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REFLEXIONES



LOW COST

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Estoy seguro de que este negocio se nos ocurrió a todos cada vez que nos subimos a un avión: una línea aérea que abarate los pasajes a fuerza de concentrarse en LLEVARNOS DE UN LUGAR A OTRO, que es lo que realmente les importa a los pasajeros… ¿qué necesidad hay de darles de comer porquerías?, ¿para qué necesitamos tantas azafatas, comisarios y auxiliares a bordo?, ¿a quién se le ocurre pagar el doble o el triple para sentarse media hora en un asiento solo un poco más cómodo?, ¿cuánto les cuesta el miserable sanguchito que a mí me lo cobran a 400 dólares?, ¿hace falta imprimir tarjetas de embarque?, ¿hay que editar revistas para contar lo que ya se ve en las fotos?, ¿hay que entretener a los pasajeros con películas estúpidas?, ¿tiene que pagar lo mismo el que lleva tres maletas inmensas que el que viaja solo con un morral al hombro?

Los que viajan en avión son más o menos el 7% de los habitantes del mundo y son siempre los mismos. Como es lógico, este porcentaje aumenta en los países más avanzados y disminuye en China o India. Aferrada a ese porcentaje, la industria pensaba que el único modo de estirar las ganancias era cobrar cada día más caros los pasajes a fuerza de dar servicios que los pasajeros no necesitan; pero mientras unos exprimían el negocio, a un genio se le ocurrió que hay un mercado del 93 % de la población todavía sin aprovechar.

La primera línea que explotó la idea es de 1949, pero recién en los 90, con la desregulación del mercado aeronáutico en Estados Unidos y Europa, aparecieron las empresas que revolucionaron el transporte aéreo de pasajeros.

En Argentina se está desregulando recién ahora el mercado aerocomercial, así que ya hay una línea de bajo costo y en octubre entrarán dos más. No es la primera vez que uso una de estas líneas, pero sí fue la primera vez en la Argentina y confieso que nunca había visto lo que vi cuando la utilicé hace unos días. No encontré a ninguno de los pasajeros habituales que son clásicos en los vuelos de las otras compañías: todas eran caras nuevas, tipos humanos que jamás veía en estas situaciones, insultántemente jóvenes para más datos, igual que las tripulaciones desenfadadas de todas la líneas low-cost. Y el pasaje cuesta lo que suele costar un buen ómnibus.

Las low-cost permiten viajar a gente que no viajaba, dan nuevas experiencias, amplían el mercado… Seguramente habrá alguna competencia con las líneas aéreas de servicio completo (así las llaman) y también con quienes viajan en los servicios premium de autobuses, y no me cabe duda de que van a tener que cambiar sus estrategias. Con el tiempo los autobuses servirán para trayectos cortos, a donde no tiene sentido viajar en avión; pero serán muchísimos más los viajes gracias al incremento de la cantidad de gente que viaja.

Todavía las low-cost son la Cenicienta de los aeropuertos. En Buenos Aires operan en una base militar mal comunicada y en Europa hay que tomarlos en la última puerta de la última terminal. Pero el precio vale la pena eso y mucho más.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

LA LÓGICA DEL ENOJADO

 

 

Gonzalo Peltzer

 

La cuarta vez que me llamaron a las 2 de la madrugada para avisarme que algo no andaba bien en mi línea de teléfono, contesté que si llamaban otra vez a esa hora iba a cortar el servicio de seguridad al que estaba abonado. Luego, ya de día y despierto, hablé con alguien de la compañía a quien le expresé lo mismo, pero además le remarqué que una llamada a esas horas siempre sobresalta al que atiende y que yo pagaba una empresa de seguridad para que cuiden mi sueño y no para que me pongan al borde del infarto día por medio.

¿Qué haría usted si esa noche lo llaman de nuevo a las 2 de la mañana? Bueno: llamaron a las 2 de la mañana… Y corté el servicio. Lo curioso es que se enojaron conmigo porque parece que soy un pesado y que exijo demasiado. Aunque soy su cliente y les pagaba una pila de billetes todos los meses, no me daban la razón porque la línea de teléfono por la que me llamaban tiene un desperfecto en el retorno que impide que se enteren si está sonando la alarma, así que el llamado también era para preguntarme si me estaban robando justo en ese momento…

Cambié de empresa. Fue peor. Un día dejó de funcionar la alarma, así que les mandé un mensaje…

–Estoy de viaje y vuelvo dentro de quince días, me contestó el que tenía que arreglar el problema.

–Disfrute de su viaje, pero le aviso que no pienso pagar un servicio que no me dan, le repliqué.

Se enojó conmigo, me dijo que lo había decepcionado y me trató de inmaduro.

Y corté el servicio porque no pago para que se enojen sino para que me den seguridad.

El enojado es un mediocre que decide hacer a los demás responsables de su mediocridad. Cuando hace macanas, en lugar de corregirse, se enoja para que nadie ponga en evidencia su error y además no se le puede hablar porque está enojado. Es un mecanismo de defensa tan habitual de nuestra cultura colectiva que hasta nos parece una reacción sana, pero es una de las desgracias más grandes que padecemos: echarle la culpa a los demás de nuestros propios fracasos nos instala en el fracaso continuado porque nos impide corregir los errores. Le pasamos la responsabilidad de nuestros desaciertos al que viene a señalarlos. El culpable de las estafas no es el estafador sino el estafado, por codicioso. El culpable del robo no es el ladrón sino el desprevenido. El culpable de la violación no es el violador sino la chica violada, por andar con esa ropa… Y la mayoría de nosotros acepta sin dramas el enojo ajeno como excusa suficiente cuando es todo lo contrario: el enojo es parte esencial del error que hay que corregir.

Pensaba hace años que había que enojarse con el enojado para corregirlo, pero con el tiempo aprendí que así no se gana nada, porque el que se enoja con el enojado cae en su lógica. Es mejor no enojarse con los que se enojan: exigir sin enojarse es mucho más eficaz y no le digo nada lo bueno que es para la salud.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

EL OTOÑO DE LA VIDA

 

 

Bernard Fougéres

 

Hubo una época en que deseaba que todo ocurriera con rapidez, a los 15 me urgía ser mayor de edad, luego soñé con alcanzar los 30, tener una buena profesión. Asimismo, la vida se me fue desbobinando como una película que acaba de romperse, rebasé los 40, los 50, los 60, los 70 sin siquiera sentir el paso del tiempo. Una y otra vez tuve que acudir a las salas de velación, vi morir a muchos amigos o conocidos, artistas, políticos, sacerdotes, traté siempre de imaginar que podría sobrevivir una década más. Cuando alcancé recientemente la barrera de los 80 tomé conciencia más amplia de mi fragilidad. No albergo angustia ni temor, experimento más bien una lógica resignación. Recordé lo que me dijo Miguel Donoso Pareja: “Después de los 80 lo que sigue es yapa”, siempre me gustaron las yapas, lo que se da por añadidura. Ahora tomo mi tiempo para todo, sé catar un vino con los sentidos en alerta, no como, siendo joven, apuraba las copas hasta la embriaguez; aprendí a comer apreciando la talentosa cortesía de un chef, puedo escuchar sin interrupción una sinfonía de Mahler, un concierto de Prokofiev deleitándome con cada acorde, cada arpegio, cada melodía, cada matiz, puedo sentarme frente a un cuadro, exprimir con el alma su belleza, ver crecer un árbol, nunca llegaron a aburrirme las puestas de sol, cada beso de mujer es permanente milagro, sigue vigente el trillado adagio romano “festina lente” repetido por Don Quijote cuando dice a Sancho Panza: “Apúrate lento que voy de prisa”. No sé cuántos años me quedan, tomo mi tiempo, aprendí a amar sin desbocarme para llegar con mi pareja a la anhelada armonía sin perdernos en el camino. Amar es saber esperar.

Los meses, los años son como los vinos, hay que saber añejarlos, intento recordar lo que escribió en su Arte de amar el buen Ovidio hace como dos mil años, no sé si es el texto exacto, pero dice algo así: “Qui properent nova musta bibant; mihi fundat avitum annis priscis condita testa merum”. (Que los apurados beban el vino recién prensado, pero a mí me gusta que me sirvan uno añejado en ánfora vieja). Estamos por un tiempo limitado en el planeta disfrutando las mil y una maravillas que ofrecen la vida, la naturaleza. Se necesita una vida entera para conocer y amar al ser que elegimos como pareja cuando el flechazo nos desquició el alma. El otoño de las hojas muertas con todos aquellos colores que guarda la tierra en su paleta, el invierno con copos de nieve silenciosos acariciando el suelo, el aroma del primer café por la mañana, el nacimiento del primer hijo, el primer beso y el último, los recuerdos que endulzan o muerden… ¡cuánto disfrutamos sin tener siempre puesta la debida conciencia! El libro tibetano de la vida y de la muerte me enseñó que debemos aprender a morir como uno aprende a descansar después de una ruda jornada, misión cumplida, retorno a la paz de la que nos escapamos al nacer.

 

Fuente:  https://www.eluniverso.com

LA PATRIA AMÉRICA

 

 

Gonzalo Peltzer

 

Patria es donde nacimos y también donde morimos. Es una mezcla de bandera y corazón, de campo de batalla y cancha de fútbol, de euforia colectiva y soldado desconocido. Sea lo que sea, siempre la patria es un concepto colectivo que incluye un pasado modelador, el presente en el que convivimos y el futuro que cada uno se imagina.

En el concepto escolar la patria viene siempre con bandera y escudo, con próceres y con el himno nacional. Pero patria es también el barrio, la ciudad y la provincia. Patria es el valle, la selva, el río y la laguna. La patria está en la tierra mojada, en los olores de nuestra infancia, en el mapa del colegio y también en nuestra cabeza y en el corazón.

Y a quién le cabe duda de que nuestra patria grande es América. Latinoamérica, que es el nombre equivocado de la América Mestiza… y mucho más nuestra todavía, la América del Sur o Sudamérica. Nuestra América es tan patria como el Ecuador –o Guayaquil– entre otras razones porque es la patria con la que soñaron San Martín y Bolívar, la que todavía se está gestando entre el Pacífico y el Atlántico, entre el Cabo de Hornos y el Canal de Panamá.

Seguro que tenían la idea de patria de nuestros fundadores quienes en 1949 decidieron que las universidades nacionales argentinas serían gratuitas no solo para los argentinos sino también para todos los latinoamericanos que quieran estudiar en ellas. Fue el decreto 29.337 (primer gobierno de Juan Domingo Perón) el que lo estableció con un criterio magnánimo y también con la inteligencia de que sería mucho más efectivo para la integración de la Argentina con el resto del continente.

Grandes y antiguos países tienen carísimos esquemas de difusión de sus culturas. La Alianza Francesa, el Goethe Institut, la Cultural Británica, la Dante Alighieri y el Instituto de Cooperación Iberoamericano. Todos ellos mantienen sedes y personal en cantidad de ciudades del mundo. Bueno, la Argentina decidió en 1949 que su programa de extensión cultural sería aceptar gratis a todos los ciudadanos latinoamericanos y sin más exigencias que las mismas que se exigen a los argentinos.

Noticias de estos días dan cuenta de una notable cantidad de latinoamericanos que estudian y trabajan en la Argentina y parece que el número va en aumento. También han aparecido voces de rechazo y otras que piden reciprocidad como si el amor al prójimo o la hospitalidad fueran contrapartidas de obligaciones recíprocas. Integra nuestra identidad como nación el tener los brazos abiertos a todos los habitantes del mundo, tanto que está incluida en el preámbulo de la Constitución Nacional. Por eso el más mínimo gesto de xenofobia a nuestros compatriotas latinoamericanos es tan antiamericano como antiargentino, pero siempre hay algún idiota…

 

Fuente: http://www.larevista.ec

NO ME ESCUCHES, MÍRAME

 

 

Julio Bevione

 

Hace ya un tiempo que descubrí en Pilates un ejercicio físico que puedo sostener como disciplina porque tiene el ingrediente básico para poder continuar haciéndolo: me siento cómodo y feliz.  De esto he escrito en ¡Activa Tu GPS! Pero hoy quiero compartir algo que aprendí en una clase, y que no tiene que ver con el ejercicio, sino con una manera de vivir.

 

Sucedió que mientras el entrenador nos guiaba a mover los brazos, yo movía las piernas. ¡Las piernas! El mismo movimiento, pero con las piernas. Me tomó unos minutos hasta sentir la mirada del instructor observándome para que corrigiera el movimiento. El resto de la clase estaba haciéndolo según él lo decía, pero la persona a mi izquierda, quien era la más visible por mi ubicación en la sala, estaba, al igual que yo, moviendo las piernas. Es decir, aún sabiendo cómo se hacia y escuchando la indicación clara del instructor, terminé haciendo lo que hacia la persona a mi lado. Esto es lo que muy a menudo hacemos en nuestra vida cotidiana.

 

 

Aquel día pude darme cuenta que aún cuando tenemos claro que hacer y nos están guiando, lo más probable es que terminemos copiando lo que vemos en los otros. Igualmente, lo que le decimos a los demás puede pasar desapercibido si lo que les mostramos de nosotros no coincide con el mensaje. Es decir, quienes nos rodean aprenden más de nuestras acciones que de las palabras que decimos, por mejor hiladas que estén.

 

Hoy, pongo especial énfasis en lo que hago, no solamente en lo que digo. Y en mí, más que en el otro. En modificarme sin poner tanto énfasis en que el otro se modifique. En mirarme y observarme. Y a darme cuenta con que facilidad, si ando distraído, termino haciendo lo que no quiero, solo porque la persona a mi lado lo hace.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

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