Year

2018



¿CUÁN GRANDE ES TU CÍRCULO?

 

 

Eli Bravo

 

Imagina que dibujas un círculo a tu alrededor y adentro metes a todas las personas que podrían compartir contigo la bandera de “nosotros”. Deja afuera a los que para ti deberían llevar el estandarte de “ellos”. Míralos bien. Es casi seguro que apreciarás y respetarás a los del lado de acá. Y probablemente a quienes estén fuera les tendrás recelo, desconfianza, o incluso, una dosis de odio.

 

Esta separación entre unos y otros está dibujada en nuestra mente. O debería decir, en nuestra arquitectura cerebral. En la evolución de nuestra especie esta distinción entre ellos y nosotros fue una estrategia de adaptación y supervivencia que rindió buenos frutos. Estamos acá porque nuestros ancestros cazadores y recolectores formaron grupos de colaboración para mantenerse vivos en un ambiente retador y peligroso. Si aparecía otro grupo que amenazaba el territorio o los recursos, había guerra.

 

Somos una especie gregaria que durante años ha creado clanes, reinos, países, religiones e ideologías. Así pasamos de las cavernas al condominio, y del código de Hammurabi a la Declaración Universal de los DDHH. Pero en buena medida nuestro cerebro sigue funcionando como si estuviéramos a la intemperie. Viviendo en manadas.

 

La tendencia a colaborar con nuestra banda y ser agresivos con otras es aún parte de nuestra naturaleza. Sea que hablemos de un equipo de futbol, un partido político, la diversidad sexual o la relación con otras nacionalidades, existe una fuerza natural que nos impulsa a dibujar el círculo de ellos y nosotros. Reconocerlo es aceptar nuestra condición humana.

 

La buena noticia es que seguimos evolucionando. Con asombrosa plasticidad, nuestro cerebro ha sido capaz de establecer circuitos más sofisticados capaces de desarrollar mejor empatía y una comunicación más profunda con otros seres humanos. Así, con mayor conciencia y conocimiento, podemos expandir el círculo de ellos y nosotros hasta quizás, algún día, desaparecerlo. Del individuo, a las naciones, a la especie y hasta alcanzar el planeta, existen muchas más cosas que nos unen que aquellas que nos separan. ¿Un ejemplo? Tu ADN se diferencia apenas 0,1% de los de un chino que en este momento disfruta su taza de Oolong en Beijing.

 

Pero hay quienes insisten en cerrar el círculo, casi siempre para beneficio propio. Es así como exacerban los prejuicios y los impulsos más bajos de las personas para cavar a fondo las trincheras. Abonando el terreno de las emociones, sembrando e induciendo pensamientos de separación, buscan mantener a las personas en constante estado de alerta y agresión. Así el miedo se convierte en moneda de uso común, espantando la verdadera felicidad con las llamas del odio.

 

¿Te estás encerrando a ti mismo, o te has dejado encerrar en ese círculo? Para salir de allí hace falta reconocer nuestras tendencias y condiciones humanas, pero sobre todo, se necesita el esfuerzo consciente de alimentar nuestras mejores intenciones y ver el entramado de vida del que somos parte. Mucho más allá de nuestras narices y nuestras creencias. Activando la energía del amor.

 

Recientemente leí que a una anciana indígena norteamericana le preguntaron cómo lograba vivir con tanta felicidad, sabiduría y respeto. “En mi corazón hay dos lobos” respondió ella “un lobo de amor y un lobo de odio. Todo depende de cual alimento cada día”.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

LA CALLE

 

 

Alberto Camus

 

Con frecuencia he oído a los oraneses quejarse de su ciudad: «No hay un ambiente interesante». Pero, bueno, ¡si no lo querríais! Algunas almas candorosas han intentado que se aclimataran en ese desierto las costumbres de otro medio, fieles al principio de que para servir al arte o a las ideas hay que ponerse a ello entre unos cuantos. El resultado ha sido tal, que no quedan más ambientes instructivos que los de los jugadores de póker, los aficionados al boxeo, los maníacos de los bolos y las sociedades regionales. Ahí, al menos, reina la naturalidad. Al fin y al cabo, existe cierta grandeza que no se presta a la elevación. Es infecunda por naturaleza. Y los que desean encontrarla, abandonan los «ambientes» para bajar a la calle.

Las calles de Oran son una ofrenda al polvo, a los pedruscos y al calor. Si llueve, es el diluvio y un mar de barro. Pero, con lluvia o con sol, las tiendas tienen el mismo aspecto extravagante y absurdo. Todo el mal gusto de Europa y Oriente se ha dado cita en ellas. Se encuentran, mezclados, lebreles de mármol, bailarinas en plan cisne, Dianas cazadoras de galalita verde, discóbolos y segadores: todo lo que sirve como regalo de cumpleaños o de boda, esa turbamulta lamentable que un genio comercial y burlón continúa colocando en las repisas de nuestras chimeneas. Pero esta insistencia en el mal gusto adquiere aquí un aire barroco que se lo hace perdonar todo. Presentado en un estuche de polvo, éste es el contenido de un escaparate: espantosos modelos en escayola de pies torturados, un lote de dibujos de Rembrandt «sacrificados a 150 francos la unidad», engañabobos, billeteras tricolores, un dibujo al pastel del siglo XVIII, un burrito mecánico de peluche, botellas de agua de Provenza para conservar las aceitunas verdes, y una espantosa virgen de madera, de sonrisa indecente. (Para que nadie se equivoque, la «dirección» ha colocado a sus pies un letrero: «Virgen de madera»).

En Oran se pueden encontrar:

Cafés con el mostrador barnizado de roña, espolvoreado de patas y alas de moscas, con el dueño siempre sonriente a pesar de que el local siempre está vacío. El «solo en taza pequeña» costaba doce céntimos, y en taza grande, dieciocho.

Tiendas de fotógrafos en las que la técnica no ha progresado desde la invención del papel sensible. Exponen una fauna singular, imposible de encontrar en la calle: desde el seudomarino, que apoya el codo en una consola, hasta la jovencita casadera, con el talle emperifollado y los brazos colgando ante un fondo silvestre. Puede suponerse que no son retratos del natural: son creaciones.

Una edificante abundancia de funerarias. No es que en Oran se muera más la gente que en otras partes, pero me imagino que se le echa más cuento.

La simpática ingenuidad de este pueblo comerciante se extiende hasta la publicidad. En la propaganda de un cine oranés, leo el anuncio de una película de tercera. Subrayo los adjetivos «fastuosa», «espléndida», «extraordinaria», «prestigiosa», «sobrecogedora» y «formidable». Para concluir, la dirección informa al público de los considerables sacrificios que se ha impuesto para poder presentarle esta sorprendente «realización». Con todo, no se aumentará el precio de las entradas.

Sería una equivocación creer que sólo aquí se ejerce el gusto por la exageración propio del sur. Con exactitud, los autores de ese maravilloso programa demuestran su penetración psicológica. Se trata de vencer la indiferencia y la profunda apatía que experimentan en esta tierra en cuanto hay que elegir entre dos espectáculos, dos oficios y, con frecuencia, hasta entre dos mujeres. No se deciden más que a la fuerza. Y la publicidad lo sabe bien. Adquirirá proporciones americanas, teniendo —aquí y allá— las mismas razones para exasperarse.

Las calles de Oran nos informan finalmente acerca de los dos placeres fundamentales de la juventud local: que les limpien los zapatos, y pasear esos mismos zapatos por el bulevar. Para tener una idea exacta de la primera de esas delicias, hay que confiarles los zapatos, a las diez de la mañana de un domingo, a los limpiabotas del bulevar Gallieni. Encaramado en alguno de los altos sillones, uno puede disfrutar entonces de la particular satisfacción que produce incluso al profano el espectáculo de esos hombres enamorados de su oficio, como claramente lo están los limpiabotas oraneses. Todo se trabaja con detalle. Varios cepillos, tres clases de bayetas, el betún mezclado con gasolina: podría pensarse que la operación ha concluido cuando se ve el relámpago perfecto que nace bajo el cepillo blando. Pero la misma mano entregada vuelve a echar betún en la superficie reluciente, la frota, la empaña, lleva la crema hasta el corazón de las pieles y consigue entonces que brote, bajo el mismo cepillo, un doble y verdaderamente definitivo relámpago que sale de las profundidades del cuero.

Las maravillas así obtenidas se exhiben a continuación ante los expertos. Para apreciar esos placeres que se obtienen en el bulevar, conviene asistir a los bailes juveniles de disfraces que se celebran todas las tardes en las grandes arterias de la ciudad. En efecto, entre los dieciséis y los veinte años, los jóvenes oraneses de la «Sociedad» le copian sus modelos de elegancia al cine americano y se disfrazan antes de irse a cenar. Con el pelo ondulado y engominado, que se escapa de un sombrero de fieltro inclinado sobre la oreja izquierda y levantado encima del ojo derecho, con la garganta rodeada por un cuello de camisa suficientemente grande como para tapar lo que deja libre el pelo, con el microscópico nudo de la corbata sujeto por el alfiler de rigor, la chaqueta hasta medio muslo y entallada muy cerca de las caderas, con el pantalón claro y corto, y los zapatos deslumbrantes sobre su triple suela, esa juventud hace sonar cada tarde sobre las aceras su imperturbable aplomo y las chapas de sus zapatos. Se aplica en imitar del todo la facha y la superioridad del Sr. Clark Gable. Por eso, los espíritus críticos de la ciudad llaman normalmente a estos jovencitos, gracias a una poco cuidadosa pronunciación, los «Clares».

Sin excepción, los grandes bulevares de Oran se ven invadidos a última hora de la tarde por un ejército de simpáticos adolescentes que hacen los mayores esfuerzos por parecer malvados. Las jóvenes oranesas, que se sienten desde siempre prometidas a estos gangsters de corazón tierno, exhiben también el maquillaje y la elegancia de las grandes actrices americanas. Las mismas malas lenguas las llaman, por tanto, las «Marlenes». Así que, cuando en los bulevares del atardecer, un estruendo de pájaros sube desde las palmeras al cielo, decenas de Clares y Marlenes se encuentran, se miden y se evalúan, felices de vivir y parecer, entregados durante una hora al vértigo de las existencias perfectas. Dicen los envidiosos que en esos momentos se asiste a las reuniones de la comisión americana. Pero en tales palabras se advierte la amargura de quienes han cumplido ya los treinta años y no pintan nada en tales juegos. Desconocen esos congresos cotidianos de la juventud, y de lo novelesco. Son en verdad esos parlamentos de pájaros que se encuentran en la literatura hindú. Pero, en los bulevares de Oran, no agitan el problema del ser, ni se inquietan por el camino de la perfección. Queda sólo un batir de alas, el pavoneo empenachado, las gracias coquetas y victoriosas, todo el estallido de un canto despreocupado que desaparece con la noche.

Desde aquí oigo a Klestakoff: “Habrá que ocuparse de algún asunto elevado”. ¡Ay! Es muy capaz de hacerlo. Que alguien lo anime, y poblará este desierto en unos pocos años. Pero, de momento, un alma un poco reservada debe protegerse en esta ciudad fácil, con su pasacalle de jovencitas maquilladas, y sin embargo incapaces de aportar emoción, simulando tan mal la coquetería que enseguida se les descubre el truco. ¡Ocuparse de algún asunto elevado! Contemplen, mejor: Santa Cruz tallada en la roca, las montañas, el mar plano, el viento violento y el sol, las grandes grúas del puerto, los trenes, los almacenes, los muelles y las rampas gigantescas que trepan por el roquedal de la ciudad, y, en la propia ciudad, esos juegos y ese aburrimiento, ese tumulto y esa soledad. A lo mejor es verdad que todo eso no es demasiado elevado. Pero el premio que entregan estas islas superpobladas es que el corazón se desnuda en ellas. El silencio ya sólo es posible en las ciudades ruidosas. Descartes le escribe desde Amsterdam al viejo Balzac: “Me paseo todos los días entre la confusión de un gran pueblo, con la misma libertad y tranquilidad con que usted podría hacerlo en sus alamedas.”

 

Fuente: http://elbuenlibrero.com

AXOLOTL

 

Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardín des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban.
Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrecencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas… Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: “Sálvanos, sálvanos”. Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. “Usted se los come con los ojos”, me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía más que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes. Saber, darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

Fuente: https://juliosuarezanturi.wordpress.com

 

LAS UVAS DEL TIEMPO

 

 

Eli Bravo

 

Al mirar por la ventana pudo ver las luces de colores titilando en el balcón de enfrente y sonrió. Desde que era un niño le gustaba esta semana que comenzaba con regalos y terminaba con un montón de abrazos. Además, estaba aquel desfile de sabores que era el recuerdo más rico que tenía de su casa. Aquella casa grande donde se reunía toda la familia, donde corría con los primos, donde sus tíos lanzaban cohetes al cielo y sus tías le pellizcaban las mejillas.

 

En aquel entonces pensaba que nadie podía tener más arrugas que su abuela. En las noches de fiesta y sentadita en el sofá, se reía entre sorbitos de vermut mientras decía “¡Matriculé otro año!” y su cara se transformaba en una ciruela pasa.

 

Hace más de 50 años que enterraron a la abuela. Hace unos 20 que la casa se vendió. Hace tiempo que la familia no se abraza bajo el mismo techo. Hace días que se pregunta dónde está la alegría de estos días.

 

Se apartó de la ventana para caminar hasta el sillón. No iba a cederle espacio a la tristeza. Se acomodó y tomó el álbum de fotos para disfrutar de nuevo las vacaciones en la playa con los muchachos. En aquel entonces ninguno de sus tres hijos le llegaba al pecho. En una de las fotos estaban cubiertos de arena como una milanesa. En su memoria tenía la sensación de sus cabellos, el olor de sus brazos salados, el sonido del mar que los abrigaba. Cerró los ojos y los recuerdos le trajeron una sensación de felicidad donde había una dosis de nostalgia.

 

El sonido de la puerta lo trajo de vuelta al sillón. Su esposa entró cargada de víveres y él la ayudó guardando las uvas en la nevera. “¡Me alegra tanto que al menos Alejandro haya podido venir!” dijo ella, y al ver el álbum de fotos sobre el sillón le lanzó una mirada cariñosa. Acto seguido le dio un abrazo, diciéndole al oído “Yo sé que estamos en sus corazones”.

 

Él lo sabía también. Aunque los tres se hubiesen marchado del país para hacer sus vidas, y los dos mayores no hubiesen podido venir esa navidad por asuntos familiares y de presupuesto, saber que todo el amor de aquellos años superaba las distancias era mucho más que un consuelo: era la dicha de saber que una parte cada uno vivía en cada quien. Además, en los ojos de sus nietos había visto una chispa que era suya y ese era un refugio donde atesorar las esperanzas.

 

Fuente: http://www.inspirulina.com

LOS PROVINCIALES DEL LOCO

 

 

Hernán Casciari

 

Según cuenta la historia, desde principios del siglo XX la ciudad de Tandil alardeaba con poseer al loco del pueblo más original de la provincia, hasta que en 1939 la ciudad de Chacabuco se queja ante la Gobernación Central, aduciendo que esa distinción debería realizarse por consenso. Así surgen los primeros “Juegos Bonaerenses de Excentricidad”, conocidos popularmente como los Provinciales del Loco. La competición nace oficialmente en Mar del Plata, en 1942, y se desarrollará cada cuatro años en sedes rotativas, hasta el fatídico suceso de Cañuelas, del que la semana próxima se cumple un nuevo aniversario.

El Diario La Nación informaba sobre la creación de esta fiesta deportiva en sus páginas de octubre de 1941:

El general Luis A. Casinelli, Interventor de la provincia de Buenos Aires, ha impulsado estos Juegos que se desarrollarán cada cuatro años, en donde todas las ciudades bonaerenses presentarán a su ‘Loco del Pueblo’ en competición oficial. Un jurado compuesto por las fuerzas vivas de cada ciudad evaluará la locura, la originalidad y el valor de cada enfermo mental, eligiendo más tarde a un justo vencedor, que representará a la provincia durante cuatro años en calidad de Loco Mayor de Buenos Aires.

Así ocurre y, efectivamente, Tandil se lleva la victoria en las dos primeras ediciones: gana el título con el ‘loco que le tira piedras al Zapato’ en Mar del Plata ’42, y con el ya legendario ‘loco que se rasca hasta hacerse sangre’ en Navarro ’46. Mercedes no llega a octavos de final en la primera competición y ni siquiera participa de la segunda, puesto que días antes —en una inolvidable final local— sus dos locos más renombrados se matan entre ellos a cascotazos.

Las primeras competiciones, de las que se tiene poco material fílmico a disposición, estaban conformadas por pruebas muy básicas, según lo que consigna la prensa de aquel tiempo. Los candidatos a locos (unos veinticinco enfermos mentales, representando a otras tantas localidades) hablaban con artefactos inanimados, se desnudaban en las peatonales, iban de la mano con madres imaginarias o decían ser amigos de actores de la época. Más tarde el reglamento se perfeccionaría.

A finales de 1946 el Presidente de la República, Juan D. Perón, aconseja al gobernador de Buenos Aires desarrollar los juegos cada dos años, y no cada cuatro, y cambiarle el nombre a la contienda. Así nacen unos efímeros “Juegos Provinciales El Pocho”, que se llevan a cabo en Quilmes. Resulta ganador un sobrino de Eva Duarte, conocido simplemente como «el loco de Junín». El resto de las localidades bonaerenses, sin embargo, impugnan la competición y todo regresa a su cauce dos años más tarde, en la edición Mercedes ’50, también conocida como los Juegos de la Era Moderna, donde además se inaugura el sistema del voto popular vía telégrafo y se instaura el descenso a segunda división.

Quizás la edición más negra para los mercedinos sea, justamente, la organizada por su propia ciudad en aquel otoño de 1950. “Los mercedinos creímos de entrada” —narra el historiador Pedro Pasquinelli— “que nuestro candidato sería un seguro vencedor. El representante local, conocido como el «loco que habla de atrás para adelante» llega a la final contra un adversario fácil: el «loco con ojos de huevo duro», representante de Carmen de Patagones. El día de la culminación, sin embargo, nuestro campeón amanecerá afónico y no podrá demostrar su tara, quedando en segundo puesto”.

En 1954 la pequeña ciudad de Open Door habrá de pedir por quinta vez ser incluida en el listado de participantes, recibiendo de nuevo una negativa por parte de la Comisión Organizadora. Los Juegos se desarrollan esta vez en Chascomús y resulta ganadora la enferma mental del pueblo, una señora de 82 años que baila el foxtrot en medio de la misa de once. Aquélla sería la primera vez que participa una mujer en competiciones oficiales, dado que hasta entonces la locura femenina era vista como un rasgo natural, en la mayoría de las ciudades, y como algo relacionado a la menstruación, en Luján, Chivilcoy y La Lucila del Mar.

En Necochea ’58 gana el Provincial el «loco que se arranca los dientes», un afamado comerciante textil de Bahía Blanca que (se sabrá más tarde) se ha hecho pasar por loco para llevarse el premio. Por esa razón, en la edición posterior, Luján ’62, se incluye un complejo test sicológico en la competencia, para impedir la participación de gente excéntrica de clase media alta.

Después de un doble triunfo marplatense —el «loco que corre al tren» (campeón en Azul ’66) y la «loca que boxea en bolas» (dominadora absoluta en Chivilcoy ’70)— vuelve a presentarse por Bahía Blanca el mismo «loco que se arranca los dientes», que entonces sí ya está loco en serio, pero queda eliminado al confirmarse que lleva dentadura postiza. El premio de ese año (San Clemente ’74) queda desierto por primera y única vez en la historia de los Juegos.

La ciudad de Mercedes, que había alcanzado las semifinales en Chascomús ’54, vuelve a generar expectativa en el Provincial del ’78 que se lleva a cabo en La Plata. Los mercedinos participamos aquella vez con el imbatible Juancito Cuello, el «loco que se parte la cabeza con un vaso de vidrio», pero lamentablemente nuestro adalid muere durante una práctica de entrenamiento, la mañana en que debía presentarse a octavos de final. Ese año ganará Luján con el «loco que mata a las palomas que no sean blancas del todo», en un fallo dividido que todavía genera polémica en muchas localidades bonaerenses.

Ya en la alocada década de los ochenta y dos meses antes de comenzar el Provincial Tres Arroyos ’82, la Comisión Organizadora de los Juegos cambia de presidente —tras el fallecimiento del fundador, Luis A. Casinelli— y toma el mando organizativo el general Lopezcabe, quien decide dividir las pruebas en dos: Provincial Esquizoides (juegos de verano), y Provincial Paranoides (de invierno), generando, como es lógico, que el segundo grupo se sienta perseguido.

Inmediatamente los locos se declaran en huelga. Un grupo de noventa y tres enfermos, liderado por el campeón de 1966, comunica en sus ciudades de origen que dejarán de hacer idioteces por la calle por tiempo indeterminado, hasta que la competencia retome su reglamentación original, y no se presentan a los Juegos. La ciudad de Tres Arroyos, anfitriona de la nueva edición (al verse endeudada por los preparativos y sin participantes provinciales), decide contratar a los componentes de un circo salteño para que se hagan pasar por locos. En la edición 82, por tanto, resulta triunfadora «la mujer barbuda», una joven boliviana sin alteraciones mentales pero con un extraño problema capilar que la hace imbatible.

Son años oscuros en toda la región. La caída de la Dictadura y la huelga de locos en los pueblos hacen de Buenos Aires una provincia anodina y sin gracia. Cruzar las plazas por las noches no depara ninguna emoción, dado que los enfermos mentales de cada pueblo ponen su mayor empeño en parecer señores normales. Incluso algunos, amparados por la flamante democracia, llegan a consagrarse intendentes por el Partido Radical.

El gobierno de Alfonsín crea en 1985 una Comisión de Reparación de Juegos y Torneos, decidiendo dar marcha atrás a los cambios implementados por el general Lopezcabe (también se quitan los “tres segundos” en el baloncesto y se instaura el sistema de promedios para el descenso futbolístico a segunda división).

Se declara entonces, con bombos y platillos, que los siguientes Juegos de El Loco se desarrollarán en Cañuelas, a finales de marzo de 1986, con la reglamentación original. Los locos deshacen entonces la huelga y vuelven a habitar las plazas, para placer de niños y empleados municipales, y se entrenan para la nueva competición. Por supuesto, nadie entonces sospecha que aquéllos de Cañuelas serían los últimos Juegos de El Loco, ni se intuye la desgarradora tragedia del 27 de marzo, que muchos cronistas de la época ya no podremos olvidar.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

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