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    UNA EDAD DECENTE PARA MORIR

        Gino Winter   Compraré un billete de la lotería y saldré a correr en plena tormenta; dicen que es más fácil que te caiga un rayo a que te saques el premio mayor; pues a ver cuál llega primero: cualquiera de los dos acabará con todos mis problemas. El gringo William era mi bartender favorito. Sus modales burgueses y su impecable inglés bostoniano lo hacían el compañero ideal de conversación, para mejorar mi acervo y mi pronunciación británico-barrioaltina en «Kendallsuyo» —mezcla de Kendall con Tawantinsuyo— barrio de inmigrantes latinos, en su mayoría peruanos, cubanos y colombianos, en donde prima el idioma español, en sus tonalidades sudacas y caribeñas.…

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    BESOS EN LA FRENTE

        Hernán Casciari   Los europeos están matando a sus esposas todos los días. Los noticieros hablan del tema sin parar, porque parece que se trata de una epidemia de maridos calentones. Cada vez que un periodista dice por la tele «mataron a otra señora en Santander», yo siempre acoto: «algo habrá hecho la perra», más que nada para que a Cristina le dé rabia. Porque por lo visto con ese tema no se jode. Siempre me dio risa que se le pongan etiquetas a las víctimas y a sus asesinos. «Hincha de Boca mata a un simpatizante de Chacarita», titula un diario argentino. «Muere otra mujer, víctima de su ex-marido»,…

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    VISIÓN DE REOJO

        Luisa Valenzuela   La verdá, la verdá, me plantó la mano en el culo y yo estaba ya a punto de pegarle cuatro gritos cuando el colectivo pasó frente a una iglesia y lo vi persignarse. Buen muchacho después de todo, me dije. Quizá no lo esté haciendo a propósito o quizá su mano derecha ignore lo que su izquierda hace. Traté de correrme al interior del coche -porque una cosa es justificar y otra muy distinta es dejarse manosear- pero cada vez subían más pasajeros y no había forma. Mis esguinces sólo sirvieron para que él meta mejor la mano y hasta me acaricie. Yo me movía…

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    VENDETTA

        Dámaso Murúa   El hombrón con su permanente rostro enfurecido, afilaba la navaja en el asentador. Dos o tres tragos de saliva había pasado ya por su garganta el indefenso hombre que permanecía de frente al techo blanco del salón. Buscaba los ojos del hombrón para esbozar una sonrisa, para ganarse su simpatía, sin lograrlo nunca. Solo el ir y venir de la blanca navaja, en infatigable ascenso y descenso, con sordo ruido, interrumpía la casi detenida respiración de los dos. En el espacio, con la luz del crepúsculo, brillaron lastimosamente las perlas deslumbrantes del filo de la navaja. El hombrón se arrancó bruscamente algunos pelos gruesos de…

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    CANARIOS

        Yasunari Kawabata   Señora:   Me veo obligado a romper mi promesa y una vez más le escribo una carta. Ya no puedo tener conmigo por más tiempo los canarios que recibí de usted el año pasado. Era mi mujer la que siempre los cuidaba. Yo me limitaba a mirarlos, a pensar en usted cuando los observaba.   Fue usted quien dijo, ¿no fue así?: “Usted tiene una mujer y yo un marido. Dejemos de vernos. Si por lo menos usted no tuviera mujer. Le entrego estos canarios para que me recuerde. Obsérvelos. Ellos son ahora una pareja, pero el vendedor simplemente tomó un macho y una hembra…