LITERATURA

EL ESTUPENDO MATRIMONIO DE ZABALITA

 

 

Alejandro Carrión

 

Hacía unos diez o doce años que no veía a Zabalita. En ese largo tiempo, justo es decirlo, no habían acudido a mi memoria ni su nombre ni su figura. Pero cuando lo vi ese día, al otro lado de la Calle del Correo, lo reconocí enseguida. Ahí está Zabalita: no ha cambiado un ápice: está tal cual, sin que le pase un día. Su cara chata, que parece pegada a un cristal, con la nariz aplastada por la presión; su ropa negra sempiterna; sus pómulos salientes; su piel maquísima con redondas chapas en los carrillos; su cabello ensortijado…

 

en fin, todo su ser, chiquito, ancho, tendiendo a cuadrilátero. ¿Cuántos años tendrá Zabalita? Posiblemente los mismo que yo, o sea unos dos o tres más allá del meridiano de la cincuentena. Me vio, y cruzó la calle, recto como una flecha.

 

-¡Cholito! ¡A los años te veo! ¿Qué es de tu vida?

 

-Hombre… pasando… pasando… Conforme Dios ayuda. ¿Y vos?

 

-Yo… pues… verás… ¡Muerto de gana de encontrar un amigo, un buen amigo, como vos, para contarle lo que me pasa! ¿Estás apurado? ¿No te vendrías a tomar un tinto conmigo en el Madrilón? Aquí, a un pasito… ¡Caramba, si es una suerte que te haya encontrado! ¡Un milagro! Y no te aprensiones, que no te voy a pedir plata, por estos tiempos ando en fondos… aun cuando parece que no durarán mucho. Ven, ven.

 

¿Cómo defenderme? Zabalita había sido mi compañero en el colegio, hace ya tanto tiempo. Un pillo de consulta el tal Zabalita. Vamos, vamos.

 

Ya en el café, con las tazas de tinto dobles delante, echando humo, Zabalita me suelta:

 

-¿Sabías que me casé? ¿Sabías?

 

No, yo no lo sabía. Para mí, Zabalita era incasable. Justo el tipo del que no se casa nunca; del que no conviene, ¡Dios mío!, que se case.

 

– ¿Tú? ¡No me digas! ¿Quién fue la víctima?

 

-Yo.

 

-¿Tú? ¿Tú, la víctima? ¡Zabalita! ¡Ni que no te conociera!

 

-Pues… aun cuando te parezca increíble, yo fui la víctima. Y tal lo fui, que he presentado ya demanda de divorcio. Soy el cónyuge ofendido. ¡Duramente ofendido! Y fíjate que sólo hemos estado casados… espérate hacer la cuenta… ¡veintidós días! Mejor te lo cuento todo, con método.

 

Yo, lo sabes tú bien, he tenido muy mala suerte. Cuando quería trabajar por mi cuenta, me iba mal. Cuando trabajaba por cuenta ajena, peor. De los empleos fiscales o municipales me botaban, y a veces hasta causa criminal me ponían. Si algo se perdía, todos estaban de acuerdo: ¡fue Zabalita! Por eso, resolví que la voluntad de Dios era la de que yo viviese sin trabajar. Y como trabajar es indispensable para comer, y como yo no quería morir de hambre, resolví lo único que era posible: vine a Quito y me constituí de parásito de mi cuñado Medina. ¿Qué más podía hacer? Si tal era la voluntad de Dios, ¡a cumplirla! Para algo es uno cristiano.

 

De parásito de mi cuñado Medina he venido viviendo. Cada semana una batalla campal hasta sacarle cien o doscientos sucres. Al principio, Maurita, mi hermana, la víctima de ese monstruo de Medina, me ayudaba. Después, se cansó. La batalla era ya con Medina y con ella. La vida, tú lo sabes, es una lucha constante. ¿Cómo dicen los gringos? Sí, es algo así como di estrugle for láif. En ese estrugle he estado metido:

 

venciendo cada semana a Medina y señora. Hasta que un día la Maura, que anda avispadísima, me dijo:

 

-¿Por qué no buscas con quién casarte?

 

-Y… ¿quién va a querer casarse conmigo? La bandida ya lo había tenido pensado.

 

-¿Te acuerdas de la Fidedigna Santos, la hermana del Árbol Florido?

 

-¡Semejante adefesio!

 

-Pues mira: si no es un adefesio, ¿Quién va a querer casarte contigo? ¿Por qué no te miras alguna mañana en el espejo?

 

-Gracias, nanita.

 

-No hay de qué. El deseo de encontrarte un algo, para que dejes de pesar sobre nosotros, chupándonos la sangre como chinche. Verás: la Fidedigna es, realmente, un adefesio. Está, además, vejanca ya. Pero según mis cálculos, por lo menos tiene medio millón en el Banco o al chuleo. Vale la pena, pues.

 

Ándate a Loja y enamórala. Total, lo que dirá la gente será la pura y neta verdad: Dios los cría y ellos se juntan.

 

Así, con esta amabilidad, me envió mi hermanita a manos de la que había de victimarme. Tú pensarás que soy una navaja, y que a una navaja no hay quién le corte el lomo. Pues no. Yo resulté un humilde queso y la navaja fue la Fidedigna. ¡No sabes lo que es ponerse en roanos de una vieja de éstas! ¡Cristo!

Como en las amables palabras de mi hermanita estaba implícita la resolución de cortarme los víveres si no la obedecía, hube de recabarle un regalillo de trescientos sucres y salir para Loja en un bus de la Flota Panamericana, de esos nocturnos, que hacen el viaje de un tirón en veintidós horas, expresos.

 

En Loja, aterricé donde mi mamá, que me recibió como esa dama de May fer léidi recibió a su hijo el filólogo, diciéndome:

 

-¡Hijito! ¡Qué sorpresa tan desagradable!

 

La tranquilicé y le di la carta en que la Maurita le describía el propósito de mi viaje. Mamá se puso encantada.

 

-Esta Maurita es una maravilla. ¡Por fin encontró qué hacer contigo!

 

Al otro día, yo, muy bien planchado, esperaba a la Fidedigna, que había sido invitada por mamá a tomar el té. ¡Figúrate, mamá tomando el té con la Fidedigna! Juájuájuá! Y yo, de yapa. La cosa fue como una seda. La Fidedigna, remilgadísima. Yo, un don Juan Tenorio a todo meter. La Fidedigna me dijo que solamente tenía cuarenta años, aún no cumplidos. Yo tenía mis dudas, pero no quise ahondar la cuestión. La miré con cuidado: indudablemente tenía la costumbre de bañarse. No olía mal. Estaba limpia. Se peinaba con esmero. Pelo negro muy crespo, tú sabes. Chiquita, me da en el hombro. Cuadrada, como yo. Las piernas robustas, pantorrillas de pata de mesa de billar. Glándulas mamarias muy desarrolladas. Un poco de guata. Cuello cortísimo. Blanquísima, coloradota. Elegantísima. Un pequeño zurrón con patas, ni sombra de cintura. La boca pintada color púrpura.

 

-Me la pinto como Elizabeth Téilor.

 

Coqueteó como un diablo. Yo me resolví. ¡Ahora o nunca! ¡Ese medio millón es mío! Le mandé un S.O.S. a mi cuñado, explicándole que si ponía capital en la empresa se libraba de su parásito. Medina entendió bien la cosa y me giró mil sucres para fondear la empresa. A mamá le extraje quinientos. A mi cuñado Flores, otros quinientos, con amenaza de consolidármele como su huésped si no me ayudaba. Después, la blitzkrieg. Fiestas, invitaciones, cine, la «Cabaña de los Mangos», cuyes en El Valle también: lo moderno, a gógó, y lo folklórico. Serenatas con pasillos y música de los Bitles. La individua se sentía como Julieta con Romeo. Me dejaba darle besitos, se me estrechaba en los automóviles, me trenzaba la pata de billar entre mis piernas. ¡Y unos apretones de manos!… Ni para qué te voy a contar todos estos adefesios.

 

La gente de Loja asistía al cortejo como si se tratara de una función de variedades gratis. Se divertían como puercos chiquitos. Solamente los dos hermanos de la Fidedigna se pusieron orejanos. Los malditos habían planeado heredarla. Su oposición me pareció muy alentadora, por ser síntoma claro de que la purrunga tenía plata. Pero como a veces hay errores de apreciación a simple vista, hice una investigación cuidadosa. En la Jefatura de Recaudaciones me mostraron que había registrado letras de cambio por sobre doscientos mil sucres ese año: poniendo que percibiese sólo un diez por ciento, tendríamos allí una renta de cerca de dos mil sucres mensuales, pero como es imposible que sea tan bruta para prestar al diez, siquiera hay que pensar que prestó al veinte, con lo cual, te fijas, hay casi cuatro mil mensuales. En el Registro de la Propiedad quedó claro que tiene una casa de por ahí por los ciento cincuenta mil sucres de avalúo, lo que significa que vale trescientos mil. Sí, estamos ya por el medio millón que calculó la Maurita.

 

Claro que yo tenía, como todo cristiano de buena familia, mis prejuicios no digamos nobiliarios, pero de todos modos… tú me comprendes. Pobre soy como un hijo del Poverello de Asís, pero mi sangre viene directamente de hidalgos españoles y no tiene mezcla indígena. Estos Santos, en cambio, me parecen poco santos, y yo conocí al padre, que era talabartero y estoy seguro de que la mamá era hija de un matancero. Por ahí deslicé algo al respecto y la Fidedigna, ni tonta ni perezosa, me explicó inmediatamente que, si por la mamita eran de origen humilde pero honrado, en cambio por el papacito eran nietos naturales, naturalísimos, ilegítimos, desde luego, bastardos, si se quiere, pero nietos al fin de los Mendizábal, que son la gente de mayor calado, en cuanto a alcurnia, en nuestra colonial y noble y muy leal ciudad de la Concepción de Loja. Lo dijo con toda seriedad y mi mamá me lo confirmó. De manera que ya tienes- en claro que, aún con su barra de bastardía, yo podía ufanarme de haber empatado el limpio linaje hijodalgo de los Zabala con el coronado linaje de los Condes de Mendizábal. Y… de todos modos, si esto te parece un adefesio, el medio millón no lo era.

 

Aún vive la madre de la Fidedigna, de modo que para allá adelantó mi mamá, muy empingorotada, acompañada de mi cuñado Flores, socio de la galante empresa, vestido de temo con corbata a rayas y sombrero de ala arriscada. ¡Hubieras visto a la gente! Se arremolinaba en la puerta de la casa de los Santos, y se oían comentarios nada cristianos y carcajadas de lo más hirientes. Una chacota universal. Posiblemente lo que ocurría era chistosísimo y la Fidedigna y yo formábamos la pareja más ridícula de los últimos cincuenta años, no lo discuto, pero el medio millón no era ni chistoso ni ridículo, era completamente en serio.

 

Allá adentro, los dos hermanos de la Fidedigna se habían portado displicentes y se habían permitido sostener que si el matrimonio se hacía, debía de ser bajo el régimen de separación de bienes. ¡Nada de sociedad conyugal! Ellos querían precautelar, de todos modos, los bienes de la hermanita. ¡Sapos viejos! lo que deseaban era, de todos modos, llevarse la plata y ya te darás cuenta del por qué. Y bien: la señora Ignacia, la indígena madre de mi nobilísima fiancée, sorda la pobre ya por los años, a duras penas parece que comprendió de lo que se trataba. Lo cierto es que cuando llegó a comprenderlo, dijo que le parecía un enorme disparate, que la Fidedigna ya era vieja y que un matrimonio así solamente serviría para que la gente se riera. Entonces la Fidedigna se llevó a la anciana para adentro, y mirando a sus hermanos burlonamente, ella, haciendo de jefe de la casa y de padre y madre de sí misma, aceptó la petición de su propia mano y se auto-concedió, brindando a continuación nada menos que una copa de champaña. Entonces hice yo mi entrada, me porté cultísimo, atosigué a los cuñados a tabacos y a ella a bombones y terminamos la Fidedigna, sus ñaños, mi cuñado Flores y yo amarrándonos una borrachera formidable, con coñac chileno, desde luego. A mamá la mandamos a casa en un taxi. Fue una gran jornada. A la hora del amanecer, la Fide, como ya la llamaba, que me había lamido la cara toda la noche, se fue a dormir y yo terminé en El Valle, comiendo cuyes con aguacates en compañía de mis «hermanos», los Santos, y Flores, «mi cuña».

 

¡Fíjate a lo que uno se rebaja sólo por ganarse la vida! ¡Qué terrible es la tiranía de los porotos! Lo peor de todo es vivir de parásito donde los parientes. Se vive en un clima de fratricidio constante. Para evitar uno de esos crímenes que, de tan justificables y explicables casi ni deberían considerarse crímenes, pero que la gente, siempre ligera en sus apreciaciones, considera nefandos y espantosos, fue que me resolví a conquistar a la Fidedigna y apechugar con su achaparrado ser. Y te confieso que en El Valle fraternicé con sus hermanos y les pagué una juerga con los fondos de la empresa matrimonial. Tú recordarás que al hermano mayor le llaman el Árbol Florido. Un gaznápiro. Al segundo le dicen Caballo en Páramo, porque su desolado espectáculo da la idea que su apodo sugiere. El Arbol Florido se llama así tanto por lo que se adorna, ¡más que un pavo real!, como por su modo de hablar. Es de los gerundianos: si golpean una puerta, dice:

 

«Voy a ver quién maltrata ese inocente cedro». ¡Si es como para patearlo! Estos vivos planearon mi catástrofe, pero es justo reconocer que la viva de la Fidedigna estuvo todo el tiempo de acuerdo con ellos. Quería tener quien le calentara la cama… y no dar un centavo en cambio. ¡Qué monstruo!

 

Bueno: te canso con tanto detalle. Tomémonos mejor un fuerte, ¿Quieres? Caray: si estás con la presión alta, síguele dando al cafecito, pero permíteme tomar un fuerte. La verdad es que nos casamos. Fue algo horroroso, porque ella insistió en hacer fiesta. «Solo una vez se casa uno en la vida», dijo… y no hubo manera de cometer el disparate en privado, como aconsejaba la sana razón. Ni para qué te voy a contar el lamentable acontecimiento, en el que todo Loja fue invitado, bebió y comió a nuestra costa, es decir, a costa de la Fidedigna, y se burló de nosotros, riéndose a mandíbula batiente de nuestra achaparrada y vejancona pareja. ¡Todo sea por el medio millón, me decía yo entonces! Pensando en el medio millón encontraba fuerzas para afrontar el terrible ridículo. Es hermoso tener un noble aliciente en la vida. Con el medio millón como aliciente de la mía, yo era capaz de las más arduas acciones y de los mayores sacrificios. Y bien: el árbol Florido fue mi padrino, mamá la madrina. Nos casó el cura… Bueno eso no te importa. Lo que importa es lo que pasó cuando, al fin, nos quedamos solos.

 

Para contarte esta parte, tan íntima, preciso otro trago. ¿Me lo permites? ¡Aun cuando no me lo permitas! Venga otro trago, joven. Y verás: nos fuimos a Malacates, a ese calorcito, a casa de un amigo. Todo lindo y romántico, yo no más fregado con esa vieja pegajosa al lado mío. Ninguna ilusión, aparte del medio millón, claro está. Al fin, ya yendo a tocante lo tocante, le digo que lo que más ansia el hombre es tener hijos, y que yo tenía el sueño de un varoncito. Lo dije más que nada para tener algo que decir en semejante trance, y tal vez porque es posible que lo sintiera sinceramente. Y… ¿sabes con qué sale ella? Pues… se pone compungida, suelta unas lágrimas de cocodrilo, se retuerce de vergüenza, hace uno pucheros que más parecían cacerolas, se suena como si estuviese tronando para llover y hablando para adentro me dice que tiene que confiarme un espantoso secreto y pedirme perdón. Yo supuse que me iba a decir que no era virgen y eso, en una dama de más de cuarenta años, ¿qué podía importarme ni sorprenderme? A mí lo que me importaba era el medio millón y, gracias a Dios, su existencia no admitía duda. La animé a que abriera el buche.

 

Y entonces, entre ¡jipidos, hundiendo la cabeza en las manos, me confiesa que no tiene esos cuarenta años aún no cumplidos de que me habló, cosa que yo también sospechaba. Me dice que en realidad tiene cincuenta y cinco redondos, pues es la primera de los hijos de taita Santos. Y… ¡que ya hacía tres años que terminó de pasar por completo la menopausia, de modo que el plan de tener hijos era una tontera! Caramba… ¡qué cosa más ridícula! La vieja impía se había casado conmigo para una especie de jarana post-mórtem. Estaba completamente sobregirada. Yo, mejor no dije nada. Le hice uno cariños en la espalda, distraído, y me puse a hablar de lo bien que nos íbamos a instalar en Quito, y de cómo en la capital hay tantos medios de hacer producir el dinero. ¡Mucho más que en provincias! Ella, respiró. Parece que la infeliz, aun pensando que yo tenía algún interés en su persona, temía que todo se desbaratara al saberse su «gran secreto». Y… ¡ya puedes figurarte qué luna de miel tan indecente!

 

Pero, eso sí, seré honrado: la encontré enterita. Tan enterita, que me fue imposible penetrar. Con el tiempo, las seguridades de esa puerta se habían triplicado. Para que fuese posible hacer algo, hubo que recurrir a la comadrona del pueblo, que trajo tijeras y con un poquito de éter y unas gasas, dejó expedito el cafio de la chimenea. Pero… ¡todo humo! Y… ¿a quién le provoca comer pescado ahumado hace años? Solamente el medio millón me dio fuerzas. Bueno, te lo diré: un medio millón es algo tan alentador, que no deja que el desaliento se le infiltre a uno en el corazón.

 

Ya en Quito, nos instalamos en un departamentito más o menos cómodo, entre El Tejar y la Plaza de La Merced. Dos viejitos cuadrados, eso es lo que éramos. La gente habrá pensado que ya teníamos nietos. Yo la soportaba. Ella me soportaba. Tal como te lo cuento, esto parece que hubiese durado sesenta años: duró veintidós días. Un lunes, yo llegué muy contento a decirle que cada vez que se venciera una letra de esas que tenía registradas en Loja, y cada vez que le mandaran el mensual del arriendo de la casa, tenía que darme la plata para ponerla en una cuenta que había yo abierto en el Banco Popular. Se sorprendió.

 

¿Qué te pasa? me dijo-.

 

– Nada, que el marido es el que debe manejar la plata.

 

Yo lo que creo es que vos estás loco.

 

-¿Loco? Loco estaría si pensara dejarte a vos que manejes la plata.

 

Bueno: las cosas quedaron clarísimas: ella no me daría un centavo. Toda la plata la manejaría ella. Además, ya había palabreado al Notario, para labrar la escritura de separación de bienes. Y aun cuando no se la hiciera. Las cuentas bancarias y las letras, estaban todas a su nombre. Y había otras letras y documentos de años anteriores: el total era mucho más de medio millón.

 

-Lo que haré es darte un mensual para tus gastos. Pero no te ilusiones, que no será abundante. Yo no soy derrochadora, gracias a eso es que tengo algo.

 

Ella no sería derrochadora, pero yo no soy fácil de convencer. Me había casado por la plata, la plata tendría. Resolví que eso se tendría que aclarar definitivamente esa misma noche. De modo que la agarré por los cabellos, resuelto a darle la gran paliza. Y… ¿sabes qué pasó? ¡Que ella era mucho más fuerte que yo! No tienes idea de la fuerza que había sabido tener esa purrunga. Te ahorro los detalles: después de media hora de sacudones, me había dado la paliza más grande de mi vida. Quedé inconsciente, rota la cabeza, hinchados los ojos, con tres dientes menos ¿ves? Este de aquí… y este… y éste que me lo quebró no más- y unas patadas fenomenales en el trasero, cosa de no poder ni sentarme. Con decirte que al fin, loco ya de aguantar tanto, Me arrodillé, le pedí perdón y le juré que nunca más le volvería a hablar de plata, que haría lo que ella quisiera y que nunca más le jalaría del pelo.

 

Y ve: por todo este cúmulo de horrores, por la menopausia y por la separación de bienes, por todo ello habían consentido en el matrimonio del Arbol Florido y el Caballo en Páramo. Total, al fin de cuentas, casi toda la plata iría a parar a manos de ellos, cuando la Fidedigna estirase las robustas patas. Quizá a mí me dejaría algo en el testamento… si es que yo no moría primero, que era lo más probable.

 

Cuando desaparecieron los moretones me fui por casa de mi hermano, de nuevo en calidad de huésped permanente, no sin romper antes un cofrecito de la Fidedigna, en el que encontré veinte mil sucres. Me los apropié en calidad de indemnización por todos los horrores que yo había sufrido. Ella presentó contra mí una denuncia por robo en una Comisaría, y se la rechazaron, porque la mujer no puede acusar a su marido. ¡Qué sabias y justas son nuestras leyes! Uno se enorgullece de haber nacido en un país donde las leyes son de tan alta calidad. Me fui donde un abogado paisano nuestro y ya está planteado el divorcio. El abogado asegura que va a conseguir en la sentencia una pensión mayor que la que pensaba la vieja malvada darme para tabacos. Tal vez me consiga mil quinientos mensuales, pues tiene que darme para mi «congrua sustentación», ése es mi derecho y como soy persona fina y principal, pues… han de ser siquiera mil quinientos sucres. ¿Y ella? ¡Ya se volvió a Loja! Y que no se queje: conoció al fin lo que es la miel de la vida y además le limpiaron a la perfección el caño de la chimenea.

 

Al despedirme, dejé en Zabalita un hombre relativamente feliz: se estaba comiendo los veinte mil del cofre de la Fidedigna y no temía al futuro, porque ya tendría la base firme de la «congrua sustentación» que iba a pagarle su «cónyuge sobreviviente» por mandato judicial.

 

Fuente: http://www.alejandrocarrion.org/

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