LITERATURA

ARTE NATURAL

 

 

Solange Rodríguez Pappe

 

Para Santiago Páez

 

— ¿Por qué en esta ciudad no hay niños? — pregunté al hombre que me conducía entre las galerías y pasadizos del museo mientras caía la tarde. Hacía tiempo que había dejado de tomar notas en la libreta de trabajo y ahora me dedicaba a observar el lugar con una mezcla de asco y curiosidad.

—Que no los haya visto no significa que no tengamos niños.

—Tampoco he visto animales — comenté cayendo en cuenta que desde mi llegada a no habían encontrado perros o pájaros o mujeres o alguna cosa en que alegrar la vista, pero así era de rara la vida de los reporteros de viajes, un día aquí, otro día allá. Ayer los guerreros de Terracota de la dinastía Quín, en China; hoy el museo de arte natural más grande el mundo en esta fría ciudad de montaña. Siempre yendo hacia lugares donde nadie en la agencia quería ir.

Entonces, dejando atrás las muestras de numismática y filatelia con las que habíamos empezado el recorrido, desembocamos en un salón penumbroso donde bichos de todos los tamaños flotaban en frascos variados. Allí estaban y de todas las especies. Hilera tras hilera, me pareció incluso ver un feto humano, pero no, tras parpadear dos veces, me di cuenta que se trataba de un pequeño cerdo con dos cabezas.

El asco me hizo girar el rostro pero volvía a sentirme erizado cuando vi nuestros cuerpos reflejados en un enorme espejo del que estaba en el fondo de la sala para hacerla parecer más amplia: mi rostro fruncido y desencajado y el de mi guía plácido, con la sonrisa gentil del que hace alegre su trabajo.

—Perdone el olor — añadió —, alguno de los ejemplares todavía están frescos. Desde que el mundo se ha dividido en turistas y residentes, y nosotros no hemos podido salir ya de esta ciudad, tuvimos que ir trayendo poco a poco ejemplares de todas las criaturas para poder tenerlas cerca y contemplarlas.

 

—Claro — contesté por decir algo, empezaba a sentirme nervioso, mareado… — los pasaportes ahora valen más que la vida.

 

Y llevé la mano al bolsillo de mi chaqueta donde guardaba el mío lleno de sellos y visados, pero me pareció no sentirlo.

 

—Esa es la ventaja de quienes pueden ser viajeros, tienen la capacidad de ver el mundo entero si quisieran pero nosotros debemos replicar el mundo si deseamos tenerlo, y nos ha costado. Fíjese, por ejemplo… — Y caminamos otro poco dejando atrás panteras, cebras, un elefante… —Este es el salón de los oficios.

 

Demoré unos segundos en entender el horror, estaba allí pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro: la libreta cayó de mi mano y un quejido suave se escapó de mi diafragma. Tras la pesada cortina de terciopelo que acabábamos de cruzar, el cuerpo tieso de una bailarina rubia, vestida primorosamente y con el cuello girado en una postura imposible, nos observaba con sus cuencas vacías.

 

— A esta le faltan sólo los ojos para estar completa. Costó mucho traer a la ciudad una compañía de danza y también un circo y a los cantantes de ópera, pero nuestros niños están felices…

 

Me pareció escuchar suaves carcajadas, percatarme de sombras moviéndose con rapidez tras de mí.

 

—Investigarán — alcancé a decir templando la voz, recogiendo la libreta del piso, pareciendo interesado…— Vendrá gente como yo a visitar este museo extraordinario.

 

—Y la recibiremos con tanta atención como a usted. Verá, eso es lo bueno de vivir en tiempos como estos, en los que no le interesan a nadie los turistas que puedan venir y no volver… todo lo hacemos por nuestros niños. Les gusta ver de cerca los ejemplares, tocarlos, meter sus manos por todas partes, participar en el proceso de taxidermia, porque son curiosos. Ya tenemos a un profesor, a un arqueólogo, a una historiadora. Nos faltan que conozcan gente de muy pocas profesiones…

 

Las risas infantiles se sintieron como una ráfaga fría, como el sonido de cristales rotos. Pequeñas manos tocaron mi espalda.

 

— Por lo pronto, ya hemos sumado a la colección un escritor…

 

Fuente: http://ellugardelasapariciones.blogspot.com/

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