LA PLAÑIDERA QUE NO SABÍA LLORAR
Ricardo Ros
Un comentario que suelo oír como psicólogo con frecuencia es “tu trabajo debe ser muy penoso porque debes estar oyendo desgracias todo el día y haciéndolas tuyas para poder comprenderlas” Yo suelo contestar que no es así. Los problemas de los demás son de los demás. Por mucho que trate de entender un problema de otra persona, sigue siendo un problema de otra persona, no mío.
En algunas culturas existe la figura de la plañidera, generalmente mujeres a las que se les paga para que lloren en los funerales. Cuanto más se les paga, más lloran. No sólo lloran, también gimen, sollozan, gritan, suspiran, se dan golpes en el pecho, se estiran de los cabellos, se arrastran por el suelo… Para conseguir llorar necesitan ponerse en situación, recuerdan alguna desgracia personal, alguna pérdida familiar propia. Ocurre lo mismo con los buenos actores, que se imaginan una situación personal para poder llorar. El método Stanislavski de interpretación, conocido como El Método y usado en el Actors Studio de Nueva York, se basa en eso mismo: el actor busca en su interior una situación personal que le haya producido el mismo sentimiento que al personaje al que tiene que interpretar y crea un anclaje. Anthony Hopkins, Al Pacino o Marlon Brando han utilizado esta técnica. Es una técnica muy dura, porque el actor tiene que despertar sentimientos profundos y después saber cortarlos sin sentirse atrapado por ellos de nuevo.
Hay personas que destrozan su vida tratando de sentir lo que sienten los demás. No ya sólo tratan de sentir lo que sienten sus familiares o amigos, si no que tratan de sentir lo que sienten personajes del corazón o personajes de telenovela.
Nancy me dice que llora y llora ante las desgracias que les ocurren a unos personajes de una novela de un canal de telenovelas en México que se llama “El abuelo y yo”. Un pobre niño huérfano, me cuenta, lleno de grandes problemas. Me dice que repiten la telenovela tres veces por día y que la ve las tres veces. Tres horas al día llorando. Y me pregunta cómo puede hacer para no llorar tanto.
Joaquín me explica que se ha muerto su suegro y que no puede evitar tratar de sentir lo que siente su mujer y que está llorando más que ella.
Esther me dice que no se puede quitar de la cabeza las desgracias que está teniendo la ex de un torero. Dice que ve los programas de TV, compra las revistas de corazón y habla con sus amigas sobre el mismo tema. En conclusión, llora y llora por las desgracias de alguien a quien ni siquiera conoce.
Laura me cuenta que no puede ver las noticias en la televisión porque se mete dentro de las propias noticias y se imagina cómo se sentirá la madre a la que se le ha muerto un hijo en una guerra, al hijo al que ha abandonado su madre, a la persona a la que le acaban de atracar o a la madre del político al que acaban de descubrir una corrupción.
No dejes que los problema de los demás ocupen tu vida. Pon límites claros. Tu vida es tu vida y la vida de los demás es la vida de los demás. Tus sentimientos son tuyos. Los sentimientos de los demás, son de los demás. Siente lo que tengas que sentir, pero ese sentimiento tiene que estar relacionado con la realidad.
Fuente: http://www.ricardoros.com