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FINLANDIA
Hernán Casciari El 14 de noviembre de 1995 maté sin querer a la hija mayor de mi hermana, haciendo marchatrás con el auto. Entre el impacto seco, los gritos de pánico de mi familia y el descubrimiento de que en realidad había chocado contra un tronco, ocurrieron los diez segundos más intensos de mi vida. Diez segundos durante los que me aferré al tiempo y supe que todo futuro posible sería un infierno interminable. Yo vivía en Buenos Aires y había viajado a Mercedes para festejar el cumpleaños número ochenta de mi abuela paterna (por eso recuerdo la fecha exacta: porque en unos días mi abuela cumplirá…
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BUENOS AIRES
Hernán Casciari Cuando terminaba de trabajar me volvía a casa en el subte D, de punta a punta. Como salía a las seis de la tarde, el vagón iba relleno de gente (no digo re-lleno como lo diría un adolescente, si no ‘relleno’: del verbo empanada). Íbamos todos apretados, colgados, tratando de quitarnos de la cabeza la última hora laboral y pensando qué haríamos de nuestras vidas si las cosas no cambiaban para mejor. Algunos nos poníamos los auriculares y oíamos música para hacernos la ilusión de que la existencia tenía banda de sonido; otros abríamos el librito de bolsillo en la página que habíamos marcado durante el viaje…
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EL LIBRO PERDIDO DE JORGE LUIS BORGES
Mempo Giardinelli Nunca conté esto antes, y ahora mismo no sabría explicar por qué. Creo que fue a fines de 1980, durante un vuelo entre la Ciudad de México y Nueva York. En el mismo avión viajaba Jorge Luis Borges, aunque él lo hacía en primera clase, por supuesto. En algún momento me atreví y le pedí a la comisario de a bordo que me permitiera sentar al lado de él durante unos minutos. Accedió con esa proverbial simpatía de las mexicanas, y hasta me convidó una copa de vino. Borges tenía los ojos cerrados y sobre su falda descansaba una carpeta de cuerina color obispo.…
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#MEHAGOCARGO
Hernán Casciari Durante la infancia mi mamá mandaba a mi hermana a hacer los mandados al almacén, nunca me mandaba a mí. Yo empecé a ir al almacén a los trece años por propia voluntad. Una vez mi papá se tuvo que cocinar él mismo porque mi mamá no estaba. Mi abuela se enteró y le hizo un escándalo a su nuera: «¿Cómo es posible, nena? ¡Él es el hombre de la casa!». Entre los nueve y los catorce años escondí de mi papá las poesías que escribía para que no me creyera femenino. Entre los seis y los quince años jugué a deportes de fuerza para…
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EL POINT DE LAS PUTILINGAS
Gino Winter «¡AGUA… AGUA… AGUAAA!…» El grito hídrico, repetido por varias voces femeninas, me sonaba como un eco raro, como el coro de una comedia musical, de esas sandungueras del trópico. Yo estaba saliendo por la mampara lateral de mi «efficiency» a una pequeña terraza improvisada —que daba a los jardines que nos separaban de la calle— a fumar un More, mirando las estrellas de una medianoche tranquila, silenciosa, impregnada por el olor a limpio de los jacintos… cuando empezó el dengue. Había conseguido un empleo temporal en un almacén cercano a la Pequeña Habana y tuve que mudarme cerca a Le Jeune y la famosa Calle…