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Fernando Iwasaki

 

Perdí el último autobús y tuve que caminar hasta la Plaza de las Ánimas para tomar el ómnibus de medianoche.  No había nadie en el paradero y el frío condensaba fantasmas que brotaban siniestros mientras respiraba.  A través de la niebla surgió de pronto el autobús.

 

Cuando pagué al conductor me sobrecogió su mirada de peluche triste, como de oso venido a menos o de rata que quiere ir a más. Pensé en que así sería la cara desconsolada del gato de Cheshire y me senté ensimismada en el primer asiento que encontré.  El ruido que hacía una señora frente a mí me arrancó de mis ensoñaciones.

 

Aquella señora aspiraba el aire a través de los incisivos, arrugando la nariz y levantando el labio superior.  Su expresión era desagradable, como de ardilla enferma de obesidad.  A su lado un niño de enormes paletas tragaba voraz un tarro de palomitas. ¿Cómo podía zamparse tanta comida por el hocico? Parecía un hámster con el pescuezo inflado de guisantes.

 

Poco a poco advertí con inquietud el insólito aire de familia de los pómulos hinchados, la cabeza más bien redonda y unos dientes preparados para roer y destrozar.  Uno recordaba a un gorila aconejado, el otro miraba ratonil con sus pequeños ojos de vidrio y una marmota llena de collares se hurgaba entre las uñas hasta ponerse en carne viva sus dedillos como lombrices.  Pensé en la mirada afelpada del conductor, oí la respiración dental que retumbaba en el autobús y decidí bajarme de aquella ratonera en la siguiente parada.

 

El niño de las palomitas quieres ser el primero en morder.  La puerta no se abre.

 

Fuente: http://www.palabralab.com

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