera correcto, así que estudié bien sus movimientos, sus goteos, la manera habilidosa de trabajar la espuma y la dosificación de los hielos. Increíblemente, era un buen trabajo:

 

Tanto así, que para el cierre de la noche yo ya tuve que sacarme, ante López, el sombrero.

 

Muchas otras cosas pasaron. Hubo desnudos muy cuidados, gente que se rió hasta las lágrimas, un emotivo discurso del Hernando para recibirnos a todos, y una cantidad de salame con pan galleta que te caés de orto. Vayan al Facebook y pónganle Me gusta, que es una forma de pedir más embutidos para futuras jornadas.

 

Una gran noche, la de Orsai. Como pocas.

 

Me pasan por la cabeza postales difusas del resto de la velada. Recuerdo vagamente gente que va y viene a través de un gran angular. Conversaciones con seres que hablaban con voz de cassette a punto de perder la cinta en el estéreo.

 

Ya para mi última incursión al baño, escaleras arriba, me sentía el Dr. Xavier de los X-men.

 

En un momento, por elipsis borrachal, aparezco en el bar casi vacío, mientras el sol incendia las ventanas. Comequechu lleva días enteros sin dormir para llegar a la inauguración, tiene cara de Koala después de un parto.

 

Es hora de volver.

 

Estoy alojado en el hogar de un lector lo suficientemente generoso como para hospedarme a pesar de los ronquidos. Llego a la cama cuando el sol está alto y caliente. Antes de desmayarme, reflexiono a medias sobre lo bonito que es que una revista dé tantos premios más allá de las historias sobre sus hojas. O algo así. Estoy contento. Chupado y contento.

 

Ha sido un camino largo; puta si había que brindar por eso.

 

Fuente: http://peinatequevienegente.com

HUMUHUMU-NUKUNUKU-APUA´A…

 

 

Gino Winter

 

Años atrás, todavía en Lima-Perú, saboreaba un exquisito sándwich de chicharrón con fried sweet potato en el Kio’s cuando de pronto escuché, en un comercial televisivo de Fanta, la palabra hawaiana «Humuhumunukunukupua’a». Entonces recordé con nostalgia las vacaciones en Honolulú, en la Isla de O’ahu (gracias al millaje de mi ahora cancelada United Airlines Goldcard), que pasé con Juanjo, un amigo peruano.

Fuimos sin reserva de hotel, así que, al llegar al aeropuerto internacional John Rodgers, buscamos en el área de servicios turísticos algún lugar donde hospedarnos que nos cobrara menos de trescientos dólares la noche. Nada fácil: todo estaba carísimo. De pronto, uno de los agentes de servicio al cliente —un simpático argentino, si me permiten el oxímoron— nos aconsejó tomar uno o dos días que quedaban libres y en remate, entre periodos de hospedaje de treinta o más días que tomaban personas con mayor capacidad económica en los mejores hoteles «Resorts» de la isla. Y así fue como pasamos la primera semana mudándonos cada uno o dos días de habitación —y hasta de hotel—, lo cual nos ahorró doscientos dólares diarios pero a mí me dejó medio paranoico.

 

Cuando ya nos estábamos cansando de hacer la de gitanos, conseguimos una habitación por menos de cien dólares, incluyendo desayuno con fruta, muffins, pastelitos, panes y el extraordinario café gourmet Kona, humeante y disponible en dieciséis sabores, entre ellos mi favorito: tostado con nueces de Macadamia. Fue en el hotel Diamond Head, cerca del volcán apagado del mismo nombre. De hecho estaba subvencionado, pues el ingreso estaba restringido a los participantes de un torneo internacional de Bodyboarding, por lo cual tuvimos que presentarnos en el counter como grandes exponentes peruanos de dicho deporte —más bien «tuve», ya que Juanjo, con su inglés incompleto del ICPNA, no entendía nada—. Cuando le dije que, para ahorrarnos unos dólares, a partir de ese momento seríamos surfers expertos en correr olas, me miró como cuando su secretaria le dijo que creía que estaba embarazada…

 

Las counter hostess nos preguntaron por nuestras tablas y tuve que decir que llegarían en otro vuelo. Inmediatamente, dos amables japonesitas pusieron a nuestra disposición sendas Morey Bodyboard, wetsuits y aletas, y nos indicaron el camino hacia la terraza del hotel, que estaba metida en el mar, al final de Waikiki Beach, donde los participantes de diferentes países estaban jugando peligrosamente con las olas a manera de entrenamiento. Yo nunca me había subido a uno de aquellos trastos y mi compatriota apenas podía hacer «el perrito cojo», y había dejado de hacer el «muertito» porque una vez casi le sale de verdad.

La japonesitas, además, nos dieron los tickets de entrada para Pipeline Beach, la playa de la próxima competencia, que, a diferencia de Waikiki, no tenía olas sino tsunamis. Juanjo estaba más pálido que culo de monja, pero pudimos sacarles la vuelta a las anfitrionas y enrumbar hacia una linda playita nudista al lado del hotel, en donde más que las bellezas turgentes de las islas resaltaban unas viejas señoronas que estaban «peluconas» y tenían las tetas como cuando un carterista toscón te mete la mano al bolsillo y al robar su contenido te deja el forro hacia afuera.

 

Mi compadre Juanjo se negó a ingresar, esgrimiendo su extraña formación agnosticopusdeica, y me llevó de facto hacia una playa continua, igual de espectacular, en donde tendimos nuestras finas toallas Dolce and Gamarra. Mientras Juanjo estudiaba su voluminoso tomo de Macroeconomía del Post Grado de la Universidad del Pacífico, yo me entretenía echándome bronceador y mirando las tangas internacionales que pululaban entre las parrillas, duchas y las orillas de la playa. Mis dotes de observador hicieron que me percatase de que la playa estaba llena, exclusivamente, de parejas del mismo sexo (femeninas y masculinas, pero con truco), por lo cual hice un esfuerzo por no reírme y le dije a Juanjo (en son de broma) que mejor se alejara un poquito de mi lado, porque en esa playa gay a la que me había llevado se estaba corriendo la voz de que éramos pareja y —señalando a unos turistas con cámaras filmadoras— que había periodistas filmando un noticiero que quizá se vería en el Perú. Juanjo se tragó la historia completa y se paró de un salto poniendo ojos de lechuza psicodélica, se cubrió las tetillas con la toalla, agarró sus libros y salió despavorido hacia la avenida Kalakaua. Terminamos en la playa del Hilton Hotel, con un rico Mauna Loa en la mano, viendo desde un chaise long cómo filmaban un capítulo más de Bay Watch Hawaii con todas las mamacitas que salían por la TV, incluyendo Brooke Burns y Stacy Kamano en vivo y en directo (sufran), al compás de un ukelele; es decir, el paraíso en medio del mar más bello e inmenso.

 

Luego de recorrer durante doce días en el bus-tranvía los tres circuitos de la isla, museos, playas y centros comerciales, y de unas visitas obligadas a Pearl Harbor y a la hermosa isla de Maui, con paseo en avión, en Harley-Davidson y en submarino, terminamos en el Centro Cultural Polinesio, donde luego de apreciar las danzas y costumbres de las diferentes islas de la Melanesia, la Micronesia, y barrios afines, tomarnos fotos con las mejores bailarinas de hula-hula de la isla de Tonga y saborear un riquísimo Luau, entramos a una especie de callejón en donde un luchador autóctono hawaiano de dos metros de altura y más de doscientos kilos de peso —sin contar la lanza— nos enseñó, junto con un grupo de turistas, todo lo que se podía hacer con los cocos: combustible, fuego, leche, masa comestible, ropa, y la popular «agüita de coco».

 

Al terminar, nos enseñó la foto de un pez exótico y explicó que era algo así como la mascota oficial del Aloha State (así le dicen los gringos a Hawaii) y animal sagrado para los hawaianos; luego se atravesó en la puerta y dijo que repetiría tres veces el nombre nativo del bendito Rhinecanthus rectangulus (nombre científico del vulgarmente conocido como Trigger fish o Picasso fish), y que quien no se lo aprendiera y lo pronunciara correctamente en perfecto hawaiano no podría salir del corral ese, y al que se quedaba al último se lo chifaba… Nunca olvidaré ese triste espectáculo de cincuenta personas repitiendo asustadas y con extraña voz de misionero anglicano: Humuhumu-nukunuku-apua’a… humuhumu-nukunuku-apua’a… humuhumu-nukunuku-apua’a…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com/

EL PODEROSO EFECTO DEL NO

 

 

Daniel Colombo

 

Desde diversas perspectivas, la expresión “no”, utilizada convenientemente, en vez de cerrar, abre puertas.

 

Funciona así porque muchas personas han sido educadas para congraciarse con la opinión de los demás, aunque esto represente para ellos postergarse y quedarse en un segundo plano de su existencia. Debes saber desde ya que estos son signos de violencia y de sometimiento.

 

El “no” asertivo, bien dicho en el momento apropiado, abre un universo de posibilidades, más allá de que las personas teman decirlo con toda claridad.

 

Repasemos los motivos por los que muchos no apliquen convenientemente el no:

 

  • Tienen miedo a ser juzgados por los demás.
  • Les parece que los demás se enfadarán y alejarán.
  • En su fantasía, piensan que es mejor decir siempre que sí, aun a costa de su propia voluntad.
  • Quieren agradar.
  • En un sentido profundo, buscan complacer para recibir algo a cambio: se llama aprobación del otro. Se llama recibir un resto de amor. Parece difícil de entender, aunque así funciona.

Las personas débiles han sido entrenadas para buscar la aprobación de los otros. Es el caso de quienes no tienen opinión propia, o los que dejan que los otros elijan por ellos desde lo más simple -como qué ordenar en un restaurante- hasta temas profundos e invalidantes -como cuándo y quién decide sobre la felicidad en cualquier tipo relación, por citar un ejemplo recurrente.

 

Este mecanismo inconsciente se vuelve en contra de su verdadera esencia que es la libertad. Es que, de tanto decir que sí -incluso yendo en su contra – han construido unos lazos fuertes como cadenas que los atan a otros y a las circunstancias. De adultos, estas cadenas los inmovilizan y retienen en un punto donde muchas veces ya no pueden soltarse tan fácilmente.

 

Será necesario que encaren un trabajo profundo, de autoconsciencia y autovaloración. Tantos años de dar y de entregarse por completo a otros, incluso sin desearlo, los han convertido en pálidos reflejos de quienes soñaban ser.

 

Muchas personas se despersonalizan queriendo cumplir y satisfacer a los demás, y allí se deteriora su estructura psíquica. Caen así en patrones de conmiseración, sufrimiento innecesario y dependencia en extremo.

 

La manipulación de otros hacia ellos -por citar un ejemplo- es una de las formas perniciosas que suele acarrear la imposibilidad de decir que no en forma asertiva.

 

Una vez que se desanda ese comportamiento aprendido tan dañino, la persona aprende a fortalecerse desde un nuevo Yo, conectado con su Ser, que es su parte interna de mayor integridad individual. Con esta nueva estructura psíquica, ahora más equilibrada, recién podrá empezar a experimentar un atisbo de mayor libertad y plenitud en la vida.

 

  • El “no” te favorece

Hay otras circunstancias en las que el “no” favorece en el desarrollo y la ejecución de aspectos operativos de la vida.

 

Por ejemplo, en la expresión de opiniones, para evitar ser manipulado por los demás o ser llevado de narices por las masas, el gobierno, la política u otros, debido a que, si la persona es débil, se encuentra en inferioridad de condiciones para tomar sus propias elecciones y decisiones.

 

Este es uno de los principios por los que, a modo de ejemplo, cualquier movida de tipo populista evita que las personas piensen y tomen sus decisiones, ya que, de hacerlo, se rompe ese sistema.

 

Independientemente de la opinión de cada persona, siempre es necesario estimular que lo haga desde una toma de consciencia profunda, individual y que tenga sentido. Esto implica no dejarse arrastrar por otros que lo único que querrán es controlar voluntades.

 

Aquí van cinco ejemplos concretos de cómo favorece el “no”, aplicado en forma asertiva:

 

  • En relaciones de pareja: nadie está obligado a hacer lo que no quiere. Esto implicará delimitar las cosas para no sentirse vulnerado en sus derechos más íntimos.
  • En negociaciones de cualquier tipo: nadie está obligado a actuar en contra de sí mismo, por más manipulación emocional y psicológica que quiera ejercer la otra parte.
  • En el éxito de los negocios: está comprobado que decir que no, cuando las condiciones que se presentan van en contra del mínimo aceptable, es lo que fortalece tu posición para obtener algo mejor, en esta o cualquier otra circunstancia. En muchos países se acostumbra, por ejemplo, al regateo de precios y honorarios. Si es tu caso, y mantienes un no asertivo, es posible dar la vuelta de ese intento de manipulación espurio, para fortalecer tu autoestima y valoración. Siendo más claros: cuantas más veces digas que no, paulatinamente mejora tu posición.
  • En la tergiversación de ideas y opiniones: una buena forma de fortalecerte es mantenerte fiel a tus principios, y no dejar que otros intenten llevar agua para su molino. Esto puede ser desafiante si has vivido satisfaciendo los deseos de otros. Con un trabajo paulatino, reforzarás tu Yo interno, y podrás expresar más claramente lo que quieres, poniendo límites.
  • En el trabajo y cualquier otra relación social: el espíritu de cocreación de las cosas incluye varias partes. Como eres una de ellas, necesitas abogar por reglas claras desde el principio. Es frecuente el cambio de las consignas sobre la marcha, y si no estás con claridad para fijar tus parámetros y límites, estos pueden llevarte a situaciones no deseadas.

Paso a paso

 

Para empezar a funcionar de manera distinta será necesario que experimentes paulatinamente con cambios pequeños, casi microscópicos, y que los sostengas en el tiempo. Necesitas fortalecer tu estructura interna, y esto se logra practicando continuamente. Esfuérzate por tomar tus propias decisiones; toma posturas cada vez sobre cosas mayores; elimina el sí en automático de tu conducta frecuente; verbaliza lo que sientes en cada momento: no lo postergues ni guardes. Pon freno a quienes quieran abusar o elegir por ti.

 

Se trata de ti. Se trata de tu vida, tus valores, tus elecciones, aunque sean inconscientes. Eso es indelegable, aunque hayas vivido toda tu vida en la forma contraria a lo que querías, entregando a otro parte de tu libertad.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

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