25
December
2009

SIETE COSAS QUE EL FRACASO NO ES1

John C. Maxwell

Cambiar su perspectiva del fracaso le ayudará a perseverar para finalmente alcanzar lo que desea. ¿Entonces, cómo va a juzgar el fracaso? Déjeme comenzar echando una mirada a siete cosas que el fracaso no es.

1. La gente cree que el fracaso se puede evitar, y no se puede,

Todos fallamos y cometemos errores. Seguramente usted ha oído aquello de que «errar es humano, perdonar es divino» y que Alexander Pope escribió hace más de doscientos cincuenta años. Lo que él estaba haciendo era nada más que parafraseando un dicho que era muy común dos mil años antes durante el tiempo de los romanos. Hoy las cosas son muy parecidas a como eran en aquel tiempo. Si usted es un ser humano, va a cometer errores.Es probable que esté familiarizado con la Ley de Murphy y el Principio de Pedro. Hace poco me encontré con algo que se ha dado en llamar Reglas para el ser humano. Creo que la lista describe bien el estado en que nos encontramos como personas:

Regla # 1: Usted tiene que aprender lecciones.

Regla # 2: No hay faltas, solo lecciones.

Regla # 3: Una lección se repite hasta que se aprende.

Regla # 4: Si no aprende las lecciones fáciles, se hacen más difícil.

Regla # 5: Usted sabrá que ha aprendido una lección cuando sus acciones cambien. Norman Cousins tenía razón cuando dijo: «La esencia del hombre es la imperfección». Entonces, convénzase de que va a cometer errores.

2. La gente cree que fallar es el resultado de algo, y no lo es,

Cuando estaba en mi época de crecimiento, creía que el fracaso venía en un momento. El mejor ejemplo que puedo recordar para ilustrar esto es cuando hacemos un examen. Si usted obtiene una F, eso significa que fracasó. Pero con el tiempo me he convencido que el fracaso es un proceso. Si usted falla en un examen, eso no significa que falló en un resultado una sola vez. La F muestra que usted falló en el proceso que habría de desembocar en el examen. En 1997, escribí un libro titulado The Success Journey [El viaje al éxito]. En él se ofrece un vistazo a lo que significa ser una persona de éxito. Allí defino el éxito en estos términos: Saber lo que quiero alcanzar en la vida. Esforzarme para desarrollar todo mi potencial. Sembrar para el beneficio de otros.

La tesis del libro es que el éxito no es un destino, un lugar al cual se va a llegar algún día. El éxito es un viaje que usted inicia. Y el éxito se va alcanzando según lo que usted haga día tras día. En otras palabras, el éxito es un proceso.

El fracaso actúa de la misma manera. No es un lugar al que se llega. Como el éxito, no es un resultado ni es un fracaso. Es cómo usted enfrenta la vida a lo largo del camino. Nadie puede decir que ha fracasado mientras no exhale el último suspiro. Hasta ese momento, todavía estará en proceso, y aun no se habrá dicho la última palabra.

3. La gente cree que el fracaso es objetivo, y no lo es,

Cuando usted se equivoca, sea que calcule mal una operación matemática, que olvide una fecha importante, que no haga bien algo, que no tome la mejor decisión en cuanto a sus hijos o que pierda la oportunidad de su vida, ¿qué determina que tal acción fue un fracaso? ¿Se fija usted en el tamaño del problema que se generó o en la cantidad de dinero que le costó a usted o a su organización? ¿Está determinado por la reacción que pudiera tener su jefe o las críticas que pudieran venir de otras personas? No. El fracaso no se determina de esta manera. La respuesta es que usted es la única persona que puede realmente decidir que ha fracasado. Esto es algo subjetivo. Su percepción y la forma en que reacciona ante sus errores determinan si sus acciones son o no un fracaso.

¿Sabía usted que los empresarios casi nunca despegan al primer intento? ¿Ni al segundo? ¿Ni al tercero? Según Lisa Amos, profesora de comercio de la Universidad Tulane, el promedio de veces que los hombres de negocios fracasan antes de dar con el éxito es de 3,8. Pero no se desalientan por problemas, fracasos o errores. ¿Por qué? Porque ellos no ven los reveses como errores. Y reconocen que tres pasos hacia adelante y dos hacia atrás aun equivale a uno hacia adelante. Y como resultado, superan el promedio y llegan a triunfar.

4. La gente cree que el fracaso es un enemigo, y no lo es,

La mayoría de la gente trata de evitar los fracasos como se evita una plaga. Le temen. Pero de la adversidad es que surgen los éxitos. El entrenador de básquetbol de la NBA, Rick Pitino, lo dijo aun más enfáticamente. «Es bueno fracasar. Porque el fracaso es como el fertilizante. Todo lo que he aprendido sobre cómo dirigir un equipo lo he aprendido cometiendo errores». Las personas que ven el fracaso como un enemigo, son cautivas de aquellos que lo vencen. Herbert V. Brocknow lo dice de esta manera: «El que no comete errores sirve al que sí los comete». Observe a cualquier triunfador y descubrirá en él a una persona que no ve los fracasos como enemigos. Esto es verdad en cualquier esfuerzo. La musicóloga Eloise Ristad dice que «cuando nos damos permiso para fallar, al mismo tiempo nos estamos dando permiso para superarnos».

5. La gente cree que fallar es algo irreversible, y no lo es,

En Texas hay un viejo adagio que dice: «No importa cuánta leche derrames, lo que importa es no perder la vaca». En otras palabras, los errores no son irreversibles. Hay que mantener la perspectiva. Los problemas vienen cuando uno solo ve la leche que derrama y no el cuadro completo, incluyendo la vaca. La gente que ve sus errores en forma correcta se aprovecha de ellos. Los errores no hacen a las personas darse por vencidas. Los éxitos no hacen a las personas creer que ya lo alcanzaron todo. Cada resultado, sea bueno o malo, es un pequeño pasado en el proceso de vivir. O como lo dice Tom Peters: «Si no se hicieran cosas insignificantes, nunca habrían cosas grandes».

6. La gente cree que el fracaso es un estigma, y no lo es,

Los errores no son una marca permanente. Me gusta la perspectiva del fallecido senador Sam Ervin Jr., quien decía: «Tanto la derrota como la victoria sirven para remecer el alma y dejar la gloria fuera». Así es como tenemos que ver al fracaso. Cuando cometa errores, no deje que lo desmoralicen. Y no piense en ellos como un estigma. Haga de cada fracaso un peldaño de la escalera que lleva al éxito.

7. La gente cree que después del fracaso ya no hay más, y no es así,

No permita que aun lo que parezca un tremendo fracaso le impida luchar por lograr el éxito. Piense en la historia de Sergio Zyman. Era la mente maestra detrás de la nueva imagen de la Coca-Cola, algo que el asesor de mercadeo Robert McMath ve como uno de los más grandes fracasos en materia de productos de todos los tiempos. Zyman, quien lanzó al mercado con todo éxito la Coca-Cola de Dieta, creía que la Coca-Cola necesitaba actuar enérgicamente para revertir sus veinte años de declinación en el mercado contra su rival, Pepsi. Su solución fue dejar de ofrecer la bebida que había sido popular por cerca de cien años, cambiar la fórmula y ofrecer la nueva Coca-Cola. El intento fue un fracaso monumental que en 1985 duró setenta y nueve días y significó a la compañía una pérdida de cien millones de dólares. La gente rechazó la nueva Coca-Cola. Y esto significó la salida de Zyman de la compañía.

Pero los problemas de Zyman con la nueva Coca-Cola no lo mantuvieron en el piso de la derrota. Años más tarde, cuando se le preguntó si la aventura había sido un error, Zyman respondió: «¡Definitivamente, no!» ¿Un fracaso? «No». ¿Un disparate, un tropezón, un fallo? «Otra palabra entre ‘fallo’ y…. . algo más», contestó. «Ahora, si ustedes me dijeran que ‘la estrategia en la que se embarcaron no resultó’, yo les diría: ‘Absolutamente. No resultó’ Pero la totalidad de la acción terminó siendo positiva». Porque el retorno de la Coca-Cola Clásica hizo más fuerte a la compañía.

La afirmación de Zyman fue confirmada por Roberto Goyzueta, el fallecido presidente y ejecutivo jefe de la Coca-Cola. Él recontrató a Zyman en 1993. «Juzguen los resultados», dijo Goyzueta. «Nosotros pagamos para producir resultados no para estar en lo correcto».

Fuente: http://www.accesosinlimites.com

24
December
2009

TANGO CON EL GUERNICA DE VILLA CRESPO0

Mempo Giardinelli

Fue hace unos pocos años, un 25 de diciembre de finales del siglo pasado o inicios de éste, no importa demasiado. Había ido a Buenos Aires por no sé qué asunto familiar, o de trabajo, y algo me llevó a Villa Crespo y a pasar por Apolinario Figueroa al 600. Ahí, súbitamente, le pedí al taxista que detuviera el coche y me bajé a mirar el que todos llaman Guernica de Villa Crespo, símil del maravilloso espanto que pintó Pablo Picasso en 1937 y que yo había visto en Madrid un tiempo atrás.

Nuestro Guernica, digamos, es un mural bastante fiel, pintado con esmaltes sintéticos por un grupo de estudiantes de primer año del profesorado de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón en 1984. Sobre un paredón de más o menos cinco metros de largo por dos y pico de alto, homenajearon al maestro andaluz en su centenario. A la intemperie y sin protección alguna, y más allá de la desidia municipal y del lógico deterioro, supongo que la obra se mantiene aún.

Aquella Navidad me coloqué en la vereda de enfrente para observar mejor la obra. No era el único: una mujer que parecía volver del almacén se detuvo unos segundos no sé si a mirar, como yo, o a resoplar por el peso de sus compras. Y había también un hombre, sentado en una especie de banquito de guitarrista clásico, mirando los trazos picassianos como quien tiene el raro privilegio de presenciar el calvario entero de Jesucristo. Se le notaba una tristeza dura, un dolor de esos que parecen definitivos. Lo recuerdo bien porque además lloraba, y un hombre que llora en la calle, aunque sea el campeón de los discretos, es siempre llamativo.

Y encima era más que un hombre, era un viejo. Completamente arrugado como Manuelita la tortuga, lloraba un gemido leve, mal disimulado, bajo la ridícula sombra de un fresno joven, o lo que parecía un fresno joven, plantado por quién sabe quién y como para fastidiar la vista de la estupenda reproducción. Pero al viejo no le importaba el cuadro, me pareció, y lo supe cuando le pregunté qué le pasaba. Pensé que me replicaría “a usté qué le importa” o algo así, pero el tipo me sorprendió:

–Ahí estaban mis padres –dijo, directo, señalando la obra– y ahora me dejó mi mujer.

Alcé las cejas y moví la cabeza hacia los lados:

–Un doble fulero –dije, por decir algo.

–Yo era un pibe en la Navidad del ‘37. Me trajo un tío falangista en un carguero. Después se volvió pero primero me entregó aquí a unos republicanos del mismo pueblo. Se odiaban entre ellos, pero todos cuidaron de mí.

Se secó los mocos con un pañuelo roñoso, amarronado. Un trueno presagió la lluvia.

–Vengo casi todos los años, ¿sabe? Como a saludar a mis padres.

Hizo una pausa; yo seguí en silencio porque era obvio que el viejo quería hablar.

–Vine algunas veces, otras navidades. No todas, porque trabajaba lejos. En Córdoba, en Tucumán, en Chile también. En Bolivia fui minero, en Paraguay albañil y en el Chaco estuve en Las Palmas cuando todavía era un ingenio. ¿Conoce Las Palmas? Era un imperio, eso. Lo acabaron de destruir las bandas de López Rega. Hoy dicen que es sólo un fantasmal recuerdo de glorias pasadas.

–Así dicen –descarté veloz–. Pero usted no llora por eso, ¿verdad?

Giró para encararme con su mirada, que era durísima y profundamente azul. Sus arrugas parecían elaboradas una por una. A la mano que sostenía el pañuelo a la altura de su pecho le faltaban dos dedos.

–¿A usted nunca lo dejó una mujer? –me disparó–. Es como sufrir un bombardeo, un ataque aéreo masivo en medio del pecho.

Hice silencio; qué podía decirle.

–Hay dolores que uno sabe que nunca se terminan, pero amenguan con el tiempo y uno convive con ellos… Pero hay otros que son fuegos vivos y no hay ardiente paciencia que los mitigue. No hay modo de apagarlos y es como que todo se termina.

–¿Lo dejó por otro?

–Me dejó. No importa si tuvo buenas o malas razones. Cuando a usté lo abandona una mujer, todas son malas.

–Pero puede volver –dije, sin convicción–. Capaz que mañana vuelve.

Justo en ese momento el taxista me preguntó, con un bocinazo, si le pagaba o seguíamos viaje. Le hice seña de que continuara esperando. Pero me puse de pie y di dos pasos hacia el coche.

–Capaz que vuelve, amigo. Uno nunca sabe.

El viejo se quebró en un llanto franco y ruidoso.

–Está muerta –dijo–. Y yo también. ¿No se ve que estoy muriendo?

En ese momento empezó a llover. No es común que en Buenos Aires llueva en Navidad, pero cuando sucede cae una lluvia tibia, suave y melancólica como un tango instrumental que uno escucha a lo lejos, como después de atravesar zaguanes y persianas.

Me alejé sintiendo una estúpida culpa. Como si hubiera asistido al nacimiento de un tango que nadie iba a cantar.

Nunca más regresé a Apolinario Figueroa al 600. Recién vi una foto en la web y el arbolito sigue ahí, parece, jodiendo la vista y creciendo como crecen los árboles que la imbecilidad municipal planta en lugares indebidos. O poda cuando no se debe, o tala al estilo sojero.

Aquel hombre, supongo, no habrá vuelto otras navidades.

Colaboración de 7mares

Fuente: http://www.pagina12.com.ar

23
December
2009

JUNG Y LAS CUATRO MÁSCARAS0

Paulo Coelho

Carl Gustav Jung, uno de los fundadores del moderno psicoanálisis, solía decir que todos nosotros bebemos de una misma fuente. Lo explicaba mediante toda una teoría que se remontaba al trabajo de los antiguos alquimistas, que denominaban a esta fuente el “alma del mundo” (Anima Mundi).

Según esta teoría, durante toda nuestra vida intentamos ser individuos únicos e independientes, pero una parte de nuestra memoria la compartimos con toda la humanidad. No importa a qué credo o a qué cultura se pertenezca: todos buscan el ideal de la belleza, de la danza, de la divinidad, de la música.

La sociedad, sin embargo, se encarga de concretar cómo estos ideales van a manifestarse en la realidad diaria. Por ejemplo, hoy en día el ideal de belleza consiste en estar delgada, mientras que hace miles de años las imágenes de las diosas eran gordas. Lo mismo ocurre con la felicidad: hay una serie de requisitos que, de no cumplirse, no nos permiten aceptar conscientemente el hecho de que tal vez ya somos felices. Tales requisitos no son absolutos, y cambian de generación en generación.

Jung solía clasificar el progreso individual en cuatro etapas: la primera era la Persona – máscara que usamos todos los días, fingiendo lo que somos. Pensamos que el mundo depende de nosotros, que somos excelentes padres y que nuestros hijos no nos comprenden, que los jefes son injustos, que el sueño de todo ser humano es parar de trabajar para siempre y pasarse la vida entera viajando. Algunas personas procuran entender qué es lo que no encaja, y acaban pasando a la siguiente fase: la Sombra.

La Sombra es nuestro lado negro, que dicta cómo debemos actuar y comportarnos. Cuando intentamos librarnos de la Persona, encendemos una luz dentro de nosotros, y logramos ver las telas de araña, la cobardía, la mezquindad. La Sombra está allí para impedir nuestro progreso – y generalmente lo consigue, pues nos damos la vuelta y corremos a ser quienes éramos antes de empezar a dudar. No obstante, algunos superan este enfrentamiento con sus telas de araña diciéndose: “Es verdad que tengo algunos defectos, pero soy digno, y quiero seguir adelante”.

En ese momento, la Sombra desaparece, y entramos en contacto con el Alma.

Jung no entiende por Alma nada relacionado con la religión. Se refiere a un regreso al Alma del Mundo, la fuente del conocimiento. Los instintos comienzan a agudizarse, las emociones se tornan radicales, las señales que envía la vida son más importantes que la lógica, la percepción de la realidad se vuelve menos rígida. Comenzamos a entrar en contacto con realidades a las que no estábamos acostumbrados, empezamos a reaccionar de una manera que nos resulta inesperada a nosotros mismos.

Y descubrimos que, si conseguimos canalizar todo este chorro de energía continua, vamos a organizarlo en un centro muy sólido, al que Jung llama “el Viejo Sabio” para los hombres, o “la Gran Madre”, en el caso de las mujeres.

Permitir esta manifestación es algo peligroso. Generalmente, quien llega a ese punto tiene tendencia a considerarse santo, domador de espíritus, o profeta.

No sólo las personas usan estas cuatro máscaras: también las sociedades. La sociedad occidental tiene una determinada Persona, ideas que nos guían y que parecen verdades absolutas.

Pero las cosas cambian. En su intento de adaptarse a los cambios, vemos las grandes manifestaciones de las masas, en las que la energía colectiva puede ser manipulada tanto para el bien como para el mal (Sombra). De repente, por alguna razón, la Persona o Sombra ya no terminan de satisfacer, y llega el momento de dar un salto, y comienzan a surgir nuevos valores (inmersión en el Alma).

Y al final de este proceso, para que estos nuevos valores se afiancen, la raza humana entera comienza a captar de nuevo el lenguaje de las señales (el Viejo Sabio).

Es justamente eso lo que estamos viviendo ahora. Puede prolongarse cien o doscientos años, pero todo está cambiando… para bien.

Colaboración de Xavier Blum P.

Fuente: http://www.warriorofthelight.com