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Gino Winter

 

Una madrugada al afeitarme, noté en el espejo que un triste mechón de cabellos plateados caía sobre mi frente a manera de rulo; al pasarle el peine quedé con un ligero ventarrón a Don Miguel Aveces Gemía (o Aceves Mejía, creo) así antes de que la cosa empeore y empiece a parecerme a La Tongolele decidí hacerme un simple corte de cabello, aquí… en New Jersey.
Lo primero que hice fue entrevistar a todos los muchachos que trabajaban conmigo y preguntarles dónde se cortaban el pelo, para no caer nunca en esos terribles centros experimentales en donde asesinos de la tijera han dejado a la mayoría de mis compañeros como los muñecos del tren fantasma de la Feria de Surquillo, ese que se malograba y lo empujaba un grupo de gente más aterradora que los propios muñecos.

Al día siguiente caminé las veinte cuadras de Kearny Avenue buscando un sitio decente donde pudieran desenrrularme y así me puse a husmear dentro de varios antros coiffures unisex donde mal habladas matronas y estilistas de sexo no oficial —posibles seropositivos— blandían con impunidad elementos punzo cortantes y accesorios «visagistas» de apariencia sadomasoquista. En una de estas peluquerías se dejaba escuchar la salsa Yo soy el barbero loco, de El Gran Combo de Puerto Rico…

Luego de esta extraña investigación logré ubicar un local de mediano tamaño, en toda una esquina, de apariencia sobria y varonil, con aspecto de peluquería como las de antes, cuyo letrero rezaba: Barber Shop. No había nada más ad hoc por el momento. Ingresé con paso firme y seguro, para recular de inmediato al toparme con media docena de especímenes de esos que llaman «metro-sexuales», algo así como Silvester Stallone pero con las trencitas de Pinina y las cejas de Elizabeth Taylor.
No pueden imaginar mi consternación. Se acercó a atenderme un boricua llamado Chaaz, joven estilista sospechosamente flaco y demasiado amable para mi gusto; parecía una calavera coqueta recién maquillada. Me invitó a tomar asiento en su silla profesional a lo cual accedí sin poder evitar un ligero temblor en mis rodillas.

Chaaz vestía como casi todos los muchachos de por aquí, es decir con polos y camisas cuatro o cinco tallas más grandes que su deficitario cuerpo (a la mayoría los polos les cubren las rodillas). Me señaló a varios de sus clientes que estaban en plena tertulia y fue allí cuando lo miré fijamente a los ojos y le dije con la mayor diplomacia que me fue posible que si me dejaba como cualquiera de aquellos fallidos experimentos androgénicos le iba a regalar media hora de patadas ahí por donde él se divierte. Luego de cerciorarme que había captado bien el mensaje le dije me cortara el pelo como Mel Gibson. Chez me contestó, haciendo uso de su neurona más saludable, que Mel Gibson no era peluquero sino artista de cine… así que ya que empezamos a comunicarnos en ese nivel de ondas cerebrales Gamma, que entienden cuando les da la gama, no tuve más opción que dejar mi delicada cabellera en sus tatuadas manos, confiado en su inspiración profesional.

Cuando me percaté de que dicha inspiración andaba por caminos entre el rococó barroco y las máscaras del teatro Yuyachkani y antes de quedar como un Pedro Picapiedra gay, preferí asegurar la cosa y le pedí que me haga un corte militar, pero sin surcos en forma de zetas ni canales africanos ni peladas a lo Mister T,  como es por aquí la usanza de la mayoría de sus clientes color teléfono antiguo de bakelita. Parece que le molestó la cosa, no sólo por el fuerte aleteo de sus pestañas azules sino porque me dejó como Steve Mc Queen, pero en la película Papillón, justo cuando salía del pantano de la prisión de Cayena, mojado y perseguido por un cocodrilo.
Al reclamarle, me dijo muy seguro de sí mismo que el corte estaba «regggio», que lo que estaba chueco era mi rostro… Pensé que quizás tenía razón, después de tantas muecas que tengo que hacer a diario para que estos atorrantes del spanglish entiendan mi elegante inglés británico…

Salí a la calle sin mirar atrás y poniendo cara de malevo, para que nadie se me prenda, pero me percaté que aquí todo el mundo anda como le da la gana y que casi a nadie le importa nada ni nadie, además la mayoría está más jodido que yo, lo cual me obliga a darle la razón a Collomp cuando dice que Spielberg y Lucas no tienen mucha imaginación, solo se suben al metro de New York y allí encuentran todos sus personajes…
Acá la moda se polariza entre unas pelucas trenzadas a lo Bob Marley (seguramente con los siete tipos de piojos que le encontraron en la autopsia) y unas cabezas rapadas no sé si con run-run o con máquina de pelar naranjas o quizás con algún objeto de tortura nazi.
Contra todos los pronósticos mi corte le pareció adecuado al elemento femenino y nadie se atrevió a vacilarme, pero he tenido que dejar de usar mi camiseta blanca para que no me sigan preguntando si compartí la celda con el Dr. Hannibal Lecter…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

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