13
May
2008
Malcolm Forbes
Una mujer en un desteñido vestido de algodón barato y su esposo, vestido con un raído traje, se bajaron del tren en Boston, y caminaron tímidamente sin tener una cita a la oficina de la secretaria de Presidente de la Universidad de Harvard.
La secretaria adivinó en un momento que esos venidos de los bosques, campesinos, no tenían nada que hacer en Harvard y probablemente no merecían estar en Cambridge.
‘Desearíamos ver al presidente’ dijo suavemente el hombre. ‘El estará ocupado todo el día’ barbotó la secretaria.
‘Esperaremos’ replicó la mujer.
Por horas la secretaria los ignoró, esperando que la pareja finalmente se desanimara y se fuera. Ellos no lo hicieron, y la secretaria vio aumentar su frustración y finalmente decidió interrumpir al presidente, aunque era una tarea que ella siempre esquivaba.
‘Tal vez si usted conversa con ellos por unos minutos, se irán’ le dijo. El hizo una mueca de desagrado y asintió. Alguien de su importancia obviamente no tenía el tiempo para ocuparse de ellos, y el detestaba los vestidos de algodón barato y los raídos trajes en la oficina de su secretaria.
El presidente, con el ceño adusto y con dignidad, se dirigió con paso arrogante hacia la pareja. La mujer le dijo ‘Tuvimos un hijo que asistió a Harvard por solo un año. El amaba a Harvard. Era feliz aquí. Pero hará un año, murió en un accidente. Mi esposo y yo deseamos levantar un memorial para el, en alguna parte del campus’. El presidente no se interesó. El estaba en shock.
‘Señora’, dijo ásperamente, ‘no podemos poner una estatua para cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio.’. ‘Oh no’, explicó la mujer rápidamente. ‘No deseamos erigir una estatua. Pensamos que nos gustaría donar un edificio a Harvard’
El presidente entornó sus ojos. Echó una mirada al vestido de algodón barato y al traje raído, y entonces exclamó ‘Un edificio! ¿Tienen alguna remota idea de cuanto cuesta un edificio? Hemos gastado más de siete millones y medio de dólares en los edificios aquí en Harvard!’
Por un momento la mujer quedó en silencio. El presidente estaba feliz. Tal vez se podría deshacer de ellos ahora. La mujer se volvió a su esposo y dijo suavemente ‘¿eso es todo lo que cuesta iniciar una universidad? ¿Por qué no iniciamos la nuestra?’ Su esposo asintió. El rostro del presidente se oscureció en confusión y desconcierto. El Sr. Leland Stanford y su esposa se pararon y se fueron, viajando a Palo Alto, California donde establecieron la universidad que lleva su nombre, la Universidad Stanford, en memoria de un hijo del que Harvard no se interesó.
Usted puede fácilmente juzgar el carácter de los demás por la forma en que tratan a quienes piensan que no pueden hacer nada para ellos.
Colaboración de Johnnie Castro Montealegre
Fuente: http://cronicasyrelatos.blogspot.com
Posted: REFLEXIONES
8
May
2008
David Fischman
Es muy frecuente encontrar, a lo interno de las organizaciones, la costumbre destructiva de hablar a espaldas de otras personas. Este hábito se puede convertir en un cáncer que se expande y, finalmente, termina contaminando la cultura organizacional. ¿Qué pensaría de un agricultor que pone veneno al agua con que riega sus sembradíos? Que está loco, ¿verdad? Y qué hacen los ejecutivos de una empresa cuando hablan a espaldas de sus compañeros: están envenenando la cultura organizacional con desconfianza, desunión y con merma de la productividad. No tiene sentido, pero es frecuente en las empresas. ¿Por qué? Imagínese la siguiente situación. El gerente financiero le cuenta lo incapaz que es el gerente de mercadeo ante una crisis. Se burla, describe sus errores y termina diciendo que no entiende cómo puede haber un gerente tan incompetente. Este gerente financiero no está buscando mejorar la gerencia de la empresa, está tratando de elevar su ego, disminuyendo al gerente de mercadeo.
El deseo de elevar nuestro ego es el causante principal del popular “raje” en las organizaciones. La competencia en los mercados se parece al juego de jalar la soga. Cada empresa trata de jalar más fuerte, para ganar a la competencia. Cuando el “raje” se asienta en la cultura empresarial, se pierde la coordinación. Cada uno jala para un lado diferente, perdiendo ante el adversario. El hábito de hablar a espaldas de las personas crea en la organización bandos “buenos” y “malos”. Se entorpece la comunicación, se crea un clima de desconfianza, miedo y competencia desleal.
Este clima hace más burocrática y lenta la toma de decisiones, disminuyendo la capacidad de respuesta ante la competencia. Hoy día tenemos que luchar con nuestros competidores y no contra nuestros compañeros. A continuación algunas sugerencias para evitar este problema:* Instituya la regla de las cartas abiertas: “Nadie dice algo de otra persona si esa persona no lo ha escuchado primero”. Es increíble el tiempo productivo que se gana cuando las personas dejan de conversar a espaldas de sus compañeros. Sin embargo, cuando un colega o subordinado empiece el “raje”, deje que ocurra, no diga nada en ese momento. Recuerde que el ego es el motor del “raje”. Si le muestra su error, es posible que lo niegue y el ego explote en ira. Deje pasar unas horas y hágale presente el incidente. Estará más dispuesto a escuchar y cambiar.* Dé el ejemplo. La regla de las cartas abiertas funcionará solo si usted da el ejemplo primero.
Esto no es fácil. En el Oriente, los yoguis tienen la costumbre de enrollar su lengua dentro de la boca. Para hablar tienen que desenrollar primero la lengua, lo que les da tiempo para pensar lo que van a decir. Si usted posee una metralleta, seguramente la tiene con el seguro puesto para que no se escape ninguna bala. Bueno, su boca también puede ser un arma peligrosa. Póngale seguro y piense antes de hablar. Cuentan que un maestro oriental estaba en la casa de una familia recitando una oración a un niño enfermo. Un amigo de la familia que observaba se le acercó al final de la oración y le dijo: “Dígales la verdad, unas palabras no van a curar a este niño, no los engañe”.
El maestro se volvió, lo insultó, y gritando le contestó que no se metiera en el asunto. Al recibir este maltrato verbal, el amigo se sorprendió muchísimo, pues los maestros orientales nunca se alteran. Después, se sonrojó, se alteró y empezó a sudar profundamente. Entonces, el maestro lo miró con amor y le dijo: “Si unas palabras te ponen rojo, te alteran y te hacen sudar, ¿por qué no pueden tener el poder de curar?”. Usemos el poder de nuestras palabras en la empresa para construir y no para destruir. Esta actitud no solo beneficiará el clima organizacional, sino que también incrementará la paz y tranquilidad en nosotros mismos.
Fuente: http://www.amag.edu.pe
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7
May
2008
Encontrándose al borde de la muerte, Alejandro convocó a sus generales y les comunicó sus tres últimos deseos:
1. que su ataúd fuese transportado por los médicos de la época.
2. que fueran esparcidos por el camino hasta su tumba los tesoros que había conquistado (plata, oro, piedras preciosas…)
3. y que sus manos quedaran balanceándose en el aire, fuera del ataúd, a la vista de todos.
Uno de sus generales, admirado por tan insólitos deseos, le preguntó a Alejandro cuales eran sus razones. Alejandro se lo explicó:
1. Quiero que los más eminentes médicos carguen mi ataúd para mostrar que ellos no tienen, ante la muerte, el poder de curar.
2. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales aquí conquistados, aquí permanecen. 3. Quiero que mis manos se balanceen al viento, para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías, y con las manos vacías partimos.
Colaboración de Luis Alberto Hidalgo
Fuente: http://www.feadulta.com
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