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Dalton Trevisan

 

El niño jaló la falda de la mamá quejándose de un dolorcito de cabeza. Bueno, que vaya a jugar con el hermano; jugando el dolor pasaba. Ella ya estaba atrasada con la cena.

La familia reunida alrededor de la mesa.

– ¿Dónde está Pedrinho? – preguntó el papá.

– Jugando allá afuera – respondió la mujer.

– No con nosotros – añadió el hermano.

La madre se asomó por la ventana:

– Vecina, ¿no vio a Pedrinho?

Regresando del cuarto el hermano contó que Pedrinho estaba allá, en la oscuridad, él, el más miedoso de la familia.

– ¡Echado con zapatos, mi hijo!

El niño tenía los ojos abiertos en la oscuridad. El papá encendió la luz, le alisó el cabello, le descalzó el zapato de suela ahuecada.

– Quiero unas zapatillas, papá.

– Después te las compro. ¿Te duele?

– Un poco.

– Tu mamá te traerá una sopita.

Él lloró que no, con los ojos fijos en la lámpara.

– No mires hacia la luz, mi hijo.

El niño pidió para que la apagase.

– ¿No tienes miedo?

Sábado frío, con garúa. El papá llevó en los brazos a Pedrinho hasta la farmacia de la esquina. Resfriado, sentenciaba el farmacéutico, después de espiar en la lengua del niño. Recetó un jarabe, una cucharada cada dos horas. El domingo Pedrinho no quiso salir de la cama. El hermano se cansó de jalarle el cabello, él ni lloró. El papá abrió la ventana.

– ¿No irás a jugar, Pedrinho?

Susurró bajito que no.

– ¿Todavía con el dolor de cabeza?

– Sólo un poquito.

– ¿Qué cuente una historia?

El niño fijaba los ojos en la lámpara apagada. No hizo ni una pregunta, prueba de que no escuchaba. Allá afuera el hermano corría a los gritos. En el almuerzo tomó sopita, por la tarde pestañeó. La madre cosía al lado de la ventana, y, para saber la hora del jarabe, iba a mirar el reloj en la sala. El reloj estaba antes en el cuarto, hasta que el niño hizo señal con la mano, de un día para otro muy pálido.

– El reloj mamá. Duele…

El tic-tac le estremecía la cabeza. La mamá alejó el reloj y, de dos en dos horas, daba a Pedrinho una cucharada del segundo vidrio del jarabe. El niño con la mirada fija en la lámpara.

De la cocina la mamá escuchó que la llamaba:

– Agua, mamá. Agua.

– ¿Duele la cabeza mi hijo?

Que sí, con el párpado, bajándolo en el ojo vacío. Tanteaba distraído en el aire. Ella le dirigió la mano que se cerró en el vaso.

La luz encendida, Pedrinho lloriqueaba. Fue enrolado una hoja de papel alrededor de la lámpara. El papá tocó la puerta de la farmacia. El niño no estaba bien, tenía mucha fiebre, y aquel dolorcito en la cabeza.

– No es nada – dijo el farmacéutico. – Es gripe. Es igual a mi bronquitis – y comenzó a toser, llevando la mano a su boca desdentada. Al día siguiente el niño no quiso almorzar. La mamá le ponía el vaso en la mano: él bebía, con los ojitos cerrados. De la cocina ella escuchó:

– André, dame la pelota. ¡Mamá…! Mira a André.

Llegó a la puerta con el secador en las manos.

– ¿Qué pasa mi hijo?

– Nada, mamá.-

– ¿Su hermano está aquí en el cuarto?-

– No mamá. Era una broma.

La mujer regresó a la cocina.

– André, dame la pelota. ¡Mamá…! André no quiere. ¡André me está jalando el cabello mamá!

Ella corrió hasta la esquina, vino con el farmacéutico.

– Don Juca, ¿no cree que pueda ser …?

– ¡Qué esperanza, doña!

Levantó con cuidado la cabeza del niño.

– ¿Él se quejó?

– No.

– ¿Vio usted? Si fuese aquella enfermedad, gritaría de dolor.

– No para de gemir, el pobrecito.

A las seis, del regreso del trabajo, el papá entró en el cuarto.

– Él gimió el día entero – advirtió la mujer.-

– ¿Qué tiene mi machito? –

– Dolor, papá.

– Ya pasa mi hijo.

No se movía en la cama, muy grande para él, de ojos abiertos en la obscuridad. Lloriqueaba, hasta dormido. El papá saltaba de la silla. Venía a acariciarle la frente: ardía.

Por la mañana pidió las canicas coloridas. Se agitaba con ellas debajo de la sábana.

Al retornar del trabajo, el papá vio desde la esquina a los vecinos delante de la casa.

– ¿Por qué demoró tanto hombre de Dios?

La mujer lloraba en pie, con la cabeza apoyada en la pared. Una vecina restregaba vinagre en los pulsos del niño desmayado. El papá se inclinó en la cama, el niño puso los ojos blancos.

– ¡Pedrinho…! ¡Pedrinho!

Rechinaba los dientes que ni ataque de perros. Morado de tanto retorcerse, el cuerpo en arco desde la nuca hasta los talones. Después de cada convulsión cerraba penosamente los ojos. Una mosca vino a importunarlo, retiró la mano de la frazada para espantarla. Ella le andaba por el rostro, el niño daba golpes en la oreja. El papá le alisó el cabello sin ver la mosca.

– Pss…, pss… Duerme hijito.

Con sed, el chibolo con los labios agrietados. Empezó a gemir, no dejó que le inclinasen la cabeza, volteándola en la almohada. Cerraba la mano vacía sin alcanzar el vaso. De súbito un salto en la cama.

– Desvariando, el pobre – dijo la vecina.

Aquella mosca empezó a volar, él la espantaba con la mano libre. El papá le agarró los dedos.

– Pss…, pss…

La mamá le inclinó la cabeza y Pedrinho gritó. De noche, el niño de ojos perdidos en la lámpara. Con el papel de color verde no le dolían los ojos. La mujer salió del cuarto, el papá agitó la mano delante del rostro de su hijo: estaba ciego.

A las once horas el niño gimió de nuevo:

– ¿Te duele mi hijito?

Tieso en la cama, los ojos presos en la lámpara. El papá llamó a la mujer, ni bien vio al hijo, ella se echó a llorar. Se debatía con la mano libre, un gemido allá en lo hondo. Tragando en seco, agitaba la cabeza en la almohada mojado en sudor. La boca chueca quería morder la oreja como un perrito muerde sus pulgas.

La mamá rezaba de rodillas al lado de la cama. Pedrinho de ojos quietos. Ella soltó un grito:

– ¡Murió…..! ¡Mi hijito murió!

– No llore, mujer. Soy el papá, y no estoy llorando.

Con la ayuda de un pariente el papá lo bañó. El niño permaneció duro sobre la tina, no pudieron sentarlo en el agua. Después la mamá lo vistió, ni era domingo; pantalón azul, camisa blanca, con saco, como un hombrecito. No calzó los viejos zapatos. Lo abrazó tan fuerte, quería ser enterrada con él en el mismo cajón –el hijo tenía miedo a la oscuridad.

El papá compró las zapatillas dos números mayores. Con el paquete bajo el brazo vio, entre cuatro velas prendidas, al hijo que descansaba sobre la mesa. Calzó las zapatillas blancas, nuevas, en los pies fríos. Al peinarle el rubio cabello constató la cabeza: todavía hervía.

Se acurrucó en un lado, encendió un cigarro. El cigarro cayó de la boca, y se le partió el corazón en siete pedazos.

 

Fuente: http://invencionaria.blogspot.com

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