LA MUJER AZUL
José Donoso
Myra se sentía radiante y feliz, mientras se apresuraba calle arriba. A pesar de sus dudas, la noche había sido un éxito.
Con su falta de tacto, Joan y Lee la habían hecho sentir en casa desde el momento en que entró. Joan le abrió la puerta de su apartamento, y luego de mirar fija y gravemente su cara por un segundo, había exclamado: “¡Oh, Dios, Myra!, ¡has cambiado completamente!, ¡te ves maravillosa!, ¡Lee!, ¡Lee!, ¡ven a ver!”. La expresión de disculpa de Myra se había transformado en risa, e inmediatamente olvidó que al día siguiente tenía que regresar a la oficina y exponer su nariz recién operada al chisme y a la mirada insidiosa de todo el personal.
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