CRITÍCAME, POR FAVOR
Ricardo Ros
Generalmente tenemos muy desarrollado un sentimiento defensivo ante cualquier tipo de acción que interpretemos como agresión hacia nosotros. Esto es algo que conservamos de nuestro instinto de conservación y que nos une al resto de los animales. Ante la agresión de otro animal podemos huir o ponernos a la defensiva.
Esta agresividad está justificada en todo caso por el ánimo beligerante del adversario, pero ese tipo de reacción colérica puede hacernos perder importantes oportunidades de desarrollo personal.
A nadie le gusta que el otro le critique porque nos sentimos agredidos por su opinión. No nos gustan las críticas porque pensamos que nadie tiene derecho a expresar lo que piensa de nosotros y porque nos sentimos atacados en lo más íntimo de nuestros sentimientos y de nuestras convicciones.
Todos tenemos de nosotros mismos una imagen de bondad. Todos actuamos con buenas intenciones, con ánimo de hacer el bien y por eso aceptamos de mala manera que alguien lo ponga en duda.
Pero hay otro aspecto que nos resulta todavía más sangrante y es que la gran mayoría de las críticas hacia nuestra manera de ser o de comportarnos nos llegan de las personas más cercanas: de nuestros compañeros, familiares y amigos. Nos podemos sentir decepcionados, dolidos, traicionados por las críticas de aquellas personas en las que más confiábamos.
Sin embargo, las críticas cumplen una función inestimable porque nos proporcionan información de lo que los demás piensan de nosotros y de nuestros actos. Nos indican cómo perciben los demás lo que nosotros hacemos.
Aprender a sacar provecho de las críticas es fundamental para reorientar nuestros esfuerzos y conseguir tener éxito en el trabajo o en las relaciones personales. Las críticas cumplen una función de retroalimentación dándonos información de cómo llega nuestro “mensaje” a los demás, de ahí su incalculable valor.
Pero no toda crítica es igualmente aprovechable por nosotros. Las críticas más útiles son aquellas que nos hacen aquellas personas más cercanas, aquellas que nos quieren y sobre todo aquellas críticas formuladas de manera positiva. Debemos valorar aún más aquellas críticas que nos llegan de nuestras personas más queridas puesto que ellos ya están haciendo un esfuerzo al comunicarnos lo que piensan de nosotros y de nuestros actos.
A todos nos conviene aprender a ser receptivos de lo que se nos dice en lugar de ponernos automáticamente a la defensiva. Esta actitud defensiva puede estar justificada cuando se trata de una crítica que no pretende ayudarnos, sino que simplemente se limita a ser destructiva. A palabras necias, oídos sordos, dice el conocido refrán.
La crítica destructiva suele caracterizarse por intentar que el otro se sienta culpable, suele ser descalificadora, global, intimidatoria, no ofrece nuevas alternativas ni soluciones. Ese tipo de crítica no nos resulta tan útil, aunque también podemos aprender a sacarle provecho, aunque sea para no hacer nosotros lo mismo con los demás.
¿Qué opinas?
Fuente: http://www.ricardoros.com