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LITERATURA



UNA CARTA PARA HUGO LAURENCENA

 

 

Hernán Casciari

 

Vamos a ver. Dejame que haga memoria. Esto que te voy a contar pasó hace casi quince años, en Buenos Aires. El kiosco estaba en Santa Fé casi esquina Cerrito. Un drugstore, toda la noche abierto. Vos venías de Alexis, haciendo zigzag y hablando solo. Un borracho más a las dos de la mañana, pensamos nosotros. Los ojos colorados, media sonrisa. No me acuerdo qué nos pediste: cigarrillos, lo más probable.

A esa hora no es difícil que se te pongan a hablar los borrachos. Estábamos acostumbrados. Chiri hacía los viernes horario nocturno en el drugstore, y yo le hacía al aguante. No tenía por qué, pero somos amigos desde la comunión, y ése no era un trabajo interesante; yo le daba charla, por lo menos. Vos apareciste borracho, pero con clase. Atrás tuyo entraron tres turistas ingleses (las dos minas estaban buenas). Nos dimos cuenta que tenías clase porque a las minas les decías chanchadas llenas de altura. No sé cómo vino la mano, pero al rato estábamos tomándonos con vos unas Coronitas en el mostrador.

No te creímos una sola palabra. Nada de nada. Nosotros, antes de que llegaras, estábamos escuchando a Piazzolla en un grabador. Todavía no se había muerto Piazzolla, estábamos en 1992, pero no era invierno. Cuando, en medio de tu borrachera, entendiste que aquello era La Muerte del Ángel, nos empezaste a hablar de Piazzolla, pero de un modo extraño. Como si lo conocieras. Chiri y yo nos mirábamos de reojo. Vos le decías «el Gato», y decías que habías comido con él en no sé dónde. Un borracho con imaginación.

Al rato nos empezamos a caer bien.

O nos caía bien la noche. Una de dos.

Dijiste:

—Tengo que volver a Alexis, pero en media hora vuelvo y nos vamos a mi casa a tomarnos la última — y te fuiste al cabaret, otra vez haciendo zigzag y hablando solo.

Chiri y yo teníamos poco más de veinte años. Ni vos tenías porte de puto viejo, ni nosotros de pendejos tiernos. Sin decirnos nada (nos conocemos desde la comunión) supimos que no nos querías coger. Que no iba por ahí. Que posiblemente todo era tan simple como que te querías tomar la penúltima en tu casa, y no estar solo. Si hubieras sido un borracho denso, si no hubieras dicho treinta cosas inteligentes en media hora, habríamos cerrado el kiosco sin esperarte.

Pero habías hablado, arrastrando todas las erres del mundo, de cosas importantes. Nos habías confesado que no entendías dos frases. Una: «Hace calor o soy yo». La otra: «Cualquier cosita llamáme». A nosotros nos pasaba lo mismo: no entendíamos cómo la gente era capaz de hablar sin entender, automáticamente, diciendo cosas que no tenían gollete. Pero solamente podíamos hablar entre nosotros sobre esas barbaridades. Por eso fue que cerramos el kiosco y te esperamos. Porque aunque estuvieras borracho y aunque nos mintieras una amistad con Piazzola, podías ver el mundo, el pequeño mundo, el más imbécil, tomándote unas Coronitas.

Volviste tarde de Alexis, haciendo zigzag. Metimos otras cervezas frescas en un bolso y te seguimos. Encaramos Cerrito. No me acuerdo por dónde fuimos, pero era cerca. Si tuviera un mapa (ahora vivo en Barcelona) o si estuviera Chiri, que se acuerda de todo, te decía por dónde fuimos, pero es una parte que se me escapa de la memoria.

Era cerca de una embajada, eso sí. ¿La de Israel? Antes de llegar, quisiste cruzar por otra parte, había una barranca importante y a la tarde había garuado. El tema es que resbalamos, los tres. En realidad resbalaste vos, te agarraste de mí, yo de Chiri, y nos fuimos todos en picada. Nos pusimos de barro hasta el culo, pero la risa que nos dio valió la pena.

La cara del portero de tu edificio fue para hacerle una foto. Cuando te vio llegar con nosotros, tu cara llena de barro, nuestros ojos llenos de risa, hizo un gesto de «otra vez, don Hugo, ya está usted grande». Tu portero te dio una botella de wisky casero, sin etiquetas. Dijo que alguien te lo había traido de regalo y lo había dejado en recepción. Nosotros mirábamos el edificio, demasiado imponente para que viviera ahí un borracho que no tenía dónde caerse muerto.

Yo te creí lo de Piazzolla cuando entré al atelier y vi, pegada en la pared con una chinche, una foto tuya sentado a la mesa con Fellini. La puta madre. Después vimos los cuadros. Estabas terminando la serie de los zapatos. No me acuerdo si el Autorretrato estaba allí, o si lo vi más tarde, otro año, en otra parte.

Nos sentamos en unos sillones. Pusiste de fondo la MTV. Ni siquiera me acordaba al día siguiente de qué hablamos todo ese tiempo. Así que es imposible que me acuerde ahora. Desde que llegamos, borrachos paulatinos también nosotros, todo se me desdibuja. Solamente me queda una sensación de pequeño viaje al fondo de Buenos Aires, de conversación fluida, hiperactiva y absurda.

Creo que nunca supiste nuestros nombres. Nosotros te los dijimos un par de veces, porque vos lo preguntabas bastante, como cualquier borracho. Pero también como cualquier borracho nos bautizaste. Toda esa noche fuimos Tito y Cepillo. A mí me pusiste Cepillo porque tenía el pelo gracioso. Al Chiri no sé por qué lo bautizaste Tito.

El milagro de entrecasa ocurrió ya entrada la madrugada. Hablábamos de algo y dijiste que habías nacido el 16 de marzo. Obviamente, dije “yo también” con la sorpresa que te da descubrir esas idioteces en medio de la borrachera, en medio de las grandes ocasiones. Hiciste un escándalo. Me pediste los documentos, te cercioraste, después nos abrazamos y dijimos que éramos hermanos. Para festejar nos llevaste a la azotea. Vos corregime si me equivoco, pero creo que estábamos en un piso 25. Por lo menos eso parecía. Ya en la terraza, incluso nos subimos al techito del ascensor. Más arriba no podíamos estar.

Yo jamás había visto Buenos Aires de ese modo. Chiri tampoco. Había un viento que acá en Barcelona no hay. Tampoco hay noches así, en el primer mundo. Además teníamos veinte años, y teníamos la cabeza llena de cosas. Proyectos, guiones, novelas. No éramos porteños, para que se entienda. Estábamos convencidos que íbamos a vivir de escribir, tarde o temprano. Y vos nos subiste a la parte más alta de una ciudad hermosa, y abriste ese wisky de regalo.

Me acuerdo unas pocas cosas más. Me acuerdo que cada vez estabas más borracho, pero que nunca perdías la clase. Me acuerdo de haber pensado: «Qué lástima, Hugo mañana no se va a acordar de todo esto». (Uno de los motivos por el que te escribo es solamente para que te acuerdes.)

Había una bombita de veinte, encendida, colgando en la terraza. Detrás, todas las luces de la ciudad. Te la quedaste mirando un segundo, nos la señalaste, nos advertiste de su presencia invisible. Dijiste:

—¡Miren la impertinencia de ese foquito!

Esa boludez nos quedó grabada, a Chiri y a mí, durante todos estos años. Me parece que descubrimos que la gente que pinta ve otra cosa, ve distinto de lo que ve la gente que escribe. Descubrimos, en ese segundo, que no había otra palabra posible para ese foco: era impertinente, y era maravilloso que un pintor, incluso borracho, lo supiera tan fácil.

Nos despediste en el ascensor de la terraza. Ni siquera volvimos al atelier. Vos querías seguir, pero Chiri tenía que volver al kiosco temprano. Antes de irnos, nos pusiste de espaldas, mirando Buenos Aires y dijiste textualmente:

—Todo esto es de ustedes, Tito y Cepillo. Dios no tiene nada malo para ustedes dos.

Bajamos. Nos fuimos a casa, llenos de barro y con la cabeza como dos tambores. Durante algunos días nos llamábamos a nosotros mismos Tito y Cepillo. Durante algunos días le contamos a nuestros amigos esa noche, que parecía un cuento. Y estábamos contentos de haber sido tus amigos esas cuatro o cinco horas.

Durante mucho tiempo quise escribir algo con esto que rememoro hoy. Nunca lo hice, porque no creo que pueda explicar qué tuvo de raro, o qué tiene ahora de milagro. Las palabras no sirven para todo. Contártelo esta noche (que he encontrado tu web con un formulario de contacto) es una manera de no quedarme con las ganas de haberlo escrito. Además sigo pensando que vos no te acordás —que no te acordaste nunca—, y no está mal que casi quince años después te lleguen estas incoherencias a la memoria como si fueran un déjà vu.

Para mí Buenos Aires se puede resumir en esa noche. Todo lo bueno que te puede pasar con un desconocido, pasó ahí. Para nosotros siempre fue un acontecimiento onírico, un hecho inicial. Algo ya nos decía, por esas épocas, que el mundo era maravilloso. Y vos viniste a decirnos que además era nuestro.

Un gran abrazo, Hugo.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

EL PUCHERO MISTERIOSO

 

 

Gino Winter

 

Una mala racha impresionante me había dejado otra vez al borde del desalojo y de la inanición, obligándome a aceptar trabajos no muy confiables. No es que yo sea antisemita ni neonazi —es más, en mi país algunos pensaban que yo era del pueblo elegido—, sólo sucede que mi relación con los judíos siempre ha sido un tema cinemático, de velocidades variables: me cobran demasiado rápido y demoran una eternidad para pagarme. El problema es que, a diferencia de las veces anteriores en que me topé con rabinos y jacoibos duros de codo, pero honrados —a uno le decían el Canguro, porque las manos no le llegaban al bolsillo— esta vez me tocó trabajar para Salomón Wainstein, un hebreo que, aparte de comerciante y promotor de eventos, resultó siendo mago, pues el día de pago simplemente dio media vuelta y se esfumó, dejando a este pobre dreamer —y a todo su equipo de indocumentados— con una mano atrás y la otra adelante.

Peiné varias veces —a bordo de mi viejo Volvo— el área de las sinagogas en North Miami Beach, buscando al susodicho escapista, pero, viendo que la aguja del indicador de gasolina empezó a tender a cero, decidí abandonar la búsqueda y partir para Hialeah, a casa de mi amigo Elio Ravina, un simpático argentino —si me permiten el oxímoron— mezcla de tano y gallego, con la esperanza de que me facilitara algunos dólares de los varios que me debía.

Era la cuarta vez que iba a Hialeah; las tres primeras veces me perdí, ya que muchas de las casas tienen dos y hasta tres direcciones —hay varias versiones de por qué ocurre este despropósito, la más arraigada es que fue diseñada por cubanos, sorry— y en esos tiempos no existía GPS, pues sólo lo tenía la CIA y yo apenas contaba con un viejo plano de gasolinera que estaba casi ilegible de tantos dobleces que le habían hecho mis diferentes copilotas.

Ingresé la dirección de Elio en el Google Maps de mi teléfono coreano, rogando que no me enviara al desvío, pues tenía la gasolina justa. El sistema demoró unos dos minutos en responderme, lo cual, tratándose de una dirección de Hialeah, resultó bastante satisfactorio. Accioné el mando de navegación y empecé a recibir las primeras instrucciones: “Storne a la sinistra con direzzione verso la settanta e uno ti aka stritte, luogo prenda i due carrile di la destra per stornare a la destra col direzzione a la nove venti quattro Gratigny Parkaweique…” (Parece que la vícti… digo, el anterior propietario del teléfono, era italiano; yo hasta ahora no sé cómo ponerlo en español o inglés y ya me estoy acostumbrando a la dolce voz de la locutora y hasta imagino que es Mónica Bellucci que me está hablando y como que me contento y luego tengo que recular porque ya me pasé…)

Luego de un par de ajustes de la italiana (“ricalcolando”) pude llegar a la casa de Elio, a quien encontré sin luz, sin agua y sin plata, con el estómago vacío: “A que palo te arrimás, che, por acá la cosa está más dura que sorete de pingüino…”, me dijo, con acento milonguero, “Disculpáme fiera, pero sho lo único que puedo hacer por vos, en este aciago día, es invitarte un puchero misterioso…”

Junté todas las monedas que tenía en la consola y en el cenicero del viejo Volvo, y fuimos a un Seven-Eleven, donde de mala gana me vendieron medio tanque de gasolina. Ya más tranquilo con el combustible y siguiendo las instrucciones esotéricas de Elio, llegamos a un chalet rosado, grande, descolorido, en cuyo interior funcionaba una fonda clandestina sin nombre oficial, a la cual los parroquianos llamaban “El Puchero misterioso”, en virtud a la especialidad de la casa: un plato económico que figuraba en el menú como “sopa variada”, pero debido a su color, sabor y consistencia, y a que nadie sabía que ingredientes llevaba, el platillo era un misterio, que tanto atraía como preocupaba. Doña Fulvia, la dueña, nunca estuvo dispuesta a revelar su secreto: “Verduras y carnes diversas, a la pinareña” decía.

El interior del local era vetusto, pero se suponía limpio y se trataba realmente de una vivienda improvisada en fonda, con mesas y sillas de diferente color y tamaño, algunas con brazos, otras —giratorias— parecían de oficina. Una de las mesas tenía una banca de parque, esas pesadísimas de hierro y madera, con registro y todo. En las paredes había afiches sin marco de la Sonora Matancera, Willy Chirino, Ironman y Miami Sound Machine. En fin, no se podía pedir una decoración más ecléctica. De los baños prefiero no hablar, pues debe de haber algunos más decentes en las prisiones filipinas.

Cruzando el jardín interior, de tierra, con una que otra plantita lúgubre, encontrabas en el fondo una habitación prefabricada donde se había improvisado la cocina, con aire acondicionado portátil. El chef era un negro de casi dos metros de altura y otros dos de panza. Tenía una uña   morada incrustada en su pulgar (tenía un solo pulgar, no recuerdo en cual mano), un machete y un delantal turbio, de color indefinido, que lo hacían lucir como si viniera de asesinar a alguien.

Elio trataba de confortarme señalándome los lindos floreros de plástico con rosas sintéticas, los bellos cubiertos de diferentes tamaños y variados modelos, con inscripciones Lufthansa, KLM, Avianca, Aeropostale, United, etc. y platos, tasas y vasos con logotipos de diferentes hoteles miamenses y caribeños.

Elio se acercó al mostrador de la entrada y solicitó nuestro almuerzo: Dos ‘‘sopas variadas’’, un plato de moros y cristianos (arroz con frijoles), para compartir, y café.

Luego de una corta espera, una linda morena cubana hizo temblar nuestra mesa con el caminao de sus caderas, y, luego de servirnos los platillos, se agachó para poner en una de las patas, una cajetilla vacía de Marlboro, doblada a manera de cuña, para equilibrarla. Las caras de los comensales de las mesas situadas a la espalda de la cubana, dieron fe del magnífico espectá-culo…

El puchero estaba tan caliente que parecía que no había dejado de hervir; tenía un sospechoso color marrón, con visos amarillentos o verdosos… violáceos… la verdad es que nunca he podido describir ese color y por eso decidí mezclar todo con la cuchara, tratando de que no se hundieran los trozos de pan frito de la superficie, porque después no los iba poder encontrar. Aun así su consistencia era variada, pues mi cuchara encontraba zonas de mayor viscosidad que otras, en el mismo plato. Podías encontrar algunos fideos, también eclécticos: un par de farfalle o corbatitas por ahí, un penne o canuto más allá, un fusilli … en fin, (a  Elio le tocaron una R y una N —o quizás era una Z—, dos letras).

—Tenés que soplar la cuchara, si no esta macana no se enfría nunca— me aconsejó Elio, haciendo lo propio.

No soplaba una cuchara desde la vez que, de niño, mi abuelo me tiró un coscorrón por hacerlo, pero la verdad es que el puchero no dejaba de humear, parecía hecho con lava hawaiana viva.

Después de dos o tres quemadas de lengua, pude probar el sabor del bendito puchero, que me pareció una mezcla de menestrón, licuado con sopa de mollejas, quizás con lentejas o garbanzos, kión, no sé; pero a pesar de su apariencia, no se podía decir que supiera mal; era más bien reconfortante y tan contundente que no lo llegué a terminar y de los moros y cristianos solo pude probar un par de cucharadas.

Llegaron los cafés y nadie se inmutó cuando Elio encendió un Gitanes, cigarrillo francés, provisto por la misma azafata venezolana que proveía los cubiertos y la vajilla de la fonda.

Una larga tertulia hizo que repitiéramos el café —estábamos tan llenos que nos daba flojera pararnos— y gran parte de la conversa trató sobre los posibles ingredientes del puchero misterioso y los posibles escondites del tal Wainstein. Por nuestro lado pasaban los otros platillos, especialidades de la casa: Bistec de hígado a la plancha, riñón encebollado, chinchulines, palomilla a caballo, vaca frita, ropa vieja.

—¿Qué fue, asere, ya no se matricula usté con su puchero misterioso?— le gritó un gordito cubano, cuñado de la dueña, desde el mostrador, a un compatriota que recibía su bistec.

—Na na ná, mi socio, hasta la uña psicodélica le pasé por alto al negro ese, pero ya me soplaron quél nunca toma de su menjunje, así que mejó co’tamos po’ lo sano…

Salimos de la fonda como quien regresa a la tercera dimensión. Dejé a Elio en su casa y partí hacia la Palmetto Highway, con dirección a Kendall. Nunca pude cobrar esas dos semanas que trabajé para el escurridizo Wanstein.

Varias veces caí por la fonda, siempre con Elio, y llegué a probar todas sus especialidades; Elio decía que el Puchero misterioso tenía su magia de atracción; yo más bien creo que la de la magia era Raquel, la mesera cubana que ponía las cuñas de cartón para equilibrar las mesas cojas.

Pero la felicidad nunca es eterna, y para mí siempre ha sido efímera; una mañana, desayunando en una bakery cubana de la Miller Plaza, una noticia en los televisores del local hizo que todos los comensales pusiéramos cara de estar chupando limón: Una banda de comercializadores ilegales de órganos humanos, que operaba en la morgue del famoso Mount Sinaí Hospital de Miami, había sido desarticulada por la policía. La banda sustraía restos de hígados, riñones, estómagos, intestinos, fetos y placentas, que estaban destinados a las empresas especializadas en la eliminación higiénica de desechos de las salas de operaciones, y las vendían a un laboratorio de cosméticos clandestino y a un número indeterminado de restaurantes, de los llamados típicos o étnicos. Entre los detenidos estaba el cabecilla, Salomón Wanstein y tres de sus secuaces, uno de los cuales —lo reconocí— era el cuñado de doña Fulvia, la dueña de El Puchero Misterioso.

Fuente: http://suburbano.net

CANARIO VIEJO

 

 

Juan José Morosoli

 

Cuando Toledo embarcó en “Las Palmas” traía “lo puesto”.

 

-Llevás poco, le dijo el padre.

 

Y él contestó:

 

-Con menos me van a enterrar.

 

Lo puesto y en el bolsillo del saco unas pesetas y un trozo de lino “sin pecar’ que guardaba un poco de levadura.

 

-De esta levadura han comido todos los Toledos, le dijo la madre.

 

-Sí, dijo el padre, llevás con ella tierra y sudor del primer Toledo.

 

Bien sabía él esto. Cuando un hijo se casaba los padres le entregaban un poco de aquella masa. La novia traía luego una porción igual. El más viejo de la familia las unía juntando así la sangre y el sudor y la tierra de dos estirpes.

 

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Aquí formó chacra, se casó, crió hijos y le nacieron nietos. La chacra fue punteándose dc ranchos. Se agrandaban rastrojos, caminaban los arados mordiendo estancias. Los Toledos desbordaban los viejos límites paternos, invadiendo lentamente los campos vírgenes.

 

De la vieja levadura que cruzó el mar se desprendían trozos bautizando ranchos nuevos. Antes que las novias llegaban aquellos trozos.

 

Luego venían ellas con el suyo para que Toledo viejo juntara los pedazos.

 

Era un casamiento que ejecutaba Toledo antes que el cura y el juez realizaran la ceremonia nupcial.

 

Toledo sentenciaba dirigiéndose al hijo o al nieto en trance de formar familia:

 

-Ahora ya tenés todo: novia, rancho y semilla de pan…

 

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No trabajaba casi, ahora. Pero los ritos agrados los realizaba él. La primera arada, a veces unos pocos metros -“la cabeza de la Melga”- la abría él. Siempre el día que moría Dios. Luego tiraba unas semillas el día de la resurrección, a las diez de la mañana, encomendando ¡a siembra al resucitado.

 

Cuando él vuelva a la tierra ya se encuentra con ellas, decía…

 

Después se iban al rancho viejo -el primero que se levantó en el campo- y daban cuenta de lechones, patos y tortas “rellenas de cuanta cosa hay”.

 

Las familias iban agrandando aquella chacra enorme. El solía subir por las escaleras rústicas de varejones tortuosos acostadas en los pajeros, a mirar los ranchos distantes que antes que la tierra empezaban a levantar humo en los amaneceres de otoño.

 

Tenía la cabeza blanca. Los mechones de cabello medio amarillos del humazo desbordaban la vincha de cinco dedos de ancho, derramándose hasta tocar los hombros.

 

-Parece mentira!- pensaba…- ¡Lo que sale de un solo hombre!…

 

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Una mañana aparecieron el Juez de Paz y el Comisario. Toledo se asombró. Nunca habían llegado allí “las autoridades”. En sus ranchos nunca hubo muertes por desangre.

 

Saludaron los hombres.

 

Toledo estaba ceñudo, convencido que estaba asistiendo a un hecho capaz de cambiar vidas y destinos.

 

-No les mando dentrar -dijo- porque adentro está la familia…

 

Esperaba una revelación terrible como un rayo. Que le tocara a él nomás entonces.

 

-Queremos hablar con don Juan Pedro, dijo el Juez.

 

-Yo soy el padre, respondió Toledo.

 

-Sí… Sí. Pero Juan Pedro tiene cincuenta años, sonrió el Juez…

 

-Pero yo tengo más…

 

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Cuando vino Juan Pedro le dieron la noticia terrible:

 

-Tiene que mandar los hijos a la escuela… Es una ley…

 

-Nosotros, dijo Toledo viejo, no queremos saber escribir…

 

-Es una ley…

 

Si no iban los irían a buscar con la policía. Todos los niños tenían que ir a la escuela.

 

Toledo viejo, abrumado por aquella orden, entró a los ranchos.

 

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Ahora ya no gozaba de aquellos amaneceres con voces y silbidos de los nietos.

 

Sólo tenían presencia en el campo despierto, los pájaros y las nieblas que se elevaban luego de los rocíos, como nubes muertas sobre la tierra caliente, llamadas por el sol, y los bueyes que iban saliendo de los pajeros tibios levantando ellos también vahos azules por los hocicos calientes.

 

Empezaban a salir de los ranchos los nietos con sus guardapolvos blancos y se llevaban la mañana con ellos.

 

Toledo no podía ver este éxodo de los niños y se arrimaba a ”las casas”.

 

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Todos los días compraban rollos de alambre de púa para atajar las boyadas ociosas. Antes las pastoreaban los niños en el borde mismo de los bancales de trigo.

 

Toledo sentado frente a los tartagales viajaba por la historia de todas las familias vecinas.

 

Todas sin excepción habían mandado sus hijos a la escuela. Todos habían visto deshacerse hábitos, costumbres.

 

A algunas se les iban los hijos al pueblo cansados de ser chacareros. Las muchachas se casaban con los mercachifles o los peluqueros de los almacenes.

 

-Chacra donde entra la escuela se la lleva el diablo, sentenciaba.

 

Ni siquiera podía desahogarse con los hijos.

 

-Pero tata, decía Juan Pedro, dir a la escuela no es morirse…

 

El viejo salía otra vez. Caminaba. Ya no tenía el pierde-tiempo feliz del nieterío…

 

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Aquella mañana vio una cosa que le asombró.

 

Por el trillo se acercaba la jardinera del panadero. Los caballos con arreos punteados de bronce reluciente, los cascabeles de los collares reventando flores de luz con el sol de la mañana, se acercaba despertando la chacra en silencio tras la partida de los niños.

 

-¿Y esto?, preguntó a Juan Pedro.

 

-Semos menos a trabajar… La mujer está cansada de amasar..

 

-Pero, dijo Toledo, ¿vas a dejar morir la levadura? Juan Pedro no pareció entender.

 

-Y… respondió, cuando queremos amasar se la compramos al hombre…

 

A los pocos días deshicieron el horno.

 

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Toledo empezó a andar como perdido. A veces llegaba a almorzar cuando los otros terminaban. No conversaba casi. Fumaba y fumaba alejado de las casas, recostado a los pajeros distantes.

 

-Se nos va a morir de cismar, dijo Juan Pedro.

 

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Y de cismar se murió.

 

 

Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/

EL VIEJO EN EL PUENTE

 

 

Ernest Hemingway

 

Un viejo con gafas de montura de acero y la ropa cubierta de polvo estaba sentado a un lado de la carretera. Había un pontón que cruzaba el río, y lo atravesaban carros, camiones y hombres, mujeres y niños. Los carros tirados por bueyes subían tambaleándose la empinada orilla cuando dejaban el puente, y los soldados ayudaban empujando los radios de las ruedas. Los camiones subían chirriando y se alejaban a toda prisa y los campesinos avanzaban hundiéndose en el polvo hasta los tobillos. Pero el viejo estaba allí sentado sin moverse. Estaba demasiado cansado para continuar.

 

Mi misión era cruzar el puente, explorar la cabeza de puente que había más allá, y averiguar hasta dónde había avanzado el enemigo. La cumplí y regresé por el puente. Ahora había menos carros y poca gente a pie, y el hombre seguía allí.

 

-¿De dónde viene? -le pregunté.

 

-De San Carlos -dijo, y sonrió.

 

Era su ciudad natal, por lo que le llenó de satisfacción mencionarla, y sonrió.

 

-Cuidaba de los animales -explicó.

 

-Oh -dije, sin entenderlo del todo.

 

-Sí -dijo-, ya ve, me quedé cuidando de los animales. Fui el último que salió de San Carlos.

 

No tenía pinta de pastor ni de vaquero, y tras observar su ropa negra y cubierta de polvo, su rostro gris cubierto de polvo y sus gafas de montura de acero dije:

 

-¿Qué animales eran?

 

-Animales diversos -dijo negando con la cabeza-. Tuve que dejarlos.

 

Yo estaba contemplando el puente y el aspecto de paisaje africano del delta del Ebro y me preguntaba cuánto tardaríamos en ver al enemigo, y todo el rato estaba atento por si oía los primeros ruidos que delataran ese misterioso suceso denominado contacto, y el hombre seguía allí sentado.

 

-¿Qué animales eran? -pregunté.

 

-En total tres clases de animales -explicó-. Había dos cabras y un gato y cuatro pares de palomos.

 

-¿Y los ha dejado? -pregunté.

 

-Sí. Por culpa de la artillería. El capitán me dijo que me fuera por culpa de la artillería.

 

-¿Y no tiene familia? -pregunté, vigilando el otro extremo del puente, donde los últimos carros bajaban deprisa la pendiente de la orilla.

 

-No -dijo-. Solo los animales que le he dicho. Al gato, naturalmente, no le pasará nada. Un gato sabre cuidarse, pero no quiero ni pensar qué va a ser de los otros.

 

-¿En qué bando está usted? -le pregunté.

 

-Yo no tengo bando -dijo-. Tengo setenta y seis años. Llevo andados doce kilómetros y creo que ya no puedo seguir.

 

-Este no es un buen lugar para pararse -dije-. Si puede llegar, hay camiones en el desvío a Tortosa.

 

-Esperaré un poco -dijo-, y luego seguiré. ¿Adónde van esos camiones?

 

-A Barcelona -le dije.

 

-No conozco a nadie en esa dirección -dijo-, pero muchas gracias. Se lo repito, muchas gracias.

 

Me miró sin expresión, cansado, y a continuación, necesitando compartir su preocupación con alguien, dijo:

 

-Al gato no le pasará nada, estoy seguro. No hay por qué inquietarse por un gato. Pero a los demás, ¿qué cree que les pasará a los demás?

 

-Bueno, probablemente tampoco les pasará nada.

 

-¿De verdad lo cree?

 

-¿Por qué no? -dije mirando la otra orilla, donde ya no había carretas.

 

-Pero ¿qué harán cuando empiece el fuego de la artillería, si a mí me dijeron que me fuera por culpa de la artillería?

 

-¿Dejó abierta la jaula de los palomos? -pregunté.

 

-Sí.

 

-Entonces saldrán volando.

 

-Sí, seguro que saldrán volando. Pero los demás. Más vale no pensar en los demás -dijo.

 

-Si ya ha descansado, yo de usted me iría -le insistí- . Levántese e intente andar.

 

-Gracias -dijo, y se puso en pie, avanzó haciendo eses y volvió a sentarse sobre el polvo, dejándose caer.

 

-Yo solo cuidaba los animales -dijo sin energía, pero ya no hablaba conmigo-. Solo cuidaba a los animales.

 

No se podía hacer nada por él. Era Domingo de Pascua y los fascistas avanzaban hacia el Ebro. Era un día gris y las nubes iban bajas, por lo que sus aviones no volaban. Eso, y que los gatos supieran cuidarse solos, era toda la buena suerte que tendría aquel hombre.

 

Fuente: https://narrativabreve.com

LA EXCAVACIÓN

 

 

Augusto Roa Bastos

 

El primer desprendimiento de tierra se produjo a unos tres metros, a sus espaldas. No le pareció al principio nada alarmante. Sería solamente una veta blanda del terreno de arriba. Las tinieblas apenas se pusieron un poco más densas en el angosto agujero por el que únicamente arrastrándose sobre el vientre un hombre podía avanzar o retroceder. No podía detenerse ahora. Siguió avanzando con el plato de hojalata que le servía de perforador. La creciente humedad que iba impregnando la tosca dura lo alentaba. La barranca ya no estaría lejos; a lo sumo, unos cuatro o cinco metros, lo que representaba unos veinticinco días más de trabajo hasta el boquete liberador sobre el río.

Alternándose en turnos seguidos de cuatro horas, seis presos hacían avanzar la excavación veinte centímetros diariamente. Hubieran podido avanzar más rápido, pero la capacidad de trabajo estaba limitada por la posibilidad de desalojar la tierra en el tacho de desperdicios sin que fuera notada. Se habían abstenido de orinar en la lata que entraba y salía dos veces al día. Lo hacían en los rincones de la celda húmeda y agrietada, con lo que si bien aumentaban el hedor siniestro de la reclusión, ganaban también unos cuantos centímetros más de “bodega” para el contrabando de la tierra excavada.

La guerra civil había concluido seis meses atrás. La perforación del túnel duraba cuatro. Entre tanto, habían fallecido, por diversas causas, no del todo apacibles, diecisiete de los ochenta y nueve presos políticos que se hallaban amontonados en esa inhóspita celda, antro, retrete, ergástula pestilente, donde en tiempos de calma no habían entrado nunca más de ocho o diez presos comunes.

De los diecisiete presos que habían tenido la estúpida ocurrencia de morirse, a nueve se habían llevado distintas enfermedades contraídas antes o después de la prisión; a cuatro, los apremios urgentes de la cámara de torturas; a dos, la rauda ventosa de la tisis galopante. Otros dos se habían suicidado abriéndose las venas, uno con la púa de la hebilla del cinto; el otro, con el plato, cuyo borde afiló en la pared, y que ahora servía de herramienta para la apertura del túnel.

Esta estadística era la que regía la vida de esos desgraciados. Sus esperanzas y desalientos. Su congoja callosa, pero aún sensitiva. Su sed, el hambre, los dolores, el hedor, su odio encendido en la sangre, en los ojos, como esas mariposas de aceite que a pocos metros de allí -tal vez solamente un centenar- brillaban en la Catedral delante de las imágenes.

La única respiración venía por el agujero aún ciego, aún nonato, que iba creciendo como un hijo en el vientre de esos hombres ansiosos. Por allí venía el olor puro de la libertad, un soplo fresco y brillante entre los excrementos. Y allí se tocaba, en una especie de inminencia trabajada por el vértigo, todo lo que estaba más allá de ese boquete negro.

Eso era lo que sentían los presos cuando escarbaban la tosca con el plato de hojalata, en la noche angosta del túnel.

Un nuevo desprendimiento le enterró esta vez las piernas hasta los riñones. Quiso moverse, encoger las extremidades atrapadas, pero no pudo. De golpe tuvo exacta conciencia de lo que sucedía, mientras el dolor crecía con sordas puntadas en la carne, en los huesos de las piernas enterradas. No había sido una simple veta reblandecida. Probablemente era una cuña de tierra, un bloque espeso que llegaba hasta la superficie. Probablemente todo un cimiento se estaba sumiendo en la falla provocado por el desprendimiento.

No le quedaba otro recurso que cavar hacia adelante con todas sus fuerzas, sin respiro; cavar con el plato, con las uñas, hasta donde pudiese. Quizá no eran cinco metros los que faltaban, quizá no eran veinticinco días de zapa los que aún lo separaban del boquete salvador de la barranca del río. Quizá eran menos, sólo unos cuantos centímetros, unos minutos más de arañazos profundos. Se convirtió en un topo frenético. Sintió cada vez más húmeda la tierra. A medida que le iba faltando el aire, se sentía más animado. Su esperanza crecía con la asfixia Un poco de barro tibio entre los dedos le hizo prorrumpir en un grito casi feliz. Pero estaba tan absorto en su emoción, la desesperante tiniebla del túnel lo envolvía de tal modo, que no podía darse cuenta de que no era la proximidad del río, de que no eran sus filtraciones las que hacían ese lodo tibio, sino su propia sangre brotando debajo de las uñas y en las yemas heridas por la tosca. Ella, la tierra densa e impenetrable, era ahora la que, en el epílogo del duelo mortal comenzado hacía mucho tiempo, lo gastaba a él sin fatiga y lo empezaba a comer aún vivo y caliente. De pronto, pareció alejarse un poco. Manoteó al vacío. Era él quien se estaba quedando atrás en el aire como piedra que empezaba a estrangularlo. Procuró avanzar, pero sus piernas ya irremediablemente formaban parte del bloque que se había desmoronado sobre ellas. Ya ni las sentía. Sólo sentía la asfixia. Se estaba ahogando en un río sólido y oscuro. Dejó de moverse, de pugnar inútilmente. La tortura se iba transformando en una inexplicable delicia. Empezó a recordar.

Recordó aquella otra mina subterránea en la guerra del Chaco, hacía mucho tiempo. Un tiempo que ahora se le antojaba fabuloso. Lo recordaba, sin embargo, claramente, con todos los detalles.

En el frente de Gondra, la guerra se había estancado. Hacía seis meses que paraguayos y bolivianos, empotrados frente a frente en sus inexpugnables posiciones, cambiaban obstinados tiroteos e insultos. No había más de cincuenta metros entre unos y otros.

En las pausas de ciertas noches que el melancólico olvido había hecho de pronto atrozmente memorables, en lugar de metralla canjeaban música y canciones de sus respectivas tierras.

El altiplano entero, pétreo y desolado, bajaba arrastrado por la quejumbre de las cuecas; toda una raza hecha de cobre y castigo, desde su plataforma cósmica bajaba hasta el polvo voraz de las trincheras. Y hasta allí bajaban desde los grandes ríos, desde los grandes bosques paraguayos, desde el corazón de su gente también absurda y cruelmente perseguida, las polcas y guaranias, juntándose, hermanándose con aquel otro aliento melodioso que subía desde la muerte. Y así sucedía porque era preciso que gente americana siguiese muriendo, matándose, para que ciertas cosas se expresaran correctamente en términos de estadística y mercado, de trueques y expoliaciones correctas, con cifras y números exactos, en boletines de la rapiña internacional.

Fue en una de esas pausas en que en unión de otros catorce voluntarios, Perucho Rodi, estudiante de ingeniería, buen hijo, hermano excelente, hermoso y suave moreno de ojos verdes, había empezado a cavar ese túnel que debía salir detrás de las posiciones bolivianas con un boquete que en el momento señalado entraría en erupción como el cráter de un volcán.

En dieciocho días los ochenta metros de la gruesa perforación subterránea quedaron cubiertos. Y el volcán entró en erupción con lava sólida de metralla, de granadas, de proyectiles de todos los calibres, hasta arrasar las posiciones enemigas.

Recordó en la noche azul, sin luna, el extraño silencio que había precedido a la masacre y también el que lo había seguido, cuando ya todo estaba terminado. Dos silencios idénticos, sepulcrales, latentes. Entre los dos, sólo la posición de los astros había producido la mutación de una breve secuencia. Todo estaba igual. Salvo los restos de esa espantosa carnicería que a lo sumo había añadido un nuevo detalle apenas perceptible a la decoración del paisaje nocturno.

Recordó, un segundo antes del ataque, la visión de los enemigos sumidos en el tranquilo sueño del que no despertarían. Recordó haber elegido a sus víctimas, abarcándolas con el girar aún silencioso de su ametralladora. Sobre todo, a una de ellas: un soldado que se retorcía en el remolino de una pesadilla. Tal vez soñaba en ese momento en un túnel idéntico pero inverso al que les estaba acercando al exterminio. En un pensamiento suficientemente extenso y flexible, esas distinciones en realidad carecían de importancia. Era despreciable la circunstancia de que uno fuese el exterminador y otro la víctima inminente. Pero en ese momento todavía no podía saberlo.

Sólo recordó que había vaciado íntegramente su ametralladora. Recordó que cuando la automática se le había finalmente recalentado y atascado, la abandonó y siguió entonces arrojando granadas de mano, hasta que sus dos brazos se le durmieron a los costados. Lo más extraño de todo era que, mientras sucedían estas cosas, le habían atravesado recuerdos de otros hechos, reales y ficticios, que, aparentemente no tenían entre sí ninguna conexión y acentuaban, en cambio, la sensación de sueño en que él mismo flotaba. Pensó, por ejemplo, en el escapulario carmesí de su madre (real); en el inmenso panambí de bronce de la tumba del poeta Ortiz Guerrero (ficticio); en su hermanita María Isabel, recién recibida de maestra (real). Estos parpadeos incoherentes de su imaginación duraron todo el tiempo. Recordó haber regresado con ellos chapoteando en un vasto y espeso estero de sangre.

Aquel túnel del Chaco y este túnel que él mismo había sugerido cavar en el suelo de la cárcel, que él personalmente había empezado a cavar y que, por último, sólo a él le había servido de trampa mortal; este túnel y aquél eran el mismo túnel; un único agujero recto y negro con un boquete de entrada pero no de salida. Un agujero negro y recto que a pesar de su rectitud le había rodeado desde que nació como un círculo subterráneo, irrevocable y fatal. Un túnel que tenía ahora para él cuarenta años, pero que en realidad era mucho más viejo, realmente inmemorial.

Aquella noche azul del Chaco, poblada de estruendos y cadáveres había mentido una salida. Pero sólo había sido un sueño; menos que un sueño: la decoración fantástica de un sueño futuro en medio del humo de la batalla

Con el último aliento, Perucho Rodi la volvía a soñar; es decir, a vivir. Sólo ahora aquel sueño lejano era real. Y ahora sí que avistaba el boquete enceguecedor, el perfecto redondel de la salida.

Soñó (recordó) que volvía a salir por aquel cráter en erupción hacia la noche azulada, metálica, fragorosa. Volvió a sentir la ametralladora ardiente y convulsa en sus manos. Soñó (recordó) que volvía a descargar ráfaga tras ráfaga y que volvía a arrojar granada tras granada. Soñó (recordó) la cara de cada una de sus víctimas. Las vio nítidamente. Eran ochenta y nueve en total. Al franquear el límite secreto, las reconoció en un brusco resplandor y se estremeció: esas ochenta y nueve caras vivas y terribles de sus víctimas eran (y seguirán siéndolo en un fogonazo fotográfico infinito) las de sus compañeros de prisión. Incluso los diecisiete muertos, a los cuales se había agregado uno más. Se soñó entre esos muertos. Soñó que soñaba en un túnel. Se vio retorcerse en una pesadilla, soñando que cavaba, que luchaba, que mataba. Recordó nítidamente el soldado enemigo a quien había abatido con su ametralladora, mientras se retorcía en una pesadilla. Soñó que aquel soldado enemigo lo abatía ahora a él con su ametralladora, tan exactamente parecido a él mismo que se hubiera dicho que era su hermano mellizo.

El sueño de Perucho Rodi quedó sepultado en esa grieta como un diamante negro que iba a alumbrar aún otra noche.

La frustrada evasión fue descubierta; el boquete de entrada en el piso de la celda. El hecho inspiró a los guardianes.

Los presos de la celda 4 (llamada Valle-i), menos el evadido Perucho Rodi, a la noche siguiente encontraron inexplicablemente descorrido el cerrojo. Sondearon con sus ojos la noche siniestra del patio. Encontraron que inexplicablemente los pasillos y corredores estaban desiertos. Avanzaron. No enfrentaron en la sombra a ningún centinela. Inexplicablemente, el caserón circular parecía desierto. La puerta trasera que daba a una callejuela clausurada, estaba inexplicablemente entreabierta. La empujaron, salieron. Al salir, con el primer soplo fresco, los abatió en masa sobre las piedras el fuego cruzado de las ametralladoras que las oscuras troneras del panóptico escupieron sobre ellos durante algunos segundos.

Al día siguiente, la ciudad se enteró solamente de que unos cuantos presos habían sido liquidados en el momento en que pretendían evadirse por un túnel. El comunicado pudo mentir con la verdad. Existía un testimonio irrefutable: el túnel. Los periodistas fueron invitados a examinarlo. Quedaron satisfechos al ver el boquete de entrada en la celda. La evidencia anulaba algunos detalles insignificantes: la inexistente salida que nadie pidió ver, las manchas de sangre aún frescas en la callejuela abandonada.

Poco después el agujero fue cegado con piedras y la celda 4 (Valle-í) volvió a quedar abarrotada.

 

Fuente: https://narrativabreve.com

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