Year

2018



NOCTURNO

 

 

 Ricardo Güiraldes

 

La amenaza había quedado en Roberto como un presagio de desgracia.

-Sí, humílleme; pero algún día, si Dios quiere, nos hemos de encontrar cara a cara.

Bah, no era el primer caso…, fanfarronadas de paisano.

Roberto era hombre de afrontar un peligro, y no hizo caso del consejo: “Mire, patroncito, que es mal bicho”.

Volvía del pueblo: dos leguas cortas.

La noche era obscura, agujereada de mil estrellas.

El caballo galopaba libremente, depositada la confianza del jinete en instinto seguro.

A treinta cuadras de las casas los cardos dejan un estrecho espacio; es el mes de noviembre y se alzan, rígidos, mirando al cielo con sus flores torturadas de espinas.

Algo se movió en el camino.

Abrióse el cardal y un bulto ágil saltó hacia el caballo, que, desesperadamente, trató de esquivarse con estrépito de cardos pisoteados.

Se debatió queriendo desasirse de la mano que, hacia atrás, le empujaba venciendo sus garrones; pero perdió apoyo en una zanja, arrastrando en su caída al jinete, que quedó aprisionado: una pierna apretada por su peso.

Palabras de injuria vibraron en el tropel producido por la lucha.

Roberto tiró al bulto, que retrocedió con una imprecación.

Había tocado: tenía ahora que ganar tiempo, salir de la posición en que se hallaba.

El caballo, libre un momento, se levantó, proyectando su jinete a distancia. Este quiso recobrar el equilibrio, pero fue tarde.

El bulto, que no había hecho sino retroceder, volvía a la carga con mayor impulso.

Recibió el golpe en pleno vientre.

Se supo muerto; un gesto de dolor le dobló como gusano partido por la pala, largó el revólver, asiendo de ambas manos la que le hundiera el hierro hasta la guarda y la retuvo para evitar un segundo encontronazo, ya aterrorizado, la cabeza vaga, sintiendo la muerte en el vientre.

Un chorro de sangre los bañaba, uniéndolos en su viscosidad roja.

Hubo el ruido de dos respiraciones, entremezcladas en esfuerzo de angustiosa lucha.

El hierro ahondó la herida con el movimiento, despedazó la carne, abrió un boquete como cloaca que bañó de inmundo vómito cuatro manos crispadas sobre la misma empuñadura.

Y el cuerpo de Roberto tambaleó vacío de vida, cayó con un son fláccido, los ojos inmensos de terror, la boca abierta en aullido prolongado como un canto.

No humano, el vengador miró esos ojos sin vida y gruñó con voz que era estertor:

-Te la había jurao.

Y fue la dureza del hierro que choca entre los dientes, con ruido repetido y mate, la última convulsión desesperada hacia la vida, una explosión sorda y el sonido blando de una cabeza que cae sobre la tierra.

La sombra corrió hacia el cardal, luego volvió adherida a otra más grande.

El cadáver yacía, inerte, en actitud de descanso.

Sobre su vientre, el enorme desgarro de ropa y carne, mientras una mancha negruzca hacía, en torno a su cabeza, como una aureola de martirio.

Tembloroso, el caballo del matador olfateaba la tragedia; pero fue tranquilizado por las palabras sarcásticas:

-No se asuste, amigo, que ése ya no ofiende a naides.

Y el silencio, por breve tiempo roto, impuso su eternidad.

Un rebencazo sonó seco, y el matador, en brusca carrera, fue desapareciendo como diluido en la oscuridad.

Al poco quedaba un movimiento de sombra en la sombra; pronto, nada.

Y del golpe sobre el camino endurecido, un eco llegó sonoro.

 

Fuente: https://narrativabreve.com

PEDRINHO

 

 

Dalton Trevisan

 

El niño jaló la falda de la mamá quejándose de un dolorcito de cabeza. Bueno, que vaya a jugar con el hermano; jugando el dolor pasaba. Ella ya estaba atrasada con la cena.

La familia reunida alrededor de la mesa.

– ¿Dónde está Pedrinho? – preguntó el papá.

– Jugando allá afuera – respondió la mujer.

– No con nosotros – añadió el hermano.

La madre se asomó por la ventana:

– Vecina, ¿no vio a Pedrinho?

Regresando del cuarto el hermano contó que Pedrinho estaba allá, en la oscuridad, él, el más miedoso de la familia.

– ¡Echado con zapatos, mi hijo!

El niño tenía los ojos abiertos en la oscuridad. El papá encendió la luz, le alisó el cabello, le descalzó el zapato de suela ahuecada.

– Quiero unas zapatillas, papá.

– Después te las compro. ¿Te duele?

– Un poco.

– Tu mamá te traerá una sopita.

Él lloró que no, con los ojos fijos en la lámpara.

– No mires hacia la luz, mi hijo.

El niño pidió para que la apagase.

– ¿No tienes miedo?

Sábado frío, con garúa. El papá llevó en los brazos a Pedrinho hasta la farmacia de la esquina. Resfriado, sentenciaba el farmacéutico, después de espiar en la lengua del niño. Recetó un jarabe, una cucharada cada dos horas. El domingo Pedrinho no quiso salir de la cama. El hermano se cansó de jalarle el cabello, él ni lloró. El papá abrió la ventana.

– ¿No irás a jugar, Pedrinho?

Susurró bajito que no.

– ¿Todavía con el dolor de cabeza?

– Sólo un poquito.

– ¿Qué cuente una historia?

El niño fijaba los ojos en la lámpara apagada. No hizo ni una pregunta, prueba de que no escuchaba. Allá afuera el hermano corría a los gritos. En el almuerzo tomó sopita, por la tarde pestañeó. La madre cosía al lado de la ventana, y, para saber la hora del jarabe, iba a mirar el reloj en la sala. El reloj estaba antes en el cuarto, hasta que el niño hizo señal con la mano, de un día para otro muy pálido.

– El reloj mamá. Duele…

El tic-tac le estremecía la cabeza. La mamá alejó el reloj y, de dos en dos horas, daba a Pedrinho una cucharada del segundo vidrio del jarabe. El niño con la mirada fija en la lámpara.

De la cocina la mamá escuchó que la llamaba:

– Agua, mamá. Agua.

– ¿Duele la cabeza mi hijo?

Que sí, con el párpado, bajándolo en el ojo vacío. Tanteaba distraído en el aire. Ella le dirigió la mano que se cerró en el vaso.

La luz encendida, Pedrinho lloriqueaba. Fue enrolado una hoja de papel alrededor de la lámpara. El papá tocó la puerta de la farmacia. El niño no estaba bien, tenía mucha fiebre, y aquel dolorcito en la cabeza.

– No es nada – dijo el farmacéutico. – Es gripe. Es igual a mi bronquitis – y comenzó a toser, llevando la mano a su boca desdentada. Al día siguiente el niño no quiso almorzar. La mamá le ponía el vaso en la mano: él bebía, con los ojitos cerrados. De la cocina ella escuchó:

– André, dame la pelota. ¡Mamá…! Mira a André.

Llegó a la puerta con el secador en las manos.

– ¿Qué pasa mi hijo?

– Nada, mamá.-

– ¿Su hermano está aquí en el cuarto?-

– No mamá. Era una broma.

La mujer regresó a la cocina.

– André, dame la pelota. ¡Mamá…! André no quiere. ¡André me está jalando el cabello mamá!

Ella corrió hasta la esquina, vino con el farmacéutico.

– Don Juca, ¿no cree que pueda ser …?

– ¡Qué esperanza, doña!

Levantó con cuidado la cabeza del niño.

– ¿Él se quejó?

– No.

– ¿Vio usted? Si fuese aquella enfermedad, gritaría de dolor.

– No para de gemir, el pobrecito.

A las seis, del regreso del trabajo, el papá entró en el cuarto.

– Él gimió el día entero – advirtió la mujer.-

– ¿Qué tiene mi machito? –

– Dolor, papá.

– Ya pasa mi hijo.

No se movía en la cama, muy grande para él, de ojos abiertos en la obscuridad. Lloriqueaba, hasta dormido. El papá saltaba de la silla. Venía a acariciarle la frente: ardía.

Por la mañana pidió las canicas coloridas. Se agitaba con ellas debajo de la sábana.

Al retornar del trabajo, el papá vio desde la esquina a los vecinos delante de la casa.

– ¿Por qué demoró tanto hombre de Dios?

La mujer lloraba en pie, con la cabeza apoyada en la pared. Una vecina restregaba vinagre en los pulsos del niño desmayado. El papá se inclinó en la cama, el niño puso los ojos blancos.

– ¡Pedrinho…! ¡Pedrinho!

Rechinaba los dientes que ni ataque de perros. Morado de tanto retorcerse, el cuerpo en arco desde la nuca hasta los talones. Después de cada convulsión cerraba penosamente los ojos. Una mosca vino a importunarlo, retiró la mano de la frazada para espantarla. Ella le andaba por el rostro, el niño daba golpes en la oreja. El papá le alisó el cabello sin ver la mosca.

– Pss…, pss… Duerme hijito.

Con sed, el chibolo con los labios agrietados. Empezó a gemir, no dejó que le inclinasen la cabeza, volteándola en la almohada. Cerraba la mano vacía sin alcanzar el vaso. De súbito un salto en la cama.

– Desvariando, el pobre – dijo la vecina.

Aquella mosca empezó a volar, él la espantaba con la mano libre. El papá le agarró los dedos.

– Pss…, pss…

La mamá le inclinó la cabeza y Pedrinho gritó. De noche, el niño de ojos perdidos en la lámpara. Con el papel de color verde no le dolían los ojos. La mujer salió del cuarto, el papá agitó la mano delante del rostro de su hijo: estaba ciego.

A las once horas el niño gimió de nuevo:

– ¿Te duele mi hijito?

Tieso en la cama, los ojos presos en la lámpara. El papá llamó a la mujer, ni bien vio al hijo, ella se echó a llorar. Se debatía con la mano libre, un gemido allá en lo hondo. Tragando en seco, agitaba la cabeza en la almohada mojado en sudor. La boca chueca quería morder la oreja como un perrito muerde sus pulgas.

La mamá rezaba de rodillas al lado de la cama. Pedrinho de ojos quietos. Ella soltó un grito:

– ¡Murió…..! ¡Mi hijito murió!

– No llore, mujer. Soy el papá, y no estoy llorando.

Con la ayuda de un pariente el papá lo bañó. El niño permaneció duro sobre la tina, no pudieron sentarlo en el agua. Después la mamá lo vistió, ni era domingo; pantalón azul, camisa blanca, con saco, como un hombrecito. No calzó los viejos zapatos. Lo abrazó tan fuerte, quería ser enterrada con él en el mismo cajón –el hijo tenía miedo a la oscuridad.

El papá compró las zapatillas dos números mayores. Con el paquete bajo el brazo vio, entre cuatro velas prendidas, al hijo que descansaba sobre la mesa. Calzó las zapatillas blancas, nuevas, en los pies fríos. Al peinarle el rubio cabello constató la cabeza: todavía hervía.

Se acurrucó en un lado, encendió un cigarro. El cigarro cayó de la boca, y se le partió el corazón en siete pedazos.

 

Fuente: http://invencionaria.blogspot.com

LA PELOTA

 

 

Felisberto Hernández

 

Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita -pronto para correr- yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra. Y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi cómo ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota; yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas “patadas” me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquel era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una “patada” bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nuevo a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.

 

Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y a hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración y después yo me fui quedando dormido.

 

Fuente: https://narrativabreve.com

LA OTRA SEÑORITA

 

 

Óscar Guaramato

 

La maestra rural fue trasladada a otro pueblo. Nos comunicó la noticia momentos después de haber cantado un nuevo himno, cuando estábamos frente a ella, atentos a sus manos guiadoras del compás. Habló brevemente. Explicó que desde el lunes tendríamos otra maestra, que ella pasaría a regentar otra escuela, perdida en la maraña de un remoto caserío, y recomendó a todos que fuésemos amables con la nueva preceptora, por cuanto nosotros constituiríamos su prueba de fuego, su primer experimento de recién graduada.

 

Era viernes y atardecía sobre las casas.

 

Pero esto no sucedió ayer, ni anteayer.

 

Ella era nuestra maestra de primeras letras, hace veinticinco años. Sin embargo, el tiempo transcurrido no impide que recuerde claramente las cosas ocurridas aquel día, lo que hicimos en la calle. Fue allí donde noté que había olvidado mi pizarra y regresé corriendo al salón. Busqué por todas partes y, al no encontrarla, llamé a mi maestra. Salió y vi sus ojos enmohecidos de llanto. Sin decirme nada, me abrazó sollozante. Recuerdo que yo también lloré, que era viernes y que el sol muriente lamía en el patio las hojas de un rosal.

 

El domingo la acompañé a la estación.

 

Yo cargaba su maleta. Fue un domingo a las once de la mañana. La locomotora tenía un nombre  –Gavilán– y resoplaba como un animal cansado. Al fin, un hombre de uniforme gris ordenó a los pasajeros que subieran al tren. Fue entonces cuando ella me estrechó contra su pecho y me besó en la frente. Recuerdo claramente su pañuelo blanco, aleteando a lo lejos, y aquella dulce paz que me quedó en la cara.

 

La otra señorita tenía pecas y fumaba.

 

El lunes siguiente se encargó de la escuela. El mismo día encontré mi perdida pizarra.

 

Yo no la oía. Pensaba en mi otra maestra. Veía su cabello de oro viejo, sus ojos llorosos, sus labios de frambuesa.

 

Tal vez fue esto lo que me impulsó a escribir en mi pizarra: Señorita, yo la quiero mucho. Lo hice con una letra grande, redonda, y firmé al pie.

 

Repentinamente una pregunta flotó en la sala. Yo no la oí. No hubiera oído nada, a no ser por el codo de un compañero de pupitre que me hizo volver en mí. La señorita me miraba ahora, esperando mi respuesta. No contesté. Ella se acercó y me quitó la pizarra de las manos. Recuerdo que era lunes y que hacía mucho calor y que el sol danzaba en el patio, como un conejo rubio.

 

Yo mismo llevé la nota a mi casa. En ella se decía la causa  de mi expulsión de la escuela rural.

 

Pasé muchos días apenado, vagando solitario por las riberas del río vecino, y recuerdo también, que me agarré a trompicones con más de un discípulo que me llamó “picaflor de alero”.

 

Un día cualquiera me enviaron a una escuela de la ciudad.

 

Pero nunca llegué a referir que lo escrito había sido para mi otra maestra, la del pañuelo blanco, la del cabello de oro viejo, y labios de frambuesa. La del primer beso.

 

Fuente: https://juliosuarezanturi.wordpress.com/

UN CABALLO PRESTADO PARA LEER

 

 

Albeiro Montoya Guiral

 

Hay una pregunta que durante varios años me ha angustiado. Cuando llegó a mí apenas me asombró, pero el tiempo la ha ido alimentando como a una quimera baudelairiana de tal manera que su peso no me permite la tranquilidad. Es la pregunta por la lectura. El primer rostro que le vi fue trivial: ¿para qué leer? Luego, apareció ante mí con una apariencia amenazante: ¿por qué hay personas que no leen? Al intentar acercarme a posibles respuestas, tuve que apelar a la memoria: escarbar en mí mismo como un gorrión de páramo escarba la ceniza bajo la lluvia. En 1992 estaba en segundo de primaria y era uno de los niños del curso a quien más se le dificultaba aprender a leer y a escribir. Presumo que este aprendizaje no me interesaba porque robar guayabas, interrumpir el sueño de las lombrices o afrentar temerarias lagartijas por los caminos me resultaba, como verán, mucho más atractivo.

 

La finca cafetera donde vivíamos entonces le hacía bastante honor a su nombre: El Hoyo. Estaba ubicada a dos horas a pie de la escuela, escondida detrás de la cima de la montaña desde donde mamá me observaba descender para ir a estudiar, hasta que tanto ella como yo éramos tan solo un punto que desaparecía a lo lejos. Yo tenía seis años y ya estaba aprendiendo, en la práctica, a ser un peatón. Una tarde llegó una visita inesperada. Los niños corrieron por el corredor a mirar y los perros salieron de entre los cafetales a inspeccionar el caballo de color canela que había traído hasta el mismísimo patio de la casa a mi profesora de español. María Luisa se sentó en un extremo del comedor y sorbió un tinto en silencio. Sus manos estaban temblorosas; el vapor que salía de la taza le acariciaba su cabello corto. Cuando mamá logró sacarme de mi escondite y hacerme sentar a un lado de la joven profesora, me dijo: Vine a insistirte en que aprendas a leer y a escribir. Desde ese día, durante muchos meses, solo sé que tomaba mi mano para ayudarme a darle forma a las palabras. Yo podía poner sobre el papel un par de letras torcidas pero era ella quien, en realidad, escribía… hasta cuando pude hacerlo por mí mismo. Tomé el lápiz despacio y fue apareciendo sobre la hoja la primera palabra que me pertenecía. La profesora había sacrificado sus tardes de descanso para tomar un caballo prestado e irnos a visitar, día tras día, hasta que yo aprendiera a hacerlo.

 

María Luisa, estuviste poco tiempo en la vereda Partidas, no volví a verte, no sé dónde vives ahora, pero cada vez que llego corriendo a abrir las puertas de un libro, tu imagen —siempre joven y fuerte— me saluda. Cada día que pasa, tomo el lápiz con mayor constancia para ver aparecer las palabras que me salvan, mis propias palabras. Ahora me dedico al intento fallido de amaestrar el lenguaje y cada vez que logro hacer coincidir en la misma línea dos palabras que nunca antes habían estado juntas, como quería Lorca, pienso en ti. Y cada vez que recuerdo por qué escribo, pienso en ti, María Luisa. Susana San Juan de mi memoria y corazón de niño.

 

Cuando menos lo imaginé ya había decidido que, cuando grande, quería ser lector. Así conocí al primer muerto de mi vida. Un niño, tal vez de mi edad, veía a un hombre abrir la tapa del ataúd del médico del pueblo para que su abuelo introdujera el zapato que le hacía falta. El primer muerto que recuerdo, lo leí en La Hojarasca, de Gabriel García Márquez, mi primera lectura. Tenía una madre y un abuelo como el niño de la novela y creía que era yo mismo quien presenciaba el velorio y oía llegar el silbido del tren a través de esa atmósfera enrarecida. A lo mejor es por ello que los muertos que iban a venir después, de carne y hueso, no me matarían de dolor.

 

Y la lectura me llevó a la escritura. Con la poesía fue otra historia. Sin darme cuenta, en los libros había encontrado un refugio y, ante todo, una compañía que se hizo más solidaria e indispensable con los años. Leer y leer, esto era lo único a lo que quería dedicarme, tanto así que lo que no sucedía en los libros me parecía inanimado y falto de gracia —hoy sé que dentro de esta categoría no cabe, no podría caber, el amor—… Sí, quería que el sol se escondiera siquiera cinco horas más tarde, para seguir leyendo.

 

En el colegio leí El Quijote con la paciencia suficiente como para perder todas las materias y tener que recuperarlas a fin de año. En la época de universidad trabajaba doce horas en una fábrica de ponchos. No podía perder el hilo del tejido ni apagar la máquina durante la jornada. En las noches llegaba con todas lecturas de la clase, mis ojos irritados, mi flaqueza prometedora y mis comentarios de náufrago. Los primeros amigos, que no eran de papel, los hice por el último semestre, cuando encontré empleo de librero en la cuarta con veintiuna en Pereira. La Librería Mito me dejó conocer personas que amaban los libros como yo y que los comprarían aunque no pudieran leerlos.

 

Hoy me dedico a enseñar a leer y a escribir como mi profesora de infancia, pero mis estudiantes son universitarios. Temprano, por la mañana, llego a clase con un café —viejo signo de mi origen montañero—, un escapulario materno para protegerme de mi propio ateísmo, unas cuantas teorías de semiólogos desconsolados y mi mirada de niño que leía La hojarasca, mi mirada de niño sobre las cosas, de ese niño que escribe la primera palabra de su vida y sonríe ante el milagro. Me encuentro en una ciudad encumbrada y fría, a quinientos kilómetros de donde nací: no hay guayabas en los árboles ni lombrices soñadoras ni temerarias lagartijas, ni un rostro que desaparece a lo lejos cada día. Pero la pregunta sigue ahí, como un monstruo alimentado sin culpa, ¿por qué mis estudiantes no leen?

 

Fuente: http://blogs.elespectador.com

Archivos