LA CARTA A GARCÍA
Jaime Morales Gaviria
“Nadie puede cambiar a nadie”, reza cierto axioma de la vida cotidiana, lo máximo que una persona puede hacer al respecto es invitar al cambio del otro con su propio cambio. El cambio surge de las iniciativas personales, que al recoger el sentir del otro, lo influyen y lo conducen a lograr el mejoramiento personal y colectivo.
El ser humano se caracteriza por su inusitada inventiva individual, pero cuando se trata de llevar a cabo los proyectos requeridos para alcanzar sus sueños todo parece sumirse en la oscuridad. Es por eso que “La Carta a García” se muestra entonces como un derrotero para lograr el trabajo en equipo. Los logros vistos así, toman el matiz del trabajo que ya no es en grupos amorfos sino en equipos organizados de alto desempeño que gustan de lo que hacen, con quien lo hacen y para que lo hacen.
La dificultad en la convivencia laboral, las fallas en la calidad, el incumplimiento de las normas, el no obtener en el tiempo los resultados esperados, es por causa de la inútil cantidad de energía que se malgasta en las rivalidades y envidias profesionales; no valoramos lo que cuesta un error, un pendiente o un retroceso frente a la necesidad de hacer bien las cosas desde la primera vez. Conscientes de esta realidad, los líderes y las personas excelentes son aquellas que emprenden el camino de la mejora continua para disminuir el número de errores mejorando la planeación, haciendo lo planeado, verificando lo hecho y ajustando los procesos para mejorar continuamente.
APOLOGIA
El pasatiempo literario que va a leer usted, amigo, “LA CARTA A GARCIA”; fue escrito de sobremesa, una tarde, en el corto término de una hora. Pasó esto el 22 de Febrero de 1899, aniversario del natalicio de George Washington y en marzo del mismo ya se había publicado en numerosas revistas.
Sucedió que en aquella guerra, cuando los Estados Unidos decidieron intervenir en favor de los rebeldes cubanos, se vio muy clara la necesidad de un entendimiento inmediato entre el Presidente Norteamericano y el jefe de los patriotas el General Calixto García. Pero ¿cómo hacerlo? Hallábase García en esos momentos, Dios sabe dónde, en alguna tenebrosa montaña escondida en el interior de la isla. Y era absolutamente necesario ponerse en comunicación con él para organizar los planes de ataque y de defensa. Pero ¿Cómo hacer llegar a sus manos ese despacho? ¿Qué hacer?
Alguien dijo al Presidente: «Conozco a un hombre llamado Rowan. Si alguna persona en el mundo es capaz de dar con García es Rowan». Llaman a Rowan. Le piden que vaya en busca de García, esté donde esté, y que a costa de cualquier sacrificio, le haga llegar esa carta importantísima. Rowan toma la carta. La guarda bien escondida en un bolsillo interior. A los cuatro días desembarca en las costas de Cuba que está en poder de los españoles.
Desaparece en la selva tenebrosa, para aparecer de nuevo a las tres semanas al otro extremo de la isla.
Cruzando un territorio sembrado de peligros y donde pululan los enemigos por doquier, y entrega la carta a García. Los dos frentes coordinan acciones y se gana la guerra.
¿Cómo logró llegar hasta donde estaba el destinatario de su carta? Es algo tan interesante que merecería escribir una novela al respecto.
El punto sobre el cual quiero llamar la atención es este: «El jefe da a Rowan una carta para que la lleve a García. Rowan toma la carta y no pregunta: pero ¿pero dónde podré encontrar al tal García? ¿Por dónde me voy a ir?, ¿esto será fácil?, ¿no traerá peligros este oficio?, ¿y por qué yo y no otro?
Nada de esto pregunta ni comenta. Se va sin más a cumplir lo que se le ha encomendado. Aquí estamos ante un hombre cuya estatua debería ser hecha en mármol o bronce y colocarla en la entrada de muchos institutos donde se enseña a la gente a adquirir personalidad! Porque lo que debe enseñarse a la gente que desea adquirir un verdadero carácter es: como hay que cumplir cada vez lo más exactamente posible el deber que tenemos que hacer, y como concentrar todas nuestras energías para lograr nuestros objetivos, y lograr dedicarnos con toda el alma a la acción, a «llevar la carta a García».
El General García ya murió. Pero siguen viviendo muchos Garcías en este mundo. Son todos los que necesitan de nuestro optimismo y valentía para obrar. Qué desánimo y desaliento sienten los Gerentes de empresa que necesitan la colaboración de gente entusiasta, y se quedan estupefactos ante la pereza, la falta de espíritu de sacrificio y de iniciativa, de energía y de perseverancia de sus colaboradores, para llevar a término la ejecución de las tareas que cada uno debe cumplir.
Es frecuente ver, la desatención culpable, la despreocupación, la indiferencia. Estas parecen ser la regla general en el obrar de muchas personas. Muchos empleados cumplen tan descuidadamente sus deberes que si fueran soldados en una guerra ya los habrían fusilado por desertores. Y sin embargo no se puede obtener éxito en una empresa si no se logra que los subalternos y los que mandan se dediquen con ardor a cumplir cada uno sus propios deberes.
En los últimos tiempos es frecuente oír hablar con gran simpatía del pobre trabajador victima de la explotación industrial, del hombre honrado, sin trabajo, que por todas partes busca inútilmente emplearse. Y a todo esto se mezclan palabras duras contra los que están arriba, y nada se dice del jefe que envejece prematuramente luchando en vano por enseñar a ejecutar a otros un trabajo que ni quieren aprender ni les importa; ni de su larga y paciente lucha con empleados que no colaboran y que solo esperan verlo volver la espalda para malgastar el tiempo.
En toda fabrica, hay una continua renovación de empleados. El jefe despide individuos incapaces de impulsar su industria y llama a otros a ocupar sus puestos. Y esta escogencia no cesa en tiempo alguno ni en los malos ni en los buenos. Con la sola diferencia que cuando hay escasez de trabajo la selección se hace mejor; pero en todo tiempo y siempre el incapaz es despedido; “la ley de la supervivencia de los mejores se impone”. Por interés propio todo patrono conserva su servicio a los más hábiles; aquellos capaces de llevar la carta a García.
Amable lector, mi corazón está con aquellos colaboradores que trabajan lo mismo cuando el jefe está presente que cuando está ausente. Y la persona que se hace cargo de una Carta a García y la lleva tranquilamente sin hacer preguntas idiotas, y sin la intención perversa de arrojarla en la primera alcantarilla que se encuentra al paso, y sin otro objetivo que llevarla a su destino; a este trabajador jamás se despedirá de su puesto, ni tendrá que entrar en huelga para obtener un aumento de salario. La civilización es una lucha prolongada en busca de tales individuos. Todo lo que un hombre de esta clase pida, lo necesitan en todas partes, en las ciudades, en los pueblos, en las aldeas, en las oficinas, en las fabricas, en los almacenes. El mundo los pide a gritos, el mundo está siempre ansioso de la llegada de personas capaces de llevar la carta a García.
Fuente: http://colombiaopina.co