7
February
2008
Rabindranath Tagore
No pida yo nunca estar libre de peligros,
si no valor para afrontarlos.
No quiera yo que se apaguen mis dolores,
si no que sepa dominarlos mi corazón.
No busque yo amigos por el campo de batalla de la vida,
si no fuerza en mí.
No anhele yo, con afán temeroso, ser salvado,
si no esperanza de conquistar, paciente, mi libertad.
¡No sea yo tan cobarde, Señor, que quiera tu misericordia en mi triunfo,
si no tu mano apretada en mi fracaso!
Fuente: http://www.quechilero.com
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24
December
2007
Solange Rodríguez Pappe
“El Lugar de las Apariciones”
Con su inofensivo dedo índice había señalado el horizonte del desierto mientras le anunciaba:
- Al otro lado te espera.
Ella, esperanzada, miró los ojos de esa niña, y se le antojaron furiosos, casi animales, pero atribuyó esa impresión al intenso resplandor. Lo que acababa de decirle ayudó a que comprendiera tantas cosas sobre las relaciones… Arrojando hacia atrás el bolso, se frotó los brazos calientes y la siguió.
Lo primero que lamentó perder fueron los zapatos. Uno se le quedó irremediablemente perdido en un banco de arena y ella decidió dejar al otro en el mismo lugar para que no se sintiera solo.
El clima del trópico se fue encargando de los demás: el sol la dejó sin vestido; el viento sin cabellos y el silencio de la niña, sin palabras. A cambio de eso sostuvo en alto la esperanza de encontrarlo, como un banderín descolorido y con esa confianza ella se arropaba por las noches cuando hasta parte de la piel se le perdió.
Caminó demasiado, caminó hasta que el desierto no le dejó nada más a guardar que su propia sangre. Caminó hasta memorizar cada punto de la espalda de la niña, esa pequeña sombra ambigua que estaba siempre tres pasos adelante.
Justo antes de pensar en abandonar la historia, cuando no le quedaba carne y los pasos se le tornaron estertores, la niña detuvo su trotecito rápido y miró con intensidad hacia un punto.
Muy próximo y como insertado artificialmente en el paisaje, estaba él. Ella quiso entonces expresar su euforia, pero se percató de que tenía la voz coagulada en la garganta y que bajo esa garganta se estaba desplomando un cuerpo seco.
Ella engarrotó las manos, agitó los labios.
Él no la reconoció. Más bien se acercó con la curiosidad de quien observa los detalles de un esqueleto a media luz y la contempló morir sin emoción.
Entonces reparó en la niña de ojos intensos que estaba tirando de su mano.
- Ven –le dijo apuntando hacia el interior del desierto-. Al otro lado ella te espera.
Texto trascrito con autorización de la autora.
Fuente: http://www.solocrecer.com
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17
December
2007
María Leonor Baquerizo Díaz Granados
“Sólo quería entender”
La revista estaba sobre la mesa. Parecía que la mujer de la portada lo miraba. A ratos levantaba los ojos como para ver si seguía ahí. Después de tres personas le tocaría a él. Había esperado mucho ese día.
La señora que acababa de entrar tenía cara de oveja. Esos rizos del pelo con ese color casi blanco. Seguramente sería suave como una almohada, igual que una oveja bien comida. Como los otros, posiblemente, se deja llevar sin decir nada, siguiendo siempre al rebaño. Ahora se sienta feliz. Pobrecita.
El hombre sentado en la esquina no ha pasado de página desde que llegué. Parece que no duerme bien, podría ser que fuma mucho. Está flaco, tiene los dedos manchados y no ha dejado de moverlos. Cada vez que puede le mira las piernas a la chiquilla de la minifalda negra. Y no se pierde ni una sola vez cuando las cruza.
Estoy seguro de que le gusta mirar a la gente, no sólo a las mujeres.
El timbre del teléfono lo hizo mirar a la secretaria.
Impecablemente arreglada, su pelo parecía pegado, no se le movía ni una sola hebra. Qué perfección. Terrible.
La persona que estaba adentro salía con una sonrisa radiante.
En ese momento la claridad de la pieza pareció debilitarse. Las personas estaban petrificadas. Era como si todo se detuviera en el tiempo. Y él ahí, sentado en un mundo sin vida. Creado por él. Pero ese era el mundo del que quería escapar.
Al fondo vio una puerta que se abría suavemente. Pero no era claro lo que veía. Miró a su alrededor con el pulso acelerado. Tenía las manos temblorosas y apretadas. De pronto no hubo nadie más. La puerta se abrió por completo. El señor con el mandil blanco le sonreía amablemente mientras lo invitaba a pasar.
La voz de la secretaria le repitió varias veces que pasara. Miró al hombre, no estaba, ni la mujer, ni nadie. Sólo él. Era su turno. Tendría que entrar. Y explicarle a un extraño lo que le sucedía. Tan extraño como las otras personas de aquel mundo que no parecía ser el suyo.
No, no lo haría. Entonces se darían cuenta de que era diferente. Y eso, de pronto, le dio miedo.
Texto trascrito con autorización de la autora.
Fuente: http://www.solocrecer.com
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