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Juan José Morosoli

 

Cuando Toledo embarcó en “Las Palmas” traía “lo puesto”.

 

-Llevás poco, le dijo el padre.

 

Y él contestó:

 

-Con menos me van a enterrar.

 

Lo puesto y en el bolsillo del saco unas pesetas y un trozo de lino “sin pecar’ que guardaba un poco de levadura.

 

-De esta levadura han comido todos los Toledos, le dijo la madre.

 

-Sí, dijo el padre, llevás con ella tierra y sudor del primer Toledo.

 

Bien sabía él esto. Cuando un hijo se casaba los padres le entregaban un poco de aquella masa. La novia traía luego una porción igual. El más viejo de la familia las unía juntando así la sangre y el sudor y la tierra de dos estirpes.

 

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Aquí formó chacra, se casó, crió hijos y le nacieron nietos. La chacra fue punteándose dc ranchos. Se agrandaban rastrojos, caminaban los arados mordiendo estancias. Los Toledos desbordaban los viejos límites paternos, invadiendo lentamente los campos vírgenes.

 

De la vieja levadura que cruzó el mar se desprendían trozos bautizando ranchos nuevos. Antes que las novias llegaban aquellos trozos.

 

Luego venían ellas con el suyo para que Toledo viejo juntara los pedazos.

 

Era un casamiento que ejecutaba Toledo antes que el cura y el juez realizaran la ceremonia nupcial.

 

Toledo sentenciaba dirigiéndose al hijo o al nieto en trance de formar familia:

 

-Ahora ya tenés todo: novia, rancho y semilla de pan…

 

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No trabajaba casi, ahora. Pero los ritos agrados los realizaba él. La primera arada, a veces unos pocos metros -“la cabeza de la Melga”- la abría él. Siempre el día que moría Dios. Luego tiraba unas semillas el día de la resurrección, a las diez de la mañana, encomendando ¡a siembra al resucitado.

 

Cuando él vuelva a la tierra ya se encuentra con ellas, decía…

 

Después se iban al rancho viejo -el primero que se levantó en el campo- y daban cuenta de lechones, patos y tortas “rellenas de cuanta cosa hay”.

 

Las familias iban agrandando aquella chacra enorme. El solía subir por las escaleras rústicas de varejones tortuosos acostadas en los pajeros, a mirar los ranchos distantes que antes que la tierra empezaban a levantar humo en los amaneceres de otoño.

 

Tenía la cabeza blanca. Los mechones de cabello medio amarillos del humazo desbordaban la vincha de cinco dedos de ancho, derramándose hasta tocar los hombros.

 

-Parece mentira!- pensaba…- ¡Lo que sale de un solo hombre!…

 

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Una mañana aparecieron el Juez de Paz y el Comisario. Toledo se asombró. Nunca habían llegado allí “las autoridades”. En sus ranchos nunca hubo muertes por desangre.

 

Saludaron los hombres.

 

Toledo estaba ceñudo, convencido que estaba asistiendo a un hecho capaz de cambiar vidas y destinos.

 

-No les mando dentrar -dijo- porque adentro está la familia…

 

Esperaba una revelación terrible como un rayo. Que le tocara a él nomás entonces.

 

-Queremos hablar con don Juan Pedro, dijo el Juez.

 

-Yo soy el padre, respondió Toledo.

 

-Sí… Sí. Pero Juan Pedro tiene cincuenta años, sonrió el Juez…

 

-Pero yo tengo más…

 

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Cuando vino Juan Pedro le dieron la noticia terrible:

 

-Tiene que mandar los hijos a la escuela… Es una ley…

 

-Nosotros, dijo Toledo viejo, no queremos saber escribir…

 

-Es una ley…

 

Si no iban los irían a buscar con la policía. Todos los niños tenían que ir a la escuela.

 

Toledo viejo, abrumado por aquella orden, entró a los ranchos.

 

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Ahora ya no gozaba de aquellos amaneceres con voces y silbidos de los nietos.

 

Sólo tenían presencia en el campo despierto, los pájaros y las nieblas que se elevaban luego de los rocíos, como nubes muertas sobre la tierra caliente, llamadas por el sol, y los bueyes que iban saliendo de los pajeros tibios levantando ellos también vahos azules por los hocicos calientes.

 

Empezaban a salir de los ranchos los nietos con sus guardapolvos blancos y se llevaban la mañana con ellos.

 

Toledo no podía ver este éxodo de los niños y se arrimaba a ”las casas”.

 

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Todos los días compraban rollos de alambre de púa para atajar las boyadas ociosas. Antes las pastoreaban los niños en el borde mismo de los bancales de trigo.

 

Toledo sentado frente a los tartagales viajaba por la historia de todas las familias vecinas.

 

Todas sin excepción habían mandado sus hijos a la escuela. Todos habían visto deshacerse hábitos, costumbres.

 

A algunas se les iban los hijos al pueblo cansados de ser chacareros. Las muchachas se casaban con los mercachifles o los peluqueros de los almacenes.

 

-Chacra donde entra la escuela se la lleva el diablo, sentenciaba.

 

Ni siquiera podía desahogarse con los hijos.

 

-Pero tata, decía Juan Pedro, dir a la escuela no es morirse…

 

El viejo salía otra vez. Caminaba. Ya no tenía el pierde-tiempo feliz del nieterío…

 

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Aquella mañana vio una cosa que le asombró.

 

Por el trillo se acercaba la jardinera del panadero. Los caballos con arreos punteados de bronce reluciente, los cascabeles de los collares reventando flores de luz con el sol de la mañana, se acercaba despertando la chacra en silencio tras la partida de los niños.

 

-¿Y esto?, preguntó a Juan Pedro.

 

-Semos menos a trabajar… La mujer está cansada de amasar..

 

-Pero, dijo Toledo, ¿vas a dejar morir la levadura? Juan Pedro no pareció entender.

 

-Y… respondió, cuando queremos amasar se la compramos al hombre…

 

A los pocos días deshicieron el horno.

 

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Toledo empezó a andar como perdido. A veces llegaba a almorzar cuando los otros terminaban. No conversaba casi. Fumaba y fumaba alejado de las casas, recostado a los pajeros distantes.

 

-Se nos va a morir de cismar, dijo Juan Pedro.

 

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Y de cismar se murió.

 

 

Fuente: http://letras-uruguay.espaciolatino.com/

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