LITERATURA

CUERPOS

María Leonor Baquerizo

“Las grandes cosas se pierden en la niebla” 

Temblaban mientras se besaban. Aprovechando el momento para disfrazar el temblor de sus cuerpos, se apretaban con fuerza; pero curiosamente el uno estaba muy distante del otro. El era gordo, muy gordo; ella demasiado flaca, la altura no tenía importancia.El se inquietaba por su gordura, metía su estómago tanto que casi se ahogaba. Ella trataba de acomodar su cuerpo balanceándolo exageradamente hacia donde él ponía la mano.

El sabía que algunos gordos tienen olores raros, pero él no era de esos; nunca se los había sentido, peo no podía evitar aspirar con temor de rato en rato.

Ella había escuchado que las flacas no eran las preferidas. Procuraría olvidarlo. Besos, medias sonrisas, juego de manos…

Temblaban, no podían dominar el peso de las preguntas. El tenía que hacer un gran esfuerzo por mantenerse firme, a ella se le hacía fácil disimular. El buscaba mirarse en el espejo de la cómoda, empujándola con delicadeza hacia el otro lado. Ella sin saber la intención de él, no quería que la viera en el espejo. Entre suave y fuerte a la vez trataba de detenerlo, pero no lo consiguió. En ese juego de los cuerpos, las caricias escondían todos sus temores.

El logró verse, pero no completo. Ella notó el cambio en su rostro, pensó que alguno de sus huesos le había molestado. El ya no podía mantenerse como debía, eso sería lo peor; entonces el dicho de que los gordos no pueden se hacía realidad. Trataba de mirarse al disimulo, mientras la tocaba a ella con desesperación.

Ella no estaba segura si la tocaba buscando algo o qué. Sólo sabía que a ratos sus huesos parecían perderse en el cuerpo de él.

Empezó a sudar, ahora sí, percibiría algún olor y entonces lo dejaría. Luego saldría a contárselo a todos, y no solamente sería un gordo que no pudo, sino también apestoso.

Se arrimó a él y lo sintió, había perdido su firmeza. Qué era lo que ella había hecho mal. Seguramente su flacura. Nadie soportaba una flaca.

El temblor de sus cuerpos nunca los delató. Poco a poco las manos se fueron quedando quietas. Permanecieron parados uno frente al otro y en silencio se suplicaron con los ojos. El los bajó primero, ella se dirigió al baño. Pronto estuvieron vestidos.

En silencio, las palabras resultaron muy claras, pero ellos se habían empeñado en hablar otro idioma. Sin volverse a mirar, ni tocarse, se despidieron. Caminaban pensando lo mismo. 

Texto transcrito con autorización de la autora. 

Fuente: http://www.solocrecer.com 

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