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LITERATURA



BANDA DE PUEBLO

 

 

José de la Cuadra

 

Eran nueve, en total: ocho hombres y un muchacho de catorce años. El muchacho se llamaba Cornelio Piedrahita y era hijo de Ramón Piedrahita, que golpeaba el bombo y sonaba los platos; Manuel Mendoza, soplaba el cornetín; José Mancay, el requinto; Segundo Alancay, el barítono; Esteban Pacheco, el bajo; Redentor Miranda, el trombón; Severo Mariscal, sacudía los palos sobre el cuero templado del redoblante; y, Nazario Moncada Vera chiflaba el zarzo.
Cornelio Piedrahita no soplaba aparato alguno de viento, ni hacía estrépito musical ninguno; pero, en cambio, era quien llevaba la botella de mallorca, que los hombres se pasaban de boca en boca, como una pipa de paz, con recia asuididad, en todas las oportunidades posibles. Además, aunque contra su voluntad, el muchacho había de ayudar a conducir el armatoste instrumental del padre, cuando a éste, cada día con más frecuencia, lo vencían los accesos de su tos hética. Era, así, imprescindible, y formaba parte principalísima de la banda.
Por cierto que los músicos utilizaban al muchacho para los más variados menesteres; y, como él era de natural amable y servicial, cuando no lo atacaba el mal humor… prestábase de buena gana a los mandados.
La única cosa que le disgustaba en realidad, era alzarse a cuestas el bombo. Del resto, dábale lo mismo ir a entregar, hurtándose a los perros bravos y a los ojos avizores, una carta amorosa de Pacheco, que era el tenorio lírico de la banda, y a cualquier chola guapetona; o adelantarse, casi corriendo, cuadras y cuadras, al grupo, para anunciar como heraldo la llegada, o, en fin, aventurarse por las mangas yerbosas en busca de un ternero, un chivo, un chancho o cualquier otro “animal de carne”, al que hundía un largo cuchillo que punzaba el corazón, si no era que le seccionaba la yugular para satisfacer los nueve estómagos hambrientos, en las ocasiones, no muy raras, en que los “frejoles se veían lejos”.
Cuando andaban por las zonas áridas de cerca al mar, Cornelio Piedrahita, tenía que hacer mayor uso de sus habilidades de forzado abigeo.
-Estos cholos de Chanduy son unoh fregaoh -decía Nazario Moncada Vera, contando y recontando las monedillas de níquel-. Tre’sucreh, hermo’sacao.
Severo Mariscal, que era tan alegre como los golpecillos de su tambor cuando tocaba diana, oponía , esperanzado:
Pero, en Sant’Elena noh ponemoh la botah. ¡Eso eh gente abierta! ¡Ya verán! Yo hey estao otras veces, en la banda der finao Merquíade Santa Cru.
-¿Er peruano?
-Boliviano era. Le decían peruano, de inssulto. Er se calentaba.
-¡Ah!…
Redentor Miranda inquiría, angustiado:
-Bueno, ¿y la comida? De aquí a Snt’Elenaaa hay trecho.
Nazario Moncada Vera permanecía silencioso, pensativo. Resolvía después:
-Me creo de que debemo’ir a lo’sitioh: Engggunga, Enguyina, Er Manatial, L’Azucar…despuéh tumbamo pa Sant’Elena.
-Como sea.
Segundo Alancay no se satisfacía:
-¿Y l’agua? ¿Quiersde l’agua?
-En Manatial vendeh.
-¿Y la plata? ¿quiersde la plata?
Todo él era dificultades; lo contrario de su hermano José, para quien ni los obstáculos verdaderos le parecían reparo.
Manuel Mendoza, sentencioso, sabio de vieja ciencia montubia, decía la última palabra:
-Pah la seh, lo que hay eh la dandiya… sssandiyah no fartan en estoh lao…
Redentor Miranda insistía:
-Pero, seh no máh no eh lo que siente uno….. ¿Onde hayamoh er tumbe?
Redentor Miranda se parecía, en la facha, a su trombón. Era explicable su ansiedad.
Pero, estaba ahí Manuel Mendoza, oportuno:
-¿Y loh chivo? ¿Onde me dejah loh chivo? No hay plata pa mercarloh… ¡Bueno!… ¿Y ónde me dejan a “Tejón Macho”? ¿Onde me lo dejan?
Con esto de “Tejon macho” se refería a Cornelio Piedrahita, que tenía ese apodo desde antaño, cuando era un chiquitín y vivía aún en su pueblo natal de Dos Esteros.
El muchacho sólo les permitía a Mendoza, que era su padrino, y a Moncada Vera, que lo llamaran por el mote. A los demás les contestaba cualquier chabacanada.
Ramón Piedrahita miraba a su hijo amorosamente con sus ojos profundos, brillosos, afiebrados.
-¡Me lo están dañando ar chumbote! -decía—. ¡Ya quieren que se robe otro chivo! ¡Tan enviceándomelo!
Suspiraba y añadía:
-Cuando me muera y naiden me lo vea, va’a parar a la cárcel…
Manuel Mendoza intervenía enérgico:
-¿Y nosotroh? ¿Onde noh deja’a nosotroh? ¿Y yo? ¿Onde me dejah’a mi?
Arrugaba el entrecejo al agregar:
-A voh, compadre, l’enfermedad t’está volvviendo pendejo. ¡Y no hay derecho! ¡No hay derecho, compadre!

Contando al muchacho, eran siete de la costa y dos de la sierra. Se habían ido juntando al azar, al azar de los caminos; y, ahora, los unía prietamente un lazo fuerte de solidaridad, que no subía a la boca en las palabras mal pronunciadas, en los giros errados del lenguaje, en la sintaxis ingenua de su ignorancia campesina; pero que, mucho mejor, se significaba a cada momento en los gestos, en los actos.
Fueron primero, tres: Nazario Moncada Vera, Esteban Pacheco y Severo Mariscal. Un saxo, un bajo y un redoblante.
Hacían unas tocatas infames. A las personas entendidas ocurríaseles de escucharlos, que se habían desatado en la tierra los ruidos espantosos del infierno o un abierta tempestad de mar de altura.
-Pero, la gente bailaba; ¿verdá, Pacheco? -¡Claro!
-¡Y dábamoh sereno!
-Noh contrataban por noche. Mi’acuerdo quuue don Pepe Soto, er mentao “Zambo jáyaro” noh paso treinta sucreh una veh pa que le tocáramos en una tambarria q’hizo onde lah Martine… ¿Conociste voh, Mendoza, a lah Martine?
-¿Y meno? ¿Me creeh de que soy gringo? ¿NNNoh eran lah’entenada de Goyo Silva, que le decían lah “Yegua meladah”?
-Lah mesmah.
-¡Ah!… Corrieron gayo lah doh… La mayooor izque vive con un fraile en la provincia… la otra izque se murió de mal…
-Sí… Esa eh la qu’interesaba “Zambooo jáyaro”… Camila… No la aprovechó… Una moza que bía dejao por eya “Zambo jáyaro” l’hizo er daño en pañolón bordao que le mandó a vender con un turco senciyero, de’esos que andan en canoa… El turco arcagüetió la cosa…
-Aha…
Eran así los recuerdos de la época, ya lejana, de los tres.
-Despuéh te noh’apegaste voh, Mendoza.
>> -¿Cómo “apegaste”? ¡Rogao ni sannnto que juí!
-Hum…
-¡Claro!
Reían.
-¡Claro!
Reían anchamente las bromas.
-A redentor Miranda lo cogimo pa una fiesttta de San Andreh, Boca’e Caña.
-Mejor dicho, en el estero de Zapán.
-Como a lagarto.
Tornaban a reír.
-Voh, Piedrahita, te noh’untaste en Daule,,, pa una fiesta de mi Señor de loh Milagro. Vo’habíah bajado de Dos Estero buscando trabajo.
-Sí… Jué ese año de loh dos’inviernoh quuue s’encontraron… Ese año se murió la mamá de m’hijo… Quedé solo y la garré grima ar pueblo…
Se ponía triste con la memoria dolorosa.
Añadía:
-Er día que me venía a Daule jué que me frregaron… ¡Porque a mí lo que m´hicieron eh daño, como a Camila Martine, la “Yegua melada”!… Yo no me jalaba con mi primo Tomáh Macía, y ese día, cuando m’iba a embarcar, me yamó y me dijo: “Oiga, sujeto; dejémono de vaina y vamo dentrando en amistá”. “Bueno, sujeto” le dije yo (porque así noh tratamo con ér, de “sujeto”.), y noh dimo lah mano… En seguida m’invitó unoh tragoh onde er chino Pedro… Y en la mayorca me amoló… Desde entonces no se me arrancan la toseh… Y ve que m’hey curao ¡Porque ya me hey curao!
Manuel Mendoza cortaba el discurso:
-Ya te lo hey dicho, compadre. Pa voh toddavía hay remedio porque tu mar no’stá pasao. Onde puedah’irte a Santo Domingo de loh Colorao, loh indio te curan.
-Este verano voy.
Así era siempre… El próximo verano se iba Ramón Piedrahita a curarse de su tos en las montañas de los Colorados… El próximo verano… Pero, no partía nunca… No fue nunca allá… A otra parte se fue…
-Con loh’Alancayeh noh completamo en Babahhoyo pa una fiesta de mi señora de lah Mercede…
-¡Ahá!

Los hermanos Alancay habían bajado desde la provincia de Bolívar, y tenían una historia un poco distinta de las de sus otros compañeros…
Los hermanos Alancay eran oriundos de Guaranda, y, cuando muchachos, habían trabajado en los latifundios, al servicio de los gamonales de la provincia de Bolívar. Creyendo mejorar escaparon a Los Ríos y buscaron contrato en una hacienda donde se exploraba madera.
Era la época del concertaje desenmascarado y de la prisión por deudas.
Los Alancay, sin saber como, se encontraron conque, tras un año de labor ruda y continuada, no guardaban nada ahorrado, apenas si habían comido, estaban casi desnudos, y para remate, tenían con el patron una cuenta de cien sucres cada uno.
Acobardados, huyeron de nuevo, rumbo a sus tierras natales. Esperaban que les iría menos mal que en la llanura, a pesar de todo. Les fue igual, si no peor.
Entrampados, fugaron por tercera vez, encaminándose a Riobamba.
Felizmente para ellos, ardía el país en una guerra intestina, y necesitaban gente fresca en los cuarteles.
Se metieron de soldados. El jefe del cuerpo los defendió cuando la autoridad civil, a nombre de los patronos acreedores, los reclamó.
Zafaron así. La esclavitud militar los libró de la esclavitud bajo el régimen feudal de los terratenientes; y, el látigo soportando encima de la cureña del cañón, a rítmicos golpes compasados por los tambores, en la cuadra de la tropa… los libró del látigo sufrido con más los tormentos de la barra o del cepo Vargas en las bodegas o en los galpones de las haciendas y sin más música que el respirar jadeante del capataz…
Hicieron la campaña.
Sacaron heridas leves y un gran cansancio, un cansancio tan grande, tan grande, que sentían que ya nada les importaba mayor cosa y que la vida misma no valía la pena.
Esto lo sentían oscuramente, sin alcanzar a interpretarlo; a semejanza de esos dolores opacos, profundos, radiados que se sienten en lo hondo del vientre y de los cuales uno no acierta a indicar el sitio preciso.
Transcurrió mucho tiempo para que se recobraran; pero, en plenitud, jamás se recobraron.
En la paz cuartelera aprendieron música por notas. Llegaron a tocar bastante bien, en cualquier instrumento de soplo, las partituras más difíciles, con poco repaso. Las composiciones sencillas las ponían a primera vista.
Los ingresaron en la banda de la unidad.
Entonces, ser de la banda era casi un privilegio, y los soldados se disputaban porque los admitieran al aprendizaje de la música.
Los Alancay se consiguieron sus barraganas entre las cholas que frecuentaban los alrededores del cuartel. Junto con las demás guarichas, sus mujeres seguían al batallón cuando, en cambio de guarnición, era destacado de una plaza a otra.
Los dos hermanos se consideraban ya casi venturosos; yendo de acá para allá, conociendo pueblos distintos y viendo caras nuevas.
El rancho era pasable; tenían hembras para el folgar, dinero al bolsillo, ropa de abrigo, y el trabajo era soportable y les agradaba hacerlo. ¿Qué más?
Pero, de su tranquilidad los desplazó bruscamente la noticia de otra revolución.
El ambiente cuartelero no los había militarizado, y guardaban vivo y perenne, el recuerdo de la anterior campaña. Por eso, al saber la orden de movilización de su unidad, desertaron.
A prevención, lleváronse dos instrumentos, los que más a mano toparon: un requinto y un barítono; pero, como en pago, abandonaron sus guarichas al antojo de los compañeros.
Erraron meses y meses por las montañas, perdidos a veces, miserables, hambrientos, pero satisfechos de estarlo antes que arrostrar las penurias y los peligros de la campaña contra los montoneros, que hacían una destrozadora guerra de guerrillas.
En los aldeúcas de indios, en los sitios de peones, tocaban el requinto y el barítono, acompañándose como podían. Después recogían las moneditas.
Eran casi mendigos.
Un día, en Babahoyo, toparon con la banda popular que ya por entonces dirigía Nazario Moncada Vera.
Les propuso éste que ingresaran en ella, y los Alancay gustosísimos aceptaron.
Aun cuando los hermanos Alancay eran los que más sabían de música y dirigían y enseñaban a los demás, la jefatura la conservó siempre, aun por encima del viejo Mendoza, Nazario Moncada Vera.
Este se decía nacido en las proximidades de Cone y pretendía ser de una familia de bravos yaguacheños que siguieron al general Montero en todas sus aventuras, completándole las hazañas. Aseguraba que, en un solo combate, pelearon con el partido del general nada menos que siete Moncadas, formando parte de su famosa caballería.
-Yo no hey arcanzao esoh tiempoh… A mí mmme tocó la mala, cuando jué la de perder, en la cerrada de Yaguachi… Ahí m’hirieron en un brazo… Una bala me pasó atocando…
En efecto. Nazario Moncada Vera era casi inválido de un brazo a cuya circunstancia atrubuía sus dificultades con el instrumento.
-Anteh tocaba máh mejor. Yo hey sido músiiico de línea, como loh’Alancayen…
Contaba que en la acción de Yahuachi, ya herido, hubo de ocultarse, huyendo del enemigo, debajo del altar de San Jacinto, en la iglesia parroquial, y que, en su escondrijo, permaneció dos dias sin poder salir.
-Noh cazaban como a zorroh… Onde noh garrrraban, noh remataban a culata limpia… ¡Eso era coco!… Ahí, voh Mendoza, que te la dah de macho, te bierah cagao loh calzoneh…
Parecían tener sus “picos pendientes” con Mendoza, porque frecuentemente se echaban chinitas.
El viejo decía:
-¡No me la caracoleeh! ¡Tíramela en paro, que yo l’aguanto!
Reían y no ocurría nada.
De Moncada Vera se referían en voz baja historia poco edificantes.
-Comevaca ha sido.
-En la cárcel de Guayaquil estuvo.
-Pero jué por político.
-¿Y en Galápago? ¿Por qé estuvo en Galápagggoh?
-¡Por comevaca puh!
-No…
-Auto motivado tiene…
-¿Y cómo no lo garra la Rurar?
-¿No saben? Lo defendió un abogao gayazo….. Cuando le cayó auto motivado, lo hizo pasar por muerto y presentó er papel de la dejunción como que había muerto en Baba… No se yama Nazario… Felmín se yama… Y ér dice ahora que Fermín era su hermano y que eh finao… ¡Pero, loh que sabemoh sabemoh!…
-¡Ah!…
Sea como fuere, Nazario Moncada Vera hablaba mucho de su pasado. Mas, es lo cierto que a menudo se contradecía.
Mostrábase orgulloso de su origen, y este lado flaco que lo explotaba el viejo Mendoza.
-Todo Yaguacheño, amigo, lo que eh, eh laaadrón…
-¡Mentira!
-¿Y er dicho? ¿Onde me deja’her dicho? ¿¿¿Qué dice er dicho? “Anda a robar a la boca’e Yaguachi…” ¿Dice o no dice?
-¡No me lah resqueh’en contra, Mendoza!…..
En otras ocasiones se gloriaba de sus paisanos ribereños, que antaño fueron temidos piratas de río.
-¡Esoh eran hombreh, caray!
Nazario Moncada Vera sabía tantop de monte como el propio Mendoza y más que los otros compañeros.
Poseía, sin duda, el don de los caminos, y resultaba un guía infalible. Era, en una sola pieza, brújula, plano topográfico y carta de rutas. De Quevedo a Balao y de Boliche a Ballenita, no había fundo rústico, o poblado, por chico que fuera, donde careciera de relaciones y no conociera, por lo menos, a alguno de sus antecesores. En todas partes tenía amigos, compadres o “cuñados”.
He aquí una escena.
Llegaba de noche la banda a una casuca pajiza, “aflojada en media sabana como cabayuno d’engorde”.
Ladraban los perros.
Arriba apagaban el candil, y la casa quedaba cautelosamente a oscuras.
Moncada Vera gritaba: -¡Amigo!
Silencio.
-¡Amigo!
Silencio.
Al fin, aburrido, decía:
-No seah flojoh… ¡Soy yo, Moncada Vera, con la banda’e música.
Arriba notábase un movomiento apenas perceptible, alguien se para petaba tras la ventana abierta. Veíanse, en la oscuridad rebrillar el filo del “raboncito” o el cañón de la “garabina”.
Y después de unos instantes, una voz jubilosa daba la bienvenida:
-¡Adioh, compadre Nazario!
-¿Noh me conocían?
-Con la ascurana, no, compadre. Dispense… ¡Y como hay tanto mañoso! Suba, compadre, con loh caballeroh…
Sucedía que, al cabo de los años, Nazario Moncada Vera había hallado a su compadre Remanso Noboa, con quien, de seguro, habrían estado mucho tiempo juntos en alguna parte, y con quien harían, mano a mano, memorias de las pellejerías que, juntos también, le habrían hecho a alguna mujer o algún hombre…
-¡Vea como son lah cosah!
Podría ser otra la escena.
Estaba la banda en una aldea enfiestada. Nazario Moncada Vera necesitaba un caballo “pa’un menester urgente”.
Pasaba un joven jinete.
-¡Oiga, amigo!
El jinete se revolvía.
-¿Qué se l’ofrece?
-¿No eh’usté de loh Reinoso de la Bocana?<<
-No; soy de loh’Arteaga de Río Perdido. -¡Ah! …¿Hijo’e Terencio?
-No; de Belisario.
-¡Ah! …¿De mi cuñao Belih…? ¡ahi’stá llla pinta!
Después de poco, Nazario Moncada Vera, trepando en el caballo del desmontado jinete, iría a despachar su asunto, dejándolo al otro a pie y satisfecho de servir al “cuñado” de su padre.
Estas condiciones de Nazario Moncada Vera obraban, sin duda, para mantenerlo a perpetuidad en la jefatura de la banda.
casi no se separaban los músicos
En ocasiones, alguno de ellos quedábase cortos dias en su casa, de tenerla, con los suyos, o, si no, en la de algún amigo o pariente.
Los que escondían por ahí su “cualquier cosa”, eran quienes mayor tiempo disfrutaban de vacaciones.
En especial, Severo Mariscal.
Nazario Moncada Vera le decía, cuando el del tambor le comunicaba su intención de “tomarse una largona”.
-¡Ya va’empreñaralguna mujer, amigo! ¡Usttté’eh-a-lafija!
Y era así, infallable.
A los nueve meses de la licencia había en el monte un nuevo Mariscal.
Severo se gloriaba:
-¡Pa mi no hay mujer machorra!
La verdad es que tampoco había, para él, mujer despreciable: de los doce años para arriba, sin límite de edad…
– Lo que hay que ser eh dentrador -repetíaaa.
Cuando tratábase de una chicuela, se justificaba diciendo:
-La carne tierna p’al diete flojo.
Cuando ocurría lo contrario, decía:
No crea amigo: gayina vie, echa güen cardo.
O también:
-Eh er güeso que da gusto a la chicha… Se burlaba de Esteban Pacheco, cuyos amores eran casi todos platónicos.
Lo aconsejaba:
-¡Dentra Pacheco! A la mujer que dentraleee.
Reía:
-A mí no se mepasan ni las comadreh…
> Pacheco argüía tímido:
-Te vah’a fregar.
-Yo me limpio con la vaina de loh castigohhh.
Al oir estas discusiones, Manuel Mendoza terciaba, según costumbre, inclinándose siempre a favor de Severo Mariscal, en contra de Esteban Pacheco.
-¡Déjalo Severo! -decía-. A Pacheco no le agrada mah bajo que su estrumento.
Y reía con su risita aguda, que era -según expresión de Redentor Miranda “calentadora”…
En la temporada seca, la banda iba generalmente completa.
-P’al invierno, bueno que gorreen… Pero p’al verano hay que ajuntarse decía Nazario Moncada Vera.
-Cierto. Eh en que verano cai toda la fieeestería…
Apenas se les escapaba alguna fiesta de pueblo, por apartado que estuviera de las vías de comunicación más transitadas; y, no sólo en la provincia del Guayas, sino en la de los Rios y aún en la parte sur de la de Manabí, en las zonas que colindan con las del Guayas.
Sobre todo, eran infaltables en las más importantes: Santa Ana, de Samborondón; San Lorenzo, de Vinces; San Jacinto, de Yaguachi; Santa Lucía; la Virgen de las Mercedes, de Babahoyo; el Señor de los Milagros y Santa Clara, de Daule, San Pedro y San Pablo, de Sabana Grande de Guayaquil; San Antonio, de Balao; la Navidad, del Milagro…
El año anterior a la muerte de Ramón Piedrahita, fueron por primera vez, a Guayaquil, para celebrar la Semana Santa en la barriada porteña de la iglesia de La Victoria. Les fue bien y pensaban volver al año siguiente.
La banda era número de importancia en los programas pueblerinos. En los anuncios que, suscrito por el prioste o encargado, aparecían en los diarios guayaquileños invitando &quor;a los devotos, turistas y público en general a contribuir con su presencia a la solemnidad de la fiesta”; se decía, al pie de los datos sobre lidia de gallos, carrusel de caballitos, circo, carrera de ensacados, etc., que amenizaría los actos “el famoso grupo artístico musical que dirige el conocido maestro Nazario Moncada Vera, con sus reputados profesores, poniendo las mejores piezas de su numeroso y selecto repertorio, tanto nacional como extranjero”.
Era, en verdad, nutrido el repertorio.
No había pasillo que la banda no tocara; desde el remoto Suicida hasta Ausencia, pasando por Gotas de ajenjo, Alma en los labios, Ojos verdes, Vaso de lágrimas, Mujer lojana, etc., es decir, por toda la abundancia flora de esas composiciones populares.
En materia de valses, la banda prefería Loca de amor, Sobre las olas, Sufrir y más sufrir, Idolatría y otras semejantes.
No figuraban en la lista de piezas más tangos que Julián y Muchacha de circo; pero, los Alancay habían cambiado de tal modo los compases, que ya de tango sólo les restaba el nombre y podían ser bailados como el más atrafagado y saltarín de los pasillos.
También se tocaba sanjuanes andinos, en especial uno que comenzaba:

San Juanito, nito,
de Pulí, pulí…
¡Sácate los ojos!
¡Dámelos a mí!

Zambas, rumbas, marineras, chilenas, boleros, de todo había en el repertorio; pero, con estas piezas ocurría, poco más o menos, lo que con los tangos.
Para las serenatas, los músicos escogían canciones, de esas viejas canciones cuyo origen se ha perdido en la no escrita historia de los campos, y en las que, si bien algunas fueron traídas de Cuba o Yucatán en el pasado siglo, remontan su origen, en la mayoría a la época colonial y calentaron de amor la sangre criolla de las bisabuelas…
Para acompañar los entierros de los montubios pudientes, dedicaban una suerte de pasodoble tristón, en el que introducían, alterando contextura, trozos de sanjuanes, de bambucos, y aún de jotas aragonesas.
Cuando “alzaban a Santo” en la misa mayor de las aldeas enfiestadas, la banda entraba por una machicha brasileña que los Alancay aprendieron en el cuartel y enseñaron luego a sus compañeros.
Había también machicha en la ceremonia del descendimiento del ángel, para la pascua de Resurrección; el ángel -representado siempre por la más guapa chica del pueblo- bajaba, atada de una soga encintada a la espalda, desde la ventana más alta del campanario, sobre el petril de la iglesia… Callados los sones de la música, anunciaba a las pávidas gentes que Dios, aunque pareciera mentira, estaba vivo y más robusto que nunca después de su crucifixión y entierro… Los cohetes y las palomitas de colores -debido a la munificencia de los chinos acatolicados- expresaban luego el júbilo de los circunstantes por la extraordinaria noticia… Y, de nuevo la machicha brasileña…
Finalmente la banda sabía el himno nacional ecuatoriano y una arrancada rapidísima, a paso de polka, con intermedios de ataque.
Nazario Moncada Vera decía que esta arrancada, que él calificaba de marcha guerrera, fue la última que tocaron las fuerzas militares revolucionarias en la rota de Yaguachi…
La banda utilizaba todas las vías posibles para trasladarse de un punto a otro.
Ora viajaban los músicos en lanchas o vapores fluviales, en segunda clase, sobre las rumas de sacos de cacao para exportación o junto al ganado que se llevaba a los camales; ora, en piraguas ligeras, que navegaban en flotillas apretadas ora, en canoa de montaña, a punto de palanca contra corriente, o a golpe de remo, a favor , en las bajadas; ora, por fin alguna vez, en las balsas enormes que se deslizan, por el río al capricho de las mareas, conduciendo frutas, desde las lejanas cabeceras, para los mercados ciudadadnos.
Cuando incursionaban en las poblaciones de junto al mar, viajaban en balandras; y, cierta ocasión que los contrataron para una fiesta en Santa Rosa, en la provincia de El Oro, se embarcaron a bordo de un caletero.
Pero, por lo general, marchaban a pie por los caminos reales o por los senderuelos de las haciendas; y, muchas veces, abriendo trochas en la montaña cerrada.
Cuando la noche o la lluvia se les venía encima, buscaban un refugio cualquiera; bien se apelotonaban bajo un árbol frondoso, bien bajo un galpón o cobertizo; bien en alguna choza abandonada, de esas que suelen hacer los desmonteros de arroz para el pajareo y la cosecha, y los madereros para el corte.
Eso no ocurriía con frecuencia: casi siempre Nazario Moncada Vera arreglaba el itinerario de tal modo que hiciera noche en algún pueblo o hacienda, o, siquiera, en la casa de alguna persona acomodada que les prestara hospedaje gratuito.
Precisamente, alojados en una de estas mansiones rurales – en la de los Pita Santos, de boca de Pula- se encontraban la tarde en que murió Ramón Piedrahita.
Este acontecimiento doloroso cerró una etapa de la historia sencilla de la banda, y abrió otra nueva.
Lo anterior a ese acaecido pertenece al pasado; el presente sigue desde entonces… y seguirá… manso, sereno e igual…
Las cartas amorosas de Pacheco…Las conquistas de Severo Mariscal y los hijos consecuentes… La ciencia montubia de Mendoza… Las dificultades de Segundo Alancay… El hambre insaciable de Redentor Miranda.. Lo mismo… Exactamente, lo mismo…
Continuará de aventura la banda por los caminos del monte, irán los músicos en busca de fiestas poblanas para alegrar con su alharaca instrumental, de entierros que acompañar, de serenatas que ofrecer, de ángeles que ver descender, no del cielo, pero de la ventana más alta de los campanarios rurales… Irán en busca de todo eso; más, irán también, con eso, en busca del pan cuotidiano… que los hombres hermanos se empeñan en que no dé la tierra generosa para todos… sino para unos cuantos…
Cuentan el tiempo los músicos por el triste acaecido de la fuga del compañero tísico que sonaba el bombo roncador y los platillos rechinantes…
-Eso jué anteh de que se muriera Ramón Pieedrahita…
-No; jué despuéh…Ya lo’bía reemplazado &&Quot;Tejón Macho”… M’acuerdo porque en Jujan no pudimoh tocar el himno nacional… “Tejón Macho” no lo bía prendido todavía…
-De verah…
Era el atardecer.
Los últimos rayos del sol -&que había jalao de firme, amigo”- jugueteaban cabrilleos en las ondas blancosucias del riachuelo.
Redentor Miranda dijo, aludiendo a los reflejos luminosos en el agua:
-¡Parecen bocachicos nadando con la barrigga p’encima!
Manuel Mendoza fue a replicar, pero se contuvo.
-Hasta la gana de hablar se le quita a unoo con esta vaina -murmuró.
Iba el grupo, silencioso, por el sendero estrecho que seguía la curva de la ribera, hermanando rutas para el trajinar de los vecinos. A lo lejos al fin el camino- distinguíase el rojo techo de tejas de una casa de hacienda, cobijada a la sombra de una frutaleda, sobre cuyos árboles las palmas de coco, atacadas de gusano, desvencijaban sus estípetes podridos, negruscos, ruinosos…
-Bay! Esa eh la posesión de loh Pirah Santtoh.
-La mesma.
-¿Arcansaremo a yegar?
Humm…
Hablaban bajito, bajito… Susurraban las palabras…
-Er tísico tiene oido de comadreja.
Esteban Pacheco preguntó, ingenuamente:
-¿Tísico dice? ¿Pero eh que Piedrahita ta”fectao? ¿No decían que era daño?
Nazario Moncada Vera lo miró.
-¡No sea pendejo amigo! -replicó-. Los’ojoo si’han hecho para ver… ¿Usté ve o no ve?
Ramón Piedrahita no podía más.
Iba casi en guando, conducido por Severo Mariscal y Redentor Miranda.
Delante marchaba su hijo, lloroso, con el bombo a cuestas… Pero, ahora iba el muchacho casi contento de llevarlo… Pensaba, vagamente, que debería haberlo llevado siempre… Y quería, acaso, que pesara más, mucho más…
A cada paso se revolvía:
-¡Papá! ¿Cómo se siente papà? ¿Se siente mejorado papá? ¡Papá!
Ramón Piedrahita no respondía. Hubiera,si, deseado responder. Se le advertía en el gesto de la faz lívida, demacrada, mascarilla de cadáver… un desesperado esfuerzo por hablar… Pero, no hablaba… Hacía una hora que no hablaba ya…
Manuel Mendoza reprendía al muchacho:
-¡Ve que mi ahijao! ¡Se fija que mi compaadre está debilitao y le hace conversación! ¡Deje que se recupere!
Los demás sonreían a hurtadilla, lúgubremente.
Hacían los Alancay la retaguardia del grupo. Cambiaban frases entre sí y con Mendoza, cuando éste se les acercaba para satisfacer su ración de charla inevitable.
-A mí nidien me convenció nunca jamás de qque el Piedrahita estaba amaliado. ¡Picado del pulmón estaba!
-Yo ni me apegaba, por eso. De lejitos….
Mendoza terciaba magistralmente:
-Ustedeh como no son d’estoh laoh, no sabeen esta cosa de loh maleh que li hacen ar critiano… Puede que mi compadre tenga picao el pulmón, no digo que no; pero, ha de ser que Tomah Macía, que jué er que lo jodió, le metió arguna poliya en la mayorca… ¿No li han oído cómo cuenta?
Los Alancay otorgaban, respetuosos: -¡Así ha de ser, don Mendoza! Cuando usteed lo afirma…
-¡Vaya que lo firmo!
Nazario Moncada Vera iba de un lado para otro.
-¡Apúrense! ¡Noh va’garrar la noche! ¡Esse hombre necesita tranquilidá!
Se acercó a los que conducían a Piedrahita:
-Háganle, mah mejor, siya’e mano. Arrecuééstenlo un rato en er suelo pa que se acondicionen y el enfermo se entone.
Miranda y Mariscal depositaron sobre una cama de yerba el cuerpo casi exánime de Piedrahita.
Todos lo rodearon.
Tenía ya el pobre la respiración estertorosa de la agonía. Cuando abría los ojos, buscando ansiosamente al hijo, se le clavaba, la mirada vidriosa de las pupilas medio paralizadas… Tosía, aún… Era la suya una tos seca, que parecía salir sólo de la garganta; una tos chiquilla, apenas perceptible… absolutamente semejante al arrullar de la paloma de Castilla en los nidales altos.
Nazario Moncada Vera llamó aparte a Mariscal y a Miranda.
-De que repose un rato -ordenó, li hacen lla siya e mano…Pero, andenle, con cuidado… Cuando tuesa, revuervan la cara pa que no leh sarpique la baba…
-¡Ah!…
-No eh que yo sea asquiento; pero, la enfeermedá eh la enfermedá… El hombre que va morir, suerta toda la avería que tiene adentro…
-¡Ah!…
Ramón Piedrahita se había agravado de un momento a otro. Hasta el día anterior, aún se valía de sus piernas. Fatigábase, pero avanzaba.
Habían procurado dejarlo en varias partes, más él quería seguir, seguir…
Decía:
-Déjenme yegar onde Melasio Vega. Ese hommbre me sana.
Melasio Vega era un curandero famoso, cuya vivienda estaba a cuatro horas a caballo, justamente, de la casa de los Pita Santos, adonde ahora se aproximaba el grupo.
Ramón Piedrahita ya no pensaba en los indios brujos de Santo Domingo de los Colorados. Se contentaba conque lo “medicinara” Melasio Vega…
-¡Milagro hace! Jué er que sarvó a Tiburccio Benavide, que’staba pior que yo…
-¡Ahá!…
Los compañeros no se atrevieron a negarle a Piedrahita la satisfacción de su empeño. Y siguieron adelante.
Comentaban:
-No avanza.
-Onde loh’Arriaga se noh queda.
-Pasa. Onde loh Duarte, tarveh.
-No; máh lejo…
¿Onde?
-Onde loh Calderoneh…
-No; onde loh Pita Santoh no máh…
Esto lo dijo Nazario Moncada Vera y adivinó.
-Máh mejor que sea ayí, a lo meon si está mi compadre Rumuardo…
-Quién sabe está en lah lomah con er ganaddito…
-No; al’hijo grande manda. Er se queda reeposando. Ya’stá viejo mi compadre Rumuardo.
-Ahá…
Y ahora estaban ahí, en las inmediaciones de la hacienda de los Pita Santos, con el moribundo.
-¡Ni qui’hubiera apostao conmigo pa’hacermme ganar! -repetía Nazario Moncada Vera.
Después de un rato, ordenó:
-¡Cárguenlo!
Y en la oreja de los conductores, musitó, recalcando el consejo de antes:
-Cuando tuesa, viren la cara pa que no loss’atoque er babeo.
Lentamente -“como proseción en la plaza’e pueblo chico”-, adelantó el uno hasta la casa de los Pita Santos, en cuyo portal hizo alto.
Nazario Moncada Vera gritó:
-¡Compadre Rumuardo!
Rumualdo Pita Santos se asomó a la azoteilla que se abría en un ala del edificio.
-¡Vaya compadre! -exclamó en tono alegre-.. Feliceh los’ojo que lo ven, compadre!
En seguida, inquirió:
-¿Y qué milagro eh por aquí en mi modesta posesión?
Moncada Vera respondió, muequeando un guiño triste:
-Por aquí, compadre, andamo con er socio PPiedrahita que si’ha puesto un poco adolecente… Y venimoh pa que noh de usté una posadita hasta mañana…
-¡Como no compadre! Ya sabe usté que estéé eh su casa.
–¿Onde noh’arreglamo, compadre?
-Arriba no hay lugar, porque tenemoh posannteh; unoh parienteh de su comadre, que han venido a’hacerse ver con Melasio Vega… Pero abajo, en la bodega, pueden acomodarse.
-Onde se sea.
-Dentre, pueh, compadre, con la compañía; que yo vi’hacerle preparar un tente-en-pié p’al cansancio que tren…seguro…
-¡Graciah, compadre!
Ramón Piedrahita fue colocado en unos gangochos, sucios, de cáscaras de arroz y de café, sobre el suelo de tablas de la bodega. Una vieja montura sirvió para almohada. Encima del cuerpo le echaron un poncho.
La mujer de Rumualdo Pita Santos -ña Juanita, una cincuentona robusta y guapota-. bajó a apersonarse del enfermo.
Cornelio Piedrahita quedóse a la cabecera de su padre; pero; los músicos no entraron en la bodega, sino que se encaminaron a la orilla del río, y en el elevado barrancal se fueron sentando, uno al lado del otro, enmudecidos, junto a los enmudecidos instrumentos.
Por un instante, las miradas de todos convergieron en el gordo bombo que Cornelio Piedrahita dejara abandonado en el portal.
En lo íntimo se formularon pregunta semejante:
-¿Quién lo tocará despueh?
Pero, no se respondieron.
Transcurrieron así muchos minutos, una hora quizás. Las sombras se habían venido ya cielo abajo, sobre la tierra ennegrecida, sobre las aguas ennegrecidas…
En la bodega estaban ahora, además de ña Juanita sus hijas: tres chinas de carnes del color y la dureza de los manglares rojizos… No obstante la amargura que los embargaba, al contemplarlas. Esteban Pacheco resolvió escribirles, aún cuando fuera a las tres, una carta de amor, y Severo Mariscal creyó que había en ellas campo abonado para el florecimiento de nuevos mariscales…
Mas, las muchachas ni los saludaron, siquiera.
Penetraron, de prisa, en la bodega, para acompañar a su madre y ayudar al enfermo a bien morir.
Era en esto que había bajado, porque se escuchaban sus voces que rezaban los auxilios…
Decían:
-¡Gloriosísimo San Miguel, príncipe de la milicia celestial, ruega por él! ¡Santo Angel de su guardia; glorioso San José, abogado de los que están agonizando, rogac por él!
Después rezaron letanías. La madre invocaba; las hijas coreaban…
-San Abel… Coro de los justos… San Abrraham… Santos Patriarcas y Profetas… San Silvestre… Santos Mártires… San Agustín… Santos Pontífices y Confesores… San Benito… Santos Monges y Ermitaños… San Juan… Santa María Magdalena… Santas Vírgenes y Viudas…
-!Rogac por él!… ¡Rogac por él!…Rogac por él…
Más tarde, recomendaban su alma:
-¡Sal en nombre de los Angeles y Arcángelees; en nombre de los Tronos y Dominaciones; en nombre de los Principados y Potestades; en el de los Queribines y Serafines!…
Esto fue lo último. Cesaron las voces.
Los músicos se estremecieron.
Apareció en el umbral de la puerta de la bodega, la figura de ña Juanita.
-¡Ya’cabó! -dijo.
Prendido a su falda, Cornelio Piedrahita, ahora más pequeño, vuelto más niño ahora, sollozaba…

.¡Papá! …¡Papá!…
Nada más.
Los músicos guardaron su silencio.
Y transcurrieron nuevos minutos. Parecía como si todas las gentes hubieran perdido la noción del tiempo.
Y, de improviso, sucedió lo no esperado.
Uno de los hombres -después se supo que fue Alancay, el del barítono-, sopló en el instrumento. El instrumento contestó con un alarido tristón.
Los demás músicos imitaron inconscientemente a su compañero… Se quejaron con sus gritos peculiares al saxo, el trombón, el bajo, el cornetín…
Y, a poco, sonaba pleno, aullante, formidable de melancolía, un sanjuan serraniego… Mezclábanse en él trozos de la marcha fúnebre que acompañaba los entierros de los montubios acaudalados y trozos de pasillos dolientes…
Lloraban los hombres por el amigo muerto, lloraban su partida; pero, lo hacían, sinceros, brutalmente sinceros, por boca de sus instrumentos, en las notas clamorosas…
Mas, algo faltaba que restaba concierto vibrante a la música: la armonía acompañadora del bombo, el sacudir reclinante de los platos.
Faltaban.
Pero de pronto, advirtieron los músicos que no faltaba ya.
Se miraron.
¿Quién hacía romper su calma al instrumento enlutado?
-¡Ah!…
Cornelio Piedrahita golpeaba rítmicamente la mano de madera contra el cuero tenso…
-¡Ah!…

…Arriba, Romualdo Pita Santos, desentendido del muerto, se preocupaba exclusivamente del temé-en-pie.
Hablándole a un peón le decía:
-Búsqueme, Pintado, unah gayinah gordah. Hay que hacer un aguao. Eh lo máh mejor paun velorio… Despuéh va’comprarme café pa destilar, onde er guaco Lópeh… ¡Ah, mayorca! Un trago nunca está demah.
Cuando oyó la música que sonaba en el barranco, exclamó:
-Han garrao estoh gayoh la moda de la sierrra… ¡Bueno!… Que aiga música… Pero, baile no aguanto… Cuando se baila a un muerto, se malea la casa…
Dirigiéndose a una mujer que animaba el fuego del fogón con un enorme abanico, exigió confirmación:
-¿Verdá, comadre Inacita, usté que eh tan sabedora d’eso?
La interpelada contestó, convencida:
-Así eh, don Pita.
…Abajo, las mujeres musitaban rezos junto al comedor.
La música cesó.
Las últimas notas las dieron unas lechuzas que tenían su nido en el alero del edificio.
Al oir los chirridos de los animaluchos, el viejo Manuel Mendoza comentó:
-Esah son lah que han cortao la mortaja paa mi compadre Piedrahita…
¡Desgraciadah!…
Como los pajarracos continuaran en sus lúgubres gritos, mientras revoloteaban sobre la casa, agregó:
-Y sigue er vortejeo… Leh ha sobrao telaa pa otra, mortaja, se ve… Santigüensen, amigoh, no sea que noh atoque a arguno de nosotroh…¡Mardita sea!
Todos, incluso Nazario Moncada Vera, se persignaron, contritos…

 

Fuente: http://www.roland557.com

APAREAMIENTOS

 

 

Mario Santana Ortiz

 

Le decían el Koala porque, ni aun ejecutando a sus víctimas, parecía que estaba del todo despierto. De cara y barriga henchida, el Koala Gutiérrez se pasaba horas mascando un palito de madera, o “chewing stick”, como le llaman al artefacto en Nigeria. Allí había servido, primero como teniente de las fuerzas de paz de su gobierno. Después como soldado mercenario. Vivió 10 años en África, trabajando en varias guerras. La de Sierra Leone fue la última. Se hartó. Regresó a su tierra natal.

Koala podía pasar tiempo incalculable durmiendo. Comía, dormía, mascaba su palito. No hacía nada más. Nunca se le conocieron hijos, nunca tuvo una amante asidua, ni siquiera una infrecuente. Nunca le dio por acostarse con ex convictos, aquellos que salían de la cárcel con esa nueva necesidad instalada en el cuerpo, después de pasarse unos años encerrados entre hombres. “Ese usa la entrepierna nada más que para mear”, lo molestaba el Chino, un primo lejano suyo, que fue quien lo metió al negocio. “Igualito que un Koala. Se la pasa arrima’o a su palo, roncando a pata suelta”. El Koala se limitaba a guardar silencio y a mirarlo con sus ojos redondos y negros, que mantenía cerrados la mayor parte del tiempo.

Pero esta vez los abría. Los mantenía abiertos. Estaba sentado junto al Birome en el Café Violeta’s, esperando a su próxima víctima. Se trataba de una mujer. “La Pastora” había logrado franquear filas hasta convertirse en firme contrincante de su jefe en la interminable guerra de control de puntos de droga. Heredó el mando de un hermano muerto y, de una forma inexplicable, “La Pastora” emergió como un poder letal, una fuerza de la cual era necesario protegerse. Por eso el Jefe contactó al Koala. “Vete con el Birome, él te la indicará. A esa me la limpias del camino. No es necesario que armes mucho aspaviento. Un tirito en la frente y ya”. Era el método clásico que usaba el Koala en sus trabajos. Tiro de frente, infalible, acertando entre medio de las cejas. Nada de charqueros de sangre. Nada de cuerpos agujereados. Todo limpio, íntegro; el Koala garantizaba una adormecida muerte. Era famoso, además, por no darle tiempo a sus víctimas ni para gritar.

Pero no le gustaba matar mujeres. Había visto demasiados vientres desvencijados en la guerra. Demasiadas mujeres violadas por los mismos soldados de la milicia, y luego cortadas a machetazos, cuerpos pudriéndose en la selva. La carne expuesta, justo antes de explotar, tenía la consistencia del plástico. Esa carniza, sobre todo en cuerpo de mujer, le revolcaba el estómago.

Cuando el Jefe le informó de La Pastora, pensó en negarse. Iba a mover su cabeza para lado y lado cuando algo lo detuvo. ¿Cuán mujer puede ser la dueña de un punto de drogas? Es decir, ¿cuánto cuenta como mujer, si es seguro que ha tenido que mancharse las manos, no con la sangre, que eso es fácil (si lo sabría el Koala) sino con el terror vuelto sangre en los ojos de sus contrincantes? ¿A cuántas madres le habrá entregado, personalmente, a su hijo adicto ahora cadáver por una estúpida deuda de puntos? El Koala se imaginó a La Pastora como una mujer hombruna, sin forma, con el pelo corto y las manos hinchadas. Ancha de espaldas como lo era él. O como una puta fría, de esas mujeres flacas, pintadas, con todo de plástico, que a tantos gustan y que a él lo dejan con ganas de seguir eternamente durmiendo.

-Trabajo solo -repuso al Jefe.

-Comoquiera te llevas al Birome. Que te la indique. La cosa es que sea ella.

Nunca se imaginó lo que vio. Al Violeta’s entró una mujer suave como terciopelo. Era carnosa, de un pelambre maduro que olía a baño de especias, a eucalipto. Tenía un moño largo de pelo lacio y un poco tieso, como una crin. Era marrón toda ella, más bien color miel. Sus ojos, pequeños y redonditos, los entrecerraba con la lujuria de quien acaba de levantarse de un largo sueño. A sus pechos grandes, grandísimos, el Koala Gutiérrez los intuyó de pezones oscuros, como para abrevar en ellos toda una eternidad. Los muslos se le apretaban bajo la falda. Eran muslos de mujer que sabía de hijos. Caderas firmes, grupa ancha. El Koala tuvo que cerrar los ojos después de verla pasar. La olió caminar por el pasillo central del Violeta’s. La oyó sentarse en la mesa del fondo. A su lado se apostaron tres hombres parecidos a él, no físicamente, pero parecidos. Obviamente, eran su escolta.

El Birome se marchó. Con los ojos cerrados, el Koala Gutiérrez mantuvo vigilia. También se vigilaba por dentro. Carnes, roces, una erección. No supo qué hacer. Un aroma a eucalipto lo alertó de que su presa mudaba de escenario. Pagó su cuenta, mordió su chewing stick. Los esperaría en su auto.

La Pastora salió del Violeta’s cinco minutos después. Subió con uno de sus matones a una cuatro por cuatro del año, de un dorado sutil, como ella. El Koala se aprestó a seguirla. Sus ojos se encendieron como dos centellas en la noche.

Doblaron por una avenida y tomaron el camino hacia los puertos. El Koala conocía todos aquellos atajos como a la palma de su mano. Cruzaron un puente, la autopista, salieron en la salida Once. Atajaron por el Camino del Andén. Koala Gutiérrez los seguía, en silencio. Entonces, algo en su cabeza lo alertó. Ese camino estaba cerrado por reparaciones. Koala apretó el pie en el acelerador. Seguramente, La Pastora, por asuntos de negocios, entraría a un andén que él desconocería.

La ruta le olía a trampa.

No se pudo explicar de dónde salió el carro que impactó su vehículo por el costado del conductor. El Koala perdió el control y se volcó contra la calzada de los Andenes. El guía del auto le apretaba contra el pecho. Sintió que se sofocaba. Pero dos manos lo sacaron de adentro.

Afuera, La Pastora lo esperaba. Una sola mirada y Koala Gutiérrez supo que nunca podría dispararle en la frente. Que nunca podría dispararle, punto. Que mejor la besaba.

Cerró los ojos y se imaginó acariciando el largo moño de aquella mujer, hundiendo sus manazas torpes en su carne aderezada de hojas y de baños. Imaginó a la Pastora mirándolo igual, degustándoselo. Pero, en su mente le descubrió un brillo extraño en la mirada. Era un brillo frío, como de animal perturbado. No quiso notarlo. Bajó por el suave vientre de la mujer. Hundió su morro entre las piernas amplias y la mordió, la masticó despacio, se la bebió en un instante y en una eternidad. Entonces abrió, finalmente, los ojos.

“Ya puedes matarme”, le dijo.

Sonaron dos disparos.

 

Fuente: https://juliosuarezanturi.wordpress.com

¡MORÍTE, ÍDOLO!

 

 

Hernán Casciari

 

La muerte en contadas ocasiones fulmina a sus víctimas en la cúspide del éxito, porque si los matara a tiempo estaríamos sobrepoblados de ídolos. A Kennedy lo aniquilamos justito; también al Che y a Gardel. Pero a García Márquez, a Charly García y a Tarantino, ay, los estamos dejando vivir demasiado.

A Maradona, por ejemplo, habría que haberlo matado —de un modo ampuloso, por ejemplo un tiro en la nuca disparado por un hooligan vengativo— a la salida de la concentración mexicana, el 17 de junio de 1986, día siguiente a la final con Alemania. Todo lo que hizo después de esa fecha es lastre, peso extra para acabar con el mito. Pero si hubiera muerto allí, en la cumbre absoluta, hoy Argentina se llamaría Diegoarmandia, y la capital sería Dalmanerea de la Plata.

Tarantino se tendría que haber muerto de gastroenteritis en la posproducción de “Jackie Brown”, mientras nos duraba la sensación maravillosa que nos había dejado “Pulp Fiction”. La muerte debería haber actuado a tiempo, antes de que ocurrieran cosas nefastas como “Kill Bill” o su amistad con Robert Rodríguez.

Lo mismo con Orson Welles: a los 27 ó 28 años, al gordo tendría que haberle explotado el hígado por exceso de choripán. Nos hubiera dejado la mejor película del siglo XX, el falso radiofónico más divertido de la historia, y nos hubiésemos librado de todo, todo lo demás, que a veces hasta nos da vergüenza ajena.

Con Charly García los teóricos discrepamos: yo pienso que se tendría que haber tirado al vacío, desnudo o con batín, desde el piso catorce del Sheraton de Buenos Aires, un día cualquiera de otoño, entre “Piano Bar” (1984) y “Parte de la Religión” (1986). Otros no lo dejan llegar ni a “Clics Modernos” (1983). Y los más puristas lo habrían matado a la salida de la grabación de “Porsuigieco” (1976), en venganza por juntarse con Porchetto.

Entre los escritores, hay dos casos muy claros de mitos potenciales que, por culpa de esa persistencia absurda en seguir vivos, se han quedado en las compuertas de mi idolatría: uno es García Márquez, que debió haber dejado inconcluso “El amor en los tiempos del cólera” por un atracón de sandía; y el otro Camilo José Cela, un enorme genio que debió morir justo después de “La colmena”, suicidado o atropellado por un Volkswagen.

Por eso a mí me gusta admirar fervientemente a los que llegan a viejos sin mayores resbalones, a los que mueren al final de su camino y no necesitan la parafernalia de una vida trunca para ser inmortales. Como Salvador Dalí, Borges o Caetano Veloso.

También admiro a los que, sobreponiéndose a un éxito de juventud, maduran todavía mejores (yo los hubiera matado antes y me habría equivocado tanto) como los casos atípicos de Matt Groenning, Ricardo Darín, Mark Twain, André Agassi o Quino.

Es errónea, creo yo, la teoría de mitificar por lo que hubiera seguido haciendo el muerto, de seguir vivo. “¡Lo que habría hecho Eva Perón, si ya a los 33 años era quien era!”. Habría caído del pedestal como un higo maduro, ¡eso habría hecho! También se hubiesen desbarrancado casi todos los top five que han muerto a los treinta y tres (sí, también Él).

Siempre he pensado que si a Fidel lo hubiesen matado en Bolivia, todos tendríamos su foto en la camiseta, mientras hoy el mundo escucharía con aburrimiento anacrónico los interminables discursos de un Che Guevara viejo y cansado de vivir.

Así de irónica es la muerte, y así de boludones, morbosos y desubicados somos nosotros, los pueblos necesitados de posters y aniversarios.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

LO QUE MIRA IVETA ŠEREDOVÀ

 

 

Hernán Casciari

 

La lengua checa tiene muchas tildes, y son extrañas. Algunas, además, se colocan en las consonantes. El apellido de Iveta tiene una, en la ese mayúscula: Šeredovà. Esta tilde provoca que el sonido de la ese se convierta en yuvia argentina. Iveta Šeredova habla castešano un poco mejor, pero no mucho, quizás porque desea seguir siendo checa para siempre. Lee una revista que se llama TV Mánie. Hoy me volvió a pedir que nos descarguemos series donde trabaje Sally Fieldovà. Y yo, con íntimo dolor de crítico de la tele, la perdono.

La perdono siempre, y sé que hago mal. Pero, ¿qué le puedo decir a Iveta, cómo le puedo criticar el gusto estético, si su mirada me conmueve? Hace semanas que me ganó el televisor, y yo no hago nada, no me quejo, no la contradigo. Tampoco la echo de mi cama. Por mucho menos, por un simple zapping a destiempo, por una mueca de disgusto ante un buen chiste de Seinfeld, otras mujeres abandonaron mi casa semidesnudas, maltratadas, llorando o a los gritos. ¿Pero cómo puedo negarle algo a Iveta, cómo se hace, cuando me mira así?

Por la mañana, mientras desayuna conmigo, vemos unas telenovelas latinas espantosas; algunas —para peor— son argentinas. Los checos adoran una clase de culebrón pésimo, de colores vivos y guión cuadrado. Los checos saben quién fue Andrea del Boca, saben quién fue Gabriel Corrado. No sólo eso, sospechan que gente absurda y olvidada, como Gino Renni o Luisa Kulliok, son estrellas internacionales. La guerra, en esas regiones del mundo, ha provocado enormes desastres de percepción.

De un actor secundario nacional (no diré su nombre) que salía brevemente en una de sus telenovelas preferidas, le conté a Iveta una anécdota real, que ocurrió en los noventa. Le dije que una noche, en Belgrano, un amigo muy necesitado de dinero (tampoco diré su nombre) se dejó chupar la poronga por este actor, muy necesitado de afecto. Le conté esto para apagar, con realidades del subdesarrollo, su admiración por la mala televisión argentina. Pero el resultado fue inverso: ella me miró maravillada, como si de alguna manera yo perteneciera, en tercer grado, por interpósita fellatio, al mundo de sus ídolos.

Por la tarde vemos series norteamericanas de los años ochenta, que son las peores que se han hecho en toda la vida de Dios: me obliga a descargar del utorrent temporadas enteras de BJ, de MacGyver, de la insufrible Dallas. Lo extraño es que Iveta no ve estas porquerías con ánimo bizarro, como lo harían quizás los homosexuales progres y los gordos inmaduros de casi cuarenta años, sino que las devora con genuino interés.

Ella ha venido de un mundo donde el capitalismo se ha retrasado un poco; Iveta viene de una ciudad con televisores en blanco y negro, con señal de ajuste durante toda la noche; de un mundo sin HBO, sin educación pública, sin la quinta temporada de Six Feet Under, sin leche pasteurizada. Los checos piensan que JR sigue haciendo de las suyas en la granja, no saben todavía cómo acaba la historia de los Ingalls, jamás vieron The Kids in the Hall, por el amor de Dios… La guerra es espantosa: hace miserables e infelices a los hombres.

No me estoy quejando de Iveta, sino de mí. Me quejo de cómo el amor me estupidiza, me somete. No me quejo sólo de las telenovelas y las series que tengo que tragar para tener a Iveta cerca de mí y poder acariciarla. Lo peor, en realidad, ocurre por la noche, porque el mando a distancia (como mi corazón) está en sus manos las veinticuatro horas del día.

Por las noches, Iveta me obliga a compartir con ella el resumen del Českomoravský fotbalový svaz, que vendría a ser la liga checa de fútbol. Nunca había visto, en todos mis años, canchas de fútbol tan necesitadas de verde. En un terreno farragoso, vacío completamente de hinchas, unos deportistas que (puedo apostarlo) tienen otro empleo de lunes a viernes, desarrollan un fútbol triste, que Iveta observa con pasión, a veces embanderada, a veces con la cara pintada de colores. Siempre pegando grititos.

Es tan intenso observar de reojo a Iveta cuando sospecha que un pase no ha sido offside, o verla lloriquear cuando acaba un partido sin suerte. Resulta tan humanitario amarla, y besarla, y darle los gustos, cuando el SK České Budějovice de sus amores pierde en el último minuto, por culpa del árbitro. (Digresión: el fútbol checo es tan modesto que los árbitros van vestidos como vienen de sus casas: a veces un lineman va de amarillo, el otro de negro. Fin de la digresión.) Anoche vimos una especie de clásico nacional: el Bohemians Praga versus el Sigma Olomouc. Iveta chilló, saltó, se desnudó, me besó, dijo obscenidades en checo, rompió un vaso. El partido, por supuesto, acabó cero a cero.

Pero yo la perdono. Le perdono todo por sus ojazos de posguerra. Los ojos de Iveta Šeredovà, pienso yo, han visto cosas que nadie se puede imaginar. Bombardeos nocturnos, gritos en la noche, la ciudad en ruinas, los hermanitos desperdigados, el padre y la madre muertos o quién sabe dónde. No sé si será exactamente así: ella es muy discreta con su pasado. Cuando llora, por las noches, es porque supone que yo ya me he dormido, y de todas maneras se tapa la boca con la almohada. También llora en el baño, cuando hace pis, y besa una foto de su madre. A veces la espío.

Yo no sé qué barbaridades habrá visto Iveta antes de convertirse en una inmigrante bonita del Este, no sé de qué estruendos habrá despertado una noche en Praga, pero le dura todavía en los ojos el destello de la muerte. Las huérfanas tienen los ojos más sexys que las que todavía conservan padre y madre y hermanos. Las chicas que lo perdieron todo, de la noche a la mañana, tienen la mirada llena de asombro, un asombro que no es solamente miedo; los ojos llenos de luz y negrura.

Aunque no me cuente nada, aunque haga silencioso duelo, yo me imagino que ha caminado, o ha hecho autostop, por toda Europa. También me imagino que alguien, uno o más de uno, tiene que haberla violado entre Praga y Barcelona. Demasiado indefensa y bonita, y callada y rubia, y sobre todo demasiado veraniega, con sus harapos, para haber llegado sana y salva desde aquella guerra hasta esta paz. Desde sus bombas racimo hasta mi cama.

Lo único que conservó de su viaje, además de su ropa interior y sus anillos, fue esta revista, la TV Mánie, con la foto enorme de una Sally Fieldovà joven, casera y sonriente. Iveta se parece un poco a la actriz, aunque es más joven y no tiene gafitas de intelectual frígida. Iveta tiene la guerra en los ojos, viene de la guerra, del epicentro de las consonantes acentuadas, del dolor del Este.

Ella nunca me ha dicho nada sobre todo aquello, Iveta calla sus anécdotas atroces, supongo que querrá olvidarlas, pero no puede disimular los ojos cuando está en mi casa, cuando está en mi cama o en mi cocina. Tiene una mirada que parece un previously on de serie yanqui. Cuando te mira, sale una voz en off que dice:

—”Anteriormente, en la vida de esta chica…” —y funde a negro.

¿Cómo no la voy a perdonar, cómo no voy a darle todos los gustos, si tiene unos flashbacks increíbles?

 

Fuente: http://editorialorsai.com

¡HOY ES VIERNES SANGRIENTO!

 

 

Gino Winter

 

«Una luz reflejada, la modelo mirando a la nada
hoy es viernes sangriento, allí pronto habrá movimiento…
»
Frágil

Era un viernes sangriento en Miami, es decir, cuando toda la borregada sale hacia las discotecas o hacia las playas de Miami Beach a divertirse y a buscar aventuras que a veces terminan en alguna unidad de cuidados intensivos. Todos, menos un trabajador ilegal como yo, que es cuando más trabajo tengo, de esos que nadie quiere hacer, para alguna de las empresas semi-legales que se atreven a aceptar mis documentos truchos. Además, era un fin de semana largo, pues el lunes sería el Memorial Day, día en el cual se recuerda a todos los soldados caídos defendiendo a la patria. Yo fui soldado, defendí a mi patria y estaba caído, pero no calificaba para que se me recuerde, por ser extranjero, inmigrante ilegal y estar aún vivo.

Una gripe tremenda, de esas asiáticas, me había dejado fuera del trabajo y no había podido ir a cobrar mi sueldo; tuve que pedir por teléfono que me envíen mis cheques por correo. El servicio postal es una de las entidades más eficientes de Miami —y de todo USA— por cuya vía te llegan hasta los más importantes documentos, como la licencia de conducir, los pasaportes y la Green Card, así que amanecí confiado en que mis tres cheques, de sendos trabajos eventuales, llegarían a mí indefectiblemente. Pero la mala suerte existe y suele perseguirme. Tres veces salí, con fiebre, bajo la lluvia, a revisar la casilla de correo y las tres veces regresé con las manos vacías. Llamé a la empresa contratista y me confirmaron el envío de los tres cheques a mi dirección. No me quedó más remedio que acostarme a dormir en mi queen size, previo té caliente con limón, pues ni para pastillas me quedaba.

 

Al día siguiente salió un tremendo Sol, pero yo seguía mal y tampoco llegaron los cheques. Mi nevera solo contenía un six pack de CocaCola Zero, un poco de mantequilla, mostaza y ketchup. Una caja de galletas de soda «de exportación» sobre la nevera, me hizo recordar la historia de Mehran Karimi Nasseri, el refugiado iraní que se vio obligado a vivir durante años en el Terminal de salidas del aeropuerto de París, a causa de un problema administrativo con su visa, y recordé más a Tom Hank, retratando el caso en su película La Terminal, cuando perdió sus pertenencias y tuvo que alimentarse de galletas y refrescos durante días, como tendría que hacer yo, a falta de cheques. Ni modo, ese sería mi fiambre, pues hasta el Nescafé se había agotado.

Como Víctor Navorski —el personaje de Hanks— empecé a untar las galletas con un mínimo de mantequilla —para que me durara— esperando que llegara una Amelia Warren (Catherine Zeta-Jones) a la hora del almuerzo y me trajera aunque sea una cajita feliz del McDonald’s, con su café malo, pero caliente y, no importa, sin muñequito.

Ni Catherine Z ni nada: llamé a mis amigas y todas andaban fuera de Miami, por trabajo o por placer, todo el fin de semana. Dejé mis dos sobres de Earl Grey Tea y el limón y medio para las noches que me quedaban y me puse a saborear las galletas —rancias, pero de exportación— con su respectivo trago de CocaCola Zero, tratando de pensar que se trataba de un delicioso sándwich de chicharrón con camote frito y cebolla, en compañía de un buen café con leche. Ni utilizando el Método Silva de control mental pude dejar de sentir el sabor a yeso de las galletas ni el burbujeante amargor del aspartame edulcorante, ya que el six pack tenía tiempo guardado y además lo había comprado de oferta, a mitad de precio, que es como te venden aquí las cosas cuando ya están por vencer. La autosugestión no funciona, al menos para mí. Tampoco el rezarle a San Guchito ayuda. Me sentía solo y miserable, pero tranquilo, en medio de un silencio zen, ya que todos los vecinos estaban durmiendo, por la resaca.

«Dónde se fueron todos, dónde quedó la bulla? Dónde están las muchachas, dónde cazadores, dónde, dónde están…»

Pasó el viernes sangriento, el sábado febril y el domingo de Gloria (doña Gloria, mi casera, me estuvo jodiendo todo el día con ese triste y ridículo asunto de la renta atrasada). Tres días alternando entre la meditación trascendental y la dieta de Tom Hanks, que ya incluía la mostaza y el ketchup en las galletas rancias, a falta de mantequilla, con un toque gourmet de media cucharadita de mermelada Smucker’s sugar free, que logré raspar del último frasco disponible en mi repisa-alacena.

Desperté la mañana del lunes, Día de los caídos, como un caído más y sin cheque. Amanecí mejor de la gripe y sin el sabor amarguete de las pastillas antigripales, ya que no tuve dinero para comprarlas y, además, el sabor trasnochado de las galletas rancias de exportación y de las CocaColas pasadas y sin gas, era más fuerte, incluso, que el de la pasta dental, cuyo tubo tuve que apretar con el talón para que saliera el último resquicio, que me quitó a medias —con ayuda de las cáscaras exprimidas del limón— el aliento de dragón.

Pensé que quizás visitando a alguno de mis conocidos pudiera acceder a un modesto refrigerio, que no sea galletas rancias de exportación con CocaCola vencida sin gas, pero recordé que varios kilómetros antes de estacionar mi viejo Volvo, se me prendió el foco, ese de la gasolina, y solo me quedaba combustible para llegar a la gasolinera y no podía hacer el trayecto en ómnibus, porque cerca de mi casa no pasaba ninguno y a pie era imposible, pues justo me había mudado bien lejos, para que nadie me joda, y entre el sol infernal de Miami y sus lluvias torrenciales, lo más probable era que, en vez de conseguir de gorra un almuerzo decente, pescara una pulmonía o me partiera un rayo.

En un empate sorprendente, me quedaba medio paquete de galletas de soda, rancias de exportación, y media lata de CocaCola Zero, vencida y sin gas, las cuales preferí guardar para la cena, ya que no es bueno echarse a dormir con el estómago vacío. Me tiré en la cama pensando en mis buenas épocas cuando estuve comiendo en restaurantes de la riquísima Lima o en los hoteles de Hawaii, mirando a las actrices de Bay Watch apenas vestidas con sus bikinis, cuyo recuerdo me sacó del ensueño porque me dio más hambre.

Intenté leer un libro —la vieja me había cortado la internet— pero todos los que tenía a la mano eran más tristes que mis galletas rancias de exportación y mi CocaCola vencida y sin gas. Como no tenía otra salida, decidí releer A Universal History of infamy, (la Historia Universal de la infamia, de Borges, pero en inglés) que había dejado olvidada mi amiga Jacque sobre mi mesa de noche, y, al voltear a buscar ese libro, un reflejo epifánico de los rayos solares sobre el vidrio, me hizo experimentar la dicotomía de sentirme el hombre más cojudo del planeta y a la vez el estar entrando a uno de mis pocos momentos de fortuna: frente a mis ojos, como un gran Aleph, resplandecía un bello frasco de vidrio, de más de un litro de capacidad, esos que en las antiguas boticas te los vendían llenos de dulces, de jaboncitos, de sales para baño y hasta de sal de frutas Eno. El bendito pomo me lo habían regalado hace años mis compañeras de trabajo, por el Día del padre, lleno de condones multicolores, a manera de broma, y, una vez vacío, lo empecé a utilizar para descargar de mi bolsillo las monedas que me daban de cambio cuando pagaba con billetes.

El pomo estaba lleno de zahires, es decir, de monedas brillantes que parecían reírse en mi cara y decirme tras del vidrio «¿Qué has estado esperando, so huevonazo, para ir a comprar algo rico que tragar!»

El pomo siempre estuvo allí, sobre el velador, agazapado, sádico, viéndome sufrir.

Más rápido de lo que se persigna un cura loco, eché las monedas en una bolsa y partí para Shop Rite, un supermercado en donde una máquina te cuenta las monedas que depositas y te da un vale para pagar tus compras o cambiarlo por billetes de dólar; claro, te cobran el ocho por ciento de comisión, no sé si por la contada, la cambiada o de puro abusivos.
Ochenta y tres dólares del alma, más veinticinco centavos, marcaba mi ticket. Separé veinte para gasolina, veinticinco para medio pollo a la brasa con papas fritas, ensalada y picarones, en el Peruvian Tambo Grill, y, con el saldo, compré algunos pocos víveres, cuidando —calculadora en mano— de no pasarme de mi exiguo saldo, incluyendo los impuestos.

Crucé los pasillos tratando de no mirar las galletas de exportación rancias ni las cajas apiladas de CocaCola Zero por vencer, sin gas, en oferta.

Una linda cubana (casi todas son lindas) de inmensos ojos almendra —y otras cositas inmensas— me atendió en la caja registradora, cuya pantalla marcó el monto casi exacto de lo que quedaba disponible en mi billetera de cuero sintético.

—Disculpe, caballero ¿le gustaría donar cinco dólares para apoyar al equipo de básquet del colegio parroquial de la Saint Kevin Church?
—Me encantaría donar mucho más, mi querida amiga, pero resulta que ahora soy un hombre muy pobre, así que se tendrán que conformar con mi apoyo moral, hasta nuevo aviso.
—¿Y antes, fue muy rico?
—No, antes fui pobre a secas, ahora soy muy pobre…

Al regresar a casa, con el estómago lleno y el paladar satisfecho, por la rica cena, me encontré en la puerta con el pelotudo de mi vecino, quien me entregó los sobres, con los cheques dentro, que —dijo— los dejó el cartero por error en su casillero, el viernes sangriento…

 

Fuente: http://suburbano.net/

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