26
May
2007
Paulo Coelho
En la taberna
El rabino Wolf entró por casualidad en un bar. Algunas personas bebían, otras jugaban a cartas, y el ambiente parecía cargado. El rabino salió sin decir nada.
Un joven fue tras él: “sé que no le ha gustado lo que ha visto,” dijo. “Allí viven los pecadores.”
“Me ha gustado lo que he visto,”, respondió Wolf. “Son hombres que están aprendiendo a perderlo todo. Cuando hayan vivido la experiencia de la pérdida, sólo les quedará volverse hacia Dios. Y, a partir de ese momento, ¡qué excelentes siervos serán!”
Diez por ciento
“Es muy sencillo llegar a ser como yo,” dijo el hombre más rico de Babilonia. “Basta con entender que una décima parte de lo que ganas es tuyo.”
“Eso no tiene sentido,” respondió el muchacho. Es mío todo lo que gano.”
“¿Acaso tú no pagas al sastre? ¿No pagas todos los días al panadero? ¿Puedes vivir siquiera un día sin gastar? Estás pagando a todo el mundo, menos a ti mismo. A partir de ahora, págate a ti mismo una décima parte de tu salario. No olvides que los caminos de la riqueza son mágicos y extraños; si cuidas bien de esa décima parte, un día tus esfuerzos serán recompensados.”
Allende el puerto
Un eremita del monasterio de Sceta se acercó al abad Teodoro:
“Sé cuál es el objetivo de la vida. Sé qué es lo que Dios quiere de los hombres, y conozco la mejor manera de servirle. Y, a pesar de ello, soy incapaz de hacer todo aquello que debería hacer para servir al Señor.”
“Sabes que hay una ciudad al otro lado del océano,” respondió Teodoro. “Pero todavía no has encontrado el barco, no has subido tu equipaje a bordo, y no has cruzado el mar. ¿Para qué hablar de cómo es esa ciudad, y cómo debemos caminar por sus calles? Pon en práctica lo que estás diciendo, y el camino se te mostrará por sí mismo.”
A las puertas del cielo
Cuando D. Enrique murió, fue derecho al cielo. Llamó con fuerza a la puerta y una voz preguntó: “¿Quién es?”
“Soy D. Enrique Fernández de Valdivieso.”
“Pues vete de aquí, aquí no hay lugar para dos,” dijo la voz. Y D. Enrique fue enviado al purgatorio. Pasado un tiempo, volvió, más tímido, al cielo.
“¿Quién es?,” preguntó la voz. “Soy yo,” respondió D. Enrique.
“Aquí no hay lugar para dos”, repitió la voz.
D. Enrique volvió al purgatorio. Un día, volvió a llamar a la puerta del cielo.
“¿Quién es?,” preguntó la voz. “Una pequeña parte de Dios”, respondió.
Y la puerta del cielo se abrió.
Rigor y compasión
En pleno invierno, el samurai llegó a presencia del maestro zen.
“Me estoy muriendo de frío y de hambre, y no tengo cómo ganarme el sustento.”
Compadecido, el maestro se dirigió a la estatua de Yakushi-Buda, retiró la cadena de oro que adornaba su cuello, y se la entregó al samurai.
Los otros discípulos exclamaron: “¡sacrilegio!”
“¿Por qué sacrilegio?”, preguntó el maestro. “Habéis oído hablar de David, que comió el pan del tabernáculo cuando pasaba hambre. Cristo curaba en sábado, siempre que era necesario. Yo tan sólo puse en acción el espíritu de Buda: el amor y la misericordia pueden ahora hacer su trabajo.”
Lo que es la sabiduría
Una historia sufí nos habla de un hombre que vivía en Turquía. Un día oyó hablar de un gran maestro que moraba en Persia, y que poseía el secreto de la sabiduría.
Sin pensárselo dos veces, el hombre vendió sus cosas, se despidió de la familia, y se marchó en busca de aquel secreto. Después de años viajando, consiguió llegar a la cabaña donde vivía el gran maestro. Lleno de temor y respeto, se acercó y aguardó a que el sabio regresara de su paseo matutino.
-Vengo de Turquía –dijo en cuanto hubo aparecido el sabio-. He venido hasta aquí sólo para hacerte una pregunta.
-Bien. Puedes hacer sólo una pregunta.
-Tengo que ser muy claro en lo que voy a preguntar. ¿Puedo hacerlo en turco?
-Puedes –dijo el sabio-. Y ya he respondido a tu única pregunta. Cualquier otra cosa que desees saber, pregunta a tu corazón; no hace falta viajar tanto para descubrir que ése es el mejor consejero que existe.
Y cerró la puerta.
Por qué Dios no nos ayudó
Maestro y discípulo caminan por los desiertos de Arabia. El Maestro aprovecha cada momento del viaje para enseñar al discípulo acerca de la fe.
- Confía lo tuyo a Dios –decía-. Pues Él jamás abandona a sus hijos.
De noche, al acampar, el Maestro le pidió al discípulo que atase los caballos a una roca cercana. El discípulo fue a la roca, pero entonces recordó lo que había aprendido aquella tarde. “El Maestro debe de estar poniéndome a prueba. En realidad, debo confiar los caballos a Dios.” Y dejó sueltos a los caballos.
A la mañana siguiente, descubrió que los animales se habían escapado. Furioso, buscó al Maestro.
-¡Tú no sabes nada de Dios! Ayer aprendí que debía confiar ciegamente en la Providencia, así que entregué los caballos a Dios para que los cuidara. ¡Pero han desaparecido!
-Dios quería cuidar de los caballos –respondió el Maestro-. Pero, en aquel momento, necesitaba de tus manos para atarlos, y tú no se las prestaste.
¿Cómo voy a salir si está lloviendo?
Cuenta una vieja historia budista que pasaba un hombre por una aldea, en pleno temporal, cuando de repente ve una casa ardiendo. Al acercarse, observa a otro hombre (la fábula utiliza una bella imagen: “con fuego hasta en las cejas”) sentado en la sala:
-¡Su casa está ardiendo! –le grita.
-Ya lo sé –responde el hombre desde la sala en llamas.
-Entonces, ¿por qué no sale?
-Porque está lloviendo. Mi madre siempre dice que la lluvia puede provocar neumonía.
Zao Chi comenta sobre la fábula: “sabio es el hombre que sabe cambiar de situación cuando se ve obligado a ello. Tonto es aquél que no confía en la mano de Dios, sino sólo en las respuestas de sus semejantes.”
¿Cuál es el primer paso?
Un hombre visitaba a un ermitaño que vivía cerca del monasterio de Sceta.
-¿Cuál es el primer paso que debe dar quien quiere seguir el camino espiritual? –preguntó.
El ermitaño lo llevó hasta un pozo y le dijo que mirase su reflejo en el agua. El hombre obedeció, pero el ermitaño empezó a tirar pequeñas piedras, haciendo que se moviese la superficie.
-No podré ver claramente mi rostro si sigue tirando piedras.
-Así como es imposible ver tu rostro en aguas turbulentas, es también imposible buscar a Dios si tu mente está ansiosa con la búsqueda –dijo el monje-. No hagas preguntas, simplemente sigue adelante con fe. Éste será siempre el primero y el más importante de todos los pasos.
Fuente: http://www.warriorofthelight.com
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26
May
2007
Leo Alcalá
Pierden tiempo. Pierden oportunidades. Pierden su vida.
A la espera del momento ideal y en la búsqueda de la perfección, un incontable número de personas viven postergando y apagando su propio éxito.
Metas sin cumplir. Sueños sin realizar. Oportunidades sin aprovechar. Y lo que es peor, a medida que el tiempo pasa, parece que les es más difícil tomar acción. ¿Conoces a alguien a quien esto le sucede? ¿Acaso la conoces íntimamente?
Las cosas no se dan por sí solas. Tú lo sabes. Requieren de un elemento fundamental: la acción. Si la acción es la base del logro, la postergación —o lo que en términos prácticos es lo mismo, la parálisis— es el saboteador principal del éxito. Suena elemental, pero es impresionante el desgaste, las frustraciones y el conformismo producto de un hábito que empobrece a millones: esperar que todo esté perfecto.
No sale el producto, no se envía la propuesta, no se da el paso, no se cierra el capítulo, no se inicia el camino, no se realiza la llamada, no se abre la conversación, no se asume la decisión… hasta que las condiciones sean perfectas. ¿Acaso hay tal cosa como las condiciones perfectas? ¡No!Pareciera que muchos vivieran hipnotizados por la ilusión de una garantía que nunca llega: una vida 100% libre de equivocaciones. Y desde ese trance, el miedo a cometer un error —a que no sea perfecto, a que no sea exactamente lo que se quería— se come los días, las semanas, los meses y los años de quienes se paralizan por él.
¿Has estado esperando por las condiciones “perfectas” —el momento ideal, la certeza total, la claridad absoluta— para darte el permiso de avanzar o de probar algo?
Si es así, te entiendo. Yo también he estado allí, frenado por mi propia búsqueda de lo mejor. Pero como dicen, lo mejor es muchas veces enemigo de lo bueno.
¿Me permites una sugerencia? ¡Olvida la perfección!
No te estoy diciendo que adoptes la mediocridad; mucho menos que dejes de superarte. Busca la excelencia —el proceso de dar cada vez lo mejor de ti— pero suelta las amarras de un estándar que es inalcanzable.
Asume uno de los secretos fundamentales para avanzar hacia tus metas y lograr que las cosas sucedan:
No tienes que hacerlo perfecto, tan sólo tienes que ponerte en movimiento.
Vuelve a leer la frase anterior. Si quieres escríbela en grande en una hoja de papel y pégala en un lugar que veas a menudo. Porque esa sola idea puede hacer la diferencia entre una vida limitada y la realización de tus metas.
El poder de esa filosofía es simple: movimiento —el que generas cuando te pones en acción— es la llave que abre la celda de la parálisis. Movimiento es el motor del aprendizaje. Movimiento es lo que hace que las cosas se den.
Puede haber talento, capacidades y conocimiento, pero si no se ponen en práctica sirven de muy poco. Las oportunidades se abren y se cierran cada día ante ti, pero sólo son tales cuando tú decides aprovecharlas. Seguro que hay gran potencial, pero sin movimiento no hay desarrollo.
A Microsoft, la famosa empresa del mega millonario Bill Gates, se le ha criticado muchas veces por lanzar productos al mercado plagados por bugs o defectos de programación. Pero hay algo que no se les puede negar: por más de dos décadas han estado en pleno movimiento y haciendo que las cosas sucedan. Y esto los ha llevado a constituirse como una de las compañías más poderosas del planeta.
¿Te imaginas qué sería del mundo si Microsoft todavía estuviera esperando a que el sistema operativo Windows estuviera 100% perfecto antes de lanzarlo al mercado? ¿O si yo hubiera decidido no publicar este artículo ante mi duda de si estaba gramaticalmente perfecto o no?
Una cosa es la implementación organizacional de filosofías como la de Calidad Total y políticas Cero Defectos. Otra es que en tú, en lo personal, estés frenando tu progreso por condicionar tu avance a unas condiciones de perfección imprácticas e inalcanzables.
Uno de los secretos de los tremendamente exitosos, de los financieramente prósperos y de los espiritualmente plenos, es este: No pretenden hacerlo perfecto, tan sólo ponerse en movimiento.
La manera de “perfeccionar” algo es mejorar lo que ya está. Pero si ni siquiera hay algo todavía ¿qué se va a mejorar? Primero tienes que tener algo —en el papel, en la mente de otros, en el mercado, en tu experiencia y resultados— para luego poder optimizarlo.
No puedes mejorar lo que no has iniciado. Así que la fórmula es simple: ¡Arranca ya con lo que tienes! ¡Inicia el camino con lo que sabes! Ya sumarás, aprenderás y mejorarás sobre la marcha.
No significa que tomes decisiones sin evaluar alternativas y consecuencias. Pero asegúrate de que la “perfeccionitis aguditis” no te impida acercarte a tus objetivos.
¿Te vas a equivocar? Puede que sí. ¿Van a salirte las cosas mal? De vez en cuando. ¿Otros criticarán tu falta de “perfección”? Sí, porque la crítica es el hobby preferido de quienes no se mueven.
Piensa en la alternativa: seguir postergando, perdiendo tiempo, abriéndole cada vez más espacio al temor al fracaso y agrandando la distancia entre tú y tus metas.
¿Cual es la clave? Nuevamente: no busques hacerlo perfecto, tan sólo asegúrate de ponerte en movimiento.
Si algo ha sido un acelerador de mi evolución personal, progreso profesional y prosperidad financiera, ha sido el seguir este principio.
Porque es cuando las cosas están andando que las respuestas aparecen y las oportunidades se manifiestan. Es al avanzar hacia lo que quieres que tus metas se acercan a ti.
Algunos esperan el momento perfecto, sin darse cuenta de que se les escapa una realización liberadora:
El momento perfecto lo puedes crear en cualquier instante, cuando decides pasar de la inacción a la acción, de la parálisis al movimiento y del temor a la excitación de saberte en movimiento.
El momento perfecto para actuar es ahora. Sí ¡ahora mismo! Con lo mucho o poco que sabes; con la poca o gran confusión que puedas tener; con la incertidumbre o certeza que estés sintiendo.
Toma la mejor decisión que puedas asumir con la información que tienes. Sigue tu intuición. Pero ¡decide! Recuerda que la peor decisión es la de la inacción.
¿Ha estado tu perfeccionismo limitando tu éxito?
¿Te encuentras postergando?
¿Paralizado por no contar con las condiciones “perfectas”?
La oportunidad de avanzar la tienes ahora. El momento es ya. Este es el instante para pasar de la parálisis a la acción.
Porque lo que hace la diferencia —y permite que las cosas sucedan— no es la perfección… sino la acción.
¿Acaso sigues esperando por algo o ya decidiste ponerte en movimiento?
Fuente: http://www.pasionenaccion.com
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26
May
2007
Se cuenta que el siglo pasado vivía en la región de Kimberly, en África, una familia muy pobre. El hombre tenía un rancho, pero la tierra era arenosa y estéril.
Los niños, sin dinero con que comprar canicas, habían aprendido a jugar con piedrecillas que juntaban de la arena del arroyo.
Un día, pasaba un grupo de hombres y se detuvieron para pedir agua. Mientras la tomaban, uno de los hombres se quedó viendo a los muchachos y a sus “canicas”, luego les preguntó si había más, y cuando los niños le dijeron que efectivamente, había montones junto a la arena, el hombre fue a verificar hallando tal y como los niños le habían dicho.
Entonces dijo al campesino: “Oiga, señor, ¿cuánto quiere por su rancho? Yo le pagaré lo que usted me pida…”. El campesino sonrió y, pensando hacer un excelente negocio, pidió cincuenta mil dólares. Dicho y hecho, el hombre sacó su talonario de cheques y le pagó lo que había pedido.
Eso fue el origen de las Minas de Kimberly, las minas de diamantes más valiosas del mundo.
Usted y yo tenemos promesas de nuestro Dios mucho más valiosas que los diamantes y, sin embargo, en ocasiones jugamos con ellas como si fueran canicas. El propósito de las promesas de Dios al hombre es el de hacerlo más valioso y mejor; mientras no lo veamos así, no seremos mejores.
Fuente: http://www.nuestratertulia.com
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