30
August
2010
Paulo Coelho
“Cuenta la leyenda que, al concebir su famoso fresco La Última Cena, Leonardo da Vinci se topó con una gran dificultad: necesitaba pintar el Bien –en la imagen de Jesús– y el Mal –en la figura de Judas”.
En 1476, dos hombres conversan en el interior de una iglesia medieval. Se detienen durante algunos minutos frente a un cuadro en el que se ve a dos ángeles, de manos dadas, descendiendo hacia una ciudad.
–Estamos viviendo el terror de la peste bubónica –comenta uno de ellos–. Hay personas muriendo; no quiero ver imágenes de ángeles.
–Esta pintura es sobre la peste –dice el otro–. Es una representación de la Leyenda Áurea. El ángel vestido de rojo es Lucifer, el Maligno. Fíjate en la pequeña bolsa que lleva atada al cinturón: allí dentro está la epidemia que ha devastado nuestras vidas y las vidas de nuestras familias.
El hombre observa la pintura con cuidado. Realmente, Lucifer lleva una pequeña bolsa; sin embargo, el ángel que lo conduce tiene una apariencia serena, pacífica, iluminada.
–Si Lucifer trae la peste, ¿quién es este otro que lo lleva de la mano?
–Este es el ángel del Señor, el mensajero del Bien. Sin su permiso, el Mal jamás podría manifestarse.
–¿Qué es lo que está haciendo, entonces?
–Mostrando el lugar donde los hombres deben ser purificados por una tragedia.
Da Vinci busca a sus modelos
Cuenta la leyenda que, al concebir su famoso fresco La Última Cena, Leonardo da Vinci se topó con una gran dificultad: necesitaba pintar el Bien –en la imagen de Jesús– y el Mal –en la figura de Judas–. Cierto día, mientras escuchaba a un coro, encontró en uno de los muchachos la imagen ideal de Cristo. Lo invitó a su taller, y reprodujo sus trazos en estudios y esbozos. Antes de que el muchacho saliera, le enseñó el proyecto del fresco. Lo elogió por representar el rostro de Cristo.
Pasaron tres años. La Santa Cena, que embellecía una de las iglesias más conocidas de la ciudad, estaba casi concluida, pero Leonardo da Vinci aún no había encontrado el modelo ideal para Judas.
El cardenal, responsable de aquella iglesia, empezó a presionar a Leonardo, exigiéndole que terminase cuanto antes su trabajo.
Después de muchos días buscando, el pintor encontró a un joven prematuramente envejecido, con la ropa hecha jirones, borracho, tirado en la cuneta. Con dificultad, les pidió a sus ayudantes que lo llevaran a la iglesia, pues ya no le quedaba tiempo para hacer esbozos.
Cargaron hasta allí al mendigo, que no conseguía entender bien lo que estaba ocurriendo: los ayudantes lo mantenían de pie, mientras Leonardo copiaba las líneas de la mezquindad, del pecado, del egoísmo, tan bien delineadas en aquel rostro.
Cuando terminó el trabajo, el mendigo –ya un poco recuperado de su resaca– abrió los ojos y se fijó en el fresco que tenía frente a él. Y dijo, con una mezcla de espanto y tristeza:
–¡Yo ya había visto ese cuadro antes!
–¿Cuándo? –preguntó sorprendido Leonardo.
–Hace tres años, antes de que perdiera todo lo que tenía. En una época en la que cantaba en un coro. Y el artista me invitó para que posara como modelo del rostro de Jesús.
Fuente: http://www.larevista.ec
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23
August
2010
Paulo Coelho
“Te voy a dar la lección más importante sobre el poder del pensamiento. Cuando quieras una cosa, concéntrate sólo en ella: nadie jamás será capaz de dar en un blanco que no consigue ver…”.
Se dirigieron al bosque que había junto al monasterio. Al llegar frente a un viejo roble, Raman tomó una de las flores que llevaba en el collar, y la puso en una de las ramas del árbol.
A continuación, abrió su alforja y extrajo tres objetos: un magnífico arco de madera preciosa, una flecha y un pañuelo blanco con bordados de color lila.
El yogui entonces se situó a cien pasos del árbol, se volvió hacia su blanco, y le pidió al discípulo que le vendase los ojos con el pañuelo.
El discípulo hizo lo que el maestro le había ordenado.
-¿Cuántas veces me has visto practicar el noble y antiguo deporte del arco y la flecha? –preguntó.
-Todos los días- respondió el discípulo-. Y siempre lo vi acertar la rosa, a una distancia de trescientos pasos.
Con los ojos cubiertos por el pañuelo, el yogui Raman tomó posición, estiró el arco con toda su energía y, apuntando hacia la rosa colocada en una de las ramas del roble, disparó.
La flecha cortó el aire, provocando un silbido agudo, pero sin dar en el árbol, fallando por una distancia vergonzosa.
-¿Le he dado?- dijo Raman, quitándose el pañuelo que le cubría los ojos.
-No. Ha fallado el tiro, y por bastante -respondió el
discípulo-. Pensaba que iba a mostrarme el poder del pensamiento, y su capacidad para hacer magia.
-Te voy a dar la lección más importante sobre el poder del pensamiento –respondió Raman-. Cuando quieras una cosa, concéntrate sólo en ella: nadie jamás será capaz de dar en un blanco que no consigue ver.
La búsqueda del sabio
El abad Abraham supo que cerca del monasterio de Esceta había un sabio. Fue a buscarlo, y le preguntó:
-Si hoy encontraras una bella mujer en tu cama, ¿conseguirías pensar que no es una mujer?
-No –respondió el eremita-, pero conseguiría controlarme.
El abad continuó:
-Y si descubrieses monedas de oro en el desierto, ¿conseguirías ver estas monedas como si fuesen piedras?
-No. Pero conseguiría controlarme para dejarlas donde estaban.
Insistió Abraham:
-Y si te buscaran dos hermanos, uno que te odia y otro que te ama, ¿conseguirías pensar que ambos son iguales?
Dijo el ermitaño:
-Aunque sufriría, yo procuraría tratar a los dos de la misma manera.
Aquella noche, al regresar al monasterio de Esceta, Abraham les comentó a sus novicios:
-Voy a explicaros lo que es un sabio: es aquel que, en lugar de matar sus pasiones, consigue controlarlas.
Fuente: http://www.larevista.ec
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22
August
2010
Osho
Hubo un santo sufí, Hijira. Un ángel se le apareció en un sueño y le dijo que, del pozo, debía almacenar tanta agua como le fuera posible porque a la mañana siguiente toda el agua del mundo iba a ser envenenada por el diablo y todo aquél que la bebiera se volvería loco.
Así que durante toda la noche el fakir estuvo almacenando tanta agua como le fue posible. Y lo predicho sucedió realmente: a la mañana siguiente todo el mundo se volvió loco. Pero nadie sabía que toda la ciudad se había vuelto loca. Solamente el fakir no estaba loco, pero todos hablaban de él como si se hubiera vuelto loco. El sabía lo que había sucedido, pero nadie le creía. De modo que siguió bebiendo su agua y se quedó solo.
Pero no podía seguir así; toda la ciudad vivía en un mundo completamente distinto. Nadie le hacía caso y finalmente se extendió el rumor de que iba a ser hecho preso y enviado a prisión. Decían que estaba loco.
Una mañana fueron a apresarle. O bien aceptaba a ponerse bajo tratamiento como si estuviera enfermo, o bien lo enviaban a prisión, pero no iban a dejarle libre; le tenían por absolutamente loco. Lo que decía no podían comprenderlo; hablaba un lenguaje completamente distinto.
El fakir no sabía qué hacer. Había tratado de ayudar a los demás a recordar su pasado, pero lo habían olvidado todo. No recordaban nada de su pasado, nada de lo que había existido antes de esa maldita mañana. No podían comprenderle; el fakir se había vuelto incomprensible para ellos.
Rodearon su casa y le cogieron. Entonces el fakir les dijo, “Dadme un minuto más. Yo mismo me pondré bajo tratamiento”. Corrió hacia el pozo comunitario, bebió del agua y se volvió como todos. Ahora toda la ciudad estaba feliz; ahora el fakir estaba bien, ahora no estaba loco. En realidad, se había vuelto loco, pero ahora formaba parte integrante del mundo corriente.
Si todos están dormidos, nunca te darás cuenta de que tú estás dormido. Si todo el mundo está loco y tú estás loco, nunca lo sabrás.
Fuente: http://www.fotolog.com
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