24
September
2009

¿DÓNDE ME APRIETA EL ZAPATO?0

Nos cuenta Plutarco en una de sus historias, que en aquellos tiempos de la antigüedad había un romano que decidió separarse de su mujer abandonándola.

Sus amigos le recriminaron por ello, pues no veían claros los motivos de aquel divorcio: – ¿No es hermosa? -preguntaban. – Sí. Lo es. Y mucho. – ¿No es, acaso, casta y honrada? – Sí. También lo es. Extrañados, insistían en conocer el motivo que había llevado a su amigo a tomar una decisión tan extrema.

El romano, entonces, se quitó un zapato y mostrándolo a sus amigos, preguntó: – ¿Es bonito? – Sí. Lo es -dijeron ellos. – ¿Está bien construído? – Sí. Eso parece -todos aprobaron. Y entonces él, volviéndoselo a calzar, les aseguró: – Pero ninguno de ustedes puede decir dónde me aprieta.

De ahí viene la típica frase que hemos oído alguna vez: ‘¿Dónde me aprieta el zapato?’ Nadie puede saberlo sino el mismo que lo usa. Nadie más que uno mismo puede estar en sus propios zapatos.

Los cheyennes, indios americanos, tienen una frase que encaja con lo expresado. Dice: ‘Para conocer a una persona, hemos de andar muchos kilómetros con sus propios mocasines’.

Algo similar al proverbio español: ‘No conocerás a nadie hasta haber consumido con él un saco de sal’.

De ahí el respeto que nos han de inspirar las decisiones ajenas. Siempre corresponden a situaciones que desconocemos.

Y es que no estamos en los zapatos de la otra persona. ¡Sepamos dónde nos aprieta el zapato! Pero evitemos juzgar dónde les aprieta a los demás….

Fuente: http://www.vidapositiva.com

23
September
2009

DOS EMOCIONES QUE NOS ANCLAN EN EL FUTURO Y EN EL PASADO0

Daniela Cruz

Durante nuestra vida, vivimos una serie de emociones muy variadas, pero por lo menos dos de ellas podríamos catalogarlas como inútiles: la culpabilidad y la preocupación.

Lo único que hacen es que desperdiciemos nuestro tiempo y nuestra salud. La primera de ellas está relacionada con el pasado, y la segunda con el futuro. La primera de ellas lo que hace es que nos quedemos inmovilizados por culpas del pasado, mientras que la segunda nos inmoviliza por algo sobre lo que no tenemos control.

Ambas lo que provocan es hacernos sentir inquietos en el presente. Algo que vemos en las caras y en las palabras de muchas personas que nos rodean es alguno de esos dos sentimientos: bien culpabilidad por algo que hicieron en el pasado o bien preocupación por lo que les pueda llegar a pasar en el futuro.

En ambos casos el resultado es el mismo, estamos malgastando nuestro tiempo presente.

Desde pequeños nos han inculcado que si algo nos importa, cuando algo relacionado funciona mal, tenemos que preocuparnos y darle mucha importancia. Es como si mostráramos nuestro interés hacia esa cosa sintiéndonos culpables, lo contrario nos deshumaniza.

Una cosa es aprender lecciones del pasado que nos ayudan a crecer y a desarrollarnos, y otra muy diferente es que ese sentimiento concreto te impida actuar en el ahora.

Ese sentimiento de culpabilidad puede venir inspirado por personas muy diferentes de nuestro entorno: por los maestros a los niños, por el cónyuge, por muestra propia pareja, etc.

La culpa, aunque haya personas que parece que nacen con ella, es una elección. Hay personas que prefieren vivir con ella de forma permanente, otra opción es deshacerse de ella y quedar libre.

Para eso puedes seguir una serie de estrategias:

1. Mirar el pasado como algo inmutable, da igual lo que sintamos en relación a él, lo que ocurrió, ocurrió, así que tenemos que aprender a vivir con ello lo mejor posible.

2. Reflexionar sobre qué es lo que estás evitando en el presente por culpa del pasado.

3. Aceptar en ti mismo las cosas que has elegido, sin preocuparte lo que opinen los demás.

En cuanto a la preocupación, recordemos que es un sentimiento que nos inmoviliza en el presente. Algo que no tenemos que confundir con hacer planes para el futuro, son dos cosas completamente diferentes.

En muchas ocasiones, gran parte de las preocupaciones que tienes, se deben a cosas sobre las que ni siquiera tienen control. Se trata de un miedo casi irracional al futuro.

Para acabar con las preocupaciones puedes seguir diferentes vías:

1. Vive tu presente como un momento para vivir y disfrutar, no como un momento para obsesionarte.

2. Fija un momento concreto del día en el que dedicarte a tus posibles preocupaciones, el resto del día estate libre de ellas.

En definitiva, aprende a vivir tu presente, tu ahora. De nada sirve obsesionarnos con el pasado o futuro, solamente podemos vivir en el ahora. Recuerda que la clave de todo está en el presente.

Fuente: http://www.pnlnet.com

22
September
2009

EL CANALLA0

Paulo Coelho

Aunque la palabra resulte un poco fuerte, todos hemos tenido un canalla en nuestras vidas (el diccionario lo define como “Persona despreciable y de malos procederes”). Se trata de la persona que más intenta destacar mientras somos adolescentes, cuando luchamos para cimentar nuestras identidades, nuestros sueños, nuestro lugar en el mundo. Entonces, nos asaltan las dudas sobre lo que debe hacerse, y de repente, ahí está el canalla: él es siempre el líder, el que se cree más atractivo, más inteligente, más capaz de enfrentar los desafíos del futuro.

Para mantenerse en esta posición, ataca nuestra autoestima: quiere hacernos creer que somos feos y sosos, que no tenemos futuro, y que todos deberíamos vernos reflejados en él y en su manera de liderar la pandilla del barrio (o del edificio, o de la urbanización). En el caso de los chicos, normalmente se impone por su fuerza bruta o por comportarse como un “listillo”, como si supiese más que el resto del mundo. En el caso de las chicas, es siempre la que parece atraer las miradas de todos los hombres, ser invitada a todas las fiestas, y estar siempre más elegante.

El canalla (tanto femenino como masculino) nos mira con cierto aire de superioridad, y procura dictar las normas del grupo. Sin duda, su conducta nos intimida, no sabemos qué hacer, y terminamos dejando que nos guíe durante algún tiempo. Aunque no lo sepamos, le estamos dando al canalla el poder que no tiene ni merece, y éste será el único momento de su vida en el que su luz llegará a brillar, efímera. Pero esto forma parte de nuestro aprendizaje, pues mediante este proceso desarrollamos nuestras defensas para el futuro.

Y crecemos. Poco a poco, cada uno va tomando sus caminos, el grupo de la adolescencia se disuelve, y el canalla desaparece, aunque sigamos conservando su imagen de belleza, sabiduría, liderazgo, elegancia, fuerza y superioridad.

Todos nosotros, durante este importante rito de pasaje que es la adolescencia, pusimos a prueba nuestros valores fundamentales… a excepción del canalla. Mientras sufríamos el desprecio, la inseguridad, o la fragilidad, él se mantenía al margen: a fin de cuentas, ¡era nuestro(a) líder! No tuvo que atravesar las difíciles y amargas horas que los demás vivimos ciertas noches en vela y tantos días de lluvia.

Cierto día, una vez adultos, se nos ocurre reencontrar a nuestros amigos de juventud. Organizamos una reunión, generalmente en un restaurante, adonde todos acuden con sus mujeres o maridos. Nada mejor que sentarse a una mesa con buenos platos y buen vino, y recordar un poco los años en los que se forjó todo lo que somos hoy.

El canalla aparece, normalmente también casado(a). A todos nos interesa saber cómo le ha ido en la vida: aún existe cierta fascinación y deslumbramiento por esa actitud de plena confianza en sí mismo. ¿Adónde llegó ése a quien envidiábamos y admirábamos secretamente?

La primera sorpresa es que el canalla no llegó a ninguna parte. Mejor dicho, pudo dar un paso, o dos, con cierto éxito, pero inmediatamente la vida fue implacable con su arrogancia: el mundo de los adultos es bastante diferente de aquél en el que vivimos nuestra juventud.

Pero al canalla aún le resta un último refugio: su grupo de la adolescencia. Y como piensa que el mundo no giró durante este tiempo, quiere revivir sus momentos de gloria. Al principio de la cena, parece que volvemos al pasado, pero muy pronto comprendemos que él fue apenas un instrumento para que pudiéramos crecer. Después de algunos tragos de alcohol, vemos al canalla replegado, intentando probar una fuerza que ya no existe, pensando que aún creemos que sigue siendo el líder de todos nosotros.

Nosotros sonreímos, confraternizamos con todos, pagamos la cuenta, y salimos con la impresión de que el canalla tomó el camino equivocado. Pensamos: “Esta persona lo tenía todo para que le fuera bien en la vida, pero no lo consiguió”.

Todos nosotros hemos tenido un canalla en nuestras vidas. Menos mal.

Fuente: http://www.warriorofthelight.com