LITERATURA

NEUROSIS COMPULSIVA

 

 

Gino Winter

 

Estaba en mi nuevo barrio, City of Doralleyendo una interesante ponencia en Powerpoint sobre la revolución económico-capitalista en mi Perú, cuando empezó mi malestar. Si bien los números eran enteramente favorables a mi país y el informe estaba escrito en una forma clara, concisa y entretenida, los efectos especiales que adornaban las letras me atacaban el hígado cual pan con huevo del Estadio Nacional, con su cebolla, su ketchup y su chocolate caliente en vaso: Las letras empezaron a aparecer de una en una, tipo lluvia, metralla, otra vez tipo persiana, barajada de naipes, puntada de zapatero, etc. hasta terminar con el último párrafo girando para atrás y para adelante varios segundos mientras yo movía la cabeza como ombliguista rumbera para poder leerlo. Me demoré como una hora en leer lo que normalmente tomaría diez minutos. Y todo porque el salvaje que confeccionó el Powerpoint sacó a relucir su complejo de Lucas-Spielberg y llenó la presentación de trucos de lo más estúpidos, como si estuviera escribiendo para retrasados mentales o para periodistas de espectáculos, sin el menor respeto para quienes leemos rápido. La próxima vez bajaré el archivo a mi disco duro y le sacaré todas las mariconadas antes de empezar a leerlo…

 

 

Llegué cansado a una de las mesas de la biblioteca pública, tratando de recuperar mi buen humor y escribir algo al menos simpático, cuando el imbécil de mi derecha empezó a hacer temblar una de sus piernas. Y claro, como en este país todos los muebles parecen de escenografía de telenovela, mi teclado y hasta mi silla reproducían el impacto de ese temblor anormal y enfermizo con el que algunos atorrantes se entretienen mientras se concentran, jodiéndole la vida a cuanto cristiano, musulmán, judío y hasta budista zen, que tenga la mala suerte de estar cerca y conectado de alguna manera a su entorno. Qué costumbre para más idiota, ¿qué pensará esta gente? ¿Les picará algo en algún recóndito lugar de su anatomía, por decir en la nies o en el rincón de las ánimas? Están peor que menopáusicas de vejiga rápida y esfínter flojo. ¿Por qué no los decapitamos de una vez o aunque sea les cortamos una pata?…

 

Me fui al cine del Dolphin Mall (Lindo y ultramoderno cine con olor a pezuña) a ver The Bourne Ultimatum, tercera entrega sobre Jason Bourne, el extraordinario personaje de Robert Ludlum. Apenas empezó el filme, sentí que mi asiento se movía, dos patazas número cincuenta y cuatro empujaban toda la fila. Me acerqué y le dije «escuse me, have you got any brother or are you the unique imbecile asshole of your family?», como diría Pepe Biondi pero en inglés. Felizmente no me escuchó bien el negro, porque medía como dos metros cuando se paró y en el hipotético caso de que le gane peleando a esa media tonelada de brea, me iba a tardar por lo menos cuatro días y medio en noquearlo. Por precaución me fui a otra fila, sólo para encontrar a otro anormal masticando sweet pop-corn con la boca abierta, haciendo más ruidos que una matraca descentrada. Y más allá un cubano alharaquiento, que debía de llamarse Franklin, porque tenía complejo de traductor. Le iba traduciendo la película línea por línea a su paisano, en español, casi en voz alta, y encima parece que su inglés no era muy bueno o le estaba contando otra película el muy animal. Terminé en la primera fila, tan cerca de la pantalla que al final mi nombre salió en el reparto de la película…

 

Bajé a Borders, librería casi tan buena como Barnes & Noble, con el fin de revisar el best seller «The weight loss cure» de Kevin Trudeau, así que me acomodé en una mesita con mi cafecito latte ice a leer, sólo para escuchar las notas musicales del semoviente que estaba sorbiendo su café como una aspiradora de desagües, acompañado por un tipo que en su tierra quizás sería cacique o médico brujo, que leía susurrando, como rezando el muy tetudo, me hacía recordar al Huachano, no a mi compadre Koechlin, sino al curandero ese que le para rezando a la selección de fútbol desde hace veinte años y cada vez juegan peor los infelices. Hace más de tres décadas que estoy haciéndole barra a Alemania y a Italia (equipos de las tierras de mis abuelos paterno y materno, respectivamente) porque estos metro-afeminados de la selección peruana no van al mundial…

 

Salí al parking lot y otro marciano había estacionado su camioneta bloqueándome la salida, maldita sea ¿es que hoy se les ocurrió salir a todos los anormales juntos a hacer demostraciones gratis?

Me fui a casa, me acomodé en el sofá y puse en la tele Cadena Sur, para ponerme un poco al día con los acontecimientos de mi Choliwood querido, pero como estos tarados no son capaces de contratar un ingeniero de sonido competente, tenía que estar bajando y subiendo el volumen del audio cada vez que entraban o salían de comerciales, pues el volumen variaba y sonaban los comerciales casi a gritos. Qué mortificante y encima se me habían agotado las baterías del control remoto y tenía que hacerlo a la antigua, o sea parándome y maniobrando el tablero de la Tv…

 

Empecé a hacerle cariño al perro, animal de costumbres más distinguidas que todos los rumiantes que se me cruzaron hoy. Movió su colita mientras soltaba una retreta de metano sulfuroso, en agradecimiento a algún mascalzone por haberle dado las sobras del banquete del día anterior en vez de la porquería balanceada en lata que acostumbra comer…

 

Fuente: https://cronicasilegales.blogspot.com

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