LA FAMA DE LUIS GABRIEL SUCHET
Hernan Casciari
Me llamo igual que mi bisabuelo: Luis Gabriel Suchet, pero soy argentino. El viejo, del que tengo un cuadro enorme en la celda, conoció a Napoleón y con él derrotó a O’Donnell en Lérida. Así me contaba mi padre, y después hasta lo vi en un diccionario de la lengua.
Yo tenía catorce años y me gustó ver mi nombre impreso. Allí tuve, por primera vez, la ilusión de aparecer en un diccionario, abajo del nombre de mi bisabuelo, con mi biografía completa y un final: «bisnieto del revolucionario francés».
Todavía no había pensado cómo, pero mi vida ya tenía un sentido: inmortalizarme por algo, como mi antepasado. Con el tiempo descubrí que no era difícil. A los 17 años maté dos docenas de personas en un supermercado de Lima y me dieron perpetua. Entré con una ametralladora Snipers escondida en el piloto. Me devolvieron a la Argentina en un avión militar después del juicio. Hubo problemas diplomáticos por mi culpa. Alan García y Alfonsín hablaron de mí por teléfono.
En Buenos Aires me esperaba un enjambre de fotógrafos. Jugué con ellos y me amaron. Todos hablaron de mí durante un tiempo. Después me olvidaron en la cárcel y me dieron tiempo para aprender, de los libros, todo lo que sé. Cuando se cumplieron diez años de la masacre, un canal de Perú vino a Caseros a hacerme una nota. Yo ya era otra persona. Les hablé de la fama, del diccionario, de todo lo que estaba haciendo para crecer como ser humano.
Me preguntaron qué pensaba de Leonardo Cruz Leal, el chico que había perdido a sus padres y a sus dos hermanos en mi matanza. Les dije que conocía la historia y que, en su momento, me había apenado mucho la situación del muchacho, pero que ahora le había perdido el rastro. El periodista sacó su as de la manga y me preguntó, frente a las cámaras, si tenía deseos de conversar con Cruz Leal.
—Lo tengo en satélite —dijo—, y él está dispuesto.
Leonardo Cruz Leal fue, al principio, una carga para mí. La intención de la matanza había sido mi inmortalidad, y por culpa de ese peruanito de quince años tuve que compartir los titulares. Yo era el desequilibrado, la bestia, y él la única víctima viva, el que había perdido todo por mi culpa. Conté tantas veces su nombre como el mío en la prensa, y la última nota que leí sobre la masacre, dos años después, se la estaban haciendo a él y no a mí.
El chico era muy suelto y verborrágico, cosa que le encanta al periodismo, y sabía explicar muy bien sus emociones. Siempre supe que Cruz Leal era un invento mío, y también supe que —aunque la fama fuera en principio para él— yo estaba detrás de sus cinco minutos de gloria. La pregunta que más le hicieron siempre fue «qué pensás de Luis Suchet», o «qué le dirías al asesino de tu familia, si lo tuvieras enfrente». Mientras yo estuviera dentro de su fama, no había rencores para él.
Por casualidad supe que ambos (él en una Universidad de Cuzco, yo aquí en Caseros) habíamos empezado a estudiar Derecho Penal. Nos recibimos en 1999. Él escribió un artículo sobre mí en El Tribuno de Lima. Un amigo peruano me lo recortó. Supe entonces que Cruz Leal era muy inteligente. Le escribí una carta que jamás me contestó. Ahora, tres años después, lo tenía en la línea: hablaría con él frente a la opinión pública. Todos podrían decidir quién de los dos valía más. Nos estábamos jugando nuestros destinos.
Si algo aprendí, después de ser noticia y personaje público, es que el periodismo tiene dos elementos para vivir: la noticia y el personaje público. La noticia no tiene ambages nunca. Es o no es interesante. Pero el personaje, para perpetuarse, debe guardar ciertas características que le interesen a los editores. Un lacónico se desvanece aunque sea un genio o un asesino monumental. Ahora, si una gorda se saca el prode y es verborrágica, pueden pasar veinte años y nadie olvidará a Fabiana Negrete. Si el personaje se esconde de la prensa, o no le da comida al titular, por más esfuerzos que haya hecho, será olvidado por el micrófono y el flash.
Por eso no me resultó difícil instalarme en la prensa otra vez, luego de la conversación pública con Cruz Leal. Por experiencia logré mantenerme. Todos los diarios sacaron al día siguiente un titular parecido. Volanta: Suchet habló con Cruz Leal. Título: Otra vez mataría a tu familia. Encomillado, porque esas fueron mis palabras antes que el chico limeño se pusiera a llorar por satélite y me puteara como un cobarde.
Tuve un pequeño altercado fuera de cámaras con los periodistas peruanos. Un puro compromiso, porque en realidad yo sabía que me amaron después de lo que dije. La primicia, para ellos, está más arriba que la ética. Como para mí la inmortalidad es más alimento que la moral. No volvería a matar a la familia de Cruz Leal, por supuesto. Mataría a cualquier familia, a cualquiera, con tal de poder decirle al único sobreviviente que no me arrepiento de nada.
Fuente: http://editorialorsai.com/