LITERATURA

¿CÓMO SE TE OCURRIÓ PONERLE ASÍ?

 

 

Hernán Casciari

 

¿Por qué siempre conocimos un perro que se apodaba ‘Boby’? ¿Por qué todos tenemos una tía Marta? ¿Por qué los boliches tienen en alguna parte la letra K? ¿Por qué de jóvenes compramos un destornillador en una ferretería terminada en ‘e hijos’? En el nombre que le ponemos a las cosas está, generalmente, el secreto de nuestra mediocridad.

La gente de campo, por lo general más llana, no se anda con remilgos intelectuales. A los perros de las pampas se los bautiza por color, tamaño o referencia. Nadie le da muchas vueltas al asunto, quizás porque hay muchos perros, o porque hay poco tiempo libre para pensar boludeces. Los perros de campo se llaman el Negro, Blanquito, el Rengo, Chiquito o Pardo. Y ya como un alarde de creatividad le pueden poner también Sultán o Bicho.

A los perros de ciudad, en cambio, se les proporciona un bautismo un poco más elaborado, pero tampoco es posible esquivar los tópicos. En los ochenta han habido unas cien mil perras llamadas ‘Laika’, en homenaje a la que viajó al espacio. En los noventa, medio millón de canes fue bautizado con el mote de ‘Beethoven’, como el de la película.

Una vez conocí a un hombre que, en un alarde de minimalismo, le puso a su perro ‘Perro’, mientras que algunos amigos intelectuales optaron por usar apellidos vulgares (un perro se llamaba ‘López’) o sustantivos compuestos (como llamar ‘Hidráulico’ al gato). Pero, la verdad sea dicha, los seres humanos no somos lo que se dice originales a la hora de bautizar. Ni animales ni nada. Siempre seguimos un rumbo preestablecido.

Mi admirado filósofo colombiano Daniel Samper Pizano decía que a los toros de España no se los puede bautizar con apodos domésticos. Hay que darles un nombre que meta miedo, como por ejemplo «Huracán Gaditano», «Hijo del demonio» o «Avispado». Esto se debe a que un nombre vulgar de toro le quitaría al fallecimiento del matador todo el componente de leyenda:

—«El inmortal torero Paquirri fue muerto por una terrible cornada de Pichicho».

Lo mismo pasa con los caballos de carrera. A mí siempre me llamaron la atención, por poéticos y vanguardistas, los nombres que los cuidadores le ponen a sus bestias en en turf. Cuando era chico me pasaba las horas leyendo la ‘Palermo Blanca’ en busca de los mejores bautismos equinos. A veces hoy lo hago, para distraerme. Por ejemplo el viernes, en la primera carrera de San Isidro, ganó en los mil metros una yegua llamada «Señorita Gritona». ¿Pensando en quién, el dueño le ha puesto este nombre a su potranca?

Según pasan los años, las modas para ponerle nombre a todas las cosas —vivas o inanimadas— varían, pero seguimos un invisible hilo de continuidad y torpeza.

Con la literatura está pasando lo mismo, aunque en este caso es más peligroso. Las editoriales se han dado cuenta que el nombre de los libros debe ser marquetinero para vender mejor. Hoy pasaría desapercibido un libro que se llamase «Crimen y castigo», pero nos cuesta mucho no encontrar en las góndolas volúmenes patéticos titulados «No sé si casarme o comprarme un perro», o «¡Este queso es mío!», o incluso «Prefiero morirme a tener que chupar eso». No importa lo que haya dentro del libro: sólo es imprescindible que haya sido bautizado de un modo que a las mujeres les atraiga.

Tanto para bautizar a un animal, como para ponerle nombre a un libro (o a un blog, sin ir más lejos) intentamos definirnos. Una persona que llama a su cuzco, por ejemplo, «Nieszche» no quiere decir algo sobre su perro, sino sobre él mismo. Hay que escaparle a esa gente. Igual que a los que inauguran un boliche bailable y —en un arranque de lucidez— cambian una letra C por una letra K en la palabra Escrúpulo o en la palabra Cleopatra.

A principios del siglo pasado, las personas no se preocupaba mucho por el nombre de su comercio. Se le ponía el apellido, como si se tratase de un hijo. «Ramos Generales Gotifredi». A la mierda. Después, cuando los pequeños Gotifredi terminaban el colegio y empezaban a ayudar al padre en el negocio, con un pincel se aclaraba: «Almacén Gotifredi e hijos». En los setenta moría el padre de una neumonía, y ya la cosa era «Gotifredi Hnos.» En esa simpleza radicaba la vida: aún no existía el marketing.

Recién en los ochenta, los primeros transgresores de la familia intentaron originalísimos juegos de palabras. Cuando el Rúben Gotifredi (tercera generación) y su esposa Merceditas heredaron el negocio del abuelo, juntaron sus nombres de pila y entonces entrábamos al «Minimercado Rub-Mer». El hijo del Rúben, que se llamaba Pocholo y era más cosmopolita, incorporó luego el infaltable apóstrofe de los años noventa: «Maxikiosco Pocholo’s». En esa época no hubo un solo comercio regenteado por gente joven que no tuviera uno de esos apóstrofes espantosos.

Claro que no contábamos con los contemporáneos hijos de Pocholo, que han estudiado diseño gráfico y cerraron el negocio familiar para poner un pub. Como son jóvenes y son bizarros y son retro, fueron a buscar al galponcito el primer cartel del bisabuelo, y ahora el pub se llama «Ramos Generales Gotifredi». Y la juventud del pueblo dice:

—El sábado nos vemos en «el Ramos».

Todos, a nuestra manera simplona, creemos siempre ser originales. No sabemos nunca que, en el pueblo de al lado, otros seres igual de torpes que nosotros caen —según pasan los siglos— en los mismos tópicos bautismales. Orsai, por ejemplo, era un programa de televisión de Gonzalo Bonadeo. Me da vergüenza decirlo, pero no se me ocurrió nada mejor.

 

Fuente: http://editorialorsai.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

− 5 = 1