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BITÁCORA DE VIDA



UN DEPORTE PELIGROSO

Luis Cordero

Tuve, y tengo, la suerte de contar con amigos excepcionales. Carlangas y Julito entre los mejores de ellos.

Nos reuníamos en nuestra alegre y despreocupada juventud en su casa, junto a su padre. No todo giraba en torno al juego de dados o de cartas, en los que apostábamos migajas propias de nuestras incipientes economías. También había conversaciones cultas usualmente sobre literatura, teatro, algo de pintura y anécdotas sobre el ajedrez, deporte ciencia que practicaban ellos.

Siendo ellos mis mayores, ya universitarios, nuestras alegres reuniones acogían a muchos otros amigos. La mayor parte de ellos vivían o habían vivido en nuestro barrio. El juego de corazones en naipes y el juego de cacho con los dados eran los básicos. Y las anécdotas fluían matizando nuestros juegos y apuestas.

Eran momentos divertidos, entretenidos, de aprendizaje. Lo que nunca hacíamos era jugar al ajedrez. Quizás Julito y Carlangas lo dejaban para su entorno universitario, más solemne, menos disipado. Solo las anécdotas en ese mundo lejano nos conectaban con él.

Siempre hay una primera vez. En todo. Y para el ajedrez, me llegó esa primera vez en casa de mis amigos. Yo sabía, y sé, mover las piezas. A duras penas. Aquello de la estrategia era algo que se decía pero que no sólo había de practicarse sino también estudiarse. Mis amigos lo hacían pero no conversábamos mucho de ello. Era yo, por tanto, un simple movedor de piezas dispuesto a aprender aquello de la estrategia por medio de la práctica.

El día aquel se armó de improviso un juego de ajedrez. Estaba con nosotros Everaldo, universitario, ajedrecista y vecino también, que tenía fama de ser explosivo y a ratos díscolo. Esa era la fama que lo precedía y de la que no me interesaba averiguar en vivo su veracidad. Las pocas veces que coincidimos nos tratamos amablemente, más aún siendo yo el benjamín del grupo. Para él, y para muchos, yo era el amigo menor con pinta de contemporáneo de ellos, metido a grande.

Empezaron a jugar. Se armaron parejas para ocupar los dos lados del tablero. Ya no recuerdo qué nomás se dijo o se hizo, tan sólo recuerdo mi partida. Y no necesito nada más. Me tocó en suerte jugar ese turno con Everaldo. Tragué grueso al saberlo porque en una contienda su fama podría ponerse en violenta evidencia. Y aquello de la suerte no sabía si era buena o mala, porque el temor no me permitía pensar mucho más allá de mi sudor frío.

Como movedor de piezas, ignorante de estrategias frente a un contendor que practicaba el deporte de las fichas reales, no había evidentemente sino un solo destino para la partida. Comenzamos a mover las fichas y a poco de empezar Carlangas me hizo una corrección en mi juego. Nada trascendente, creo. Y el juego se prolongó un poco más de lo predecible considerando los palmarés de los jugadores.

En un momento, sudando frío permanentemente, vi una posibilidad de ganar. Como que algo de estrategia estaba aflorando en mí. Y realicé un movimiento inofensivo que en mi mente dispararía una jugada definidora. Ganadora, para mí. Con mucho miedo y timidez moví la ficha, imaginando que el avezado jugador se daría cuenta de mis burdas intenciones y reaccionaría neutralizándola con otra. Sin embargo, Everaldo estaba inmerso en su mundo de estrategias buscando la manera más sencilla de apabullar al novato que ya le había prolongado el combate más allá de las predicciones.

Hizo su jugada sin percibir siquiera mis intenciones. Seguramente mis novatadas previas me mostraban como un ser inofensivo y fácilmente abatible. Y su movimiento permitió dar mi estocada final, rematada con una sentencia definitiva: Mate.

Sólo alcancé a ver que levantaba sus manos para agarrarse la cabeza. Cerré los ojos previendo mi inminente final. Y sin verlo alcancé a oir su exclamación: “Noooo, ¡el clásico botellazo!”. Los siguientes segundos fueron, mentalmente, interminables. Pero como no sucedió lo que creía iba a suceder, me levanté de la mesa dispuesto a dar por terminada mi participación.

No sé qué pasó después. Sigo siendo el amigo ocasional de Everaldo. Me sigue tratando con esa especial condescendencia que se da a quienes son sus menores. Es parte de esa superioridad dada por la edad y lo que ella supone. La última vez que nos vimos, hace quizás tres años durante un evento social, me atreví a contarle esta historia. Luego de cuarenta años la anécdota no quedaba sino en eso: una anécdota.

Pero para mí significó mi debut y despedida de un deporte que por breves segundos se convirtió en un deporte peligroso.

Fuente: http://www.solocrecer.com/

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