ALGO DEBE OCURRIR
Gilda Holst
“Turba de signos”
Todos los días bajo a la playa, extiendo mi toalla y me acuesto. Prefiero hacerlo bocabajo porque no resisto los rayos de sol en mi cara. Cuando me canso, me siento o camino un poco sin perder de vista mi toalla, mi bolso y mis zapatillas.
Después de una media hora pasa un hombre con un niño que va retozando alrededor suyo. Algunas veces aparece adelante, otras atrás; va salpicando espuma o va marcando sus huellas. Mientras pasan, el hombre me mira unas tres o cuatro veces. No sé si me mira a mí o a una mujer sola.
El va con el niño y eso lo hace menos agresivo. Si fuera solo, yo no me hubiera atrevido ni siquiera a mirarlo. Claro que los primeros días él no habría podido estar seguro de que yo lo miraba, con mis lentes obscuros y la visera que casi me tapa los ojos. Ahora creo que ya sabe porque me he dejado sorprender al voltear la cabeza a su paso. Pero desde tan lejos no es, en absoluto, nada comprometedor.
A esta parte de la playa casi nadie viene porque las olas son muy grandes. El trae a su hijo para que se bañe en las pocitas de las rocas que quedan más allá. Es su hijo porque si fuera su sobrino no vendría con tanta regularidad y no es su hermano porque no es tan jovencito. Probablemente su mujer le dice que lleve al nulo a la playa para poder darle de comer con tranquilidad al más pequeño y una vez que lo deja durmiendo la siesta se encuentran en otro punto de la playa.
Entonces él baja con su paso alegre, un poco para acentuar que es alto y bronceado y joven y hermoso, como el muchacho de la canción que cantaba Ella Fitzgerald y encima, sobre ese fondo azul, con el niñito dándole vueltas, con la arena suave, el aire fresco y el sol caliente.
Después de tantos días, me parece que algo debe ocurrir; en unos pocos más, tal vez ya ni me molestaré en sentarme a mirarlo o él no sacará pecho al pasar; un poco más así y nos perderemos por completo en el paisaje.
Pienso que una persona sola es siempre más accesible, si estuviera acompañada y él se acercara a preguntar la hora, estaría dentro del «fuera de toda sospecha». Pero si se acerca a mí lo hará creyendo, no que soy accesible, sino abordable, no he creado un ambiente lo suficientemente indiferente u hostil, la verdad es que nunca he dejado de mirarlo y nunca he vuelto la espalda. Solamente un día que pensé que ya no venía, no me encontró en actitud de espera sino cogiendo olas. Él, por supuesto, ¿cómo iba a dejar solo a su hijo en la playa? Pero si va a ocurrir algo tiene que ser pronto porque él está de vacaciones y sólo son quince días.
Ayer soñé que estábamos comprando helados y él me decía «Qué caros que están los helados, ¿se acuerda cuando un palito costaba seis reales?», entonces yo le contestaba un poco brava «Oiga, Ud. no puede acordarse de eso», y él se iba desilusionado. Uno siempre sueña cosas estúpidas. Seré yo la que comentaré y hasta lo sorprenderé iniciando la conversación: «Qué caros están los helados, ¿se acuerda cuando sólo costaban diez sucres?», y él no se dará cuenta porque tengo un cuerpo pasable y dirá: «¡Sí, qué caros!», y luego diré «¡Qué lindo niño!», y él contestará: «Es mi sobrino», y yo me alegraré de su engaño entonces dejaremos al niño comiendo dos o tres helados e iremos a bañarnos al mar.
Estoy segura de que hoy sucederá lo que tiene que suceder porque ya se acercan y, por fin, hoy si hay un heladero y está situado a igual distancia de los dos. Me levanto y él me mira; está viendo a una mujer contenta que camina con paso grácil, se apoya en la heladera y levanta la tapa para mirar como deslumbrada los distintos sabores de helados y escoge feliz el de manzana y sabe que al levantar la vista él estará a su lado pidiendo otro helado y comprueba que, definitivamente, tiene un cuerpo pasable de largo.
Fuente: http://www3.wabash.edu/