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REFLEXIONES



HOY ES MI DÍA DE SUERTE

 

 

Luis Castellanos

 

Cuando era niño, al igual quizás que muchos de ustedes, tenía un amuleto de la suerte. Era un “llavero de la suerte”. Lo llevaba para arriba y para abajo. Me ayudaba a salir bien en los exámenes y a ganar en los juegos de mesa y competencias en los que tomaba parte.

 

Luego me di cuenta que empecé a perder y salí mal en unos exámenes, y que el “talismán” estaba perdiendo su “potencia”. Y lo cambié. Me dijeron que las “patas de conejo” daban suerte. Pero a mi no me funcionó.

 

Luego me di cuenta que por más amuletos que llevara, y rezos que hiciera, si no había estudiado y no estaba seguro de lo que hacía, irremediablemente iba a salir mal…

 

Y ¿para qué sirven los amuletos? Quizás pueden servir para reforzar la confianza en las personas inseguras. Saben lo que están haciendo, pero no saben que saben. Necesitan un apoyo, un bastón en el cual apoyarse.

 

El problema es cuando nos volvemos adictos a los amuletos.

 

Necesito mi interior de la suerte…

Acá llevo mi anillo de la suerte…

Recé tres padre nuestros…

Te presto mi herradura de la suerte…

Y no nos preparamos para la competencia, para el examen, para la tarea. Y si nos sale mal le echamos la culpa al amuleto que no sirvió o a Dios que no nos ayudó.

 

Siempre me gusta la anécdota del hombre piadoso que todos los días le rezaba a Dios para que le permitiera sacarse la lotería.

 

Al morir, por piadoso va al cielo, y lo recibe el mismo Dios. Y el hombre piadoso le pregunta:

 

– Dios, tanto que yo recé y te pedí para que me ayudaras a sacarme la lotería. ¿Es que nunca escuchaste mis ruegos?

 

Y Dios le respondió:

 

– ¿Y cómo te ibas a sacar la lotería si no compraste ni un solo boleto?

 

Confiemos en nuestra capacidad, preparémonos para los retos que tenemos por delante, capacitémonos para el trabajo, tengamos una actitud positiva y optimista. Esos son nuestros mejores amuletos de la suerte y las mejores herramientas para tener “un día de suerte”.

 

Fuente: http://luiscastellanos.org

LOS COLORES DEL DÍA

 

 

Eli Bravo

 

El sol salió de un rojo intenso la mañana de esta noche cuando escribo. El día comenzó sin novedad: caminata matutina, meditación sobre el cojín, arrancarle las sábanas a la familia y amasar unas arepas. Pero de alguna forma sentía cierta agitación, y cuando las cosas se descarrilaron un poco (una que no quería desayunar, la otra que seguía pegada al libro sin terminar de vestirse y mi esposa pidiendo ayuda desde el computador) de pronto se asomaron nubarrones negros.

 

A media mañana de nuevo el cielo era azul y yo avanzaba rápido entre llamadas y emails. Antes del almuerzo llegó el gris cuando un amigo me habló de su estrés post-traumático tras un secuestro express. La tarde tuvo diversos matices de verde entre más conversas y pequeños logros. Cuando nos sentamos a cenar estaba de un amarillo más radiante que la lámpara del comedor. Mi hija mayor había perdido su quinto diente de leche (cortesía de un “golpecito” de su hermana), la menor me dejó sin aliento con un abrazo y mi esposa me regaló una sonrisa de postre. Finalmente llegó la hora de los cuentos. De buena gana me hubiese quedado tendido en sus camitas.

 

Entonces llegó el momento de sentarme ante el computador y no pude sino pensar en los colores del día. Al filo de la medianoche todo resultaba muy claro: cada suceso se había ido tiñendo con el matiz de mis pensamientos. Es una frase hecha, pero cierta: todo depende del color del cristal con que lo mires.

 

Solemos pensar que la realidad dicta el tono de nuestras experiencia. Así, las cosas nos van sucediendo y nosotros vamos reaccionando con mayor o menor intensidad. Pero si miramos con cuidado es posible notar que el asunto es más complejo. Nuestra percepción es tanto o más determinante a la hora de darle significado a las cosas, porque con maestría desbordante, nuestra conciencia determina el color que tendrán las experiencias que vivimos.

 

Es aquí donde resulta útil desarrollar la capacidad de reconocer los lentes que llevamos ante los ojos y la tonalidad de sus cristales. Estando atentos podemos reconocer que las cosas no “son como son” sino “como las estamos viendo”. ¿Demasiado obvio? Posiblemente, pero recuerda la última vez que las cosas se pusieron color de hormiga. ¿Era lo que sucedía, o cómo te lo tomabas?

 

En las prácticas de meditación contemplativa el primer paso es despertar la conciencia y ver esos lentes que llevamos. Luego viene el largo proceso de observar a través de ellos, y aún así, reconocer las cosas tal y como son. No es asunto de quitártelos, sino reconocer el color del cristal en su momento, y aún mejor, ser capaz de escoger los lentes del amor y la compasión.

 

Esto es posible cultivando un estado mental de amplitud y calma. Imagina que tu mente es un vaso de agua. Si le agregas dos gotas de colorante y lo agitas, en un instante el líquido estará completamente teñido. Pero en un lago, esas mismas dos gotas se diluirán en unos segundos sin dejar traza. Y te imaginarás lo difícil que es agitar un lago.

 

Y por supuesto, una cosa es entender el fenómeno y otra vivirlo. Porque en teoría todo engrana perfectamente, pero la vida es asunto de práctica, un momento tras otro, donde se va revelando la belleza de la existencia y sus verdaderos colores.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com/

ONDAS QUE DEJAMOS AL PASAR

 

 

Eli Bravo

 

Imagina que dejas caer una piedra sobre la superficie del agua. ¿Puedes ver las ondas expandiéndose hasta suavizarse en la lejanía? Esa es pura energía en movimiento. Y cuando parecieran haberse extinguido, en realidad, esas ondas siguen interactuando con los elementos a un nano nivel que tu imaginación no puede concebir (y evidentemente tampoco la piedra).

 

Así como esas ondas son las huellas que dejamos con nuestras palabras y acciones, viajando cargadas con la energía que les imprimimos y tocando a todas las personas que se cruzan en su camino. Una vez que las dejamos ir ya no nos pertenecen, y muchas veces, quienes las reciben no saben de dónde salieron.

 

Esto es lo que el psiquiatra Irvin Yalom llama ondulación (rippling) o “el hecho de que cada uno de nosotros crea –a veces sin intensión consciente o conocimiento- círculos concéntricos de influencia que afectan a otros por años, incluso por generaciones”. Esta imagen no deja de ser caprichosa: las huellas que dejamos son ondas sobre el agua. Y aunque desaparecen, siguen vibrando en otros cuerpos.

 

En su libro “Mirando fijamente el sol”, Irvin Yalom sugiere que ante la fugacidad del presente, o la angustia que produce el sinsentido de los días, no existe mejor antídoto que reconocer estas ondulaciones que nos permiten “ir dejando atrás algo de nuestra experiencia de vida, algún rasgo, una pieza de sabiduría, guía, virtud o confort que pase a otros, conocidos o desconocidos”.

 

Con esta idea en mente es más sencillo, e inspirador, entender el poder real que tenemos en este mundo. La ondulación es una suerte de clave para trascender los límites de lo temporal. ¿No has leído alguna vez que vivimos mientras haya alguien que nos recuerde? Sin caer en las ilusiones de la inmortalidad, en esas ondas que dejamos al pasar hay una manera de trascender sin tener que dejar nuestro nombre en letras de neón o tallado en piedra.

 

Piénsalo bien. Cada uno de nosotros es capaz de detectar esas ondulaciones. Las que enviamos y las que recibimos. En mi caso, pienso en las personas que se me han acercado para decirme “tú eres la razón por la que estudié Comunicación Social”, y también, en tantos maestros que he tenido en mi paseo por los medios. Igualmente, en quienes me comentan que un par de líneas que escribí les llegaron en el momento justo, así como en los libros que atesoro y en las páginas que me han dejado sin aliento.

 

Pero sobre todo pienso en los ojos amorosos de mis padres y en las miradas de horizonte abierto de mis hijas. Allí, como de ninguna otra manera, puedo sentir el paso de la onda más fuerte y sagrada que existe: la energía vital que mueve este universo.

 

Si además pensamos que esas ondulaciones van expandiéndose en el espacio de la ciudad, entonces podemos imaginar sus efectos positivos en un día cualquiera. Sea con unas palabras amables, una sonrisa o unos minutos que entregamos para realmente conectar con la gente que nos rodea, desde el gesto en apariencia más banal hasta nuestro mayor esfuerzo puede tener consecuencias poderosas en otras personas.

 

Y sin que quizás jamás lo sepamos, esa es la belleza del asunto.

 

Lo paradójico es que Irvin Yalom le habla de ondulaciones a sus pacientes cuando sufren de ansiedad ante la muerte: para quien tiene miedo de enfrentar lo inevitable, una dosis de realidad igualmente segura. Porque lo queramos o no, por el simple hecho de vivir vamos dejando huellas.

 

¿Cuáles son las ondas que expandes cada día a tu alrededor? Si te fijas, en ellas están las razones que llenan de sentido a la vida. La tuya y la de tantas personas que puedes tocar, incluso sin proponértelo.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

¿CUÁN GRANDE ES TU CÍRCULO?

 

 

Eli Bravo

 

Imagina que dibujas un círculo a tu alrededor y adentro metes a todas las personas que podrían compartir contigo la bandera de “nosotros”. Deja afuera a los que para ti deberían llevar el estandarte de “ellos”. Míralos bien. Es casi seguro que apreciarás y respetarás a los del lado de acá. Y probablemente a quienes estén fuera les tendrás recelo, desconfianza, o incluso, una dosis de odio.

 

Esta separación entre unos y otros está dibujada en nuestra mente. O debería decir, en nuestra arquitectura cerebral. En la evolución de nuestra especie esta distinción entre ellos y nosotros fue una estrategia de adaptación y supervivencia que rindió buenos frutos. Estamos acá porque nuestros ancestros cazadores y recolectores formaron grupos de colaboración para mantenerse vivos en un ambiente retador y peligroso. Si aparecía otro grupo que amenazaba el territorio o los recursos, había guerra.

 

Somos una especie gregaria que durante años ha creado clanes, reinos, países, religiones e ideologías. Así pasamos de las cavernas al condominio, y del código de Hammurabi a la Declaración Universal de los DDHH. Pero en buena medida nuestro cerebro sigue funcionando como si estuviéramos a la intemperie. Viviendo en manadas.

 

La tendencia a colaborar con nuestra banda y ser agresivos con otras es aún parte de nuestra naturaleza. Sea que hablemos de un equipo de futbol, un partido político, la diversidad sexual o la relación con otras nacionalidades, existe una fuerza natural que nos impulsa a dibujar el círculo de ellos y nosotros. Reconocerlo es aceptar nuestra condición humana.

 

La buena noticia es que seguimos evolucionando. Con asombrosa plasticidad, nuestro cerebro ha sido capaz de establecer circuitos más sofisticados capaces de desarrollar mejor empatía y una comunicación más profunda con otros seres humanos. Así, con mayor conciencia y conocimiento, podemos expandir el círculo de ellos y nosotros hasta quizás, algún día, desaparecerlo. Del individuo, a las naciones, a la especie y hasta alcanzar el planeta, existen muchas más cosas que nos unen que aquellas que nos separan. ¿Un ejemplo? Tu ADN se diferencia apenas 0,1% de los de un chino que en este momento disfruta su taza de Oolong en Beijing.

 

Pero hay quienes insisten en cerrar el círculo, casi siempre para beneficio propio. Es así como exacerban los prejuicios y los impulsos más bajos de las personas para cavar a fondo las trincheras. Abonando el terreno de las emociones, sembrando e induciendo pensamientos de separación, buscan mantener a las personas en constante estado de alerta y agresión. Así el miedo se convierte en moneda de uso común, espantando la verdadera felicidad con las llamas del odio.

 

¿Te estás encerrando a ti mismo, o te has dejado encerrar en ese círculo? Para salir de allí hace falta reconocer nuestras tendencias y condiciones humanas, pero sobre todo, se necesita el esfuerzo consciente de alimentar nuestras mejores intenciones y ver el entramado de vida del que somos parte. Mucho más allá de nuestras narices y nuestras creencias. Activando la energía del amor.

 

Recientemente leí que a una anciana indígena norteamericana le preguntaron cómo lograba vivir con tanta felicidad, sabiduría y respeto. “En mi corazón hay dos lobos” respondió ella “un lobo de amor y un lobo de odio. Todo depende de cual alimento cada día”.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

LAS UVAS DEL TIEMPO

 

 

Eli Bravo

 

Al mirar por la ventana pudo ver las luces de colores titilando en el balcón de enfrente y sonrió. Desde que era un niño le gustaba esta semana que comenzaba con regalos y terminaba con un montón de abrazos. Además, estaba aquel desfile de sabores que era el recuerdo más rico que tenía de su casa. Aquella casa grande donde se reunía toda la familia, donde corría con los primos, donde sus tíos lanzaban cohetes al cielo y sus tías le pellizcaban las mejillas.

 

En aquel entonces pensaba que nadie podía tener más arrugas que su abuela. En las noches de fiesta y sentadita en el sofá, se reía entre sorbitos de vermut mientras decía “¡Matriculé otro año!” y su cara se transformaba en una ciruela pasa.

 

Hace más de 50 años que enterraron a la abuela. Hace unos 20 que la casa se vendió. Hace tiempo que la familia no se abraza bajo el mismo techo. Hace días que se pregunta dónde está la alegría de estos días.

 

Se apartó de la ventana para caminar hasta el sillón. No iba a cederle espacio a la tristeza. Se acomodó y tomó el álbum de fotos para disfrutar de nuevo las vacaciones en la playa con los muchachos. En aquel entonces ninguno de sus tres hijos le llegaba al pecho. En una de las fotos estaban cubiertos de arena como una milanesa. En su memoria tenía la sensación de sus cabellos, el olor de sus brazos salados, el sonido del mar que los abrigaba. Cerró los ojos y los recuerdos le trajeron una sensación de felicidad donde había una dosis de nostalgia.

 

El sonido de la puerta lo trajo de vuelta al sillón. Su esposa entró cargada de víveres y él la ayudó guardando las uvas en la nevera. “¡Me alegra tanto que al menos Alejandro haya podido venir!” dijo ella, y al ver el álbum de fotos sobre el sillón le lanzó una mirada cariñosa. Acto seguido le dio un abrazo, diciéndole al oído “Yo sé que estamos en sus corazones”.

 

Él lo sabía también. Aunque los tres se hubiesen marchado del país para hacer sus vidas, y los dos mayores no hubiesen podido venir esa navidad por asuntos familiares y de presupuesto, saber que todo el amor de aquellos años superaba las distancias era mucho más que un consuelo: era la dicha de saber que una parte cada uno vivía en cada quien. Además, en los ojos de sus nietos había visto una chispa que era suya y ese era un refugio donde atesorar las esperanzas.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

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