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CRECIMIENTO PERSONAL



NO TE DEJES PARALIZAR POR EL MIEDO

 

 

José Jacinto Muñoz

 

El miedo tiene distintos rostros, tiene diferentes matices, la mayoría con un perfil destructivo. Digo la mayoría, porque el miedo como emoción también cumple con una destacable notoriedad positiva en momentos en donde ese sexto sentido, con un toque insondable, nos alerta sobre algún hecho o circunstancia que preferiblemente deberíamos evitar.

Se dice que el noventa y cinco por ciento de aquello a lo que le tememos carece de sustentación. El resto son cosas simples con las que debemos acostumbrarnos a vivir. Muchos de nuestros miedos no están basados en hechos sino en sentimientos. Pareciese que muchos de nuestros miedos se sustentan en falsas expectativas.

Harry Truman dijo: “El peor peligro que enfrentamos es el peligro de ser paralizados por la duda y el temor.” 

 

A veces sin duda nuestra mente exagera la situación y desarrollamos un miedo literalmente irracional. Mucha gente tiene miedo a viajar en avión; sin embargo son muy pocos los que saben que la probabilidad de morir asfixiado por un trozo de comida atorado es superior a la de morir en un accidente aéreo.

Muchos temen a morir en una intervención quirúrgica, sin embargo, según las estadísticas, existen 14 veces más probabilidades de morir en un accidente de tránsito, que de morir en una operación médica.

Lo que trato de decir es que muchas veces proyectamos desastres y calamidades que literalmente están muy lejos de suceder, solo están cerca en la pantalla de nuestra imaginación.

Ojala podamos desarrollar esa capacidad que nos permita diferenciar entre prudencia y miedo, entre sensatez y temor, entre oportunidades y peligros, entre valentía e imprudencia. Si lo logramos facilitaremos nuestro transitar hacia nuestra meta, alcanzaremos la energía suficiente para conquistar nuestra razón de ser y nos convertiremos en lanzas agudas capaces de traspasar cualquier obstáculo que se nos presente en el camino.

En definitiva, no podemos darnos el lujo de detenernos por el miedo que sintamos en determinado momento de nuestras vidas, y mucho menos cuando el temor carece de lógica.

John F. Kennedy dijo: “Hay riesgos y costos en un programa de acción, pero son muchos menos que los riesgos y costos a largo plazo de la cómoda falta de acción.”    

El miedo sin duda alguna es un enemigo a muerte de nuestro propósito, ya que es antagónico a la idea de asumir riesgos, es contrario a la alternativa de superación y cambios, es antagónico al principio de la evolución, es reacio al concepto de la transformación, es desconocedor de la certeza y desarrollo.

Siempre he creído que nuestros miedos solo son hipótesis, los cuales en su mayoría no se cumplirán. Nuestra mente siempre está intentando convencernos de que no somos capaces, de que no somos merecedores, de que fracasaremos. Es como una tendencia natural a subestimarnos sin ningún tipo de base.

Determinémonos a avanzar y proseguir en la ruta que nos hayamos trazado. Siempre será mayor la alegría que sentiremos por conquistar nuestros sueños, que el dolor que padeceremos por renunciar a ellos.

No permitamos que el miedo con sus trampas se convierta en el amo de nuestras fuerzas, asegurémonos que sea el valor quien nos domine.

En la vida, tanto la confianza como el miedo brotan dentro de nosotros, pero asegurémonos de que sea la fe la que al final se imponga.

Asegúrate en hacer lo que crees que no puedes hacer, eso al final será lo que te dará la victoria sobre tu mayor miedo.

A continuación comparto la historia de Roosevelt citada por John Maxwell en su libro “Lo que marca la diferencia”.

Ante una fuerte crisis que vivía el pueblo norteamericano, Roosevelt como presidente recién electo da su primer discurso, diciendo: “Permítanme defender mi creencia firme de que lo único que tenemos que temer es el temor mismo, el horror anónimo, irrazonable, sin justificación que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir la retirada en avance.”

Lo que la gente no sabía era que el propio presidente había experimentado personalmente horas oscuras en las que el miedo lo paralizó. Roosevelt nació en una clase privilegiada y se educó en Europa, en Harvard y en Columbia Law School. Poco antes de sus treinta años de edad, llegó a ser senador de estado y después de su periodo siguió sirviendo como secretario asistente para la Marina. En 1921 a los treinta y nueve años de edad, Roosevelt sufrió un caso grave de polio que lo dejó severamente debilitado.

Durante su recuperación, Roosevelt desarrolló un temor extremo al fuego. Estaba preocupado de que no pudiera escapar de un incendio a causa de su discapacidad, pero con el tiempo, Roosevelt venció su miedo. Recobró el uso de sus manos, e incluso aprendió a caminar otra vez con la ayuda de aparatos ortopédicos. Y volvió a entrar en el campo político, haciendo campaña valientemente para llegar a ser gobernador de Nueva York, lo cual logró en 1929 y posteriormente ser electo presidente de los EEUU.

Todos tenemos gigantes a los cuales enfrentarnos, pero será el desenlace de esa lucha cuerpo a cuerpo la que determinará el futuro de nuestros proyectos, la que determinará aquello en lo que nos convertiremos. Desafiar estos miedos que por años vienen intimidándonos será una especie de prueba final que nos permitirá saber de qué estamos hechos. Será el fuego de esa prueba la que nos revelará el tipo de convicciones que sobre nuestro propósito podamos tener.

Como comenta Rocky Balboa a su hijo en una de sus películas: “El miedo hace que te esmeres más. A mí me ha funcionado”.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

RESPIRAR, SENTIR Y DECIDIR

 

 

Agustín García Andrade

 

Con la experiencia llegué a darme cuenta que al momento de tomar decisiones el cuerpo suele darme un mensaje, una sensación física, que me ofrece una señal sobre el tipo de experiencia al que me lleva esa decisión. La respuesta a esa idea. Es decir, si me sentiré bien; o habrá dolor o incomodidad. Así podemos comenzar a profundizar en el discernimiento entre nuestras decisiones reales y los caprichos del ego; teniendo en cuenta además que ambas influyen en el entorno y quienes nos rodean.

 

Y es que cuando nos cansamos de tropezar con la misma piedra, llegamos a la conclusión de que el sacrificio no es un camino amoroso. Generalmente los caprichos del ego buscan tapar con satisfacción rápida, una sensación de falta o carencia interna que no puede llenarse con cosas del afuera, y que por lo tanto requiere buscar adentro e ir más despacio. Las decisiones reales me conectan con la abundancia y podemos identificarlas porque al pensar en eso nos sentimos relajados, en paz. La elección es nuestra porque el Universo no se opone a nada, y la responsabilidad de hacernos cargo nos toca a nosotros.

 

También aprendí que a veces la prisa, hace que tomemos decisiones que luego no nos favorecen. Por ejemplo, durante un momento de tensión, miedo o enojo, podemos dar un discurso lastimoso, actuar desesperadamente o generar negatividad. Y en ese caso es mejor primero respirar e integrar lo que sucede.

 

Igualmente no siempre se trata de qué hacemos o decimos, sino del cómo. O de qué punto de vista estamos sosteniendo sobre una persona o situación.

 

Creo que una vez que abrimos espacio a la conciencia en nuestra experiencia, ya no sirve hacernos los dormidos. Entonces tomémonos un instante, o dos, o tres, para respirar y sentir. Y si es necesario elegir de nuevo para quedarnos con lo que se alinea con el bienestar. Si lo permitimos, al serenar mente y emociones podemos entrar en contacto con la intuición, ser creativos y reconocer aquello a lo que el alma nos invita para seguir evolucionando.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

EL VERDADERO PROPÓSITO DE VIDA

 

 

Julio Bevione

 

Cuando escucho hablar del propósito en la vida, muchas veces la conversación gira alrededor de lo que hacemos, de lo que haremos o lo que soñamos hacer pero lo vemos lejano o imposible. Pocas veces lo relacionamos con lo que somos, lo que realmente somos.

Si pudiera resumir un propósito en común entre todos quienes habitamos este planeta sería animarnos a ser nosotros mismos. Conocernos, confiar en lo que sentimos e intuimos y poner nuestro destino personal en función de eso. No significa que dejemos de lado las profesiones, las vocaciones o los proyectos personales, pero éstos ocurrirán de manera espontánea en la medida que revelemos nuestra verdadera identidad, no por lo que hacemos, sino por lo que somos. Lo que realmente somos.

Entiendo que a veces nos resulta complejo encontrar una respuesta a la pregunta ¿quién soy? Algunos nos vamos definiendo cuando descubrimos lo que no somos, lo que no nos representa, lo que no se parece a nosotros. Y ese camino se hace andando, por lo que las experiencias, y especialmente los errores, se convierten en regalos reveladores. También hay quienes nunca negociaron lo que sentían propio sobre lo que los demás parecían imponerle. Pero esto es más común en recientes generaciones. A la mayoría, nos ha tocado darnos cuenta por prueba y error.

Hacia el cierre de cada año, generalmente miramos hacia atrás para reconocer lo que hemos sumado y lo que aprendimos en estos meses. En esa mirada, pongamos especial atención a todo lo que nos ha acercado a nosotros. Los Si y los No que han ido ordenando nuestro camino. Y con esa claridad tomemos para el nuevo año el compromiso de ir atentos a lo que sucede y a lo que sentimos con lo que nos suceda, para no negociar, por nada ni nadie, lo que nuestra alma escribió como destino.

La autenticidad es nuestro propósito de vida, porque nadie más podrá hacer lo que vinimos a ofrecer al mundo. Mirarnos, elegir desde el corazón, apostar por lo que sentimos verdadero y entregarnos a nuestro destino. Que la personalidad haga su parte, pero que el alma sea su guía.

 

Fuente: http://juliobevione.com/

AQUELLO QUE ENRIQUECE NUESTRAS VIDAS

 

 

Margarita Borja

 

En estas fechas navideñas llenas de ilusión y unión familiar bla bla bla bla… Empecemos de nuevo: en estas fechas navideñas en que la gente al volante se convierte en una legión de abusadores acosados por el apuro y el desprecio por la vida de los peatones, en estas fechas navideñas en que los centros comerciales están repletos de compradores angustiados y vendedores agotados, en estas fechas en que uno no tiene tiempo para nada (peor aún dinero). En estas fechas, justamente ahora, es el momento de detenernos. Mejor aún si es en medio de una tienda abarrotada y estamos cerca de un espejo de cuerpo entero. Detenernos y mirar a nuestro alrededor: ¿qué sentido tiene todo esto? Y como a las tan esperadas como temidas “Navidades” se les suma el Año Nuevo, aprovechemos para mirar más allá incluso de las caras de desilusión de los compradores (todo está demasiado caro y ni siquiera sé qué regalarle a esa prima tan pesada) y de fastidio de los vendedores, observemos aún más lejos: ¿qué sentido ha tenido este año que ya agoniza?

Un periódico alemán (Die Zeit) que leo con devoción tiene una sección tan popular que editaron un libro que recoge los testimonios de “Aquello que enriquece mi vida”. Entre tanta noticia macabra, tantos muertos anónimos en guerras y atentados terroristas, entre tanta homofobia y violencia machista, entre tanto político corrupto y opresor de las libertades civiles, entre los refugiados que se ahogan en el mar o en la burocracia y la xenofobia de los países que los “acogen”, entre el Brexit y Trump, entre la sangre que corre en Aleppo y las masacres en Orlando y Niza, entre los muertos y la gente que perdió su hogar tras el terremoto en Ecuador, entre tanta tragedia épica aparecen las voces de seres humanos que llevan una vida común y silvestre, que se despiertan cada mañana para cuidar de sus hijos y padres, para ir al trabajo o a buscarlo, para ir al hospital a atender enfermos o a recibir tratamiento. Seres humanos cuyas voces se han dejado de escuchar entre el escándalo. Las voces, pero ya no silenciadas bajo etiquetas (refugiados, damnificados, desempleados, jubilados) sino con nombres y apellidos, con una historia que contar. El semanario otorga un espacio a esas palabras que nos reconcilian con la humanidad y reviven la certeza de que todavía es posible hallar refugio en el sentido de la vida, aferrarnos a esos instantes que la enriquecen: una madre de gemelos a su tranquilo desayuno mientras los pequeños duermen, una abuelita a su mermelada de cerezas casera, un señor al chocolate que un extraño le regaló en el tren al escuchar que estaba hambriento.

 

Qué enriquece mi vida, qué me hace agradecer seguir viva al despertarme demasiado cansada, al arrastrarme en pantuflas hasta el baño, sentarme al escusado teléfono en mano para ver qué novedades atroces comparte la gente en Facebook (y cómo amo entonces a aquellos que tienen hijos y gatos, sentido del humor y la generosidad para alegrarse por los logros ajenos). Qué enriquece mi vida mientras corro de un lado a otro entre mis tres trabajos y la escuela de la niña que olvidó en casa la lonchera, cuando el tranvía no llega y mis alumnos me están esperando con puntualidad alemana. Qué enriquece mi vida si aburrida en el tranvía vuelvo al Facebook y veo tanta gente abusando de las redes sociales para difundir mentiras y exageraciones, atacándose fanáticamente como si hubieran perdido la capacidad de pensar y de sentir, enceguecidos por ideologías y prejuicios: machistas o feministas, antimachistas o antifeministas, racistas o antirracistas, progobierno o antigobierno, fascistas o antifascistas, atrapados entre los muros del maniqueísmo, los unos tan políticamente correctos, los otros tan antipolíticamente correctos.

Lo que enriquece mi vida no es eso, nada de eso, y uno debería replantearse cuánto tiempo le dedica a aquello que no aporta sentido a su vida. Enriquece mi vida esa noche en que bailamos con mi hija alrededor del árbol de Navidad cantando “I saw mommy kissing Santa Claus…”, esa mañana en que me escapé de mi vida con un cómplice y nos fuimos a leer los mensajes escritos para nosotros en las tumbas de un viejo cementerio. Enriquece mi vida el recuerdo de este octubre en Ecuador, cuando comimos ceviche con mis abuelitos y al llegar a casa nos dimos cuenta de que en la bolsa del canguil y los chifles habíamos metido también la canastilla. Enriquece mi vida esa canasta desflecada que se ha convertido en un objeto sagrado en mi casa en Alemania.

Enriquece mi vida la sabiduría inocente de mi hija que a los ocho años ya comprende el espejismo de “la vida está en otra parte”: mami, ¿sabías que algunos pájaros de Alemania se van a pasar el invierno a Inglaterra porque allá la gente les da mucha comida, pero los pájaros de Inglaterra se van a España porque hace más calor, y los pájaros de España se van a África? Los pájaros son como nosotras que cada vez que salimos de casa y nos duelen los dedos del frío decimos que queremos irnos a vivir a una isla del Caribe. Pero mira esa amiga tuya cubana, viviendo feliz aquí mismo donde casi nunca brilla el sol.

Enriquece mi vida intercambiar secretos con mis hermanos, cada lágrima de alegría de mi padre, cada triunfo de mi madre, las estrellas que me dejó en herencia mi bisabuela. Enriquecen mi vida esas mujeres, esas amigas que saben lo que es apoyarse las unas a las otras sin esperar a que nos caigamos y nos convirtamos en víctimas para poder, entonces sí, darnos la mano desde arriba. Y tu vida, ¿cuáles son los momentos que la enriquecen?

 

Colaboración de Cecilia Cordero

 

Fuente: http://www.eluniverso.com/

SIEMPRE HAY UNA MANERA

 

 

Agustín García Andrade

 

La mayor parte de nuestras decisiones y acciones son motivadas por procesos emocionales y no tanto intelectuales. El 95 por ciento de todo lo que hacemos es resultado de los hábitos, conscientes e inconscientes. Es decir que son las emociones las que nos impulsan a decidir, hacer o decir algo.

Las creencias influyen en gran medida en nuestro comportamiento, en que hagamos o dejemos de hacer algo. Así como los hábitos se aprenden, también se pueden desaprender.

Cuando desaprendemos un hábito basado en una emoción negativa, lo reemplazamos con un nuevo hábito basado en una emoción positiva. Por ejemplo, podemos cambiar el temor por la gratitud. Cuando estamos incorporando un nuevo hábito mental, suelen surgir algunas resistencias, pues hemos acostumbrado a nuestra mente y cuerpo a pensar y actuar de cierta forma, quizás durante años, y en el cambio estamos instalando nueva información.

Por eso, la práctica consistente lleva a la maestría. “La repetición fabrica los hábitos”. Los nuevos hábitos empoderan el cambio si nos enfocamos en sostenerlos, si hacemos lo que sabemos que realmente queremos y debemos hacer. Y cuando actuamos, el miedo desaparece.

Es cierto que hay decisiones y acciones con las que un principio experimentamos cierta sensación de incertidumbre, por el hecho de tomar ciertos riesgos. En este sentido, si esperamos no cometer errores, ya estamos en el primer error. Porque si estamos atentos, esos errores pueden convertirse en valiosas lecciones de aprendizaje que nos llevan a dar un salto no solo en nuestro negocio, sino quizá también en nuestro desarrollo personal.

Entonces, no miremos a las equivocaciones como algo a evitar, sino más bien como oportunidades, en las que cuanto más aprendamos y más rápido lo hagamos, más simple será entonces encontrar la manera acertada de hacerlo. Muchas veces, las mejores cosas, suceden cuando persistimos y trascendemos los primeros obstáculos.

Por eso cada situación que se presenta como un desafío es en realidad una oportunidad de activar un talento, una habilidad que tenemos. La clave es que comprendamos que según la forma en que veamos una situación, es decir el enfoque que le damos, podemos percibirla como un problema o como una lección de riqueza. Siempre hay una manera.

“Tu habilidad de resolver con éxito los desafíos en la vida es directamente proporcional a tu nivel de coherencia emocional”.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

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