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    INCOMPATIBILIDAD

        Luis Felipe Angell – Sofocleto   Pocos saben que, a los veintiún años, me casé con Rose-Marie en Inglaterra. Linda chica. Tenía un cuerpo maravilloso y una cara perfecta. De modales exquisitos, se había educado en el mejor colegio de Londres y tartamudeaba el inglés deliciosamente bien. La conocí en casa de Sir Bertrand Russell, donde nos presentó mi tío Norman, y el mío fue un amor a primera vista. En efecto, el viento le alzó la falda y la primera vista. En efecto, el viento le alzó la falda y la primera vista de su armonioso muslo derecho fue suficiente para movilizarme tal entusiasmo sanguíneo que, esa…

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    NOS HAN DADO LA TIERRA

      Juan Rulfo   Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros. Uno ha creído a veces, en medio de este camino sin ori­llas, que nada habría después; que no se podría encontrar nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si fuera una esperanza. Pero el pueblo…

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    TRES VERSIONES DE JUDAS

        Jorge Luis Borges   There seemed a certainity in degradation. -T. E. Lawrence: Seven Pillars of Wisdom, ciii     En el Asia Menor o en Alejandría, en el segundo siglo de nuestra fe, cuando Basílides publicaba que el cosmos era una temeraria o malvada improvisación de ángeles deficientes, Niels Runeberg hubiera dirigido, con singular pasión intelectual, uno de los coventículos gnósticos. Dante le hubiera destinado, tal vez, un sepulcro de fuego; su nombre aumentaría los catálogos de heresiarcas menores, entre Satornilo y Carpócrates; algún fragmento de sus prédicas, exonerado de injurias, perduraría en el apócrifo Liber adversus omnes haereses o habría perecido cuando el incendio de una…

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    TOCAYOS

        José Donoso   Ese invierno Juan Acevedo no andaba con dinero en el bolsillo, porque no tenía trabajo. Pero no se amargaba, ya que existía la posibilidad de un puesto como mecánico, con lo que pensaba mantenerse los meses que le faltaban para entrar a hacer la guardia. Además, todos lo querían. Era bajo y enjuto y moreno, con el cabello negro engominado muy alto sobre la frente, y se cuidaba de estar siempre lo más aseado posible. Con frecuencia se dejaba caer al negocio del señor Hernández, y éste le convidaba un par de cervezas, mientras jugaban dominó. Juan se iba pronto, porque era serio y no…

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    LAS RUINAS CIRCULARES

        Jorge Luis Borges   Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular…