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LITERATURA



TODOS VUELVEN…

 

 

Gino Winter

 

Regresando a mi tierra (Lima -Perú), llegué al Aeropuerto de Newark con tiempo suficiente para minimizar el fastidio de esperas y revisiones antes de subir al avión. Pasé por todas las salidas donde gente de lo más ordenada y silenciosa se disponía a partir… hasta que llegué al último counter, destinado a los vuelos New Jersey – Lima, donde una montonera de peruvian people pugnaba por subir al avión sin importarle que aún faltaban más de dos horas para el despegue, empujaban, gritaban, peleaban, parecía que querían tomar el aeropuerto…

 

 

Por más se les explicaba la mecánica de abordaje, manan canchu, no se oye padre… Yo estaba cómodamente sentado leyendo la versión original de The Da Vinci Code, de Dan Brown, al lado de un grupo de universitarios. Una tía sesentona, más fea que una cucharada de moco, se paró al lado de los muchachos pretendiendo que desarmen su reunión para que le den el asiento pues quería estar en primera fila… Al explicarle los muchachos que podía usar cualquiera de los más de cien asientos que quedaban y que la llamarían por orden de fila del avión, la tía les lanzó un huaico de groserías haciendo causa común con una zamba con nariz de asiento de moto de querosenero, rajando a dúo de la falta de educación de los universitarios peruanos, quitacuncha mamuchanchu…

 

Nuestra gente cargaba infinidad de bultos que les colgaban a manera de ekekos y no los entregaban por más que sabían que no podrían ingresarlos al avión. La mayoría seguía pugnando por entrar… y el avión ni siquiera había llegado, añañau… Sólo faltaban gallinas para que parezca un viaje interprovincial por Tepsa, Ormeño, o la popular Soyuz, más conocida como «La Muerte Amarilla» o de Civa del congresista Ciccia, a quien le dicen «El Llanero Solitario» porque sólo monta con Plata… Una linda hostess se puso enfrente del popullorum y sudando informó lo más amablemente que pudo que «los pasajeros de primera clase pueden empezar a abordar el avión»… Pobrecita, le dijeron de «putifai» para arriba, la empujaron como si fuera jugadora de Rugby con la papaya esa de cuero que los anglos llaman balón. Un par de compañeros se acercaron a ayudar, pero… nada de nada… nuestros cholos llegaron primero y habían hecho cola de pie dos horas, así que nadie pasaría por encima de ellos… La aerolínea tuvo que llevarse a los «pitucos» por atrás del counter para hacerlos pasar sin que los linchen… Al llamar por filas la misma vaina… qué filas ni ocho cuartos, yo llegué primero carajo!!! «No puede ser que no ‘hayga’ respeto al pasajero, mejor me regresaba en Aeroperu»… «señor ya no existe Aeroperu»,…«mejor, así no nos maltratan» (¿?)… 

 

Una socióloga gringa ya entrada en años me dijo en Inglés que sus viajes al Perú siempre eran igual de «divertidos»… le respondí en Inglés que yo también era peruano y que la «montonera» era uno de nuestros deportes ancestrales, pero que yo ya me había retirado, por lesión… la gringa me empezó a hablar en perfecto castellano, a manera de disculpa, de Machu Piccchu, Chan Chan, la comida peruana y demás maravillas de mi querido Perú…

 

Luego de un viaje razonablemente tranquilo, llegamos a Lima para encontrarnos con un aeropuerto más moderno, aunque a medio reconstruir y tuvimos que esperar largo rato porque el sistema de computo de Migraciones se había averiado y estaban revisando las fichas a mano, con lo cual, debido a mi apellido, del cual no soy culpable, tuve que soportar unos minutos adicionales de «amistoso interrogatorio». Dicen que no nos preocupemos, que el sistema es muy bueno y sólo se malogra cuando alguien importante tiene que escapar del país… Al salir me di con la sorpresa de que mis maletas debían estar por Bramaputra, Timboctú o en algún recodo de la dimensión desconocida, con lo cual tuve que esperar dos horas hasta que una guapa señorita nos dijo despóticamente y con voz o-sea-nasal que no llegarían y que llenemos las hojitas azules con copia amarilla que ella amablemente nos había arrojado sobre una mesita coja y parte en el suelo. Nos dieron un teléfono para llamar, yo les di el mío para que me llamen, cosa que hicieron al día siguiente y regresé al aeropuerto para ser detenido en la puerta pues mi seguro vehicular tenia cinco días de vencido. No hubo disculpa que valiera ante el laconismo de un policía más feo que comida de loco, la ley es la ley, así que mientras yo aceleraba el paso para poder recoger mis maletas, mi señora le entregaba diez nuevos soles al gendarme, quien le respondió indignado que ni de vainas, imposible, ellos eran tres y por lo tanto no acertarían menos de treinta nuevos soles, los cuales fueron entregados sin dudas ni murmuraciones porque «a la policía se la respeta»…

 

Llegué a la hora indicada a la oficina de la aerolínea para encontrarla cerrada con un letrero mal escrito que rezaba «estamos en Aduana», lugar al que no me dejaban ingresar si no entraba con alguno de la compañía… por suerte salía una linda señorita de no más de 35 kilos (si la pesamos con ropa y mojada) y me llevó al depósito, en donde tuve que descargar varios bultos hasta que sudando conseguí mis dos maletas, la flaquita con las justas podía cargar los documentos que tuve que llenar antes de pasar la inspección, donde me dejaron las maletas como dos butifarras con su lechuga afuera. Llevaba ya algunas horas repitiendo en mi mente «no debo ser huachafo, éste es el discreto encanto de mi gente» cuando una joven policía me paró y me hizo notar que una luz lateral de mi auto estaba rota. Le indique que era una luz de adorno y que las direccionales estaban más adelante, pero me miró con sus hormonas directamente a los ojos, como para que comprenda que estaba con síndrome pre-menstrual y en esas condiciones las mujeres pueden ser más peligrosas que tocar el bandoneón calato,… no me quedó más remedio que recibir mi multa con una sonrisa de agradecimiento y partir al infinito…

 

Empecé a repetir en mi mente «El resentimiento es una intoxicación psíquica» frase de Max Scheler, filósofo Alemán, de la que se desprenden otras frases como «El resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que se muera otro», con lo cual evitaba que el baño de realidad nacional me encamine por el triste sendero del resentimiento social, así que seguí manejando mi auto ordenadamente, pero haciendo una que otra maniobra de «imprudencia temeraria» para no desentonar en el tráfico de mi querida Lima… … Es santo el amor de la tierra, que triste es la ausencia que deja el ayer… (César Miró – Todos vuelven)

 

El cariño de mi familia, las reuniones con mis amigos de siempre en el News Café, el sabor de la fruta fresca, los chicharrones del Kio, los pollos a la braza del Pardo’s Chicken, los cebiches del Francesco, las entradas criollas del José Antonio, las pastas del San Ceferino o de La Bodega de la Trattoria, los postres del Tanta y los tragos del Bohemia con sus diosas disfrazadas de impulsadoras de Marlboro, me hicieron recaer nuevamente en ese hermoso masoquismo de sentirme propio de un país bello pero increíble, en donde como modernos cristos estamos crucificados entre dos reconocidos ladrones: un chino-japonés y un caballo loco, como candidatos increíblemente favoritos a ganar las próximas elecciones presidenciales (Contra).

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

EL NIÑO DE JUNTO AL CIELO

 

 

Enrique Congrains Martin

 

Por alguna desconocida razón, Esteban había llegado al lugar exacto, precisamente al único lugar… Pero ¿no sería, más bien, que “aquello” había venido hacia él? Bajó la vista y volvió a mirar. Sí, ahí seguía el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.

 

¿Por qué, por qué él?

 

Su madre se había encogido de hombros al pedirle, él, autorización para conocer la ciudad, pero después le advirtió que tuviera cuidado con los carros y con las gentes. Había descendido desde el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divisó “aquello” junto al sendero que corría paralelamente a la pista.

 

Vacilante, incrédulo se agachó y lo tomó entre sus manos. Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que contenía muchísimas pesetas, innumerables reales. ¿Cuántos reales, cuántos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarcaban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que se trataba de un papel anaranjado que decía “diez” por sus dos lados.

 

Siguió por el sendero, rumbo a los edificios que se veían más allá de ese cerro cubierto de casas. Esteban caminaba unos metros, se detenía y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar su indispensable presencia. ¿Había venido el billete hacia él se preguntaba o era él, el que había ido hacia el billete?

 

Cruzó la pista y se internó en un terreno salpicado de basura, desperdicios de albañilería y excrementos; llegó a una calle y desde allí divisó al famoso mercado, el Mayorista, del que tanto había oído hablar. ¿Eso era Lima, Lima, Lima?… La palabra le sonaba a hueco. Recordó: su tío le había dicho que Lima era una ciudad grande, tan grande que en ella vivían un millón de personas.

 

¿La bestia con un millón de cabezas? Esteban había soñado hacía unos días, antes del viaje, en eso: una bestia con un millón de cabezas. Y ahora, él, con cada paso que daba, iba internándose dentro de la bestia…

 

Se detuvo, miró y meditó; la ciudad, el Mercado Mayorista, los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes algunas como él, otras no como él, y el billete anaranjado, quieto, dócil, en el bolsillo de su pantalón. El billete llevaba el “diez” por ambos lados y en eso se parecía a Esteban. El también llevaba el “diez” en su rostro y en su conciencia. El “diez años” lo hacía sentirse seguro y confiado, pero sólo hasta cierto punto. Antes, cuando comenzaba a tener noción de las cosas y de los hechos, la meta, el horizonte, había sido fijado en los diez años. ¿Y ahora? No, desgraciadamente no. Diez años no era todo, Esteban se sentía incompleto aún. Quizá si cuando tuviera doce, quizá si cuando llegara a los quince. Quizá ahora mismo, con la ayuda del billete anaranjado.

 

Estuvo dando algunas, vueltas, atisbando dentro de la bestia, hasta que llegó a sentirse parte de ella. Un millón de cabezas y, ahora, una más. La gente se movía, se agitaba, unos iban en una dirección, otros en otra, y él, Esteban, con el billete anaranjado, quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.

 

Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se detuvo a unos metros de ellos y quedó observando el ir y venir de las bolas; jugaban dos y el resto hacía ruedo. Bueno, había andado unas cuadras y por fin encontraba seres como él, gente que no se movía innecesariamente de un lado a otro. Parecía, por lo visto, que también en la ciudad había seres humanos.

 

¿Cuánto tiempo estuvo contemplándolos? ¿Un cuarto de hora? ¿Media hora? ¿Una hora, acaso dos? Todos los chicos se habían ido, todos menos uno. Esteban quedó mirándolo, mientras su mano dentro del bolsillo acariciaba el billete.

 

—¡Hola, hombre!

 

—Hola… —respondió Esteban, susurrando casi.

 

El chico era más o menos de su misma edad y vestía pantalón y camisa de un mismo tono, algo que debió ser kaki en otros tiempos, pero que ahora pertenecía a esa categoría de colores vagos e indefinibles.

 

—¡Eres de por acá! —le preguntó a Esteban.

 

—Sí, este… —se aturdió y no supo cómo explicar que vivía en el cerro y que estaba en viaje de exploración a través de la bestia de un millón de cabezas.

 

—¿De dónde, ah? —se había acercado y estaba frente a Esteban. Era más alto y sus ojos inquietos le recorrían de arriba a abajo—. ¿De dónde, ah? —volvió a preguntar.

 

—De allá, del cerro —y Esteban señaló en la dirección en que había venido.

 

—¿San Cosme?

 

Esteban meneó la cabeza, negativamente.

 

—¿Del Agustino?

 

—¡Sí, de ahí! —exclamó sonriendo. Ese era el nombre y ahora lo recordaba. Desde hacía meses, cuando se enteró de la decisión de su tío de venir a radicarse a Lima, venía averiguando cosas de la ciudad. Fue así como supo que Lima era muy grande, demasiado grande, tal vez; que había un sitio que se llamaba Callao y que ahí llegaban buques de otros países; que habían lugares muy bonitos, tiendas enormes, calles larguísimas… ¡Lima! … Su tío había salido dos meses antes que ellos con el propósito de conseguir casa. Una casa ¿En qué sitio será?, le había preguntado a su madre. Ella tampoco sabía. Los días corrieron y después de muchas semanas llegó la carta que ordenaba partir… ¡Lima! … ¿El cerro del Agustino, Esteban? Pero él no lo llamaba así. Ese lugar tenía otro nombre. La choza que su tío había levantado quedaba en el barrio de Junto al Cielo. Y Esteban era el único que lo sabía.

 

—Yo no tengo casa… —dijo el chico después de un rato. Tiró una bola contra la tierra y exclamó—: ¡Caray, no tengo!

 

—¿Dónde vives, entonces? —se animó a inquirir Esteban.

 

El chico recogió la bola, la frotó en su mano y luego respondió:

 

—En el mercado, cuido la fruta, duermo a ratos…

 

Amistoso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y le preguntó—: ¿Cómo te llamas tú?

 

—Esteban…

 

—Yo me llamo Pedro —tiró la bola al aire y la recibió en la palma de su mano —. Te juego, ¿ya Esteban?

 

Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguiéndose mutuamente. Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasaron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego había terminado, Esteban no tenía nada que hacer junto a la habilidad de Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la acera. ¿A dónde, ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sentía más a gusto en compañía de Pedro, que estando solo.

 

Dieron algunas vueltas, más y más edificios. Más y más gentes. Más y más autos en las calles. Y el billete anaranjado seguía en el bolsillo. Esteban lo recordó.

 

—¡Mira lo que me encontré! —lo tenía entre sus dedos y el viento lo hacía oscilar levemente.

 

—¡Caray! —exclamó Pedro y lo tomó, examinándolo al detalle—. ¡Diez soles, caray! ¿Dónde lo encontraste?

 

—Junto a la pista, cerca del cerro —explicó Esteban.

 

Pedro le devolvió el billete y se concentró un rato. Luego preguntó:

 

—¿Qué piensas hacer, Esteban?

 

—No sé, guardarlo, seguro… —y sonrió tímidamente.

 

—¡Caray, yo con una libra haría negocios, palabra que sí!

 

—¿Cómo?

 

Pedro hizo un gesto impreciso que podía revelar, a un mismo tiempo, muchísimas cosas. Su gesto podía interpretarse como una total despreocupación por el asunto —los negocios— o como una gran abundancia de posibilidades y perspectiva. Esteban no comprendió.

 

—¿Qué clase de negocios, ah?

 

—¡Cualquier clase, hombre! —pateó un cáscara de naranja que rodó desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pasó un ómnibus que la aplanó contra el pavimento—. Negocios hay de sobra, palabra que sí. Y en unos dos días cada uno de nosotros podría tener otra libra en el bolsillo.

 

—¿Una libra más? —preguntó Esteban asombrándose.

 

—¡Pero claro, claro que sí!… —volvió a examinar a Esteban y le preguntó—: ¿Tú eres de Lima?

 

Esteban se ruborizó. No, él no había crecido al pie de las paredes grises, ni jugando sobre el cemento áspero e indiferente. Nada de eso en sus diez años, salvo lo de ese día.

 

—No, no soy de acá, soy de Tarma; llegué ayer…

 

—¡Ah! —exclamó Pedro, observándolo fugazmente—. ¿De Tarma, no?

 

—Sí, de Tarma…

 

Habían dejado atrás el mercado y estaban junto a la carretera. A medio kilómetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el barrio de Junto al Cielo, según Esteban. Antes del viaje, en Tarma, se había preguntado: ¿iremos a vivir a Miraflores, al Callao a San Isidro, a Chorrillos, en cuál de esos barrios quedará la casa de mi tío? Habían tomado el ómnibus y después de varias horas de pesado y fatigante viaje, arribaban a Lima. ¿Miraflores? ¿La Victoria? ¿San Isidro? ¿Callao? ¿A dónde Esteban, adónde? Su tío había mencionado el lugar y era la primera vez que Esteban lo oía nombrar. Debe ser algún barrio nuevo, pensó. Tomaron un auto y cruzaron calles y más calles. Todas diferentes pero, cosa curiosa, todas parecidas, también. El auto los dejó al pie de un cerro. Casas junto al cerro, casas en mitad de cerro, casas en la cumbre del cerro. Habían subido y una vez arriba, junto a la choza que había levantado su tío. Esteban contempló a la bestia con un millón de cabezas. La “cosa” se extendía y se desparramaba, cubriendo la tierra de casa, calles, techos, edificios, más allá de lo que su vista podía alcanzar. Entonces Esteban había levantado los ojos, y se había sentido tan encima de todo —o tan abajo, quizá— que había pensado que estaba en el barrio de Junto al Cielo.

 

—Oye, ¿quisieras entrar en algún negocio conmigo? —Pedro se había detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.

 

—¿Yo?… —titubeando, preguntó—: ¿Qué clase de negocio? ¿Tendría otro billete mañana?

 

—¡Claro que sí, por supuesto! —afirmó resueltamente.

 

La mano de Esteban acarició el billete y pensó que podría tener otro billete más, y otro más, y muchos más. Muchísimos billetes más, seguramente. Entonces el “diez años” sería esa meta que siempre había soñado.

 

—¿Qué clase de negocios se puede, ah? —preguntó Esteban.

 

Pedro sonrió y explicó:

 

—Negocios hay muchos… Podríamos comprar periódicos y venderlos por Lima; podríamos comprar revistas, chistes … —hizo una pausa y escupió con vehemencia. Luego dijo, entusiasmándose—: Mira, compraremos diez soles de revistas y los vendemos ahora mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.

 

—¿Quince soles?

 

—¡Claro, quince soles! ¡Dos cincuenta para ti y dos cincuenta para mí! ¿Qué te parece, ah?

 

Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora; convinieron en que Esteban no diría nada, ni a su madre ni a su tío: convinieron en que venderían revistas y que de la libra de Esteban, saldrían muchísimas otras.

 

Esteban había almorzado apresuradamente y le había vuelto a pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su tío no almorzaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, completamente gratis, como había recalcado al explicar su situación. Esteban bajó por el sendero ondulante, saltó la acequia y se detuvo al borde de la carretera, justamente en el mismo lugar en que había encontrado, en la mañana, el billete de diez soles. Al poco rato apareció Pedro y empezaron a caminar juntos, internándose dentro de la bestia de un millón de cabezas.

 

—Vas a ver qué fácil es vender revistas, Esteban. Las ponemos en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de las revistas y así vienen más rápido… ¡Ya vas a ver qué bueno es hacer negocios!…

 

—¿Queda muy lejos el sitio? —preguntó Esteban, al ver que las calles seguían alargándose casi hasta el infinito. Qué lejos había quedado todo lo que hasta hacía unos días había sido habitual para él.

 

—No, ya no. Ahora estamos cerca del tranvía y nos vamos gorreando hasta el centro.

 

—¿Cuánto cuesta el tranvía?

 

—¡Nada, hombre! —y se rió de buena gana—. Lo tomamos no más y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza San Martín.

 

Más y más cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros increíblemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios dónde.

 

—¿Adónde va toda esa gente en auto?

 

Pedro sonrió y observó a Esteban. Pero ¿adónde iban realmente? Pedro no halló ninguna respuesta satisfactoria y se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Más y más cuadras. Al fin terminó la calle y llegaron a una especie de parque.

 

—¡Corre! —le gritó Pedro, de súbito. El tranvía comenzaba a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y se encaramaron al estribo.

 

Una vez arriba se miraron, sonrientes. Esteban empezó a perder el temor y llegó a la conclusión de que seguía siendo el centro de todo. La bestia de un millón de cabezas no era tan espantosa como había soñado, y ya no le importaba estar siempre, aquí o allá, en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.

 

Parecía que el tranvía se había detenido definitivamente, esta vez, después de una serie de paradas, todo el mundo se había levantad de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.

 

—Vamos, ¿qué esperas?

 

—¿Aquí es?

 

—Claro, baja.

 

Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel de cemento de la bestia. Esteban veía más gente y las veía marchar —sabe Dios dónde— con más prisa que antes. ¿Por qué no caminaban tranquilos, suaves, con gusto, como la gente de Tarma?

 

—Después volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender las revistas.

 

—Bueno —asintió Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo, lo importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera en varias más. Eso era lo importante.

 

—¿Tú tampoco tienes papá? —le preguntó Pedro mientras doblaban hacia una calle por la que pasaban los rieles del tranvía.

 

—No, no tengo… —y bajó la cabeza, entristecido. Luego de un momento, Esteban preguntó—: ¿Y tú?

 

—Tampoco, ni papá, ni mamá. —Pedro se encogió de hombros y apresuró el paso. Después inquirió descuidadamente:

 

—¿Y al que le dices “tío”?

 

—Ah… él vive con mi mamá, ha venido a Lima de chofer … —calló, pero enseguida dijo—: Mi papá murió cuando yo era un chico…

 

—¡Ah, caray!… ¿Y tu “tío”, qué tal te trata?

 

—Bien; no se mete conmigo para nada.

 

—¡Ah!

 

Habían llegado al lugar. Tras un portón se veía un patio más o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban revistas al por mayor.

 

—Ven, entra —le ordenó Pedro.

 

Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo habían revistas, y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, seleccionaban sus compras. Pedro se dirigió a uno de los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las contó y volvió a revisarlas.

 

—Paga.

 

Esteban vaciló un momento. Desprenderse del billete anaranjado era más desagradable de lo que había supuesto. Se estaba bien teniéndolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces fuera necesario.

 

—Paga —repitió Pedro, mostrándole las revistas a un hombre gordo que controlaba la venta.

 

—¿Es justo una libra?

 

—Sí, justo. Diez revistas a un sol cada una.

 

Oprimió el billete con desesperación, pero al fin terminó por extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quitó rápidamente de la mano y lo entregó al hombre.

 

—Vamos —dijo jalándolo.

 

Se instalaron en la Plaza San Martín y alinearon las diez revistas en uno de los muros que circulaban el jardín. Revistas, revistas, revistas señor, revistas señora, revistas, revistas. Cada vez que una de las revistas desaparecía con un comprador, Esteban suspiraba aliviado. Quedaban seis revistas y pronto de seguir así las cosas, no habría de quedar ninguna.

 

—¿Qué te parece, ah? —preguntó Pedro, sonriente con orgullo.

 

—Está bueno, está bueno… —y se sintió enormemente agradecido a su amigo y socio.

 

—Revistas, revistas ¿no quiere un chiste, señor?

 

El hombre se detuvo y examinó las carátulas. ¿Cuánto? Un sol cincuenta, no más… La mano del hombre quedó indecisa sobre dos revistas. ¿Cuál, cuál llevará? Al fin se decidió. Cóbrese. Y las monedas cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soñar, allá en Tarma, con una bestia de un millón de cabezas, y otra era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y paladeando con fruición la vida.

 

Él era el socio capitalista y el negocio marchaba estupendamente bien. Revistas, revistas, gritaba el socio industrial, y otra revista más que desaparecía en manos impacientes. ¡Apúrate con el vuelto!, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba a prisa, rápidamente. ¿Adónde van que se apuran tanto?, pensaba Esteban.

 

Bueno, bueno, la bestia era una bestia bondadosa, amigable, aunque algo difícil de comprender. Eso no importaba; seguramente, con el tiempo, se acostumbraría. Era una magnífica bestia que estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara. Ahora ya no quedaban más que dos revistas sobre el muro. Dos nada más y ocho desparramándose por desconocidos e ignorados rincones de la bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes … Listo, ya no quedaba más que una revista y Pedro anunció que eran las cuatro y media.

 

—¡Caray, me muero de hambre, no he almorzado! … —prorrumpió luego.

 

—¿No has almorzado?

 

—No, no he almorzado… —observó a posibles compradores entre las personas que pasaban y después sugirió—: ¿Me podrías ir a comprar un pan o un bizcocho?

 

—Bueno —aceptó Esteban, inmediatamente.

 

Pedro sacó un sol de su bolsillo y explicó:

 

—Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ¿ya?

 

—Sí, ya sé.

 

—¿Ves ese cine? —preguntó Pedro señalando a uno que quedaba en la esquina. Esteban asintió—. Bueno, sigues por esa calle y a mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cómprame un pan con jamón o tráeme un plátano y galletas, cualquier cosa, ¿ya Esteban?

 

—Ya.

 

Recibió el sol, cruzó la pista, pasó por entre dos autos estacionados y tomó la calle que le había indicado Pedro. Sí, ahí estaba la tienda. Entró.

 

—Déme un pan con jamón —pidió a la muchacha que atendía.

 

Sacó un pan de la vitrina, lo envolvió en un papel y se lo entregó. Esteban puso la moneda sobre el mostrador.

 

—Vale un sol veinte —advirtió la muchacha.

 

—¡Un sol veinte! … —devolvió el pan y quedo indeciso un instante. Luego se decidió—: Deme un sol de galletas, entonces.

 

Tenía el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente. Pasó junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos. Miró a su gusto y, luego, prosiguió caminando. ¿Habría vendido Pedro la revista que le quedaba?

 

Más tarde, cuando regresara a Junto al Cielo, lo haría feliz, absolutamente feliz. Pensó en ello, apresuró el paso, atravesó la calle, esperó que pasara uso automóviles y llegó a la vereda. Veinte o treinta metros más allá había quedado Pedro. ¿O se había confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningún otro. Llegó al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince soles, ni… ¿Cómo había podido perderse o desorientarse? Pero, ¿no era ahí donde habían estado vendiendo las revistas? ¿Era o no era? Miró a su alrededor. Sí, en el jardín de atrás seguía la envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y negras, y él lo había notado cuando se instalaron, hacía más de dos horas. Entonces, ¿no se había confundido? ¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?

 

Bueno, no era necesario asustarse, pensó. Seguramente se había demorado y Pedro lo estaba buscando. Esto tenía que haber sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no había ido a buscarlo: ya estaría de regreso de ser así. Tal vez había ido con un comprador a conseguir cambio. Más y más minutos fueron quedando a sus espaladas. No, Pedro no había ido a buscar sencillo: ya estaría de regreso, de ser así. ¿Entonces?…

 

—Señor, ¿tiene hora? —le preguntó a un joven que pasaba.

 

—Sí, las cinco en punto.

 

Esteban bajó la vista, hundiéndola en la piel de la bestia y prefirió no pensar. Comprendió que, de hacerlo, terminaría llorando y eso no podía ser. El ya tenía diez años, y diez años no eran ni ocho, ni nueve ¡Eran diez años!

 

—¿Tiene hora, señorita?

 

—Sí —sonrió y dijo con voz linda—: Las seis y diez —y se alejó presurosa.

 

¿Y Pedro, y los quince soles, y la revista?… ¿Dónde estaban, en qué lugar de la bestia con un millón de cabezas estaban?… Desgraciadamente no lo sabía y sólo quedaba la posibilidad de esperar y seguir esperando…

 

—¿Tiene hora, señor?

 

—Un cuarto para las siete.

 

—Gracias…

 

¿Entonces?… Entonces, ¿ya Pedro no iba a regresar?… ¿Ni Pedro, ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces?… Decenas de letreros luminosos se habían encendido. Letreros luminosos que se apagaban y se volvían a encender; y más y más gente sobre la piel de la bestia. Y la gente caminaba con más prisa ahora. Rápido, rápido, apúrense, más rápido aún, más, más, hay que apurarse muchísimo más, apúrense más… Y Esteban permanecía inmóvil, recostado en el muro, con el paquete de galletas en la mano y con las esperanzas en el bolsillo de Pedro… Inmóvil, dominándose para no terminar en pleno llanto.

 

Entonces ¿Pedro lo había engañado?… ¿Pedro su amigo, le había robado el billete anaranjado?… ¿O sería, más bien, la bestia con un millón de cabezas la causa de todo?… Y ¿acaso no era Pedro parte integrante de la bestia?…

 

Sí y no. Pero ya nada importaba. Dejó el muro, mordisqueó una galleta y, desolado, se dirigió a tomar el tranvía.

 

Colaboración de Gino Winter

 

Fuente: http://www4.loscuentos.net/

UN TRISTE ALMUERZO LATINO EN USA…

 

 

Gino Winter

 

Acababa de salir de una fabricucha de cuarta en el barrio de Kearny, New Jersey, en uso de mi break o refrigerio de media hora. Me dolia todo el cuerpo, pero más me dolía mi dignidad y mi amor propio, ya que luego de años de estudios y un currículum gerencial respetable, había tenido que aceptar —por necesidad— un trabajo de asistente de gerencia en una fábrica de productos plásticos para automóviles. Una renuncia intempestiva de los cuñados chinos del gringo dueño de la fábrica, quienes operaban su almacén, hizo que tengamos que remangarnos las mangas de la camisa y hacer las de estibador durante horas y horas en medio del polvo, la lluvia y el calor húmedo del vetusto edificio. Me sentía casi como un loco zarrapastroso salido de la fábrica de vidrios del cuento No una sino muchas muertes, de Enrique Congrains (Llevado al cine por Pancho Lombardi como Maruja en el Infierno).

Caminé dos cuadras hasta el Shop Rite Supermarket y me acerqué a la sección de comida al paso, donde desganado y hecho un adefesio, solicité en un descuidado inglés, un pollo a la plancha con ensalada. Un sonoro y retador Whaaattt?me hizo dirigir la mirada hacia una señora gorda de rasgos indígenas que enfundada en su uniforme blanco de panadera, me miraba con desprecio y me resondraba en inglés haciendo muecas de asco… Le repetí mi orden pero esta vez en castellano, a lo que respondió —en peor modo y haciendo ademanes despectivos como si me estuviera despidiendo— que ella no hablaba español y que pronunciara correctamente o que me vaya a comer al mercado latino. Era lo último que me faltaba para completar el día: una dependienta menopáusica, alienada y de escazos bríos mentales, con vocación de vocera del Ku Klux Klan…

Pensé cristianamente que quizás decía la verdad y haciendo uso de mis ejercicios de respiración Zen, le dije dulcemente, en español, sin perder la sonrisa: «Si Ud. no habla Español, entonces, esa cara de campesina nicaragüence, se la ganó en una rifa?». El color encendido que apareció en sus orejas cobrizas y se extendió por su rostro de carátula de la National Geographic, me hizo constatar que había entendido perfectamente mi comentario y que una ráfaga de realidad le acababa de refrescar la memoria en sus capítulos más autóctonos.

El hambre y el escaso tiempo del que disponía antes de regresar a mi esclavitud de empleado-obrero indocumentado, me impedían seguir con mi experimento psico-social y antes de que la mirada de mil maldiciones de ese grotesco personaje —que intentaba maltratarme gratuitamente y sin necesidad— me quitara las ganas de comer, decidí pedirle con los mejores modales y en perfecto inglés, que me indicara la oficina del gerente para hacerle a él mi pedido, a ver si por casualidad el señor me entendía y así podía comer en paz, como todos los demás santos de la cofradía. En un Español claro, que no podría llamar perfecto por las fallas gramaticales que su poca cultura le obsequiaba, la new american citizen me dio a entender que no sería necesario, mientras me servía con premura y generosidad el fiambre que a la postre sería mi triste almuerzo.
Le agradecí con exacta cordialidad y sin hacer referencia alguna a su estúpida actitud, ni tratar de regalarle un espejo o de darle lección alguna, merecida o no. La vida se encarga de esas cosas…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

UNA HISTORIA

 

 

J.M. Coetzee

 

No siente culpa. Eso es lo que la sorprende. Ninguna culpa. Una vez por semana, a veces dos, va a la ciudad, al departamento de ese hombre, se desviste, le hace el amor, vuelve a vestirse, sale del departamento y conduce hasta la escuela para recoger a su hija y a la hija de una vecina. Ahí en el auto, camino a casa, escucha lo que le cuentan de la escuela. Después, mientras las dos nenas comen galletitas y miran televisión, se da una ducha, se lava el pelo, se refresca, se renueva. Sin culpa. Tarareando bajito.

 

¿Qué clase de mujer soy?, se pregunta alzando la cara para recibir la lluvia de agua caliente, sintiendo el suave golpeteo de las gotitas sobre los párpados, sobre los labios. ¿Qué clase de mujer seré, que todo esto se me hace tan fácil, la falta de lealtad, la infidelidad?

 

Infidelidad: esa fue la palabra que se dijo en el instante en que el hombre se deslizó adentro de ella por primera vez. Todo lo anterior se podía disculpar, se podía borrar hablando: los besos, el desvestirse, las caricias, los toqueteos íntimos. A todo eso se le podía dar otro nombre; se podía decir que era juguetear, por ejemplo, juguetear con la infidelidad, incluso con la idea de infidelidad. Algo así como mojarse los labios con una bebida pero sin tragarla. No era la cosa concreta. Pero cuando él se deslizó adentro, lo que fue fácil y placentero, hubo algo irreversible, la cosa real. Estaba sucediendo; ya había sucedido.

 

Ahora traga la bebida todas las veces. No puede esperar para engullirlo a él en su cuerpo. ¿Qué clase de mujer soy? Y la respuesta parece ser: soy una mujer espontánea. Sé (¡por fin!) lo que quiero. Consigo lo que deseo y me siento satisfecha. Lo deseo sin cesar, pero cuando lo tengo, me siento satisfecha. Por lo tanto, no soy insaciable; no, no soy una mujer insaciable.

 

Espejito, espejito colgado en la pared: dime la verdad.

 

​Él no es del tipo hogareño, pero cuando ella viene, compra sushi y después, si hay tiempo, se sientan en el balcón, miran el tráfico que pasa y comen sushi.

 

A veces, en lugar de sushi, él compra baklava. No hay una relación evidente entre los días de sushi y los días de baklava. Todos los días, todas las veces, todo es igual de espontáneo, igual de satisfactorio.

 

Cada tanto, el marido se queda fuera toda la noche por cuestiones de negocios. Ella no aprovecha esa libertad para pasar la noche entera con el hombre. Tiene una idea clara sobre los límites de lo que hay entre ellos, sobre los límites que ella quiere ponerle. Específicamente, no quiere que lo que hay entre ellos contamine su hogar, que incluye el matrimonio.

 

Lo que hay entre ellos todavía no tiene un nombre. Cuando se termine, lo tendrá: un affaire. Una vez tuve un affaire con un hombre que no conocía, le confesará a alguna amiga mientras toman un café. No se lo dije a nadie, tú eres la primera, prométeme que no lo vas a contar. Fue un affaire que duró tres meses, o seis, o tres años. Cosa del pasado. Algo sorprendente por lo simple, por lo agradable, tan agradable que nunca intenté repetirlo. Por eso puedo contártelo, porque es parte del pasado, parte de lo que yo solía ser, de lo que me ayudó a ser la que soy, pero no parte de mí. Era infiel, pero todo eso se terminó. Soy fiel de nuevo. Ahora soy íntegra.

 

El marido viaja por negocios y ella lo llama a medianoche.

 

–¿Dónde estás? –le pregunta. Y él contesta que está en la habitación de un hotel.

 

–¿Solo?

 

–Por supuesto –dice él.

 

–Quiero pruebas. Quiero que me digas “te amo”. –Él dice “Te amo”.

 

​–Más fuerte –dice ella–. Para que lo oigan todos.

 

Y él le dice que la ama, que la adora, que es la única mujer de su vida. También le dice por segunda vez que está solo y le pregunta si está celosa.

 

–Por supuesto que estoy celosa. Si no, ¿por qué no puedo dormir pensando que estás en un hotel con una mujer desconocida? ¿Por qué llamarte si no?

 

Es todo mentira. No está celosa. ¿Por qué habría de estarlo? Se siente satisfecha y una mujer satisfecha no puede estar celosa. Parece ser una ley.

 

Lo llama al hotel a mitad de la noche para que él sepa que en ese momento ella no está con otro hombre en su casa, en el lecho matrimonial. El marido no tiene sospecha alguna; no es un hombre desconfiado, pero ella lo llama por teléfono y finge estar celosa. Un proceder artero, perverso incluso.

 

El hombre que ella va a ver, el hombre que la agasaja en su casa, en su cama, tiene un nombre. Frente a él, ella lo llama por su nombre, Robert, pero a solas lo llama X. No porque sea un enigma o una incógnita, sino porque X es el signo que usamos para tachar un nombre, sea Robert o Richard. Uno traza una X encima y el nombre desaparece.

 

No lo odia ni lo ama, pero ama el modo en que él la mira y lo que le hace a causa de cómo la mira. Cuando está desnuda en la cama de él, en su departamento, él la mira con tanta alegría en los ojos, tanto placer, tanto deseo que… Si X fuera pintor, lo convencería de que la pintara desnuda, en esa misma cama. Se pondría una máscara veneciana. “Desnudo con máscara”, sería el título del cuadro. Esa ella le haría pintar todo de tal manera que cualquiera podría ver cuál es el aspecto de un cuerpo de mujer cuando alguien lo desea.

 

Si X fuera realmente pintor, encontraría la manera de decir en el cuadro: Miren este cuerpo tan deseado. Y si yo decidiera quitarme la máscara: Miren a una mujer que es tan deseada.

 

“Tan”: ¿qué significa tan?

 

​Desde luego, él no es pintor. Tiene un trabajo que le permite tomarse algunas tardes, una vez por semana; a veces, dos. Ella conoce el trabajo; él se lo ha contado, pero no es algo importante y ella opta por olvidarlo.

 

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Él le hace preguntas sobre el marido, sobre la relación entre ellos dos.

 

​–¿Te parece que te estoy usando para vengarme de él? –le dice ella–. No podrías estar más equivocado. Soy totalmente feliz en mi matrimonio.

 

No hay nada que ande mal en su matrimonio. Según se defina la palabra “casada”, lleva siete o diez años de casada, y no tiene ninguna razón para pensar que no estará casada eternamente, al menos hasta que se muera. Nunca antes ha estado tan atenta con el marido, tan receptiva, tan afectuosa. Hacen el amor tan bien como siempre, incluso mejor.

 

¿Acaso hace el amor con el marido tan bien como siempre, tal vez mejor, porque una vez por semana, a veces dos, se encuentra con un hombre extraño, X, que despierta su deseo y lo satisface? Ese hombre le ha dado a leer una historia de Robert Musil, que habla de una mujer que tiene un affaire con un extraño y luego vuelve a su marido y lo ama más que nunca. Le ha dado esa historia como si le fuera a proporcionar una especie de iluminación, pero no podría estar más equivocado. Ella no es como la mujer del cuento, Celeste o Clarice. La Clarice del cuento es perversa; ella no. Es más, la Clarice del cuento intenta recuperar la perversidad del pantano moral en el que ha caído, recuperar la perversidad y redimirla, pero no hay nada perverso en lo que ella hace esas tardes en que va a la ciudad. No hay nada perverso porque todo eso no tiene nada que ver con su matrimonio. Lo que ella hace esas tardes es algo hecho en el tiempo libre, en un tiempo en que, durante una hora o dos, ella deja de ser una mujer casada y es simplemente ella misma.

 

¿Es posible que, a consecuencia de una decisión consciente, una mujer casada deje de ser una mujer casada por un lapso de tiempo y sea nada más que ella misma, y que luego vuelva a ser una mujer casada? ¿Qué significa estar casada?

 

No usa alianza. Tampoco el marido. Tomaron esa decisión juntos, al principio, siete o diez años atrás. La alianza es el único signo visible que distingue a una mujer casada de otra que solo es una mujer. Si hay algún otro signo, invisible, no sabe qué puede ser. Específicamente, cuando mira su corazón, lo único que ve es que ella es ella misma.

 

La historia de Robert Musil la ha puesto a la defensiva con X. No está segura de si la Clarice del cuento se miente (tampoco ve si la cuestión es decidible), pero el hecho de que surja esa pregunta con respecto a la Clarice de la historia significa que la misma pregunta debe surgir con respecto a ella misma. ¿Todas esas preguntas acerca de lo que significa estar casada no son una manera de justificar su infidelidad? Cree que no, pero de todos modos no ve si la pregunta es decidible.

 

Realmente, le parece que darle a leer esa historia fue un error por parte de X. Un error desde el punto de vista de él porque ha enturbiado aguas que antes eran límpidas, y también un error desde el punto de vista de ella porque lo ha disminuido a él ante sus ojos por pensar que ella se parece (o no se parece) a la mujer de la historia, y para ella es importante apreciar a X.

 

Lo que sigue desconcertándola es no sentir culpa. A veces, cuando está en brazos del marido, quiere decirle: “No te puedes imaginar la bendición que es para mí que me amen dos hombres. Me estalla el corazón de gratitud”. Prudentemente, sin embargo, no se deja llevar por ese impulso. Prudentemente, cierra la boca y se concentra en exprimir hasta la última gota de placer del acto que están realizando ellos dos, ella y su amado marido.

 

–¿Por qué estás siempre sonriendo? –le pregunta la hija en el coche. Es un día en que van solas porque la hija de la vecina ha faltado a la escuela; está enferma.

 

–Sonrío porque es muy lindo estar contigo.

–Pero estás siempre sonriendo. Incluso cuando estamos en casa.

 

​–Sonrío porque la vida es tan hermosa. Porque todo es tan perfecto.

 

Todo es perfecto. ¿Será esto la perfección, tener un marido y también un amante? ¿Es eso lo que cabe aguardar en el cielo: la bigamia, una bigamia múltiple, una bigamia de todos con todos?

 

En cuanto a la moral, ella es en realidad bastante conservadora. Cuando esta historia termine, esta historia que parece condenada al rótulo de affaire, probablemente no tenga ninguna otra. Por lo que sabe por sus amigas, por lo que le han contado en confianza, rara vez los affaires son felices. Esperar no solo un primer affaire feliz sino una serie de otros affaires dichosos sería tentar al destino. Por eso, cuando termine, dentro de tres meses o tres años, o lo que sea, volverá a ser una mujer casada, casada todo el tiempo, noche y día, y en su memoria quedará enterrado el recuerdo de cómo es estar tendida en una cama en un cálido día de verano, devorada por la mirada de un hombre que -aunque no pueda pintarla- llevará para siempre grabada en el corazón esta imagen de belleza desnuda.

 

Fuente: https://www.clarin.com/revista-enie

PUEBLO, FANTASMA Y CLAVE DE JOTA JOTA

 

 

Fernando Artieda

 

«…Yo sé que tú lo dudas

que yo te quiera tanto.

Si quieres me abro el pecho

y te enseño el corazón».

 

Y le llegó su caimán

su Julio Verne

por eso de que de la tierra a la luna,

de que viaje al centro de la tierra.

Cosa tan triste.

Y fue como si anduvieran ofreciendo la muerte a domicilio

porque de pronto se encendieron las rocolas

en el pollo loco

en el chuzo engreído

en el no te agüeves

y la voz del man entró así con todo

por las ventanas de las casas

por las goteras del techo

por las rendijas de las cañas separadas.

En las esquinas la biela zumbaba

y la gente no hablaba sobre él

porque para qué iban a hablar

si el pueblo sabe que de esas cosas nunca se habla.

En el café de los intelectuales

la cosa se estaba poniendo kafkiana

cuando pasó Carebandido y les dijo

que «qué Gabo ni la gaver’s

no ven que se ha muerto el man».

¿Cuál man cuál man…?

preguntaron los desenchufados

y Carebandido

con esa dignidad característica de los ladrones de barrio

y los poetas:

«Cuál man más va a ser pues gil

habrá algún otro más bacán que Julio Jaramillo».

 

Las putas sacaban monedas de a Sucre

de sus chaucheras trasnochadas

y las metían en las ranuras de las wurlitzer

para escuchar

«No puedo verte triste porque me mata

tu carita de pena, mi dulce amor»

Y comentaban

y algunas hasta lloraban

y el maricón Alfredo tenía que estarlas arriando

«ya pues señoras a trabajar

déjense de pendejadas

ni que el hombre hubiera sido su marido».

Una zorra veterana bebía cerveza y recordaba

que ella lo había conocido

desde los tiempos en que era camote de la Blanca Garzón

el mejor calzón

que había en esa época por los cabareses de Guayaquil.

 

Los taxistas y las peroles

seres por los cuales uno puede enterarse

de casi todas las cosas de este mundo

seguían escuchando Radio Cristal

que había transmitido como un partido de fútbol

la muerte de Jota Jota

«Con sus micrófonos instalados

directamente desde la Clínica Dominguez

donde yace en el lecho del dolor

el único

el incomparable

el ahijado de CARR

el ídolo del pueblo

Julio Jaramillo».

La voz de Umovar

sinceramente conmovida,

pero rota por catorce horas seguidas

de darle y darle a la lengua en forma continuada

iba adquiriendo tonalidades deprimidas

y a ratos

hasta dejaba botado el micrófono

para ir a tomarse una cerveza

o a comentar con otros locutores de la radio

las cosas del velorio.

 

Las cantinas estaban llenas

y había un clima como de alborozo trágico

como si una angustia jubilosa fuera tomándose las calles

subiéndose por los postes de alumbrado

reptando por los jardines de los parques

y trepando los árboles más altos

para desde ahí descolgarse

con todo su entusiasta dramatismo

sobre la ciudad acongojada

sorprendida

estupefacta

porque era que no se podía creer

porque aunque se sabía que estaba grave

que se iba a morir de todos modos

una sobrevivencia como ajena

nos había dado la nota de que la muerte no existía

de no pararle bola

de que lo único que tenía derecho entre nosotros

era la vida.

 

Dos días con sus noches lo velamos en el estadio.

De todas partes se venían

con mujeres

con hijos

desde Lomas de Sargentillo venían

desde Pechiche

de Vuelta Larga venían

sólo para ver como cantaba de muerto.

Ríos de gente salían de los manglares

bajaban de los cerros rodando por el lodo

ensuciándose la ropa

perdiendo los zapatos

perdiéndolo todo

menos la firmeza de estar junto a él

en su última conquista

la de aquella tarde en que Dios que se le va ajumando

y él ¡zas! que se le va levantando a la muerte

para toda la vida.

 

Miles y miles de zambos

cholos

negras culonas

choros, putas, poetas, asesinos,

deportistas, periodiqueros, sinvergüenzas,

curas, sableadores,

contrabandistas, alcahuetes,

pesquisas, estibadores, betuneros y maricas,

gentes del pueblo arracimadas

en colas largas como el destino

para tocar el cuerpo

persignarse

llorar a grito herido la huella de su ausencia.

Mónica se vino desde la yoni para contarle

—después de muerto—

todo lo que lo había querido.

Un borrachito

con una botella de trago en la mano temblorosa

decía:

«ahora sólo nos queda Barcelona

ahora sólo nos queda Barcelona».

 

Ahora se va.

Va caminando lentamente como bandera extendida

entre los brazos de la gente.

Se va el zorzal, el lírico, el artista.

Se va el duro

el brava

el superbacán

el pinga de oro

el cantante más pesado que ha tenido el Ecuador

y el mundo más claro ya…

mucha nota con mi persona.

Ya resbala tiernamente el cadáver

abrumado de flores

y es como si los muelles

se hubieran puesto a toser señales

antiguas sirenas, cangrejos, pianos y manzanas.

La masa desconcertada

ebria de malas noches y de alcohol

se va raleando en grupos de a uno

de a cinco

de treintaidos.

Van buscando la calle estrangulada

que sienten medio enferma

como traspapelada entre las sombras

como sonámbula

como si fuera otra y no esta Guayaquil

la ciudad viuda y guáchara

que había perdido al mismo tiempo

su hijo

y su machuchín.

 

Fuente: http://poemasdeecuatorianos.blogspot.com

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