LITERATURA

BESOS EN LA FRENTE

 

 

Hernán Casciari

 

Los europeos están matando a sus esposas todos los días. Los noticieros hablan del tema sin parar, porque parece que se trata de una epidemia de maridos calentones. Cada vez que un periodista dice por la tele «mataron a otra señora en Santander», yo siempre acoto: «algo habrá hecho la perra», más que nada para que a Cristina le dé rabia. Porque por lo visto con ese tema no se jode.

Siempre me dio risa que se le pongan etiquetas a las víctimas y a sus asesinos. «Hincha de Boca mata a un simpatizante de Chacarita», titula un diario argentino. «Muere otra mujer, víctima de su ex-marido», titula un periódico español. Si seguimos por esa línea, en breve veremos los siguientes titulares: «Crece la ola de asesinatos de castaño claros», o «Cada vez son más los petisos que violan tetonas».

La gente es gente. Los que se mueren son pobre gente, y los que matan son gente enferma. Las aficiones de los protagonistas de un suceso policial son relleno que escribe gente que trabaja en diarios para que lea gente que se rasca el higo.

El tema de la violencia doméstica me está empezando a romper las pelotas. No hay un solo día que no se genere un debate, que no se haga un programa especial en la tele, que no salga una película nueva, que no aparezca un gilastro explicando los motivos de esta tendencia maligna. Nadie parece darse cuenta de que los temas, todos los temas del mundo, son una moda. Y que la opinión pública es lo que la gente piensa que la gente piensa.

La opinión pública cree que aquí, en España, han muerto este año muchísimas más amas de casa que hace una década. Cuando lo único que ocurre es que hace una década el tema de moda era otro (los accidentes de tránsito, por ejemplo), y las mujeres muertas las mismas. El año que viene seguirán muriendo señoras de un palazo en la cabeza, pero se hablará de las adolescentes que vomitan la comida. Las vestiduras se rasgarán para ese lado.

Que yo recuerde, Roberto Casciari siempre soñó con matar a Chichita; será por eso que no me alarma el tema. Desde que tengo memoria, mi padre ha admirado en secreto a gente como Alberto Locatti, Carlos Monzón y otros héroes que tiraron a sus mujeres desde un piso alto. Roberto se queja siempre de su mala suerte inmobiliaria:

—A mí lo que me cagó la vida es vivir en planta baja —dice taciturno, cuando mi mamá lo obliga a levantar los pies para barrer el piso.

Yo soy un cobarde; un día hablaré en profundidad sobre ese tema. Y como todos los cobardes, me encanta que haya otros maridos capaces de pegarle un palo en la cabeza a la mujer. Lo que me preocupa es que ya no se pueda decir esto públicamente sin quedar como un retrógado.

Para contrarrestar esa imposibilidad de definirme a favor de los maridos tristes que un día deciden cambiar su vida, canto mucho la milonga Amablemente, y me gusta pensar que en las radios ibéricas estaría prohibido, en esta época, pasar esa canción, porque con esas cosas no se jode. Es un soneto precioso, que empieza con fuerza:

La encontró en el bulín y en otros brazos.
Sin embargo, canchero y sin cabrearse,
le dijo al gavilán: «Puede rajarse;
el hombre no es culpable en estos casos».

Esa primera estrofa está bárbara porque te mete en situación desde la primera línea (usando solamente nueve palabras): el marido llega a su casa y la ve a la ingrata revolcándose con otro. Pero en vez de matar u ofender al intruso, lo deja ir porque no tiene la culpa. ¡Esos son hombres!

Y al encontrarse solo con la mina,
pidió las zapatillas y, ya listo,
le dijo, cual si nada hubiera visto:
«Cebáme un par de mates, Catalina».

La segunda estrofa la pudo haber escrito Alfred Hichcock, de haber tenido nociones de lunfardo. Porque es puro suspense, y del bueno. No sabemos qué pasa, ni porqué el hombre, mancillado su orgullo, no reacciona. Se genera un ambiente tenso. «¿Para qué quiere tomar mate, ahora, este señor?«, nos preguntamos, con desconcierto y un poco de morbo también.

La mina, jaboneada, le hizo caso
y el varón, saboreándose un buen faso,
le siguió chamuyando de pavadas…

Como nosotros, ella también barrunta que la cosa va por mal camino. La adúltera está jaboneada, que en argot criollo significa cagada en las patas, pero obedece. ¿Qué más puede hacer la puta, si acaba de refregarse con un desconocido en la propia casa del buen esposo? Mientras, él, como si nada, le habla del tiempo, de cómo le fue en el trabajo, del partido de Racing de anoche… Este penúltimo terceto debería durar unos veinte minutos, si tuviera música de Lalo Shiffrin. Pero en cambio llegan, arremolinados, los tres versos finales:

Y luego, besuqueándole la frente,
con gran tranquilidad, amablemente,
le fajó treinta y cuatro puñaladas.

Ni un trompazo en la boca, ni una palabra subida de tono para que los vecinos después argumenten en la televisión, ni un reproche certero sobre la liviandad de cascos de la yegua… Nada.

Nuestro galán la besa, con dulzura pero sin espamento: como si ella estuviera yéndose de viaje en el tren de las 9.30 a la casa de su madre que se rompió la cadera. La besa, con amable lentitud, en la frente. Y después la descuartiza y mete los pedacitos en una bolsa del Carrefour.

Eso es lo que me gusta de la violencia doméstica argentina: la educación que tenemos, el autocontrol… Estos detalles de sensibilidad son los que hacen falta acá en España. Un poco de respeto para con la esposa que será asesinada. Hay que hablar menos del tema en la televisión, señores, y empezar a matar con arte. Y con besos en la frente.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

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