SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA CIEN POR CIENTO PERFECTA

Haruki Murakami

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven, –debía andar alrededor de los treinta, ni siquiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto.

Quizás tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o, sin tener una buena razón, te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de al lado porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella, –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.

-“Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta”, –le digo a alguien.

-“¿Sí?”, –él dice. “¿Era guapa?”

-“No, realmente.”

-“De tu tipo, entonces.”

-“No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho”

-“Raro.”

-“Sí. Raro.”

-“Bueno, de todas formas”, –me dice ya aburrido, “¿Qué hiciste, hablaste con ella?¿La seguiste?”

-“Nah, sólo me crucé con ella en la calle.”

Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.

Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi, -y –lo que realmente me gustaría hacer- explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril de 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una película de Woody Allen, parar en el bar de un hotel para unos cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.

¿Cómo me acerco a ella? ¿Qué debería decirle?

– “Buenos días señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?” Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

-“Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?” No, simplemente ridículo. No llevo ni ropa sucia que lavar, ¿quién va a creerse una cosa así?

Quizá simplemente sirva la verdad: “Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para mi.”

No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera hablar conmigo. “Perdóname”, podría decir, “es posible que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí”. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.

Pasamos frente a una floristería. Un tibio soplo de aire toca mi piel. La acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha sostiene un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

Doy algunas zancadas y giro. Ella se pierde en la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.

Bueno, no importa, hubiera empezado ““Érase una vez”” y terminado con ““Una historia triste, ¿no crees?””

Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella. Eran sólamente un muchacho corriente y solitario y una muchacha corriente y solitaria, como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

Un día se encontraron en una esquina de la calle.

-“Esto es maravilloso”, –dijo él. “Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.”

-“Y tú”, respondió ella, “eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.”

Se sentaron en un banco de un parque, se cogieron de las manos y se contaron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras conversaban, una pequeña, pequeñísima sombra de duda se enraizó en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: “Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos, entonces, alguna vez, en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿qué piensas?”

-“Sí”, dijo ella, “eso es exactamente lo que deberíamos hacer.”

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

Sin embargo, la prueba que habían acordado era absolutamente innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en realidad eran el amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica cayeron enfermos de una terrible gripe, y tras pasar semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Gracias a dios se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea del metro a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del amor.

El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta.

Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:

-“Ella es la chica 100% perfecta para mí.”

-“Él es el chico 100% perfecto para mí.”

Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, el uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.

Una historia triste, ¿no crees?

Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.

Fuente: http://donzorruno.blogspot.com/

DOS HILITOS DE SANGRE

Rodolfo Fogwill

Me sucedió dos veces en Buenos Aires, pero la segunda vez me impresionó más, porque al carácter anómalo —“inusitado”— de la escena, venía a sumarse la desagradable sensación de estar viviendo algo por segunda vez. Y a nadie le gusta sentir más de una vez en la vida que está viviendo por segunda vez algo que se repite. ¿No es cierto?

Tal vez lo sea. Yo, en ambas oportunidades, vi correr por la nuca del chofer un hilito de sangre. Fueron jueves, distintos jueves del mismo año y eran choferes cincuentones, choferes viejos, choferes de una edad poco frecuente entre choferes de taxi en estos tiempos en los que es más habitual que la profesión de chofer de taxi sea escogida por hombres de veinticinco, treinta, cuarenta años a lo sumo, gente que deja sus empleos, cobra una pequeña indemnización y —como dicen ellos— “se pone” un taxi, un automóvil —como dicen ellos— “para pucherear”, y viven de eso: pucherean. Por lo general se trata de hombres recién casados y algo en común debe existir entre los hábitos de poner una familia y “poner un taxi”, pero no seré yo quien se ponga a comparar ambas costumbres en este momento.

El segundo hilito de sangre, el de la segunda vez, era semejante al primero, pero manaba más lentamente. Estoy casi seguro de que esa segunda vez el hilito de sangre manaba más lentamente, más despacio, quizá por efectos de la naturaleza de la sangre del segundo chofer, más densa, más viscosa, que aunque surgiera de una fuente idéntica, a una presión y velocidad idénticas, por efectos de su mayor viscosidad o densidad tendía a adherirse con mayor firmeza al vello de la nuca del hombre y a la piel del cuello del hombre, provocando la imagen de un transcurrir más lento por la superficie del hombre, la del chofer del taxi.

Otra diferencia: la primera vez descubrí el hilito de sangre cuando circulábamos por Callao, en los tiempos en que por la avenida Callao aún transcurría el tránsito en doble mano y los semáforos obligaban a detener el automóvil en cada esquina a la espera de la señal verde permisiva de los semáforos. La segunda vez, en cambio, vi el hilito de sangre corriendo remolón entre los pelos de la nuca del chofer mientras avanzábamos por la calle Paraguay entre Carlos Pellegrini y Suipacha rumbo a la calle Maipú por la que el chofer se proponía ensayar una salida hacia el sur, hacia los barrios del sur del centro de la ciudad, adonde me llevaba mi destino.

Esa segunda vez ocurrió hace ya mucho tiempo y por entonces aún se circulaba en doble mano por Callao, pero nosotros no circulábamos por Callao sino por Paraguay rumbo al este y no nos detenían allí los semáforos para fatigar nuestra penosa y ralentada marcha: nos detenían los ómnibus que se detenían en cada esquina para librarse por detrás de los pasajeros sobrantes mientras por una puerta delantera, especialmente diseñada, suplían el vacío dejado por los salientes atrayendo nuevos pasajeros entrantes, ansiosos por obtener sus boletos, pequeños papelillos impresos offset a dos colores, con bellas filigranas y números correlativos que ordenan a sus usuarios según su rango de ingreso al vehículo expendedor.

Todo es notable. Por Paraguay, con mano única y circulación unidireccional acaecía lo mismo que la vez anterior acaeció por Callao: era menester que en cada esquina el taxi se detuviese.

Por una u otra causa, eso era menester. En el segundo caso, en el segundo episodio del hilito de sangre, la causa que constantemente detenía nuestra marcha eran los choferes de ómnibus. En esta ciudad basta que la policía y los inspectores municipales relajen un poco el rigor de su control del tránsito, para que los choferes de ómnibus se comporten “por la libre”, como decía el Che. Naturalmente, el arte del chofer de ómnibus consiste en recorrer la mayor distancia posible en el menor tiempo posible con el mayor número posible de pasajeros a bordo y con un máximo de rotación o mutación de pasajeros, eso que los analistas norteamericanos de servicios de transporte de pasajeros llaman turnover. Tal la clave del negocio del chofer de ómnibus y a mayor rendimiento de rotaciones, kilómetros y carga y a menor tiempo empleado para la obtención de esas deseadas metas, mayor estima se granjea el chofer entre sus colegas y entre los propietarios de ómnibus, pues no siempre los choferes de ómnibus son los propietarios de los ómnibus: basta para probarlo una sencilla revisión de las actas del Registro Nacional de la Propiedad del Automotor. Allí puede observarse que a menudo grupos de dos, tres, seis, quince y hasta cincuenta unidades afectadas al Servicio Urbano de Transporte de Pasajeros —es decir, ómnibus— figuran a nombre de un mismo propietario. Sabiendo que un hombre sólo puede manejar un ómnibus por vez, y admitiendo que nadie compraría segundos y terceros y quintos ómnibus para tenerlos estacionados en la terminal de ómnibus a la espera de concluir el recorrido de la línea urbana en uno para mudarse a otro, queda probado que ha de haber choferes de ómnibus que no poseen ómnibus y manejan ómnibus de otros, de terceros, aunque no puede descartarse la eventual existencia de una categoría de choferes de ómnibus que posean uno o más ómnibus pero manejen ómnibus que son propiedad de otros, de terceros. Estimo que en caso de probarse la existencia de esta categoría residual de choferes propietarios que conducen ómnibus de terceros no ha de tratarse de una clase unimembre por cuanto la mera existencia de un chofer de ómnibus con tales características tenderá a generar en el sistema de los ómnibus, o en el sistema de los choferes de ómnibus, la irrupción de un rol recíproco, implicando que para cada chofer propietario que conduce ómnibus de terceros habría un tercero tal, que siendo propietario, no conduzca su ómnibus sino el ómnibus del primero, o de otro chofer propietario que no conduzca el suyo.

Esto es difícil de explicar en español a causa de la ambivalencia de los pronombres posesivos, pero un analista de sistemas de propiedad de servicios de transporte de origen alemán o anglosajón lo comprendería “en un abrir y cerrar de ojos”, como decía Eva Duarte. Lo que importa aquí es establecer nítidamente que sean o no propietarios de sus vehículos. Los choferes de ómnibus, en los horarios en que la comunidad más necesitaría la observancia cabal de las reglamentaciones de tránsito, tienden a transgredirlas con más frecuencia deteniéndose en cualquier parte para abastecerse por delante de nuevos pasajeros en reemplazo de los que en cualquier parte han ido desalojando por su puerta trasera. Y de ese modo dificultan el tránsito de todos los vehículos que recorren la ciudad, entre los cuales, paradójicamente, también suelen contarse ómnibus, idénticos a sus propios ómnibus y conducidos por choferes de ómnibus, colegas suyos, es decir, en español “de ellos”. Pero éste no es un cuento de ómnibus ni un cuento de gramáticas, éste es el cuento de los dos hilitos de sangre que en dos jueves distintos del mismo año vi en lugares distintos de la ciudad, en dos distintas nucas de choferes de taxis. Hilitos de sangre que manando de la cabeza de sus propietarios corrían por sus nucas, tan parecidos que en la memoria sólo atino a diferenciarlos por la velocidad con que se desplazaban por la nuca, por el cuero cabelludo y por la piel del cuello de ambos taxistas. Debo recordar que atribuyo esa diferencia de velocidades a una diferencia en el grado de densidad o viscosidad de las sangres de ambos choferes y no a la naturaleza de la fuente de su manar, ni a la presión —sanguínea— con que ambos hilitos de sangre afloraban, y menos aún me comprometería a sugerir que la diferencia de velocidad estuviese determinada por una magnitud diferente de los orificios fuente del hilito, factores que para un sistema de circulación de fluidos en los que la velocidad depende del cociente entre la presión y el tamaño del orificio, para una determinada viscosidad, abonan en favor de una interpretación mecánica de los hechos. Para mí, éste era un caso típico de diferencias entre distintos grados de viscosidad o densidad del fluido, y no un mero caso de diferencias entre presiones del interior de los sistemas (es decir, los dos choferes), ni de diferencias entre las magnitudes de los puntos de encuentro entre lo interior (los cuerpos) y lo exterior (las pieles, los cueros cabelludos, la cuatricentenaria gran ciudad) es decir, la herida, el orificio, la llaga, el agujerito o el “estigma”, cualquiera sea la naturaleza o la hipótesis sobre la naturaleza del origen de ese punto de encuentro entre el interior y el exterior, es decir, cualquiera sea la hipótesis sobre el origen del punto de origen del hilito.

Cuando descubrí el hilito de sangre encendí un cigarrillo, un 555, británico. La primera vez —por Callao— había encendido un Kent KS Box, americano, y lo había hecho estimulado por la curiosidad que me despertaba el hilito de sangre.

En cambio, la segunda vez, la de Paraguay y Suipacha, la vez aquella del hilito de sangre lento, encendí el State Express 555 —gran cigarrillo— parcialmente movido por la curiosidad y fundamentalmente arrastrado por la impresión que me produjo la repetición de una escena ya antes vivida. Eso se llama asombro, o desconcierto, o una palabra que promedie ambas emociones y que aún no la hay. ¡Pero cómo no iría yo a “impresionarme” por una escena vivida pocos meses antes si pocos días antes había escrito un relato sobre mi primer episodio con el hilito de sangre tratando de testimoniarlo, procurando extraer de aquella experiencia algunas conclusiones e intentando promover en mis lectores otras conclusiones que por entonces estimaba no era de buen gusto explicitar en un texto…! Tales las diferencias entre los móviles que provocaron el deseo de fumar del pasajero, del testigo, del narrador, del fumador, de mí, que provocó que yo encendiera mi Kent KS Box en un caso y mi State Express 555 en el otro. En suma, todo consistió en una pequeña diferencia, si se sabe deslindar lo meramente accidental. Resumámoslo: primero —Callao— sangre aguachenta-Kent-curiosidad. Segundo: Paraguay-sangre viscosa-555-curiosidad y desconcierto.

Para muchos, a esta altura del acontecimiento textual, el chofer de ambas historias ha de ser el mismo. Explicito que no: los dos choferes diferían. Diferían no sólo por la oportunidad (eran distintas), por sus automóviles (eran Falcons distintos) y por la densidad de sus hilos de sangre. Esos choferes también diferían porque eran choferes diferentes, personas diferentes, valga decirlo así. Ambos choferes eran cincuentones y ambos lucieron a su debido tiempo sus hilitos de sangre, pero el primero, el de Callao, tenía la piel del rostro aceitunada y nariz aguileña y yo pensé que sería un español. “Raza española, ha de ser español él, o hijo de españoles o descendiente de puros españoles”, pensé. El segundo chofer, el de sangrar más remolón, el de la calle Paraguay, tenía piel mate y nariz redondeada. Había en su cara algo italiano —un lunar con pelos—, sus cabellos rubiones me hicieron pensar en una incidencia eslava —algún polaco, un yugoslavo en su progenie— y sus labios tenían el típico recorte oriental que puede provenir de una herencia morisca, tal vez transmitida por un gauderio del Chuy descendiente de judíos portugueses que en tiempos de Aparicio Saravia pasó de la Banda Oriental a nuestro lado, estableciéndose con rancho propio en lo que hoy bien puede ser la parte de Ramos Mejía, o en tierras aledañas a la estación de Ezpeleta. Los brazos del segundo chofer eran brazos anglosajones, brazos como los de MacArthur o de Montgomery, que de tan anglos y enflaquecidos de no hacer siempre llevan a preguntarse cómo esa gente pudo ganar tantas y tantas guerras. Los brazos anglos del chofer de la calle Paraguay, el de sangrar más lento, me sugerían que en su argentíneo crisol de razas debió filtrarse algún temprano desertor de los ejércitos civilizadores de Beresford y Popham.

Se sabe desde Lukacs, la narrativa condena a operar en el campo de las ideologías. Pero resumo: el primero español, el segundo hiperamalgamado, superargentino; eso diferenciaba nítidamente para mí a ambos choferes.

Encendí mi 555 esa segunda vez y reconocí en el chofer a un argentino, a un hermano de raza. Debía anunciarle de su hilito de sangre. Pero… ¿Cómo hablarle? ¿Qué podía decir yo a ese hombre con su hilito de sangre bajando por la nuca hacia el cuello, con mi cigarrillo ya prendido y tres cuadras más allá del lugar donde le descubrí el hilito de sangre bajador, que ahora ya incursionaba tras su camisa y comenzaba a establecerse como hilito de sangre invisible en la tierra de nadie que separaba la camisa de la piel de la espalda…?

Porque el hilo de sangre ya estaba transcurriendo por la tierra de nadie citada. Y yo, fumando ambas veces —la de Callao y la de Paraguay que ya era la de Maipú pues acabábamos de doblar—, pensaba esa segunda vez que bastaría con que el chofer se permitiese un gesto de “relax” y estirase sus piernas para que el movimiento compensatorio de su tronco llevase a su cuello a presionar sobre el borde superior del asiento delantero del automóvil, determinando la desaparición de esa tierra de nadie, y provocando que el hilito de sangre quedase retratado contra la tela de la camisa, cuyas fibras parcialmente naturales no tardarían en succionar ávidas ese jugo que se difundiría a través de su trama textil para hacer de lo que hasta ese momento era un hilo de sangre recorriendo su tierra de nadie una mancha ya estática difundiéndose en el plano testimonial de su camisa celeste de chofer.

Cuento la historia de la segunda vez, la de Maipú. Ya habíamos doblado. Iba hacia el barrio sur, a la oficina de Salles aquel jueves. Me concentro en este segundo episodio porque la primera vez yo manejé muy mal la situación: inexperiencia, asombro, tal vez cierta obnubilación provocada por el nerviosismo provocado por la mala sincronización de los semáforos, que fue una de las características nefastas que hoy a todos nos lleva a recordar con amargura esa vieja Callao de doble mano.

Fumaba yo, miraba el hilito de sangre y me decía: “No bien el ajetreo del tránsito brinde a este desdichado la oportunidad de relajarse, extenderá sus piernas, se librará del permanente pedaleo de freno, embrague y acelerador y clavando sus puños contra el borde superior de la circunferencia del volante de dirección extenderá su cabeza hacia atrás, mirará el tapizado que recubre la cara interna del techo de este Falcon y entonces habrá llegado el instante en que su hilo de sangre, esa parte ahora invisible para mí de su hilo de sangre, se aplastará entre la piel y la tela celestona de su camisa de chofer y lentamente su materia roja comenzará a difundirse por la trama textil asumiendo la forma de una manchita de sangre, después será una verdadera mancha de sangre oval o circular, y después sólo Dios sabe la forma que adoptará la mancha en la camisa de este infeliz…”. Eso me dije y estuve a punto de advertirle que un movimiento involuntario podría aplastar su hilito y mancharía su camisa, pero mirando hacia adelante vi que Maipú seguía atestada de ómnibus y taxis y automóviles particulares y camiones de los nuevos servicios de limpieza urbana y entonces me dije (siempre “yo” diciéndome “yo”) que el pobre hombre no contaría con el instante de relax imprescindible para que su hilo de sangre concluyera dando de sí todo lo que un hilo de sangre pueda dar: una mancha, su sentido final. “Sí —me dije—, está lejana la posibilidad de que este hilo de sangre alcance su sentido final: el riesgo parece momentáneamente conjurado.” Entonces, con la experiencia que me asistía por haber vivido una situación semejante pocos meses atrás, y con la destreza que me brindaba el azar de haber escrito sobre aquella experiencia pocos días atrás, decidí dirigirme sin eufemismos al chofer, tan educadamente como puede uno dirigirse a otro en la ciudad sin denotar amaneramiento ni resultar sospechoso de una identidad homosexual y hablé así:

—Dicen que vuelven a aparecer los choferes que sangran…

Mi frase lo tomó por sorpresa. Tardó varios segundos en asentir con la cabeza y recién después de unos cuantos metros de calle entreví que se disponía a hablar. En efecto, rebajó a segunda, oprimió el pedal de freno para ceder el paso a una mujer que cruzaba Hipólito Yrigoyen rumbo a la plaza con un niño en brazos y dijo:

—Eso comentan… vuelta a vuelta cae uno al garaje donde yo guardo el coche y dice eso… que están volviendo a aparecer…

—Lo tiene bien eh… —dije para disimular el tema de mi interés.

—¿El qué? —preguntó el hombre. Yo había disimulado mucho.

—El auto… lo tiene bien. No es común encontrar coches tan limpios… hoy en día…

—Vea… va en costumbres… son formas de ser… depende de la clase de gente que sea el dueño.

—Claro —dije—, eso dice mi mujer… la clase se ve en lo que uno hace, en cómo tiene las cosas.

—Cierto —respondió—, mi mujer dice igual.

—Las mujeres saben de estas cosas… todo el día en la casa… casualmente —agregué— ayer mi mujer… me hablaba de… —fabriqué un poquito de suspenso.

—¿De qué? —Ya había despertado su curiosidad.

—De eso… de que habían vuelto a aparecer los choferes de taxi que sangran… Eso me dijo que le habían dicho, yo le dije que no vaya a creer…

—No crea —dijo él—… vuelta a vuelta me dicen que aparecen algunos…

—¿Y por qué será?

—Vaya a saber —dijo él—… costumbres.

—Sí… viéndolo así se explica… pero dígame —lo interrogaba fingiendo ignorar todo acerca de los choferes que sangran y disimulando el hecho perentorio de haber sido yo mismo testigo ocasional del fenómeno ya en dos oportunidades—: ¿Dígame si eso no los perjudica en su trabajo…?

—No sé… para mí que sí… pero si andan y vuelta a vuelta vuelven a aparecer, algún provecho han de sacar de eso…

¿No cree?

—Sí —le dije—… pero ¿qué provecho pueden sacar…?

—Y… no sé… pero alguno ha de ser. ¿No es cierto?

Entonces, sintiendo que tenía la situación bajo control, me lancé con todo sobre mi presa. Yo quería saber:

—¿No será usted uno de los choferes que sangran, no?

El hombre dio un respingo en su asiento. Pareció ofenderse y me habló mirando con encono hacia el reflejo de mi cara en el espejo retrovisor del Falcon:

—¡No! ¿Qué se cree usted que soy…? ¿Eh?

—Nada —le dije, fingiéndome intimidado por la violencia de su respuesta—, nada. Fue una pregunta, un preguntar apenas nomás… se me ocurrió… de golpe se me ocurrió decir… preguntarle… se me ocurrió que usted podía ser uno de esosque se ponen a sangrar en el taxi…

Entonces se volvió hacia mí. Creo, pasado el tiempo creo, que eso era en rigor lo que yo quería de él, que a despecho de su enorme y franco espejo retrovisor se volviera hacia mí. Y él se volvió hacia mí para mostrarme su mirada de reproche y al volverse el cuello de su camisa se aplicó contra el borde del asiento: la suerte estaba echada. Ya no hubo más tierra de nadie junto a la piel de su cuello y su espalda y la tela de su camisa de chofer comenzó a teñirse con la sangre que se difundía a merced de la succión sedienta de las fibras de algodón que parcialmente componían la trama de su camisa de chofer celeste.

—¿Qué se cree usted? —enojado hablaba.

—No, nada yo me creo… nada… discúlpeme si lo ofendí…

—No… usted tendría que ofenderse… el que tiene que ofenderse —me dijo como quien imparte una enseñanza ancestral— es usted… se lo digo en la cara: ¡Usted se engaña con la gente…!

—Puede ser —concedí suavizando la voz y ahora sí con un no simulado respeto—… todos se engañan con la gente… eso decía Pasolini… ¿Ha leído Pasolini alguna vez? —dije para cambiar de tema mientras cruzábamos la avenida Belgrano.

—¿Qué Pasolini? —preguntaba sin advertir la mancha de su camisa que yo ya no podía dejar de mirar interesado…—, ¿el artista de cine?

—Sí… ése…

—Qué… ¿también hace libros…?

—Sí… ¡hacía libros!, murió… ¡lo mataron!

—¿Qué…?, ¿al de La dolce vita lo mataron? —preguntó confundiendo todo en ese instante en que se iba confundiendo su sangre con la intimidad de la trama de las fibras del algodón…

—Sí… lo mataron… —le confirmé.

—Ah… ahora me acuerdo… esos hippies drogados que le escribieron toda la casa…

—Sí… —dije. Entonces advertí que Pasolini, que para él en vida formaba un cuerpo con Mastroianni o con Fellini, muerto pasaba a pertenecer al mundo de Sharon Tate, Polanski y la cultura anfetamínica del clan Manson. Pero yo no podía detenerme a explicar eso a un hombre cuya sangre formaba ahora cuerpo con la tela de su camisa que había sido celeste y ahora, allí donde el mensaje rojo la invadía, tomaba un color de ladrillo oscuro, y tampoco me sentí muy seguro de que no hubiese en la vida de Pasolini algún instante privilegiado de identificación con el fantasma vivo y embarazado de Sharon Tate.

—No sabía que ése escribió libros… —dijo mi sangrante chofer.

—Sí —le informé—, escribió muchos libros… buenos… y en uno de los libros decía algo parecido a lo que usted me dijo reciencito… eso de que todo el mundo se confunde con la gente…

—Ah sí… —decía el hombre, mientras yo no pasaba por alto que en ese instante, él, en su intimidad, maldecía el tránsito obstruido de la calle Chile…

—Y a propósito de eso… le quería preguntar su opinión: si por ejemplo usted fuese un pasajero y le toca un chofer que sangra, uno de esos que andan sangrando y sangrando, ¿qué haría usted? —encuesté yo.

—No sé… ¿qué iba a hacer?

—Y no sé… yo no soy taxista… por eso quería conocer su opinión…

—¿Qué le iba a hacer? Lo dejaba… a mí que el hombre sangre o no sangre me da igual… si soy el pasajero querría que maneje bien y nada más… eso me alcanza, ¿no es cierto?

Ésas fueron sus últimas palabras: “no-es-cierto”. Llegábamos a México y Bolívar, mi destino. Pagué con un billete de diez mil pesos y mientras vigilaba que mi interlocutor no me timase con el vuelto —viejo hábito de los choferes de Buenos Aires— miré cómo su mancha iba creciendo hasta formar una figura del tamaño de una hoja de nogal, o de tilo joven.

Hubiese querido saber a qué hora dejaba ese chofer su turno para estimar mejor las dimensiones que llegaría a adquirir su mancha al cabo de la jornada de trabajo, pero pensé que si lo preguntaba directamente él me respondería cualquier guarangada, o lisa y llanamente, con su humor de perros, me mentiría como a un niño. Además, pensé aquel día (y hoy, analizándolo mejor me convenzo de que estaba en lo cierto) que en el curso de la tarde no faltaría un pasajero poco experimentado en viajar con choferes que sangran que, comedido, le anunciara que su hilito de sangre ya era evidente y que su camisa manchada no hacía sino corroborar que también él era un chofer que sangra, llevándolo a tomar conciencia de que su diálogo conmigo durante el mediodía no había sido producto del azar ni el capricho de un pasajero impertinente sino que obedecía a una realidad de la que él mismo formaba parte y que su natural obstinación de chofer le impedía asumir. Cuando parado en el cordón de la vereda recibí mi cambio, mantuve abierta la puerta trasera del Falcon y conté: tres billetes de mil, uno de quinientos, dos monedas de cien pesos. Estaba bien, el viaje había costado seis mil trescientos pesos, así lo indicaba el reloj empotrado en la consola del auto. Sólo cuando verifiqué las cifras cerré la puerta y dije “adiós” o “buena suerte” o alguna de esas frases que se suelen decir al terminar un viaje.

Fuente: https://campus.belgrano.ort.edu.ar/

MUERTE DE UN HERMANO

Haroldo Conti

A mi madre

El viejo ni siquiera sintió el golpe. Solamente un blando adormecimiento que le subía desde los pies. Algunas voces crecieron hacia el medio de la calle y después recularon suavemente.

El hombre se aproximó desde la niebla que lo rodeaba y se inclinó sobre él.

-Juan…

El hombre sonrió.

-¡Juan!

-¿Qué tal, hermano?

-¿De dónde sales, Juan?

Le apuntó con un dedo sin dejar de sonreír.

-¿No te dije que algún día iba a volver?

-Sí… eso dijiste… ¡claro que sí!

La niebla se agitó detrás de la figura. Varas de sombras avanzaban hacia él pero cuando trató de reconocerlas se comprimieron y juntaron en una franja circular.

-Juan, hermanito…

Movió la cabeza para uno y otro lado.

-Ha pasado tanto tiempo… No tienes idea.

-Lo sé.

-¡Oh, no!… el tiempo para ti es otra cosa. Me refiero al mío, muchacho… Te esperé, claro que te esperé… Yo le decía a esta gente -trató de señalar-, esta gente…

Entrecerró los ojos y lo miró con fijeza. Era él, no había duda. El mismo rostro duro y franco.

-Yo también llegué a dudar, ¿sabes? -reconoció entonces por lo bajo.

Y la voz se le quebró en la garganta.

-Bueno, se comprende.

-Supongo que sí…

-Pero en el fondo sabías que iba a volver, ¿no es así, hermanito?

Le apuntó otra vez con el dedo y una vieja llama brotó dentro de él.

-¡Claro! ¡Claro que sí!

Trató de incorporarse y abrazar a aquel hermano que había vuelto por fin, pero le fallaron las piernas. La verdad que ni siquiera las sentía. Entonces se abandonó sobre el pavimento aguantándose apenas con las manos, nada más que para no perder de vista ese rostro querido.

-¿Y cómo te ha ido por ahí, muchacho? -preguntó con una voz complacida.

Trataba de parecer natural. En realidad se sentía mejor que nunca en mucho tiempo y el viejo cuerpo no pesaba ahora absolutamente nada.

-Bien, bien…

-¡Este Juan!… ¿Eso es todo?

-Nunca hablé demasiado.

-No, es verdad… Apenas un poco más que el viejo… dos o tres palabras más.

Y sonrió recordando al viejo y al Juan de aquel tiempo, casi igual a este Juan. O tal vez igual del todo.

-Pero cantabas muy bien, eso sí. ¿Todavía conservas esa linda voz?

-Creo que sí.

-¿Y cantas también?

-Todavía. El que anda solo como yo, siempre canta  alguna cosa.

-Aquí hay mucha gente sola, si te refieres a eso, pero no canta casi nunca…

Hizo una pausa porque sentía un gran cansancio.

-A veces me acordaba de ti y cantaba. A decir verdad, últimamente era la única forma de acordarme.

Inclinó la cabeza hacia el pavimento y añadió por lo bajo:

-Nadie ve con buenos ojos que un viejo cante porque sí… Yo les decía… trataba de explicarles. Pero tú sabes cómo es esta gente. Va y viene todo el día… Creo que el cabo me entendió una vez. Por lo menos sonrió y me dijo: “Siga, viejo. Cante de nuevo esa cosa.”

Volvió a levantar la cabeza.

-Juan, hermanito, yo también he caminado mucho.

Y una gruesa lágrima rodó por su mejilla.

Juan extendió una mano en silencio y lo palmeó suavemente a pesar de que era una mano ancha y poderosa.

-Creí que ya no vendrías.  Esa era la verdad. Perdóname, pero lo llegué a creer.

-¿Qué importa eso ahora? El hecho es que he venido y te voy a llevar.

-¡Es lo que yo decía! ¡Repítelo, Juan, quiero que lo oigan todos!

-Eso es…

-Vendrá Juan, decía yo, vendrá mi gran hermano y nos iremos un día… ¿Qué pasa? ¡Juan! ¡Juan!

-Aquí estoy, muchacho. No te preocupes.

-Creí que te habías ido.

-No te preocupes.

Volvió a ponerle la mano sobre el hombro.

Ese era Juan. No había que explicarle nada. Lo comprendía y lo abarcaba todo. De una vez. Y su gran mano sobre el hombro despedía una corriente, algo que lo traspasaba a uno. Era como un árbol con la firme raíz y los sonidos de la tierra por un lado y los pájaros y los cielos por el otro.

Años atrás, la mano también sobre el hombro, le había dicho casi lo mismo. “No te preocupes. Volveré por ti un día.” Estaban sobre el camino de tierra, en el límite del campo, una mañana de otoño. Juan no había querido que lo acompañase nadie más que él. Atravesaron el campo en silencio y no se volvió una sola vez. Después salieron al camino, ya de mañana, y cuando apareció el coche le puso la mano sobre el hombro y le dijo aquellas palabras. Después desapareció en un recodo.

Él se preguntó más de una vez de dónde le había nacido la idea. Era un hombre de la tierra, como el viejo. Tal vez la proximidad del camino, aquella franja pardusca que salía y entraba en el horizonte y sobre la que de vez en cuando veían deslizarse algún carro soñoliento o la figura más pequeña y más lenta de algún vagabundo que los saludaba con la mano en alto y después desaparecía en el recodo y tenía todo el camino para él, de una punta a otra, y además lo que no se veía del camino, es decir, el resto del mundo.

De cualquier forma, había en él, en ese rostro duro y confiado, algo que no había en los otros, una marca o señal que se iluminaba por dentro cuando miraba el camino o cuando simplemente hablaba de él. De manera que un día cualquiera Juan se marchó.

Algo después el camino se llevó a su madre en un carruaje de tristeza. Y después vinieron los años difíciles. La tierra se hizo dura y esquiva y el viejo un ser taciturno. Partió en la misma carroza que su madre el invierno del 37.

Hasta que una mañana de agosto salió al camino él también y esperó el coche y se marchó por fin. La casa desapareció detrás del recodo, para siempre. La mayor parte de su vida venía después, pero eran años desprovistos de recuerdos, apenas un poco más miserable uno que otro. Diez años de pobreza, miseria. Pobreza, miseria y vejez de ciudad.

En realidad quizá fue un poco feliz cuando aceptó toda esa miseria. La gente no puede entender esto. Pero al cabo del tiempo él era feliz, o casi feliz, a su manera. Toda su preocupación consistía en estar a las seis de la tarde en la puerta del asilo y cuidar que ningún vago le birlara la cama junto a la ventana. A esa hora y desde ese lugar los enormes y blancos edificios parecían boyar en la luz amable de la tarde. Después se oscurecían lentamente. Después las luces erraban en la noche a confusas alturas y en cierto modo la ciudad desaparecía y pensaba en la casa lejana, el campo joven y abundoso.

Entonces volvía a ver el camino y recordaba las palabras de Juan. No siempre lograba recordar al Juan entero porque tenía que ayudarse con canciones y vislumbres más propios del día. Pero de todas maneras su hermano había crecido dentro de él y era una cosa mucho más viva que él, a pesar de la ausencia.

Había una hora y un lugar, precisamente cuando los viejos y los vagos se reunían frente al asilo y esperaban a que se abriesen las puertas. Entonces, vaya a saber por qué, Juan reaparecía entero o casi entero en medio de toda aquella miseria. Y eso, por lo menos, le daba impulso para alcanzar la cama al lado de la ventana.

Solo que últimamente la imagen había empalidecido y algunos días no aparecía siquiera. Y si conseguía la cama no era por el Juan sino porque ya nadie quería disputársela.

Para decir la verdad, hacía un tiempo que había perdido interés en el asunto. Ni más ni menos. Los años habían terminado por doblegarlo. Estaba seco por dentro y se dejaba llevar y traer como un casco viejo.

Miró a Juan y trató de sonreír.

-Las cosas lo llevan y lo traen a uno como un casco viejo. Es eso…

-¿De qué estás hablando?

-Me pregunto cómo sucedió todo esto.

-¿Qué importancia tiene, muchacho?

-Ninguna, por supuesto. Quise decir simplemente que las cosas sucedieron sin que yo me propusiera nada.

Hablaba con una voz mansa y dolorida.

-Bueno, es lo que pasa por lo general.

-No a ti, no a ti, muchacho… Tú saltaste sobre la vida y la domaste como a un potro. ¿Eh, Juan?

-No fue así. Bueno, yo sé cómo fue realmente. Lo que pasa es que nunca me pregunto esas cosas… La tomaba como venía.

-Eso es, muchacho. Eso es. ¡Cerrabas el puño y te la metías en el bolsillo! Juan, ¿estás ahí?

La figura parecía oscilar y alejarse.

-Aquí estoy.

-¿Quisieras darme la mano?

-Claro que sí.

Ahora casi no veía su rostro. Pero sintió la mano áspera y dura.

No tenía idea de la hora pero de cualquier manera le resultaba extraño aquel silencio en esa calle de la ciudad.

-¿Qué se habrá hecho de la gente? -se preguntó sin verdadera curiosidad mientras trataba de sostener la cabeza que parecía querer escapársele-. Debe ser muy tarde.

La figura osciló hacia adelante y entonces con el último hilo de voz preguntó todavía:

-¿Vamos, Juan?

Sintió la voz muy cerca de él.

-Cuando quieras, muchacho.

-Vamos ya…

Fuente: https://ciudadseva.com/

UN EXPRESO DEL FUTURO

Julio Verne

-Ande con cuidado -gritó mi guía-. ¡Hay un escalón!

Descendiendo con seguridad por el escalón de cuya existencia así me informó, entré en una amplia habitación, iluminada por enceguecedores reflectores eléctricos, mientras el sonido de nuestros pasos era lo único que quebraba la soledad y el silencio del lugar.

¿Dónde me encontraba? ¿Qué estaba haciendo yo allí? Preguntas sin respuesta. Una larga caminata nocturna, puertas de hierro que se abrieron y se cerraron con estrépitos metálicos, escaleras que se internaban (así me pareció) en las profundidades de la tierra… No podía recordar nada más, Carecía, sin embargo, de tiempo para pensar.

-Seguramente usted se estará preguntando quién soy yo -dijo mi guía-. El coronel Pierce, a sus órdenes. ¿Dónde está? Pues en Estados Unidos, en Boston… en una estación.

-¿Una estación?

-Así es; el punto de partida de la Compañía de Tubos Neumáticos de Boston a Liverpool.

Y con gesto pedagógico, el coronel señaló dos grandes cilindros de hierro, de aproximadamente un metro y medio de diámetro, que surgían del suelo, a pocos pasos de distancia.

Miré esos cilindros, que se incrustaban a la derecha en una masa de mampostería, y en su extremo izquierdo estaban cerrados por pesadas tapas metálicas, de las que se desprendía un racimo de tubos que se empotraban en el techo; y al instante comprendí el propósito de todo esto.

¿Acaso yo no había leído, poco tiempo atrás, en un periódico norteamericano, un artículo que describía este extraordinario proyecto para unir Europa con el Nuevo Mundo mediante dos colosales tubos submarinos? Un inventor había declarado que el asunto ya estaba cumplido. Y ese inventor -el coronel Pierce- estaba ahora frente a mí.

Recompuse mentalmente aquel artículo periodístico. Casi con complacencia, el periodista entraba en detalles sobre el emprendimiento. Informaba que eran necesarios más de tres mil millas de tubos de hierro, que pesaban más de trece millones de toneladas, sin contar los buques requeridos para el transporte de los materiales: 200 barcos de dos mil toneladas, que debían efectuar treinta y tres viajes cada uno. Esta “Armada de la Ciencia” era descrita llevando el hierro hacia dos navíos especiales, a bordo de los cuales eran unidos los extremos de los tubos entre sí, envueltos por un triple tejido de hierro y recubiertos por una preparación resinosa, con el objeto de resguardarlos de la acción del agua marina.

Pasado inmediatamente el tema de la obra, el periodista cargaba los tubos (convertidos en una especie de cañón de interminable longitud) con una serie de vehículos, que debían ser impulsados con sus viajeros dentro, por potentes corrientes de aire, de la misma manera en que son trasladados los despachos postales en París.

Al final del artículo se establecía un paralelismo con el ferrocarril, y el autor enumeraba con exaltación las ventajas del nuevo y osado sistema. Según su parecer, al pasar por los tubos debería anularse toda alteración nerviosa, debido a que la superficie interior del vehículo había sido confeccionada en metal finamente pulido; la temperatura se regulaba mediante corrientes de aire, por lo que el calor podría modificarse de acuerdo con las estaciones; los precios de los pasajes resultarían sorprendentemente bajos, debido al poco costo de la construcción y de los gastos de mantenimiento… Se olvidaba, o se dejaba aparte cualquier consideración referente a los problemas de la gravitación y del deterioro por el uso.

Todo eso reapareció en mi conciencia en aquel momento.

Así que aquella “Utopía” se había vuelto realidad ¡y aquellos dos cilindros que tenía frente a mí partían desde este mismísimo lugar, pasaban luego bajo el Atlántico, y finalmente alcanzaban la costa de Inglaterra!

A pesar de la evidencia, no conseguía creerlo. Que los tubos estaban allí, era algo indudable, pero creer que un hombre pudiera viajar por semejante ruta… ¡jamás!

-Obtener una corriente de aire tan prolongada sería imposible -expresé en voz alta aquella opinión.

-Al contrario, ¡absolutamente fácil! -protestó el coronel Pierce-. Todo lo que se necesita para obtenerla es una gran cantidad de turbinas impulsadas por vapor, semejantes a las que se utilizan en los altos hornos. Éstas transportan el aire con una fuerza prácticamente ilimitada, propulsándolo a mil ochocientos kilómetros horarios… ¡casi la velocidad de una bala de cañón! De manera tal que nuestros vehículos con sus pasajeros efectúan el viaje entre Boston y Liverpool en dos horas y cuarenta minutos.

-¡Mil ochocientos kilómetros por hora!- exclamé.

-Ni uno menos. ¡Y qué consecuencias maravillosas se desprenden de semejante promedio de velocidad! Como la hora de Liverpool está adelantada con respecto a la nuestra en cuatro horas y cuarenta minutos, un viajero que salga de Boston a las 9, arribará a Liverpool a las 3:53 de la tarde.¿No es este un viaje hecho a toda velocidad? Corriendo en sentido inverso, hacia estas latitudes, nuestros vehículos le ganan al Sol más de novecientos kilómetros por hora, como si treparan por una cuerda movediza. Por ejemplo, partiendo de Liverpool al medio día, el viajero arribará a esta estación alas 9:34 de la mañana… O sea, más temprano que cuando salió. ¡Ja! ¡Ja! No me parece que alguien pueda viajar más rápidamente que eso.

Yo no sabía qué pensar. ¿Acaso estaba hablando con un maniático?… ¿O debía creer todas esas teorías fantásticas, a pesar de la objeciones que brotaban de mi mente?

-Muy bien, ¡así debe ser! -dije-. Aceptaré que lo viajeros puedan tomar esa ruta de locos, y que usted puede lograr esta velocidad increíble. Pero una vez que la haya alcanzado, ¿cómo hará para frenarla? ¡Cuando llegue a una parada todo volará en mil pedazos!

-¡No, de ninguna manera! -objetó el coronel, encogiéndose de hombros-. Entre nuestros tubos (uno para irse, el otro para regresar a casa), alimentados consecuentemente por corrientes de direcciones contrarias, existe una comunicación en cada juntura. Un destello eléctrico nos advierte cuando un vehículo se acerca; librado a su suerte, el tren seguiría su curso debido a la velocidad impresa, pero mediante el simple giro de una perilla podemos accionar la corriente opuesta de aire comprimido desde el tubo paralelo y, de a poco, reducir a nada el impacto final. ¿Pero de qué sirven tantas explicaciones? ¿No sería preferible una demostración?

Y sin aguardar mi respuesta, el coronel oprimió un reluciente botón plateado que salía del costado de uno de los tubos. Un panel se deslizó suavemente sobre sus estrías, y a través de la abertura así generada alcancé a distinguir una hilera de asientos, en cada uno de los cuales cabían cómodamente dos personas, lado a lado.

-¡El vehículo! -exclamó el coronel-. ¡Entre!

Lo seguí sin oponer la menor resistencia, y el panel volvió a deslizarse detrás de nosotros, retomando su anterior posición.

A la luz de una lámpara eléctrica, que se proyectaba desde el techo, examiné minuciosamente el artefacto en que me hallaba.

Nada podía ser más sencillo: un largo cilindro, tapizado con prolijidad; de extremo a extremo se disponían cincuenta butacas en veinticinco hileras paralelas. Una válvula en cada extremo regulaba la presión atmosférica, de manera que entraba aire respirable por un lado, y por el otro se descargaba cualquier exceso que superara la presión normal.

Luego de perder unos minutos en este examen, me ganó la impaciencia:

-Bien -dije-. ¿Es que no vamos a arrancar?

-¿Si no vamos a arrancar? -exclamó el coronel Pierce-. ¡Ya hemos arrancado!

Arrancado… sin la menor sacudida… ¿cómo era posible?… Escuché con suma atención, intentando detectar cualquier sonido que pudiera darme alguna evidencia.

¡Si en verdad habíamos arrancado… si el coronel no me había estado mintiendo al hablarme de una velocidad de mil ochocientos kilómetros por hora… ya debíamos estar lejos de tierra, en las profundidades del mar, junto al inmenso oleaje de cresta espumosa por sobre nuestras cabezas; e incluso en ese mismo instante, probablemente, confundiendo al tubo con una serpiente marina monstruosa, de especie desconocida, las ballenas estarían batiendo con furiosos coletazos nuestra larga prisión de hierro!

Pero no escuché más que un sordo rumor, provocado, sin duda, por la traslación de nuestro vehículo. Y ahogado por un asombro incomparable, incapaz de creer en la realidad de todo lo que estaba ocurriendo, me senté en silencio, dejando que el tiempo pasara.

Luego de casi una hora, una sensación de frescura en la frente me arrancó de golpe del estado de somnolencia en que había caído paulatinamente.

Alcé el brazo para tocarme la cara: estaba mojada.

¿Mojada? ¿Por qué estaba mojada? ¿Acaso el tubo había cedido a la presión del agua… una presión que obligadamente sería formidable, pues aumenta a razón de una “atmósfera” por cada diez metros de profundidad?

Fui presa del pánico. Aterrorizado, quise gritar… y me encontré en el jardín de mi casa, rociado generosamente por la violenta lluvia que me había despertado. Simplemente, me había quedado dormido mientras leía el articulo de un periodista norteamericano, referido a los extraordinarios proyectos del coronel Pierce… quien a su vez, mucho me temo, también había sido soñado.

Fuente: https://ciudadseva.com/

CUENTO AZUL

Marguerite Yourcenar

Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.

Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.

Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.

Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.

Pudieron al cabo refugiarse en el ala donde estaban las cocinas y allí deliberaron acerca del mejor medio para llegar hasta la caverna de los zafiros. Constantemente los molestaba el trajín de los aguadores, y un perro sarnoso fue a lamer el muñón azul del mercader italiano, el que había perdido los dedos. Al fin, vieron aparecer por la escalera de la bodega a una joven esclava que llevaba hielo granizado en un ataifor de cristal turbio; lo depositó sin mirar dónde, sobre una columna de aire, para dejarse las manos libres y poder saludar, levantándolas hasta la frente, donde llevaba tatuada la estrella de los magos. Sus cabellos azul-negros fluían desde las sienes hasta los hombros; sus ojos claros miraban el mundo a través de dos lágrimas; y su boca no era sino una herida azul. Su vestido color lavanda, de fina tela desteñida por hartos lavados, estaba desgarrado en las rodillas, pues la joven tenía por costumbre prosternarse para rezar y lo hacía constantemente.

Poco importaba que no comprendiera la lengua de los mercaderes, pues era sordomuda; así, se limitó a asentir gravemente con la cabeza cuando ellos inquirieron cómo ir hasta el tesoro mostrándole en un espejo sus ojos color de gema y señalando luego la huella de sus pasos en el polvo del corredor. El mercader griego le ofreció sus talismanes: la niña los rechazó como lo hubiera hecho una mujer dichosa, pero con la sonrisa amarga de una mujer desesperada; el mercader holandés le tendió un saco lleno de joyas, pero ella hizo una reverencia desplegando con las manos el pobre vestido todo roto, y no les fue posible adivinar si es que se juzgaba demasiado indigente o demasiado rica para tales esplendores.

Luego, con una brizna de hierba levantó el picaporte de la puerta y se encontraron en un patio redondo como el interior de un pozal, lleno hasta los bordes de la fría luz matinal. La joven se sirvió de su dedo meñique para abrir la segunda puerta que daba a la llanura y, uno tras otro, se encaminaron hacia el interior de la isla por un camino bordeado de matas de aloe. Las sombras de los mercaderes iban pegadas a sus talones, cual siete víboras pequeñas y negras, en tanto que la muchacha estaba desprovista de toda sombra, lo que les dio que pensar si no sería un fantasma.

Las colinas, azules a distancia, se volvían negras, pardas o grises a medida que se aproximaban; sin embargo, el mercader de la Turena no perdía el valor y para darse ánimos cantaba canciones de su tierra francesa. El mercader castellano recibió por dos veces la picadura de un escorpión y sus piernas se hincharon hasta las rodillas y cobraron un color de berenjena madura, pero no parecía sentir dolor alguno e incluso caminaba con el paso más seguro y más solemne que los otros, como si estuviera sostenido por dos gruesos pilares de basalto azul. El mercader irlandés lloraba viendo cómo gotas de sangre pálida perlaban los talones de la muchacha, que andaba descalza sobre cascos de porcelana y de vidrios rotos.

Cuando llegaron al sitio, tuvieron que arrastrarse de rodillas para entrar a la caverna, que no abría al mundo más que una boca angosta y agrietada. La gruta era, sin embargo, más espaciosa de lo que hubiera podido esperarse y, así que sus ojos hubieron hecho buenas migas con las tinieblas, descubrieron por doquier fragmentos de cielo entre las fisuras de la roca. Un lago muy puro ocupaba el centro del subterráneo, y cuando el mercader italiano lanzó una guija para calcular la profundidad, no se la oyó caer, pero se formaron pompas en la superficie, como si una sirena bruscamente desesperada hubiera expelido todo el aire que llenaba sus pulmones. El mercader griego empapó sus manos ávidas en aquella agua y las sacó teñidas hasta las muñecas, como si se tratara de la tina hirviendo de una tintorera; mas no logró apoderarse de los zafiros que bogaban, cual flotillas de nautilos, por aquellas aguas más densas que las de los mares. Entonces, la joven deshizo sus largas trenzas y sumergió los cabellos en el lago: los zafiros se prendieron en ellos como en las mallas sedosas de una oscura red. Llamó primero al mercader holandés, que se metió las piedras preciosas en las calzas; luego, al mercader francés, que se llenó el chapeo de zafiros; el mercader griego atiborró un odre que llevaba al mercader castellano, arrancándose los sudados guantes de cuero, los llenó y se los puso colgados al cuello, de tal suerte que parecía llevar dos manos cortadas. Cuando le llegó el turno al mercader irlandés, ya no quedaban zafiros en el lago; la joven esclava se quitó un colgante de abalorios que llevaba y por señas le ordenó que se lo pusiera sobre el corazón.

Salieron arrastrándose de la caverna y la muchacha pidió al mercader irlandés que la ayudara a rodar una gruesa piedra para cerrar la entrada. Luego, colocó un precinto confeccionado con un poco de arcilla y una hebra de sus cabellos.

El camino se les hizo más largo que a la ida por la mañana. El mercader castellano, que empezaba a sufrir a causa de sus piernas emponzoñadas, se tambaleaba y blasfemaba invocando el nombre de la madre de Dios. El mercader holandés, que estaba hambriento, trató de arrancar las azules brevas maduras, de una higuera, pero un enjambre de abejas ocultas en la espesura almibarada lo picaron profundamente en la garganta y en las manos.

Llegados al pie de las murallas, el grupo dio un rodeo para evitar a los centinelas y se dirigieron sin hacer ruido hacia el puerto de los pescadores de sirenas, que estaba siempre desierto, pues hacía largo tiempo que no se pescaban ya sirenas en aquel país. La barca flotaba blandamente en el agua, amarrada al dedo de un pie de bronce, único resto de una estatua colosal erigida antaño en honor a un dios del que ya nadie recordaba el nombre. En el muelle, la esclava sordomuda hizo intención de despedirse de los hombres, saludándolos con las manos puestas en el corazón; entonces, el mercader griego la tomó por las muñecas y la arrastró hasta el barco, movido por el propósito de venderla al príncipe veneciano del Negroponto, de quien se sabía que le gustaban las mujeres heridas o afectadas de alguna invalidez. La doncella se dejó llevar sin oponer resistencia y sus lágrimas, al caer sobre las maderas del puente, se transformaban en bellas aguamarinas, así es que sus verdugos se las ingeniaron para darle motivos que la hicieran llorar.

La dejaron desnuda y la ataron al palo mayor; su cuerpo era tan blanco que servía de fanal al barco en aquella noche clara navegando entre las islas. Cuando hubieron terminado su partida de palillos, los mercaderes bajaron a la cabina para echarse a dormir. Hacia el alba, el holandés subió al puente aguijoneado por el deseo y se acercó a la prisionera, dispuesto a violentarla. Mas he aquí que la niña había desaparecido: las ligaduras colgaban, vacías, del tronco negro del mástil, como un cinturón demasiado ancho, y en el lugar donde se habían posado sus pies suaves y delgados no quedaba otra cosa que un mantoncito de hierbas aromáticas que exhalaban un humillo azul.

En los días que siguieron reinó una calma chicha, y los rayos del sol, que caían a plomo sobre la lisa superficie color de algas, producían un chirrido de hierro candente sumergido en agua fría. Las piernas gangrenadas del mercader castellano se habían puesto azules como las montañas que se columbraban en el horizonte y purulentos regueros se deslizaban desde las tablas del puente hasta el mar. Cuando el sufrimiento se hizo intolerable, el hombre sacó del cinturón una ancha daga triangular y se cercenó a la altura de los muslos las dos piernas envenenadas. Murió agotado al despuntar la aurora, después de haber legado sus zafiros al mercader suizo, que era su enemigo mortal.

Al cabo de una semana recalaron en Esmirna y el mercader de Turena, que siempre había temido al mar, optó por desembarcar, con intención de continuar su viaje a lomos de una buena mula. Un banquero armenio le cambió los zafiros por diez mil monedas con la efigie del Preste Juan. Eran piezas perfectamente redondas y el francés cargó alegremente con ellas hasta trece mulos; pero, así que llegó a Angers, tras siete años de viaje, se encontró con la sorpresa de que las monedas del monarca-preste no tenían curso en su país.

En Ragusa, el mercader holandés trocó sus zafiros por una jarra de cerveza servida en el mismo muelle, pero tuvo que escupir aquel insulso líquido aventado que no tenía el mismo gusto que la cerveza de las tabernas de Ámsterdam. El mercader italiano desembarcó en Venecia con el propósito de hacerse proclamar Dogo, mas pereció asesinado al día siguiente de sus nupcias con la laguna. En cuanto al mercader griego, se le ocurrió atar los zafiros a un cabo largo y suspenderlos en el costado de la barca, esperando que el contacto con las olas fuera benéfico para su hermoso color azul. Al mojarse, las gemas se volvieron líquidas y apenas si añadieron al tesoro del mar unas pocas gotas de agua transparente. El hombre se consoló pescando peces y asándolos al rescoldo de la ceniza.

Un atardecer, al cabo de veintisiete días de navegación, el barco fue atacado por un corsario. El mercader de Basilea se tragó sus zafiros para sustraerlos de la avaricia de los piratas y murió de atroces dolores de entrañas. El griego se echó al mar y fue recogido por un delfín, que lo condujo hasta Tinos. El irlandés, molido a golpes, fue dejado por muerto en la barca, entre los cadáveres y los sacos vacíos; nadie se tomó la molestia de quitarle el colgante de falsas piedras azules, que no tenía ningún valor. Treinta días más tarde, la barca a la deriva entró por sí misma en el puerto de Dublín y el irlandés echó pie a tierra para mendigar un pedazo de pan.

Estaba lloviendo. Los tejados oblicuos de las casas bajas sugerían grandes espejos destinados a captar los espectros de la luz muerta. La calzada desigual se encharcaba más y más; el cielo, de un parduzco sucio, parecía tan cenagoso que ni los ángeles se hubieran atrevido a salir de la casa de Dios; las calles estaban desiertas; el puesto de un mercero ambulante, que vendía calcetines de lana cruda y cordones para los zapatos, se veía abandonado al borde de una acera debajo de un paraguas abierto. Los reyes y los obispos esculpidos en el pórtico de la catedral no hacían nada para impedir que cayera la lluvia sobre sus coronas o sus mitras, y la Magdalena recibía el agua en sus senos desnudos.

El mercader, todo desalentado, fue a sentarse bajo el pórtico junto a una joven mendiga, tan pobre que su cuerpo, azulenco de frío, se veía a través de los desgarrones de su vestido gris. Sus rodillas se entrechocaban ligeramente; sus dedos cubiertos de sabañones apretaban un mendrugo de pan. El mercader le pidió por el amor de Dios que se lo diera, y ella se lo tendió en el acto. El mercader hubiera querido regalarle el colgante de abalorios azules, puesto que no tenla ninguna otra cosa que ofrecer; más en vano buscó en sus bolsillos, alrededor de su cuello, entre las cuentas de su rosario. No hallándolo, se echó a llorar desconsolado: no poseía ya nada que pudiera recordarle el color del cielo y la tonalidad del mar en donde había estado a punto de perecer.

Suspiró profundamente y, como el crepúsculo y la fría niebla se espesaban en derredor, la muchachita se apretujó contra él para darle calor. El hombre le hizo preguntas acerca del país y ella le contestó en el tosco dialecto del pueblo que dejara antaño, siendo aún muy chico. Entonces, apartó los cabellos desgreñados que cubrían el rostro de la mendiga, pero tan sucio estaba que la lluvia iba trazando en él regueritos blancos, y el mercader descubrió horrorizado que la niña era ciega y que una siniestra nube velaba el ojo izquierdo. No dejó por ello, sin embargo, de posar su cabeza en aquellas rodillas mal cubiertas de harapos y se durmió sosegado: el ojo derecho, que había visto privado de mirada, era milagrosamente azul.

Fuente: https://ciudadseva.com/

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