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LA BALADA DE DOROTHY PARKER

Luciano Lamberti

Está esta chica de la que quiero hablar. 

Su nombre era J.

A J. la conocí en una fiesta. Una fiesta de terraza, una fiesta tranquila con chillout y velas en los rincones.

Yo tenía novia en esa época, estaba en la etapa final de una relación, digamos, y cuando bajé al baño me la encontré esperando su turno. Su comportamiento en ese primer encuentro, cosa de la que nos reiríamos después, dejó bastante que desear. Estaba drogada o borracha o ambas cosas a la vez. Vomitó en el piso, me manchó los zapatos.

Supongo que eso debería haber sido suficiente, pero no.

Volví a encontrármela de casualidad unos meses después en un ascensor; trabajaba en la inmobiliaria que estaba en el último piso del edificio donde vivía yo. Ahora estaba vestida con formalidad, con el pelo tenso y la cara limpia y (podía verlo a la luz del día) con diminutas y encantadoras pecas en las mejillas. En el camino hacia mi departamento nos reímos un poco y le pedí su número. No soy de animarme a esas cosas, no sé porqué lo hice. A lo mejor fueron las pecas.

Seis meses después estábamos viviendo juntos.

Echados en la alfombra de mi departamento, mirando el gran ventanal que daba al cielo limpio, tomábamos LSD y escuchábamos Prince, hablábamos de relaciones pasadas, de películas, de música, de drogas, de plantas, de viajes, de sueños y pesadillas, de experiencias paranormales, de bebidas alcohólicas, de poetas rusos, de la revolución rusa, de las increíbles variedades de insectos que quedaba por descubrir, de cuánto mide un año luz, de qué haríamos si ganáramos el Quini, de gustos de helado y de gente extraña que nos cruzábamos todos los días.

Éramos gente extraña para otros, pero para nosotros no.

Poco a poco se creó ese lazo mágico que se llama intimidad. El hecho de que uno mire a otro mientras duerme y toda la cosa.

J. consideró alguna vez la posibilidad de tener un hijo. A mí me parecía imposible. Y sin embargo nos llevábamos bien y creo que en un par de momentos podría decirse que fui “feliz”, signifique lo que signifique esa palabra.

Duró poco tiempo. Con ella también comenzaron los problemas, las discusiones, la frustración; lo usual, lo que me ha venido pasando una y otra vez desde que empecé con todo esto, y J. se fue de mi casa llevándose lo que había traído. Esa es más o menos la historia.

Un día estás desnudo cocinando verduras salteadas en un wok y al tiempo esa otra persona te parece un desconocido. Pensás: yo hice el amor con ella. Estuve dentro suyo. Me dormí y me desperté a su lado. Miramos películas desnudos en la cama. Y una tarde nos encontramos de casualidad en una muestra o algo así y sentí que era una desconocida. Que no había nada entre nosotros. Que el lazo mágico de la intimidad, que había creído indestructible, ya no existía. ¿No es extraño? Siempre pienso en eso y cada día me parece más extraño.

Las relaciones son así: pasa un cometa cerca de la tierra, levanta los mares y vuelve loca a las personas, y luego el cometa sigue su camino dejando una tenue cola brillante. Y eso sí que es todo.

Fuente: https://laagenda.buenosaires.gob.ar/

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