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Giovanna Rivero

 

Me llamo Diana, como las princesas. Esta respuesta complace a mi madre, nos reconcilia con las secretas herencias que hemos recibido de mi abuela, de mi tía Medea, de mi prima Lilith y de Eva, a quien nunca conocí, pero cuya leyenda va lamiendo mis talones, ensalivándolos.

 

Si doy más explicaciones, mamá se pone nerviosa, las uñas le crecen en punta y ligeramente curvadas, gata en celo. Las amas de casa tienen esas cosas, retuercen sus uñas sobre la masa del pan y sonríen, ya sin furia.

 

En este país, las amas de casa no tienen conciencia de clase, mas conocen secretamente su poder. Mamá dice que jamás me acerque a las ollas que hierven, y no porque sus brebajes tengan mal sabor, sino porque podría quemarme con agua, que jamás, jamás de los jamases es lo mismo que la caricia del fuego. Sin embargo, estos son mis dominios.

 

Abro latas de atún y preparo sándwiches que mis amantes devoran sin decir amén. ¡Qué buena cocinera!, piensan, y recogen con la lengua las migas desperdigadas sobre la corbata. Por lo demás, nunca, nunca, me aproximo al hervor de las ollas.

 

Aun hoy, mamá suele mezclar el tallarín con las medias nylon, y a mí me produce cierto asco. Hemos compartido algunas recetas, es cierto, una pizca de pimienta y dos lágrimas de limón, azúcar impalpable y colorante artificial, nada extraordinario.

 

La última vez preparamos una tarta de manzanas mordidas y tocamos, sonrientes, las puertas anaranjadas de la cuadra. Las vecinas, malagradecidas, vomitaron sobre nuestra gentileza con tanta profusión que cualquiera hubiese pensado en un baño chantilly, malditas bulímicas.

 

Pues bien, ahora he alistado un banquete.

 

Mamá está orgullosa. Me ha prestado los trinches de plata para darle clase a la mesa. Y el vino, Diana, el vino debe tener la densidad de la sangre antes de coagularse. He seguido todos los pasos: el mantel rosa, la jarra con agua, los panes con sus cuernitos a medio chamuscar y la bandeja sobre la que pondré la comida caliente.

 

Me llamo Diana digo, al abrir la puerta, donde se recorta mi nuevo amante. Me muero por hacerle probar mi receta; al fin y al cabo, a mí también me tenían harta los sándwiches de atún.

 

Yo soy Raúl dice, sacudiendo una melenita afeminada que amargamente me recuerda al marica de Sansón.

 

Por eso, cuando le corto el pescuezo para meter su cabeza al horno, compruebo, una vez más, que los melenudos son un problema: tienes que rasurarles el cráneo para sentir el sabor.

 

Colaboración de Yanna Hadatty Mora

 

Fuente: http://ellaberintodenoe.blogspot.com

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