REFLEXIONES

BUSCANDO EL AMOR

 

 

Julio Bevione

 

Todos queremos sentirnos seguros, valiosos y, en definitiva, amados. Queremos que nuestros padres nos miren cuando comenzamos a caminar. Luego, esperamos que nuestros maestros nos premien, que las parejas nos validen, que los jefes nos aprueben y que para los amigos seamos especiales. Sentirnos valiosos nos hace sentir seguros. Y así, podemos sentirnos amados.

 

Pero esta forma de buscar amor es la que nos ha creado dolor. Y por eso creemos que el amor duele. Porque continuamos buscando el amor en algún otro lugar u otra persona, fuera de nosotros.

 

Esta fórmula del amor, que ha sido parte de la experiencia humana por milenios, ya está perdiendo vigencia. Por mucho que lo busquemos y lo alcancemos, el amor externo sólo nos creará una experiencia ilusoria del amor verdadero. Es decir, creeremos que estamos experimentando el amor, cuando en realidad estaremos apenas consiguiendo sentirnos seguros o valiosos. Cubrimos nuestra necesidad humana de sentirnos apreciados, pero amor, el amor cercano a la verdad divina, el que nos dará plenitud, no lo experimentaremos de esa manera. De hecho, siento que los desafíos más graves de este planeta, como el hambre, la pobreza, el abuso de poder y las injusticias, no tendrán una resolución hasta que como humanidad lleguemos a entender más profundamente quiénes somos. Si el dinero, las políticas, las organizaciones o la buena voluntad de millones de seres humanos no han logrado generar el cambio, es porque seguramente hay un factor que aún no hemos previsto. Este es ocuparnos de nuestra evolución espiritual. Y ésta comienza porque cada uno se ame, se respete y se valore.

 

Ése es el lugar que el llamado camino espiritual ocupa en estos nuevos tiempos. Ya no solo buscamos afuera, sino que hemos masivamente comenzado a buscar dentro de nosotros. Estamos volviendo al origen. Un origen que no es humano, sino divino. Que tiene que ver con el alma, no con el ego. Que le da sentido a nuestra vida desde una profundidad que nada del mundo que nos rodea puede darnos.

 

Que desde hace centenares de años, para experimentarlo, muchos han dejado las cosas mundanas para exiliarse en cuartos oscuros, montañas desoladas o conventos. Pero tampoco eso es necesario. Hoy, desde donde estamos, con las personas que nos rodean, en el lugar donde vivimos, haciendo lo que hacemos y siendo quienes somos, podemos hacerlo. De hecho, ese es el desafío de estos tiempos. Vivir una vida espiritual con los pies en la tierra.

 

La fórmula, por muy complicada que pueda resultarnos, es sencilla. Primero lo de adentro, segundo lo de afuera. El solo hecho de preguntarnos ¿cómo me siento con lo que está pasando?, ¿qué puedo hacer personalmente con esto que está sucediendo?, ¿cómo puedo servir a esta persona o en esta situación?, ¿en qué resuena conmigo esto que está ocurriendo?, nos abre un nuevo camino. Preguntas como éstas nos llevan la atención a nosotros mismos y dejan de entretener nuestra responsabilidad buscando poner la atención afuera.

 

Fuente: http://juliobevione.com

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