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REFLEXIONES



EL OTOÑO DE LA VIDA

 

 

Bernard Fougéres

 

Hubo una época en que deseaba que todo ocurriera con rapidez, a los 15 me urgía ser mayor de edad, luego soñé con alcanzar los 30, tener una buena profesión. Asimismo, la vida se me fue desbobinando como una película que acaba de romperse, rebasé los 40, los 50, los 60, los 70 sin siquiera sentir el paso del tiempo. Una y otra vez tuve que acudir a las salas de velación, vi morir a muchos amigos o conocidos, artistas, políticos, sacerdotes, traté siempre de imaginar que podría sobrevivir una década más. Cuando alcancé recientemente la barrera de los 80 tomé conciencia más amplia de mi fragilidad. No albergo angustia ni temor, experimento más bien una lógica resignación. Recordé lo que me dijo Miguel Donoso Pareja: “Después de los 80 lo que sigue es yapa”, siempre me gustaron las yapas, lo que se da por añadidura. Ahora tomo mi tiempo para todo, sé catar un vino con los sentidos en alerta, no como, siendo joven, apuraba las copas hasta la embriaguez; aprendí a comer apreciando la talentosa cortesía de un chef, puedo escuchar sin interrupción una sinfonía de Mahler, un concierto de Prokofiev deleitándome con cada acorde, cada arpegio, cada melodía, cada matiz, puedo sentarme frente a un cuadro, exprimir con el alma su belleza, ver crecer un árbol, nunca llegaron a aburrirme las puestas de sol, cada beso de mujer es permanente milagro, sigue vigente el trillado adagio romano “festina lente” repetido por Don Quijote cuando dice a Sancho Panza: “Apúrate lento que voy de prisa”. No sé cuántos años me quedan, tomo mi tiempo, aprendí a amar sin desbocarme para llegar con mi pareja a la anhelada armonía sin perdernos en el camino. Amar es saber esperar.

Los meses, los años son como los vinos, hay que saber añejarlos, intento recordar lo que escribió en su Arte de amar el buen Ovidio hace como dos mil años, no sé si es el texto exacto, pero dice algo así: “Qui properent nova musta bibant; mihi fundat avitum annis priscis condita testa merum”. (Que los apurados beban el vino recién prensado, pero a mí me gusta que me sirvan uno añejado en ánfora vieja). Estamos por un tiempo limitado en el planeta disfrutando las mil y una maravillas que ofrecen la vida, la naturaleza. Se necesita una vida entera para conocer y amar al ser que elegimos como pareja cuando el flechazo nos desquició el alma. El otoño de las hojas muertas con todos aquellos colores que guarda la tierra en su paleta, el invierno con copos de nieve silenciosos acariciando el suelo, el aroma del primer café por la mañana, el nacimiento del primer hijo, el primer beso y el último, los recuerdos que endulzan o muerden… ¡cuánto disfrutamos sin tener siempre puesta la debida conciencia! El libro tibetano de la vida y de la muerte me enseñó que debemos aprender a morir como uno aprende a descansar después de una ruda jornada, misión cumplida, retorno a la paz de la que nos escapamos al nacer.

 

Fuente:  https://www.eluniverso.com

LA PATRIA AMÉRICA

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Patria es donde nacimos y también donde morimos. Es una mezcla de bandera y corazón, de campo de batalla y cancha de fútbol, de euforia colectiva y soldado desconocido. Sea lo que sea, siempre la patria es un concepto colectivo que incluye un pasado modelador, el presente en el que convivimos y el futuro que cada uno se imagina.

En el concepto escolar la patria viene siempre con bandera y escudo, con próceres y con el himno nacional. Pero patria es también el barrio, la ciudad y la provincia. Patria es el valle, la selva, el río y la laguna. La patria está en la tierra mojada, en los olores de nuestra infancia, en el mapa del colegio y también en nuestra cabeza y en el corazón.

Y a quién le cabe duda de que nuestra patria grande es América. Latinoamérica, que es el nombre equivocado de la América Mestiza… y mucho más nuestra todavía, la América del Sur o Sudamérica. Nuestra América es tan patria como el Ecuador –o Guayaquil– entre otras razones porque es la patria con la que soñaron San Martín y Bolívar, la que todavía se está gestando entre el Pacífico y el Atlántico, entre el Cabo de Hornos y el Canal de Panamá.

Seguro que tenían la idea de patria de nuestros fundadores quienes en 1949 decidieron que las universidades nacionales argentinas serían gratuitas no solo para los argentinos sino también para todos los latinoamericanos que quieran estudiar en ellas. Fue el decreto 29.337 (primer gobierno de Juan Domingo Perón) el que lo estableció con un criterio magnánimo y también con la inteligencia de que sería mucho más efectivo para la integración de la Argentina con el resto del continente.

Grandes y antiguos países tienen carísimos esquemas de difusión de sus culturas. La Alianza Francesa, el Goethe Institut, la Cultural Británica, la Dante Alighieri y el Instituto de Cooperación Iberoamericano. Todos ellos mantienen sedes y personal en cantidad de ciudades del mundo. Bueno, la Argentina decidió en 1949 que su programa de extensión cultural sería aceptar gratis a todos los ciudadanos latinoamericanos y sin más exigencias que las mismas que se exigen a los argentinos.

Noticias de estos días dan cuenta de una notable cantidad de latinoamericanos que estudian y trabajan en la Argentina y parece que el número va en aumento. También han aparecido voces de rechazo y otras que piden reciprocidad como si el amor al prójimo o la hospitalidad fueran contrapartidas de obligaciones recíprocas. Integra nuestra identidad como nación el tener los brazos abiertos a todos los habitantes del mundo, tanto que está incluida en el preámbulo de la Constitución Nacional. Por eso el más mínimo gesto de xenofobia a nuestros compatriotas latinoamericanos es tan antiamericano como antiargentino, pero siempre hay algún idiota…

 

Fuente: http://www.larevista.ec

NO ME ESCUCHES, MÍRAME

 

 

Julio Bevione

 

Hace ya un tiempo que descubrí en Pilates un ejercicio físico que puedo sostener como disciplina porque tiene el ingrediente básico para poder continuar haciéndolo: me siento cómodo y feliz.  De esto he escrito en ¡Activa Tu GPS! Pero hoy quiero compartir algo que aprendí en una clase, y que no tiene que ver con el ejercicio, sino con una manera de vivir.

 

Sucedió que mientras el entrenador nos guiaba a mover los brazos, yo movía las piernas. ¡Las piernas! El mismo movimiento, pero con las piernas. Me tomó unos minutos hasta sentir la mirada del instructor observándome para que corrigiera el movimiento. El resto de la clase estaba haciéndolo según él lo decía, pero la persona a mi izquierda, quien era la más visible por mi ubicación en la sala, estaba, al igual que yo, moviendo las piernas. Es decir, aún sabiendo cómo se hacia y escuchando la indicación clara del instructor, terminé haciendo lo que hacia la persona a mi lado. Esto es lo que muy a menudo hacemos en nuestra vida cotidiana.

 

 

Aquel día pude darme cuenta que aún cuando tenemos claro que hacer y nos están guiando, lo más probable es que terminemos copiando lo que vemos en los otros. Igualmente, lo que le decimos a los demás puede pasar desapercibido si lo que les mostramos de nosotros no coincide con el mensaje. Es decir, quienes nos rodean aprenden más de nuestras acciones que de las palabras que decimos, por mejor hiladas que estén.

 

Hoy, pongo especial énfasis en lo que hago, no solamente en lo que digo. Y en mí, más que en el otro. En modificarme sin poner tanto énfasis en que el otro se modifique. En mirarme y observarme. Y a darme cuenta con que facilidad, si ando distraído, termino haciendo lo que no quiero, solo porque la persona a mi lado lo hace.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

COCINAR CON FUEGO NOS HUMANIZÓ

 

 

Gustavo Costa von Buchwald

 

Para los antiguos griegos, la forma humana venía moldeada de barro por los dioses. Ahora, en el siglo XXI, sabemos que nuestros cuerpos fueron moldeados por procesos naturales que Charles Darwin llamó selección natural de las especies. Fósiles de millones de años encontrados en África muestran nuestro parecido con esas especies que hoy ya están desaparecidas.

El récord de fósiles demuestra que antes de nuestros ancestros había simios no humanos caminado erectos, los australopithecus. Su tamaño y cerebro eran algo más grandes que los del chimpancé, trepaban árboles, su vientre y músculos eran de un simio. Si bien los australopithecus se extinguieron hace 2,6 millones de años, hay evidencia arqueológica de que tenían cuchillos incipientes por los cortes encontrados en huesos de animales, lo cual sugiere planificación y cooperación en la caza. En concreto, esa especie tenía rasgos de prehumanos y humanos.

Hubo especies intermedias a través de los millones de años de evolución, como el homo habilis, homo erectus, hasta llegar al homo sapiens.

La pregunta que siempre causa mucha curiosidad es: ¿cómo llegamos a nuestra fase actual de homo sapiens, hombre sabio? Una respuesta adecuada podría derivar en el control del fuego y en el advenimiento de la comida cocinada.

Eternos carnívoros

La respuesta sobre nuestros orígenes de cómo pasamos desde un homínido como el australopitehus hasta el homo sapiens se basa en una hipótesis muy popular entre los antropólogos, la cual señala que siempre fuimos carnívoros; es decir, en nuestra dieta la carne fue el alimento principal. Por ejemplo, nuestros primos los chimpancés son vegetarianos, salvo raras excepciones; mientras que nosotros, entre los primates somos los únicos carnívoros y carroñeros.

Para Richard Wrangham, académico de la Universidad de Harvard, primatólogo y antropólogo biológico, el control del fuego y el cocinar los alimentos fueron de la mano.

La limitada habilidad del homo erectus (1,8 millones de años) de subir a un árbol es la misma del hombre de hoy. Razón por la cual se considera que su comportamiento era el de dormir en la tierra. Para esto necesitaba el fuego, para ahuyentar a los depredadores y tener luz.

Según la antropóloga Loring Bruce, el fuego fue controlado hace doscientos mil años, con lo cual esta nueva destreza de producir calor y luz nos diferenciaba de otros animales. El fuego aparecía como el medio para adaptarnos a un medio natural cambiante y garantizar nuestra sobrevivencia.

Richard Wrangham considera que es imposible saber cuándo el homo sapiens comenzó a cocinar, porque la evidencia de hogueras y hornos ancestrales es muy secundaria. Por ello, él utiliza la evidencia biológica en los dientes y huesos por cambios de dietas. Cocinar ayudó a la evolución de nuestro cerebro por la reducción de nuestro sistema digestivo al no necesitar tanta capacidad de digestión para comida cruda; además de que se redujo nuestra mandíbula y sus dientes.

Una vez que se inventó el cocinar ya no había necesidad de perseguir a las manadas de animales, porque ya era posible acumular comida y la variedad creció. Las hembras recolectaban alimentos y los cocinaban, para esto necesitaban de machos que las protegieran por la comida. Hay una complementación entre el macho y la hembra.

Este comportamiento entre macho y hembra vuelve a nuestra especie más sexual y fue el camino hacia un contexto de domesticación humana, según el profesor Wrangham.

Mejor digestión

Según Richard Wrangham, en su libro Cómo el fuego nos hizo humanos, el uso del fuego y el cocinar bien pudo haber sido el factor decisivo para llevar al hombre, primariamente animal, a ser más plenamente humano. En este proceso, el comer carne fue un factor decisivo tanto físico como de comportamiento.

En la actualidad existe una polémica sobre el comer carne, especialmente la roja. Esta proteína ha sido la llave evolutiva del hombre a través de los milenios. Jean Anthelme Brillat-Savarin lo mira de la siguiente manera: “Un hombre no vive de lo que come, dice un viejo proverbio, sino de lo que digiere”. Y el fuego nos ayudó a digerir mejor.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

FELICIDADES SIN CONDICIONES

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Ya pasaron las fiestas de fin de año y también una de las manías argentinas, que es como un sello de nuestra cultura colectiva: los que saludan diciendo “si no nos vemos, feliz Navidad” o “si no nos vemos, felices fiestas” o “si no nos vemos, feliz Año Nuevo” o la fórmula que sea, pero siempre con el preámbulo “si no nos vemos”.

Los que saludan así –y esto es lo más argentino que hay– se ponen como personaje principal de la felicitación y la condicionan de tal modo que haría pensar a los saludados que si se llegaran a ver antes de que se cumpla la condición, el saludo no vale. Pero además cabría completar en nuestro pensamiento la segunda parte: “…y si te veo que seas un infeliz de cuarta”.

¿Hasta cuándo se puede decir “si no nos vemos”? Está claro que se podría decir hasta un microsegundo antes del nanosegundo de Año Nuevo. Pero el problema en estas épocas globales es resolver cuándo empieza el año, ya que mientras la Tierra gira, Año Nuevo es a cada rato durante unas 48 horas y nos estamos viendo todo el tiempo por Skype, Whatsapp, Facebook, Periscope, Instagram y demás inventos de la vida moderna.

Lo lógico sería decir “Feliz 2018” (o feliz lo que sea) sin más vueltas y todas las veces que queramos, ya que no hay ninguna razón para pensar que las felicitaciones anteriores se anulan con las posteriores o que solo vale la última felicitación, que vendría a ser la que se dice en el momento exacto del cambio de año.

Tampoco entiendo a los que en lugar de devolver felicitación a los felicitadores, le encajan un “igualmente” sin más trámite. En vez de expresar sus deseos con sus propias palabras, ponen un espejo que refleja el saludo ajeno. Es muy improbable que sus deseos o sus ganas de felicitar sean idénticos a los del que los saludó, ya que por suerte los seres humanos no somos iguales ni siquiera al más igual de nuestros iguales.

Se lo pongo en otro contexto y va a ver qué feo queda eso de ponerle espejos a lo que nos dicen:

–Mi amor, no puedo vivir sin ti.

–Igualmente.

–Tú eres la luz de mis días.

–Igualmente.

–Te quiero como nadie ha querido jamás.

–Igualmente.

–¿No eres capaz de decir otra cosa?

–Igualmente…

Tan feo como ponerle condiciones a la felicidad.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

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