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Gonzalo Peltzer

 

La cuarta vez que me llamaron a las 2 de la madrugada para avisarme que algo no andaba bien en mi línea de teléfono, contesté que si llamaban otra vez a esa hora iba a cortar el servicio de seguridad al que estaba abonado. Luego, ya de día y despierto, hablé con alguien de la compañía a quien le expresé lo mismo, pero además le remarqué que una llamada a esas horas siempre sobresalta al que atiende y que yo pagaba una empresa de seguridad para que cuiden mi sueño y no para que me pongan al borde del infarto día por medio.

¿Qué haría usted si esa noche lo llaman de nuevo a las 2 de la mañana? Bueno: llamaron a las 2 de la mañana… Y corté el servicio. Lo curioso es que se enojaron conmigo porque parece que soy un pesado y que exijo demasiado. Aunque soy su cliente y les pagaba una pila de billetes todos los meses, no me daban la razón porque la línea de teléfono por la que me llamaban tiene un desperfecto en el retorno que impide que se enteren si está sonando la alarma, así que el llamado también era para preguntarme si me estaban robando justo en ese momento…

Cambié de empresa. Fue peor. Un día dejó de funcionar la alarma, así que les mandé un mensaje…

–Estoy de viaje y vuelvo dentro de quince días, me contestó el que tenía que arreglar el problema.

–Disfrute de su viaje, pero le aviso que no pienso pagar un servicio que no me dan, le repliqué.

Se enojó conmigo, me dijo que lo había decepcionado y me trató de inmaduro.

Y corté el servicio porque no pago para que se enojen sino para que me den seguridad.

El enojado es un mediocre que decide hacer a los demás responsables de su mediocridad. Cuando hace macanas, en lugar de corregirse, se enoja para que nadie ponga en evidencia su error y además no se le puede hablar porque está enojado. Es un mecanismo de defensa tan habitual de nuestra cultura colectiva que hasta nos parece una reacción sana, pero es una de las desgracias más grandes que padecemos: echarle la culpa a los demás de nuestros propios fracasos nos instala en el fracaso continuado porque nos impide corregir los errores. Le pasamos la responsabilidad de nuestros desaciertos al que viene a señalarlos. El culpable de las estafas no es el estafador sino el estafado, por codicioso. El culpable del robo no es el ladrón sino el desprevenido. El culpable de la violación no es el violador sino la chica violada, por andar con esa ropa… Y la mayoría de nosotros acepta sin dramas el enojo ajeno como excusa suficiente cuando es todo lo contrario: el enojo es parte esencial del error que hay que corregir.

Pensaba hace años que había que enojarse con el enojado para corregirlo, pero con el tiempo aprendí que así no se gana nada, porque el que se enoja con el enojado cae en su lógica. Es mejor no enojarse con los que se enojan: exigir sin enojarse es mucho más eficaz y no le digo nada lo bueno que es para la salud.

 

Fuente: http://www.larevista.ec

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