LLÁMALO CONTRIBUCIÓN
Eli Bravo
Eso no es mi culpa, es de otra persona. ¿Conoces la frase? Si me dices que jamás ha salido de tu boca, o eres un ser elevado o me estás mintiendo. Y no te culpo, el juego de la culpa es algo que aprendemos rápido y depuramos con el tiempo. No me refiero a la culpa religiosa de golpes en el pecho, sino al humanísimo acto de esquivar responsabilidades y dirigirlas hacia fuera. Yo no fui, fuiste tú.
Una vez escuché que al señalar a una persona con el índice simultáneamente hay tres dedos que nos apuntan. Haz la prueba. Pero en lugar de auto-culparnos, esos dedos nos recuerdan que de alguna forma hemos contribuido a la situación presente. “¿Qué yo tengo la culpa de lo ocurrido?” podrás decirme “¡De ninguna forma!”. Pero bájale dos y fíjate que no hablo de culpa sino de contribución, algo completamente distinto. Porque reconocer nuestra parte en las acontecimientos ayuda a resolver los conflictos con fluidez, pero además, nos coloca de cara a las soluciones.
Te ofrezco un ejemplo de la vida misma. Hace un mes tomé una de las dos grandes resoluciones de este año: asumiré la responsabilidad por mi forma de vestir y haré el trabajo de seleccionar y comprar mi ropa. Resulta que hasta ahora alguien siempre me había ayudado con esto. Mi esposa Gabriela (de gusto sublime), la vestuarista del canal de TV, algún amigo con sentido de la moda, pero de motus propio jamás salía de tiendas y si me soltabas solo en un centro comercial podían ocurrir dos cosas: terminaba en la librería o salía con una bolsa llena de prendas incombinables.
¿Y entonces? Bueno, cada vez que me enfundaba un pantalón que nunca me convenció o vestía una camisa que llevaba al menos 15 años en el closet, le echaba la culpa a los responsables de mi look. “Tenemos que salir a comprarme ropa otra vez” le decía a Gabriela, y ella respondía “Tú dime cuando y yo te acompaño, la última vez fue hace más de año y medio”.
Como verás, con mi actitud de “es que yo no sé de eso” estaba contribuyendo de manera frontal a mi situación. Pero en el fondo lo que escuchaba era una voz que decía “es culpa de otros que no te llevan de shopping”.
Bueno, basta del ejemplo venial. Ya tienes la idea. Ahora me fijé la meta de observar a la gente en la calle, prestarle atención a los colores y los cortes, entrar a la tienda y probarme varias prendas, y si me gusta, hacer la compra. Gabriela está aterrada (y con razón) porque el historial no juega a mi favor. Pero nunca es tarde para aprender a comprarse una camisa blanca y solo equivocándome aprenderé. Aunque deba llevar mi error sobre los hombros, literalmente.
La próxima vez que culpes a alguien, tómate un instante para pensar en qué forma has contribuido a lo ocurrido. Descubrirás que por acción u omisión ambos han tomado decisiones que los llevaron al momento presente. A partir de allí es más fácil encontrar soluciones prácticas, comenzando por asumir responsabilidades y abriendo un canal de comunicación para ir ajustando en el camino. Porque eso sí es bueno tenerlo claro: todo en esta vida es un proceso de ajuste continuo, un baile de adaptación donde la culpa se convierte en un pisotón y nos hace perder el ritmo.
¿Y cuál fue la otra decisión? Llevar mis cuentas al día y aprender los misterios de Excel. Así descubriré rápidamente si mi nueva afición me está descapitalizando.
Fuente: http://www.inspirulina.com