27
May
2007

EL TIEMPO DE ACTUAR0

Jim Rohn

Desarrollar una verdadera disciplina requiere que usted practique la habilidad de tomar acción. Usted no necesita apurarse si no es necesario, pero tampoco querrá perder mucho tiempo en decidirse. El tiempo de actuar es: cuando la idea está caliente y la emoción es fuerte.

Digamos por ejemplo que usted quiere formar una biblioteca. Si realmente lo deseara, lo que haría es comprar el primer libro. Luego el segundo. Tomaría acción tan pronto como le fuera posible, antes de que sus sentimientos disminuyan y antes de que la idea se esfume. Si no lo hace así, observe lo que pasa - Usted sucumbirá a la Ley del Intento Disminuido (traducido de “The Law of Diminishing Intent”)

Nosotros intentamos tomar una acción cuando una idea se nos ocurre. Nosotros intentamos hacer algo cuando la emoción es alta. Pero si no pasamos rápidamente de la “intención” a la “acción”, la urgencia comienza a disminuir. Después de un mes se habrá enfriado la pasión. Un año después ya no estará.

Por eso, tomemos acción cuando las emociones sean altas y las ideas fuertes, claras y poderosas. Si por ejemplo, alguien le habla sobre la buena salud y usted se siente motivado por esa conversación, usted deberá comprar un libro sobre el tema. Compre el libro antes de que la idea pase, antes de que la emoción se enfríe. Inicie el proceso. Tírese al piso y haga algunas planchas. Usted necesita tomar acción; de otra manera la voluntad decaerá. La emoción pasa pronto a menos que usted la apliqué a alguna actividad de manera disciplinada. La disciplina le permite a uno capturar la emoción y la voluntad y traducirlas en acción. La clave es incrementar su motivación fijándose rápidamente una disciplina. Haciendo esto, usted habrá iniciado una nueva y maravillosa etapa en su vida.

El mayor valor de la disciplina es: saber lo que valemos, también conocida como Autoestima. Muchas personas que dictan cursos sobre Autoestima no la relacionan con la disciplina. Pero cuando sentimos en nosotros mismos la más mínima falta de disciplina, comienza a erosionarse nuestra mentalidad. Una de las mas grandes tentaciones es justamente “aflojar un poquito”. En vez de dar lo mejor de si, usted se permite hacer un poquito menos que su mayor esfuerzo. Con toda seguridad, usted se habrá iniciado en un lento camino que lo llevará a disminuir su sentido de valía personal.

Hay un problema aún con una ligera negligencia o descuido. La negligencia empieza como una infección. Si no se preocupa por ella, se vuelve una enfermedad y una negligencia lleva a otra. Lo peor de todo, cuando la negligencia o los descuidos comienzan, disminuye nuestro sentido de valía personal.

Una vez que ha sucedido esto ¿Como puede recuperar su respeto a si mismo? Todo lo que tiene que hacer es ¡actuar ahora! Comience con las más simples disciplinas que se acomoden mejor a su propia filosofía. Hágase esta proposición: “Me disciplinaré a mi mismo para alcanzar mis metas de manera que en los próximos años pueda celebrar mis éxitos.”

Fuente: http://www.lideresmultinivel.com

27
May
2007

CONFUSIÓN EN EL CIELO0

Cierta vez, le pregunté a Ramesh, uno de mis maestros de la India:-

¿Por qué existen personas que salen fácilmente de los problemas más complicados, mientras que otras sufren por problemas muy pequeños, muriendo ahogadas en un vaso de agua? 

El simplemente sonrió y me contó esta historia…

“Era un sujeto que vivió amorosamente toda su vida. Cuando murió, todo el mundo dijo que se iría al cielo.Un hombre bondadoso como él solamente podría ir al Paraíso.

Ir al cielo no era tan importante para aquel hombre, pero igual el fue para allá. En esa época, el cielo todavía no había tenido un programa de calidad total.

La recepción no funcionaba muy bien. La chica que lo recibió dio una mirada rápida a las fichas que tenía sobre el mostrador, y como no vio el nombre de él en la lista, lo orientó para ir al Infierno.

En el Infierno, Usted Sabe cómo es. Nadie exige credencial o invitación, cualquiera que llega es invitado a entrar. El sujeto entró allí y se fue quedando. Algunos días después, Lucifer llegó furioso a las puertas del Paraíso para pedirle explicaciones a San Pedro:


- Esto es sabotaje! Nunca imaginé que fuese capaz de una bajeza semejante.
 ¡Eso que Usted está haciendo es puro terrorismo!Sin saber el motivo de tanta furia, San Pedro preguntó, sorprendido, de qué se trataba.

Lucifer, trastornado, gritó:  - Usted mandó a ese sujeto al Infierno y él está haciendo un verdadero desastre allí.El llegó escuchando a las personas, mirándolas a los ojos, conversando con ellas.

Ahora, está todo el mundo dialogando, abrazándose, besándose. El Infierno está insoportable, ¡parece el Paraíso! Y entonces hizo un pedido:- Pedro, por favor, agarre a ese sujeto y tráigalo para acá!”

Cuando Ramesh terminó de contar esta historia me miró cariñosamente y dijo:- Vive con tanto amor en el corazón que si, por error, fueses a parar al Infierno, el propio demonio te lleve de vuelta al Paraíso.

Los problemas forman parte de nuestra vida, pero no dejes que ellos te transformen en una persona amargada. Las crisis siempre sucederán y a veces no tendrás opción. Tu vida está sensacional y de repente puedes descubrir que un ser querido está enfermo; que la política económica del país cambió, y que infinitas posibilidades de preocupación aparecen. En las crisis no puedes elegir, pero puedes elegir la manera de enfrentarlas.Y, al final, cuando los problemas sean resueltos, más que sentir orgullo por haber encontrado la solución, tendrás orgullo de ti mismo.

 Fuente: http://www.actosdeamor.com

27
May
2007

EL CAMINO0

Dice una leyenda que, en una ocasión, un hombre joven se acercó a Buda para preguntarle qué debía hacer para alcanzar el objetivo final.

Durante años había estado asistiendo diariamente a las enseñanzas de Buda. Le había oído hablar de la tolerancia. Había dedicado tiempo a meditar sobre unos principios que nunca había puesto en práctica. Algunas personas podrían interpretar esta actitud como de resistencia, rebeldía o enfado, pero más bien parecía que nunca encontró la oportunidad para llevar a cabo las enseñanzas que se le impartieron. Cierta tarde hizo acopio del suficiente valor para formular a Buda una pregunta:
«¡Oh, Sabio Señor!», empezó diciendo, «durante años he escuchado vuestras enseñanzas. He intentado aprender cuáles son los caminos que conducen a la iluminación, pero ello no ha modificado mi vida en ningún sentido».

«Entonces», inquirió Buda, «¿cuál es tu pregunta?» «A lo largo de los años», dijo el joven, «he visto a muchas personas asistir a sus enseñanzas. Algunas se quedan, otras se marchan. Entre ellas hay monjes y monjas, ricos y pobres, hombres, mujeres y niños. Algunas parecen haber alcanzado su objetivo. Demuestran un sentimiento de paz interior. Cuidan de los demás. Viven con alegría y felicidad. Pero no con todas las personas sucede lo mismo; es más, a la mayoría no le sucede esto. Diría que la mayor parte de personas siguen siendo las mismas que cuando vinieron por primera vez. Incluso para algunas, las circunstancias de sus vidas han empeorado. Obviamente, usted es un gran maestro. Es caritativo y bondadoso con esa gente. ¿Por qué no utiliza su poder para ayudarles? ¿Por qué no les indica la forma de alcanzar su objetivo final?»

La expresión de Buda era compasiva, pero su respuesta pareció intrascendente. El hombre pensó que no había captado el planteamiento de su pregunta.

«¿Dónde está tu hogar?», preguntó Buda. El hombre le dijo el nombre de la ciudad y del Estado donde se encontraba su hogar. Le habló del sitio donde nació y creció. También le explicó cómo, unos años antes, había emigrado para buscar un empleo.«¿Sigues acudiendo a tu hogar?», preguntó Buda.«Sí, con tanta frecuencia como puedo», le dijo el joven hombre. «Mi familia todavía vive allí. Tengo amigos con los que me crié. Incluso tengo una novia con la que espero casarme algún día.»
«Entonces», observó Buda, «si viajas con tanta frecuencia, debes conocer muy bien el camino».
«Lo conozco como la palma de mi mano», replicó el joven. «Tan bien que creo que podría ir con los ojos vendados», bromeó.

«Si tan bien lo conoces, ¿podrías describírselo a alguien que fuera a emprender el camino por su cuenta? ¿Sería tu descripción fidedigna y clara?»

«Sí, naturalmente. A menudo he descrito la ruta a quien me lo ha preguntado, y he procurado hacerlo con la máxima claridad posible. No tendría ningún sentido darles unas indicaciones erróneas.»

«De las personas que te han preguntado por el camino», inquirió Buda, «¿todas tenían la intención de emprender el viaje?»

«No», contestó el hombre. «Muchos preguntan, pero no todos tienen el propósito de viajar. Algunos nunca encuentran el momento o no tienen la intención. A otros les gustaría, pero no se deciden.»

Buda siguió preguntando: «Entre los que se deciden, ¿cuántos llegan al destino final?»

«Bueno», dijo el joven, «normalmente sólo quienes se han fijado mi ciudad natal como objetivo. El camino no es sencillo y algunos desisten durante el viaje. Otros tienen como objetivo algún destino a mitad del trayecto».

«Entonces», dijo Buda, «ambos tenemos una experiencia similar. Las personas acuden a mí, viéndome como alguien que ha hecho un particular viaje y que conoce bien el camino. Me piden que se lo explique. Disfrutan con la descripción que hago del camino, y les gusta la forma como hablo de ello, pero no todas las personas se adentran en él. Entre quienes inician el viaje, no todos optan por recorrer el camino hasta el final, y en consecuencia, no todos alcanzan el objetivo final».

»Como tú», prosiguió Buda, «he intentado describir el camino de la forma más clara y fidedigna posible, pero no puedo empujar o tirar de alguien u obligarle a que recorra el camino. Todo lo que puedo decir es: “Yo he recorrido el trayecto. Durante el mismo he aprendido cosas. Esta es mi experiencia. Soy feliz de compartirla contigo. No puedo hacer más. Si quieres alcanzar tu objetivo, debes ser tú quien recorra el camino”.» 

Fuente: http://www.pnlnet.com