8
March
2010

VISIONES DEL INFIERNO0

Paulo Coelho

“Puesto que el demonio no habla mucho sobre sí mismo, el hombre se puso a buscar cualquier referencia posible sobre el infierno”.

Para el héroe griego Prometeo, que robó el fuego de los dioses y se lo entregó a los hombres, el infierno consistió en permanecer atado en un despeñadero adonde todos los días un pájaro venía a comérsele el hígado. Jean-Paul Sartre dice, en su pieza A puerta cerrada, que el infierno son los otros. Jorge Luis Borges, en un poema, hace una interesantísima descripción de lo que nos espera más allá de la vida: la eterna contemplación de un rostro.

Para ciertas personas, eso será el paraíso, pues este rostro será de alguien a quien se ama, mientras que para otras será el infierno, pues tendrán que ver eternamente la cara de alguien a quien hirieron sin motivo.

Existe una interesante descripción en un libro árabe: allí se dice que, una vez fuera del cuerpo, el alma debe caminar por un puente tan fino como el filo de una navaja, teniendo al lado derecho el paraíso, y al izquierdo una serie de aberturas circulares que conducen a la oscuridad del interior de la Tierra. Antes de cruzar el puente (el libro no aclara adónde conduce) cada uno carga sus virtudes en la mano derecha, y sus pecados en la izquierda. De esta manera, el desequilibrio le hará caer del lado que determinan sus actos en este mundo.

El cristianismo habla de un lugar en el que se escucharía el llanto y el rechinar de dientes. El judaísmo describe una caverna interior, con espacio para un número determinado de almas: un día el infierno acabará llenándose, y entonces el mundo habrá llegado a su fin. El Islam habla del fuego en que arderán todos, “a menos que Dios desee lo contrario”.

El Diccionario de las Religiones dice que, en la época de Cristo, algunas corrientes judaicas de pensamiento creían que las almas perversas serían castigadas después de la muerte en un lugar llamado Geena –nombre tomado de un lugar próximo a Jerusalén–, donde se solía abandonar la basura de las ciudades de los alrededores. Sin embargo, Geena no conllevaba la idea de un castigo eterno, y la pena máxima nunca podría pasar de 365 días.

Para los hindúes, el infierno tampoco es un lugar de tormento interminable, pues creen en la reencarnación del alma al cabo de un tiempo, con el objetivo de redimirse de sus pecados en el mismo lugar donde se cometieron, es decir, en este mundo. De todas formas, creen en veintiún tipos de lugares de sufrimiento, situados en lo que suelen denominar “las tierras inferiores”.

Los budistas también diferencian entre diversos tipos de castigos que pueden infligirse al alma: ocho infiernos de fuego, y ocho completamente helados, además de un reino en el que el condenado no siente ni frío ni calor, tan solo un hambre y una sed infinitas.

Nada, en todo caso, se compara a la gigantesca variedad que concibieron los chinos. Frente a la gran mayoría de las culturas –que sitúa el infierno en el interior de la Tierra por analogía entre la muerte, el entierro y la descomposición– las almas de los pecadores se dirigen a una montaña, llamada Pequeña Cerca de Hierro, que se encuentra circundada por otra: la Gran Cerca.

En el espacio que hay entre las dos, existen ocho grandes infiernos superpuestos, cada uno de los cuales controla dieciséis infiernos menores, que a su vez controlan diez millones de infiernos subordinados.

Los chinos también suponen que los demonios son almas que ya cumplieron su pena, probaron lo que es el dolor, y ahora buscan la venganza, inventando torturas cada vez más crueles para los recién llegados.

Fuente: http://www.larevista.ec

28
February
2010

DIOS CON GAFAS0

Paulo Coelho

Uno puede aprender muchas lecciones con los personajes más comunes y en los sitios más recónditos.

Norma y las cosas buenas


En Madrid vive Norma, una brasileña muy especial. Los españoles la llaman “la abuela rockera”: en la actualidad tiene más de 70 años, trabaja en varios lugares al mismo tiempo y siempre está ideando promociones, fiestas o conciertos de música.

En cierta ocasión, hacia las cuatro de la mañana –cuando yo ya no aguantaba más de cansancio– le pregunté a Norma de dónde sacaba toda esa energía.

–Tengo un calendario mágico. Si quieres, te lo enseño.

A la tarde siguiente fui a su casa. Poco después sostenía en la mano una vieja hojita, toda llena de anotaciones.

Bien, hoy es el descubrimiento de la vacuna contra la polio –dijo–. Vamos a celebrarlo, porque la vida es bonita.

Norma había copiado, en cada uno de los días del año, alguna cosa buena que había ocurrido en aquella fecha. Para ella, la vida es siempre un motivo de alegría.

Sidney: el australiano y el anuncio en el periódico
Estoy en el puerto de Sidney, admirando el hermoso puente que une las dos partes de la ciudad, cuando se me acerca un australiano y me pide que lea un anuncio de un periódico.

Las letras son demasiado pequeñas –me dice– no consigo leerlas.

Yo lo intento, pero no llevo encima mis gafas de leer. Le pido disculpas al hombre.

No tiene importancia –dice él–. ¿Sabe una cosa? Pienso que Dios también tiene la vista cansada. No porque esté viejo, sino porque lo quiso así. De este modo, cuando alguien hace algo que no está bien, él no consigue verlo con claridad, y termina perdonando a la persona, pues no quiere cometer una injusticia.

¿Y qué pasa con las cosas bien hechas?, pregunto yo.

Bueno, Dios nunca se olvida las gafas en casa.

Celos mortales


Justo al día siguiente de mi primera visita a Australia, mi editor me lleva a una reserva natural cerca de la ciudad de Sidney. Allí, en medio de los bosques que cubren el lugar conocido como Montañas Azules, existen tres formaciones rocosas en forma de obelisco.

Son las Tres Hermanas –dice mi editor–, y me cuenta la siguiente leyenda:
Un hechicero paseaba con sus tres hermanas cuando se les acercó el más famoso guerrero de aquellos tiempos.
–Quiero casarme con una de estas bellas muchachas, dijo.

–Si una de ellas se casa, las otras se van a creer feas. Estoy buscando una tribu en la que los guerreros puedan tener tres mujeres, respondió el hechicero, alejándose.

Y, durante años, caminó por el continente australiano, sin conseguir encontrar esta tribu.

–Por lo menos una de nosotras podría haber sido feliz, dijo una de las hermanas cuando ya estaban viejas y cansadas de tanto caminar.

–Estaba equivocado –respondió el hechicero–. Pero ahora es tarde.

Y transformó a las tres hermanas en bloques de piedra para que quien pasase por allí, pudiese entender que la felicidad de uno no tiene por qué conllevar la tristeza de los otros.

Fuente: http://www.larevista.ec

24
February
2010

EL ORDEN NATURAL0

Paulo Coelho

“…Aunque todos pasen por momentos de dolor, las generaciones continuarán  y su legado perdurará durante mucho tiempo”.

Un hombre muy rico le pidió a un maestro zen un texto que siempre le hiciese recordar lo feliz que era con su familia.

El maestro zen tomó un pergamino y con una bella caligrafía escribió:

-El padre muere. El hijo muere. El nieto muere.

-Pero ¿qué es esto? Yo le pedí alguna cosa que me inspirase, una enseñanza que despertase el respeto de las próximas generaciones de mi familia, ¿y usted me da algo así de deprimente?

-Usted me pidió algo que le hiciese tener presente de manera constante la felicidad de vivir junto a su familia. Si su hijo muriera, el dolor sería devastador para todos. Si fuera el nieto el primero, la experiencia sería asimismo insoportable.

Sin embargo, si su familia va desapareciendo en el orden que puse en el papel, se estará cumpliendo el curso natural de la vida. De esta manera, aunque todos pasen por momentos de dolor, las generaciones continuarán, y su legado perdurará durante mucho tiempo.

Cada cual con su destino
Un samurái conocido por todos por su nobleza y honestidad, visitó en cierta ocasión a un monje zen en busca de consejos. Nada más entrar en el templo en el que rezaba el maestro, se sintió inferior, y pensó que, a pesar de toda una vida luchando por la justicia y la paz, ni siquiera había llegado cerca del estado de gracia del hombre que tenía frente a él.

-¿Por qué estoy sintiéndome tan inferior? –le preguntó al monje cuando este concluyó sus oraciones–. Ya he visto la cara de la muerte muchas veces, mientras defendía a los más débiles, de manera que sé que no tengo de qué avergonzarme. Sin embargo, al verlo meditando, sentí que mi vida no tenía importancia.

-Espere. En cuanto haya atendido a todos los que vengan hoy a verme le daré la respuesta.

Durante el día entero, el samurái permaneció sentado en el jardín del templo, observando a las personas que entraban y salían en busca de consejos. Vio cómo el monje los atendía a todos con la misma paciencia y la misma sonrisa luminosa en su rostro. Pero su estado de ánimo no dejaba de empeorar, pues había nacido para la acción.

Por la noche, cuando ya todos habían partido, él insistió:

-¿Ahora podrá darme alguna enseñanza?
El maestro le pidió que entrase, y lo condujo hasta su cuarto. La luna llena brillaba en el cielo y todo el ambiente inspiraba una profunda tranquilidad.

-¿Ve usted esta luna, lo bella que es? Va a cruzar todo el firmamento, y mañana el sol volverá a brillar de nuevo. Solo que la luz del sol es mucho más fuerte, y logra mostrar los detalles del paisaje que tenemos delante: árboles, montañas, nubes… He contemplado los dos astros durante años y nunca escuché a la luna diciendo: ¿por qué no brillo tanto como el sol? ¿Será que soy inferior a él?

-Claro que no –respondió el samurái–. La luna y el sol son cosas diferentes, y cada uno tiene su propia belleza. No podemos compararlos.

-Entonces, ya sabe la respuesta. Somos dos personas diferentes, cada cual luchando a su manera por lo que cree, y haciendo lo posible por mejorar este mundo. El resto son solo apariencias.

Fuente: http://www.larevista.ec