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EL VELATORIO DE CELESTE: LAS VECES QUE FALLAMOS
Gonzalo Peltzer Celeste tenía un yerbal cerca de Posadas (ciudad argentina). Vivía en medio de la selva en una casa dinamarquesa, de planta perfectamente cuadrada, construida por 1920 con paneles modulares desarmables y transportables. La casa recordaba el Mobaco, un juego holandés antepasado del Lego que tenía mi padre antes de la guerra y daba vueltas por mi casa hasta que sus hijos perdimos todas las piezas. Rodeaba la casa de Celeste una galería elevada cinco escalones de la tierra. Los cuartos, los baños y la cocina rodeaban a su vez un salón central al que se llegaba por zaguanes desde los cuatro puntos cardinales. La…
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¡DILES QUE NO ME MATEN!
Juan Rulfo -¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad. -No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti. -Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios. -No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá. -Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues. -No. No tengo ganas de eso, yo soy tu hijo. Y si voy…
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¿ME AGREGÀS COMO AMIGA?
Hernan Casciari La arquitecta Candela Prieto estaba a punto de apagar la computadora de su oficina cuando recibió un mensaje en Facebook que decía así: «Hola, me llamo Candela Prieto y tengo diez años. Te escribo desde el pasado. Primero que nada, me alegra saber que en el futuro voy a ser flaca y linda. Tus fotos del muro me encantan. ¿Me agregás como amiga?». A Candela Prieto no le causó gracia el mensaje. Salió de la oficina enojadísima y preguntó a sus empleados quién estaba haciendo ese chiste espantoso. Todos la miraron sin entender. Volvió a entrar, se sentó en la computadora y espió el perfil…
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LA VIDA NO VALE NADA
Mario Guevara Paredes —Cuantas cosas yo podría contar —dijo el barman. Y era verdad. Había trabajado tantos años en ese oficio que conocía a todos los parroquianos que aterrizaban en noches como ésta: fría y húmeda, donde vienen a matar su soledad, usted me entiende. El barman, regordete y mofletudo, con profundas ojeras, parecía una enorme lechuza pendiente de todo lo que acontecía en el pub. Allí, donde está sentado, ahí mismo, él se sentaba. Todo el tiempo permanecía silencioso, tomando con insistencia cuba libres. Con el cigarrillo en la comisura de sus labios se quedaba absorto mirando no sé qué cosas. En la madrugada, cuando íbamos…
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DE MALA BEBIDA
Ricardo Güiraldes Santos era cochero en una estancia distante dos leguas de la nuestra. Bajo y grueso, sus cincuenta y seis años de vida bondadosa y tranquila no acusaban más de cuarenta. Contaba en su existencia con un episodio que tal vez marcara en ella la única página intensa, y le oí contar más de cien veces aquel momento trágico, que narraba a la menor insinuación, siempre con el mismo terror latente. Servía entonces a don Venancio Gómez, individuo cruel y bruto, que repartía su tiempo entre orgías violentas en Buenos Aires y cortas visitas a su estancia, adonde sólo venía de tiempo en tiempo con objeto…