Category

REFLEXIONES



TORTUGUITAS EN EL PAVIMENTO

 

 

Gonzalo Peltzer

 

El título principal de un diario argentino anunciaba que el concejo municipal había prohibido las tortuguitas en las calles de la ciudad. Curioso, me adentré en la noticia a ver qué era eso de prohibir unos animalitos inocentes, inofensivos y simpáticos en la vía pública de todo un valle. Ahí me enteré de que los lugareños llaman tortuguitas a las tachas que pone el municipio en el pavimento para reducir la velocidad de los vehículos.

 

Me dieron ganas de felicitarlos por el progreso intelectual colectivo inmenso que significa darse cuenta de que las tortuguitas, los lomos de burro, vigilantes acostados, chapas muertos, lomadas, túmulos o como se llamen, son una regresión a la época de las cavernas.

 

Supongo que la idea de llamar tortuguitas a las tachas que evitan que andemos rápido por las avenidas debe ser porque parecen tortugas en fila, o quizá también porque los que las ponen son funcionarios lentos… No sé si son mejores o peores que las lomadas, pero me alcanza con que no me rompan la paciencia, además del carro, el día que me olvido de que están ahí; es que hay algunos imposibles de pasar con autos normales (y eso que no ando en un Lamborghini Veneno).

 

Pero lo que me atormenta de los policías acostados –como les dicen en Ecuador– o las tortuguitas no es el carro roto: eso tiene arreglo. Lo terrible –tenebroso diría– es que se trata de la confirmación más palmaria de nuestra incapacidad por hacer cumplir las leyes. Las tortuguitas son la materialización de un razonamiento que podría enunciarse así:

 

–La ley dice que hay que transitar a 30 kilómetros por hora.

 

–No tengo recursos legales para hacerte bajar la velocidad.

 

–Así que si vienes a más de 10 km/h te rompo el tren delantero…

 

… Sería como si en lugar de controlar la velocidad con un radar direccional, le tiraran con un misil antitanques al que viene más rápido de lo permitido; es la lógica de la época en que no había leyes y mandaba el más fuerte.

 

Imagínese por un rato los chapas muertos o las tortuguitas como lo que realmente son: baches, obstáculos que también nos hacen reducir la velocidad. Hacemos un pavimento perfecto para que los carros circulen cómodamente y después lo malogramos con un obstáculo para romper el tren delantero de un Hummer en Afganistán del mismo modo que lo rompería un bache profundo de bordes bien filosos, producto del descuido de la autoridad. No se entiende para qué pavimentan las calles si después las destrozan con estas pavadas rompecarros.

 

Mejor y mucho más barato sería dejar las calles destruidas, que así vamos a ir todos despacito y nuestras ciudades van a recuperar el encanto vintage de la época de la colonia.

 

Fuente: https://www.eluniverso.com

LOS HIELEROS Y LA EVOLUCIÓN HUMANA

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Hieleros se llamaban los que bajaban desde la cima del cerro con bloques de hielo para satisfacer las necesidades de frío de los “señores” de Riobamba. Todavía queda alguno, ya viejito, de esos esforzados que hasta hace poco subían con sus mulas a buscar los bloques de hielo que vendían en el mercado para enfriar alimentos, para hacer helados y hasta para que alguno de sus clientes se tome un whisky on the rocks con cubitos congelados hace 5.000 años a 6.000 metros de altura.

Un buen día se fue al demonio el negocio de los hieleros de Riobamba y de los que fabricaban hielo y lo vendían en todo el mundo. Ocurrió cuando apareció el refrigerador doméstico y no fue hace tanto tiempo. Entonces el hielo se vendía en barras de buen tamaño a casas de familia, bares y restaurantes que necesitaban enfriar alimentos o bebidas. ¿Qué hicieron entonces los fabricantes de hielo? ¿Cortaron la calle? ¿Quemaron llantas? ¿Marcharon enojados? Algunos habrán quebrado, otros se habrán reciclado a diferentes industrias y otros descubrieron que el negocio no era fabricar hielo sino frío y pusieron heladerías, venta de electrodomésticos, reparación de heladeras, ventiladores y aires acondicionados…

El mundo avanza, cambia, se recicla, da vueltas una y otra vez en esa espiral de círculos que es como un resorte porque siempre avanza y avanza para mejor, aunque no parezca. La humanidad evoluciona y nosotros con ella. En los negocios pasa lo mismo que Charles Darwin describió para los seres vivos: la supervivencia de cada especie no depende tanto del más fuerte sino de la capacidad de adaptarse a los cambios.

Internet y las redes sociales no solo cambiaron el modo de comunicarnos, de enterarnos de las noticias o de encontrar datos desde el teléfono. La intercomunicación en la palma de la mano está cambiando los medios, el transporte, el comercio, las fuerzas armadas, la política, el gobierno, la diplomacia, la seguridad, el derecho, la economía, la educación, la justicia… está cambiando todo. Y ante esta realidad usted puede enojarse y hacer una barricada en la puerta de su casa o puede evolucionar. Resistirse o relajarse y disfrutar. Usted elige.

El refrigerador terminó con los que vivían del hielo, pero la revolución de internet es más comparable a las revoluciones que produjeron la rueda, el alfabeto, los números o la imprenta en la historia de la evolución humana. La intercomunicación y el acceso inmediato a toda la información posible cambia toda nuestra vida y a gran velocidad, pero sobre todo cambia la de las nuevas generaciones y agiganta la brecha entre los mayores y los menores. Y a los que ya consumimos la mitad de la pizza de la vida nos queda el inmenso desafío de evolucionar mientras disfrutamos de las porciones que nos quedan.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

LOW COST

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Estoy seguro de que este negocio se nos ocurrió a todos cada vez que nos subimos a un avión: una línea aérea que abarate los pasajes a fuerza de concentrarse en LLEVARNOS DE UN LUGAR A OTRO, que es lo que realmente les importa a los pasajeros… ¿qué necesidad hay de darles de comer porquerías?, ¿para qué necesitamos tantas azafatas, comisarios y auxiliares a bordo?, ¿a quién se le ocurre pagar el doble o el triple para sentarse media hora en un asiento solo un poco más cómodo?, ¿cuánto les cuesta el miserable sanguchito que a mí me lo cobran a 400 dólares?, ¿hace falta imprimir tarjetas de embarque?, ¿hay que editar revistas para contar lo que ya se ve en las fotos?, ¿hay que entretener a los pasajeros con películas estúpidas?, ¿tiene que pagar lo mismo el que lleva tres maletas inmensas que el que viaja solo con un morral al hombro?

Los que viajan en avión son más o menos el 7% de los habitantes del mundo y son siempre los mismos. Como es lógico, este porcentaje aumenta en los países más avanzados y disminuye en China o India. Aferrada a ese porcentaje, la industria pensaba que el único modo de estirar las ganancias era cobrar cada día más caros los pasajes a fuerza de dar servicios que los pasajeros no necesitan; pero mientras unos exprimían el negocio, a un genio se le ocurrió que hay un mercado del 93 % de la población todavía sin aprovechar.

La primera línea que explotó la idea es de 1949, pero recién en los 90, con la desregulación del mercado aeronáutico en Estados Unidos y Europa, aparecieron las empresas que revolucionaron el transporte aéreo de pasajeros.

En Argentina se está desregulando recién ahora el mercado aerocomercial, así que ya hay una línea de bajo costo y en octubre entrarán dos más. No es la primera vez que uso una de estas líneas, pero sí fue la primera vez en la Argentina y confieso que nunca había visto lo que vi cuando la utilicé hace unos días. No encontré a ninguno de los pasajeros habituales que son clásicos en los vuelos de las otras compañías: todas eran caras nuevas, tipos humanos que jamás veía en estas situaciones, insultántemente jóvenes para más datos, igual que las tripulaciones desenfadadas de todas la líneas low-cost. Y el pasaje cuesta lo que suele costar un buen ómnibus.

Las low-cost permiten viajar a gente que no viajaba, dan nuevas experiencias, amplían el mercado… Seguramente habrá alguna competencia con las líneas aéreas de servicio completo (así las llaman) y también con quienes viajan en los servicios premium de autobuses, y no me cabe duda de que van a tener que cambiar sus estrategias. Con el tiempo los autobuses servirán para trayectos cortos, a donde no tiene sentido viajar en avión; pero serán muchísimos más los viajes gracias al incremento de la cantidad de gente que viaja.

Todavía las low-cost son la Cenicienta de los aeropuertos. En Buenos Aires operan en una base militar mal comunicada y en Europa hay que tomarlos en la última puerta de la última terminal. Pero el precio vale la pena eso y mucho más.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

LA LÓGICA DEL ENOJADO

 

 

Gonzalo Peltzer

 

La cuarta vez que me llamaron a las 2 de la madrugada para avisarme que algo no andaba bien en mi línea de teléfono, contesté que si llamaban otra vez a esa hora iba a cortar el servicio de seguridad al que estaba abonado. Luego, ya de día y despierto, hablé con alguien de la compañía a quien le expresé lo mismo, pero además le remarqué que una llamada a esas horas siempre sobresalta al que atiende y que yo pagaba una empresa de seguridad para que cuiden mi sueño y no para que me pongan al borde del infarto día por medio.

¿Qué haría usted si esa noche lo llaman de nuevo a las 2 de la mañana? Bueno: llamaron a las 2 de la mañana… Y corté el servicio. Lo curioso es que se enojaron conmigo porque parece que soy un pesado y que exijo demasiado. Aunque soy su cliente y les pagaba una pila de billetes todos los meses, no me daban la razón porque la línea de teléfono por la que me llamaban tiene un desperfecto en el retorno que impide que se enteren si está sonando la alarma, así que el llamado también era para preguntarme si me estaban robando justo en ese momento…

Cambié de empresa. Fue peor. Un día dejó de funcionar la alarma, así que les mandé un mensaje…

–Estoy de viaje y vuelvo dentro de quince días, me contestó el que tenía que arreglar el problema.

–Disfrute de su viaje, pero le aviso que no pienso pagar un servicio que no me dan, le repliqué.

Se enojó conmigo, me dijo que lo había decepcionado y me trató de inmaduro.

Y corté el servicio porque no pago para que se enojen sino para que me den seguridad.

El enojado es un mediocre que decide hacer a los demás responsables de su mediocridad. Cuando hace macanas, en lugar de corregirse, se enoja para que nadie ponga en evidencia su error y además no se le puede hablar porque está enojado. Es un mecanismo de defensa tan habitual de nuestra cultura colectiva que hasta nos parece una reacción sana, pero es una de las desgracias más grandes que padecemos: echarle la culpa a los demás de nuestros propios fracasos nos instala en el fracaso continuado porque nos impide corregir los errores. Le pasamos la responsabilidad de nuestros desaciertos al que viene a señalarlos. El culpable de las estafas no es el estafador sino el estafado, por codicioso. El culpable del robo no es el ladrón sino el desprevenido. El culpable de la violación no es el violador sino la chica violada, por andar con esa ropa… Y la mayoría de nosotros acepta sin dramas el enojo ajeno como excusa suficiente cuando es todo lo contrario: el enojo es parte esencial del error que hay que corregir.

Pensaba hace años que había que enojarse con el enojado para corregirlo, pero con el tiempo aprendí que así no se gana nada, porque el que se enoja con el enojado cae en su lógica. Es mejor no enojarse con los que se enojan: exigir sin enojarse es mucho más eficaz y no le digo nada lo bueno que es para la salud.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

EL OTOÑO DE LA VIDA

 

 

Bernard Fougéres

 

Hubo una época en que deseaba que todo ocurriera con rapidez, a los 15 me urgía ser mayor de edad, luego soñé con alcanzar los 30, tener una buena profesión. Asimismo, la vida se me fue desbobinando como una película que acaba de romperse, rebasé los 40, los 50, los 60, los 70 sin siquiera sentir el paso del tiempo. Una y otra vez tuve que acudir a las salas de velación, vi morir a muchos amigos o conocidos, artistas, políticos, sacerdotes, traté siempre de imaginar que podría sobrevivir una década más. Cuando alcancé recientemente la barrera de los 80 tomé conciencia más amplia de mi fragilidad. No albergo angustia ni temor, experimento más bien una lógica resignación. Recordé lo que me dijo Miguel Donoso Pareja: “Después de los 80 lo que sigue es yapa”, siempre me gustaron las yapas, lo que se da por añadidura. Ahora tomo mi tiempo para todo, sé catar un vino con los sentidos en alerta, no como, siendo joven, apuraba las copas hasta la embriaguez; aprendí a comer apreciando la talentosa cortesía de un chef, puedo escuchar sin interrupción una sinfonía de Mahler, un concierto de Prokofiev deleitándome con cada acorde, cada arpegio, cada melodía, cada matiz, puedo sentarme frente a un cuadro, exprimir con el alma su belleza, ver crecer un árbol, nunca llegaron a aburrirme las puestas de sol, cada beso de mujer es permanente milagro, sigue vigente el trillado adagio romano “festina lente” repetido por Don Quijote cuando dice a Sancho Panza: “Apúrate lento que voy de prisa”. No sé cuántos años me quedan, tomo mi tiempo, aprendí a amar sin desbocarme para llegar con mi pareja a la anhelada armonía sin perdernos en el camino. Amar es saber esperar.

Los meses, los años son como los vinos, hay que saber añejarlos, intento recordar lo que escribió en su Arte de amar el buen Ovidio hace como dos mil años, no sé si es el texto exacto, pero dice algo así: “Qui properent nova musta bibant; mihi fundat avitum annis priscis condita testa merum”. (Que los apurados beban el vino recién prensado, pero a mí me gusta que me sirvan uno añejado en ánfora vieja). Estamos por un tiempo limitado en el planeta disfrutando las mil y una maravillas que ofrecen la vida, la naturaleza. Se necesita una vida entera para conocer y amar al ser que elegimos como pareja cuando el flechazo nos desquició el alma. El otoño de las hojas muertas con todos aquellos colores que guarda la tierra en su paleta, el invierno con copos de nieve silenciosos acariciando el suelo, el aroma del primer café por la mañana, el nacimiento del primer hijo, el primer beso y el último, los recuerdos que endulzan o muerden… ¡cuánto disfrutamos sin tener siempre puesta la debida conciencia! El libro tibetano de la vida y de la muerte me enseñó que debemos aprender a morir como uno aprende a descansar después de una ruda jornada, misión cumplida, retorno a la paz de la que nos escapamos al nacer.

 

Fuente:  https://www.eluniverso.com

1 2 3 314

Archivos