REFLEXIONES

EN CONTRA DE LA EFICIENCIA

 

 

Lin Yutang

 

Contra la vieja afirmación de que todos debemos ser útiles, eficientes, llegar a funcionarios y tener poder, la vieja respuesta es que siempre hay en el mundo bastantes tontos que desean ser útiles, atarearse y gozar del poder, y por ello, no sabemos cómo, los negocios de la vida podrán ser realizados y se realizarán. Lo único es saber quiénes son más sabios, si los holgazanes o los buscavidas. Nuestra protesta contra la eficiencia no es porque permite hacer las cosas bien, sino porque es una ladrona del tiempo que no nos deja ocio para gozar de nosotros mismos y destruye nuestros nervios al tratar de lograr que las cosas estén debidamente hechas.

Un director norteamericano encanece por la preocupación de ver que no aparezca un error tipográfico en las páginas de su revista. El director chino es más sabio. Quiere dejar a sus lectores la suprema satisfacción de descubrir por su cuenta unos pocos errores tipográficos.

Aún más: una revista china puede empezar a publicar una novela en folletón, y olvidarse a mitad de camino. En Occidente, una cosa así haría que se derrumbara el techo sobre los redactores, pero en China no importa, sencillamente porque no importa.

El ritmo de la moderna vida industrial prohíbe el ocio. Pero, peor aún, nos impone un concepto diferente del tiempo, medido por el reloj, y, eventualmente, convierte al ser humano en un reloj.

Esto ha de llegar a ocurrir en China, como es evidente, por ejemplo, en una fábrica de veinte mil obreros. La lujosa perspectiva de veinte mil obreros que lleguen a trabajar según les plazca, a cualquier hora del día es, naturalmente, algo que aterroriza. No obstante, ese afán es lo que hace la vida tan dura y agitada. Un hombre que tiene que estar indefectiblemente en determinado lugar a las cinco en punto, ya se ha arruinado la tarde entera, de la una a las cinco.

Cuando un chino recibe una tarjeta de invitación, tiene la felicidad de no estar obligado a decir si va a aceptarla o no. Puede decir “iré” si acepta: o “gracias”, si declina: pero en la mayoría de los casos se limita a escribir la palabra “Sé”.

A veces se me ocurre una visión profética, una hermosa visión de un milenio en que Manhattan será lenta, y en que el inquieto norteamericano se convertirá en un holgazán oriental. Los caballeros norteamericanos flotarán con faldas y pantuflas y deambularán por las aceras de Broadway con las manos en los bolsillos, si no con las dos manos metidas en las mangas, a la manera china. Los agentes de policía cambiarán una palabra de saludo con el pausado conductor en una esquina, y los mismos conductores se detendrán y se juntarán y se preguntarán por la salud de las abuelas en medio del tránsito. Alguien se cepillará los dientes frente a su tienda, hablando plácidamente a la vez que sus vecinos, y de vez en cuando se verá a un estudioso distraído que cruzará la calle con un volumen metido dentro de una manga.

Serán abolidos los mostradores para tomar apresuradamente el almuerzo, y la gente se recostará y se dejará estar en suaves sillones muy hondos, mientras otros habrán aprendido el arte de pasar toda una tarde en un café. Un vaso de jugo de naranja durará media hora y la gente aprenderá a saborear el vino en lentos sorbos, interrumpidos por deliciosas frases en la charla, en lugar de tragarlo de un golpe. Se abolirá el registro de los hospitales, serán desconocidas las salas de emergencia, y los pacientes filosofarán con los médicos. Las bombas de incendio marcharán a paso de caracol, y su personal se detendrá en el camino para mirar el cielo y debatir sobre el número de gansos salvajes que vean volar. Es una lástima que no haya esperanzas de que se realice jamás en Manhattan un “reino milenario” de esta clase.

¡Podría haber tantas tardes perfectas de ocio, tantas más que ahora…!

 

Fuente: http://www.pnlnet.com/

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