• LITERATURA

    LOS MERENGUES

        Julio Ramón Ribeyro   Apenas su mamá cerró la puerta, Perico saltó del colchón y escuchó, con el oído pegado a la madera, los pasos que se iban alejando por el largo corredor. Cuando se hubieron definitivamente perdido, se abalanzó hacia la cocina de kerosene y hurgó en una de las hornillas malogradas. ¡Allí estaba! Extrayendo la bolsita de cuero, contó una por una las monedas —había aprendido a contar jugando a las bolitas— y constató, asombrado que había cuarenta soles. Se echó veinte al bolsillo y guardó el resto en su lugar. No en vano, por la noche, había simulado dormir para espiar a su mamá. Ahora…

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    LOS NUEVE BILLONES DE NOMBRES DE DIOS

        Arthur C. Clarke   -Esta es una petición un tanto desacostumbrada- dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-. Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano. No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su… ejem… establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina. ¿Podría explicarme que intentan hacer con ella? -Con mucho gusto- contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre las monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier…

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    LA NOCHE DE LOS MANÍES

        Hernan Casciari   Siempre me arrepentí de esto que voy a contar. Estábamos en el Tortoni, en las tertulias de los jueves. Había viejos que leían cosas, pero nosotros íbamos a emborracharnos. Uno de esos jueves el poeta Salas golpeó la mesa y se quedó en silencio, humillado, mientras nos cagábamos de la risa. No lo dejábamos leer, nadie le prestaba atención. Yo, sobre todo. Los demás no sé por qué no le hacían caso: yo no le hacía caso porque no lo conocía. No sabía que él era Salas, no sabía nada sobre los poetas que habría de adorar en mi futuro. Si lo hubiera sabido, si…

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    PARÍS POR LA VENTANA

        María José Navia   Alguien me dijo alguna vez que la vista de una ciudad por la noche, desde las alturas de un avión, es como la de un transistor al que le han quitado la tapa. Miles de circuitos inentendibles conectados por una energía poderosa y llena de luz. Intento decírselo al señor Kimura, pero ya se encuentra a miles de kilómetros, aunque solo esté a un apoyabrazos de distancia. Tiene la vista perdida y no ha dicho nada en todo el tiempo que me tomó subirlo al avión y ubicar sus maletas en el compartimento sobre nuestros asientos. De pronto, como si recordara algo urgente y…

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    EL MUERTO QUE CRECE

        Hernan Casciari   Teníamos quince años, que para las mujeres es una edad recordable, para los perros el principio de la vejez, y para nosotros, los varones, nada bueno. Los quince masculinos son una transición del habla, una torpeza del cuerpo. Yo no sabía si Pablo se masturbaba, por ejemplo, ni él si yo; todavía hablábamos de cuestiones infantiles. Éramos amigos, bastante inseparables, aunque es verdad que hoy no lo seríamos tanto. Hay una edad, posterior a los quince, en donde las costumbres y los deseos distancian a los hombres. Si hoy Pablo viviera posiblemente estaría casado. Era muy hermoso, tenía pestañas largas, los ojos verdes y cuando…