15
January
2012
Paulo Coelho
Estaba saliendo de la iglesia de Saint Patrick (Nueva York), cuando un muchacho brasileño se acercó.
-¡Qué bien que lo encuentro aquí! –dijo, sonriendo– Me hacía mucha falta hablar con usted.
A mí también me gustó ese encuentro con un desconocido. Lo invité a tomar un café, le conté lo aburrido que había sido mi viaje a Denver, y le sugerí que fuese a Harlem el domingo para presenciar cierto servicio religioso.
El muchacho, que debía de tener poco más de veinte años, me escuchaba sin decir palabra.
Yo continué hablando. Dije que acababa de leer un libro de ficción sobre un grupo terrorista que toma por asalto la iglesia de Saint Patrick, y el escritor describía tan bien el escenario, que me llamó la atención sobre muchas cosas que jamás había visto en mis visitas al local. Era por esa razón que había decidido pasar por allí aquella mañana.
Estuvimos casi una hora juntos y luego nos despedimos. Le deseé un estupendo viaje.
–Gracias –me dijo, alejándose.
Pero me di cuenta de que sus ojos estaban tristes; algo había salido mal, y yo no sabía exactamente qué. Solo después descubrí que él se había acercado a mí diciendo que tenía mucha necesidad de hablar conmigo.
El tiempo que pasamos juntos asumí el control de la situación. En ningún momento llegué a preguntarle qué quería; con la intención de resultar simpático, ocupé todos los espacios, no permití ningún momento de silencio, a partir del cual el chico podría finalmente haber transformado el monólogo en un diálogo.
Tal vez tuviese algo muy importante que compartir conmigo. Tal vez, si en aquel momento yo estuviese realmente abierto a la vida, yo también tendría algo que darle al muchacho. Tal vez, tanto mi vida como la de aquel joven habrían cambiado radicalmente después de aquel encuentro. Nunca lo sabré, y no me torturaré por el hecho de que no supe aprovechar ese momento mágico. Es normal equivocarse.
Desde entonces, procuro mantener viva en la memoria la escena de mi despedida; como no supe recibir lo que me estaba destinado, tampoco conseguí, pese a mi esfuerzo, dar lo que yo quería.
En el Puesto Seis
El padre José Roberto, de la Iglesia de la Resurrección (Río de Janeiro), salía una mañana cuando su coche se vio rodeado por tres adolescentes.
–Nos hemos pasado toda la noche despiertos –dijo uno, con tono desafiante–. ¿Se puede imaginar dónde hemos estado?
José Roberto eligió no responder.
Se imaginó lo que quiere decir pasar una noche despierto a aquella edad, sintió miedo por los riesgos que los chicos debían haber corrido, pensó en la preocupación de sus padres.
El adolescente que había iniciado la conversación acabó respondiendo a su propia pregunta:
–Nos quedamos en la iglesia de Nuestra Señora de Copacabana, adorando a la Virgen. Salimos de allí tan eufóricos, que vinimos caminando hasta aquí (unos tres kilómetros), cantando alto, riendo, hablando con todo el mundo. Al menos una de las personas nos preguntó: “¿Cómo no os da vergüenza estar borrachos a estas horas de la mañana, con los jóvenes que sois?”.
El padre arrancó su coche. Por el camino, se preguntaba: “También me he dejado llevar por las apariencias, y he cometido una injusticia en mi corazón. ¿Acaso algún humano acabará comprendiendo la frase de Jesús: no juzgues si no quieres ser juzgado?”.
Fuente: http://www.larevista.ec
Posted: LITERATURA, REFLEXIONES
8
January
2012
Paulo Coelho
¿Sabe usted exactamente dónde está ahora? Está en una ciudad, con mucha gente, y en este momento existe una gran probabilidad de que varias personas abriguen en sus corazones las mismas esperanzas y desesperanzas que usted abriga.
Sigamos. Usted es un puntito microscópico en la superficie de una bola. Esta bola gira en torno de otra, que a su vez está localizada en un rinconcito de una galaxia, junto a millones de otras bolas.
Esta galaxia forma parte de algo llamado Universo, lleno de gigantescos aglomerados estelares. Nadie sabe exactamente dónde comienza y dónde termina lo que llamamos Universo.
Y, con todo, lo más importante es usted: lucha, se esfuerza e intenta mejorar, sueña, se alegra o entristece por causa del amor. Y si no estuviese vivo, algo faltaría.
A continuación, algunos relatos sobre el derecho a ser únicos.
El árbol gigantesco
Un carpintero y sus auxiliares viajaban por la provincia de Ki, en busca de material para construcciones vieron un árbol tan gigantesco que cinco hombres tomados de las manos no conseguían rodearlo, y su copa era tan alta que casi tocaba las nubes.
-No perderemos nuestro tiempo con este árbol –dijo el maestro carpintero. Tardaríamos demasiado en cortarlo. Si quisiéramos hacer un barco, se hundiría por causa de lo pesado que es su tronco. Si quisiéramos usarlo para la estructura de un techo, las paredes tendrían que ser exageradamente resistentes.
El grupo siguió adelante. Uno de los aprendices comentó:
-¡Es un árbol tan grande y no sirve para nada!
-Estás equivocado –dijo el maestro carpintero. Él ha seguido su destino a su manera. Si fuese igual a los demás, ya lo habríamos cortado. Pero porque tuvo el coraje de ser diferente, permanecerá vivo y fuerte mucho tiempo.
Quiero ser un ángel
El abad Juan Pequeño pensó: “Estoy cansado de ser un hombre como los otros; tengo que ser como los ángeles, que no hacen nada y solo viven contemplando la gloria de Dios”. Así, aquella noche abandonó el monasterio de Esceta y se fue al desierto.
Una semana después regresó al convento. El Hermano Portero le escuchó golpear la puerta y preguntó quién era.
-Soy el abad Juan –respondió. Tengo hambre…
-No puede ser –dijo el Hermano Portero. –El abad Juan está en el desierto, transformándose en ángel. Ya no siente hambre, y no necesita trabajar.
-Perdona mi orgullo –respondió el abad Juan. “Los ángeles ayudan a la humanidad; este es su trabajo, y por eso no necesitan comer, apenas contemplar. Pero yo soy un hombre. La única manera de contemplar esta misma gloria es haciendo lo que los ángeles hacen, ayudando a mi prójimo. El ayuno no sirve de nada”.
Al oír este gesto de humildad, el Hermano Portero volvió a abrir la puerta del convento.
El mejor ejemplo
Preguntaron a Dov Beer de Mezeritch: ¿Cuál es el mejor ejemplo a seguir? ¿El de los hombres piadosos, que dedican su vida a Dios sin preguntar por qué, o el de los hombres cultos que procuran entender la voluntad del Altísimo?
El mejor ejemplo es el del niño, respondió Dov Beer.
El niño no sabe nada, aún no aprendió lo que es la realidad, fue el comentario general.
-Estáis muy equivocados, porque él posee cuatro cualidades que nunca deberíamos olvidar. Está siempre alegre sin razón. Está siempre ocupado. Cuando desea algo, sabe exigirlo con insistencia y determinación. Finalmente, consigue parar de llorar con rapidez.
Fuente: http://www.larevista.ec
Posted: LITERATURA, REFLEXIONES
26
December
2011
Paulo Coelho
Por increíble que parezca, mucha gente tiene miedo de la felicidad. Para estas personas, estar bien con la vida significa cambiar una serie de hábitos y perder su identidad propia.
Muchas veces nos juzgamos indignos de las cosas buenas que nos suceden. No aceptamos los milagros, porque al aceptarlos nos da la sensación de que estamos debiendo algo a Dios. Además de eso, tenemos miedo de “acostumbrarnos” a la felicidad.
Pensamos: “Es mejor no probar el cáliz de la alegría porque cuando nos falte sufriremos mucho”.
Por miedo a disminuir, dejamos de crecer. Por miedo a llorar, dejamos de reír. A continuación, algunas historias al respecto:
Tras los pasos de Moisés
El rabino Zuya quería descubrir los misterios divinos. Por eso resolvió imitar la vida de Moisés.
Durante años intentó conducirse como el profeta, sin conseguir los resultados esperados. Cierta noche, exhausto de tanto estudiar, terminó adormeciéndose. En el sueño se le apareció Dios:
- ¿Por qué estás tan perturbado, hijo mío? –preguntó.
- Mis días en la Tierra terminarán y estoy lejos de llegar a ser como Moisés –respondió Zuya.
- Si yo necesitara otro Moisés ya lo habría creado –dijo Dios– Cuando tú aparezcas ante mí para el juicio, no preguntaré por qué no fuiste como Moisés, sino quién fuiste tú: procura ser un buen Zuya.
El jumento muere de cansancio
Nasrudin decidió buscar nuevas técnicas de meditación. Ensilló su jumento y fue a la India, a la China, a Mongolia, habló con todos los grandes maestros, pero no consiguió nada.
Oyó decir que había un sabio en Nepal y viajó hasta allá, pero cuando subía la montaña para encontrarlo, su jumento murió de cansancio. Nasrudin lo enterró allí mismo y lloró de tristeza. Alguien pasó y comentó:
- Buscabas un santo y esa debe de ser su tumba. Seguramente estás lamentando su muerte.
- No, es el lugar donde enterré a mi jumento, que ha muerto de cansancio.
- No lo creo –dijo el recién llegado–. Nadie llora por un jumento muerto. Eso debe ser un lugar donde suceden los milagros, y tú lo quieres guardar solo para ti mismo.
Por más que Nasrudin insistiera, no sirvió de nada. El hombre fue hasta la aldea vecina y difundió la historia de un gran maestro que realizaba curas en su tumba, y pronto los peregrinos comenzaron a llegar.
Poco a poco, la noticia del descubrimiento del Sabio del Luto Silencioso se esparció por todo el Nepal, y multitudes acudieron al lugar. Un hombre rico fue hasta allí y como consideró que había sido recompensado, mandó construir un imponente monumento en el lugar en el que Nasrudin había enterrado a su “maestro”.
En vista de esto, Nasrudin resolvió dejar las cosas como estaban. Pero aprendió de una vez por todas que cuando alguien quiere creer una mentira, nadie le podrá convencer de lo contrario.
Fuente: http://www.larevista.ec
Posted: LITERATURA, REFLEXIONES