TRADICIÓN
Luzrosario Aráujo G.
La bandeja con agua tibia, y perfumada, está sobre la mesa. La esponja flota sobre el agua. Cierro los ojos y sumerjo en ella mis manos, al fondo descansan un momento, se las ve deformadas.
Dejo caer sobre la nuca el velo blanco que cubría mis cabellos, ingenua yo al pensar que ese gesto apaciguaría el calor que siento. Estuve, como siempre, entre rejas, sin culpa, sin haber pecado. Digo estuve porque acabo de despojarme de la rejilla que cubría mi rostro.
Mantengo los ojos cerrados y me quito el caparazón, la túnica que me encadena. Respiro, mientras sueño con los lugares donde las mujeres pueden mirarse, tocarse, sin sentir vergüenza o rencor.
Tomo la esponja empapada con agua y la dejo recorrer mi cuerpo. Quito el sudor de mi rostro, detrás de la nuca, voy bajando, recorro mis pechos sin casi sentirlos ni rozarlos, escondo la esponja dentro de una de mis axilas y luego limpio la otra. Juego un momento con sus vellos, para quitarles el sudor que acumularon, los enjuago una y otra vez con el agua aromatizada.
No espero más y me obligo a abrir las piernas, mis manos buscan, pero no termino de decidirme; finalmente me agacho para enjuagar los pies. Sé que de nada servirá abandonarme un momento, evadirlo, tan sólo será un atraso más, como de costumbre.
Él toca la puerta del baño, señal de que está impaciente y debo apurarme. Empapo nuevamente la esponja con el agua y esta vez como autómata la meto entre las piernas ya abiertas. Comienza el temblor; siento que llega el antiguo, el eterno dolor, el rencor y la humillación.
Justo, hoy, se me ocurre recordar aquel evento, fue el día de mi cumpleaños. Siendo aún una niña, mi madre me sostuvo firmemente, especialmente mis brazos, mientras mi abuela, con el peso de su cuerpo mantuvo mis piernas abiertas y me obligó a estar quieta. Y con unas tijeras, que hacía poco mi hermana había afilado, la experta tomó uno de mis labios, lo estiró y cortó. El grito de dolor que lancé no me impidió presentir el siguiente corte, y los otros que eliminaron todo lo externo de mi sexo.
Grité, convulsioné y la sangre bañó las manos de la experta la que se extendió a lo largo de mis piernas, tiñendo de rojo el piso de tierra en donde me acostaron.
Mi hermana mayor, quien ya había olvidado lo angustiante y doloroso de esta rutina, también aceptaba la tradición y ayudó a tapar con sus manos mi boca, para ahogar los gritos que lanzaba cuando me cosían y cerraban ese orificio.
Ahora, recuerdo, vagamente, la forma que tuvo mi vagina. La esponja cada día me recuerda que ahí hubo algo. Por eso, tiemblo cuando los golpes de la puerta se hacen más seguidos.
Pero, no me queda más que salir. Cubro mi cuerpo con la túnica, esta vez nupcial, salgo del baño y me encamino hasta la cama para enfrentarme nuevamente con mi destino.
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Fuente:https://luzrosarioaraujo.wordpress.com/2016/03/30/tradicion/