LITERATURA

TÚ TE ROMPISTE

 

 

Hernan Casciari

 

Dos por tres un desperfecto técnico, una avería, deja a un montón de usuarios de gmail sin correo. No mucho: media hora, a veces una horita. Pero cada vez que pasa el mundo se pone patas para arriba. Sale en los diarios, lo explican en los noticieros, trending topic por acá, quilombo absoluto.

Estas utilidades—el gmail, twitter, whatsapp— que hasta hace poco no existían y que ni siquiera pedíamos a los gritos, ahora son más necesarias que el agua y el aire.

En esta década, estar tres horas sin conexión a algo es una especie de calamidad personal. ¿Se dieron cuenta de cómo actúa el hombre moderno cuando se queda sin wifi en la casa o cuando se queda sin cobertura en la calle? Se lo comen los nervios, al hombre moderno; lo derrite el desasosiego.

Si no tenemos celular, las personas ya somos incapaces de encontrarnos en una esquina, porque no sabemos cuál de las cuatro intersecciones de la esquina es la correcta y perdemos el aire y nos desmayamos.

Nuestros padres analógicos se encontraban en cualquier parte: en un recital de Sandro, a la entrada de la cancha de River para ver la final del Mundial del 78, en una manifestación del partido intransigente.

En cualquier parte: se encontraban.

Nosotros no. Se nos borró esa neurona. Dos minutos antes de llegar tenemos que mandar un mensajito que dice «Estoy llegando», y el otro responde «Te estoy viendo», y los dos levantamos la mano. Solamente haciendo esa pelotudez nos podemos encontrar.

Y así como el celular nos sitúa en el espacio, el correo electrónico nos ubica en el tiempo. El mail no es imprescindible únicamente como servicio de mensajería veloz: se convirtió en la primera autobiografía personal automática. Todo lo que escribimos en los últimos años está ahí, en la carpeta enviados.

Ejercicio: Vaya ahora mismo el lector a su casilla de correos y busque lo que escribió y envió durante la segunda semana de julio del año 2005. Revise el lector con atención esas cartas. Recordará hechos y circunstancias que la memoria ya había perdido para siempre.

Quedaron atrás los tiempos en los que recordábamos cincuenta números telefónicos de siete cifras cada uno; hoy no sabemos el teléfono de nadie; hoy no sabemos lo que hicimos en julio de 2005.

Cuando perdemos la agenda del celular nos ponemos a caminar en redondo como el oso Yogui cuando le daban un palazo en la cabeza. Cuando una avería nos deja sin correo empezamos a equivocar el sentido de orientación y del tiempo.

¿Cómo era posible vivir hace diez, quince años, sin todos estos sobresaltos? ¿En qué momento el confort de las comunicaciones se convirtió en una emergencia insustituible?

¿Se acuerdan de esa vieja sentencia de Cortázar?: «No te regalan un reloj para tu cumpleaños». Ahora eso nos parece insignificante, podríamos vivir décadas sin el prestigio del reloj pulsera, pero si falla gmail y nos quedamos sin correo, nos da la impresión de que todo se borró: lo que dijimos, lo que nos dijeron…

No es un servicio de correo el que fracasa, es nuestra memoria. Ahora Cortázar diría: «No se rompió tu correo, tú te rompiste». Somos nosotros los que empezamos a desaparecer. Nuestro pasado. Lo que fuimos. Lo que dijimos que íbamos a hacer y no hicimos nunca.

Si perdemos la carpeta enviados de gmail se borran todas las verdades y todas las mentiras que nos componen.

 

Fuente: http://editorialorsai.com/

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