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Gonzalo Peltzer

 

No existía todavía el diario El Universo cuando el mundo se vio estremecido por la gripe española. Ocurrió cuando terminaba la Primera Guerra Mundial y millones de sobrevivientes volvían como podían a sus hogares. Se calcula que entre 1918 y 1920 esa gripe –que de española no tenía nada– mató a más de 50 millones de personas en todo el mundo, pero sobre todo en Europa. ¿Y sabe cuál fue el remedio más efectivo? ¡Lavarse las manos! Desde entonces quedó la costumbre de hacerlo seguido y unas cuantas veces al día, antes de las comidas o al salir del baño.

Ahora nos parece lo más normal, pero antes de la gripe española la mayoría de la gente no lo hacía. Algo así tenemos que conseguir en nuestra América con el agua encharcada que permite reproducirse al mosquito que transmite los virus del dengue, el chikungunya, el zika y la fiebre amarilla, hasta que no haya más pestes, porque en todo el continente no habrá ni una tapa de Coca-Cola dada vuelta.

También hubo paludismo en América y en Europa, pero hoy es raro encontrar casos de esa fiebre, parecida al dengue pero transmitida por otro mosquito. A pesar de ser la enfermedad que más gente mata en el mundo, casi todas sus víctimas están en África. Ellos sabrán lo que hacen, mientras nuestro continente cayó casi sin darse cuenta en un nuevo peligro: ese mosquito puede causar estragos catastróficos en Sudamérica.

El calentamiento de la Tierra también viene con pestes que crecen y se multiplican cuando hace más calor. Además hay que agregar la marginalidad de muchas poblaciones que no acceden a condiciones básicas de sanidad y de cultura necesaria para enfrentar las plagas. Porque resulta que el dengue es más consecuencia de la dejadez humana que de esos fatídicos mosquitos que no tienen la culpa, pero lo transmiten.

El mosquito se reproduce en cacharros que tenemos en el patio, en la calle o en terrenos baldíos. Se cría en el agua de los floreros, en los platos de las macetas, en las llantas abandonadas, en los restos de botellas y otros recipientes y hasta en las tapitas de gaseosa tiradas por la calle… y como el mosquito vuela poco y vive menos, casi siempre nos pica el que se cría en nuestro propio entorno.

Como todo en esta vida, se puede lograr erradicar las pestes del Aedes Aegypti si nos ponemos a trabajar en serio para alejarlo de los lugares donde estamos los humanos.

 

Fuente: http://www.larevista.ec/

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