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Kazuo Ishiguro

Nocturno

 

Era la tercera vez que tocábamos el tema de El padrino desde que había empezado el almuerzo y yo miraba a los turistas sentados en la piazza, por si reconocía a los que ya estaban allí la última vez que lo habíamos interpretado. A la gente no le molesta oír una melodía famosa más de una vez, pero hay que evitar las repeticiones excesivas, para que a nadie se le ocurra sospechar que no tenemos un repertorio decente. En esta época del año es normal repetir melodías. Los primeros indicios del viento otoñal y el ridículo precio del café garantizan un nutrido flujo de clientes. El caso es que por eso miraba las caras que había en la piazza y por eso descubrí a Tibor.

 

Había levantado el brazo y al principio creí que nos saludaba a nosotros, pero entonces me di cuenta de que llamaba a un camarero. Parecía mayor y había engordado, pero no era difícil reconocerlo. Le di un codazo a Fabián, el acordeón que tenía al lado, y señalé con la cabeza hacia el joven, dado que no podía señalarlo con las manos, que tenía ocupadas con el saxofón. Entonces, al mirar a los de la banda, caí en la cuenta de que, exceptuándonos a Fabián y a mí, no quedaba nadie del grupo que tocaba el verano que conocimos a Tibor.

 

Sí, habían transcurrido ya siete años, pero aún me afectaba. Cuando tocas con los demás todos los días, acabas pensando en la banda como en una especie de familia y en los demás miembros como en tus hermanos; y cuando de tarde en tarde se va uno, quieres creer que estaréis siempre en contacto, que mandará postales desde Venecia o desde Londres o desde donde sea, y quizá también una instantánea de la banda con la que está ahora, como cuando se escribe una carta a la familia del pueblo. Así que esos momentos vienen a ser como avisos que nos recuerdan la rapidez con que cambian las cosas. Cómo los amigos del alma de hoy son mañana personas extrañas perdidas, dispersas por Europa, que tocan el tema de El padrino o Las hojas muertas en plazas y cafés que no visitaremos nunca.

 

Cuando terminamos la pieza, Fabián me lanzó una mirada asesina, ofendido porque le hubiera dado el codazo durante su «momento especial», que no era exactamente un solo, sino uno de esos raros pasajes en que el violín y el clarinete han enmudecido, yo toco notas suaves al fondo y él sostiene el hilo melódico con el acordeón. Cuando quise explicarme y le señalé a Tibor, que en aquel momento removía un café bajo un quitasol, Fabián pareció no reconocerlo. Al final dijo:

 

—Ah, sí, el chico del chelo. ¿Seguirá con aquella señora americana?

 

—Claro que no —dije—. ¿No te acuerdas? La historia se acabó entonces.

 

Fabián se encogió de hombros, se concentró en la partitura y poco después empezamos la siguiente pieza.

 

Me decepcionaba que Fabián no se hubiera interesado más, pero supongo que era porque nunca había sentido una curiosidad particular por el joven violonchelista. Hay que entenderlo, Fabián sólo ha tocado en bares y cafés. No era como Giancarlo, el violinista que teníamos entonces, ni como Ernesto, que era nuestro contrabajo. Ellos habían tenido una formación profesional y los individuos como Tibor siempre les resultaban fascinantes. Puede que hubiera algo de envidia por medio, envidia de la alta educación musical de Tibor, del hecho de que aún tuviera toda una vida por delante. Pero, para ser justos, creo que era simplemente que les gustaba tomar bajo su protección a los Tibor de este mundo, cuidarlos un poco, quizá prepararlos para lo que les aguardaba, para que cuando llegaran las decepciones, no les costase tanto encajarlas.

 

El verano de hace siete años había sido inusualmente caluroso y hubo días que creíamos estar en la otra punta del Adriático. Tocamos en la calle durante más de cuatro meses —bajo el toldo del café, de cara a la piazza y a las mesas— y doy fe de que sudábamos la gota gorda, incluso con dos o tres ventiladores eléctricos zumbando a nuestro alrededor. Pero fue en beneficio de la temporada, con multitud de turistas yendo y viniendo, muchos de Alemania y Austria, pero también nacionales que huían del calor hacia las playas. Fue aquel verano cuando empezamos a fijarnos en los rusos. Hoy nadie presta atención a los turistas rusos, son como los demás. Pero entonces aún llamaban la atención, lo suficiente para detenerse a mirarlos. Vestían de un modo raro y se movían como niños que estrenan escuela. La primera vez que vi a Tibor estábamos en una pausa, descansando alrededor de la mesa que el café nos tenía reservada. Estaba sentado cerca de allí y no paraba de cambiar de sitio el estuche del violonchelo, para que no le diera el sol.

 

—Mira ése —dijo Giancarlo—. Un ruso que estudia música y no tiene oficio ni beneficio. ¿Y qué hace? Gastarse el dinero en cafés en la plaza principal.

 

—Un idiota, está claro —dijo Ernesto—. Pero un idiota romántico. Contento de pasar hambre, mientras pueda quedarse toda la tarde en nuestra plaza.

 

Era delgado, de pelo rubio rojizo, con unas gafas pasadas de moda, con una montura tan grande que parecía un oso panda. Se presentaba todos los días y no recuerdo exactamente cómo sucedió, pero con el tiempo acabamos sentándonos y hablando con él durante los descansos. Y a veces, si aparecía por el café durante la función nocturna, al terminar lo llamábamos y lo invitábamos a vino y costrini.

 

Pronto averiguamos que Tibor era húngaro, no ruso; que probablemente era mayor de lo que parecía, porque había estudiado en el Real Conservatorio de Londres y luego había estado dos años en Viena con Oleg Petrovic. Tras un irregular comienzo con el viejo maestro, había aprendido a sortear sus legendarias pataletas y había dejado Viena lleno de confianza; y con una serie de contratos para actuar en escenarios prestigiosos aunque pequeños de toda Europa. Pero los conciertos empezaron a cancelarse por culpa de la baja demanda; no había tenido más remedio que tocar música que detestaba; el alojamiento había resultado caro o impresentable.

 

Nuestro bien organizado Festival de las Artes y la Cultura —motivo por el que Tibor estaba allí aquel verano— había supuesto un poderoso incentivo y cuando un amigo del Real Conservatorio le ofreció pasar gratis el verano en un piso junto al canal, Tibor aceptó sin vacilar. La gustaba nuestra ciudad, eso nos dijo, pero el dinero siempre era un problema, y aunque había dado algún que otro recital, no sabía qué hacer a continuación.

 

Después de oír sus desventuras durante un rato, Giancarlo y Ernesto dijeron que deberíamos hacer algo por él. Y así fue como Tibor llegó a conocer al señor Kaufmann, de Ámsterdam, un pariente lejano de Giancarlo con contactos en el sector de la hostelería.

 

Recuerdo muy bien aquel atardecer. Aún estábamos a principios de verano y el señor Kaufmann, Giancarlo, Ernesto y los demás estábamos sentados dentro, en la trastienda del café, oyendo a Tibor tocar el violonchelo. El joven debía de saber que era una prueba de audición para el señor Kaufmann, por eso quiero subrayar lo bien que tocó aquella noche. Nos estaba muy agradecido y se notó su satisfacción cuando el señor Kaufmann le prometió hacer lo que pudiera por él cuando volviera a Ámsterdam. Cuando la gente dice que Tibor se echó a perder aquel verano, que se lo creyó demasiado, que todo fue por culpa de la americana, bueno, quizá haya algo de verdad en esto.

 

Tibor se había fijado en la mujer mientras se tomaba el primer café del día. A aquella hora hacía fresco en la piazza —el extremo del café quedaba a la sombra buena parte de la mañana— y en el pavimento aún se veía el agua de las mangueras de los empleados municipales. Como estaba en ayunas, miraba con envidia a la vecina de mesa, que estaba pidiendo una serie de brebajes a base de fruta y —al parecer por capricho, pues no eran ni las diez— una cazuela de mejillones al vapor. Tibor tenía la vaga impresión de que la mujer lo miraba furtivamente, pero no le concedió importancia.

 

—Era muy agradable, incluso hermosa —nos dijo entonces—. Pero es que tiene diez o quince años más que yo. Ni se me pasó por la cabeza la posibilidad de que hubiera nada.

 

Se olvidó de ella y se preparaba para volver a su habitación, para practicar un par de horas antes de que llegara el vecino para comer y pusiera la radio, cuando inesperadamente vio que la mujer estaba delante de él.

 

Lucía una sonrisa radiante y todo en su comportamiento daba a entender que ya se conocían. En realidad, Tibor no la saludó a causa de su natural timidez. La mujer le puso la mano en el hombro, como si hubiera fracasado en una prueba pero lo perdonara de todos modos.

 

—Estuve en el recital que diste el otro día —dijo—. En San Lorenzo.

 

—Gracias —respondió Tibor, aunque se dio cuenta de que era una simpleza. Pero como la mujer seguía sonriéndole, añadió—: Ah, sí, la iglesia de San Lorenzo. Así es. Di un recital allí.

 

La mujer se echó a reír y se sentó delante de él.

 

—Hablas como si trabajaras mucho últimamente —dijo con un atisbo de burla en la voz.

 

—Si cree eso, entonces le he dado una impresión falsa. El recital al que asistió ha sido el único que he dado en dos meses.

—Pero estás empezando —dijo—. Que consigas aunque sea un solo trabajo ya tiene su mérito. Y había mucha gente el otro día.

 

—¿Mucha gente? Sólo había veinticuatro personas.

 

—Fue por la tarde. Para ser un recital vespertino no estuvo mal.

 

—No debería quejarme. Pero no era mucha gente. Turistas que no tenían nada mejor que hacer.

 

—Ah, no deberías ser despectivo. A fin de cuentas, yo estaba allí, era una turista más. —Como Tibor se sonrojara, porque no había tenido intención de ofenderla, la mujer le puso la mano en el brazo y añadió con una sonrisa—: Sólo estás empezando. No te preocupes por la cantidad de público. No tocas por eso.

 

—¿No? Si no toco para un público, entonces, ¿para qué toco?

 

—No he dicho eso. Lo que digo es que, en esta fase de tu trayectoria, no tiene importancia que haya veinte o doscientos en el público. ¿Te digo por qué no? Porque tienes fuerza.

 

—¿La tengo?

 

—La tienes. Más concretamente. Tienes… potencial.

 

Tibor reprimió la risa espontánea que le acudió a los labios. Se acusó más a sí mismo que a la mujer, porque había esperado que ella dijese genio o por lo menos «talento», y al instante se dio cuenta de lo iluso que había sido por creer que iban a decirle aquello. La mujer prosiguió:

 

—En esta etapa se espera que aparezca una persona que sepa oírnos. Y esa persona podría estar perfectamente en un lugar como el del martes, entre un público de veinte personas…

 

—Había veinticuatro, sin contar a los organizadores…

 

—Pues veinticuatro. Lo que digo es que las cifras no importan en ese momento. Lo que importa es esa persona.

 

—¿Se refiere usted al jefe de la compañía discográfica?

 

—¿Discográfica? Oh, no, no. Eso vendrá por sí solo. No, yo me refiero a la persona que te hará madurar. A la persona que te oirá y comprenderá que no eres otro mediocre bien adiestrado. Que aunque ahora seas una crisálida, con un poco de ayuda surgirás como una mariposa.

 

—Entiendo. Y esa persona ¿no será usted por casualidad?

 

—¡Ah, vamos! Veo que eres un joven orgulloso. Pero no me da la sensación de que haya muchos mentores desesperados por hacerse cargo de ti. Por lo menos, ninguno de mi categoría.

 

A Tibor se le ocurrió entonces que estaba en el umbral que separa la sensatez de la metedura de pata y observó con atención los rasgos de la mujer. Se había quitado las gafas de sol y vio un rostro que básicamente era cordial y amable, pero con sombras que indicaban la cercanía del malestar y quizá de la cólera. Tibor siguió mirándola con la esperanza de reconocerla, pero al final no tuvo más remedio que decir:

 

—Le pido mil disculpas. ¿Es usted una música conocida, quizá?

 

—Soy Eloise McCormack —dijo ella con una sonrisa y tendiéndole la mano.

 

Por desgracia, Tibor no había oído nunca aquel nombre y se vio en un dilema. Su primer impulso fue fingir admiración y de hecho dijo:

 

—¿De verdad? Es increíble. —Pero entonces recuperó la calma y se dio cuenta de que farolear no era sólo faltar a la verdad, sino la forma más directa de acabar poniéndose en vergonzosa evidencia unos segundos más tarde. Así que se sentó muy envarado y añadió—: Señora McCormack, es un honor conocerla. Sé que le parecerá increíble, pero le pido que sea indulgente con mi juventud y con la circunstancia de que me crié en lo que antes se llamaba Bloque del Este, al otro lado del Telón de Acero. Hay muchos intérpretes cinematográficos y personalidades políticas cuyo nombre conocen todos en Occidente, pero que para mí son completos desconocidos incluso en nuestros días. Así que le pido perdón por no saber exactamente quién es usted.

 

—Bueno…, eso es loablemente sincero. —A pesar de sus palabras, se la notaba ofendida y las burbujas de su efervescencia parecieron amodorrarse.

 

Tras un incómodo momento, Tibor dijo:

 

—Es usted una música conocida, ¿verdad?

 

La mujer asintió con la cabeza, paseando la mirada por la plaza.

 

—Le pido mil perdones una vez más —dijo Tibor—. Fue ciertamente un honor que una persona como usted acudiera a mi recital. ¿Puedo preguntarle por el instrumento que toca?

 

—El mismo que tú —dijo la mujer rápidamente—. El violonchelo. Por eso vine. Aunque sea un recital humilde como el tuyo, soy incapaz de contenerme. No puedo pasar de largo. Supongo que es como una misión.

 

—¿Una misión?

—No sé de qué otro modo llamarlo. Quiero que todos los violonchelistas toquen bien. Que toquen de maravilla. Pero con frecuencia tocan mal.

 

—Disculpe, pero ¿son sólo los violonchelistas los culpables de las malas interpretaciones? ¿O se refiere a todos los músicos?

 

—Puede que también sea así con los demás instrumentos. Pero yo soy violonchelista, así que escucho a otros violonchelistas, y cuando oigo algo que no va bien… Por ejemplo, el otro día vi a unos jóvenes tocando en el vestíbulo del Museo Cívico y la gente pasaba aprisa junto a ellos, pero yo tuve que detenerme a escuchar. Y créeme, tuve que contenerme mucho para no acercarme a ellos y decírselo.

 

—¿Cometían errores?

 

—No eran errores exactamente. Pero…, bueno, es que no era así. No era exactamente así. Pero ¿qué quieres? Yo exijo mucho. Ya sé que no debería esperar que todos lleguen a la cota que me he fijado yo. Sólo eran estudiantes de música, imagino.

 

Se echó atrás en la silla por primera vez y miró a unos niños que jugaban ruidosamente a salpicarse en la fuente del centro.

 

Tibor dijo al cabo del rato:

 

—¿Y sintió ese impulso el martes? ¿El impulso de acercarse y hacerme sugerencias?

 

Sonrió, pero inmediatamente se puso muy seria.

 

—Lo sentí —dijo—. Lo sentí de verdad. Porque cuando te oí, recordé cómo era yo antes. Perdóname, porque te va a parecer una grosería. Pero la verdad es que no vas por buen camino. Y cuando te oí, quise ayudarte a encontrarlo. Antes de que sea tarde.

 

—Permítame señalarle que he recibido clases de Oleg Petrovic.

 

Tibor lo dijo con rotundidad y esperó la respuesta de la mujer. Se llevó una sorpresa al ver que reprimía una sonrisa.

 

—Petrovic, sí —dijo—. Petrovic, en su época, fue un músico muy respetado. Sé que para sus alumnos todavía es una figura importante. Pero para muchos, entre los que me incluyo, sus ideas, todo su enfoque… —Negó con la cabeza y enseñó las palmas. Tibor, repentinamente mudo de ira, siguió mirándola con fijeza y la mujer volvió a ponerle la mano en el brazo— He hablado demasiado. No tengo ningún derecho. Ya me voy.

 

Se puso en pie y el gesto apaciguó a Tibor; era un joven generoso y enfadarse con la gente mucho tiempo no era propio de él. Además, lo que la mujer había dicho de su ex profesor había removido sentimientos turbadores que guardaba en lo más profundo, pensamientos que no se atrevía a formularse claramente a sí mismo. En consecuencia, cuando levantó los ojos para mirarla, en su cara había sobre todo confusión.

 

—Mira —dijo la mujer—, seguramente estás demasiado enfadado conmigo para reflexionar ahora. Pero me gustaría ayudarte. Si te decides y quieres que hablemos, me hospedo allí. En el Excelsior.

 

Es el hotel más espectacular de la ciudad y está enfrente del café, al otro lado de la plaza, y la mujer lo señaló para que Tibor lo viera, le sonrió y se alejó andando en dirección a él. Tibor la miraba todavía cuando la mujer se volvió al llegar a la fuente del centro, con tanta brusquedad que espantó a unas palomas, saludó a Tibor con la mano y siguió andando.

 

Durante dos días pensó a menudo en aquel encuentro. Volvió a ver la sonrisita de superioridad de la mujer mientras él pronunciaba con orgullo el nombre de Petrovic, y volvió a encendérsele la sangre. Pero al reflexionar se dio cuenta de que en realidad no se había enfadado por el viejo profesor. Era más bien que se había acostumbrado a que el nombre de Petrovic produjera siempre cierta impresión, a que evocarlo se tradujera en atención y respeto: en otras palabras, había acabado por confiar en él como si fuera un certificado que pudiera pasear por todo el mundo. Lo que le había turbado tanto era la posibilidad de que el certificado tuviera menos valor de lo que había supuesto.

 

También recordaba la invitación que le había hecho al despedirse, y durante las horas que pasaba en la plaza, sin darse cuenta, se volvía a mirar el otro extremo, hacia la suntuosa puerta del Hotel Excelsior, por delante de cuyo portero desfilaba un flujo continuo de taxis y limusinas.

 

Por fin, tres días después de la conversación con Eloise McCormack, cruzó la piazza, avanzó entre los mármoles del vestíbulo y en recepción solicitó hablar con la habitación de la mujer. El empleado habló por teléfono, le preguntó su nombre y después de una breve conversación le tendió el auricular.

 

—Lo siento mucho —dijo la mujer—. El otro día olvidé preguntarte cómo te llamabas y me ha costado un poco adivinar quién eras. Pero no me he olvidado de ti, claro que no. En realidad, he pensado en ti muchísimo. Hay muchas cosas que me gustaría comentar contigo. Pero ya sabes, estas cosas hay que hacerlas bien. ¿Tienes el chelo ahí? No, claro que no. Si te parece, vuelve dentro de una hora, una hora exactamente, y esta vez tráete el chelo. Te estaré esperando.

 

Cuando volvió al Excelsior con el instrumento, el recepcionista le señaló inmediatamente los ascensores y le dijo que la señora McCormack le estaba esperando.

 

La idea de entrar en la habitación de la mujer, aunque fuera a media tarde, le parecía algo turbadoramente íntimo y suspiró de alivio al encontrarse en una suite de gran tamaño en la que no se veía ni rastro del dormitorio. Las contraventanas de las altas puertas del balcón estaban abiertas en aquel momento, de forma que la brisa agitaba las cortinas de encaje, y Tibor advirtió que si salía al balcón vería la plaza. La habitación, con las desnudas paredes de piedra y el suelo de madera oscura, casi tenía un aire monástico, sólo contrarrestado en parte por las flores, los cojines y el mobiliario de tienda de antigüedades. La mujer, en cambio, iba con camiseta, pantalón de chándal y zapatillas deportivas, como si acabara de hacer footing. Lo recibió sin ceremonias —sin ofrecerle un té o un café— y le dijo:

 

—Toca. Toca algo de lo que tocaste en el recital.

 

Le indicó una silla recta y pulimentada, cuidadosamente colocada en el centro de la habitación. Tibor se sentó en ella y sacó el instrumento del estuche. Ante el desconcierto del joven, la mujer tomó asiento delante del balcón, para que Tibor la viera de perfil y mirando al vacío cada vez que levantase los ojos. La mujer no cambió de postura cuando Tibor se puso a tocar, y cuando terminó la primera pieza, no hizo ningún comentario. Tibor, por lo tanto, pasó enseguida a otra pieza y luego a otra. Transcurrió media hora, luego la hora entera. Y algo que tenía que ver con la habitación en sombras y con su austera acústica, con el sol de la tarde frenado por las oscilantes cortinas de encaje, con el creciente rumor de fondo que subía de la piazza, y por encima de todo con la presencia de la mujer, le arrancaba notas con resonancias e insinuaciones desconocidas. Al finalizar la hora, Tibor estaba convencido de que había satisfecho con creces las expectativas de la mujer, pero cuando terminó la última pieza y guardó medio minuto de silencio, la mujer volvió la silla hacia él y dijo:

 

—Sí, comprendo exactamente dónde te encuentras. No va a ser fácil, pero puedes hacerlo. Decididamente, puedes hacerlo. Empecemos por la de Britten. Tócala otra vez, sólo el primer movimiento, y luego hablamos. Podemos corregirlo juntos, un poco cada vez.

 

Al oír aquello, el primer impulso del joven fue guardar el instrumento e irse. Pero otro impulso —quizá fuera simple curiosidad, quizá otra cosa más profunda— se sobrepuso a su soberbia y le obligó a interpretar otra vez la obra que había pedido la mujer. Cuando le interrumpió y se puso a hablar al cabo de unos compases, volvió a sentir el impulso de irse. Decidió, sólo por educación, soportar aquella clase no solicitada durante otros cinco minutos. Pero sin darse cuenta se quedó más tiempo, luego más tiempo aún. Siguió tocando, la mujer volvió a abrir la boca. Sus palabras, al principio, siempre le parecían llenas de pretensiones y demasiado abstractas, pero cuando trataba de adaptar su espíritu a la interpretación, el joven se quedaba gratamente sorprendido por el efecto. Cuando se dio cuenta había transcurrido otra hora.

 

—De pronto vi algo —nos contó Tibor—. Un jardín en el que no había entrado aún. Y allí estaba, a lo lejos. Había obstáculos en el camino. Pero, por primera vez, allí estaba. Un jardín como no había visto otro en mi vida.

 

El sol se ponía ya cuando salió del hotel, cruzó la plaza, se acercó a las mesas del café y se permitió el lujo de tomar un pastel de almendra con un batido, sin poder contener el júbilo.

 

Durante varios días volvió al hotel por la tarde y siempre salía, si no con la misma sensación de revelación que había experimentado en la primera visita, sí al menos con energía y esperanza renovadas. Los comentarios de la mujer se volvieron tan atrevidos que a un extraño, si hubiera habido alguno delante, habrían podido parecerle presuntuosos, pero Tibor ya no estaba en situación de enfocar de este modo las intervenciones de su anfitriona. Ahora temía que la visita de la mujer a la ciudad terminara y tuviera que marcharse, y esta idea no le dejaba en paz, perturbaba su sueño y proyectaba una sombra cuando salía a la plaza después de otra estimulante velada. Pero cada vez que sacaba a relucir este detalle de manera indirecta, las respuestas eran siempre vagas y en modo alguno tranquilizadoras. «Bueno, hasta que haga demasiado frío para mí», dijo una vez. Y otra: «Creo que me quedaré mientras no me aburra.»

 

—Pero ¿cómo es ella? —preguntábamos a Tibor—. Con el chelo. ¿Cómo es?

 

La primera vez que planteamos este tema, Tibor no nos dio una respuesta cabal y se limitó a decir: «A mí me dijo que siempre ha sido una virtuosa» o algo parecido, y cambiaba de conversación. Pero cuando se dio cuenta de que ya no colaba, dio un suspiro y nos lo explicó.

La verdad era que Tibor, ya en la primera velada, había sentido curiosidad por oírla tocar, pero estaba demasiado acobardado para pedírselo. Había sentido un suave codazo de suspicacia cuando, al mirar por toda la habitación, no había visto el menor rastro del instrumento de la mujer. Al fin y al cabo, era de lo más lógico que se hubiera ido de vacaciones sin el chelo. Pero es que cabía perfectamente la posibilidad de que hubiera uno —tal vez de alquiler— detrás de la puerta cerrada del dormitorio.

 

Conforme proseguían sus visitas al hotel crecían sus recelos. Se había esforzado por alejarlos de su mente, pues por entonces había eliminado todas las reticencias anteriores en relación con aquellas veladas. El solo hecho de que la mujer lo escuchara parecía encontrar vetas nuevas en la imaginación de Tibor, y en las horas que mediaban entre los encuentros vespertinos tendía a ensayar mentalmente una pieza, a prever los comentarios femeninos, sus cabeceos negativos, sus ceños, sus asentimientos con la cabeza, y lo más gratificante de todo, los momentos en que parecía transportada por las frases que él estaba tocando, en que cerraba los ojos y, casi contra su voluntad, se ponía a imitar con las manos los movimientos de Tibor. De todos modos, las sospechas no desaparecieron, y un día entró en la habitación y vio abierto el dormitorio. Vio más paredes de piedra, una cama con dosel de aspecto medieval, pero ni el menor rastro de violonchelo. ¿Podría una virtuosa pasar tanto tiempo sin tocar su herramienta, por mucho que estuviera de vacaciones? Pero también acabó expulsando de la mente esta pregunta.

 

El verano siguió su curso y se acostumbraron a prolongar las veladas acercándose juntos al café al terminar los ensayos, y la mujer lo invitaba a café y bollería y a veces a un bocadillo. Ahora ya no hablaban sólo de música, aunque todo parecía volver a ella. Por ejemplo, le preguntó por la chica alemana con la que había intimado en Viena.

 

—Pero debo aclararle que no era mi novia —respondía él—. No tuvimos nunca una relación de esa clase.

 

—¿Quieres decir que no tuvisteis intimidad física? Eso no significa que no estuvieras enamorado.

 

—No, señorita Eloise, eso no es exacto. Yo simpatizaba con ella, es cierto. Pero no estábamos enamorados.

 

—Pero cuando ayer me tocaste lo de Rachmaninov, evocabas una emoción. Era amor, amor romántico.

 

—No, eso es absurdo. Era una buena amiga, pero no estábamos enamorados.

 

—Tú interpretaste ese pasaje como si fuera el recuerdo de un amor. Eres muy joven, pero ya conoces la deserción, el abandono. Por eso tocas de ese modo el tercer movimiento. Casi todos los violonchelistas lo tocan con alegría. Pero tú no sientes alegría, tú sientes el recuerdo de un momento de alegría que se ha ido para siempre.

 

Charlaban de cosas así y él sentía a menudo la tentación de hacerle preguntas a su vez. Pero así como nunca se había atrevido a hacer preguntas personales a Petrovic durante todo el tiempo que había estudiado con él, se sentía incapaz de preguntarle a ella nada importante. Antes bien, se concentraba en los pequeños detalles que ella dejaba caer de vez en cuando: que ahora vivía en Portland, Oregón, y que tres años antes había vivido en Boston, que no le gustaba París porque le recordaba momentos tristes; pero se abstenía de pedirle que ampliara estos datos.

 

La mujer reía ahora con más espontaneidad que los primeros días de amistad musical, y cuando salían del Excelsior y cruzaban la piazza, adquirió la costumbre de colgarse de su brazo. Fue en esta etapa cuando empezamos a fijarnos en ellos, porque formaban una pareja llamativa, él porque parecía más joven de lo que era y ella porque una veces parecía su madre y otras una actriz coqueta, como dijo Ernesto. Antes de tratar con él hablábamos mucho de los dos, como suelen hacer los que tocan en una banda. Si pasaban del brazo junto a nosotros, nos mirábamos y decíamos: «¿Qué opináis? ¿Verdad que están liados?» Pero después de mucho especular, nos encogíamos de hombros y confesábamos que era poco probable: no tenían aire de amantes. Y cuando empezamos a tratar a Tibor y nos habló de las tardes que pasaba en la suite de la mujer, a ninguno se le ocurrió pincharle ni hacer insinuaciones humorísticas.

 

Una tarde que estaban los dos sentados en la plaza, con café y bollería, la mujer le habló de un hombre que quería casarse con ella. Se llamaba Peter Henderson y tenía una próspera tienda de artículos de golf en Oregón. Era elegante, amable y muy respetado en la comunidad. Era seis años mayor que Eloise, pero de ningún modo un viejo. Tenía dos hijos pequeños de un matrimonio anterior, que se había disuelto amistosamente.

—Así que ya sabes qué hago aquí —dijo, con una risa nerviosa que Tibor no le había oído hasta entonces—. Me escondo. Peter no sabe dónde estoy. Supongo que es una crueldad por mi parte. Lo llamé el martes pasado, le dije que estaba en Italia, pero no en qué ciudad. Estaba enfadado conmigo e imagino que tiene derecho a estarlo.

 

—O sea —dijo Tibor— que está usted pasando el verano meditando sobre el futuro.

 

—La verdad es que no. Sólo me escondo.

 

—¿No ama al tal Peter?

 

La mujer se encogió de hombros.

 

—Es un hombre simpático. Y no tengo tantas ofertas sobre la mesa.

 

—Ese Peter, ¿es aficionado a la música?

 

—Ah… Donde vivo ahora seguramente se le consideraría así. Al fin y al cabo, va a conciertos. Y luego, en el restaurante, dice cosas agradables sobre lo que hemos oído. Así que podría decirse que es aficionado a la música.

 

—Pero… ¿la valora?

 

—Sabe que no siempre será fácil, me refiero a vivir con una virtuosa. —La mujer dio un suspiro—. Ése ha sido el problema toda mi vida. Tampoco te resultará fácil a ti. Pero tú y yo, en el fondo, no tenemos otra opción. Tenemos un camino que recorrer.

 

No volvió a hablar de Peter, pero a raíz de aquella conversación la relación que se había establecido entre ambos se desplazó a una dimensión distinta. Cuando al terminar él de tocar caía ella en sus habituales silencios reflexivos, o cuando, sentados juntos en la piazza, ella adoptaba una expresión distante y dejaba vagar la mirada por los quitasoles más próximos, la situación ya no era incómoda y, lejos de sentirse menospreciado, Tibor sabía que la mujer valoraba que él estuviera allí con ella.

 

Una tarde, al terminar de tocar una pieza, la mujer le pidió que repitiese un breve pasaje, apenas ocho compases, antes del final. Tibor lo repitió y vio que la frente de la mujer seguía fruncida.

 

—No parece nuestro —dijo Eloise, negando con la cabeza. Como de costumbre, estaba sentada delante del balcón, dándole el perfil—. Lo demás estaba bien. Lo demás era nuestro. Pero ese pasaje… —Se estremeció ligeramente.

 

Tibor volvió a tocarlo, ahora de otro modo, pero seguramente no como quería ella, y no le extrañó ver que negaba otra vez con la cabeza.

 

—Lo siento —dijo Tibor—. Debe usted expresarse con más claridad. No entiendo eso de «nuestro». ¿Insinúas que quieres oírmelo tocar a mí? ¿Es eso lo que estás diciendo?

 

Lo había dicho con calma, pero cuando volvió la cara para mirarlo, él se dio cuenta de la tensión que se cernía sobre ambos. La mujer lo miró con fijeza, casi desafiándolo, esperando su respuesta.

 

Al final dijo:

 

—No. Probaré otra vez.

 

—Pero te preguntas por qué no lo toco yo, ¿verdad? Por qué no empuño tu instrumento y te doy un ejemplo práctico de lo que quiero decir.

 

—No… —Tibor negó con la cabeza con lo que él esperaba que fuera despreocupación—. No. Creo que va bien así, como lo hacemos siempre. Usted hace sugerencias verbales, yo toco. Es distinto, no es como si la imitase. Sus palabras me abren ventanas. Si tocara usted, las ventanas no se abrirían. Yo sólo imitaría.

 

La mujer meditó aquello y dijo:

 

—Seguramente estás en lo cierto. Está bien, procuraré explicarme un poco mejor .—Y durante unos minutos estuvo hablando de las diferencias entre las codas y los interludios. Luego, cuando Tibor tocó aquellos compases por enésima vez, la mujer sonrió y asintió con la cabeza.

 

Pero desde aquella breve charla se introdujo algo misterioso en sus tardes. Puede que hubiera estado allí desde el principio, pero ahora había salido a la luz y flotaba entre ellos. En otra ocasión, sentados en la piazza, Tibor le había contado que el anterior propietario de su violonchelo lo había conseguido, en los tiempos de la Unión Soviética, a cambio de unos vaqueros genuinamente americanos. Cuando terminó de contarle la anécdota, la mujer lo miró con una semisonrisa extraña.

 

—Es un buen instrumento —dijo—. Tiene una voz exquisita. Pero como ni siquiera lo he tenido en las manos, no sabría juzgar.

 

Tibor supo entonces que la mujer lo estaba llevando hacia aquel terreno y desvió rápidamente la mirada.

 

—No creo que sea el instrumento indicado para una persona de su categoría —dijo—. Creo que ya ni siquiera es el indicado para mí.

Se dio cuenta de que ya no se podía relajar hablando con ella por miedo a que tomara las riendas de la conversación y la condujera a aquel terreno. Una parte de su mente estaba siempre en guardia, incluso durante las charlas más agradables, lista para cortarle el paso si ella encontraba algún hueco. A pesar de todo, no podía esquivarla todo el tiempo y cuando ella decía, por ejemplo: «Bueno, sería mucho más fácil si me vieras tocar», se limitaba a fingir que no la oía.

 

A últimos de septiembre —la brisa ya había refrescado— Giancarlo recibió una llamada telefónica de Ámsterdam, del señor Kaufmann; había una plaza libre para un violonchelista en una pequeña orquesta de cámara, en un hotel de cinco estrellas del centro de la ciudad. La orquesta tocaba cuatro noches a la semana en una elevada tribuna que daba al comedor; además, los músicos tenían otras obligaciones secundarias, no musicales en otros puntos del hotel. Se garantizaba habitación y comida. El señor Kaufmann se había acordado inmediatamente de Tibor y le habían reservado el puesto. Se lo comunicamos a Tibor enseguida, en el café, la misma tarde de la llamada, y creo que todos nos quedamos atónitos al ver la fría respuesta del joven. Desde luego, su actitud contrastaba mucho con la que le habíamos visto adoptar a comienzos del verano, cuando le arreglamos la audición con el señor Kaufmann. Giancarlo en concreto se puso muy furioso.

 

—Pero ¿qué tienes que meditar? —preguntó al joven—. ¿Qué esperas? ¿El Carnegie Hall?

 

—No quiero parecer ingrato. Pero debo pensarlo bien. Tocar para gente que charla y come. Y esas otras obligaciones de hostelería. ¿De veras le conviene esto a un músico como yo?

 

Giancarlo perdía la paciencia con facilidad y tuvimos que sujetarlo entre todos para que no asiera a Tibor por las solapas de la chaqueta y le vociferase en la cara. Algunos incluso nos sentirnos obligados a defender al chico, señalando que al fin y al cabo era su vida, y que no tenía por qué aceptar un trabajo en el que no se sentiría cómodo. Las cosas se calmaron al final y Tibor reconoció que el empleo tenía algunos aspectos interesantes, si se planteaba como algo temporal y nuestra ciudad, lo señaló haciendo hincapié en ello, se convertiría en un páramo cuando acabara la temporada turística. Ámsterdam por lo menos era un centro cultural.

 

—Lo meditaré cuidadosamente —dijo al final—. ¿Podríais ser tan amables de decirle al señor Kaufmann que le comunicaré mi decisión antes de tres días?

 

Aquello no satisfizo a Giancarlo —en el fondo esperaba gratitud servil—, pero de todos modos consintió en llamar al señor Kaufmann. No se mencionó el nombre de Eloise McCormack en ningún momento de la discusión de aquella tarde, pero a ninguno de nosotros se le escapó que su influencia estaba detrás de todo lo que había dicho Tibor.

 

—Esa mujer lo ha convertido en un engreído de mierda —dijo Ernesto cuando Tibor se fue—. Que vaya con esos humos a Ámsterdam. Ya se enterará de lo que vale un peine.

 

Tibor no había contado a Eloise lo de la prueba de audición con el señor Kaufmann. Había estado a punto de mencionárselo muchas veces, pero siempre se había echado atrás, y cuanto más se intensificaba su amistad, más creía él que haber accedido a una cosa así equivalía a una traición. Así que es natural que Tibor no se sintiera inclinado a consultar con Eloise los últimos acontecimientos, ni siquiera a darle a entender que se habían producido. Pero nunca había sido hábil guardando secretos y su decisión de ocultárselo a la mujer tuvo efectos inesperados.

 

Hacía un calor inusual aquella tarde. Tibor había acudido al hotel, como de costumbre, y se había puesto a tocar unas piezas nuevas que había preparado. Pero, a los tres minutos, la mujer le dijo que parase.

 

—Algo va mal. Me he dado cuenta en cuanto has entrado. Te conozco ya tan bien, Tibor, que lo he advertido por tu forma de llamar a la puerta. Y ahora que te he oído tocar, estoy convencida. Es inútil, no puedes ocultármelo.

 

Tibor estaba un poco consternado, bajó el arco y estaba a punto de abrirle su corazón cuando la mujer levantó la mano y dijo:

 

—Es algo a lo que no podemos seguir dando la espalda. Siempre quieres evitarlo, pero es inútil. Quiero que lo hablemos. Toda la semana pasada estuve esperando hablar de ese asunto.

 

—¿En serio? —Tibor la miró estupefacto.

 

—Sí —dijo la mujer, moviendo la silla para mirarlo de frente por primera vez—. Nunca he tenido intención de engañarte, Tibor. Estas últimas semanas no han sido las más fáciles de mi vida y tú has sido un amigo ideal. No soportaba que pensaras en ningún momento que quería gastarte una broma pesada. No, por favor, no me interrumpas esta vez. Quiero decirlo. Si me dieras el violonchelo y me dijeras que tocara, tendría que decirte que no, que no sabría. No porque el instrumento sea demasiado malo, nada de eso. Pero si ahora estás pensando que soy una impostora, que en cierto modo he fingido ser lo que no soy, entonces quiero decirte que te equivocas. Fíjate en todo lo que hemos alcanzado juntos. ¿No es prueba suficiente de que no finjo? Sí, te dije que era una virtuosa. Bueno, permíteme que te explique lo que quise decir con eso. Lo que quise decir es que yo nací con un don muy especial, lo mismo que tú. Tú y yo tenemos algo que la mayor parte de los violonchelistas no tendrá nunca, por muy tenazmente que practiquen. Yo lo reconocí en ti, desde el momento en que te oí en aquella iglesia. Y en cierto modo tú tuviste que reconocerlo también en mí. Por eso acabaste viniendo al hotel.

 

»No hay muchos como nosotros, Tibor, y nos reconocemos. Que no haya aprendido aún a tocar el chelo no cambia nada. Tienes que entender que soy una virtuosa. Pero una virtuosa todavía sin destapar. Tú también, tú aún no te has destapado del todo, y eso es lo que he estado haciendo estas semanas. He querido ayudarte a desenterrar esas capas. Pero nunca he pretendido engañarte. El noventa y nueve por ciento de los violonchelistas no tiene nada bajo esas capas. Por eso, las personas como nosotros tenemos que ayudarnos. Cuando nos descubrimos en una plaza atestada de gente, donde sea, tenemos que tendernos la mano, porque somos muy pocos.

 

Tibor vio lágrimas en los ojos de la mujer, aunque su voz no se había alterado en ningún momento. Guardó silencio entonces y otra vez se volvió para darle el perfil.

 

—Así que cree ser una violonchelista especial —dijo Tibor al cabo de un momento—. Una virtuosa. Los demás, señorita Eloise, tenemos que armarnos de valor y destaparnos solos, como usted ha dicho, siempre inseguros de lo que encontraremos debajo. Sin embargo, usted, usted no se ocupa de destaparse. Usted no hace nada. Pero está muy convencida de ser una virtuosa…

 

—Por favor, no te enfades. Sé que suena un poco a chifladura. Pero es así, es la verdad. Mi madre descubrió mi don enseguida, cuando era pequeña. Por lo menos le estoy agradecida por aquello. Pero los profesores que me buscó, a los cuatro años, a los siete, a los once, no eran buenos. Mi madre no lo sabía, pero yo sí. A pesar de ser muy pequeña, tenía este instinto. Sabía que tenía que proteger mi don de personas que, por muy buenas intenciones que tuvieran, podían destruirlo. Así que las dejé fuera. Tú tienes que hacer lo mismo, Tibor. Tu don es precioso.

 

—Perdone —la interrumpió Tibor, con voz más amable ahora—. Dice que tocó el chelo de niña. Pero en la actualidad…

 

—No toco un instrumento desde que tenía once años. Desde que le expliqué a mi madre que no podía continuar con el señor Roth. Y ella lo comprendió. Admitió que era mucho mejor no hacer nada y esperar. Lo fundamental era no deteriorar mi don. Ya llegaría mi hora. Vale, a veces pienso que se me ha hecho demasiado tarde. Tengo ya cuarenta y un años. Pero al menos no he puesto en peligro lo que recibí al nacer. Con el paso de los años he conocido a muchísimos profesores que han dicho que me ayudarían, pero no les creí. A veces es difícil, Tibor, incluso para nosotros. Esos profesores, son muy… profesionales, hablan muy bien, escuchas y al principio te engañan. Piensas: sí, por fin hay alguien que me ayuda, uno de los nuestros. Luego te das cuenta de que no hay nada de eso. Y entonces tienes que endurecerte y cerrar las compuertas. Recuerda eso, Tibor, siempre es mejor esperar. A veces me siento mal por eso, por no haber desvelado aún mi don. Pero no lo he deteriorado y eso es lo que cuenta.

 

Tibor acabó tocando un par de piezas previamente ensayadas por él, pero no pudieron recuperar el espíritu habitual y terminaron pronto la velada. Ya en la piazza, tomaron café y hablaron poco, hasta que él le contó que tenía intención de irse unos días de la ciudad. Siempre había querido explorar el campo de los alrededores, dijo, y se había organizado unas pequeñas vacaciones.

 

—Te sentarán bien —dijo la mujer con tranquilidad—. Pero no te quedes mucho tiempo. Aún tenemos mucho que hacer.

 

Tibor le aseguró que volvería al cabo de una semana lo más tarde. Sin embargo, cuando se despidieron, la mujer se mostró un poco nerviosa.

 

Tibor no había sido del todo sincero en lo de su partida: aún no había organizado nada. Pero aquella misma tarde, cuando se marchó Eloise, se fue a su casa, hizo algunas llamadas y reservó una cama en un albergue juvenil de las montañas, muy cerca de Umbría. Aquella noche vino al café a vernos, y además de contarnos lo del viaje —le dimos toda clase de consejos contradictorios sobre adónde ir y qué ver—, pidió a Giancarlo, con actitud algo mansa, que comunicara al señor Kaufmann que le gustaría aceptar el empleo.

 

—¿Qué remedio me queda? —nos dijo—. Cuando regrese, ya no tendré ni un céntimo.

 

Tibor pasó unos días agradables en el campo. No nos habló mucho de aquel viaje, aparte de que había trabado amistad con unos excursionistas alemanes y de que había pasado en los restaurantes de montaña más tiempo del que podía permitirse. Volvió al cabo de una semana, con un aspecto visiblemente descansado, pero deseoso de saber si Eloise McCormack seguía en la ciudad.

 

Las multitudes de turistas empezaban a decrecer por entonces y los camareros de los cafés sacaban calefactores de terraza para ponerlos entre las mesas. La tarde de su regreso, a la hora de costumbre, Tibor volvió con el chelo al Excelsior y descubrió con placer no sólo que Eloise lo estaba esperando, sino que lo había echado de menos. Lo recibió con efusividad, y así como otra persona, movida por la cordialidad, lo hubiera invitado a comer o a beber, ella lo condujo a su silla habitual y se puso a abrir el estuche del chelo con impaciencia, diciéndole:

 

—¡Toca para mí! ¡Vamos! ¡Toca, toca!

 

Pasaron juntos una tarde maravillosa. Él había estado preocupado por lo que podía suceder después de la confesión de ella y de su despedida, pero toda la tensión parecía haberse evaporado y el clima entre ambos fue más cordial que nunca. Cuando, al acabar una pieza, ella cerraba los ojos y se lanzaba a una larga y dolorosa crítica de la ejecución, Tibor no sentía ya ningún rencor, sólo avidez por entenderla al máximo. El día siguiente y el otro discurrieron del mismo modo: relajados, a veces incluso con bromas, y Tibor pensó que no había tocado mejor en su vida. En ningún momento se refirieron a la conversación que habían sostenido antes de la partida del joven y tampoco ella le preguntó por los días que había pasado en el campo. Sólo hablaban de música.

 

Entonces, el cuarto día después del regreso de Tibor, una serie de pequeños incidentes —entre ellos una fuga de agua en el baño del joven— le impidió presentarse en el Excelsior a la hora de costumbre. Cuando pasó por delante del café, estaba oscureciendo, los camareros habían encendido las velas protegidas por tulipas de vidrio, y nosotros habíamos tocado ya un par de piezas del programa de la cena. Nos saludó con la mano y siguió cruzando la plaza, camino del hotel, dando la impresión, a causa del violonchelo, de que cojeaba.

 

Advirtió que el recepcionista titubeaba ligeramente antes de llamarla por teléfono. Luego, cuando la mujer le abrió la puerta, lo recibió con cordialidad, pero con un matiz diferente, y antes de que Tibor pudiera hablar, la mujer le informó:

 

—Tibor, me alegro de que hayas venido. En este momento le estaba hablando a Peter de ti. Es verdad, ¡Peter consiguió encontrarme al final! —Volvió la cabeza hacia el fondo—: ¡Peter, está aquí! Tibor está aquí. ¡Y con el chelo!

 

Cuando Tibor entró en la habitación, un hombre canoso, corpulento y desgarbado, vestido con un polo rosa, se puso en pie con una sonrisa. Estrechó la mano de Tibor con firmeza y dijo:

 

—Ah, me lo han contado todo sobre ti. Eloise está convencida de que vas a ser una gran estrella.

 

—Peter es muy tenaz —dijo Eloise—. Sabía que acabaría por encontrarme.

 

—Nadie puede esconderse de mí —dijo Peter. Acercó una silla para Tibor, sacó del mueble bar un cubo con hielo y le sirvió una copa de champán—. Vamos, Tibor, ayúdanos a celebrar el reencuentro.

 

Tibor dio un sorbo al champán sin dejar de pensar en que Peter le había acercado casualmente la «silla de tocar el chelo». Eloise había desaparecido y durante un rato los dos hombres hablaron con la copa en la mano. Peter parecía persona amable y le hizo muchas preguntas. ¿Qué había representado para Tibor criarse en un lugar como Hungría? ¿Le había impresionado mucho entrar en contacto con Occidente?

 

—Me gustaría saber tocar un instrumento —dijo Peter—. Tienes mucha suerte. Me gustaría aprender. Un poco tarde ya, supongo.

 

—Ah, no hay que decir nunca que es demasiado tarde —dijo Tibor.

 

—Tienes razón. Nunca digas que es demasiado tarde. Demasiado tarde es siempre una excusa. No, la verdad es que soy un hombre muy ocupado y me repito que estoy demasiado ocupado para aprender francés, para aprender a tocar un instrumento y para leer Guerra y paz. Todo lo que he querido hacer desde siempre. Eloise tocaba cuando era pequeña. Supongo que te lo habrá dicho.

 

—Sí, me lo contó. Ya me he dado cuenta de que tiene muchos dotes naturales.

 

—Sí, claro que las tiene. Cualquiera que la conozca te dirá lo mismo. Tiene mucha sensibilidad. Es ella quien debería recibir clases. Yo, yo soy Dedos de Plátano. —Enseñó las manos y se echó a reír—. Me gustaría saber tocar el piano, pero ¿qué puedo hacer con unas manos así? Estupendas para trabajar la tierra, que es lo que ha hecho mi familia durante generaciones. Pero esta mujer —señaló la puerta con la copa—…, esta mujer tiene auténtica sensibilidad.

 

Eloise salió por fin del dormitorio con un vestido de noche oscuro y muchas joyas.

 

—Peter, no aburras a Tibor —dijo—. No le interesa el golf.

 

Peter abrió las manos y miró a Tibor con expectación suplicante.

 

—Dime, Tibor. ¿He dicho una sola palabra sobre golf?

 

Tibor dijo que tenía que marcharse; que se daba cuenta de que la pareja quería ir a cenar y él les estaba estorbando. La pareja replicó con negativas y Peter dijo:

 

—Fíjate en mí. ¿Te parece que voy vestido para la cena?

Y aunque Tibor pensó que iba vestido de manera muy correcta, lanzó la carcajada que al parecer se esperaba. Peter dijo entonces:

 

—Tú no te vas sin tocar algo. He oído hablar demasiado de tu forma de tocar.

 

Tibor, algo confuso, abría ya el estuche cuando Eloise dijo con firmeza y un timbre nuevo en la voz:

 

—Tibor tiene razón. Se hace tarde. Los restaurantes de aquí no te guardan la mesa si no llegas puntual. Ve a vestirte, Peter. De paso podrías afeitarte. Yo acompañaré a Tibor. Quiero hablar con él en privado.

 

En el ascensor se sonrieron con afecto, pero no hablaron. Cuando salieron a la calle vieron que ya habían encendido las luces de la piazza. Los niños locales habían vuelto de las vacaciones y jugaban al fútbol o se perseguían unos a otros alrededor de la fuente. Era el momento más concurrido de la passeggiata nocturna y supongo que nuestra música llegaría flotando en el aire hasta donde se encontraban ellos.

 

—Pues así es —dijo Eloise finalmente—. Me ha encontrado y supongo que me merece.

 

—Es una persona encantadora —dijo Tibor—. ¿Tiene intención de volver a América ahora?

 

—Dentro de unos días. Supongo que sí.

 

—¿Se casarán?

 

—Creo que sí. —Eloise lo miró con seriedad unos segundos y apartó la mirada—. Creo que sí —repitió.

 

—Le deseo mucha felicidad. Es un buen hombre y un aficionado a la música. Eso es importante para usted.

 

—Sí. Es importante.

 

—Hace un rato, mientras usted se arreglaba. No hablamos de golf, sino de clases de música.

 

—¿En serio? ¿Habló de recibirlas él o de recibirlas yo?

 

—Los dos. Pero no creo que en Portland, Oregón, haya muchos profesores capacitados para darle clases a usted.

 

Eloise se rió.

 

—Ya te lo dije, es difícil para personas como nosotros.

 

—Sí, ya me doy cuenta. Después de estas semanas, me doy más cuenta que nunca. —Luego añadió—: Señorita Eloise, hay algo que debo decirle antes de que nos despidamos. Dentro de poco me voy a Ámsterdam, me han ofrecido un empleo en un gran hotel de allí.

 

—¿Vas a trabajar de portero?

 

—No. Tocaré en una pequeña orquesta de cámara en el comedor del hotel. Entretendremos a los huéspedes mientras comen.

 

Tibor la observaba con atención y vio que en el fondo de sus ojos se encendía y se apagaba algo. Eloise le puso la mano en el brazo y sonrió.

 

—Bueno, pues buena suerte. —Luego añadió—: Los huéspedes del hotel. Será una agradable sorpresa para ellos.

 

—Eso espero.

 

Estuvieron juntos y callados otro poco, fuera del charco de luz que proyectaba la fachada del hotel, con el voluminoso chelo entre ambos.

 

—Y también espero —añadió— que sea muy feliz con el señor Peter.

 

—Yo también lo espero —dijo ella, riendo otra vez. Entonces le dio un beso en la mejilla y un rápido abrazo—. Cuídate —dijo.

 

Tibor le dio las gracias y, cuando se dio cuenta, Eloise se alejaba ya hacia el Excelsior.

 

Tibor se fue de la ciudad poco después. La última vez que tomamos unas copas juntos se mostró muy agradecido con Giancarlo y con Ernesto por el trabajo y con todos por nuestra amistad, pero a mí me dejó con la impresión de que había estado un poco distante. Unos cuantos lo pensaron también, no sólo yo, aunque Giancarlo, como era típico en él, se puso ahora de parte de Tibor, diciendo que lo único que pasaba era que el chico estaba nervioso y emocionado porque daba un paso más en la vida.

 

—¿Emocionado? ¿Por qué va a estar emocionado? —dijo Ernesto—. Se ha pasado el verano oyendo decir que es un genio. Trabajar en el ramo de la hostelería es una humillación para él. Sentarse y hablar con nosotros, eso es otra humillación. Era un buen chico a principios de verano. Pero después de lo que le ha hecho esa mujer, me alegraré de perderlo de vista.

 

Como ya dije, todo esto sucedió hace siete años. Giancarlo, Ernesto, todos los de la banda de entonces se han ido de aquí, menos Fabián y yo. Hasta que lo vi en la piazza el otro día hacía mucho que no pensaba en nuestro joven maestro húngaro. No costaba mucho reconocerlo. Había engordado, es verdad, y el cuello se le había puesto macizo. Y en su forma de llamar al camarero con el dedo —aunque es posible que esto me lo imaginara— había ese rasgo de impaciencia, esa brusquedad que brota cuando hay resentimiento. Pero puede que sea injusto decir esto. Al fin y al cabo, sólo lo vi de refilón. A pesar de todo, me pareció que había perdido la avidez juvenil por agradar y los pulcros modales de que había hecho gala entonces. Lo cual no es una desgracia en este mundo, podría alegarse.

 

Me habría acercado para hablar con él, pero cuando terminamos el programa ya se había ido. Que yo sepa, sólo estuvo allí aquella tarde. Iba con traje —nada del otro mundo, uno normal y corriente—, así que es posible que tenga un trabajo administrativo en alguna parte. Puede que tuviera que hacer gestiones cerca de allí y se hubiera acercado a nuestra ciudad sólo para recordar viejos tiempos, ¿quién sabe? Si vuelve a la plaza y no estoy tocando, me acercaré y hablaremos un rato.

 

Fuente: https://bibliotecaignoria.blogspot.com

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