LITERATURA

NO SUEÑES CON PALOMAS PORQUE ME ASUSTAS

 

 

Eduardo González Viaña

 

A Lucía le faltaba muy poco para tener una visión completa de la ciudad que estaba observando desde su ventana en el hotel, cuando le pareció advertir que una niña pequeña, vestida toda de blanco, le hacía señas desde una calle lejana. «Es raro» – se dijo – «Ella debe estar muy lejos, acaso en el otro extremo del pueblo y, sin embargo, puedo distinguir el color rojo de sus uñas y la ternura de su voz. Y hasta me parece que percibo su perfume».

 

Era un olor como el de esas tristes flores que suelen ser colocadas en la diestra de los santos. «No me está llamando, pero viene hacia mí» – pensó.

 

Y así fue. La niña que, efectivamente, tenía las uñas pintadas de un rojo ingenuo, comenzó a abarcar todo el panorama de enfrente y, por momentos, sus ojos eran tan grandes como todo un mundo. Su cabello, el más largo que jamás había visto Lucía – se desplazaba jugueteando a partir de la cintura. La pequeña no volaba, pero se iba acercando, lentamente, y después de bajar por calles empedradas, cruzó esquinas lamentables, se detuvo cerca de un parque donde nadie había paseado nunca y avanzó flotando hasta las cercanías. Desde la acera que daba frente al hotel, miró a Lucía.

 

Lucía la miró también y supo de inmediato que en ese momento no podía mirar a nadie sino a la niña. Aquella siguió acaparando su extrañeza y el paisaje apenado de enfrente.

 

-¿Cómo te llamas, pequeña? ¿Quiero saber quién eres? – eso quiso decir la mujer que había llegado con Edmundo al hotel, pero no pudo llegar a pronunciar la primera palabra de aquella frase que se le enroscaba. Si llegó a formular la pregunta, solamente la niña la escuchó pero sin responderle, y Lucía, enmendándose, se convenció que no debería hacer preguntas a personas que no suelen contestar. Además, la niña podría ser solamente un recuerdo. ¿Un recuerdo de Edmundo?

 

 

Mujer y niña se estaban mirando – «Malo es el dolor» – se dijo Lucía y repitió que el dolor era malo porque solamente juntaba a gentes tristes. Dejó que la niña desapareciera y volteó para mirar a Edmundo cuyo cuerpo se extendía sobre la cama gemela.

 

Otra vez, aquél se había quedado dormido: su cara dirigida hacia el otro lado del velador aparentaba cierto tranquilo desdén por la botella de whisky que allí reposaba.

 

Todavía desnuda y apartada de las sábanas, Lucía prefirió pensar que su compañero había sido rendido por la felicidad del amor, o tal vez lo adormecían los aires piadosos de Huamanga. «Estos aires son muy antiguos» – se dijo – «y suelen venir colmados de sueño y de recuerdos. No comprendo cómo pueden atravesar el cristal de esta ventana». Observó la ventana; al principio, la impresionaron los matices inolvidables y amarillentos de la tarde; después pudo mirar a través del vidrio y solamente vio una ciudad derrotada: antiguas casas sin gente, calles estrechas, aceras para transeúntes solitarios; al fondo, un violento cerro de donde únicamente la desgracia podría bajar. Un campanario doblegó varias veces su atención, pero su lejanía pronto lo hizo pequeño y, al final, nada más persistió en la ventana de un conjunto de arcos en medio de callejuelas extraviadas.

 

De nuevo miró a Edmundo, cuya inmovilidad le parecía asombrosa. «¿No será que no quiere mirar, que está asustado? ¿Asustado de qué? ¡Ay Dios mío, también yo debería dormir!». Eso hubiera querido decir en voz alta pero no pudo; y de veras le hubiera gustado dormir pero no acostumbraba hacerlo a las cinco de la tarde y prefirió seguir observando la paciente declinación de las calles y su reflejo en la ventana que daba frente a su lecho.

 

-Edmundo, ya no duermas – pronunció estas palabras, severa aunque silenciosa, con la seguridad de que el durmiente no la escucharía; de todas maneras, la ciudad, así de antigua y difunta, le transmitió el temor de que su amigo estuviera aprendiendo a morirse. «Está borracho. No puede aprender nada» –murmuró comprensiva y volvió a la ventana aunque sólo por un segundo porque en este instante advirtió que sobre la frente de Edmundo transitaba una solemne columna de palomas.

 

-No sueñes con palomas porque me asustas – quiso decirle, pero nada más lo pensó. No tuvo tiempo porque en ese instante alguien pasó por la calle entonando un himno litúrgico quechua, y supuso que, nuevamente, alguien subiría hasta su ventana para observarla.

 

-Qué problema tan serio – clamó débilmente Lucía el reparar en las palomas. Las siguió con la vista y se dio cuenta que aquellas aves tan humildes de contextura, medirían dos o tres centímetros de largo, eran demasiado pedantes en su manera de volar: discurrían, una a continuación de otra, sobre las cejas de Edmundo, se perdían en la almohada y describían, al final, una vanidosa curva antes de volver a tomar el mismo camino. «Es una frente maravillosa» – dijo para sí. Pero volvió a pensar que aquello era un problema y que aparecían palomas sobre Edmundo porque algo desastroso estaba por ocurrir.

 

«Claro, alguien que ha muerto va a resucitar en estos momentos» – musitó, y acarició a su compañero de viaje. Quería despertarlo para que, de ese modo, si alguien aparecía, no los encontrara en alguna incómoda situación. Pero no atinó a recordarlo ni a espantar a las dulces y porfiadas voladoras.

 

Unos minutos después, Lucía creyó haberse acostumbrado a la inmovilidad del durmiente y al vuelo sosegado de las pequeñas palomas. «Tal vez lo que estoy viendo es el humo del cigarrillo. He estado fumando tanto…». Esa fue una explicación tranquilizadora que la ayudó en mucho a no lanzar un grito cuando, en medio de la ventana, empezó a dibujarse una presencia bella y dolorosa.

 

«Es alguien que dejó su mirada sobre Edmundo» – se explicó, mientras reparaba en que la mujer de la ventana, delgada, flotante, inflexiblemente dulce, parecía ser la madre de la niña a quien, hacía momentos, había visto en la calle.

 

«Evidentemente, no es a mí a quien visita» – se repitió – pues la desconocida la ignoraba por completo y, con el desdén que sólo tienen los ausentes, había pasado su mirada por encima de ella para sólo mirar a Edmundo.

 

«Ya me lo suponía» – se sintió intrusa – «Viene a ver a Edmundo. Y el también la ve desde otra región de sí mismo».

 

Intentó retirarse de la habitación pero no atinó a siquiera a moverse. «Esta mujer y Edmundo se han separado, pero no se han separado. No podrán dejarse jamás».

 

Un rato después, la aparecida ya no estaba allí. Por su parte, Edmundo parecía haberse despertado del todo. Sentada sobre la cama, Lucía quiso enterarlo de las extrañas presencias que la habían asaltado durante toda la tarde, pero no se atrevió a comenzar ante la suposición de que él lo supiera todo y de que su somnolencia fuera sólo un fingimiento.

 

-¿Salir a dar una vuelta? ¿No te parece excesivo?

 

-¿Excesivo?… Vamos, Edmundo. Desde que llegamos, hemos permanecido todo el tiempo en esta habitación. Claro que tú duermes, pero yo no puedo hacerlo. Esa ventana…

 

-Bueno, pensé que esa ventana te ayudaría a conocer a la ciudad. Es bastante amplia y deja ver todo el panorama.

 

Callaron unos instantes. Luego, ella insistió en que deberían salir a dar una vuelta. El mutismo de Edmundo le hizo recordar que no existía compromiso alguno entre ambos y no repitió su súplica. Apenas se conocían un par de días, habían sido presentados en un baile en Lima y, de pronto él le había dicho  que partía de viaje en su carro: «¿te gustaría acompañarme?». Eso había sido todo.

 

-Me gustaría saber por qué me invitaste a venir. ¿Es que me parezco a alguien a quien estás buscando? ¿Estás buscando a alguien?

 

No obtuvo respuesta. Lucía quiso adivinar un rencor en el interrogarlo, pero no lo halló.

 

-Te pregunto si estás buscando a alguien en esta ciudad.

 

Nada respondió Edmundo, aunque sus ojos estaban dirigidos hacia ella y despedían un fulgor torpe como el que cualquiera puede emitir.

 

-Estas buscando a dos personas ¿no es cierto?… A una mujer y a una niña. Ellas también te buscan, creo. Estuvieron asustándome mientras dormías.

 

Edmundo no podía responderle porque seguía mirándola, pero sus ojos eran solamente una transparencia impersonal. En ese momento, Lucía tuvo la seguridad de que una enorme paloma de color azul y plomizo se había suspendido en el cielo raso del dormitorio y flotaba pesarosa sobre sus cabezas.

 

-Perdona por decirte esto. Debo estar loca. Pero ya no puedo soportar…

 

Comenzaba a llegar la noche, y la ventana se oscureció de repente, alargando su rojiza negrura sobre la habitación que volvía a ser idéntica a cualquier cuarto de un hotel de turistas.

 

«Ni el diablo ni la muerte pueden meter aquí su cabeza. Todo es tan moderno» – murmuró Lucía para tranquilizarse, mas no se tranquilizó. «Pero sí pueden pasar los recuerdos» – sonrió débilmente y decidió buscar la puerta. Era mejor marcharse; además, nadie la advertiría porque en los hoteles todos somos invisibles.

 

Fue a prender la luz del velador y al hacerlo se sintió como envuelta entre los resplandores de una poderosa lámpara. «Ay, mi Dios, ¿por qué me persiguen las historias tristes» – se quejó y comenzó a creer que había comenzado a comprenderlo todo. Supuso que ella no tenía nada que ver en la historia. Que Edmundo se había reunido ya con la mujer a quien amaba. Que aquélla probablemente tenía un nombre bíblico y menudo, y que la pequeña, hija de ambos, volvía a reunir a la pareja en un sueño o en una obsesión adolorida.

 

Edmundo ya se encontraba con aquellas a quienes todo el tiempo había buscado. Eso pensó Lucía y se convenció con amargura de su propia inexistencia – «A lo mejor no soy una pasión repentina, sino un personaje literario. Y Edmundo me está usando sólo para escribir un cuento o para confesar en público un amor o la perpetuidad de una locura».

 

«Ellos están reunidos porque siempre han estado juntos aunque los hayan separado» – se dijo la inexistente Lucía y apagó la lámpara; puso la cabeza sobre la almohada. Para no turbar aquella armonía dolorosa, había preferido dormir un poco, desaparecer por un rato de la historia.

 

Fuente: http://abismovolador.blogspot.com/

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