8
August
2007
Luzrosario Aráujo G.
“A-Preciado Juan”
Los viernes, cuando baja el calor y la luz del sol, comienzo a inquietarme, el tic que me domina cuando estoy nervioso, que me obliga a dar saltitos con todo el cuerpo una y otra vez en el mismo lugar, temo delate mi impaciencia. Espero que los minutos corran y, por fin libre de la agobiante semana de trabajo, huir hasta llegar a lo más profundo de mi obsesión, el bar. Ahí me reúno con mis compañeros.
Bar nada espectacular. Por su cercanía al trabajo es una tradición frecuentarlo. Sus cinco mesas redondas, de madera dura y de olores familiares, abarcan casi todo el ambiente, sus sillas desgastadas por el mal uso están, muchas de ellas, sueltas, destartaladas. Como de costumbre, desde mi mesa observo todo el local. Sus paredes tan viejas como la pintura que las cubre, y que hace meses comenzó a descascararse, son testigos de muchas de mis alegrías, mis tristezas, y lo más importante, de mi secreto. Las siento solidarias conmigo. Me llama la atención los ojos de la mujer de un afiche, de lejos como enamorándome me observan, me hacen olvidar por segundos a la Monroe. Son esos posters amarillentos, con las puntas rotas y arregladas con cinta adhesiva, son los que ocupan mis pensamientos un momento.Desde mi silla diviso en un rincón la vieja rockola, grande, me incita con sus labios sedientos de monedas. Y cuando las inserto, éstas corren a través de su garganta y como diosa de sirenas comienza a encantarme, y no soy como ése a quien sujetaron a su mástil, ni me vendan los ojos. Yo caigo en las redes de la música. Mis amigos llenan con sus risas el salón, entre cerveza y cerveza intercambiamos chistes, conversamos. Abrazados todos juntamos nuestras voces a la de Julio Jaramillo y lloramos contentos. La voz y la letra de sus canciones nos sacuden, hacen aflorar la sensibilidad que teníamos escondida, amordazada, y que cuando se ha ingerido licor aprovecha y sale para apoderarse de nosotros.Descubrimos nuestra amistad, nos susurramos sentimientos compartidos y nos hacemos juramentos, convencidos de que la diferencia que nos dominaba los demás días de semana en el trabajo, no existe. Como no existe aquella apática indeferencia, cuando sin siquiera proponernos nos enteramos de algún infortunio en casa del compañero.
Me quedo con ellos hasta la madrugada del sábado. Esto lo respetan mi mujer y mis hijos, pero con el fin de hacer mi regreso a casa un suceso, y que la borrachera sea olvidada pronto, compro de paso a esa hora en el ya despierto mercado pan recién horneado, carnes, frutas y legumbres, y con las fundas a cuestas silbando regreso a casa.
Antes de llegar al bar y empezar a beber me digo y repito mil veces que debo evitar el parque que está a unas cuadras de mi casa. En la madrugada, ahí escondido, me espera el loco de la luna. Muchas veces, cuando creo haberlo evitado, me paraliza con sus chiflidos obligándome a esperarlo. Indiferente a sus gritos, algunas veces, he seguido caminando pero él corre hacia mí y hala de las fundas, tratando de hacerme caer.
En cada ocasión insiste que lo acompañe y que nos sentemos a charlar. Si me niego el muy necio se coloca a mi lado, camina junto a mí, me critica el estado en que me encuentro y burlándose de mi caminar, imita grotescamente mis pasos. Así llegamos a su lugar preferido, el árbol. Este abarca casi todo el parque y sus ramas alegradas por la brisa del amanecer, refrescan el lugar. Y luego el loco comienza con su habitual tema, con la cantaleta de la luna. Que ella no es más que un conducto, que sólo es una ventana del cielo. En cada ocasión insiste en lo mismo. Levantando la voz llama por su nombre a todos los dioses del Olimpo. Seguro está de ser escuchado por ese conducto. Yo siempre le hago callar porque me avergüenzan las burlas de los vecinos. El loco es invisible y al único que permite verlo es a mí. Los vecinos, viéndome borracho, aparentemente solo, me gritan de todo, estúpido, loco, imbécil, que me largue a mi casa y los deje dormir.
Pero el loco, ignorando a los vecinos, sigue junto a mí. Halándome del brazo me lleva hasta el fondo del parque, hasta el escondite donde guarda la escalera y una varilla. Con dificultad cargamos la escalera y la apoyamos sobre el árbol. Hace que me desembarace de las fundas y los zapatos, y con la vara en la mano me obliga a escalar.
El loco siempre a la cabeza va decidido y me ayuda a subir. Al llegar a la primera rama se hace más fácil continuar y de rama en rama vamos dominando al árbol. Con la vara tratamos de tocar y llegar hasta el brillante conducto. Dirijo mis ojos hacia arriba y con los brazos en alto intento, una y otra vez, vanamente llegar al orificio que parecía estar frente a mi propia nariz. Tan sólo unos centímetros, me dice el loco, y lo lograremos.
Concentrados estamos en nuestra labor cuando una voz de mujer nos distrae. Es la mía quien viene a rescatarme de las garras del loco, le acompaña como siempre mi hija. Ella, por su juventud, trepa al árbol con una habilidad increíble, me sujeta fuertemente y me obliga a descender. Las caras de indiferencia que ponen las dos mujeres expresan que conocen de memoria la historia. Ellas se encargan de dejar la escalera y la vara en su escondite habitual. Me ayudan a atravesar el resto del parque, y las fundas en poder de las mujeres pierden su peso y bailando a mi ritmo llegamos todos a casa. Mis otros hijos, ya despiertos, olvidándose de lo borracho que estoy, sacan los comestibles. Felices llenan la casa con sus risas, pero mi mujer, con los ojos fijos siempre en las compras me grita, esta vez, ¡Falta la sal! Es lo último que recuerdo. Caigo en un sueño profundo y sonrío. Se diría que la risa no contenida se me escapa de dormido. Siento que por fin ese momento está llegando. Todo un ritual completo, cumplido minuciosamente para arribar a la culminación. Mi recompensa especial. Llego al mundo de la Monroe. Ella, con sus sexys, carnosos labios, deja escapar su voz y canta sólo para mí. Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday Mister President, happy birthday to you.
Texto transcrito con autorización de la autora.
Fuente: http://www.solocrecer.com
Posted: LITERATURA
1
August
2007
María Leonor Baquerizo
“Las grandes cosas se pierden en la niebla”
Temblaban mientras se besaban. Aprovechando el momento para disfrazar el temblor de sus cuerpos, se apretaban con fuerza; pero curiosamente el uno estaba muy distante del otro. El era gordo, muy gordo; ella demasiado flaca, la altura no tenía importancia.El se inquietaba por su gordura, metía su estómago tanto que casi se ahogaba. Ella trataba de acomodar su cuerpo balanceándolo exageradamente hacia donde él ponía la mano.
El sabía que algunos gordos tienen olores raros, pero él no era de esos; nunca se los había sentido, peo no podía evitar aspirar con temor de rato en rato.
Ella había escuchado que las flacas no eran las preferidas. Procuraría olvidarlo. Besos, medias sonrisas, juego de manos…
Temblaban, no podían dominar el peso de las preguntas. El tenía que hacer un gran esfuerzo por mantenerse firme, a ella se le hacía fácil disimular. El buscaba mirarse en el espejo de la cómoda, empujándola con delicadeza hacia el otro lado. Ella sin saber la intención de él, no quería que la viera en el espejo. Entre suave y fuerte a la vez trataba de detenerlo, pero no lo consiguió. En ese juego de los cuerpos, las caricias escondían todos sus temores.
El logró verse, pero no completo. Ella notó el cambio en su rostro, pensó que alguno de sus huesos le había molestado. El ya no podía mantenerse como debía, eso sería lo peor; entonces el dicho de que los gordos no pueden se hacía realidad. Trataba de mirarse al disimulo, mientras la tocaba a ella con desesperación.
Ella no estaba segura si la tocaba buscando algo o qué. Sólo sabía que a ratos sus huesos parecían perderse en el cuerpo de él.
Empezó a sudar, ahora sí, percibiría algún olor y entonces lo dejaría. Luego saldría a contárselo a todos, y no solamente sería un gordo que no pudo, sino también apestoso.
Se arrimó a él y lo sintió, había perdido su firmeza. Qué era lo que ella había hecho mal. Seguramente su flacura. Nadie soportaba una flaca.
El temblor de sus cuerpos nunca los delató. Poco a poco las manos se fueron quedando quietas. Permanecieron parados uno frente al otro y en silencio se suplicaron con los ojos. El los bajó primero, ella se dirigió al baño. Pronto estuvieron vestidos.
En silencio, las palabras resultaron muy claras, pero ellos se habían empeñado en hablar otro idioma. Sin volverse a mirar, ni tocarse, se despidieron. Caminaban pensando lo mismo.
Texto transcrito con autorización de la autora.
Fuente: http://www.solocrecer.com
Posted: LITERATURA
14
July
2007
Gilda Holst
“Bumerán”
Mi abuelo murió de coincidencias, o de consecuencias, todavía no lo determino bien. En todo caso fue de golpe, casi como un golpe de destino. Infarto cardiaco-cerebral.
Como único pariente, me tocó hacerme cargo del muerto y luego ir a retirar sus cosas del cuchitril –casi del tamaño de un closet- donde vivía. Un cuarto diminuto de portería. Encontré la documentación que necesito en caso de si algún día quisiera que se me abran las fronteras españolas, encontré fechas que aclaran algunas cosas, recortes de periódicos, algunos libros y escritos anotados en un cuaderno. También una mesa y dos sillas que me servirán para mi apartamento.
La primera coincidencia que puedo dar cuenta es que mi abuelo llegó a México en el mismo año que Luis Buñuel, o sea, 1946. Jamás habló de su pasado, qué hacía, qué hizo, por qué vino, si hubo causas que motivaron su exilio o si simplemente escogió emigrar, ni siquiera sé si todavía tengo parientes por allá. Nació en Andalucía, en 1925, llegó a los 21 años y terminó de jovencearse y seguramente de enloquecerse aquí. Fue un solitario en toda su vida en México. La segunda silla es en verdad, una incongruencia.
Mi abuela quince años mayor que él, fue un accidente en su vida. Nunca cohabitaron, la visitaba cada semana hasta que mi madre cumplió siete años, comía algo con ellas, les daba dinero y eso era todo. Después iba sólo de vez en cuando aunque siguió mandando dinero. La suspensión de sus visitas semanales coincidió con el único viaje que realizó desde México. Viajó a Guatemala a ver, según él, un quetzal en libertad. Pero parece que no vio ninguno, sólo los que aparecen en las monedas o los enjaulados, escribió. Mi madre se llama Inés porque así se llamaba la hija de Nicolás Sacco que, según lo que mi abuela entendió, había sido un buen amigo italiano de mi abuelo.
La segunda coincidencia que lo marcó fue que entró a trabajar de portero en el número 39 de la calle Xlopetec donde acababa de ocurrir una tragedia. Según los recortes de periódico había sucedido así: un tipo había llegado al número 39 y preguntado por el Sr. Sánchez, el portero le respondió que no conocía a ningún Sr. Sánchez pero que fuera a preguntar en el número 41 que seguramente vivía allí. El hombre fue al 41 y preguntó por el Sr. Sánchez. El portero del 41 le respondió que –sin duda alguna-, Sánchez vivía en el 39 y que el portero del susodicho inmueble se había equivocado. El indagador regresa al 39, toca la puerta al portero, vuelve a inquirir por el Sr. Sánchez y explica lo que pasa. El portero le ruega que espere un momento, va hacia un rincón, regresa a la puerta con un revólver, le dispara y mata al hombre. El portero del 39 fue llevado preso, por supuesto. De allí la vacante de portería, que mi abuelo ocupó. La tercera e increíble coincidencia fue que el apellido del abatido es el mismo que el de mi abuelo.Al principio, según las notas del cuaderno, mi abuelo Francisco trató de averiguar lo que desde la noticia periodística le pareció evidente, aunque el titular de la misma <<Lo matan por preguntón>>, distorsionara el contenido a una cuestión de simple azar y exceso. Para él fue obvio que, entre el portero del 39, el del 41 y Sánchez, había una pendencia. El preguntón seguramente tampoco era ningún inocente buscando a Sánchez. Pero, ¿qué clase de lío?Allí cherchez la femme no se aplicaba, eso lo entendió mi abuelo desde el comienzo, y toda su averiguación posterior lo confirmó pero no sirvió de mucho, a no ser que el tener conocimiento del algo y, en este caso, del conflicto ocurrido hace muchísimos años atrás, dé alguna satisfacción; pero en sí, conocer, no cambia nada. Antes más bien lo perjudicó y le causó la muerte, porque la siguiente vez –cincuenta años después-, que se preguntó por el Sr. Sánchez, indudablemente preguntando por él, el razonamiento de mi abuelo se fue por el lado de la certeza de que nadie se acuerda del apellido de un portero y entonces pensó que la historia se repetía, y él prefirió morir, allí mismo, de un síncope bien absurdo.
Qué puedo decir, mi madre me había dicho que vivía en el callejón Xlopetec, se acordaba sólo de que era en la vereda de los impares, no del número de la puerta. Fui al 41, me mandaron al 39 y pregunté por mi abuelo.
Texto transcrito con autorización de la autora.
Fuente: http://www.solocrecer.com
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